11:30 PM
La oscuridad se abría frente a mí, ni una sola estrella iluminando el cielo, ni siquiera la luna se atrevió a mostrar su pálido rostro esa noche. El mundo había callado, se había escondido preso de un miedo milenario. Y allí estaba yo, el único habitante del planeta, esperando mi destino sentado en la húmeda hierba del jardín.
No era ningún héroe, ni siquiera tenía agallas, simplemente no tenía nada que perder. Me recosté y sentí como la humedad me refrescaba la piel mientras las pequeñas briznas de hierba me hacían cosquillas en la nuca. Y así me quedé, contemplando aquella infranqueable oscuridad que lo envolvía todo.
De pronto, una leve brisa empezó a soplar y con aquel suave aliento mi cuerpo fue relajándose poco a poco. ¿Qué se ocultaba tras esa espesa capa de nada? ¿Dónde habían ido las estrellas, qué había sido de ellas? Me incorporé y observé la playa. Nada, ni un alma. ¿Dónde habrían ido todos? Ni siquiera una alocada y joven pareja demostrando su amor entre la hilera de tumbonas. Estaba completamente solo, aunque la verdad, no les culpé por ello.
Aquella era una noche en la que más valía quedarse en casa y cerrar bien todas las persianas. Nadie sabía exactamente la verdad sobre lo que ocurría cada 27 junio a las 00:30 AM porque muy pocos de los que lo habían visto habían podido contarlo. Todos los que se habían aventurado a salir esa noche no habían vuelto a aparecer y los que lo habían hecho lo hicieron con unos cuantos tornillos menos.
El viejo Tom fue uno de esos desafortunados supervivientes aunque de eso hace ya una eternidad y cuando la noche hubo llegado a su fin el pobre Tom, que por ese entonces no era más que un chiquillo, no había vuelto a ser el mismo. Dicen que su preciosa melena pelirroja se había tornado blanca cual espectro en el transcurso de esa noche, una noche que ya sólo recuerdan los más ancianos y en la que, ocurriera lo que ocurriera, le había hecho perder el juicio. El loco Tom fue trasladado al hospital psiquiátrico de Rodmoon, a dos horas de camino si uno conducía a toda velocidad por la 430.
Algunos del pueblo siguen manteniendo que fue lo que vio reflejado en los ojos del mismísimo diablo lo que le hizo perder la cabeza. Aunque claro, sólo son habladurías de unos viejos cansados y aburridos que no tienen otra cosa que hacer que contar viejas historias a todo aquél que quiera escucharles. Al menos eso era lo que yo solía pensar.
No, en realidad no creo que nadie en el pueblo conozca realmente lo que le ocurrió a Tom, ni siquiera los más viejos, y por desgracia, el viejo Tom había muerto hacía unos dos o tres años en el hospital del que nunca salió. La locura persiguió al pobre hombre hasta el mismo día de su muerte.
Ahora me arrepiento de no haber ido a visitarle algún día al hospital, tal vez me hubiese podido contar alguna cosa que hoy me fuera de utilidad. Pero claro, por aquel entonces yo era un hombre feliz y no me importaba lo que hubiera allí fuera.
Para mí el 27 de junio se había convertido en una de esas noches en que uno prepara una cena romántica para dos, se asegura de cerrar bien puertas y ventanas y procura pasar toda la noche haciendo el amor con su hermosa esposa. Era la mejor manera de no pensar en que allí fuera había algo que podía, en el mejor de los casos, arrebatarnos la vida que llevábamos. Y allí sentado, intentando escuchar algún sonido entre las sombras, un amargo recuerdo invadió mi mente, un recuerdo que se dibujó frente a mis ojos con tanta claridad como si lo estuviese reviviendo una vez más.
11:35 PM
Nos encontrábamos absortos en mitad de los preparativos para el día del “encierro”, así es como llamábamos a todos los 27 de junio. Era una tradición que se remontaba al tiempo de las más antiguas generaciones, cuando los colonos fundaron este tranquilo pueblo.
Todo empezó cuando extrañas desapariciones empezaron a asolar el pueblo. Al principio nadie se había dado cuenta porque a esas horas de la noche tan sólo los vagabundos y algún que otro borracho permanecían en las calles y siempre que alguno de los parroquianos habituales de la taberna desaparecía se achacaba a alguna muerte accidental. Muchos se habían caído por el barranco después de una buena borrachera, así que nadie le dio importancia.
Pero todo cambió cuando un 27 de junio encontraron al hijo del alcalde muerto en mitad de la calle. En un pueblo relativamente tranquilo un joven de no más de quince años había sido hallado totalmente carbonizado sobre el polvoriento camino de tierra. Aquello ya no había sido ningún accidente, y que algo tan atroz ocurriera en el seno de la familia más poderosa del pueblo hizo que cundiera el pánico entre los aldeanos. Nadie estaba a salvo, todos desconfiaban de todos y el recelo se convirtió en un miembro más de la comunidad.
El caso fue considerado finalmente un suicidio y la vida intentó abrirse camino de nuevo en Withheld Hill.
Sin embargo, cada año eran más los terribles “accidentes” que asolaban el pueblo. Siempre durante esa fatídica noche que los habitantes del pueblo llegarían a temer más que a la propia muerte. Los más afortunados sufrían la desaparición de algún ser querido, al menos era una muerte “limpia”, pero cada vez eran más los cuerpos totalmente calcinados que se hallaban por las calles. Niños, ancianos, incluso dicen que uno de los curas del pueblo. Nadie estaba a salvo.
Un año, y según cuenta la leyenda, hubo un superviviente, alguien que les contó los horrores que había vivido durante esa interminable noche.
Pero han pasado demasiadas generaciones y ya nadie sabe qué es lo que realmente les contó aquel hombre, algunos dicen que había sirenas que durante esa noche llamaban a los hombres haciendo que se arrojaran al mar desde el acantilado. Dicen que sus voces volvían loco a quien las escuchaba y que algunos de ellos se habían prendido fuego para hacer que callasen. Otros dicen que era el diablo que salía a recolectar almas y que quien no quisiera acompañarle era torturado con el castigo de la llama eterna.
Chorradas. La verdad es que yo nunca había dado crédito a todas esas habladurías. Sí creo que Tom creyera ver algo, pero lo que vio, fuese lo que fuese, fue sin duda producto de una mente perturbada.
Nunca me tomé en serio nada de todo aquello, no eran más que viejas historias, de aquellas sobre las que uno no debía hablar si pretendía mantener una vida relativamente tranquila en Withheld Hill.
Además una noche apasionada con Martha era una buena excusa para quedarse encerrado en casa toda la noche. No, nunca acabé de creérmelo… hasta hace un año.
11:45 PM
El pasado 27 de junio llegó como cada año, y como cada año yo me sentía increíblemente feliz. Para empezar era un día en que el sol siempre lucía con fuerza, tal vez para contrarrestar con la total oscuridad de la noche. Además, no sé por qué pero esa noche en particular Martha estaba mucho más excitada que de costumbre. Tal vez fuese cosa del miedo pero la verdad es que yo estaba encantado, no sé si me entendéis.
Me encontraba comprando unas cuantas velas y un par de botellas de Mom’s para la velada, cosa que ya se había convertido en otra tradición más. No es que fuese gran cosa, pero era lo más parecido al champagne que uno podía encontrar en la tienda de Sam. Y de pronto una vieja canción de Sinatra invadió mi mente, era “Under my skin”, la canción que había sonado en mi coche mientras besaba a Martha por primera vez. Esa noche podía ser la más terrible de cuantas noches hayáis podido imaginar, sin embargo el día…, el día era pura magia.
– ¿Qué, preparándose para el encierro? – dijo el tendero.
– Ni que lo digas Sam. – contesté.
No quería hacerlo pero no pude evitar esbozar una leve sonrisa al pensar en lo que me esperaba al caer la noche. Sabía que todos los demás se tomaban el día del encierro con mucha más preocupación que yo, pero no pude evitarlo.
– No sé como puedes estar tan tranquilo sabiendo lo que ocurre allí fuera.
– ¿Y se puede saber qué es lo que ocurre, Sam?
– Bueno yo… ya sabes… el viejo Tom.
– Vamos Sam, ¿no me dirás que crees las habladurías de esos viejos chiflados?
– Jack…
– ¿Qué?
– Cierra bien las puertas.
– Ya sabes que sí.
Y como si nos hubiésemos quedado en blanco, ninguno de los dos supo qué decir. No soportaba aquellos incómodos silencios pero Sam estaba realmente preocupado. Podía verse el temor en sus ojos.
Yo siempre me lo había tomado en broma, pero debo reconocer que ver a un hombre adulto de unos 120 Kg. supurando terror por todos los poros de su cuerpo hizo que el pánico empezara a adueñarse de mi mente. Imaginaba espectros vagando por las calles en busca de presas mientras Martha y yo hacíamos el amor en la habitación.
Los vi, los vi observándonos a través de las ventanas, intentando entrar, intentando poseerla; y sentí una fría gota de sudor resbalando por mi sien.
– Bueno Sam, tengo que irme, aún me quedan muchas cosas que hacer antes de que caiga el sol. – él asintió con la cabeza – Cuídate, vale. Nos veremos mañana.
– Cierra bien las ventanas, Jack. Ciérralas bien.
– No te preocupes, ya verás como mañana nos reiremos de todo esto junto a una cervecita. Invito yo – le dije acompañando una forzada sonrisa con un guiño de complicidad.
– Como cada año. Esa sí que es una tradición que hay que mantener.
Y los dos nos echamos a reír, pero entre las risas podía entreverse un leve y agudo chillido de terror proveniente del lugar más oscuro de nuestra conciencia, aquel lugar que nos hacía cerrar puertas y ventanas a pesar de estar a más de 30 grados a la sombra, un lugar en el que aún seguíamos creyendo en duendes y en brujas. Por suerte aquella horrible sensación desapareció en cuanto puse un pie fuera de la tienda.
En la calle el sol brillaba con una intensidad realmente inusual, parecía más grande, mucho más grande, como si tuviese que estallar en cualquier momento. Me dirigí entonces a comprar un poco de comida. Este año iba a prepararle a Martha su plato preferido, raviolis con queso fundido acompañado con un poco de vino blanco y, de segundo, carne con oporto. Como podéis ver, mucho alcohol para comenzar una de las noches más salvajes de todo el año.
11:55 PM
Algo había cambiado devolviéndome al presente. La oscuridad seguía reinando en el pueblo pero una pequeña estrella empezó a brillar en el cielo. Era hermosa, increíblemente luminosa. Al principio pensé que debía tratarse de un avión o algo similar pero la luz no se movió, se limitó a seguir observándome, tranquila, impasible, y en ese instante supe que estaba viva. De pronto, y como si me hubiese leído el pensamiento, la supuesta estrella empezó a brillar cada vez más intensamente y, a medida que lo hacía, la suave brisa soplaba con un poco más de fuerza; aunque tal vez no fuesen más que estúpidas imaginaciones mías. De repente la blanquecina luz fue tiñéndose gradualmente con el color de la sangre. Hubiese dado gracias a Dios por haber rasgado algo de esa oscuridad que me ahogaba, pero la visión que se abrió ante mí fue lo más aterrador que jamás había visto.
El pueblo entero se tiñó de rojo, casi como si las calles y los viejos edificios estuvieran sangrando, manchando el mar con aquel siniestro color. Mi corazón empezó a acelerarse, sabía que la hora estaba cerca, ya no podía faltar mucho. Pronto todo habría terminado.
00:00 AM
Cuando terminé de hacer todas las compras me fui directamente a casa para empezar a prepararlo todo. Poner las velas en su sitio, escoger la música para la cena… En fin, convertir nuestra humilde casa en un lugar en el que dejar volar la imaginación. Y es que me encantan los preparativos, ir imaginando como iba a resultar la noche, imaginar los ojos de Martha mirándome fijamente, dándome las gracias en silencio por hacer que una noche tan horrible para todos los demás se convirtiera en una noche mágica para ella.
Debo deciros que yo no nací en Withheld Hill, supongo que es por eso que me tomaba este día como uno más. Siempre había pensado que no eran más que las típicas rarezas de los pueblos.
Sí señor, yo era un chico de ciudad que decidió perderse, escapar de la vida que llevaba. Y así fue como fui a parar a este tranquilo pueblecito, conocí a Martha y nos enamoramos, el resto es historia. Pero sabía que para ella era importante seguir las tradiciones del día del encierro y eso era suficiente para mí.
Recuerdo el primer año que vivimos juntos, se puso histérica porque ya había caído la noche y yo aún no había cerrado las ventanas del piso de arriba. A veces aquellos gritos aún resuenan en mi cabeza.
Ese día decidí seguirle el juego, no quería volver a verla jamás de aquella manera, mirándome con aquellos ojos de desesperación.
Fue al año siguiente cuando decidí convertir aquello que la aterraba en una fiesta que esperase con ansia, y debo reconocer que, al menos hasta la fecha, era algo que no se me había dado del todo mal. Al menos convertí su fobia en un miedo un poco más fácil de soportar.
Sabía que mientras yo me dedicaba a fantasear con lo que ocurriría esa noche, Martha estaría en la peluquería alisándose el pelo, eso me volvía loco y ella lo sabía, así que cada uno por su lado hacíamos lo posible para que todo saliera a pedir de boca.
La noche se acercaba y a medida que el sol iba desapareciendo, lo hacía también la gente de las calles; a las diez de la noche ni un alma vagaría por entre las sombras del pueblo. Todos se encerrarían en sus casas y se asegurarían un mínimo de tres veces antes de estar seguros de que nada ni nadie pudiese entrar esa noche. El pueblo entero se sumiría en el silencio de la noche, pero en un lugar, en nuestra habitación, el miedo sería enterrado por la pasión de los enamorados.
Alguien llamó a la puerta. Eran ya cerca de las nueve así que sólo podía ser Martha. Nadie iría a casa de otra persona esa noche a menos que tuviera la intención de quedarse a dormir, y eso era algo que por nada del mundo estaba dispuesto a permitir. Nada estropearía esa noche, nada.
Al abrir la puerta me encontré cara a cara con una bola peluda que lo primero que hizo al verme fue darme un lametón en toda la nariz.
– ¿Pero qué…? – y una leve y muy familiar risita surgió de detrás del animal.
– Hola cariño, ¿te gusta? – dijo Martha dejando al perro en el suelo.
– Sí, claro. Pero… ¿por qué lo has traído?
– Me lo he encontrado a la salida de la peluquería y no iba a dejar que pasara la noche fuera. – aún no había terminado la frase que el perro ya había ido corriendo a acomodarse en mi trozo de sofá.
– No, supongo que no. – dije con resignación. No quería iniciar una discusión con Martha, no esa noche. Además no sería más que eso, una noche.
– ¿Me dejas pasar? Empieza a anochecer…– el miedo empezaba a apoderarse de su voz.
– Claro, perdona. Entra que te prepararé algo para beber – me apresuré a decir mientras le lanzaba un guiño de complicidad.
– Gracias – dijo mirándome con ojos picarones.
– Haces lo que quieres conmigo.
– Lo sé – y se echó a reír.
Martha cerró la puerta tras de sí y pude oír como le daba una doble vuelta a la llave. Ese era el pistoletazo de salida para lo que quedaba de noche. Ahora mi trabajo consistía en hacer que se olvidara de sus más profundos miedos y sólo pensase en nosotros, en nada más.
00:10 AM
El viento ya soplaba con la suficiente fuerza como para empezar a resultar francamente molesto y mientras intentaba inútilmente apartarme el flequillo de los ojos creí oír, oculto entre el rugir de las olas repicando contra las piedras del acantilado, una voz demasiado familiar que intentaba advertirme del peligro inminente al que me había expuesto. Pero no necesitaba ninguna advertencia, sabía de sobras lo que me iba a ocurrir.
– Aún estás a tiempo, aún hay tiempo – gritaban las olas, pero no era cierto, mi tiempo se había agotado hacía ya una eternidad. Ni por un segundo estuve tentado de marcharme, de refugiarme en la seguridad de mi casa. Tenía miedo sí, pero mi desesperación era mucho más poderosa. Me puse de pie y observé el rojizo mundo que me envolvía.
– ¡Ven hijo de puta, te estoy esperando! – grité desafiante a la estrella carmesí que no hacía más que aumentar de tamaño a medida que pasaban los minutos.
Pronto el ocaso del mundo llegaría a su punto culminante, pronto mi vida se convertiría en un mero recuerdo.
00:15 AM
Martha subió a la habitación a cambiarse para la velada mientras yo iba encendiendo las velas. Maxwell inundó cada rincón de la casa con su sensual voz y a medida que las notas iban sonando podía sentir como la felicidad iba aflorando en mi rostro. Aquello era magnifico, por fin había encontrado todo lo que siempre había estado buscando. La vida no podía ser más perfecta para mí.
Witheld Hill se había convertido en lo más parecido al paraíso que hubiese podido imaginar, un paraíso del que no tardaríamos demasiado en ser expulsados. «Fue un error pensar que aquello podía durar para siempre, un grave error.»
Pero por aquel entonces yo no podía pensar en nada que no fuese ella.
Cada 27 junio Martha me preparaba alguna sorpresita, un vestido nuevo, ropa interior de encaje, incluso algún que otro bailecito…Supongo que era su forma de agradecerme lo que hacía por ella, pero ese iba a ser una noche que no olvidaría mientras viviera.
La suave brisa que entraba por la única ventana que aún permanecía abierta refrescaba toda la habitación trayendo consigo el suave aroma del mar. Antes de que Martha bajase tendría que cerrarla, así que me acerqué y la cerré, no sin antes entornar los ojos y dejar que aquel frescor inundase mi cuerpo. Pronto toda la casa sería una sauna gigante pero no me importaba, haría lo que fuera por ella, al fin y al cabo es lo único que me importa.
El perro bajó con un salto grácil del sofá y empezó a acercarse lentamente hacia mí. Estoy seguro que sabía que no me gustaba, me miraba con recelo y andaba con la cabeza pegada al suelo. En ese momento no pude evitar pensar en un militar intentando acercarse al enemigo sin que este se diera cuenta. Aquella visión me puso un poco más tenso de lo normal. No es que no me gusten los perros, es que… No, en realidad no me gustan, me dan un poco de miedo por qué negarlo.
– Ni se te ocurra estropear esta noche. – le dije con la mirada más amenazadora que fui capaz de echarle, tendiendo en cuenta que no era más que un animal. El perro se quedó mirándome fijamente unos segundos y sus ojos desprendían cierta ternura, casi agradecimiento por haberle acogido durante el encierro. Y así nos quedamos, absortos uno en la mirada del otro y de pronto sentí como mis músculos empezaron a relajarse de nuevo y ya no tuve miedo. El perro dio unas cuantas vueltas sobre si mismo y se dejó caer sobre el vientre a los pies del viejo sofá.
– Gracias.
Sé que es absurdo darle las gracias a un animal, pero es que en esos momentos os juro que aquel perro no me parecía para nada un simple animal. No sé, incluso hoy estoy convencido que Nosky, así es como Martha empezó a llamarle esa noche, entendía todo cuanto le decíamos.
A mi espalda un sonido de tacones bajando por las escaleras hizo que me diera la vuelta. La visión que se abría ante mi parecía cualquier cosa menos real. Tanta belleza concentrada en un mismo ser... Pero lo era, y era mía. Martha bajaba las escaleras muy lentamente envuelta en un aura de misterio, con unos movimientos tan suaves que parecía flotar en el aire. Se había alisado el pelo, tal y como a mi me gustaba y un ajustado vestido negro atado al cuello envolvía con un tierno abrazo sus delicadas curvas. Parecía que los dos estuvieran bailando al compás de una sensual melodía que tan sólo ellos podían oír. No llevaba joyas, no le hacían falta porque nada podía igualarse a su belleza. Las únicas joyas que brillaban en su cuerpo eran aquellos preciosos ojos azules que me miraban con descaro desde la escalera.
– ¿Qué te parece?– dijo esbozando una picara sonrisa.
– Estás… preciosa.
– ¿Tú crees? – dijo acercándose a mi.
– Jamás he visto nada igual.
Intenté besarla pero ella se apartó.
– ¿Cielo, has cerrado las ventanas?
– Sííííí… –
– ¿Seguro?
– Cariño… – Martha seguía con su mirada inquisitiva. – Claro que las he cerrado.
– Te quiero.
Y entonces fue ella la que me besó. Fue un beso largo y apasionado, como los que solíamos darnos en el parque cuando empezamos a salir.
Abrazados, empezamos a bailar al compás de “Fortunate”. La vida no podía ser más maravillosa, todo era perfecto. Recuerdo aquella sonrisa, recuerdo lo mucho que nos amábamos, lo recuerdo todo.
Al terminar la cena Martha se levantó, me cogió de la mano y empezó a llevarme al piso de arriba. Siempre subíamos antes de la hora señalada y yo me dejaba llevar dócilmente cuando vi que el perro nos estaba siguiendo.
– ¡Eh, largo de aquí! – le grité.
– No le hables así a Nosky.
– ¿Nosk…? Está bien… Nosky quédate aquí, esto es sólo para los papás. – e inconscientemente le acaricié la cabeza.
Sin darme cuenta aquel perro había pasado a formar parte de nuestra pequeña familia. El perro dio media vuelta y volvió a quedarse dormido sobre el sofá.
La noche fue inolvidable. Recuerdo cada mirada, cada caricia. Martha me hacía el amor como si esa tuviera que ser la última vez que fuéramos a vernos.
Sí, realmente he revivido esa noche un sinfín de veces, y a ella siempre la veía sonreir. Ella me amaba de eso no había ninguna duda, me amaba como nadie jamás lo había hecho ni lo haría jamás.
Al cabo de unas dos horas nos quedamos dormidos, ella dándome la espalda y yo abrazándola mientras su dulce aroma envolvía mis sueños. Hasta que de pronto desperté en mitad de la noche. El calor era insoportable y mí cuerpo estaba empapado. Podía sentir como las sabanas se pegaban a mí cuerpo haciéndome prisionero en mi propia cama. Intenté darme la vuelta y volver a dormirme pero fue imposible. Martha en cambio dormía apaciblemente a mi lado. No había nada que pudiera hacer que la despertara una vez se había dormido. Yo siempre la había envidiado por eso y mucho más esa noche.
Me levanté con cuidado y lentamente me acerqué a la ventana. Fuera todo era oscuridad, ni una sola estrella iluminaba el cielo, dentro, la temperatura no hacía más que aumentar. Imaginaba que la suave brisa me murmuraba al oído que abriese la ventana para poder entrar, lo bien que me sentaría un poco de aire fresco. El calor era ya casi insoportable y enormes gotas de sudor empezaban a resbalar por mi frente sin control.
– Si pudiera abrir la ventana... sólo unos dedos, lo justo para que entre un poco de aire y pueda volver a dormir.
– Pero ella no quiere, sabes que tiene miedo.
– Lo sé. ¿Y si la abro un rato?, sólo para que se ventile un poco la habitación y luego la vuelvo a cerrar. Ella no se enterará. Además, ¿qué podría ocurrir?
Abrí la ventana y me fui al cuarto de baño a darme una ducha rápida, sólo entrar y salir, no quería dejar a Martha mucho rato sola por si acaso se despertaba. Sabía que si lo hacía y veía la ventana abierta se pondría a gritar como una histérica y me ganaría una bronca de campeonato.
Cuando el agua tocó mi piel mi cuerpo se relajó inmediatamente. Hice que el agua aún cayera un poco más fría y cerré los ojos. Sólo estuve allí unos minutos, cinco como máximo. Sólo era una ducha, pero fue la idea más estúpida que he tenido en la vida, mucho más estúpida que estar esta noche esperando aquí afuera a mi verdugo.
00:20 PM
El viento cesó de repente al mismo tiempo que la poderosa luz carmesí iba desapareciendo hasta envolverme de nuevo en la más aterradora oscuridad. En ese momento todo era calma, todo era silencio, incluso el repicar de las olas había enmudecido, como si el mundo se hubiese detenido a la espera de lo que pronto tendría que ocurrir, como si quisiera ser un observador de lujo de mi final.
Volví a cerrar los ojos. No sé por qué lo hice, tal vez porque me daba miedo ver toda esa oscuridad enfrente de mí.
– ¿Jack, eres tú? – dijo una suave y femenina voz.
– ¿Quién eres? – dije con la voz entrecortada por el miedo.
– ¿Jack? – repitió la voz.
De pronto una difusa silueta se iluminó a lo lejos. El acantilado no estaba a demasiada distancia de mi casa, pero aún así no estaba lo suficientemente cerca como para saber que aquella extraña aparición me estaba mirando directamente a los ojos. Pero lo sabía, de algún modo lo sabía.
– ¿Jack, dónde has estado?
– ¿Ma… Martha? – dije al reconocer la lejana voz
– Sí mi amor, soy yo.
– ¿De verdad? – una pequeña lágrima empezó a resbalarme por la mejilla.
– Acércate cielo, no sabes las ganas que tenía de volver a verte. Ven.
Empecé a caminar hacia el acantilado donde mi esposa me estaba esperando. Después de tanto tiempo al fin podría volver a besarla. «Dios como la había echado de menos» Seguí andando y a medida que me acercaba mi corazón fue acelerándose, ansioso por volver a abrazarla.
Fui caminando por las entrañas de la tierra, en un lugar en donde la única luz que iluminaba mis pasos era la suya, una luz de esperanza, una luz de amor.
Estaba tan cerca y a la vez tan lejos, como si algo no estuviese en su lugar, como si algo hubiese cambiado. «¿Pero qué podía importar una estúpida sensación cuando ella se encontraba tan cerca? ¿Cómo hacer caso a mi mente si los latidos de mi corazón no me permitían escuchar mis pensamientos» Era una lucha perdida de antemano, porque yo quería que fuese así, necesitaba que fuese así.
– Acércate cielo. Ven y abrázame.
– ¿Dónde has estado? ¿Por qué lo hiciste?
En la lejanía Nosky empezó a ladrar. Parecía desesperado y como si estuviese preso del pánico se adentró en la oscuridad y vino en mi encuentro. Empecé a girar la cabeza para ver si veía al perro cuando Martha volvió a hablar.
– Cielo déjale en paz, no le hagas caso. Mírame. – casi ordenó.
– Pero cariño si es Nosky. ¿No te acuerdas?
Nosky seguía ladrando sin parar, y sabía que cada vez estaba más cerca pues aquel extraño gruñido cada vez era más intenso.
– ¡Deja en paz al maldito perro!
– ¿Cielo, pero…? – y aquellas palabras hicieron que detuviera mi avance. Por un segundo ya no estaba seguro de saber quién tenía delante.
El perro llegó a nuestra altura y se apretó fuertemente contra mi pierna. Estaba temblando. El pobre animal estaba muerto de miedo pero aún así había venido para salvarme. Miré a Nosky y le di una palmada en su peluda cabeza para tranquilizarle y cuando volví a mirar a Martha me di cuenta de lo cerca que había estado de caer por el precipicio. Ella se encontraba suspendida en el aire y se reía, disfrutaba del miedo que leía en mis ojos. Unos pasos más y hubiera terminado como todos los demás, con la cabeza aplastada contra un saliente. Eso si tenía suerte, al menos hubiese sido rápido.
00:25 PM
Una ducha rápida supuso un gran alivio en una noche como esa. El agua caía fría sobre mi piel relajando todos mis músculos mientras mi mente vagaba recordando cada una de las caricias que momentos antes nos habíamos ofrecido mutuamente. Un regalo de amor para una noche de horror. En ese momento la idea me hizo gracia, aunque la verdad es que no la tuvo. No, no la tuvo.
Me prometí que no la dejaría sola demasiado tiempo y ya me había relajado suficiente. Salía de la ducha cuando un grito agudo desgarró la quietud de la noche. Ni siquiera tuve tiempo de saber qué estaba ocurriendo. Un fuerte ruido de cristales rotos me sacó de mi letargo haciendo que saliera corriendo del baño justo a tiempo para ver como la oscuridad lo engullía todo de nuevo. Nada, ni un sonido, ni siquiera el tenue y apagado sonido de su respiración.
– ¿Martha? – Pero no contestó – ¿Martha estás bien? – sólo el silencio me devolvía los ecos de mis propios pensamientos. Sabía que algo malo le había ocurrido. – ¡Martha!
La oscuridad empezó a devolverme lentamente la habitación pero seguía estando solo. Fue entonces cuando vi la ventana hecha añicos y lo supe.
Empecé a llorar al mismo tiempo que me asomaba por la ventana. « Martha » Mis manos llenas de profundos cortes sangraban sin cesar pero yo no me daba cuenta. Había sangre por todos lados, la veía a pesar de estar en mitad de la noche más oscura del año. La veía tan roja, tan cálida… la veía, y también la veía a ella.
Martha yacía muerta en el patio. Su cuerpo, un jardín donde brotaban miles de flores de fino cristal se retorcía aún con lentos espasmos de dolor. La vi morir, y con un último esfuerzo levantó la cabeza y me miró. «¿Por qué? ¿Por qué?» Me gritaban sus ojos, aquellos ojos que no me dejaron dormir ni una sola noche desde que la maté. Sam me lo había advertido y yo…
00:30 PM
Todo cuanto había intentado olvidar este último año volvía a mí con una fuerza sobrecogedora. Enfrente de mí tenía al amor de mi vida, a lo único que había amado, pero estaba muerta y lo estaba por mí culpa.
Nosky volvió a ladrar y una lágrima nació en mis ojos y supe que esa era la última lágrima que iba a verter. Mi alma se había secado al fin, ya no me quedaba nada, ya no era más que un cuerpo vacío.
Lo que quedaba de mi humanidad fue a morir sobre el hocico del perro que me miraba fijamente. Vi pena y dolor en su rostro pero ya no me importaba.
Martha se reía enfrente de mí pero su risa ya no me producía terror, había perdido toda capacidad de sentir. Percibía como mi alma lentamente iba abandonando mi cuerpo, un cuerpo que la rechazaba con todas sus fuerzas.
– ¿Qué te ocurre Jack, te sientes culpable por lo que pasó? – dijo Martha riendo entre dientes.
Miré a Nosky y le di una nueva palmada en la cabeza.
– Vete amigo, no hay nada que puedas hacer ya.
Y el perro dio la vuelta y empezó a marcharse. Las olas repicaban de nuevo con fuerza bajo mis pies pero no me importaba, su sonido siempre me había gustado.
Cerré los ojos y me abandoné. Sentía como mi cuerpo caía envuelto con la estridente risa de la muerte, pero una voz logró sobresalir de entre tanta oscuridad. Era la voz de Martha, de la auténtica, de la que me había amado con todas sus fuerzas.
– Te quiero, Jack. Te quiero. Y con aquella dulce melodía aún resonando en mis oídos llegué al fin a la nada.
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