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Relato Fantástico: Emain Macha (I)
Una épica historia que transcurre en la verde isla de Ierne, donde los héroes han hecho de la guerra un modo de vida.
Por Francisco Blanco

Relato Fantástico - Emain Macha (I) PRIMERA PARTE
La isla de la Bruma

1


Se acercaba la hora del ocaso. El joven Séthéta se apresuraba bajo los últimos rayos del sol de poniente. El disco rojo reverberaba detrás de las colinas, en un descenso lento y moribundo, proyectando la larga sombra de Séthéta en la vera del camino, ensanchándola como si unos ávidos dedos quisieran extenderse sobre la fresca y húmeda hierba de los campos.
Mientras corría Séthéta supo que llegaría tarde. Se había demorado demasiado tiempo practicando el tiro con jabalina, compitiendo con sus amigos, riéndose con ellos y disfrutando enormemente con sus bravatas. El rey Conchobar, señor de Ulaid, rodeado por una comitiva de curtidos y excelentes guerreros armados con espadas y picas que relucían a la brillante luz del sol estival, le había pedido que los acompañara al dun de Cullan, un herrero que vivía en Quelgny. Pero Séthéta, el joven e impaciente hijo de Dectera, le había respondido al rey que les seguiría más tarde, una vez hubiera concluido el juego.
Una suave y cálida brisa agitaba los negros cabellos de Séthéta. El muchacho respiró con fuerza. La noche olía a hierba y a ganado. Lo más probable era que la fiesta en casa de Cullan ya hubiese comenzado. El hidromiel correría con generosidad y la carne de los ciervos y jabalís de la cena empaparía de grasa las largas barbas de los guerreros de su tío, el rey Conchobar. La música de las arpas llenaría el recinto y los oídos de los comensales en el salón de banquetes, haciendo un esfuerzo para que el sonido de sus melodías pudiera elevarse por encima de los gritos y el ruido producidos por los invitados. Séthéta pensaba que a aquellas alturas del festín la mayoría de los guerreros estarían aturdidos a causa de los vapores del fuerte licor.
El camino que llevaba a Séthéta hacia el dun de Cullan discurría por el lindero de un bosque. Al dejar atrás los últimos árboles, Séthéta vio a lo lejos unas pequeñas luces, que como luciérnagas distantes le indicaban la proximidad de un grupo de chozas.
La aldea estaba situada al pie de una cima. Unos hilillos de humo ascendían hacia un cielo salpicado de estrellas desde los agujeros practicados en las techumbres de paja de las chozas. En el interior de las casas se oían murmullos de voces que conversaban cerca de los últimos rescoldos del fuego del hogar.
Un hombre le dio el alto y le preguntó quién era. Cuando se hubo percatado de que las intenciones de Séthéta eran pacíficas le dejó marchar, no sin antes avisarle que las puertas de la fortaleza estarían cerradas. El muchacho no le hizo ningún caso y siguió adelante, caminando afanosamente por el empinado camino que conducía a la cima.
La luna brillaba con un débil resplandor. Unas nubes bajas cubrían casi por completo su plateado rostro, pero su luz era suficiente para que Séthéta pudiese ver la empalizada de madera que rodeaba la vivienda fortificada de Cullan. El sonido de las risas y los acordes melancólicos de las arpas llegaba a él transportado por la calidez de la brisa.
Unos gruñidos interrumpieron sus meditaciones. Séthéta se detuvo y escudriñó la oscuridad.
Un enorme podenco, de aspecto fiero y penetrante mirada, custodiaba la puerta de la fortaleza. El animal de pelaje gris echaba espuma por la boca, enseñando los dientes en una mueca brutal. Séthéta le miró a los ojos y supo que iba a atacar de un momento a otro.
El podenco ladró con fuerza y embistió al extraño.
Previendo el ataque Séthéta se hizo a un lado y esquivó al animal. Acto seguido concentró toda la fuerza en sus manos e hincó una rodilla en tierra. El perro se detuvo unos instantes, receloso ante la actitud del intruso. Volvió a ladrar con un grave aullido y se lanzó de nuevo a la carga. El fuerte impacto arrojó a Séthéta al suelo, mientras sus manos apretaban desesperadamente el poderoso cuello del animal. Las babas del podenco salpicaban su rostro como si de gotas de lluvia se tratara.
El estruendo había producido una gran conmoción en el interior de los muros de la fortaleza. Todos habían oído el horrible sonido. A pesar de su evidente estado de embotamiento los guerreros se habían levantado de sus asientos en el suelo y se habían dirigido hacia la puerta del fuerte, sin dejar de correr ante la incesante algarabía de ladridos que atormentaba la quietud de la noche como las maldiciones de un druida.
Cuando llegaron a la entrada y abrieron las trancas de la puerta los gritos habían cesado. Algunos hombres portaban antorchas en sus manos. Eran los criados y los esclavos de Cullan, que por su condición de sirvientes no habían participado en la fiesta ni bebido de los cuernos de hidromiel como los invitados de Conchobar.
A la luz de las antorchas pudieron ver a un joven con un perro tendido a sus pies, muerto. Séthéta lo había cogido por el cuello, arrojándolo contra el muro. El animal se había roto el pescuezo con el impacto y yacía inerte sobre la húmeda hierba.
Al instante los guerreros reconocieron a Séthéta y prorrumpieron en vivas, aclamando el nombre del muchacho. Una figura silenciosa se abrió paso entre las filas de los guerreros y se arrodilló ante el cuerpo sin vida del podenco.
Era Cullan. Sus ojos expresaban una honda tristeza por la pérdida de su querido animal, que había muerto en defensa de su propia casa.
Al verlo tan triste, Séthéta se le acercó y le dijo:
— Dadme un cachorro de este podenco, señor, y le entrenaré para que llegue a ser como su padre. Pero hasta ese día dadme un escudo y una lanza y yo mismo os vigilaré la casa. Ningún perro la guardará mejor que yo.
Los guerreros alabaron el generoso ofrecimiento de Séthéta con gritos de aprobación. Cullan miró fijamente a los ojos grises del muchacho, dando su consentimiento con un pequeño gesto de su cabeza.
A partir de aquel día los guerreros dejaron de llamarle Séthéta, y le pusieron por nombre Cuchulain, el podenco de Cullan.




2

La fortaleza de Emain Macha estaba situada en un cerro, rodeada por una empalizada de madera precedida de un foso. El fuerte estaba coronado por una colina, en la que cuatro piedras grises, erosionadas por el tiempo, circundaban una gran piedra central. En aquella piedra era donde se entronizaba a los reyes de Ulaid, una ceremonia que se remontaba en el tiempo y que confería un carácter sagrado a quien estuviera dispuesto a asumir la responsabilidad de gobernar con el apoyo de los dioses. Emain Macha era más bien un lugar de culto que una fortaleza defensiva, pero esta circunstancia revestía al fuerte de un aura mágico, pues quien dominara dicho enclave se haría dueño de todo el reino de Ulaid.
Hacía varios años que Conchobar Mac Nessa gobernaba a los ulates con mano firme desde su capital en Emain Macha. Las cosechas eran buenas, el ganado engordaba y las fronteras con el hostil reino de Connacht estaban bien vigiladas por los guerreros del rey.
La Casa de la Rama Roja de Ulaid hervía de señores y hombres de armas en su interior. La Rama Roja era una orden guerrera que estaba constituida por los descendientes de Ross el Rojo, antaño rey de Ulaid, y sus filas se nutrían con parientes y aliados del rey, señores de la guerra que tenían guerreros a su servicio y que luchaban bajo las órdenes de Conchobar.
Sentados alrededor de una mesa de madera, los jefes de la orden discutían las últimas noticias que un mensajero a caballo traía desde la frontera occidental.
— Las noticias no son buenas – dijo Baruch, señor de la orden. – Al parecer las bandas guerreras de Connacht se han adentrado mucho en nuestro territorio, saqueando las granjas y robando nuestro ganado.
— Llevan semanas haciéndolo – confirmó Celtchar, un gran guerrero de cabellos grises que tenía una voz potente y ronca. – Su ataque solo puede presagiar un reinicio de las hostilidades contra ese maldito país.
— Espero que no estés en lo cierto, Celtchar – dijo Conchobar. – Es bien sabido por todos nosotros la afición de los hombres de Connacht a nuestras tierras y a nuestros graneros. Siempre han codiciado nuestro territorio y cada verano repiten sus incursiones en las fronteras del oeste. Sus tierras son agrestes y rocosas y la crudeza del invierno disipa el temor que puedan tenernos. Para ellos es preferible morir ensartados en una lanza que morir de hambre.
— Pero no podemos consentir que saqueen nuestro territorio, señor – replicó Briccriu, el de la Lengua Envenenada, a quien llamaban así debido al mal uso que hacía de ella. – Si no hacemos algo para frenar su avance creerán que somos débiles.
— Los guerreros de Connacht no son un problema para nosotros. Bastará con hacer una incursión en sus fronteras para hacerlos retroceder – dijo Fergus, quien dirigió a Briccriu una rápida mirada de desagrado.
Fergus Mac Roy era hijo de Ross el Rojo. Había sido rey de Ulaid cuando Conchobar no era más que un muchacho, pero Fergus se había enamorado de Nessa, la madre de Conchobar, y la astuta y ambiciosa mujer se había casado con él con la condición de que Fergus abdicara al trono y dejara gobernar a su hijo cuando este alcanzara la mayoría de edad. Fergus amaba demasiado a Nessa y era incapaz de negarle nada, así que aceptó y el joven Conchobar tomó el poder. El hijo de Nessa no tardó en demostrar que había heredado la ambición de su madre y se convirtió en un monarca enérgico y seguro de sí mismo. Mandó reforzar la vigilancia en las fronteras de su reino y se aseguró la lealtad de hombres como Laery, un jefe de clan que era gran amigo de Fergus y que mantuvo su alianza con el nuevo rey debido al odio que le inspiraban los connachta.
—¿Con cuántos hombres contamos para guarnecer la frontera occidental? – preguntó Conchobar a Laery, a cuyo cargo estaba la defensa de aquella parte del reino. Laery era un hombre curtido y de pocas palabras. Hasta ese momento había permanecido callado, atento a cuanto se decía, sin emitir su parecer ni participar activamente en el Consejo. Prefería hablar con la espada antes que con las palabras.
— Con doscientos hombres, señor – respondió, lacónico.
El rey se quedó pensando unos instantes y luego se dirigió al Consejo paseando su mirada sobre todos los presentes.
— No podemos permitir que los guerreros de Connacht entren a sus anchas en nuestro territorio y tomen lo que les parezca. Haremos una incursión de castigo en Connacht y destruiremos todas las bandas guerreras que se hayan adentrado en nuestro país. Creo que con eso será suficiente. No quiero provocar una guerra con Aillil. Es más importante la seguridad del pueblo que una guerra cuyos resultados no podríamos prever. Quiero que la paz reine en Ulaid.
— Pero la paz solo será posible si nuestras lanzas mantienen la seguridad en las fronteras — replicó Briccriu, que era uno de los primos del rey.
—¿Acaso lo dudas? – le preguntó Laery, con cierto desdén en su voz.
Briccriu bajó los ojos ante la penetrante mirada de Laery. El guerrero encargado de vigilar la frontera con el hostil reino de Connacht era un hombre que sabía hacerse respetar, incluso por sus enemigos.
— Dejo el asunto en tus manos, Laery – dijo Conchobar. – Confío en ti.
Laery asintió con un gesto de su cabeza.
Era la ocasión de dejar hablar a las espadas.



El druida Cathbad enseñaba a algunos de sus alumnos el arte de la adivinación. A pesar de su avanzada edad el druida era un hombre de alta estatura y presencia imponente. Su enmarañada barba blanca y su largo cabello le conferían porte y dignidad. El paso de las estaciones había impreso en su rostro un generoso surco de arrugas. Nadie era capaz de averiguar su edad con exactitud, pero se rumoreaba que su espíritu soportaba la carga de sesenta inviernos. El druida estaba vestido con una túnica blanca manchada con la sangre del último sacrificio que acababa de realizar y en su mano derecha llevaba una larga vara de madera de avellano, un símbolo que le confería la dignidad de jefe druida del reino.
Una cabra había sido sacrificada para leer los augurios en sus entrañas. Los acólitos que rodeaban a Cathbad se apiñaron a su alrededor, impacientes ante la mirada escrutadora que el druida sostenía a la vista de las calientes entrañas de la víctima. Cathbad había realizado un sortilegio de adivinación, pero lo que leía en las vísceras de la cabra parecía desconcertarle. Los aprendices pululaban a su lado como moscas en torno al cadáver de una vaca, impidiéndole concentrarse y ver con claridad entre la confusa norma que se le escapaba. El druida montó en cólera y echó una mirada furibunda a sus aprendices, que retrocedieron al ver un resplandor malicioso en los ojos castaños de Cathbad.
El druida examinó de nuevo las entrañas. Sus ojos se entornaron y su espalda adoptó una actitud rígida. Uno de sus alumnos, joven e inexperto, se atrevió a desafiar la cólera del druida.
—¿Qué dicen los augurios, señor?
Cathbad le respondió con voz tranquila y reposada.
— Los augurios dicen que surgirá un joven entre los ulates que será recordado por sus hazañas. No pude ver su rostro. Era tan brillante que la luz del sol se reflejaba en él.
No quiso añadir nada más. La norma no había sido muy clara, pero Cathbad creía haber visto entre las limpias entrañas de la cabra a un joven de gran apostura y cabellos negros.

Relato Fantástico - Emain Macha (I) Los acontecimientos se sucedieron con rapidez. Cuatro semanas después de que Cuchulain abandonara el dun de Cullan y tomara las armas de la madurez de manos de su tío el rey Conchobar, la situación en la frontera occidental de Ulaid empezó a normalizarse. Laery dirigió a sus guerreros en una expedición de castigo a las tierras de Connacht, y después de incendiar varias granjas y saquear los silos que encontraron dieron media vuelta y abatieron las bandas enemigas que causaban estragos a lo largo de la frontera. El aviso fue suficiente. Los hombres de Connacht iniciaron una rápida retirada a sus respectivos territorios y dejaron de hostigar a los campesinos de Ulaid. Laery regresó con una buena cosecha de cabezas enemigas y se las envió a Conchobar dentro de un saco, como prueba de obediencia a su rey. Cuchulain también había participado en la incursión al lado de sus primos Naisi y Conall, luchando bajo las órdenes de Fergus, a quien había prestado juramento de obediencia. El joven había superado con éxito su iniciación como guerrero y cuatro cabezas enemigas adornaban las ruedas de su carro, dejando escapar un hilillo de sangre entre los radios de las ruedas y salpicando el suelo a su paso, mostrando un rastro fúnebre y macabro.
El verano finalizó sin que se produjera ningún incidente, salvo las refriegas que se consideraban habituales. Cuchulain fue a Emain Macha a hacer una visita a Dectera, su madre. Dectera era la hija mayor del druida Cathbad y tenía dos hermanas llamadas Elva y Finchmoon, que estaban casadas con Usna y Amorgon. Dectera era una mujer de gran belleza y fuerte carácter a la que Cuchulain profesaba un amor y una admiración sin límites.
Cuchulain le regaló una gruesa torques de oro que había obtenido como botín en su primer combate, un regalo que su madre aceptó complacida.
— Tu primo me ha dicho que te portaste como un héroe – le dijo ella. – Pero debes tener cuidado, Séthéta. Aún eres demasiado joven.
Su madre era la única persona que todavía seguía llamándole por su antiguo nombre.
— No te preocupes, madre. No ha sido más que una pequeña incursión.
— No quiero que corras riesgos inútiles, hijo mío – dijo Dectera, mirándole con ojos llenos de ternura y temor.
— Ahora soy un guerrero, madre. Ya no soy ningún niño.
— Lo sé, Séthéta.
—¿Dónde está mi padre? – preguntó Cuchulain, cambiando súbitamente de tema.
— Se ha ido con Usna a los establos.
El muchacho se despidió de ella con un beso y se fue a los establos en busca de Sualtam. Su padre era un guerrero de la Rama Roja que formaba parte de la guardia personal de Conchobar. Su matrimonio con Dectera le permitía vivir en Emain Macha y pertenecer al séquito del rey.
Cuchulain encontró a su padre atareado en compañía de Laeg y su tío Usna. Sualtam acariciaba con suavidad el cuello de un negro corcel, susurrando unas palabras al oído del animal para tranquilizarlo y ganar su confianza. El caballo pareció relajarse al escuchar las palabras de Sualtam y agitó sus largas crines negras en señal de amistad.
Cuchulain saludó a Sualtam con una sonrisa, pero antes de que pudiera dirigirle la palabra un fuerte relincho desvió su atención hacia otro lado. Un magnífico corcel de pelaje gris levantaba las patas delanteras y agitaba su cabeza con fuerza. Laeg, un muchacho de la misma edad que Cuchulain, intentaba calmarlo, pero no podía contener la excitación salvaje del bruto.
El joven se acercó al corcel y le acarició el poderoso cuello. El caballo se alegró al ver a su amo y soltó un bufido. El espléndido animal se llamaba Gris de Macha. Aunque Cuchulain tenía otro corcel al que había impuesto el nombre de Sainglend, era a Gris a quien el joven mostraba sus preferencias. Sin embargo los dos caballos formaban un excelente tiro en el carro ligero de combate de Cuchulain, y lo habían demostrado con creces en la última escaramuza que había tenido lugar en la frontera.
Cuchulain puso una mano sobre el hombro de Laeg y los dos muchachos salieron de los establos para compartir unos cuernos de hidromiel, dejando a su padre y a su tío Usna el cuidado de los caballos que su padre le había regalado. Laeg era el auriga de Cuchulain y uno de sus mejores amigos. Se habían conocido en Emain Macha, donde Cuchulain se había criado en compañía de otros hijos de príncipes y jefes de Ulaid. Allí se habían convertido en compañeros de juegos y armas. El hijo de Dectera, que destacaba entre todos los demás por su arrojo y ferocidad, había trabado también amistad con sus primos Conall y Naisi. Conall era hijo de Amorgon, uno de los druidas más influyentes del reino, y era tres años mayor que Cuchulain. De risa fácil, aficionado al hidromiel fuerte y a las bellas mujeres, Conall era uno de los amigos incondicionales de Cuchulain. Su rostro barbudo y moreno siempre estaba dispuesto a lanzar o a recoger un desafío como a seducir a una muchacha que fuera de su agrado. En cambio su primo Naisi era un joven de cabellos negros y rostro agraciado. Naisi poseía la belleza delicada de su madre Elva y la constitución robusta de su padre Usna. Al igual que Cuchulain tenía quince años y atraía las miradas de todas las mujeres, pero su semblante tenía un cierto aire de tristeza que contrastaba con la luz interna que siempre irradiaba el rostro de Cuchulain.
Pocos días antes de la fiesta de Samain los ulates empezaron a hacer los preparativos para la gran noche que anunciaba el comienzo de la estación invernal. Aquella noche marcaba el comienzo del nuevo año. Según la tradición era en ese día cuando el dios Dagda y la diosa Morrigan se unían ritualmente, y la fiesta también anunciaba que durante los próximos tres meses el dios de la luz estaría bajo el influjo del poder de las tinieblas. Samain era la noche más importante del año y también era la fiesta de los guerreros y de los reyes.
El rey Conchobar había convocado a los príncipes y jefes guerreros al gran salón de banquetes de Emain Macha. La fiesta se celebraría durante la noche en la que la cortina que separaba este mundo del otro se hacía más tenue y permitía que los espíritus de los muertos vagaran por la tierra, mezclándose con los vivos y visitando los lugares donde estos habían vivido y amado.
Los nobles y jefes de los clanes de Ulaid habían asistido a la fiesta acompañados por sus respectivos séquitos, pero no todos tenían cabida en las chozas de piedra que rodeaban el gran salón de banquetes, así que tuvieron que buscar alojamiento en unas cabañas improvisadas que construyeron a las afueras de la fortaleza.
Cuchulain ocupó su asiento en el suelo con los demás guerreros. El muchacho de cabellos negros levantó la vista y observó a las figuras que ocupaban el estrado de madera, situado al fondo de la gran estancia iluminada por parpadeantes antorchas de juncos. El rey Conchobar y su esposa presidían el lugar central. Cathbad estaba situado a la derecha del rey del rey y Fergus Mac Roy a la izquierda de la reina. Los otros tres asientos estaban ocupados por Nessa, la mujer de Fergus y reina madre de Ulaid, Owen, príncipe de Ferney y Baruch, señor de la Rama Roja.
Unos arpistas tocaban a ambos lados del salón, pero su música no podía competir con los gritos y las conversaciones de los guerreros, que prestaban más atención a sus cuernos de hidromiel y a sus cuencos de carne de venado que a los sonidos melancólicos que los músicos arrancaban de sus arpas.
Cuchulain apenas bebía. Su primo Conall percibió su inquietud y le propinó un codazo en las costillas para llamar su atención.
—¿Cuál es el problema, pequeño? – le preguntó. Siempre se dirigía a él de esa manera, pero lo hacía de forma cariñosa.
— El invierno será crudo este año – le respondió Cuchulain.
—¿Qué te pasa? – le interrumpió Conall. — ¿El hidromiel se te ha subido a la cabeza?
— Los viejos siempre dicen eso – dijo Cuchulain –, pero tienen razón. Y este año el invierno será muy crudo.
— Todos los inviernos lo son – dijo Conall.
— Sí, pero la llegada de la estación sombría traerá consigo un cese de las hostilidades en la frontera. Y no soporto la inactividad, primo.
Conall conocía demasiado bien a Cuchulain, y en cierto modo le comprendía. La llegada del invierno paralizaba por completo la actividad de las bandas guerreras y concedía un descanso obligado a los hombres de armas. Los caminos se hacían intransitables y la vida en los raths se encogía. Los hombres se preparaban para sobrevivir al invierno, que siempre se cobraba como tributo a los más viejos y a los más débiles. Era la época en que las personas morían de fiebres, incluso las más robustas que gozaban de buena salud.
Antes de que finalizara el festín Cuchulain abandonó el salón de banquetes, pero no se dirigió a sus habitaciones. No le importaba que fuera la noche de Samain y que los espíritus de los difuntos, invisibles al ojo humano, vagaran a pocos pasos de él. No tenía sueño y tampoco temía a los espectros.
En sus casas la gente había preparado comida y jarras de cerveza e hidromiel para los espíritus de sus parientes muertos, depositándolos en los lugares que habían frecuentado en vida o en aquellos sitios donde habían muerto. Al día siguiente las jarras y los cuentos de comida estarían vacíos, como muda prueba del paso de los espectros.
El estrecho espacio que había entre las chozas de la fortaleza no estaba vacío. Algunos habitantes del lugar se habían disfrazado con máscaras grotescas para despistar a los espíritus y llevarlos más allá de las puertas de la empalizada.
— ¿Adónde vas, Cuchulain? ¿Acaso te has perdido?
Una voz burlona resonó a sus espaldas.
Era Cathbad. Sus vestiduras blancas brillaban con luz propia en la oscuridad de la noche.
— Vaya, vaya — dijo. – El joven Cuchulain paseando solo en la noche de Samain. ¿No temes a los espíritus de los difuntos?
— No, abuelo – le respondió el muchacho.
— ¡No me llames abuelo! – le recriminó Cathbad. — ¡Haces que parezca más mayor de lo que soy! ¡No soporto que me llamen abuelo!
— Lo siento, Cathbad – se disculpó Cuchulain.
Cathbad se había casado con Magda, la hija primogénita de Fachtma y Nessa, y había tenido tres hijas con ella. El druida siempre se lamentaba que su esposa no hubiera engendrado a un varón, pero los cinco nietos que tenía le compensaban de tal carencia.
— Tienes suerte, muchacho. Te perdono el insulto. Hoy me encuentro de un humor excelente. Es algo raro en mí. Quizás esté enfermo – dijo, casi hablando para sí mismo, pero luego volvió a clavar la mirada en su nieto. – Debería hablar con Fingen, el médico del rey. Lástima que no me caiga bien. Lo encuentro aburrido.
—¿Quieres algo de mí, señor?
— No me interrumpas con preguntas estúpidas, jovencito – dijo Cathbad, adoptando una actitud ofendida. – Tengo cosas más importantes en las que pensar para que vengas tú con tus tonterías a molestarme. Pero ya que me preguntas te diré que sí.
—¿Y de qué se trata, señor?
— Eres bueno con la espada, ¿no es así, Cuchulain? O al menos eso es lo que me han dicho.
Cuchulain abrió la boca para responder, pero el druida le interrumpió otra vez.
— No es necesario que me respondas. Sé que algún día serás un gran guerrero, pero eso no es suficiente.
El muchacho miró al druida con sorpresa.
— Yo creía que con el valor era suficiente.
— Tu cabeza no ha sido hecha para pensar, jovencito. Eso déjamelo a mí, pues he pasado la mayor parte de mi vida estudiando en los bosques sagrados de los druidas, y deberías saber que un guerrero que solo sabe manejar la espada o la lanza no es más que un bruto lleno de músculos y cicatrices. Es preciso que use un poco la cabeza y se deje guiar por alguien más sabio que él. ¿No lo crees así, Cuchulain?
— Sí, señor.
— Bien. Veo que no eres tan estúpido como pareces. Ahora escúchame y préstame atención. ¿Cuál es la diferencia entre un guerrero y un héroe?
— No lo sé – le respondió el muchacho.
— La diferencia está – dijo Cathbad con paciencia – en que un simple guerrero nunca llega a nada. Tarde o temprano morirá en un campo de batalla y nadie le recordará. Será olvidado por todos. En cambio un héroe es alguien que trasciende el espíritu de un guerrero y se coloca en un plano superior. Al final todos acaban muertos, claro está, pero así es la vida. Los bardos cantan las hazañas de los héroes y sus alabanzas están en las bocas de todos los hombres. Un héroe es recordado por todos y sus hazañas harán brotar infinidad de versos y canciones. ¿Lo comprendes ahora?
Cuchulain asintió con la cabeza. Cathbad le sonrió y siguió hablando.
— Tú no quieres ser solo un guerrero, ¿verdad? Te gustaría ser un paladín, un héroe. Te comprendo, pero no es algo que esté al alcance de cualquiera.
—¿Cómo podría llegar a serlo, Cathbad?
— Se avecinan tiempos difíciles, muchacho. Lo huelo en el aire. En el futuro los ulates necesitarán a alguien en quien puedan cifrar su confianza cuando llegue la hora de las espadas.
Cuchulain se asustó ante las sombrías predicciones del druida, mas no dijo nada.
— Necesitas experiencia, Cuchulain. Hace tiempo que las batallas escasean a causa de la paz impuesta por Conchobar, y por si fuera poco el invierno se cierne sobre nuestras cabezas. No habrá muchas oportunidades para desenvainar la espada este año. Si quieres que te dé un buen consejo, márchate.
—¿Adónde, señor?
— A Caledonia. He oído hablar de una mujer guerrera llamada Scáthách, que vive en la isla de la Bruma. Enseña a combatir a jóvenes guerreros que desean convertirse en héroes.
Su nieto se quedó un rato pensando, como si dudara. Cathbad le señaló con su vara de avellano.
— La decisión es solo tuya, Cuchulain. Pero recuerda que lo que decidas hacer en el presente tendrá influencia sobre el futuro. Es un camino que deberás recorrer solo.
Y con estas palabras el druida se despidió.
La fría noche de Samain envolvió a Cuchulain. La luz de la luna iluminaba su rostro, que se había vuelto más serio y sombrío.
A su alrededor los espectros caminaban con pasos silenciosos.

Relato Fantástico - Emain Macha (I)

3

Aquel año el invierno fue crudo, pero se hizo más soportable que otros años. La nieve, siempre efímera en Eiréann, no extendió su manto blanco sobre las verdes praderas de Ulaid. En cambio las tempestades procedentes del océano se abatieron con furia sobre la tierra, llegando a ser muy violentas y arrastrando incluso el agua del mar muchos kilómetros tierra adentro.
Cuchulain se dejó dominar por la fría y gris sensación que le producía la lluvia cuando salpicaba su rostro. Se sentía dominado por una inactividad que no le permitía pensar, paralizando sus miembros y congelando su estado de ánimo.
El invierno era la estación del sueño.
La vida parecía haberse detenido. La tierra estaba dura y el mugido del ganado al ser sacrificado llenaba sus oídos.
Vida que huía.
Sangre que manaba.
Cuchulain intentó disipar su inquietud yendo de caza con Owen, el príncipe de Ferney. Ambos se internaron en los profundos bosques que se extendían al norte del lago Neagh. Una jauría de perros de caza, de gran fiereza y adiestrados para la cacería del lobo, les acompañaba. Los monteros del príncipe sujetaban a los canes con unas correas de cuero que amenazaban con romperse debido al extraordinario frenesí de los perros, que olfateaban en el aire la cercana proximidad de los lobos.
De pronto los monteros soltaron las correas y dejaron correr libremente a los galgos, que subieron una empinada cuesta sembrada de árboles. Cuchulain y Owen azuzaron a los caballos y les siguieron. Los dos guerreros aferraban con fuerza el mango de sus lanzas, dispuestos a ensartar con las brillantes y afiladas hojas el lomo de la primera bestia que asomara su hocico en la espesura.
Los incesantes ladridos de los perros se dispersaron en diferentes direcciones. Owen siguió a un grupo que se internaba tras unos matorrales. Cuchulain prefirió desviarse hacia la derecha, donde un par de fieros podencos habían acorralado a una presa cerca de un árbol caído.
El joven guerrero desmontó de su corcel, el Gris de Macha, y se dirigió hacia donde estaban los perros.
Dos galgos más se habían sumado al cerco. Una gran loba de pelaje negro gruñía y enseñaba los dientes con ferocidad. Se veía acorralada, sin ninguna posibilidad de escapar. Los perros echaban espuma por sus fauces abiertas, pero los gélidos ojos de la loba les disuadían de emprender el ataque.
La pieza era suya. Cuchulain lo sabía. Bastaría con arrojar la lanza y todo concluiría en un par de segundos. Sin embargo había algo en los ojos ambarinos de aquella enorme loba que Cuchulain no había visto jamás en ningún otro animal salvaje.
Era algo extraño, indómito, casi divino. La lucha por la existencia se debatía en un círculo estrecho, donde la vida y la muerte se abrazaban mutuamente para crear una nueva forma, un nuevo símbolo de la naturaleza.
Cuchulain se sintió conmovido. Estaba sorprendido ante aquella sensación, pero no hizo nada por reprimirla. Ni siquiera lo intentó.
Despacio, deslizando los pies sobre la hierba con deliberada lentitud, Cuchulain se aproximó a la loba, totalmente desarmado. De súbito los galgos dejaron de ladrar.
La loba gruñó, pero el joven no se echó atrás. Poseído por una extraña fuerza que nacía desde lo más hondo y salvaje de su ser Cuchulain siguió aproximándose al animal, evitando que los movimientos de su cuerpo dejaran traslucir el menor atisbo de miedo.
Cuchulain se arrodilló a escasos pasos de la loba y extendió sus manos hacia ella.
— Ten cuidado, señor – le aconsejó la voz de un montero que estaba contemplando con horror toda la escena.
Para sorpresa del montero la loba se acercó, temerosa, hacia Cuchulain. El animal bajó las orejas y lamió las manos del joven.
—¡Estás loco! – dijo Owen cuando vio a una loba de aspecto imponente y pelaje negro al lado de Cuchulain, mansa y apacible como un cachorro.
Owen traía consigo dos pieles de lobo que sus monteros habían despellejado para él. Sus servidores reflejaban la misma mirada sorprendida de su atónito amo.
— He decidido salvarle la vida – dijo el joven. – Quiero que se quede conmigo. Me hará compañía.
— Es una pena, Cuchulain. Podrías haber hecho un bonito manto con esa piel.
Cuchulain se limitó a sonreír y no dijo nada. Montó de nuevo en su caballo y la loba lo siguió, como una fiel compañera. Owen meneó la cabeza, incapaz de comprender a su amigo. El príncipe de Ferney taloneó a su yegua, cabalgando al lado de Cuchulain a través de los senderos cubiertos de hojas.
En Emain Macha los druidas hacían los preparativos para la gran fiesta de Beltaine. Sería la ocasión en que se encenderían grandes hogueras y el fuego nuevo reemplazaría al viejo en todos los hogares.
Los días eran más largos. El fresco aroma de la primavera impregnaba el aire. Las retamas y las brancas crecían en el entorno seco y ventoso del borde de los caminos, atrayendo a los insectos.
La vida cobraba vitalidad, poseída por una nueva energía. La Madre Tierra abandonaba su letargo invernal con cada día que pasaba y el sol bañaba con sus cálidos rayos los campos de cebada. Cuchulain también se sintió subyugado por el cambio. Los campesinos trabajaban con ahínco en sus tierras y los ganaderos cuidaban de los rebaños que estaban a su cargo. Todos, incluso mujeres y niños, esperaban la llegada de Beltaine con ilusiones renovadas, pues habían logrado sobrevivir a los terribles rigores del invierno.
Cuchulain iba con su nuevo animal a todas partes. Le había puesto por nombre Crínóg. La fiel hembra siempre dormía a sus pies, atenta a cualquier peligro que pudiera acechar a su amo. Laeg se asustó mucho la primera vez que vio a Crínóg al lado de su señor. Creyó ver en sus sanguinarios ojos la sombría mirada de la Morrigan, la diosa de la muerte y la destrucción.
— ¿Dónde está Cathbad? – le preguntó Cuchulain a Amorgon, uno de los principales druidas del reino . – Tengo que hablar con él.
— No lo sé. Hace varios días que no le veo.
— ¿No ha dejado un mensaje para mí?
— No — añadió Amorgon con pesadumbre. – Nadie sabe donde está. El rey Conchobar está muy preocupado.
La ausencia de Cathbad no presagiaba nada bueno. En Emain Macha nadie le había visto marcharse de la fortaleza.
Aquella tarde los guerreros de la Rama Roja se reunieron con sus señores en la Casa de la Rama Roja. Cuchulain y Owen fueron los últimos en llegar, lo que provocó que Conchobar les lanzara una mirada de reproche por el retraso.
Había nuevas procedentes de la frontera del sur. Una banda de guerreros del reino de Midhe estaba haciendo incursiones en las tierras de Forgall, el señor de Lusca. Forgall había pedido a Conchobar que le enviara a una veintena de lanceros para hacerles frente, pues los guerreros que estaban a su servicio no se veían capaces de expulsarlos de sus tierras. Conchobar había pensado que era una excelente oportunidad para enviar a sus guerreros más jóvenes, que estaban deseosos de volver a tomar las armas tras la larga inactividad invernal.
El rey decidió que Illán y Buino – los hijos de Fergus – fueran al frente de la expedición con veinte lanceros. Los hijos de Usna y Conall irían con ellos, al igual que Cuchulain.
— En cuanto lleguéis a Lusca os pondréis bajo las órdenes de Celtchar. Él os dirá lo que tenéis que hacer.
Celtchar, el gran guerrero de cabellos grises, era un hombre corpulento que había alcanzado ya la madurez. Su carácter era sombrío y huraño, lo cual no le impedía ser un gran conductor de hombres. Celtchar tenía a su cargo la frontera del sur y llevaba a cabo su trabajo con una terrible eficacia.
Al amanecer del día siguiente la pequeña banda de jóvenes lanceros partió hacia el sur. La mayoría iba a pie, excepto Cuchulain y los hijos de Fergus, que exhibían con orgullo sus escudos pintados con la insignia de la rama roja de Ulaid a los lados de sus magníficos carros de combate. Illán y Buino, los hijos gemelos de Fergus, cuya única diferencia consistía en que uno era rubio y el otro pelirrojo, conducían personalmente sus carros y no tenían auriga. En cambio Laeg, el auriga y fiel amigo de Cuchulain, conducía el hermoso tiro de caballos de su señor. Laeg pertenecía a una familia de campesinos, pero el trabajo en los campos nunca había sido de su agrado y siendo un niño se había ido a Emain Macha para ponerse al servicio de un señor o un príncipe. Cuchulain había sido la única persona que le había dado su amistad cuando los demás lo habían rechazado y Laeg había agradecido aquel favor haciendo un juramento ante los dioses de servir fielmente a Cuchulain hasta la muerte.
Crínóg iba detrás del carro de Cuchulain. Su primo Conall se le acercó con la intención de burlarse de él. A Conall no le gustaban las inseguras plataformas móviles de dos ruedas, pues se sentía más cómodo combatiendo a pie.
— Deberías buscarte una esposa – le dijo. – No creo que esa loba te convenga.
— Seguro que me será más fiel que tu esposa Niam – le respondió Cuchulain.
— Si no fueras mi primo te daría una buena paliza, pequeño. No deberías hablar de esa manera a un guerrero más fuerte que tú.
— Si quieres bajaré del carro y hablaremos con las espadas – dijo Cuchulain a modo de broma, que se había acostumbrado a aquellos juegos de palabras que los guerreros solían emplear para discutir y fanfarronear sobre sus hazañas pasadas o futuras.
— No hace falta que bajes, pequeño. Guarda tu espada para segar las cabezas de los galióin.
La pequeña banda guerrera tomó el camino que miraba hacia el mar oriental, siguiendo la línea de la costa en dirección sur, adentrándose en las tierras llanas del este de la isla, cubiertas de pequeños raths y granjas aisladas. Al cabo de cuatro días de dura marcha llegaron al dun de Forgall. Los centinelas que estaban apostados en lo alto de los muros de la empalizada se apresuraron a abrir las puertas de la fortaleza. El mismo Forgall salió a darles la bienvenida a la entrada de su casa e inmediatamente mandó a sus servidores que buscaran alojamiento a los recién llegados.
Illán y Buino fueron alojados en la casa fortificada de Forgall, conforme a su rango. A los demás se les buscó acomodo en los establos y en las chozas de piedra de una aldea vecina.
Aquella noche Forgall obsequió a sus huéspedes con un festín en su pequeño salón de banquetes. Su esposa había muerto y solo tenía dos hijas, Fial y Émer. Forgall era un hombre bajo y moreno, de rostro adusto y mirada desconfiada, pero sabía tratar bien a sus invitados y no dejó de sonreír en todo momento.
—¿Sabéis dónde se encuentra Celtchar? – le preguntó Illán.
— No se halla muy lejos de aquí – respondió Forgall. – Algunos de mis hombres están con él.
—¿Cuántos días hace que partieron? – le preguntó Buino.
— Hace dos días. Celtchar me dijo que enviaría a un mensajero que os conduciría hasta él.
—¿Y qué hay del mensajero? – quiso saber Conall — ¿Todavía no ha llegado?
— No, aún no. Y no creo que sea conveniente seguir esperando. Ya han muerto ocho campesinos y sus familias han sido llevadas como esclavos.
— Tenéis razón, Forgall – replicó Illán . – Partiremos al amanecer.
Al finalizar el banquete, que consistió en sopa de avena y carne asada de cordero, Forgall mandó a un criado para que buscara a sus dos hijas. A ninguno de los invitados se le escapó lo que el señor de Lusca se proponía. Todos sabían que Forgall era un hombre ambicioso y que haría todo lo posible por acercar a sus hijas a la realeza de Ulaid, ya que ni Illán ni Buino tenían esposa, y por lo tanto sus lechos estaban vacíos. Y Forgall tenía la intención de que sus dos jóvenes retoños los ocuparan.
Cuchulain se hallaba sentado en el suelo de cañas, cerca de la puerta. El ulate fue uno de los primeros en observar la llegada de las hijas de Forgall, que venían acompañadas por el criado que su padre enviara para buscarlas. Fial, la mayor, fue la primera en poner el pie en el salón. No era muy bella ni tenía el atractivo suficiente como para llamar la atención de un hombre. Cuchulain, absorto en sus pensamientos y con la mente en otra parte, se disponía a beber de su cuerno de hidromiel cuando Emer, la hija menor de Forgall, entró detrás de su hermana.
Durante un instante, tan pequeño como el parpadeo de una estrella en la sombría noche, ambas miradas se cruzaron. Un súbito abismo se abrió ante los dos. Una poderosa sensación invadió sus espíritus, acelerando el ritmo de su sangre. Era como si un relámpago se hubiera encendido en el interior de sus mentes para avisarles que poco después retumbaría el trueno.
Y el trueno cayó.
Emer iba vestida con un sencillo vestido azul de lino que se adaptaba perfectamente a su cuerpo, dejando entrever una esbelta figura. En realidad era poco más que una niña, una niña que no había alcanzado todavía los quince inviernos, pero bajo su porte se escondía ya la futura mujer que quería salir a la superficie. Sus cabellos eran de un dorado pálido y sus ojos eran tan azules como las aguas del Shannon. Su piel era tan blanca que podía confundirse con la leche de los rebaños que su padre tenía dispersados por toda Lusca.
Emer había visto en Cuchulain un pequeño atisbo de su fuerza y hermosura. Cuchulain estaba a medio camino entre el niño y el hombre. Sus dieciséis veranos se reflejaban en su rostro, en el cual asomaba un tímido bigote de guerrero, pero apenas tenía barba y su primo Conall se había burlado con frecuencia de él por aquella falta. Conall solo era tres años mayor que Cuchulain, pero lucía una larga barba negra que constituía una afrenta al rasurado rostro de su primo.
Sin embargo Emer no se percató de aquel detalle, pues era una mujer y con la sabiduría instintiva que es propia en todas las mujeres podía ver más lejos que la mayoría de los hombres ordinarios. Su aguda vista penetró en el alma de Cuchulain, y en ella vio a un muchacho convertido en un hombre vigoroso y bello. Y lo que vio lo reclamó para sí. “Será mío”, dijo para sus adentros, “y su fuerza y su belleza pasarán a través de mí”.
Cuchulain solamente tenía ojos para Emer. Vio como ella y su hermana se acercaban hasta donde estaba su padre que, flanqueado por los hijos de Fergus, les daba un beso en la mejilla a las dos. Fial y Emer saludaron con una inclinación de su cabeza a Illán y Buino y se retiraron en silencio hacia los aposentos de las mujeres. Para su sorpresa Cuchulain se percató de que Emer fijaba de nuevo su mirada en la suya antes de abandonar el salón.

Relato Fantástico - Emain Macha (I) Aquella noche Cuchulain durmió en los establos con una extraña sensación en el estómago. No pudo dormir y se pasó toda la noche escuchando el suave murmullo de los grillos.
Antes del amanecer la banda guerrera de Illán y Buino abandonó Dun Forgall. El sol pugnaba en el horizonte por salir de su lecho de sombras, mientras unas pocas nubes velaban el cielo, pero un viento procedente del oeste empezó a empujarlas hacia el mar, impidiendo que la lluvia cayera sobre los campos. Cuchulain observaba en absoluto silencio el paisaje que se extendía ante él, salpicado de altos árboles y verdes llanuras. Laeg se percató del extraño mutismo de su señor, pero no quiso preguntarle y siguió azuzando a los caballos para que no se desviaran del camino.
Avistaron a los hombres de Celtchar a las afueras de un bosque. Celtchar salió a su encuentro montado en una yegua negra. Cuchulain echó una rápida ojeada a los hombres que le acompañaban. Ochenta guerreros en total.
— Por fin habéis llegado. Llevamos varios días esperando – dijo el gran guerrero gris.
—¿Dónde está el enemigo? – preguntó Illán.
— Se hallan a una hora de aquí. Se trata de una banda guerrera de ciento veinte hombres. Les presentaremos batalla hoy mismo. Vosotros os ocultaréis en el bosque mientras nosotros les haremos frente en el llano de ahí abajo – dijo señalando con el dedo . – Y cuando oigáis el entrechocar de las espadas saldréis de entre los árboles y atacaréis su flanco derecho, ¿entendido?
— Sí, señor – dijeron los hijos de Fergus al unísono.
Al cabo de una hora los galióin asomaron en el llano. Algunos estaban borrachos y llenaban el aire de la mañana con sus gritos, al tiempo que bebían sin cesar de unos pellejos de cuero que se pasaban unos a otros. Aquel día los galióin habían saqueado unas cuantas granjas y el botín había sido considerable. Venían cantando y riéndose, aunque el sonido de sus risas se quebró en sus gargantas tan pronto como vieron al pie de una colina al ejército de Celtchar. Al principio creyeron que el enemigo era más numeroso, pero al comprobar que eran inferiores en número se mofaron de ellos y empezaron a insultarles. Celtchar avisó a sus hombres que no respondieran a sus provocaciones y permitió que el enemigo se acercara hasta el centro de la llanura, donde se detuvieron. El jefe de los galióin se adelantó con la ayuda de su carro y se situó en primera línea. Un auriga llevaba las riendas. Extendió su espada hacia delante y con un grito exhortó a sus guerreros a que le siguieran. Los caballos se pusieron en movimiento y corrieron hacia delante, aprovechando la circunstancia de que el terreno era llano y estaba desprovisto de obstáculos.
Celtchar desenvainó la espada y cargó contra ellos, seguido por sus hombres. Corrieron sin dejar de gritar hasta que ambos ejércitos se encontraron en mitad de la llanura, entrechocando sus espadas y escudos de madera con un estruendo ensordecedor.
Era la señal convenida. En ese mismo momento otro grito procedente del bosque rasgó el aire. Una veintena de jóvenes guerreros ulates salió de entre la espesura y acometió el flanco derecho del enemigo, abriendo brecha en sus desordenadas filas. Cuchulain y los hijos de Fergus causaron una auténtica carnicería en la masa de guerreros galióin desde sus carros ligeros de combate. Conall gritaba como un espectro venido del otro mundo, manejando su espada con una destreza sin igual, mientras Naisi y sus hermanos intentaban emular en valor a sus primos.
El combate fue rápido y breve. Los enemigos perdieron el coraje cuando vieron caer a su jefe, que había caído bajo los golpes de la espada de Cuchulain, abriéndole un tajo impresionante en el cuello y derribándolo de su carro. Al ver esto sus aterrorizados hombres se dieron a la fuga, pero ninguno pudo escapar de la ensangrentada llanura. Cuchulain y los hijos de Fergus les dieron alcance con sus carros y les cortaron la retirada, obligando a los acorralados galióin a que arrojaran sus armas al suelo.
Al finalizar la batalla Celtchar ordenó a sus hombres que vigilaran a los prisioneros y que liberaran a las mujeres y a los niños que los galióin se habían llevado como esclavos en sus incursiones. Sin embargo el guerrero gris no pudo evitar que algunas mujeres, llevadas por la ira y el deseo de vengar a sus parientes muertos, recogieran las espadas de los guerreros que habían caído en la llanura y atravesaran con ellas los cuerpos de los prisioneros, vengándose con saña de aquellos hombres que las habían violado y que habían causado la muerte de sus maridos. Celtchar observó la matanza con aparente indiferencia y luego ordenó a sus hombres que enterraran a los caídos.
Los ulates que habían sobrevivido saquearon a los muertos, despojándolos de sus armas y joyas y cortándoles la cabeza para llevárselas como trofeos a sus casas, con el propósito de exhibirlas con orgullo ante sus amigos y parientes.
El olor de la muerte era nauseabundo. Cuchulain despojó al jefe enemigo de su espada, su escudo y su grueso torques de oro. Luego colgó su cabeza en una de las ruedas de su carro y abandonó el campo de batalla.
Cuchulain ofreció las armas del jefe caído a Forgall y después entregó a su hija Emer la gruesa torques de oro. A Forgall no le hizo ninguna gracia aquel presente, y mucho menos que Emer mirara con agrado al victorioso joven.
Después del banquete que Forgall celebró en su casa para conmemorar la victoria sobre los guerreros galióin ningún guerrero volvió a ver a Emer en el salón. El señor de Lusca era un caudillo insaciable que siempre había intrigado para conseguir más poder, y a falta de hijos varones que pudieran sucederle su única ambición era casar a Emer y a Fial con los hijos de Fergus o con algún poderoso jefe de clan.
La fiesta de Beltaine se celebró una semana después de la batalla. Los guerreros ulates se quedaron en Lusca y contemplaron la acostumbrada procesión de los rebaños, que fueron obligados a pasar ente los fuegos a fin de protegerlos contra las enfermedades. Los druidas celebraron rituales mágicos para la fertilidad de los campos y el crecimiento del ganado, pero Cuchulain no disfrutó de la fiesta como los demás miembros de su clan. Sus amigos bebían hidromiel y comían carne hasta hartarse, mientras otros se dedicaron a retozar entre los arbustos con las muchachas jóvenes de las granjas vecinas, pero Cuchulain no se sentía con ánimos de imitar su alegre comportamiento. Sus compañeros y hermanos de espada se hallaban tan intensamente ocupados con la fiesta del dios Bel que apenas le prestaron atención.
La fiel Crínóg fue la única que no le abandonó. El animal permaneció a su lado, proporcionándole consuelo y compañía. Crínóg había regresado junto a su amo poco después de la fallida incursión que los galióin habían realizado en las tierras de Lusca. Cuchulain se había acostumbrado a sus extrañas idas y venidas, y acogió de buena gana la extraña presencia de aquel fiero animal junto a él, una enorme loba de ojos amarillos cuya mirada evocaba las leyendas más sanguinarias y sombrías de la diosa Morrigan.
La banda guerrera que conducían los hijos de Fergus abandonó el dun de Forgall a la mañana siguiente. Cuando dejaron atrás las puertas de la fortaleza Cuchulain echó un vistazo a sus espaldas, buscando en vano unos dorados cabellos que reflejaran la luz del sol y una esbelta figura de mujer al pie de las murallas de madera, pero lo único que vio fue el brillo de las lanzas que los guerreros de Forgall empuñaban a la entrada del fuerte.
Cuchulain cerró los ojos y musitó unas palabras en voz baja.
Fue entonces cuando se prometió a sí mismo que algún día regresaría a buscarla.



4

Al llegar a Emain Macha Cuchulain le dijo a su padre que quería tomar a Emer como esposa.
—¿Está Forgall de acuerdo con esa unión? – le preguntó Sualtam, que estaba al tanto de las ambiciones del señor de Lusca.
Cuchulain se vio obligado a decirle la verdad.
— No, padre. Cree que no soy digno de su hija.
— Hablaré con él. Quizás pueda convencerle de que está equivocado.
—¿Lo harás, padre? – le preguntó Cuchulain, entusiasmado por la noticia.
— Haré lo que pueda, hijo. Y tu madre me acompañará.
Pero al regresar de Dun Forgall el semblante de sus padres no presagiaba nada bueno.
—¿Qué ha dicho? – les preguntó Cuchulain, una vez que hubieron llegado.
Sualtam se encogió de hombros, como si se disculpara por no haber podido ayudar a su hijo.
— Ha dicho que no. Lo siento, Cuchulain. Hemos hecho todo lo posible, pero Forgall no ha querido escucharnos. Dice que su hija solo se casará con quien él disponga.
Sualtam puso su mano sobre el hombro de Cuchulain, intentando consolarlo.
— En Ulaid hay muchas mujeres, hijo. Estoy seguro que pronto olvidarás a Emer.
Su padre salió de la choza sin añadir nada más, pero Dectera observó la tristeza que anidaba en la mirada de Cuchulain, y de pronto, sonrió.
— No todo está perdido, Séthéta. Emer me ha enviado un mensaje para ti.
Los ojos grises de Cuchulain brillaron como si dos lámparas se hubieran encendido en ellos, dispersando las sombras que poco antes habían oscurecido su ánimo.
—¿Qué fue lo que te dijo, madre? ¡Dímelo!
Dectera se rió al ver la impaciencia de su hijo.
— Me ha dicho que vayas a verla dentro de una semana. Ella te esperará en el robledal que se extiende al pie de la fortaleza.
—¿Y su padre?
— Estará ausente durante unos días. Pero ten cuidado, Séthéta. Creo que Forgall ha ordenado a sus lanceros que la tengan bajo custodia y no le permitan salir.
— No tengas miedo, madre. No me pasará nada.
Dectera nunca había visto tan feliz a su hijo. Cuchulain estaba cambiando. Poco a poco su madre veía como se estaba convirtiendo en un hombre, en un ser animado por una extraña fuerza que todo el mundo podía percibir a su alrededor. Un fuego interno ardía dentro de él, y Dectera sabía con la seguridad de una madre que Cuchulain llevaría a cabo con éxito todo lo que se propusiera.
Cuchulain ordenó a Laeg que le preparara el carro y partió con su auriga. Crínóg iba detrás del carro, siguiendo el húmedo surco que las ruedas dejaban en la hierba. Cuchulain estaba tan nervioso que no paraba de hablar y de reírse todo el tiempo, asombrándose ante el más mínimo suceso que encontraba en el camino. El vuelo de un zorzal, el canto de las gaviotas o la huida de una libre le llamaban poderosamente la atención, cuando jamás se había fijado en cosas como esas, pues creía que solo estaban reservadas a los bardos y a los poetas. Laeg le escuchaba con paciencia, oyendo una y otra vez la voz de su amo, que le decía entre gritos que mirase las extrañas formas de las nubes en el cielo o las olas que el fuerte viento del nordeste rizaba en el mar.
—¿No crees que el mar es hermoso, Laeg? Posee una belleza salvaje. Me recuerda mucho a Emer.
Cuchulain respondía a sus propias preguntas sin importarle que Laeg le prestara atención. Todo le sorprendía y le sugería el recuerdo de Emer, como si fuera la primera vez que reparase en los secretos de la creación. Parecía un niño pequeño.
A la caída del atardecer Cuchulain llegó a los lindes del robledal. Bajó ágilmente del carro y le pidió a su auriga que le esperase en compañía de Crínóg y de sus caballos. El joven iba espléndidamente vestido, con todos sus avíos de guerra, pues quería impresionar a Emer.
Ella lo vio llegar entre los altos robles, una figura alta que se acercaba a ella iluminada por la difusa luz del atardecer, que se filtraba a través de las hojas de los árboles.
Cuchulain iba vestido con un manto de lana carmesí que le colgaba de los hombros y que llevaba sujeto con un broche de oro en forma de ciervo. Sus cabellos largos y negros flotaban libremente a su espalda, y en su cintura colgaba una larga espada, símbolo de su condición guerrera.
Emer llevaba puesto un vestido blanco que le llegaba hasta los tobillos. Su garganta estaba adornada con la torques de oro que Cuchulain le había regalado. Él sonrió al ver la joya en su cuello.

Relato Fantástico - Emain Macha (I) — Te amo, Emer – dijo Cuchulain.
Y no añadió nada más.
De pronto se había quedado sin palabras. No sabía qué decir. Era un guerrero, no un poeta.
— Mi padre es un poderoso señor, Cuchulain – dijo Emer . – No permitirá que me case contigo.
Emer tenía una voz suave y dulce. Cuchulain adoraba aquel sonido lleno de matices.
— Huyamos, Emer. Ven conmigo ...
— No – le interrumpió ella. – No pretendo desobedecer las órdenes de mi padre. Aunque es obstinado y orgulloso no quiero herirle. Huir sería una afrenta para él.
— Entonces, ¿harás lo que él te diga? – le preguntó Cuchulain, consternado.
— Me casaré contigo, Cuchulain, y no con ningún otro. He hecho un juramento ante Macha y si no cumplo mi palabra moriré a los ojos de la diosa, pero antes debes conquistar un nombre con tu espada. Es la única manera de hallar favor a los ojos de mi padre. Si te haces un nombre y consigues tierras y títulos mi padre consentirá en que nos casemos. Te esperaré, Cuchulain, y hasta ese día rechazaré a cualquier pretendiente que Forgall quiera imponerme.
—¿Me das tu palabra de que me esperarás?
— Tienes mi palabra, Cuchulain – repuso Emer. – Y también mi amor.
Cuchulain se acercó a ella con los ojos llenos de deseo, pero la voz de Emer le hizo detenerse.
— No, Cuchulain. Todavía no ha llegado el momento. He jurado ante la diosa Macha que permanecería casta, pues el druida que leyó mi destino en las estrellas me advirtió que moriría por su mano si me entregaba a ti antes del matrimonio.

La muchacha se despidió de Cuchulain posando sus cálidos labios sobre los suyos, mientras el ulate acariciaba sus rubios cabellos, inundados de sol.
Sería lo único que recordaría de ella durante mucho tiempo.


Tendría que partir solo. Le habría gustado hablar con Cathbad para pedirle consejo, pero el druida se había desvanecido como la niebla que se deshace bajo los rayos del sol. Nadie sabía donde se encontraba Cathbad, y menos aún si estaba vivo. Cuchulain consultó con Amorgon para que el druida leyera los augurios y adivinara algo sobre el paradero de Cathbad. Amorgon sacrificó una cabra y husmeó con rostro huraño en sus entrañas, pero lo que vio en ellas era confuso y no supo interpretarlo con claridad.
— Cathbad está muy lejos de aquí – le dijo. – Lo único que puedo decirte es que se halla en gran peligro, pero no he podido averiguar donde se encuentra.
Había sido precisamente Cathbad quien aconsejara a Cuchulain acerca de la conveniencia de su pronta partida a la isla de la Bruma. La urgencia de la situación requería partir sin demora, antes de Lughnasa, cuando los miembros del clan participarían en los preparativos y prepararían sus mayales para recoger la cosecha que luego se almacenaría en los graneros.
En su mente ya no había lugar para las dudas. La incertidumbre debía ceder para dejar paso al movimiento. La rueda de la vida giraba sobre la cabeza de Cuchulain, como si los dados del destino hubieran echado suertes sobre él.
Cuchulain se negó en redondo a que Laeg y sus primos le acompañaran. Les dijo que aquel viaje tendría que hacerlo solo, sin ayuda de nadie.
— Quiero pediros un favor – les dijo a sus amigos, ruborizándose. – Me gustaría que fuerais a visitar a Emer de vez en cuando, sin levantar sospechas, ¿comprendéis? – les preguntó, inseguro por mostrar sus sentimientos.
— Eso está hecho, pequeño – dijo Conall. – Te aseguro que ningún pretendiente se acercará a ella. ¿Quieres que le dé un beso de tu parte?
Cuchulain se rió y abrazó a sus amigos.
— Si no volvemos a vernos, nos encontraremos de nuevo en Tir Nan Og.
Cuchulain habló con sus padres antes de marcharse y se despidió de ellos con una pequeña congoja en su corazón. Su madre Dectera derramó abundantes lágrimas, lo cual sorprendió a su hijo, que estaba acostumbrado a verla tan fuerte y segura de sí misma.
— Cuídate, Séthéta. Es lo único que puedo decirte.
— No llores, madre. Te prometo que volveré. El dios Lugh guía mis pasos y me protegerá.
Desde que era un niño Cathbad le había dicho que Lugh era su protector. Cuando solo tenía tres años de edad Cuchulain se había perdido en el bosque, en un día de finales del verano. La nodriza que lo cuidaba se había quedado dormida y al despertar se encontró con la desagradable sorpresa de que el niño había desaparecido. Al no poder encontrarlo fue corriendo a Emain Macha, desesperada y asustada por haber perdido a Cuchulain, pues conocía el carácter de Dectera y temía su furibunda reacción. Al conocer la noticia sus padres salieron rápidamente en busca del pequeño, con pocas esperanzas de encontrarlo vivo. Dectera maldecía constantemente el nombre de la criada y juraba por todos los dioses que sacrificaría su vida al oscuro Crom, en compensación por la pérdida de su hijo. Sin embargo al final no fue necesario derramar la sangre de la nodriza sobre el altar de piedra. Un esclavo encontró a Cuchulain dos días después cerca de un arroyo. El niño no había sufrido daño alguno. Unos cuervos lo habían alimentado a base de pequeños frutos y bayas, impidiendo que cualquier animal salvaje se acercara a él. Cuando le contaron a Cathbad lo sucedido el druida dictaminó que Cuchulain era un protegido del dios Lugh, el del largo brazo, pues el cuervo era el ave favorita del dios solar.
La noche anterior a su partida Cuchulain afiló su espada con una piedra de amolar y volvió a pintar su escudo con la insignia de la rama roja. Dectera le preparó carne y pescado seco en cantidad suficiente para que su hijo tuviera alimento de sobra durante varios días.
El joven partió al amanecer con un hato a la espalda. El sol asomó por el este, iluminando con sus rayos un nuevo amanecer. Solamente Crínóg le acompañaba. La loba sería su única compañía en una travesía incierta y llena de peligros a la isla de la Bruma.
Tardó tres días en llegar a la costa oriental. Cuchulain atravesó las laderas de Slieve Croob, donde vio con sus propios ojos un dolmen que se alzaba, orgulloso y gris, sobre una altura herbosa. Los montes descendían suavemente hasta llegar al mar. Allí encontró a dos barcos varados en la playa, largas embarcaciones de madera que no tenían mascarones de proa y cuyas velas estaban hechas de cuero. Eran barcos que en la buena estación navegaban hasta Caledonia, transportando ganado y esclavos. En ocasiones también iban a bordo proscritos y hombres sin ley, que buscaban refugio en las tierras de los pictos para escapar a la justicia de su señor.
Cuchulain pagó su peaje al dueño del barco con un poco de oro. El capitán era un hombre cetrino que tenía la piel tostada por el sol. Los viajeros tuvieron que esperar en la orilla durante dos días a que el tiempo mejorase, y al tercero se hicieron a la mar con viento favorable.
Era la primera vez que Cuchulain viajaba por mar y la experiencia no fue de su agrado. Ignoraba que antaño su tribu había tenido que cruzar el mar, gentes que pertenecían a una casta guerrera y que se habían visto obligadas a abandonar Ynys Prydain en busca de nuevas tierras debido al exceso de bocas que alimentar. A veces Cuchulain se mareaba y tenía que sujetarse con fuerza a la borda para mantener el equilibrio y no caerse. Las olas grises del mar sometían al barco a un constante balanceo, y muchos tripulantes vomitaron sobre la cubierta de la nave sin poder evitarlo. El capitán había ordenado a sus hombres que no perdieran de vista las costas de Eiréann hasta que el navío se adentrara en las frías aguas al norte de la isla. Antes de la caída de la noche buscaban abrigo en una playa, para emprender de nuevo el viaje al día siguiente, con las primeras luces del alba. A Crínóg no le gustaba el mar, al igual que su amo, y se acurrucaba a los pies de Cuchulain ante el rítmico movimiento del barco. Cuchulain le acarició las orejas, dando a entender a la loba que comprendía su inseguridad, pues él tampoco se sentía seguro si no pisaba tierra firme bajo sus pies.
La travesía se hizo más peligrosa a medida que navegaban hacia el norte. Las aguas eran mucho más frías y un cielo plomizo y amenazador se cernía sobre ellos. El capitán sacrificó a un gallo para asegurarse la protección de Mananan, el dios del mar, y la sangre pareció aplacar la ira del dios.
El navío logró internarse entre un grupo de islas al oeste de Caledonia. Cuchulain veía a lo lejos playas de claros promontorios, cubiertas por ocasionales bancos de niebla. El grito de las gaviotas anunciaba la proximidad de la costa, mientras las velas de cuero del barco se hinchaban impulsadas por la fuerza del viento. Poco a poco fueron dejando atrás las islas de las Sombras, habitadas por hombres que se dedicaban a la cría del ganado y que vivían de lo que producían sus rebaños y sus tierras.
Así transcurrió el viaje hasta que una lluviosa tarde de verano llegaron a la isla de la Bruma. El capitán dio gracias a Mananan por haberlos salvado de los peligros del océano y ordenó a la tripulación que se preparara para desembarcar. El barco se detuvo cerca de una playa, dejando posar su quilla sobre la arena, y Cuchulain pisó tierra firme con el resto de la tripulación en compañía de Crínóg. Las botas del muchacho imprimieron sus húmedas huellas en la playa, huellas que el continuo flujo de la pleamar borraba. Cuchulain se cubrió los ojos con el dorso de la mano y dirigió la vista hacia las tierras que se extendían más allá. Entonces sonrió y siguió caminando, con el sonido del viento zumbándole en los oídos.
Había llegado a la isla de la Bruma.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2007