CUARTA PARTE
La maldición de Macha
26
La muerte de los hijos de Usna conmovió a todos los clanes de Ulaid, como el viento que sacude con fuerza las ramas de un árbol. Los jefes de los clanes vasallos se dieron cuenta de que habían jurado fidelidad a un rey que no merecía estar por encima de ellos, un rey que no tenía derecho a imponerse sobre los demás, sobre todo después de haber sido maldecido por el druida más poderoso de Ulaid. Los reyes de Eiréann eran personajes sagrados, dotados de un aura mágica que sobrepasaba en mucho a su poder real. El rey era un jefe que encarnaba los poderes místicos de los clanes, y asimismo era una garantía de abundancia y prosperidad. Un rey injusto era una desgracia, no solo para sus descendientes, sino también para aquellos a quienes gobernaba, pues los dioses traerían la desgracia sobre la tierra a un rey que no cumpliera la función sagrada que le había sido encomendada.
La traición de Conchobar había abierto una brecha en el seno del clan. Ayudado por Nessa, que había fingido su enfermedad para alejar a Fergus de Emain Macha, el rey había logrado consumar su venganza. Aquella mujer se revelaba como un ser de extremada frialdad, capaz de colaborar en la muerte de sus propios hijos para ayudar a su primogénito a recobrar lo perdido, actuando como si Illán y Buino no hubieran sido hijos suyos, como si no hubiera tenido que soportar los dolores del parto para traerlos al mundo. Solo las colinas y el viento podían alojar el dolor y la angustia que Fergus sentía ante la pérdida de sus hijos. Fergus sabía que su vida corría peligro y que el rey bien podía hacer con él lo que había hecho con Illán y Buino, así que abandonó las tierras de Ulaid y cabalgó hacia el oeste, donde buscó refugio en las tierras de Laery. Sus guerreros no tardaron en unirse a él, así como los miembros de su casa que temían por su vida. De este modo Fergus reunió una eficaz banda guerrera de trescientos hombres, bien armados y dispuestos a todo. Desde la fortaleza de Laery Fergus envió un mensajero a Maev solicitándole asilo en Connacht. La reina no opuso ninguna objeción y le pidió que viniera lo más pronto posible a Rathcroghan. Maev tenía la intención de aprovecharse de aquella maravillosa oportunidad que los celos de Conchobar le habían proporcionado. A mediados del verano Fergus atravesó la frontera y juró fidelidad a Maev, después de haberse asegurado la lealtad de Laery, quien rompió su alianza con Conchobar y se alió con los connachta a pesar del desprecio que sentía hacia ellos.
Aquel invierno fue el más crudo de todos los que Cuchulain pudo recordar. Las lluvias fueron tan intensas que provocaron inundaciones en todas partes, anegando los campos y los raths que se asentaban en las márgenes de los ríos. Pero el exceso de agua afectó también al grano que se había guardado en los almacenes, haciendo que germinara y brotara. Muchos clanes se vieron privados del preciado grano, pues en gran medida dependían de él para sobrevivir al invierno, y aunque los ulates disponían de sus rebaños para alimentarse solo se atrevieron a sacrificar una pequeña parte, ya que el ganado constituía la única fuente de riqueza para ellos.
Cuchulain había pensado que Conchobar enviaría a sus guerreros a Dun Dealgan para detenerle y conducirle ante su presencia. Al fin y al cabo el ulate había defendido a Deirdre y a los hijos de Usna en Emain Macha, al igual que Illán y Buino, pero a diferencia de los hijos de Fergus él estaba vivo y sus primos muertos. Cuchulain se preguntaba si este hecho se debía al puro azar o simplemente obedecía a las órdenes del rey. Cathbad, quien le había desatado las cuerdas después de la encarnizada lucha en la Casa de la Orden, demostrando de este modo que lo tomaba bajo su protección, era partidario de la última opinión. El druida sostenía que Conchobar no había querido perder a su guerrero más valioso, aunque ello comportara la posibilidad de que su sobrino le abandonara y huyera a Connacht, tal como había hecho Fergus. Pero el rey, astuto como un viejo zorro, conocía bien a su sobrino y sabía que Cuchulain no rompería el juramento de fidelidad que le había prestado, a pesar del odio que el hijo de Dectera pudiera sentir hacia él.
Conchobar no se había equivocado. Cuchulain no huyó con sus hombres ni con su familia a ninguna parte. Sus espías le dijeron que su sobrino no se había movido de Murthemney y que hacía todo lo posible para suplir la carestía de alimentos que afectaba a las granjas y aldeas de su territorio.
Sin embargo el rey ignoraba los preparativos que tenían ocupado a Cuchulain. Los alrededores de Dun Dealgan se habían convertido en un improvisado campo de entrenamiento, donde los guerreros se adiestraban siguiendo las órdenes de su señor, quien había dividido a sus hombres en lanceros y kernes, estos últimos lanzadores de jabalinas que tenían como misión desbaratar las líneas enemigas con una lluvia de dardos.
Una tarde, extremadamente fría y lluviosa, mientras los guerreros se entrenaban a las afueras del dun en un campo tan pisoteado por las botas de sus hombres que el barro manchaba sus ropas y el agua humedecía sus huesos, Cuchulain le explicó a Laeg las ideas que rondaban por su mente desde hacía tiempo.
— Tenemos que construir más carros, Laeg. Los que tenemos no son suficientes – dijo Cuchulain, que no dejaba de observar el adiestramiento de sus hombres, dirigidos por Rónán, el marido de Fial, a quien Cuchulain había nombrado su segundo en el mando debido a su valor. – Quiero que hables con los mejores herreros de la región y les encargues la construcción de treinta carros de guerra.
—¡Treinta carros! – se asombró Laeg. – Harían falta muchas cabezas de ganado para pagarles. Y la escasez de grano ha reducido nuestras reses a la mitad.
— No les pagaremos en ganado – dijo Cuchulain. – Pienso pagarles con oro.
— El oro no se puede comer, señor – le replicó Laeg.
— Pero con él se puede comprar grano – le replicó Cuchulain. – Y carne. Los clanes de Midhe aceptarán el oro con agrado. Ellos no han tenido que soportar el azote de las lluvias como nosotros.
— Es una gran idea, señor. Con treinta carros nos convertiríamos en una fuerza temible.
— Nos harán falta, Laeg. Se avecinan tiempos difíciles.
Cuchulain tenía razón. Con la llegada de la primavera las fronteras comenzaron a sufrir los efectos de las incursiones enemigas. Se trataba de guerreros pictos, que devastaron la frontera norte e incendiaron algunas granjas. Owen se puso al frente de sus hombres e intentó expulsarlos de sus tierras, pero los pictos se retiraron hacia su territorio con el botín que habían conseguido y el príncipe de Ferney no se atrevió a entrar en los densos bosques donde se escondían los guerreros de Dryst, quien empezó a enviar con regularidad a varias bandas de guerreros para que saquearan los raths del clan de Owen. El príncipe se vio incapaz de hacer frente a las incursiones y envió un mensajero a Emain Macha pidiéndole ayuda al rey.
Pero Conchobar no pudo acceder a sus demandas. Los connachta habían quebrantado la paz haciendo incursiones en la frontera occidental, confirmando los peores temores de los ulates, que sabían que la guerra contra Maev se desataría de nuevo en el oeste en vista de los problemas que acuciaban a sus clanes, que acusaban la guerra que sostenían con los pictos de Dryst y la rebelión de Fergus. La huida del antaño rey de Ulaid había afectado incluso a Conchobar, pues su hijo Cormac, que estaba muy unido a los hijos de Fergus y los había querido como si fueran hermanos suyos, reunió a un puñado de seguidores y huyó con ellos a Rathcroghan. El rey, viéndose abandonado por sus propios hijos, se encerró más en sí mismo y poco a poco se fue convirtiendo en un hombre amargado y resentido, pero su espíritu orgulloso no disminuyó ni un ápice. Conchobar no estaba dispuesto a permitir que sus enemigos le destruyeran. Era un guerrero y defendería su derecho a gobernar con sangre y fuego, a pesar de las maldiciones de los druidas, en cuya religión no creía. El rey puso a Cuscrid – el único hijo que le quedaba capaz de llevar armas, ya que Forbay era solo un niño – al mando de una banda guerrera de doscientos hombres. La traición de Laery requería una intervención efectiva en el oeste, donde los connachta saqueaban a sus anchas, aprovechándose de la circunstancia de que ningún jefe ulate guarnecía aquella línea fronteriza.
Cuchulain no había vuelto a poner pie en Emain Macha desde la tragedia de Deirdre y los hijos de Usna. Sabía que su padre, como miembro de la guardia personal del rey, había estado al tanto de los planes de Conchobar, aunque Sualtam no participara en el asalto a la Casa de la Rama Roja. La extraña actitud de Sualtam, que apenas había hablado con su hijo cuando este había llegado a Emain Macha con el séquito de Naisi y los hijos de Fergus, manteniendo la vista baja durante todo el tiempo que Cuchulain había estado en su casa, era una prueba demasiado evidente de su complicidad en el asunto.
Sin embargo el rey demostró que no se había olvidado de su sobrino. Conchobar envió un mensajero a Dun Dealgan con la orden de ayudar a Owen, cuya incapacidad para expulsar a los pictos de Ulaid se hacía cada vez más notoria.
— Conchobar te está poniendo a prueba – le dijo Emer. – Si rehúsas ayudar a Owen te considerará su enemigo y no dudará en atacarte.
— Lo sé, Emer – le dijo él. – No tengo la intención de poner en peligro tu vida y la de mis hombres. Puede que Conchobar se haya convertido en un hombre egoísta y cruel, pero es mi rey y sigue siendo mi señor y el jefe de nuestro clan.
— Entonces, ¿irás al norte? – le preguntó ella.
— Iré – dijo Cuchulain con el rostro sombrío. – Aunque no será necesario que todos los hombres vengan conmigo. Dun Dealgan no puede quedar indefensa.
— Haz lo que quieras, Cuchulain. Solo te pido que hagas lo posible por regresar vivo – le dijo ella con ojos suplicantes.
— Lo haré.
Cuchulain decidió dejar una guarnición de treinta hombres en Dun Dealgan al mando de Elgach, un veterano que había luchado en muchas batallas con él y que conocía bien el oficio de guerrero. Los ciento cincuenta restantes partieron con él al día siguiente, con treinta carros encabezando la marcha. Los herreros que Cuchulain había comprado con oro habían construido los carros siguiendo las instrucciones del ulate. Aquellas plataformas, que consistían en unas cajas de mimbre hábilmente trabajadas, exhibían en los cubos de las ruedas unas mortíferas cuchillas de hierro, que giraban vertiginosamente con un brillo mortal cuando los carros se ponían en movimiento.
En cierto modo el ulate se alegraba de que el rey le hubiera obligado a salir de sus tierras. La guerra le daría la oportunidad de poner en práctica las ideas que bullían en su mente desde hacía tiempo y los pictos eran un excelente rival para ponerlas en práctica.
Cuchulain se pasó todo el verano persiguiendo a los pictos a lo largo de la frontera. Pocas veces tuvo la oportunidad de enfrentarse con ellos en campo abierto, pues los pictos se daban cuenta rápidamente de su inferioridad y huían de vuelta a sus bosques. Cuchulain no los perseguía más allá de la frontera, consciente de que en sus escondites los pictos tenían todas las ventajas y podían causarle graves pérdidas, pero al menos sus enemigos supieron que un nuevo caudillo había llegado al norte, un señor que no luchaba en la retaguardia, como hacía Owen, sino que combatía en primera línea arengando a sus hombres, que estaban dispuestos a dar la vida por su señor. En cambio Owen ni siquiera se atrevió a salir de sus tierras para ir en ayuda de Cuchulain, dejando que el ulate hiciera todo el trabajo. Cuchulain odiaba a aquel cobarde con toda su alma y se había jurado a sí mismo que algún día acabaría matándole. Lo haría por Naisi y por sus hermanos. Y lo haría también por Deirdre, cuya belleza había sido extinguida prematuramente de la tierra, como una flor que es arrancada sin miramientos de un hermoso jardín.
Cuchulain regresó a tiempo a Dun Dealgan para participar en la recogida de la cosecha, pero aquel año el exceso de lluvias hizo que muchas cosechas se perdieran. Habría de nuevo escasez de grano en los almacenes, la gente pasaría hambre y muchos no sobrevivirían a los rigores del invierno, sin importar que fueran jóvenes o viejos. El hambre desesperaba a los hombres, despertando en ellos sus instintos primarios, convirtiéndolos en bestias feroces que solo se preocupaban de llenar sus estómagos vacíos, como animales salvajes cuyo único instinto es cazar para alimentarse y seguir viviendo. Y sin recursos Conchobar tendría problemas para recaudar los tributos que le correspondían, tributos que los clanes solían satisfacer en cabezas de ganado, aunque algunos jefes solían pagarlo en pieles, pescado, prendas de vestir, perros de caza, caballos, grano e incluso oro, dependiendo de los recursos de cada clan. Muchos jefes se negaron a pagar el tributo, argumentando que las cosechas habían sido malas y que sus familias se morirían de hambre si entregaban al rey lo acordado. Así que Conchobar, que no quería más disensiones entre los clanes y que ya tenía suficientes problemas con rechazar a sus enemigos en las fronteras, hizo un circuito por todo su reino y fue recibido por los jefes de los clanes, quienes le relataron con detalle la pérdida de sus cosechas. Conchobar comprendió la situación y se aseguró la lealtad de sus vasallos accediendo a sus deseos y rebajando los tributos, evitando con esta medida una sublevación general de los jefes de clan.
Los dioses fueron clementes con Cuchulain. La cosecha no había sido tan mala en los campos de Murthemney. Aunque los almacenes de la fortaleza no se llenaron con el grano recogido, por lo menos habría suficiente para alimentar a todos los habitantes de la región sin que estos tuvieran que sacrificar su ganado para sobrevivir al invierno.
Cathbad regresó inesperadamente del sur. Su figura alta y resplandeciente apareció en el umbral de la casa fortificada del ulate, en Dun Dealgan. Era de noche y Cuchulain regresaba de los almacenes cuando vio al druida, de pie sobre las escaleras de madera de su casa.
—Tenemos que hablar, Cuchulain – le dijo el druida con voz solemne. – La situación es más grave de lo que me temía.
Ambos entraron en la casa. Cuchulain le ofreció a su abuelo un cuerno de hidromiel y se sentó frente a él. El fuego chisporroteaba en el hogar, alimentado por viejos troncos y ramas de abedul.
—¿De qué se trata? – quiso saber Cuchulain.
— De Maev – dijo Cathbad. – He realizado un largo viaje por el sur y el oeste y me he enterado de algo que podría destruirnos a todos sin remedio.
El rostro impasible del ulate animó a Cathbad a proseguir.
— He sido un ingenuo. Demasiado ingenuo – se quejó Cathbad. – He tenido la respuesta delante de mis ojos, pero mi ceguera me ha impedido ver con claridad. ¿Cómo no me di cuenta hace años? – De pronto se volvió hacia Cuchulain y le preguntó. – ¿Recuerdas el festival de Tara, cuando me dijiste que Maev engañaba a su marido con otros hombres?
— Sí, lo recuerdo.
— Bien – continuó el druida. – Entonces deberías saber que a lo largo de todos estos años Maev ha tenido muchos amantes, sobre todo príncipes y jefes de clan, pero también se ha acostado con reyes.
— No te comprendo, Cathbad. ¿Qué es lo que quieres decir?
— Al principio no te dije nada porque quería asegurarme de las verdaderas intenciones de Maev, pero ahora estoy completamente seguro. Aquel Samain Maev y Erc realizaron un poderoso ritual, y Calatin tomó parte en él.
—¿Calatin? – le interrumpió Cuchulain. – Eso es imposible. Nadie le vio en la fiesta.
— Es una suposición mía – dijo Cathbad. – Pero de todos modos se necesita un druida para esa clase de cosas y es probable que Calatin estuviera allí.
—¿Qué clase de ritual?
— Uno de gran poder, que se remonta a la noche de los tiempos. Según las leyendas era en Samain cuando el dios Dagda y la diosa Morrigan se unían ritualmente, y Maev y Erc los imitaron, copulando entre ellos para proclamar su derecho a gobernar sobre toda Eiréann. Maev quiere la soberanía de la isla y por ese motivo se ha acostado con los reyes más importantes de Eiréann, adoptando los atributos de una diosa para convertirlos en sus aliados y conseguir así más influencia, pero para que el rito funcione es necesario que Maev copule con los cinco reyes de la isla. Calatin ha usado el Rodabellug, un símbolo de poder de nuestra religión, transformando a Eiréann en una cruz druídica. Erc, el rey de Tara, estaría en el centro de esa cruz, Mesgedra, el rey de Laigen, estaría en el brazo derecho, Aillil, el rey de Connacht, en el izquierdo, Curoi, o mejor dicho, Lewy, en el brazo sur y Conchobar, el rey de Ulaid, en el brazo norte.
— No entiendo nada de ceremonias druídicas, pero sé que esta no dará resultado – le dijo Cuchulain. – Que yo sepa Conchobar nunca ha compartido el lecho con Maev.
— No le hace falta – replicó Cathbad. – No tiene por qué ser Conchobar. Ahora Fergus se ha convertido en el huésped de Maev, y no olvides que Fergus ha sido rey de Ulaid durante varios años. A todos los efectos es lo mismo.
— Si todos los reyes de Eiréann se unen para atacarnos estamos perdidos – dijo Cuchulain. – Ninguno de nosotros lograría sobrevivir.
— Todavía tenemos tiempo – dijo Cathbad. – Tardarán uno o dos años en organizar sus ejércitos.
— Nuestro reino se halla dividido, Cathbad. Los pictos y los eráinn quieren sacudirse el yugo de Conchobar. La autoridad del rey está en entredicho desde la muerte de los hijos de Usna.
Por un momento Cuchulain vislumbró el futuro. No era difícil imaginarlo. Los guerreros de Maev y sus aliados inundarían las fronteras de Ulaid como una marea oscura, anegándolo todo a su paso. Los guerreros ulates morirían en el campo de batalla, superados por un enemigo tres veces superior en número, un enemigo que no se tomaría la molestia de enterrar sus cadáveres. Las aves de carroña darían buena cuenta de ellos, saciando sus estómagos con las carnes de los muertos y bebiendo la sangre con sus afilados picos. Las mujeres serían violadas y llevadas como esclavas, al igual que sus hijos, y serían obligadas a casarse con sus nuevos dueños, engendrando niños que pertenecerían al linaje de los conquistadores. Y con el tiempo los hombres y mujeres de los clanes ulates, descendientes de los britanos que habían cruzado el mar desde Ynys Prydain, desaparecerían de la faz de la tierra como si nunca hubieran existido, o como si nunca hubieran padecido o amado. Su nombre se convertiría en un recuerdo, en hierba verde, en pasto para ser consumido por las reses de los nuevos señores. Y los poetas tampoco recordarían en sus canciones sus pasadas hazañas ni evocarían con agrado su glorioso recuerdo. No quedaría ninguno para cantar sus victorias y sus amores, sus fracasos y sus derrotas, porque los poetas solo cantan las alabanzas de sus amos, quienes les han pagado previamente para escuchar de sus labios de miel aquellos halagos que deleitan sus oídos.
—¿En qué piensas, Cuchulain? – le preguntó Cathbad.
El ulate abandonó sus oscuros pensamientos y se volvió para mirarle.
— En el futuro. Pienso en Emer y en la gente de Dun Dealgan, en lo que les sucederá si yo muero. ¿Quién les protegerá? ¿Qué será de ellos si yo no regreso del campo de batalla?
— Es inútil preocuparse por el futuro – le aconsejó Cathbad. – Ni siquiera los adivinos más poderosos tienen acceso a las llaves que podrían conducirnos hasta él.
— Pero tú lo has visto – le replicó Cuchulain. – Fuiste tú quien profetizó a Conchobar que su descendencia no reinaría jamás en Emain Macha.
— Y te puedo asegurar que no lo hará, Cuchulain – le dijo Cathbad. – No olvides que el futuro solo depende de nosotros mismos. Depende de ti, de mí, de Bave, de Conchobar, de todos y cada uno de nosotros que vivimos en esta tierra. Los hombres tenemos la capacidad de cambiar el futuro y moldearlo a nuestra manera, como un alfarero que fabrica una vasija de barro, pero para conseguirlo es necesario que hagamos todo lo posible ahora, en el presente.
Las palabras de Cathbad le habían desconcertado. Según el druida era inútil preocuparse por el futuro, pero Cuchulain no dejaba de pensar en él, como una tarea desagradable que uno siempre quiere posponer, aunque al final sabe que acabará realizándola.
Sin embargo Cuchulain no tenía mucho tiempo para ahondar en el oscuro y sinuoso río que los druidas llamaban pensamiento. Las cargas cotidianas se echaron pronto encima de él, como piojos que quisieran chuparle la sangre. Había muchas cosas que hacer en la fortaleza y no podía descuidar a la ligera sus deberes como propietario de tierras. Había techados de paja que reparar, dos talleres nuevos que edificar y una herrería que ampliar, pues la que había en el dun era pequeña y no era capaz de absorber todo el trabajo. El hombre que la atendía se había hecho viejo y Cuchulain convenció a un magnífico herrero – que había participado en la construcción de los treinta carros de guerra el año pasado – para que se quedara en Dun Dealgan, después de ofrecerle una buena cantidad de oro. Aquel herrero ayudaría a su viejo colega a fabricar espadas y lanzas para la nueva campaña que Cuchulain tenía pensado emprender en primavera contra los pictos y los eráinn.
En otoño Fial dio a luz a un varón. Rónán le puso por nombre Áed. El nacimiento de aquel niño fue como un soplo de aire fresco en Dun Dealgan. Emer se sentía feliz de tener a los hijos de su hermana bajo su propio techo, e incluso Cuchulain se contagió de la alegría de su esposa, olvidando por unos momentos el sombrío espectro de la guerra.
Antes de la llegada de la primavera Conchobar envió heraldos a todos los rincones de Ulaid con un importante mensaje. El rey quería celebrar una asamblea de carácter urgente en Emain Macha, delante de todos los jefes de clan que aún le eran fieles y de los guerreros de la Orden. Cuando Cuchulain recibió la noticia se le hizo un nudo en el estómago. Había oído de labios del mensajero que la reunión tendría lugar en la Casa de la Rama Roja, en el mismo sitio donde la sangre de sus primos había sido derramada y donde Deirdre se había quitado la vida, prefiriendo la muerte a la humillación que Conchobar le reservaba en su lecho.
Un cielo encapotado y gris se elevaba sobre Emain Macha. La fortaleza tenía un aspecto triste, casi melancólico, como un bardo que hubiera perdido su arpa. A Cuchulain le pareció un lugar irreal, lleno de personas que le miraban con ojos preocupados y que andaban de acá para allá como si fueran fantasmas que se movieran con afán en un mundo lleno de sombras. No se oían las risas de los niños, ni las canciones de las mujeres en el interior de sus casas. Todo estaba sumido en un silencio sepulcral. Cuchulain creyó que había entrado en el reino de los muertos.
El ulate bajó del carro y se dirigió a la Casa de la Orden, mientras Laeg llevaba a los caballos a los establos del rey para darles de comer. Cuchulain se encontró con su padre en la puerta, pero se limitó a saludarle con un movimiento de la cabeza y subió con él al gran salón. Un pequeño escalofrío recorrió su cuerpo al entrar allí, una extraña mezcla de furia y odio, y aquella sensación se acrecentó cuando vio a Conchobar, sentado en su silla al fondo del salón.
Los jefes de los clanes hablaban en susurros entre ellos, sin mezclarse con los guerreros de la Orden. Owen era el único que se sentaba al lado del rey. A diferencia de otras ocasiones no había nadie sentado a la diestra de Conchobar. Aquel sitio estaba vacío. La única persona que tenía derecho a sentarse en él era Cathbad, pero era de dominio público que el druida había roto toda relación con el rey, aunque eso no significaba que Cathbad se desentendiera de los problemas que afectaban a los ulates.
A una orden de Conchobar los asistentes dejaron de hablar y se sentaron alrededor de la gran mesa. Había en total dieciséis jefes de clan. Los guerreros de la Rama Roja constituían la mitad de aquella cifra, y de estos seis eran señores de la guerra. Los otros dos eran Owen, que era jefe de clan y guerrero de la Orden al mismo tiempo, y Sualtam, miembro de la guardia personal del rey.
La reunión se prolongó durante varias horas, pero Cuchulain no dijo ni una sola palabra en toda la mañana. El ulate tuvo que hacer grandes esfuerzos para no levantarse de la mesa y marcharse, incapaz de soportar la presencia del rey. Conchobar exigió a los jefes de clan que después de la siembra tendrían que presentarse con todos los guerreros que pudieran reunir a las afueras de Emain Macha. Su tono arrogante les ofendió, pero Conchobar se negó a escucharles diciéndoles que estaban obligados por juramento a obedecerle, sobre todo teniendo en cuenta que había rebajado mucho los tributos que por derecho le correspondían a su clan. No era aquella la mejor manera de ganarse la confianza de sus vasallos, pensó Cuchulain, pero aquellos hombres estaban demasiado asustados y sabían que era mejor permanecer unidos contra sus enemigos que discutir entre ellos, así que acataron las órdenes del rey y le prometieron presentarse en el sitio convenido, después de haber sembrado los campos.
Conchobar no se mostró más amable con sus señores. El rey dispuso que su hijo Cuscrid y Baruch defendieran la frontera occidental, cuyos límites se habían adentrado más en territorio ulate a causa de la traición de Laery. Su primo Briccriu ayudaría a Owen a reducir a los eráinn en el este, mientras Cuchulain y Conall atacarían a los pictos de Dryst en el norte. Celtchar, el viejo guerrero gris, que nunca parecía envejecer, seguiría haciéndose cargo de la frontera sur.
El rey disolvió la asamblea con un gesto huraño y abandonó el salón, seguido por Owen. Cuchulain sonrió de manera irónica cuando los vio salir. El príncipe de Ferney se había librado de combatir contra los pictos, un rival mucho más difícil que los aliados de Dryst, los débiles eráinn. Owen se pasearía triunfante por las tierras de los clanes eráinn, masacrando a sus habitantes y violando a sus mujeres. Los eráinn estaban perdidos sin la ayuda de sus aliados pictos. Nadie dudaba de la victoria de Owen y Briccriu, sobre todo teniendo en cuenta que Cuchulain y Conall les cubrirían la retaguardia al adentrarse en las tierras de Dryst, soportando lo peor de la guerra.
Los jefes de los clanes salieron malhumorados del salón, detrás de los pasos del rey. Ninguno de ellos quiso quedarse a pasar la noche en el palacio de Conchobar, así que subieron a sus carros y abandonaron Emain Macha.
— Obedecen al rey solamente por temor – dijo Conall, observando su marcha. Luego se volvió hacia Cuchulain y le preguntó –¿Qué te parece, primo? La próxima primavera combatiremos juntos contra Dryst. Un hueso duro de roer, ¿no crees?
— No será fácil vencerle – dijo Cuchulain, pensando en Dryst. – El verano pasado rehusó enfrentarse conmigo y no vaciló en retirarse a sus tierras, pero estoy convencido de que si le atacamos por sorpresa no tendrá más remedio que presentarnos batalla.
— Conchobar nos lo ha puesto muy difícil. Somos muy pocos para enfrentarnos a los guerreros de los clanes pictos.
— Los pictos no están unidos, Conall. Sus jefes son tan orgullosos que se les hace difícil aceptar la autoridad de Dryst. No creo que le ayuden cuando ataquemos sus fronteras.
— Laeg me ha dicho que últimamente estás muy ocupado inventando cosas raras. ¿De qué se trata? – le preguntó Conall.
— Ya lo verás, primo. Es una sorpresa.
—¿Por qué no me la cuentas? ¿No confías en mí? – dijo Conall con una sonrisa.
— No me fío de nadie, y menos aún de tu lengua – le dijo Cuchulain. – Sueles pasearla a menudo cuando la empapas de cerveza.
Conall se rió con más fuerza que antes y se despidió de Cuchulain. Su primo era un excelente guerrero, pensó el ulate, pero Conall se parecía mucho a Ferdia en el sentido de que era difícil hablar con él de cosas serias, como si ambos guerreros evitaran profundizar demasiado en el mundo de las emociones, un terreno en el que los hombres de armas no se sentían cómodos. Conall pertenecía al tipo de guerreros que mantenía fácilmente el juramento de fidelidad a su rey, sin importarle el comportamiento que este pudiera adoptar en determinadas circunstancias. Era imposible imaginarse a Conall juzgando la actitud de Conchobar. No obstante su primo era de los pocos guerreros de la Orden, junto con Baruch y Celtchar, que no habían participado de forma directa o indirecta en el asesinato de los hijos de Usna, y Cuchulain sabía que podía confiar en él.
Antes de viajar hacia Dun Dealgan Cuchulain fue a visitar a su madre, que no tardó en reprocharle la actitud fría y distante que su hijo mantenía con Sualtam desde la muerte de Deirdre y los hijos de Usna.
— Tu padre no se merece que lo trates así, Séthéta – dijo ella. – Tienes que comprenderle. Su juramento le impedía revelarte las intenciones de Conchobar.
— Si lo hubiera hecho probablemente mis primos estarían ahora vivos. Y Deirdre. Y también Illán y Buino. ¿Crees que respetar un juramento, por importante que sea, justifica el derramamiento de sangre inocente? No, madre. Mi padre se ha equivocado. Él lo sabía y no me dijo nada. ¿Cómo pretendes que pueda olvidar algo así?
— Habla con él, Séthéta. Es tu padre. No te apresures a juzgarle de forma tan severa – le aconsejó Dectera.
En ese momento Sualtam entró por la puerta. Miró a ambos y se detuvo, sorprendido de que su hijo le mirase directamente a los ojos.
—¿Puedo hablar contigo, padre? – le preguntó Cuchulain.
Sualtam asintió con la cabeza. Los dos salieron de la choza y se pusieron a caminar por el suelo de tierra del fuerte, que estaba cubierto de barro y charcos de agua. Últimamente las lluvias caían con demasiada intensidad, casi a diario.
De súbito Cuchulain se giró hacia Sualtam y le preguntó.
—¿Por qué no me dijiste nada, padre? Podríamos haber hecho algo para que Conchobar no se saliera con la suya.
— No habría servido de nada, Séthéta – dijo Sualtam, llamándolo por su antiguo nombre, lo que daba a entender la profunda sinceridad de sus palabras. – Conchobar nos obligó por juramento a guardar silencio. Todos los miembros de la guardia lo hicimos, mojando la punta de nuestras espadas en la sangre de un jabalí.
—¿Cuál era el precio?
Sualtam no respondió.
— Había un precio ¿verdad? Te conozco, padre. No habrías accedido a mojar tu espada en la sangre si el rey no te hubiera obligado a ello. ¿Cuál era el precio? – insistió nuevamente Cuchulain.
—¿Todavía no te has dado cuenta, Séthéta? – le preguntó Sualtam, bajando la voz y mirando a su alrededor por si alguien les estaba escuchando. – ¡Por todos los dioses! ¡Fuiste el único que salió con vida de allí!
Sualtam se detuvo y cerró los ojos. Respiró profundamente y volvió a abrirlos. Su hijo observó que le costaba un enorme esfuerzo seguir hablando, como si se hubiera quedado sin aire, pero finalmente Sualtam habló y lo que dijo hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Cuchulain.
— Ese era el precio, Séthéta. Tu vida por mi silencio.
27
La verdad fue un duro golpe para Cuchulain. Si aún quedaba en él algún resto de la antigua fidelidad que había prestado a Conchobar, ese mismo día se desvaneció, como un castillo de arena cuya frágil solidez se viene abajo cuando la marea sube y derriba sus débiles cimientos. Conchobar había jurado ante los dioses oscuros que no descansaría hasta que hubiera consumado su venganza, obligando a su guardia a secundarle y a guardar silencio para que nadie pudiera sospechar de aquel terrible juramento.
A Cuchulain le zumbaba la sangre en los oídos. Le habría gustado dar media vuelta a su carro y entrar de nuevo en Emain Macha, armado con su espada y su lanza, dispuesto a verter su rabia y su odio en el cuerpo del rey, sin importarle que la guardia que rodeaba a Conchobar acabara después con él, pero fue un pensamiento que se disipó tan pronto como había surgido. No era el momento más apropiado para dejarse llevar por la furia del lobo que anidaba en lo más oscuro de su alma, aquella locura que dominaba a los hombres a creerse invulnerables, incitándoles a luchar desnudos en el campo de batalla para intimidar a sus rivales. Cuchulain sintió las zarpas del lobo en su espíritu, el azote de su poderosa cola, bramando por salir a la superficie de su alma. Con un gran esfuerzo Cuchulain logró doblegar al lobo, obligándole a retirarse a lo más hondo de su mente, oculto en la cavidad más oscura, donde el sueño acabaría finalmente por cegar sus ojos ambarinos.
El invierno le ayudó a dominar al lobo. La bestia dormía acunada, ajena al susurro del viento helado y a las frías lluvias que caían sobre la tierra. Cuchulain recordó las conversaciones en voz baja de algunos jefes de clan, que se habían reunido aparte antes de sentarse a la mesa del gran salón. Aquellos hombres habían dicho que la tierra no producía porque Conchobar la había manchado de sangre inocente. El número de cabezas de ganado disminuía, los enemigos se multiplicaban dentro y fuera del reino. Además ¿no había sido Cathbad quien había profetizado todas esas cosas? ¿No había sido él quien había anunciado delante de todo el mundo que el linaje de Conchobar no heredaría el trono de su padre? ¿Qué les esperaba a los empobrecidos clanes ulates, aparte de un destino de muerte y miseria? Serían atacados por todas partes, confinados en un espacio cada vez más reducido, como les había sucedido a los antiguos habitantes de la isla, los eráinn, que vivían aislados al este de Ulaid, reducidos a una condición de vasallaje y olvido, cuyos parientes solo se mantenían fuertes en el sur, en el reino de Mumu, donde Curoi y su hijo Lewy gobernaban a los eráinn con mano dura, conscientes de que aquella era la mejor solución para sobrevivir como pueblo.
Pero si los ulates pensaban haber apurado hasta el límite la amarga copa que los dioses habían escanciado para ellos se equivocaban. En primavera se declaró una plaga en las tierras del oeste. Los primeros en morir fueron los más viejos y los más débiles, pero los demás no tardaron en padecer los efectos de aquella plaga.
La guerra, que se había recrudecido en las fronteras con la llegada de la primavera, no hizo sino aumentar los efectos de la peste. La gente moría después de intensos dolores en el vientre, dejando el cuerpo tan agotado y debilitado que la mayoría era incapaz de sobrevivir, ni siquiera los más fuertes, pues se llevaba a todos sin importar la constitución de cada uno.
— La maldición de Macha ha caído sobre nuestras cabezas. Y no podía haber llegado en peor momento.
La voz de Cathbad sonó lúgubre en el amplio salón de Cuchulain. El druida se había presentado en el dun aquella misma noche, acompañado por Bave. Cuchulain nunca había visto a su abuelo tan afectado, con la mirada perdida en las vigas del techo y la espalda encorvada. Parecía un viejo dominado por el cansancio y el agotamiento que la edad imprime en las almas de todos los hombres.
— Tarde o temprano el caldero desatará todo su poder – dijo Bave, cuyos ojos brillaban con la ferocidad de un animal salvaje. – Solo es cuestión de tiempo.
—¿Y cuándo lo hará? – le preguntó Emer, que estaba sentado al lado de su marido en el suelo de juncos del salón.
— Lo sabremos el próximo Samain – le respondió Cathbad. – Hasta entonces no tenemos más remedio que esperar.
— Puede que sea demasiado tarde – dijo Emer. – Si la plaga continúa expandiéndose por todo Ulaid no habrá nadie que sobreviva a ella.
— Al parecer se ha detenido en Emain Macha – dijo Cathbad. – Los que han podido han huido de la fortaleza, pero Conchobar ha ordenado a sus guardias que impidan a la gente abandonar el fuerte. El rey teme que la peste se propague hacia el este, donde aún no ha llegado.
—¿Has ido a ver a Conchobar? – le preguntó Cuchulain a su abuelo.
— Sigue negándose a recibirme – le respondió el druida. – Su orgullo es más fuerte que su sentido común, pero a mí no me importa que no quiera verme. Ahora mismo lo único que me preocupa es esta plaga. Y la guerra contra Maev – dijo Cathbad con aire sombrío. – A decir verdad esperaba que el caldero revelara su poder antes de que todo esto sucediera, pero eso es algo que está fuera de mi alcance.
—¿Y si el caldero no despierta el próximo Samain? – preguntó Cuchulain.
—¿Por qué dudas, Cuchulain? – le preguntó Cathbad. –¿Has perdido la confianza en mis habilidades como druida?
— Ya no sé qué pensar. A veces creo que los dioses juegan con nosotros y que se ríen de nuestras desgracias desde sus asientos en el Otro Mundo, como si contemplaran un absurdo juego de niños.
— No estás muy equivocado, Cuchulain – dijo el druida. – Sin embargo podemos conseguir su ayuda si empleamos los instrumentos necesarios. Y el caldero sin duda lo es.
Al día siguiente Cathbad y Bave regresaron al fidnemid, mientras Cuchulain reunía a sus guerreros para emprender la campaña contra los pictos. El ulate tenía pensado reunirse con su primo Conall en la orilla oeste del lago Neagh, donde unirían sus respectivas bandas guerreras para atacar a Dryst.
Las noticias que llegaban del norte aseguraban que la peste también había afectado a los clanes pictos, debilitando sus fuerzas, que ya estaban mermadas a causa de la habitual desunión de sus clanes. Dryst tan solo había logrado aunar bajo su mando a dos clanes, aparte del suyo propio, y disponía de setecientos lanceros para defenderse de los ulates. El jefe picto estaba dispuesto a luchar en campo abierto contra el enemigo y esperaba conseguir una victoria definitiva que consolidara la autonomía de los clanes pictos. Si se alzaba con la victoria los otros jefes se unirían a él sin reservas, jurándole lealtad y obediencia, y entonces el sueño de Dryst se haría realidad. Una nación picta bajo un rey picto.
Cuchulain abandonó Dun Dealgan con un ejército compuesto por ciento veinte guerreros, cuatro exploradores a caballo y treinta carros de guerra, cuyas cuchillas de hierro brillaban débilmente a la luz del amanecer. Unos sirvientes sujetaban con unas correas de cuero a los perros de caza que Cuchulain había mandado criar a sus monteros. Eran unos animales formidables, de gran altura y extrema ferocidad, y que habían sido entrenados para la guerra desde hacía varios años. Su pelaje era negro como la insignia que los guerreros de Cuchulain llevaban pintada en los escudos. Crínóg iba con ellos, sin ataduras que le oprimieran la garganta ni le impidieran correr con libertad por los campos de Murthemney. Algunos hombres se preguntaban por qué su señor quería llevar a tantos perros a la batalla, pues pensaban que serían un estorbo que entorpecería la marcha. Aquella magnífica raza de canes, de rasgos duros y hermosos, se distinguía por su carácter recio y callado, y aunque no ladraban mucho sus ladridos poseían una nota grave y melancólica. Los reyes y los guerreros solían utilizarlos en las batallas, pero los hombres de Cuchulain nunca habían visto a tantos animales juntos, ni habían oído que otros señores de la guerra los emplearan en un número tan elevado.
Conall se encontró con su primo en el sitio convenido. Las aguas del lago Neagh estaban pulidas y brillantes como un espejo. Su tranquilidad contrastaba con los hombres de armas que se reunían en sus orillas, que empezaron a levantar sus tiendas de pieles para pasar la noche.
— Conchobar nos envía a una muerte segura – le comentó Conall a su primo. – Somos muy pocos, Cuchulain. Apenas trescientos guerreros. Y los hombres de Dryst suman setecientos. – De pronto cambió de tema y le preguntó súbitamente. – ¿Y por qué has traído a tantos perros? ¿No habría sido mejor cambiarlos por guerreros?
— No los cambiaría por nada del mundo, Conall. Y mis hombres están muy bien entrenados. Cada uno de ellos vale por tres pictos.
— Supongo que esos carros son el arma secreta que Laeg no me quiso revelar. Te habrán costado una fortuna. ¡Treinta carros con hoces de hierro!
— Ha valido la pena construirlos, aunque haya gastado la mitad de mi oro. Son una fuerza de choque formidable – le aseguró Cuchulain.
— No creo que sean más mortíferos que la peste – dijo Conall. – Pero si tenemos que morir es mejor hacerlo en el campo de batalla. Te aseguro que no es agradable contemplar la agonía de un hombre afectado por esa maldita plaga.
— No he visto morir a ninguno, Conall. La peste no ha llegado aún a mis tierras.
— Ya llegará – repuso Conall.
Durante diez días ambos ejércitos acamparon en las orillas del lago. Cuchulain envió a sus exploradores para averiguar si los pictos estaban enterados de su llegada, y al poco tiempo los exploradores regresaron con la noticia de que Dryst no sospechaba nada y que esperaba en su fortaleza los refuerzos de sus aliados.
— Es nuestra oportunidad – dijo Cuchulain. – Los pictos tardarán en reunir a sus guerreros. Si nos apresuramos llegaremos a Duncrun antes que Dryst reciba la ayuda de refuerzos.
— Podría tratarse de una trampa – dijo Conall con desconfianza.
— No lo creo. Los pescadores del lago aprecian el oro de mi bolsa. No me traicionarán.
— Eres astuto, Cuchulain. No sabía que tuvieras espías entre los pescadores.
— Hay que aprender de la tierra, Conall. Y el oro es una buena semilla para hacer crecer la codicia en el corazón del hombre.
El ejército ulate avanzó hacia el norte sin encontrar ninguna oposición en la frontera. Los guerreros pictos que la vigilaban retrocedieron de inmediato cuando comprobaron la superioridad numérica de los ulates. Su jefe cabalgó con rapidez hasta Duncrun para dar la alarmante noticia a su señor, pero Cuchulain no se preocupó al ver como huían aquellos jinetes, pues sabía que Dryst tendría que enfrentarse a ellos sin la ayuda de sus aliados, que no lograrían reunir a tiempo a sus guerreros.
Una vez que hubieron entrado en territorio picto Cuchulain empezó a poner en práctica el plan que había trazado en su mente desde el invierno. Conall se percató de que su primo no había dejado nada al azar y escuchó atentamente las instrucciones que Cuchulain le indicaba con un palo en un improvisado mapa dibujado en la tierra.
— Escúchame, Conall. Ha llegado el momento de separarnos. Tú y tus noventa guerreros partiréis hoy mismo hacia el oeste, mientras yo marcharé con mis hombres hacia Duncrun. Unos guías se encargarán de conduciros por senderos que solo ellos conocen. Los pictos no se darán cuenta de vuestra llegada cuando entremos en combate a las puertas de su fortaleza, pero no quiero que ataques a Dryst hasta que yo te lo diga. Es importante que no te precipites, primo. La victoria depende de ello.
—¿Cuál será la señal?
— Haré ondear un pedazo de tela roja en la punta de Gae Bolga – le dijo Cuchulain. – En cuanto la veas atacarás a los pictos desde tu posición. Los guías me han dicho que Duncrun está rodeada de bosques, salvo en su parte sur. Allí es donde me apostaré yo con mis hombres. ¿Lo has entendido bien?
— Sí, primo.
— Entonces puedes marcharte. Nos veremos dentro de tres días. Que los dioses te acompañen – le dijo Cuchulain.
Cuchulain sabía que el plan era demasiado arriesgado, pero no tenía otra opción. Disponía de pocos guerreros para luchar contra los pictos, un enemigo temible y feroz, y enfrentarse a ellos en campo abierto y en inferioridad numérica disminuía seriamente sus posibilidades de alcanzar una victoria.
Cuchulain era consciente del riesgo que corría. Si Dryst le derrotaba no serviría de nada que Owen y Briccriu vencieran a los débiles eráinn, pues Dryst se proclamaría rey de los pictos, lo cual le permitiría ejercer su dominio sobre la mitad de los clanes ulates y proclamar asimismo su derecho a gobernar sobre el reino de Ulaid.
A primera vista las aldeas de los pictos se presentaban como una excelente ocasión para conseguir un fácil botín. Algunos guerreros quisieron desviarse del camino y asaltarlas, pero Cuchulain les ordenó que regresaran a sus filas y que dejaran a los lugareños en paz. No era su deseo ganarse la enemistad de los ganaderos y pastores que vivían allí, aparte del hecho de que no había mucho que saquear en aquellas chozas de adobe pobremente construidas. Además podía perder a varios guerreros en el intento y Cuchulain necesitaba a todos sus hombres para el enfrentamiento decisivo contra Dryst.
Cuchulain dividió a su ejército en tres partes y envió delante a los exploradores para que reconocieran el terreno. Él ulate se puso al frente de los treinta carros de guerra, dejando a Rónán al frente de los noventa lanceros y treinta kernes que componían el resto de su banda guerrera. Estos últimos llevaban en sus espaldas un surtido de cinco jabalinas en unas aljabas de cuero. Eran los mejores tiradores de todo el ejército, pero no iban armados solamente con jabalinas. En sus cintos llevaban espadas y dagas, para la lucha cuerpo a cuerpo, al igual que sus compañeros de armas. Rónán dispuso que marcharan detrás de los lanceros, para proteger a tan excelentes tiradores en caso de ataque, mientras los sirvientes de Cuchulain que sujetaban a los perros se situaron en la retaguardia del ejército.
La marcha de los carros no se vio entorpecida por los accidentes del suelo. El terreno era casi llano, elevándose a medida que se acercaban a la fortaleza de los pictos. Cuchulain había decidido que los carros formaran la vanguardia de su banda guerrera, para intimidar a los jinetes enemigos que seguramente estarían espiando todos sus movimientos. Y la medida surtió efecto. Los exploradores regresaron poco después con la noticia de que ningún ejército picto se interponía entre los ulates y Duncrun.
— Ten cuidado, señor – dijo Laeg. – Dryst es muy astuto. Lo más probable es que nos haya preparado una desagradable sorpresa.
— Ya lo sé, Laeg – le dijo Cuchulain. – Pero no pienso cometer el mismo error que Conchobar. Nunca se debe subestimar al enemigo, sobre todo si son pictos.
El carro de Cuchulain se detuvo cuando la fortaleza de Dryst se hizo visible desde la distancia. Duncrun se erigía en una pequeña colina completamente desnuda de árboles. A unos quinientos metros del pie de la colina, al oeste del fuerte, había un vastísimo bosque de hayas y robles que se extendía hacia el norte. Otro bosque se levantaba al este de Duncrun, a dos kilómetros de distancia del fuerte, pero no era tan denso ni tan grande como el anterior, donde Cuchulain esperaba que Conall estuviera apostado allí al día siguiente.
De súbito el sonido de un cuerno se alzó en el aire, quebrando el silencio. La llamada encontró eco en la música de otros cuernos, un rumor lejano que respondía a la petición de ayuda de los habitantes de Duncrun.
Una oleada de jinetes surgió de los bosques del este, galopando sobre las pequeñas monturas peludas que tanto abundaban en Eiréann. Eran cerca de cien hombres, armados con largas lanzas y escudos pintados con la insignia de Dryst, un jabalí de enormes y feroces colmillos. Sus gritos hendieron el aire del atardecer, mientras los cascos de los caballos golpeaban la tierra como si quisieran imitar el sonido de los atronadores tambores de guerra de los pictos.
Cuando los jinetes se hallaban a mitad de camino las puertas de la fortaleza se abrieron, vomitando un centenar de lanzas enemigas, con Dryst a la cabeza. El jefe picto iba montado en una jaca negra, sus cabellos ondeando al viento. Sus movimientos eran los de un rey, así como su estilo al cabalgar. La sensación de autoridad y poder que despedía su figura recortada contra el fuerte le aseguraban a Cuchulain que se trataba de Dryst, quien salía de su guarida para demostrarle que no era un cobarde y que estaba dispuesto a enfrentarse con él.
Al mismo tiempo un clamor feroz surgió de las fauces del bosque que se extendía en el lado oeste de Duncrun. Cuchulain ya sabía por los exploradores que un gran número de guerreros pictos se había ocultado allí, fuera del alcance de la vista de los ulates. Aquellos hombres eran más de doscientos guerreros, vestidos con pieles de animales y con el cuerpo totalmente cubierto de tatuajes. Los pictos no pararon de correr hasta que sus filas se unieron a los guerreros de Dryst, formando un ancho cuadro de lanzas que dejó boquiabierto a Cuchulain.
Los jinetes llegaron en medio de un griterío de júbilo, como si se tratara de unos huéspedes de alto rango a los que nadie esperaba recibir. Los muros de la empalizada de Duncrun se cubrieron de arqueros, que saludaron a sus compañeros con un cántico de guerra.
La situación era desesperada. Los hombres de Dryst parecían temibles. Cuchulain pensó que sería difícil vencerles, aun sin la ayuda de sus aliados.
Por la noche el ulate envió al bosque a dos de sus exploradores para que le trajeran noticias de Conall. Los pictos acamparon fuera de los muros de la fortaleza, encendiendo un gran número de hogueras en forma de anillo a los pies de la colina. Cuchulain decidió que les atacaría al día siguiente, pues el tiempo corría a favor de Dryst, quien vería aumentado su ejército a medida que transcurrieran los días.
Los ulates también improvisaron un pequeño campamento para pasar la noche y apostaron centinelas para vigilar un posible ataque nocturno de los pictos. Rónán llegó con sus hombres durante el primer turno de guardia. Cuchulain le recibió con alegría y le preguntó si había visto algún movimiento de bandas enemigas dirigiéndose hacia Duncrun. Para alivio de Cuchulain Rónán le contestó que no había visto nada y que los caminos estaban libres de guerreros pictos.
El día siguiente amaneció con un sol espléndido. Unas nubes bajas cubrían el este, pero pronto se disiparon en el océano azul, siguiendo su rumbo errante hacia occidente. Los ulates levantaron su campamento con suma rapidez, apagando las hogueras y recogiendo las tiendas de pieles que solían utilizar cuando iban a la guerra. Poco después los ulates se integraron en las unidades que les correspondían, obedeciendo las órdenes que Cuchulain les había dado previamente, de tal modo que el ejército se agrupó en tres cuerpos distintos. El primero lo formaban los treinta carros provistos con cuchillas de hierro, liderado por Cuchulain, el segundo estaba formado por noventa lanceros, que encabezaba Rónán, y al cual se unieron los diez sirvientes de Cuchulain que sujetaban a los perros. Por último estaban los treinta kernes, dirigidos por un guerrero de cabellos rojos llamado Dínertach.
Los pictos se agruparon formando una masa compacta que se extendía a lo largo de la base de la colina. Dryst estaba en primera línea, arengando a sus hombres. El jefe picto había entregado su caballo a un esclavo y observaba atentamente los preparativos de su enemigo. La caballería estaba situada en el flanco izquierdo de los pictos, lista para cargar. Sin embargo ninguno de ellos se movía. Sus filas adoptaban una actitud estática, como si esperaran a que los ulates tomasen la iniciativa y atacasen primero.
—¿Qué les pasa? – preguntó Laeg. –¿Por qué no nos atacan?
— Prefieren reservarnos ese honor – dijo Cuchulain. – Pero no pienso complacerles en todo. Al menos por el momento.
—¿Qué tienes pensado hacer, señor?
— Nos acercaremos a ellos hasta situarnos a una distancia de tiro de flecha – le dijo Cuchulain. – Entonces los aurigas frenarán a los caballos, lo que nos permitirá arrojarles nuestras jabalinas desde una distancia prudente. De ese modo sus arqueros no podrán herirnos con sus flechas. Estamos en inferioridad y no quiero desperdiciar inútilmente la vida de mis hombres.
A una orden de Cuchulain los carros se pusieron en movimiento. La ausencia de obstáculos en el camino favorecía su alocada carga contra los pictos, que permanecían impávidos en sus puestos, aferrando el mango de sus lanzas y cerrando filas con los escudos. Cuando los carros hubieron recorrido la mitad del trayecto la primera fila posó sus lanzas en el suelo y se agachó, protegiendo con sus escudos a los guerreros de la segunda fila, entre los que se contaba Dryst, que llevaban picas cuya longitud alcanzaba a sus compañeros de las primeras filas.
Cuchulain lanzó un grito de guerra y Laeg detuvo a los caballos. El jefe ulate empezó a arrojar el surtido de jabalinas que guardaba en su aljaba contra el enemigo, y sus guerreros que iban de pie sobre los carros hicieron lo mismo. Una lluvia de jabalinas surcó el aire, buscando un blanco en la masa picta. Estos levantaron los escudos para desviar las mortíferas puntas de los ulates, pero eran escudos redondos y no cubrían la mayor parte del cuerpo. Varias decenas de guerreros pictos cayeron, atravesados por los proyectiles. Sin embargo la falange picta se cerró sobre sí misma, tapando las brechas de los que habían caído. Después que los ulates hubieron agotado todos sus proyectiles se retiraron con sus carros y dieron la espalda a sus enemigos. Tal como Cuchulain había pensado, la caballería enemiga ni siquiera se atrevió a intervenir, por miedo a que las cuchillas de hierro de los carros cortaran como paja las patas de los caballos.
Los carros regresaron a su posición inicial y dieron media vuelta. La situación no había cambiado. Los pictos no se movían, a pesar de las bajas que habían sufrido, y no parecían afectados por haber recibido el primer golpe, la primera sangre que se había derramado en el campo de batalla.
— Les hemos obligado a que tomen la iniciativa – dijo Cuchulain. – No pueden quedarse quietos todo el día.
— Estamos desprovistos de jabalinas, señor – dijo Laeg, como si lamentara su pérdida.
— Para eso están los kernes, Laeg.
No bien hubo acabado de hablar cuando los pictos lanzaron un poderoso grito de guerra. Sus filas erizadas de lanzas empezaron a moverse por el llano cubierto de hierba. La caballería se situó al paso en el flanco izquierdo de la infantería, sin despegarse de su lado, marchando al unísono y gritando de manera feroz.
Cuchulain sabía que no podía precipitarse con los carros hacia el muro de escudos de los pictos. Hacerlo sería un verdadero suicidio. Aquellos guerreros habían formado una falange tan compacta y sus picas eran tan largas que habrían masacrado a los caballos, inutilizando la mayor parte de los carros. Solo podría cargar contra ellos si lograba abrir una pequeña brecha en su muralla, y entonces pensó en utilizar a los perros. Era una suerte haberlos traído para comprobar su eficacia en aquella campaña.
—¿Han llegado los exploradores? – le preguntó Cuchulain a uno de sus sirvientes.
— No, señor. Todavía no.
—¿Dónde se habrá metido Conall? Los exploradores deberían haber regresado hace tiempo – dijo Cuchulain, sumamente preocupado.
— No podemos esperarle, señor. Los pictos se están acercando – le dijo Laeg.
— Que se acerquen – exclamó Cuchulain. – Les echaremos a los perros. Rónán y Dínertach se encargarán de la caballería.
El ejército picto se movía con lentitud, seguro de su victoria, como si sus guerreros estuvieran convencidos de que los carros no se atreverían a marchar contra ellos. Los jinetes se despegaron de su flanco y cabalgaron hacia el ala derecha del ejército de Cuchulain. Allí estaban apostados los noventa lanceros de Rónán y los treinta kernes de Dínertach, que marcharon a su encuentro en cuanto los jinetes se hubieron puesto en movimiento.
Una lluvia de jabalinas recibió la llegada de los jinetes pictos, causando un efecto devastador. Los kernes ulates eran grandes lanzadores y derribaron a un buen número de caballos y jinetes. Los guerreros de Rónán aprovecharon aquella circunstancia para atacar a los sorprendidos pictos, penetrando en la masa confusa que formaba la caballería, rematando a los que habían caído de sus monturas e hiriendo con las lanzas a los demás. La batalla se convirtió pronto en un caos. Los gritos de los hombres se mezclaron con los relinchos de los caballos, cuyos vientres eran atravesados por las lanzas ulates.
Los pictos que componían la infantería apenas tuvieron tiempo de presenciar el desastre de sus jinetes. Los sirvientes de Cuchulain liberaron a los perros de sus correas de cuero y les incitaron a correr hacia el muro de escudos. Hasta ese momento los pictos no habían visto a los animales, que corrían hacia ellos como si se tratara de los maléficos perros de orejas coloradas de Cernunnos. Sus rostros no se habían repuesto aún de la sorpresa cuando los fieros animales, encabezados por Crínóg, se arrojaron contra los pictos. Su ataque fue tan demoledor e inesperado que lograron abrir algunas brechas en la sólida línea enemiga.
Era el momento que Cuchulain esperaba. A una orden suya los carros empezaron a moverse y cargaron contra los guerreros tatuados de Dryst, infiltrándose en los huecos que los perros habían abierto, acuchillando y sembrando la muerte con sus letales cuchillas de hierro, cortando piernas y troncos humanos como si fueran campesinos segando cebada. El pánico se extendió como un fuego sobre los pictos, causando desconcierto y terror. Las filas se desordenaron y el muro de escudos se resquebrajó, como agua que se escurre entre los dedos. Los pictos caían como moscas a pesar de su obstinado valor y los ulates les daban muerte con sus espadas desde las plataformas de los carros, adentrándose en la deshecha falange y haciendo pedazos a sus guerreros con la ayuda de las mortíferas cuchillas.
Sin embargo Dryst no se dio por vencido. Había sufrido muchas pérdidas, pero el grueso de su infantería seguía intacto y en condiciones de luchar. Sus guerreros se agruparon en torno a él y rehicieron de nuevo la maltrecha barrera de escudos, retrocediendo poco a poco hacia Duncrun, pero sin volver las espaldas al enemigo. A una señal del jefe picto las puertas de la fortaleza se abrieron. Una veintena de arqueros salió de Duncrun y se aproximó al campo de batalla, con flechas dispuestas en los arcos, listos para disparar. Cuchulain los vio y sintió un escalofrío correr por su espalda.
—¡Atrás, atrás! ¡Haced retroceder a los caballos! – gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
Pero la confusión y el ruido que reinaban en la batalla impidió que varios guerreros le oyeran, enfrascados como estaban en la persecución de los que huían. Los arqueros dispararon contra ellos y derribaron a los guerreros de los carros que se habían alejado, matándolos a todos. De este modo Cuchulain perdió once carros, cuyos caballos se echaron a correr sin rumbo por el llano, privados de la guía de los conductores, que también habían muerto atravesados por las flechas y yacían en la hierba junto a sus compañeros, o permanecían dentro del carro de mimbre, totalmente inertes.
En el flanco derecho la caballería picta resistía con valor el ímpetu de los lanceros ulates, pero las jabalinas de los kernes estaban diezmando sus filas. La mitad de los jinetes estaban muertos o heridos, y la otra mitad se defendía como podía de los ataques ulates. Sin embargo no serviría de nada que Rónán y Dínertach derrotaran a los jinetes, pues Dryst se alzaría con la victoria si la infantería picta, reforzada ahora con la presencia de los arqueros, se lanzaba nuevamente al ataque para acabar con los restantes carros que habían sobrevivido a las flechas de los pictos.
— Conall no vendrá – dijo Laeg, confirmando con sus palabras la espantosa realidad, como si un abismo de profundidades desconocidas se abriera de repente ante ellos para tragárselos. –¿Y ahora qué hacemos? ¿Retirarnos?
—¿Para qué? ¿Para morir masacrados como ratas? No, Laeg. Tenemos que detenerlos aquí. O morir – le dijo Cuchulain con la mandíbula apretada.
— Es demasiado pronto para ir a beber a los salones de Tir Nan Og –dijo Laeg con una sonrisa amarga.
— Quizás – repuso Cuchulain. – Pero al menos lo haremos en buena compañía, ¿no crees?
Una vez recompuestas las líneas y trabados los escudos la falange picta se dirigió una vez más al encuentro de los ulates. Las jabalinas, las cuchillas de hierro y las espadas habían sido incapaces de aniquilar el muro de lanzas y escudos de Dryst, aunque sí habían logrado rebajar de manera considerable el número de sus guerreros, reduciendo su cantidad inicial de trescientos a menos de ciento cincuenta hombres. Cuchulain no podía dejar de admirar el valor de aquellos hombres, que habían soportado la embestida de los carros y sobrevivido a su ataque con un coraje increíble, dirigidos por Dryst, que luchaba a su lado en primera línea como el jabalí que sus hombres llevaban pintado en los escudos.
Cuchulain levantó a Gae Bolga por encima de su cabeza, exhibiendo en la dentada hoja el cuadrado de tela roja, y entonces profirió un grito desgarrador. Los guerreros de los carros imitaron el sonido de su señor y desenvainaron sus espadas, dispuestos a morir.
En ese momento un nuevo grito estremeció el aire. Cuchulain volvió la vista hacia el bosque que se levantaba a escasos pasos de él y vio a Conall, que lideraba a sus noventa lanceros y caía por sorpresa sobre el flanco derecho de los pictos, emergiendo de los bosques como una jauría de lobos hambrientos.
La falange picta se vio desbordada por la carga furiosa de los hombres de Conall y empezó a flaquear. Su formación se resquebrajó, las líneas se deshicieron y los ulates ensartaron sus lanzas en los cuerpos de sus enemigos. Sin embargo el desconcierto se convirtió pronto en una fuga desordenada cuando los carros irrumpieron en la ya extinta falange, barriendo al enemigo como el viento que dispersa un manto de hojas secas en un bosque, masacrándolos con las cuchillas de hierro y extendiendo el pánico a todo el ejército de Dryst. Los arqueros se dieron inmediatamente a la fuga mientras los jinetes, que habían aguantado las acometidas de Rónán y Dínertach, siguieron su mismo ejemplo cuando vieron que la batalla estaba perdida.
Los perros que habían sobrevivido a las lanzas de los pictos se unieron también a aquella carnicería. Crínóg se arrojaba sobre los que huían, cerrando sus poderosas mandíbulas en torno al cuello de sus víctimas. Cuchulain abatía a los fugitivos con su espada, después de haber ensartado a varios pictos con la hoja de Gae Bolga. El ulate buscaba con los ojos la borrosa figura de Dryst entre la marea que corría en desorden hacia Duncrun.
No tardó mucho tiempo en divisarlo. Dryst lideraba a un pequeño grupo de guerreros que pretendía cubrir la retirada de sus compañeros, evitando en lo posible la masacre de sus hombres. Laeg dirigió a los caballos contra ellos y quebró su débil defensa. Los pictos se echaron a un lado para que las cuchillas de hierro no les hicieran pedazos, pero Dryst se agachó y apuntó la hoja hacia el pecho de Cuchulain. El ulate desvió la punta con su espada, y antes de que Dryst desenvainara el cuchillo que llevaba colgado al cinto Cuchulain le golpeó con la parte plana de la espada en la cabeza, dejándolo semiinconsciente. Acto seguido Laeg dio media vuelta a los caballos y Cuchulain bajó rápidamente del carro, dispuesto a darle el golpe de gracia al jefe picto, que tantos quebraderos de cabeza le había dado aquel día, pero de pronto una idea asaltó su mente. Cuchulain apoyó la punta de su espada en el cuello de Dryst y esperó a que el enemigo caído abriera los ojos.
— Júrame lealtad y te perdonaré la vida – le dijo Cuchulain.
—¿Por qué debería hacerlo? – le preguntó Dryst. – No es rey aquel que carece de rehén en sus cadenas.
— Porque me eres más útil vivo que muerto – repuso el ulate. – Y no te preocupes por los rehenes. Los jefes de clan que han rehusado ayudarte te los proporcionarán.
— No pienso obedecer a tu rey – replicó Dryst, con los ojos llenos de desprecio. – Antes prefiero morir.
—¿Quién ha dicho eso? No es a Conchobar a quien jurarás obediencia.
— Pero tú has jurado servir a Conchobar – replicó el picto. – Él es tu rey.
—¿Qué te pasa, Dryst? ¿Es que el golpe te ha mermado la facultad de pensar? – le preguntó Cuchulain. – No te pido que derrames tu sangre por Conchobar, sino por mí.
— Supongo que no tengo otra elección.
— Supones bien.
Dryst miró fijamente al ulate, sopesando la situación. Sabía que su rival podía haberle dado muerte en aquel mismo instante, de un golpe rápido, o privarle de un ojo, como era costumbre hacer entre los reyes cautivos, pues según la ley los defectos físicos invalidaban el derecho de un rey a gobernar sobre sus súbditos.
— Juro por la tierra que está sobre mis pies y por el cielo que está sobre mi cabeza que te obedeceré – dijo Dryst. – Que los dioses sean testigos de mi juramento.
Cuchulain apartó la espada de su cuello y sonrió, echándole una mano para ayudarle a levantarse.
—¿Por qué me has perdonado la vida? – le preguntó el picto. – Yo no habría dudado en matarte.
— Lo sé – respondió Cuchulain. – Pero tus guerreros son una buena razón para dejarte con vida. A partir de ahora serás mi aliado, Dryst. Y que los dioses te maldigan si faltas a tu palabra.
Los pictos habían arrojado sus armas al suelo y se habían rendido al ver que su rey quedaba a merced de Cuchulain, pero su sorpresa fue grande cuando observaron que el jefe ulate ayudaba a Dryst a levantarse.
Dryst se dirigió a sus hombres y les explicó lo sucedido, mientras Cuchulain reunía a los jefes de sus unidades para darles instrucciones y saber el número de bajas que habían tenido. Poco después Cuchulain saludaba a Conall con un poderoso abrazo, radiante por ver a su primo de nuevo.
— Has llegado a tiempo, Conall.
— Nos retrasamos un poco, primo. Estos bosques son tan espesos que cualquiera podría perderse en ellos – dijo Conall, que exhibía una fea herida en el hombro.
— Tu hombro tiene mal aspecto. Mandaré llamar a uno de mis sirvientes para que te restañe las heridas – dijo Cuchulain con el rostro preocupado.
— No es nada, primo. Solo ha sido la mordedura de una daga.
Conall escupió en el suelo y luego fijó su vista en la fortaleza.
— Espero que no te hayas equivocado, Cuchulain. Los pictos no son gente de fiar.
— Los ulates tampoco – dijo Cuchulain, pensando en Conchobar y en Owen, mientras la brisa del atardecer agitaba sus cabellos negros.
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