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Mitos y Leyendas: Kalevala (V)
La fantástica saga mitológica finesa compilada en el s.XIX por Elias Lönnrot
Por Anónimo

Mitos y Leyendas - Kalevala (V) XIV
EL KANTELE


El viejo, el impasible Wainamoinen, alzó su voz y dijo: "Oh herrero Ilmarinen, partamos juntos a Pohjola, a robar el Sampo, a apoderarnos del precioso talismán".
El herrero Ilmarinen respondió: "Difícil será robar el Sampo en la sombría Pohjola. El Sampo está allá oculto, el precioso talismán está allá enterrado en las entrañas de una roca de cobre, debajo de nueve llaves, detrás de nueve candados; y sus raíces están hundidas a una profundidad de nueve brazas: una en la tierra, otra en el agua, y la tercera en la colina donde está edificada la casa".
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh herrero, caro hermano mío, partamos juntos a Pohjola, a robar el Sampo! ¡Armaremos un gran navío en el cual transportar el talismán maravilloso, el Sampo arrancado a las entrañas de la roca de cobre, pese a las nueve cerraduras, pese a los nueve candados!
"Pero antes fórjame una espada de flamígera punta, con la cual pueda espantar los perros y dispersar a la multitud cuando entremos a robar el Sampo en la fría aldea, en la sombría Pohjola".
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, se apresuró a poner hierro al fuego, a colmar de acero la ardiente fragua; después añadió una barra de oro y un puñado de plata, y ordenó a sus esclavos manejar los fuelles.
Los esclavos lo hicieron con todas sus fuerzas; el hierro se dilató en ardiente caldo, el acero en blanda pasta; la plata se trocó brillante y límpida como el agua; el oro borbolló como una ola.
Entonces el herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, examinó el fondo de la hornilla y vio que la espada había nacido, que su guarda de oro estaba ya modelada. La sacó del fuego, la puso sobre el yunque y la sometió a los poderosos golpes de su martillo. Y modeló a su gusto una ..espada, la mejor de las espadas, incrustada de plata y oro.
Wainamoinen probó su espada contra una montaña de hierro diciendo: "¡Con semejante espada hendiré las mismas piedras, hará saltar las rocas en astillas!"
De pronto un agudo llanto, una dolorida voz resonó al fondo de la playa donde estaban amarrados los navíos.
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "¿Es una muchacha que llora, o una paloma que se queja? Vamos allá, a verlo".
Y avanzó él en persona para salir de dudas. Pero no era una doncella que lloraba, ni era una queja de paloma. Era un navío el que lloraba, era un navío el que se quejaba.
El viejo Wainamoinen se acercó a él y le dijo: "¿Por qué lloras tú, barca de madera? ¿por qué te quejas tú, batel erizado de remos? ¿Es porque eres pesado, porque has sido groseramente construido?"
La barca de madera, el batel ricamente armado de remos, respondió: "Lo mismo que la doncella aspira a la casa del esposo cuando todavía habita la casa de su padre, del mismo modo el navío aspira a navegar sobre las olas cuando todavía está en la madera del resinoso pino. Yo lloro y me quejo, clamando por aquel que ha de lanzarme al mar, que ha de guiarme a través de las espumantes olas".
"Se me había dicho, cuando me estaban construyendo, se me había asegurado, cuando aún estaba en el astillero, que sería un navío de guerra, que me armarían para el combate; se me habían prometido cargazones de botín rico y glorioso. Y sin embargo, heme aquí sin que se me haya llevado a la guerra, sin que se me haya utilizado siquiera para transporte de merodeadores.
"¡Ah, sería mil veces más glorioso, mil veces más agradable para mí, erguirme aún como un pino en la colina, como un abeto en las landas; Ja ardilla vendría a brincar entre mis ramas, el perro a ladrar junto a mis raíces!"
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "No llores más, barco mío, no te quejes más, batel erizado de remos; pronto te hallarás en el seno de las batallas, en el áspero juego de las espadas".
Entonces el viejo Wainamoinen, desplegando las mágicas virtudes de su cantar, empujó el navío hacia el mar; hizo aparecer, a una borda, un tropel de mancebos de enmarañados cabellos, de callosas manos, de aspecto fiero y sólidamente calzados; a la otra borda, hizo aparecer un tropel de doncellas ornadas con fíbulas de estaño y cinturones de cobre, graciosas adolescentes con los dedos cuajados de anillos; y en fin, sobre los bancos remeros, un tropel de ancianos, una raza trabajada por el paso del tiempo.
Se sentó él mismo al timón, y empuñando la barra dijo: "¡Camina, oh navío, por esta llanura sin árboles, atraviesa los tortuosos estrechos, boga sobre el mar, boga sobre las olas como una hoja de nenúfar!"
Entonces el herrero Ilmarinen tomó asiento en el banco de los remeros, y de repente el navío tembló y se deslizó veloz sobre las ondas; desde lejos se oía el golpear de los remos contra los flancos de la carena.
Ilmarinen redobló su energía: los bancos del navío crujieron, se estremecieron las cimbras, los remos de madera de serbal rechinaron.
El viejo Wainamoinen empuñaba el timón con pulso firme, y guiaba con maravillosa destreza la marcha del navío entre el oleaje.
No tardó en aparecer un promontorio a lo lejos, un miserable caserío surgió en el horizonte. Era el lugar donde Athi Lemmikainen había fijado su residencia; allí dejaba transcurrir su vida, lamentando su extrema miseria, su granero vacío, la triste suerte que el cielo le había deparado. Labraba los costados de un nuevo navío y martilleaba su quilla, en la punta del promontorio, en los aledaños del caserío miserable.
Lemmikainen tenía aguda la oreja, y los ojos más agudos aún. Lanzó una mirada a occidente, luego volvió la cabeza al mediodía y divisó en la lejanía algo como una vedija de nube. Pero no era una vedija de nube, era un barquichuelo que avanzaba entre las olas del mar. Un héroe majestuoso empuñaba el timón; un altivo guerrero dirigía la maniobra.
El bullicioso Lemmikainen dijo: "No conozco ese navío ¿cuál será ese hermoso barco que llega, a fuerza de remos, de las regiones de oriente, enfilada la proa al occidente?"
Y el joven héroe alzó su voz, y lanzó un grito desde el alto promontorio, preguntando por encima de las olas: "¿A quién pertenece ese navío que boga por el mar?"
Los hombres, las mujeres del navío respondieron: "¿Y tú? tú que habitas estos desiertos parajes, ¿qué clase de guerrero eres que no conoces el barco de Kálevala, e ignoras quién es su piloto, quién es su remero?"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Sí sé quién es ese piloto, sí sé quién es ese remero: el impasible Wainamoinen se sienta al timón, Ilmarinen maneja los remos. ¿Adonde os dirigís, hombres? ¿adonde encamináis vuestra proa, héroes?"
El viejo Wainamoinen respondió: "Vamos hacia el norte, a las regiones de las grandes mareas, de las espumosas olas; vamos a rescatar el Sampo, a arrancar el mágico talismán de la colina de roca, de la montaña de cobre de Pohjola"
El bullicioso Lemmikainen dijo: "¡Oh viejo Wainamoinen, llévame contigo como tercer héroe, ya que vas a rescatar el Sampo, a recobrar el talismán maravilloso! ¡Yo desplegaré mi fuerza a vuestro lado si llega la hora del combate; mis manos y mis hombros serán vuestros!"
El viejo, el impasible Wainamoinen consintió en asociar al guerrero, al bravo héroe, a su expedición. El bullicioso Lemmikainen descendió inmediatamente a la orilla, llevando consigo planchas de refuerzo para los flancos del navío.
El viejo Wainamoinen dijo: "Ya tengo madera suficiente en el navío, ya está cargado con exceso. ¿Para qué traes más?"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No son las provisiones las que hacen zozobrar el barco, nunca es el lastre el que causa su pérdida. En cambio, en los mares de Pohjola, la tempestad castiga con violencia los costados, y es preciso que sean muy sólidos para resistir los embates".
El viejo Wainamoinen dijo: "Por eso mismo, para que mi barco no sea arrastrado por el viento ni dominado por la tormenta, he hecho acorazar su proa de hierro y de acero".

El viejo, el impasible Wainamoinen, se alejó del afilado promontorio, del miserable caserío, y condujo su navío entre las olas entonando cantos de júbilo.
El barco proseguía su rápida travesía; el primer día bordeó la desembocadura de los ríos, el segundo día bordeó los lagos, el tercer día llegó en mitad de las cataratas.
Entonces el bullicioso Lemmikainen recordó los conjuros de los cegadores saltos de agua, las fórmulas mágicas para encadenar el torbellino de los ríos sagrados. Y alzó su voz diciendo: "¡Suspende, oh catarata, tu furioso salto! ¡no brames más, oh caudaloso rabión! ¡Y tú, oh virgen de los torrentes, yérguete como un dique sobre la espumosa roca; retén con tus manos, encauza entre tus dedos las desbocadas olas, para que no se estrellen contra tu pecho, para que no se revuelvan contra nosotros!"
El viejo Wainamoinen volvió a empuñar vigorosamente el timón, y empujó la nave entre los escollos y el hervor espantable de las aguas, haciéndola vencer felizmente todos los obstáculos.
Pero una vez que hubo alcanzado las aguas calmas y profundas, el barco se detuvo de repente y permaneció como atado. El herrero Ilmarinen y el bullicioso Lemmikainen, picaron y exploraron las aguas con una aguzada rama, con un largo bichero de abeto, tratando de desatarlo; pero sus esfuerzos fueron vanos: el navío siguió inmóvil.
El bullicioso Lemmikainen se inclinó sobre el abismo, exploró hasta bajo la quilla del buque, y dijo: "No es una roca ni son raíces de árbol lo que nos detiene; nuestro barco ha varado sobre el lomo de un sollo, sobre el costillar de un perro de mar".
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "De todo hay en el fondo del mar, lo mismo peces que raíces. Si el navío está encallado sobre los lomos de un sollo, sobre el costillar de un perro de mar, hunde tu espada en las aguas y haz pedazos al monstruo".
El bullicioso Lemmikainen, el mancebo agudo y audaz, desenvainó su espada y la hundió en el agua hasta la quilla del navío, pero él cayó detrás, al abismo.
El herrero Ilmarinen cogió al héroe por los cabellos y lo salvó de la muerte. Después desenvainó a su vez la espada, su espada de afilada hoja, y la hundió bajo la quilla tratando de herir al sollo; pero la espada saltó hecha pedazos, el monstruo permaneció inconmovible.
El viejo, el impasible Wainamoinen, tomó su espada, su espada de fulgurante acero, la hundió bajo el navío y la enterró de un golpe en el lomo del sollo, en el costillar, del perro marino.
La espada se clavó fuertemente en las agallas del monstruo. Entonces el héroe, de un tirón, lo arrancó del fondo y lo partió en dos pedazos: la cola volvió a caer al agua, la cabeza rodó sobre la tablazón del navío. Y el navío, libre de sus ligaduras, se puso nuevamente en marcha. El viejo Wainamoinen lo guió hacia una isla. Allí empuñó un cuchillo, una lámina de frío acero, y se puso a partir el sollo diciendo: "¿Cuál es la más hermosa de nuestras doncellas? Ella cocerá el pescado, delicioso bocado para nuestro almuerzo del medio día". Las doncellas todas rivalizaron en celo preparando el pescado; y su carne fue devorada, pero sus huesos fueron esparcidos sobre las rocas de la isla.
El viejo, el impasible Wainamoinen, examinó los huesos en todas direcciones y dijo: "¿Qué podría hacerse con los huesos de este sollo, si fuesen llevados a la fragua del herrero, si fueran entregados a las manos hábiles de un obrero?"
El herrero Ilmarinen dijo: "De la nada no puede hacerse nada. Por lo tanto nada puede salir de los huesos del sollo, aunque sean llevados a la fragua del herrero, aunque sean entregados a las manos hábiles de un obrero".
El viejo, el impasible Wainamoinen dijo: "De los huesos del sollo se podría hacer un kantele, si se pudiera hallar un maestro capaz de fabricarlo".
Pero ningún maestro se presentó, ningún maestro capaz de fabricar el instrumento. Entonces el viejo, el impasible Wainamoinen puso él mismo manos a la obra. Y de los huesos del sollo hizo un manantial de melodía, una fuente de alegría eterna.
El viejo Wainamoinen invitó a mozos y viejos a tocar el nuevo instrumento, el kantele sacado de los huesos del sollo.
Los jóvenes tocaron y sus dedos arrancaron sólo crujidos; los viejos tocaron, y menearon la cabeza; la alegría no acordó con la alegría, la armonía no se fundió en la armonía.
El bullicioso Lemmikainen dijo: "¡Oh estúpidos mozalbetes, y vosotras simples e ignorantes muchachas, y todo lo que queda de vuestra triste raza: sois incapaces de tocar el kantele, de hacer vibrar las sonoras cuerdas! ¡Ven acá ese instrumento! ¡póngase sobre mis rodillas, acérquese a mis diez dedos!"
Se entregó a Lemmikainen el instrumento, y trató de tocarlo. Pero las cuerdas no emitieron sonido alguno, el kantele de la alegría permaneció mudo.
El viejo Wainamoinen dijo: "¡No hay nadie aquí, ni joven ni viejo, capaz de hacer sonar el kantele. Si lo enviara a Pohjola, tal vez allí se encontrasen manos más hábiles!"
Y el kantele fue enviado a Pohjola. Allí los mozalbetes ensayaron tocarlo, y las doncellas también, y las mujeres y los hombres casados, y Madre Louhi misma, y los moradores de cada casa; todos lo tocaron con sus dedos, con sus diez dedos. Pero la alegría no acordó con la alegría, la armonía no se fundió en la armonía. No lograron arrancar al instrumento más que sonidos discordantes, espantables crujidos.
Un anciano ciego dormía en el desván; fue arrancado bruscamente a su sueño, y murmuró con voz sorda: "¡Oídme, por favor, y guardad silencio! ¡Ese ruido me desgarra los oídos, me hace estallar la cabeza; me causa dolores espantosos y me turbará el sueño una semana entera!
"¡Si ese instrumento no es capaz de despertar la alegría, si no sirve para mecer dulcemente las horas del descanso, será preciso arrojarlo al fondo del mar, o devolverlo al lugar de donde vino, para que sea puesto entre las manos del maestro, entre los propios dedos del potente runoya!"
De repente las cuerdas del kantele vibraron, y resonaron dentro de él estas palabras: "¡No iré yo al fondo del mar antes de haber resonado entre las manos del Maestro, bajo los dedos del gran runoya!"
Y el kantele fue devuelto cuidadosamente al lugar de donde lo habían traído; y fue colocado entre las manos del Maestre, sobre las rodillas del runoya eterno.


XV
EL RUNOYA ETERNO



El viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya eterno, preparó sus dedos, lavó y purificó sus pulgares; después se sentó en la piedra del gozo, sobre la roca del canto, en la cumbre de la colina de plata, de la colina de oro.
Tomó el instrumento entre sus dedos, apoyó la sonora caja sobre su rodilla, puso su mano sobre el kantele y dijo: "¡Vengan ahora los que quieran escuchar la armonía de las eternas runas, los acordes melodiosos de kantele; vengan aquellos que aún no los han escuchado!"
Y el viejo Wainamoinen comenzó a tocar maravillosamente el instrumento fabricado con los huesos del sollo, el kantele de espina de pescado: sus dedos corrían flexibles sobre las cuerdas; su pulgar tendido, las rozaba ligeramente.
Relampagueaba la alegría en la alegría, el júbilo inflamaba el júbilo; la tocata del héroe se alzaba como la voz de la armonía, el canto estallaba en toda su fuerza; y los dientes del sollo resonaban y sus aletas se estremecían armoniosamente.
Y mientras el viejo Wainamoinen tocaba el kantele, no hubo un solo poblador del bosque, no hubo un sólo cuadrúpedo de velludas patas, andador o saltarín, que no acudiese a escuchar el instrumento, a gozar los acentos de la alegría.
Las ardillas saltan de rama en rama, los armiños trepan a los postes de los cercados, los alces galopan por la llanura, los linces se escalofrían de placer.
También el lobo se estremeció en el marjal, y el oso se despertó en el desierto, en su cubil escondido entre tupidos abetos. El lobo cruzó las vastas regiones; el oso atravesó la espesura, se detuvo junto a la puerta de un cercado y trató de erguirse sobre sus patas traseras, pero la empalizada cedió a su peso y la puerta se vino abajo. Entonces el oso se subió a un pino, trepó a un abeto, a escuchar los dulces acordes, a gozar los acentos de la alegría.
Toda la gente de los caseríos del bosque, todas las doncellas, todos los mancebos, escalaron la cima de las rocas para escuchar el kantele.

Mitos y Leyendas - Kalevala (V) Todo lo que se llama pájaro del aire, todo lo que vuela en dos alas, todo cayó del cielo como un huracán de nieve, precipitándose hacia el runoya, para escuchar su arte maravilloso, para gozar los cantos de la alegría.
El águila oyó la bella canción desde la cumbre del aire; dejó a sus polluelos en el nido y corrió a escuchar de más cerca, corrió a contemplar el éxtasis de Wainamoinen.
Y al par que el águila descendía de las más altas esferas, el gavilán se lanzó del seno de las nubes, el pato salvaje de las aguas hondas, los cisnes de los lagos cenagosos, los pinzones, los pájaros canoros, los jilgueros a cientos, las alondras a miles, todos tendieron el vuelo por las llanuras del aire y acudieron a posarse sobre los hombros del runoya, mezclando sus gorjeos al jubiloso canto, a la suave melodía del kantele.
Las hermosas vírgenes del aire, las hijas bien amadas de la naturaleza, prestaron también su oído atento y hechizado a la voz del héroe sin igual, a los sones del mágico instrumento. Estaban sentadas, radiantes de luz y gracia, unas sobre el arco-iris, otras en el borde de una tenue nube recamada de púrpura.
No quedó un solo ser en la tierra, ni en el fondo de las aguas, ni pez de seis aletas, que no acudiese a escuchar la música del kantele, a admirar las runas de la alegría.
Los sollos hendieron veloces las ondas, los perros marinos desmintieron su torpeza, los salmones abandonaron los socavones de la roca, las truchas salieron de sus profundas guaridas las percas, los pajeles, los salmones blancos, todos los peces se lanzaron en cardume hacia la orilla, a escuchar los cánticos de Wainamoinen, a gozar los acordes del kantele.
Atho, el rey de las ondas azules, el de la barba de musgo, asomó encima de la húmeda bóveda y se tendió sobre un lecho de nenúfares. Prestó oído a las runas de la alegría, y dijo: "¡Jamás había yo escuchado nada parecido; nunca, en todos los días de mi vida, había oído acentos semejantes a los de Wainamoinen, el runoya inmortal!"
La soberana de las ondas, la del regazo enraizado de sauces, surgió de las profundidades del mar, y se acodó sobre un escollo del agua para escuchar la voz de Wainamoinen, la peregrina melodía del kantele. Y en su arrobo se olvidó de abandonar la roca y se durmió sobre ella.
El viejo Wainamoinen hizo resonar el kantele por espacio de un día, por espacio de dos días, sin que hubiera un solo héroe, un solo hombre, una sola mujer de largas trenzas que no se sintiese conmovido hasta el llanto y cuyo corazón no se turbase: tan dulce era la voz del runoya, tan seductora la armonía del instrumento.
Y el mismo Wainamoinen acabó por llorar también. Las lágrimas rodaron de sus ojos, saltaron de sus párpados, más apiñadas que las bayas silvestres, henchidas como guisantes, redondas como los huevos de las aves marinas, grandes como cabezas de golondrina.
Inundaron sus mejillas bañando su hermoso rostro; y del hermoso rostro, rodaron por el fuerte mentón sobre el ancho pecho; y del ancho pecho rodaron sobre sus rodillas poderosas, sobre sus sólidos pies; y de los sólidos pies rodaron por tierra y ganaron la orilla del mar y descendieron bajo las claras ondas hasta el oscuro légamo del fondo.
Entonces el viejo Wainamoinen alzó la voz y dijo: "Entre esta bella juventud, esta grande e ilustre raza nacida del mismo padre ¿no habrá alguno que quiera ir a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del abismo?"
Los mozos dijeron, los ancianos respondieron: "No; entre esta bella juventud, esta raza ilustre y grande nacida de un mismo padre, no hay ninguno que quiera ir a recoger tus lágrimas, bajo las claras ondas del abismo".
El viejo Wainamoinen dijo: "El que vaya a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del abismo, recibirá de mi mano un manto de plumas".
Un pato azul oyó estas palabras y se acercó al runoya. El viejo Wainamoinen le dijo: "El pato azul acostumbra a sumergirse en el agua, a bañarse en las aguas frías y a explorar bajo las olas con su pico. ¡Oh pato querido! ve tú a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del abismo, y yo te haré un hermoso regalo: recibirás de mi mano un manto de plumas".
El pato chapuzó bajo las claras ondas del abismo buscando las lágrimas de Wainamoinen; sondeó el oscuro légamo, recogió las lágrimas del héroe y volvió a depositarlas en su mano. Pero una maravillosa metamorfosis se había operado en ellas; se habían convertido en finas perlas resplandecientes, para ornato de los reyes, para eterna alegría de los poderosos.


XVI
LA EXPEDICIÓN A POHJOLA


El viejo Wainamoinen, Ilmarinen y Lemmikainen habían vuelto a ocupar su puesto en el navío; y se dirigieron a través de las encrespadas olas a la sombría Pohjola, a las heladas regiones donde los hombres son devorados y exterminados los héroes.
Y una vez llegados allá, los héroes sacaron el navío tierra adentro, haciéndolo deslizarse por medio de rodillos guarnecidos de acero, sobre la árida playa.
Después se acercaron a la aldea y entraron en la vivienda de madre Louhi, el ama de casa de Pohjola. La anciana les dijo: "¿Qué cuentan los hombres, qué nuevas traen los héroes?"
El viejo, el impasible Wainamoinen respondió: "Los hombres te contarán, los héroes te dirán que han venido acá para tener su parte en la posesión del Sampo, para conocer el hermoso talismán".
El ama de casa de Pohjola replicó: "No puede la gallineta partirse en dos, la ardilla no puede partirse en tres. Place al Sampo voltear sus aspas, place al hermoso talismán moler en la montaña de cobre de Pohjola. Y del mismo modo me place a mí ser la dueña absoluta del gran Sampo".
El viejo, el impasible Wainamoinen dijo: "Si rehusas repartir el Sampo con nosotros, nos lo llevaremos entero a nuestro navío".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, tuvo un arrebato de violenta cólera, y llamó en su auxilio al pueblo entero de Pohjola: a los mozos de afilada espada, a los héroes de largas lanzas; azuzando a todos contra Wainamoinen.
Entonces el viejo, el impasible Wainamoinen, tomó su kantele, se sentó y comenzó a tocar con ágiles dedos las cuerdas del instrumento. Todos acudieron a escucharle, a admirar la jubilosa melodía: los hombres con el corazón gozoso, las mujeres con sonrientes labios, los héroes con lágrimas en los ojos, los mozalbetes con la rodilla en tierra.
Pero pronto al arrobo sucedió un mágico letargo; y todos los que escuchaban, todos los que contemplaban, jóvenes y viejos, todos se quedaron profundamente dormidos.
El sabio Wainamoinen, el Encantador eterno, se registró los bolsillos, y sacó de su escarcela las agujas del sueño; después se puso a coser los párpados y a trenzar las pestañas del pueblo aletargado, de los héroes dormidos, de todos los habitantes de Pohjola, asegurando así una larga duración a su sueño.
Después se encaminó a la montaña de roca y cobre de Pohjola, a apoderarse del Sampo, a arrastrar consigo el talismán enterrado bajo nueve llaves, detrás del décimo cerrojo.
El viejo Wainamoinen entonó una runa mágica ante las puertas de la montaña de roca, de la montaña de cobre; y las puertas se estremecieron.
El herrero Ilmarinen frotó las cerraduras con manteca, los goznes de hierro con grasa, para que no rechinasen ruidosamente; después descorrió cuidadosamente los pestillos con sus dedos, levantó suavemente los cerrojos, y las enormes puertas se abrieron de par en par.
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh bullicioso hijo de Lempi; tú, el más querido de mis amigos: entra tu a buscar el Sampo, a apoderarte del precioso talismán!" Lemmikainen llegó hasta el Sampo y trató con todas sus fuerzas de levantarlo; lo apretó entre sus brazos, arrodillado en el suelo, sacudiéndolo con toda su energía; pero nada logró, el Sampo permaneció inmóvil; sus raíces se hundían en las entrañas de la roca a una profundidad de nueve brazas.
Había en Pohjola un soberbio toro, un toro gigantesco: sus flancos eran vigorosos, sus tendones duros como el acero, sus cuernos de una braza, su morro de media braza.
Lo trajeron del prado donde pacía, lo uncieron a un arado; y labró profundamente el lugar donde estaban enterradas las raíces del Sampo, donde el mágico talismán estaba aprisionado. El Sampo comenzó a bambolearse, inclinándose hacia delante.
Entonces el viejo Wainamoinen, el primero, el herrero Ilmarinen, el segundo, y el bullicioso Lemmikainen, el tercero, arrancaron el gran Sampo de las entrañas de la montaña de piedra y roca de Pohjola, y lo llevaron a su navío. Y otra vez se hicieron a la mar.

Con el corazón henchido de alegría, el viejo Wainamoinen se alejaba de la sombría Pohjola, poniendo nuevamente proa a su país. Y empuñando la barra del timón, alzó la voz y dijo: "¡Huye, oh navío, lejos de Pohjola, vuelve tu popa a la tierra extranjera y alcanza mis riberas natales! ¡Mece, oh viento, mece mi navío! ¡Y tú, ola del mar, empújalo mar adentro, presta tu apoyo a los remos, alivia el esfuerzo de los remeros en el inmenso golfo!"
Y el viejo Wainamoinen, al timón, y el herrero Ilmarinen y el bullicioso Lemmikainen a los remos, con renovado ardor, avanzan en veloz carrera sobre el profundo mar.
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Si nunca faltó agua para el remero, tampoco antaño faltaban canciones al runoya; pero ahora ya no se oye cantar a bordo de los navíos, ya no se oye la más leve melodía en medio de los mares".
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Todavía es demasiado pronto para cantar, para dar rienda suelta a la alegría. Aguardemos a estar a la vista de nuestras casas, a oír rechinar las cerraduras de nuestras propias puertas".
El bullicioso Lemmikainen replicó: "Si yo estuviera sentado al timón cantaría según mi saber; cantaría porque ya el canto me brinca en la garganta. Tal vez otro día mi don de cantar se desvanezca, la inspiración me falte. Así pues, si tú te niegas a cantar, yo mismo cantaré sin más tardanza".
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, después de haber templado su boca y afinado su lengua en un preludio, rompió a cantar. Pero el audaz sólo logró lanzar roncos gritos con su voz temblorosa, extraer espantables ronquidos del fondo de su garganta desgarrada.
Su boca se crispaba, temblequeaba su barba; y el extraño canto retumbó a lo lejos; se oyó más allá de seis aldeas, más allá de siete golfos.
Una grulla estaba encaramada en un tronco de árbol, sobre el húmedo musgo; levantaba una pata en el aire y se entretenía en contarse los dedos, cuando oyó el canto de Lemmikainen y sintió un escalofrío de espanto. Inmediatamente levantó el vuelo lanzando estridentes chillidos. Al pasar sobre Pohjola renovó sus chillidos, y su estridencia siniestra tuvo el funesto poder de despertar a todo el pueblo.
Madre Louhi salió de su profundo sueño; corrió al establo, corrió a los silos donde se secaba el grano; pasó revista a las espigas y al ganado: el ganado estaba intacto, ninguna espiga faltaba.
Entonces corrió a la montaña de piedra, a la montaña de cobre, pero al llegar ante las puertas exclamó: "¡Maldición sobre mis días, desdichada de mí! ¡Algún extraño se ha introducido aquí, ha roto todas las cerraduras, ha violentado los candados de hierro y ha violado las puertas de la fortaleza! ¿Habrán robado mi Sampo? ¿mi precioso talismán habrá desaparecido?"
Ciertamente, el Sampo había sido robado, el precioso talismán había desaparecido. Había sido arrancado a las entrañas de la montaña de piedra, de la montaña de cobre, pese a las nueve cerraduras y por encima del décimo cerrojo.
Madre Louhi se sintió presa de una amarga desesperación; veía destruido su poder, su supremacía destrozada. Entonces clamó implorando el auxilio de Utar: "¡Oh virgen de las nieblas: tamiza una nebrina en tu cedazo; haz descender del alto cielo sobre la superficie del mar un espeso vaho, para que Wainamoinen no pueda navegar, para que no pueda hallar la verdadera ruta!"
Utar, la virgen de las nieblas, sopló sobre el mar una espesa neblina, una bruma sombría tupiendo el aire, y encadenó al viejo Wainamoinen por espacio de tres noches enteras en medio de las olas.
Cuando hubieron transcurrido las tres noches, Wainamoinen alzó la voz y dijo: "Jamás un hombre, ni siquiera el más débil, jamás un héroe, ni siquiera el más torpe, se ha dejado vencer ni destruir por una niebla".
Y así diciendo, golpeó con su espada las aguas del mar; un vapor dulce como la miel se desprendió de la hoja de acero; y de pronto la niebla se desvaneció en el aire, se disipó en la inmensidad del cielo; y el mar recobró su claridad mostrándose en toda su grandeza; el mundo volvía a abrirse ante los héroes.
El viejo Wainamoinen prosiguió su travesía. Pero transcurrido un corto, un cortísimo espacio, Ukko, el Dios supremo, el soberano dominador de la bóveda celeste, ordenó a los vientos soplar, a la tempestad desencadenarse en toda su violencia.
Y los vientos soplaron furiosos del oeste y del sudoeste, y más furiosos aún del sur; bramaron espantables del este y del sudeste; lanzaron salvajes aullidos los del norte. Las encrespadas olas se arrojaron airadas contra el navío, y arrastraron consigo el kantele fabricado con espinas de sollo, con aletas de pez.
Entonces el viejo Wainamoinen sintió que las lágrimas le subían a los ojos, y tomó la palabra y dijo: "¡Ay que mi obra, mi instrumento bien amado, ha desaparecido; mi manantial de alegría se ha perdido entre las olas! ¡No volveré a hallar en toda mi vida el kantele que fabriqué con los dientes del sollo, con los huesos del enorme pez!"
El viejo, el impasible Wainamoinen meditó profundamente sobre su cruel aventura: "No se debe llorar en un navío. De nada valen las lágrimas en la miseria; las lamentaciones no nos salvan de las malas horas".
Después tomó la palabra y dijo: "¡Huye hacia el cielo, oh viento, gana de nuevo las altas nubes, regresa al lugar de tu nacimiento; no vuelques mi navío, no lo precipites en el fondo del mar! ¡Mejor descuajas los árboles en el bosque que espera la tala; mejor derribas los molinos de la colina!"
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "¡Oh águila, danos tres de tus plumas, y tú cuervo, danos dos, para que sirvan de sostén al pobre navío!"
Y Lemmikainen en persona se puso a reforzar las bordas levantándolas con planchas añadidas a la altura de una braza, de suerte que las olas fueran impotentes contra ellas.
Así las bordas del navío cobraron altura suficiente para resistir la terrible violencia de la tempestad, para desafiar el asalto de las olas encrespadas, atravesando los procelosos turbiones, la alta marejada.

Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, llamó al pueblo entero a las armas; les entregó arcos y espadas; y aprestó su navío, su navío de guerra.
Y en él dispuso ordenadamente a sus hombres; puso en fila a los héroes y los fue contando, como el tordo, como la picaza hacen con sus polluelos: cien hombres armados de espada, mil héroes armados de arco.
Luego hizo tender el velamen de las jarcias, y la vela mayor en lo alto del mástil, de suerte que el navío semejaba una nube desplegada en el cielo. Y se puso en marcha.

El viejo, el impasible Wainamoinen conducía su navío sobre el mar azul. Desde el fondo de popa alzó su voz y dijo: "Oh bullicioso Lemmikainen, hijo de Lempi, el más caro de mis amigos: sube a lo alto del mastelero, trepa por las cuerdas, y explora el cielo, mira atrás y adelante, a ver si las orillas del aire están claras o están oscurecidas por las brumas".
El bullicioso Lemmikainen, el travieso mozo, siempre dispuesto a la acción sin necesidad de órdenes, siempre lleno de celo sin necesidad de ruegos, trepó por las cuerdas y subió a lo alto del mástil. Volvió la mirada en torno, a oriente y occidente, al sur y al suroeste, exploró las costas de Pohjola y dijo: "El navío de Pohjola avanza hacia nosotros; cien hombres sentados en los bancos empuñan los remos; mil héroes aguardan sobre cubierta".
El viejo Wainamoinen presintió entonces la verdadera significación de todo aquello, y dijo: "¡A los remos, herrero Ilmarinen! ¡A los remos, jovial Lemmikainen! ¡Que remen cuantos hay a bordo, para que nuestro navío surque veloz las ondas, esquivando el encuentro con el barco de Pohjola!"
Pero, pese a los esfuerzos de los hombres, pese al ardor de los héroes, el navío no logró avanzar, no logró esquivar la ruta del barco de Pohjola.
Entonces el viejo Wainamoinen comprendió que la desgracia le amenazaba, que el día fatal había llegado para él, y se preguntó qué hacer para salvar la vida. Después tomó la palabra y dijo: "Ahora me viene a las mientes un pequeño artificio, un fácil encantamiento".

Mitos y Leyendas - Kalevala (V) Y sacó de su escarcela un trozo de yesca y un pedernal, y los arrojó al mar por encima de su hombro izquierdo, diciendo: "¡Que nazca de ellos un escollo, que de ellos brote una isla inesperada, y que el navío de Pohjola se estrelle contra esa roca, entre el bramar de las encrespadas olas!"
Así, de la yesca y el pedernal nació un escollo, surgió una isla entre las olas del mar, afilada hacia oriente y formando un bastión contra el norte.
El navío de Pohjola proseguía su ruta balanceándose ligeramente entre las olas. De repente dio con el escollo, chocó contra la isla, y el barco de cien remeros se hizo pedazos; los mástiles y las velas se desplomaron en el abismo para convertirse en presa de los vientos, juguete de las tormentas.
Madre Louhi se irguió de pie en medio de las aguas esforzándose en levantar el navío, pero nada pudo lograr. Todo el vigamen, toda la tablazón estaba rota y dislocada.
Madre Louhi se quedó pensando, y se dijo: "¿De qué industria podría valerme ahora? ¿qué medio emplear para reparar este desastre?"
Y Louhi cambió de forma:- cogió cinco hoces, cinco herrumbrosas y torcidas tenazas, y se hizo con ellas uñas y garras; cogió la mitad del estrellado barco, y de sus bordas se hizo unas alas, de su timón una cola; y bajo sus alas colocó cien hombres, bajo su cola mil guerreros; cien hombres armados de espada, mil guerreros armados de arco.
Y de este modo, transformada en águila, tendió el vuelo y se elevó en el aire, en pos de la estela de Wainamoinen; con Un ala roza las nubes, con la otra barre las aguas.
El viejo, el impasible Wainamoinen, volvió el rostro hacia el mediodía, volvió los ojos al noroeste, y sobre la estela. La mujer de Pohjola avanzaba, el ave gigante se acercaba; de frente parecía un águila, por la espalda un buitre.
Pronto alcanzó el navío del héroe; descendió sobre lo alto del mástil, se posó en las jarcias. El navío se bamboleó y estuvo a punto de naufragar en el abismo.
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh Madre Louhi, señora de Pohjola!: ¿quieres venir conmigo a compartir el Sampo, en el promontorio de las nieblas, en la isla de las umbrías?"
La señora de Pohjola respondió: "¡No, no iré contigo, oh miserable, a compartir el Sampo; no iré en tu compañía, oh Wainamoinen! ¡Yo me apoderaré del Sampo y lo rescataré de tu navío!"
Entonces el bullicioso Lemmikainen desenvainó su espada y comenzó a golpear con ella las patas del águila, las garras del ave poderosa, exclamando a cada golpe: "¡Caigan los hombres, caigan las espadas, caigan los malditos guerreros! ¡Que los cien hombres se desplomen de las alas, que los mil héroes resbalen de las plumas!"
El viejo Wainamoinen, el inmortal runoya, arrancó de la popa el timón, enarboló la barra de encina y golpeó con ella las patas del monstruoso pájaro, rompiéndole las garras; una sola, la más pequeña, esquivó los golpes.
Y los cien hombres se desprendieron de las alas, y los mil héroes cayeron de la cola, precipitándose en el fondo del mar. Y el águila misma se desplomó de lo alto del mástil sobre la cubierta, como el gallo silvestre se desploma del árbol, como cae la ardilla de las ramas del abeto.
Entonces, estirando el dedo sin nombre, el águila se apoderó del Sampo, agarró el mágico talismán; y lo arrojó al mar, entre las azules olas. El Sampo se hizo pedazos, saltaron en astillas las brillantes aspas.
Y de los trozos del Sampo, unos rodaron al abismo, dispersándose en lo profundo, como una fuente de riqueza para las ondas; otros, los fragmentos más ligeros, flotaron en la superficie del mar, arrastrados por los vientos y las olas.
Y los vientos los llevaron a tierra, las olas los arrastraron hasta la orilla.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se llenó de alegría al contemplar esto, y dijo: "Esos restos del Sampo serán el principio de una eterna prosperidad; serán, en los campos cultivados, la fecunda semilla de la cual germinarán plantas de todas las especies; por virtud suya brillará la luna, y el sol bienhechor se elevará radiante sobre estas hermosas regiones sin fin!"
Madre Louhi, dijo: "¡Así pues, mi poderío queda roto desde ahora, mi prestigio se ha extinguido, mi prosperidad ha rodado a lo profundo del mar con los restos del Sampo!''
Y se alejó llorando hacia su morada, entre lamentos tomó el camino de Pohjola; sólo llevó consigo lo que pudo retener del Sampo con el dedo sin nombre, que era bien poca cosa: la palanca y un trozo de las aspas. Por eso un triste clamor resuena en Pohjola, una vida sin pan reina en Laponia.
El viejo, el impasible Wainamoinen, una vez llegado a tierra, encontró los restos del Sampo, los fragmentos del talismán precioso, dispersos entre la fina arena de la playa.
Los juntó y los llevó a la punta del promontorio nebuloso, de la isla rica en umbrías, para que allí creciesen, para que allí se multiplicasen, para que allí fructificasen, engendrando la cerveza de cebada y el pan de centeno.
Y el viejo Wainamoinen alzó su voz y dijo: "¡Concédenos, oh Creador, una brillante prosperidad; haz, oh Jumala, que nuestra vida transcurra dichosamente, y que muramos con honor en estas dulces regiones, en este hermoso país de Karelia!
"Defiéndenos, protégenos, contra los tortuosos pensamientos de los hombres, contra los oscuros designios de las mujeres. ¡Derriba por tierra al envidioso! ¡aniquila a los embrujadores de las aguas!
"¡Construye una muralla de hierro, levanta una fortaleza de piedra alrededor de mi pueblo; una fortaleza que se eleve desde la tierra hasta el cielo, para que me sirva de refugio, que sea mi morada, mi protección y mi defensa, de suerte que la desgracia no puede caer sobre mí, que la adversidad no pueda alcanzarme, mientras dure esta vida, alumbre la luz del sol!"



XVII
EL NUEVO KANTELE


El viejo, el impasible Wainamoinen pensaba en su interior: "Dulce me sería ahora tocar el melodioso instrumento, revivir la alegría de sus acordes en esta nueva ribera, en estos hermosos parajes; pero mi kantele ha desaparecido, lo he perdido para siempre.
"¡Oh herrero Ilmarinen, tú que forjabas antaño, tú que forjabas ayer, tú que todavía forjas hoy: fabrícame un rastrillo de hierro, un rastrillo de apretados, dientes y largo mango, con el cual pueda yo rastrear las aguas del mar, agavillar las espumas, amontonar los juncos, explorar todas las orillas, para rescatar mi kantele de la profunda morada de los peces, de los pedregosos bancos del salmón!"
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, fabricó en seguida el rastrillo de hierro, erizado de dientes de cien brazas y armado de un largo mango de cobre de quinientas brazas.
El viejo Wainamoinen empuñó el rastrillo y se dirigió, por el camino más corto, hacia la costa. Y se puso a labrar las aguas, rastrillando las flores de nenúfar, los arbustos y las ramas, los juncos y cañaverales; registró todos los agujeros, exploró los bancos y las rocas. Pero no pudo encontrar el kantele de hueso de sollo, no pudo hallar la alegría para siempre perdida, el melodioso instrumento irremediablemente desaparecido.
El viejo, el impasible Wainamoinen, volvió a tomar el camino de su casa, triste, gacha la cabeza, derribada de lado la gorra.
Cuando atravesaba un bosque, cuando cruzaba una floresta, oyó llorar a un abedul, un árbol de jaspeada corteza que derramaba lágrimas. Se acercó a él y le dijo: "¿Por qué lloras, oh verde abedul, por qué viertes lágrimas, oh árbol gentil, por qué te quejas, oh tronco de blanco torso? ¡Nadie te ha llevado a la guerra, nadie te ha arrastrado por la fuerza al sangriento fragor de las batallas!"
El gentil abedul respondió cuerdamente: "Muchos piensan, muchos cuentan que yo vivo siempre gozoso, en medio de una perpetua alegría. Y sin embargo ¡pobre de mí! vivo entre penas y dolores, torturado por la angustia, entre tormentos que me devoran.
"Sí, deploro mi cruel destino, mi existencia vacía de dicha; gimo de verme así abandonado indefenso, en este paraje funesto, en estos pastizales siempre verdes. "Los dichosos sólo tienen un deseo: la llegada de los hermosos días, los días ardientes del estío. Pero ¡qué distintos son esos días para mí! ¡De ellos sólo espero ver desgarrada mi corteza y saqueado mi follaje!"
El viejo Wainamoinen, dijo: "¡Cesa de llorar, oh verde abedul! Árbol de galán follaje y blanco torso, no te lamentes más. Vas- a ser inundado de una eterna alegría, vas a comenzar una nueva y más dulce vida. ¡Pronto llorarás de felicidad y te estremecerás de júbilo!"
Entonces el viejo Wainamoinen transformó el abedul en instrumento melodioso; durante toda una jornada de estío lo talló hasta fabricar un kantele, en el promontorio nebuloso, en la isla rica de umbrías. La caja del instrumento fue cavada en la parte más noble del tronco, en el mismo corazón del árbol.
Después dijo: "La caja, la pieza principal del kantele, ya está tallada. ¿Dónde encontrar ahora los tornillos y clavijas?"
Una corpulenta encina se erguía en el camino, junto al cercado; todas sus ramas eran de igual longitud; y de cada rama pendía un fruto, y de cada fruto un globo de oro, y sobre cada globo de oro había un cuclillo.
Cuando el cuclillo modulaba el quíntuple sonido de su canto, el oro caía de su boca, la plata manaba de su pico, sobre la colina de oro, sobre la colina de plata. Wainamoinen recogió aquel oro y aquella plata, y de ellos fabricó los tornillos y clavijas del kantele.
Y volvió a decir: "Ya está guarnecido el kantele de tornillos y clavijas, pero algo le falta aún: le faltan las cinco cuerdas. ¿Dónde encontrar las cinco cuerdas, las cinco madres de la armonía?"
Y el héroe salió en busca de las cinco cuerdas, atravesando un bosque recién talado. Allá, en la soledad de un valle, estaba sentada una joven virgen. No lloraba pero tampoco sonreía. Y cantaba en voz íntima, para ella sola; cantaba para matar las horas de la tarde, esperando la llegada de su prometido, del hombre bien amado de su corazón.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se descalzó y se acercó a ella: "¡Oh virgen adolescente: dame un bucle de tus cabellos para fabricar las cuerdas del kantele, las fuentes vibrantes de la eterna alegría!"
La doncella le dio sus cabellos, sus cabellos de seda; le dio circo, le dio seis, le dio hasta siete. Y Wainamoinen trenzó con ellos las cuerdas del kantele, las fuentes vibradoras de la eterna alegría.
De este modo el kantele quedó completo en todas sus partes. Entonces el viejo Wainamoinen se sentó sobre una piedra, sobre un bloque de rocas; tomó el instrumento entre sus manos, el mástil hacia el cielo, la caja contra las rodillas, y empezó a templar las cuerdas invocando la armonía.
Después rompió a tocar con sus diez dedos; y la caja de abedul se estremeció, el oro de los cuclillos tembló, los cabellos de la virgen resonaron jubilosamente.
Y mientras Wainamoinen hacía vibrar el kantele, las montañas se agitaban, retumbaban los roquedales, los múltiples ecos despertaban, los escollos se cimbraban en las orillas, los guijarros- subían a la superficie de las aguas, los abetos danzaban de gozo, los troncos de los árboles saltaban en la espesura del bosque.
Y las mujeres de Kálevala abandonaron sus labores, y todas corrieron, rápidas como un río, impacientes como un torrente, las Jóvenes con la sonrisa en los labios, las viejas con el corazón jubiloso, a escuchar la voz del instrumento, a admirar los acentos de la alegría. Todos los hombres de los contornos, con la gorra en la mano; todas las mujeres, con la mano en la mejilla; todas las doncellas, con los ojos inundados de lágrimas; todos los mancebos, con la rodilla en tierra; todos acudieron a oír el kantele, a admirar su jubilosa armonía. Y todos decían al unísono: "¡Nunca en los días de nuestra vida, jamás desde que la luna brilla, se habían escuchado tan dulces acordes!"
Las vibraciones del kantele resonaron más allá de seis aldeas; no hubo criatura alguna que no acudiera a escucharlo.
Todas las alimañas del bosque se sentaron sobre sus patas traseras, todos los pájaros del aire se posaron en las ramas altas, todos los peces del agua se precipitaron a la orilla, y hasta los gusanos abandonaron sus mudas guaridas, para gozar la melodía del kantele, para saborear la música de Wainamoinen.
El viejo Wainamoinen tocaba con maravillosa destreza, haciendo surgir notas nunca oídas. Tocó por espacio de un día, por espacio de dos días sin interrupción; sin haber tomado más que una sola comida, sin haberse ceñido más que una vez el cinturón, sin haber revestido su túnica más que una sola vez.
Cuando tocó en el interior de su casa, de su casa de troncos de abeto, resonó la techumbre, surgieron ecos de la bóveda, el piso se estremeció, murmuraron las puertas, las ventanas temblaron, oscilaron las delgadas vigas de la chimenea, y danzaron las piedras del hogar. Cuando tocó en medio de los bosques, los abetos se curvaron humildes, los pinos se inclinaron, sus frutos cayeron al suelo, sus espinas se enrollaron en torno a las raíces.
Cuando tocó en los sotos o en las tierras labrantías, las praderas despertaron alegremente, los campos se abrieron gozosos, las flores se sintieron transportadas de amor, y los más tiernos tallos se inclinaron gentilmente.


XVIII
LA GUERRA DE LA LUNA Y EL SOL


El viejo, el impasible Wainamoinen tocó el kantele por espacio de mucho tiempo; y se acompañaba cantando, y en torno suyo estallaba la alegría.
Los melodiosos acordes se elevaron hasta la morada de la luna, hasta el palacio del sol. Y la luna bajó a posarse en la copa de un abedul, y el sol en la cúpula de un abeto, a escuchar el kantele.
Entonces Madre Louhi, la vieja desdentada de Pohjola, cogió a la luna y al sol entre sus manos, los robó, y los transportó a su nebuloso país.
Allí, para impedirle brillar, escondió a la luna en las entrañas de una roca de veteados flancos; y para impedirle irradiar escondió al sol en los profundos de una montaña de cobre. Después alzó su voz y dijo: "¡Oh luna, oh sol: ya no podréis salir de aquí a expandir vuestra luz hasta que yo misma venga a libertaros, hasta que yo venga a buscaros con nueve potrillos nacidos de una sola yegua!"
Y una vez que hubo escondido la luna, una vez que hubo enterrado el sol en la montaña de cobre y roca de Pohjola, fue a robar también el fuego, a extinguir la lumbre en los hogares de Kálevala.
Entonces una noche sin fin, una noche impenetrable y tenebrosa se extendió sobre el mundo desolado; se extendió hasta el cielo, hasta las mismas esferas etéreas donde reina Ukko. Sufrían las plantas de la tierra, se angustiaban los rebaños, desfallecían los pájaros del aire, los hombres morían en el hastío.
El sollo conocía el bramido del mar, el águila los senderos del pájaro en el aire, el viento la ruta de los navíos entre las olas; pero los hijos de los hombres ignoraban cuándo se levantaba un nuevo día, cuándo caía una nueva noche sobre el promontorio nebuloso, sobre la isla de las umbrías.
Los jóvenes se reúnen en consejo; los hombres de edad madura meditan profundamente; todos se preguntan cómo será posible vivir sin la luna, qué va a ser de la vida sin el sol.
Los mozos del consejo, hermanos y hermanas, meditan profundamente, y se encaminan a la fragua del herrero Ilmarinen, y le dicen: "¡Ven, oh herrero, al pie de la muralla; ven, oh forjador, junto a la roca; y fragua allí una nueva luna y un nuevo sol, porque la vida es intolerable cuando el sol no brilla, cuando no derrama su mansa claridad la luna!"
El herrero se dirigió a la muralla, al pie de las rocas, para forjar una nueva luna y un nuevo sol. Con oro forjó la luna; el sol lo forjó de plata.
El viejo Wainamoinen fue a visitar la fragua del herrero; se detuvo en el umbral y dijo: "¡Oh herrero, caro hermano mío, tu martillo resuena sin tregua toda la jornada. ¿A qué trabajo estás entregado?"
Ilmarinen respondió: "Forjo una luna de oro y un sol de plata para colgarlos en la cúpula del cielo, por encima de las nueve techumbres del aire".
El viejo Wainamoinen, dijo: "En vano trábalas, herrero Ilmarinen; el oro no brillará como la luna, la plata no brillará como el sol".
El herrero terminó su obra; después levantó los dos astros entre sus alegres manos, los llevó consigo con el mayor cuidado, y colgó la luna en la copa de un pino y el sol en la cima de un gigantesco abeto. El sudor chorreaba por su rostro, el agua resbalaba de su cabeza mientras se entregaba a esta fatigosa y difícil tarea.
Así fue la luna colgada de un pino y el sol suspendido en la copa de un abeto; pero ni el sol ni la luna resplandecieron.
El viejo Wainamoinen, dijo: "Hora es ya de interrogar al destino; llegado es para el hombre el tiempo de consultar los signos y preguntarles qué camino ha tomado el sol, dónde se ha perdido la luna".

Mitos y Leyendas - Kalevala (V) Y el viejo Wainamoinen, el runoya eterno, cortó unas tabletas del tronco de un álamo, después las barajó, las puso en orden con sus manos, y dijo: "Interrogaré al Creador pidiéndole una respuesta. Dime la verdad, oh signo del Creador; habla, augurio de Jumala: ¿qué senda ha tomado el sol, dónde ha desaparecido la luna, que ya no esplenden en la bóveda celeste?"
El destino reveló su verídico mensaje, el signo de los hombres respondió, declarando que el sol se había refugiado, que la luna se hallaba oculta en las montañas de piedra, en la fortaleza de cobre de Pohjola.
Entonces el viejo Wainamoinen, dijo: "Si yo voy a Pohjola, lograré ciertamente recuperar la luz de la luna, los dorados rayos del sol".
Y el viejo Wainamoinen se apresuró a ponerse en camino. Un día caminó, dos días caminó; al tercer día las puertas de Pohjola aparecieron ante él, la alta mole de piedra se alzó ante sus ojos.
Se detuvo a la orilla del río y gritó con retumbante voz: "¡Traedme una barca para atravesar el río!" Pero su grito no fue escuchado, ninguna barca acudió.
Entonces juntó en la orilla un montón de ramas secas de pino, y le prendió fuego. No tardó en prender la llama, y la humareda se elevó en los aires, en espeso turbión.
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, estaba sentada a la ventana, vueltos los ojos hacia el río. Tomó la palabra y dijo: "¿Qué incendio es ese que arde allá lejos, en la bahía? Para fuego de soldados es demasiado pequeño; para fuego de pescadores es demasiado grande".
El hijo salió al cercado para ver y oír mejor: "Un hombre de soberbia talla se distingue allá, paseando al otro lado del río".
El viejo Wainamoinen clamó por segunda vez: "Oh, hijo de Pohjola, conduce tu barca hacia acá, trae una barca a Wainamoinen".
El hijo de Pohjola, respondió: "¡No hay aquí ninguna barca libre; atraviesa tú mismo el río, remando con tus dedos, haciendo de timón con la palma de tu mano!"
El viejo Wainamoinen se quedó pensando; reflexionó y dijo: "No merecería llamarse hombre aquel que volviera sobre sus pasos". Y se lanzó al agua, como el sollo en el mar, como la trucha en el río; franqueó rápidamente la distancia nadando con uno y otro pie, y llegó a las riberas de Pohjola.
Y Wainamoinen entró en la casa. Allá estaban reunidos los hombres, bebiendo hidromiel, saciándose del melado licor; y todos ostentaban su armadura de guerra y la espada al costado para matar a Wainamoinen. Comenzaron por interrogarle, dirigiéndole estas palabras: "¿Qué pretende de nosotros el miserable, qué nos cuenta el nadador?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Tengo algo peregrino que contaros, una cosa asombrosa sobre el sol y la luna. ¿Dónde se ha refugiado el sol, abandonándonos? ¿hacia dónde ha huido la luna?"
Los mozos de Pohjola, la maldita ralea, replicaron: "El sol, al abandonaros, se ha refugiado aquí; la luna está oculta en una roca de jaspeados flancos, bajo una montaña de hierro. Y no los sacarás de ahí, si nosotros no les dejamos escapar; no los rescatarás si nosotros no les concedemos la libertad".
El viejo Wainamoinen, dijo: "¡Si el sol no es librado de la roca, si la luna no es sacada del seno de la montaña, habréis de véroslas conmigo, espada contra espada!"
Y así diciendo, el héroe desenvainó su espada, desnudó su mordiente acero: la luna brillaba en su punta, el sol resplandecía en su cazoleta, un corcel piafaba en su hoja, un gato maullaba en su empuñadura.
La batalla se entabló, midiéndose las espadas. La de Wainamoinen sobrepasaba a las demás, en el tamaño de un grano de escanda, en el grosor de una espiga.
El viejo Wainamoinen blandió su espada una vez, la blandió dos veces; y como si fueran hojas de nabiza, como si fueran tallos de lino, así segó las cabezas de los hijos de Pohjola.
Después salió en busca de la luna, a liberar al sol de las entrañas del roquedal jaspeado, de la montaña de acero, de la montaña de hierro.
Cuando hubo caminado un pequeño trecho, divisó una isla verdegueante, y en la isla un abedul altivo, y al pie del abedul una espesa roca, y bajo la roca una profunda caverna, con nueve puertas cerradas por cien candados.
Una fisura, una imperceptible grieta se mostraba al pie de la roca; Wainamoinen hundió en ella su aguda espada, su radiante hoja, y la roca se abrió en dos. Y el viejo Wainamoinen, el runoya eterno, trató de hacer saltar las puertas de sus goznes con los puños, de violentar los cerrojos con la virtud de sus palabras; pero las puertas resistieron al puño, los candados no resintieron los efectos de la palabra.
El viejo Wainamoinen, dijo: "El hombre sin armas no vale más que una pobre vieja; el hacha sin filo no es más que un pobre apero". Y así diciendo, volvió a emprender el camino de su país, con la cabeza gacha y triste el corazón, por no haber podido rescatar la luna y el sol.
Y llegó a la fragua del herrero y le dijo: "Oh herrero Ilmarinen: fórjame una horqueta de triple punta, y una docena de afiladas cuñas; fórjame un gran manojo de llaves, para rescatar a la luna de su roca y al sol de su montaña de hierro".
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, satisfizo la demanda del héroe; le forjó una docena de afiladas cuñas, una horca de triple garfio y un gran manojo de llaves.
Madre Louhi, la desdentada vieja de Pohjola, se fabricó unas alas de pluma y levantó el vuelo. Voló primero en círculo alrededor de su casa, después se lanzó a lo lejos, atravesó el mar de Pohjola y fue a posarse junto a la fragua de Ilmarinen.
El herrero abrió su ventana para observar si era la tempestad aquello que se acercaba; pero no era la tormenta: era un buitre gris.
Ilmarinen le dijo: "¿Qué vienes a buscar junto a mi ventana, horrendo pajarraco?"
El buitre respondió: "Escúchame, oh herrero Ilmarinen, oh forjador inmortal: tú eres un hábil obrero, un herrero sin igual".
Ilmarinen, dijo: "No es extraño que se me considere hábil herrero, puesto que yo he forjado el cielo y la cúpula del aire".
El ave volvió a tomar la palabra, el buitre dijo: "¿Qué estás forjando ahora, oh ilustre obrero?"
El herrero Ilmarinen, respondió: "Forjo una carlanca de hierro para encadenar a la miserable vieja de Pohjola a la falda de la montaña".
Madre Louhi comprendió entonces que la desgracia lo rondaba, que la hora del castigo era inminente, y se apresuró a tender nuevamente el vuelo y regresar a su país.
Una vez allí, sacó la luna de la roca y el sol de la montaña; después, transformada en paloma, regresó a la fragua de Ilmarinen.
Ilmarinen le dijo: "¿Qué haces aquí, hermoso pájaro; a qué has venido, oh paloma, al umbral de mi fragua?"
La paloma respondió: "He venido a traerte una buena nueva: la luna está libre de su prisión de rocas, el sol se ha escapado de las entrañas del monte".
El herrero Ilmarinen salió de la fragua y elevó los ojos al cielo; vio brillar la luna, vio al sol radiar en el cielo.
Inmediatamente fue a ver a Wainamoinen y le dijo: "¡Oh viejo Wainamoinen, oh runoya eterno, ven conmigo a ver la luna, ven a contemplar el sol hermoso; ambos han vuelto a ocupar su antiguo lugar en la bóveda celeste!"
El viejo, el impasible Wainamoinen, se precipitó fuera de su casa, y levantando la cabeza elevó sus ojos al cielo: brillaban radiantes los dos astros, el sol había vuelto a su sitio en la celestial techumbre.
Entonces el héroe dejó oír su potente voz, diciendo: "¡Salud, oh luna, que nos muestras tu esplendente faz; salud, oh sol de oro, que resplandeces de nuevo sobre el mundo!
"¡Dígnate, oh sol, salir cada mañana a partir del alba próxima! ¡Dígnate darnos la salud, fecundar nuestras tierras, multiplicar los peces en nuestras redes!
"¡Y tú, luna, sigue tu esplendoroso curso, cumple tu jornada llena de brillo y de frescor! ¡Que tu plenilunio sea glorioso de luz, y que derrame su alegría sobre las horas de la noche!"


XIX
OCASO Y NUEVO AMANECER


Marjatta, la hermosa niña, vivía desde hacía largo tiempo en la ilustre casa de su padre, en la renombrada casa de su madre. Vivía en la inocencia, guardando fielmente su castidad. Se alimentaba de frescos peces y de pan moreno; pero se negaba a comer huevos de gallina que hubiera fecundado el gallo, o carne de oveja cubierta por el morueco.
Su madre le ordenó ir a ordeñar, y ella rehusó, diciendo: "Una doncella como yo no toca ubre de vaca que ha sido llevada al toro; sólo la ordeñaría si aún fuese becerra y, siéndolo, diera leche".
Su padre la invitó a montar en su trineo tirado por el caballo garañón; y ella se negó, diciendo: "Nunca me dejaré conducir por caballo que ha frecuentado yeguas; sólo admitiré en mi trineo un potrillo joven, un potro de cuatro años".
Marjatta, la hermosa niña, la tímida y casta virgen, fue encargada de apacentar las ovejas. Las guiaba por las faldas y cumbres de las colinas, atravesando los bosques, internándose en el espeso alisal, mientras el cuco de oro cantaba, mientras la voz de plata modulaba sus trinos.
Marjatta, la hermosa niña, cuidó largo tiempo su rebaño, que es peligroso menester, sobre todo para una muchacha, ya que la serpiente se desliza por la yerba, los reptiles venenosos infestan el pastizal. Pero ella no tropezó con ninguna serpiente entre la yerba, no encontró reptiles venenosos en la pradera.
Un arándano de la colina, un arándano rojo, alzó su voz y dijo: "Ven, oh muchacha, a recogerme; ven, oh virgen de la fíbula de estaño, del cinturón de cobre, de las rosadas mejillas, ven a arrancarme de mi tallo antes que el gusano me haya roído, antes que la negra serpiente me haya devorado. Ya cien niñas, mil doncellas y una innumerable muchedumbre de muchachos, han llegado a visitarme; pero ninguno ha tendido la mano para cogerme".
Marjatta, la hermosa niña, avanzó unos pasos para ver el pequeño fruto, para cogerlo con la punta de sus lindos dedos. Pero la baya de la colina, el rojo arándano, estaba demasiado alto para alcanzarlo con la mano, y por otra parte, también estaba demasiado bajo para pensar en trepar al árbol. Entonces Marjatta cortó una vara y golpeó con ella la rama hasta que el arándano rodó por tierra.
Y dijo Marjatta: ¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta el borde de mi vestido!" El arándano trepó hasta el borde del vestido. "¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta mi cintura!" El arándano trepó hasta la cintura. "¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta mi pecho!" El arándano trepó hasta el pecho. "¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta mis labios!" El arándano trepó hasta los labios. Y de sus labios pasó a su lengua. Y de la lengua se deslizó a la garganta. Y de la garganta descendió hasta el vientre.
Y Marjatta, la hermosa niña, fue fecundada por el arándano; y su regazo comenzó a henchirse.
Marjatta caminaba desde entonces con el brial flojo, sin cinturón; visitaba secretamente la cámara de baños, deslizándose en las tinieblas de la noche.
Su madre la observaba inquieta, preguntándose sin cesar: "¿Qué faltará a nuestra Marjatta? ¿qué habrá sucedido a nuestra paloma para que camine así con los vestidos sueltos y visite en secreto la cámara de baños entre las sombras de la noche?".
Cuando llegó el décimo mes, la joven virgen se sintió presa de horribles dolores. Y suplicó a su madre que le preparase un baño: "¡Oh madre mía, haz disponer un rincón bien apartado y caliente, para refugio de la doncella, para dar asilo a su dolor de mujer!"
La madre dijo: "¡Oh malhaya la hija prostituida! ¿A quién te has entregado, pues? ¿Ha sido a hombre casado, o acaso a un héroe mancebo?"
Marjatta, la hermosa niña, respondió: "No me he entregado a hombre alguno, casado ni por casar. He ido a la colina a buscar bayas, a coger arándanos rojos; y he tomado uno entre mis labios, y se deslizó por mi garganta hasta mi vientre. ¡El arándano fue quien me fecundó!"
Marjatta suplicó a su padre que le mandase preparar un baño: "¡Oh padre querido, haz disponer un refugio bien apartado y caliente, donde la pobre niña pueda encontrar alivio a sus dolores!"
El padre contestó: "¡Huye lejos de mí, perdida! ¡Vete, mala mujer; ve a refugiarte en el oscuro cubil del oso; y pare allí tus cachorros!"
Marjatta, la hermosa niña, respondió cuerdamente: "¡No soy yo una prostituta, ni una mala mujer! ¡Yo daré a luz un hijo extraordinario, yo pariré un héroe insigne que acabará con el poder de todos los encantamientos, que vencerá al mismo Wainamoinen!".
La virgen se debatía presa de lancinantes dolores, sin saber a dónde ir, a quién acudir, de quién obtener el baño que le era necesario. Tomó la palabra y dijo: "¡Oh Pillti, la más humilde de mis criadas, la mejor de mis sirvientas: vete a pedir un baño para mí por toda la aldea, por todas las casas de Sariola, para que pueda hallar un alivio a mis dolores, un término a mis tormentos. ¡Pronto, no te detengas; mi angustia crece por momentos!"
Pillti, la humilde sierva, dijo: "¿A quién pedir un baño, de quién implorar auxilio?"
Marjatta respondió: "Pide el baño a Ruotus, a Ruotus de Sariola".
La pequeña Pillti, la humilde sierva, desapareció como una vaporosa nube, como un jirón de humo, recogiendo los pliegues de su vestido, y se dirigió a casa de Ruotus. Las colinas se inclinaban a su paso, oscilaban las montañas, las pinas silvestres danzaban en la espesura del bosque, se hundían las movedizas arenas del marjal. Así llegó al término de su viaje.
El horrible Ruotus comía y bebía como un gran señor, sentado a la cabecera de la mesa, y cubierto por una túnica de largos pliegues; una túnica solamente. Sin interrumpir su banquete, preguntó con voz cavernosa, apoyando sus codos sobre la mesa: "¿A qué vienes tú aquí? ¿qué pretendes de mí, harapienta?"
Pillti, la joven sierva, respondió: "Vengo a pedirte un baño donde la parturienta pueda encontrar alivio a sus dolores; donde la infortunada encuentre auxilio y refugio".
La mujer del horrible Ruotus avanzó bruscamente hasta el centro de la estancia, y dijo: "¿Para quién solicitas ese baño, para quién buscas refugio y auxilio?"
Pillti, la joven sierva, respondió: "Es para nuestra Marjatta".
Entonces la mujer del horrible Ruotus se expresó así: "No hay ninguna casa de baños en toda la aldea, no hay ningún baño disponible en Sariola. Pero en la cumbre de la montaña de Kyto, en un bosque de abetos, hay un establo donde podrá parir esa perdida; donde la mala mujer podrá soltar su cachorro. ¡El húmedo aliento del caballo será su baño!"
Pillti, la joven sierva, se apresuró a llevar a Marjatta la respuesta de aquella mala mujer.
Marjatta, la pobre niña, se deshizo en llanto; después tomó la palabra y dijo: "¡Triste es tener que refugiarse como una sierva, como una esclava a sueldo, en la cumbre de Kyto, en la espesura de abetos!"
Y recogiendo los pliegues de su vestido se dirigió apresuradamente, con las entrañas desgarradas por bárbaro dolor, a la choza de abetos, al establo situado en la colina.
Y una vez dentro del establo, dijo: "¡Oh mi buen caballo, oh vigoroso potro: echa sobre mí tu aliento, envuélveme en tu vapor como en un baño dulcemente tibio que sea alivio a mi flaqueza, auxilio y sedante a mi infortunio!"
El buen caballo, el nervioso potro, echó su poderoso aliento sobre el regazo dolorido, y su vaho fue como un baño caliente, como un bálsamo de bendición.
Entonces Marjatta, la pobre niña, la dulce y casta virgen, bañada en el abundante vaho, dio a luz un niño, un tierno niño, entre las pajas del establo, en el pesebre del caballo de largas crines.
Y lavó a su hijo, y lo envolvió en pañales, y lo acostó sobre sus rodillas, apretándolo contra su regazo. Y acarició a su precioso tesoro, su dorado fruto, su báculo de plata. Y le dio de mamar, y peinó sus cabellos, y lo meció entre sus brazos.
Pero, de repente, el pequeñuelo saltó de sus rodillas, del regazo materno, y desapareció.
Marjatta, la pobre virgen, fue presa de un inmenso dolor; y corrió detrás, en busca de su pequeñuelo, de su fruto de oro, su báculo de plata. Lo buscó bajo la rueda del molino, entre las llantas del trineo, bajo el cedazo harinero, bajo los baldes de madera. Lo buscó de árbol en árbol, entre el césped y la delgada yerba. Y en los bosques de abetos, en la cumbre de las colinas, entre los matorrales y el brezal florido, hurgando entre las ramas, excavando al pie de las raíces.
A la mitad de su jornada el sol salió a su encuentro. Marjatta se inclinó ante él y le dijo: "Oh sol creado por Dios ¿sabes tú qué ha sido de mi hijo, mi pequeñuelo, mi manzana de oro?"
El sol respondió sabiamente: "Sí, yo sé lo que ha sido de tu hijo, como sé también que yo he sido creado para alegrar los días y caminar vestido con mi manto de oro, para daros la luz con mis galas de plata.
“Sí, pobre mujer, yo sé lo que ha sido de tu hijo: tu pequeñuelo, tu fruto dorado, está hundido en el cenagal hasta la cintura, enterrado en la landa hasta los brazos".
Marjatta, la pobre virgen, corrió precipitadamente al cenagal, sacó de allí al niño y lo volvió a llevar consigo a casa.
Y junto a la buena Marjatta el lindo pequeñuelo crecía; pero todavía no tenía nombre: su madre le llamaba "botón de rosa", los extraños le llamaban "maldito holgazán".
Se buscó, pues, a alguien que lo bautizase. El viejo Wirokannas se presentó; tomó la palabra y dijo: "No bautizaré yo a un ser sumido en el error, no haré cristiano a un cualquiera si no es examinado y juzgado previamente".
¿Quién se encargará de juzgar al niño? El viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya eterno, fue el encargado de esta misión.
Y el viejo, el impasible Wainamoinen pronunció su sentencia: "Si el niño ha sido sacado del pantano, si ha sido engendrado por el arándano de la colina, preciso será enterrarlo junto a una mata de arándanos, o bien llevarle nuevamente al pantano y allí estrellarle la cabeza contra un árbol".
El pequeñuelo, el niño de dos semanas, habló y dijo: "¡Malhaya el viejo estúpido! ¡Malhaya, viejo ciego, pues has pronunciado una sentencia injusta, un fallo insensato! Nadie te ha llevado a ti al pantano, nadie te ha estrellado la cabeza contra un árbol, cuando has cometido crímenes bastante más graves, bastante más perversas acciones: cuando en tu juventud entregabas a tu hermano, al hijo de tu propia madre, para salvar tu vida. Ni se te ha conducido al cenagal cuando, en tu juventud también, arrojabas a las doncellas en medio de las profundas olas, entre el fango negro".
Y Wirokannas bautizó al niño y le ungió como rey, nombrándole soberano absoluto de Karelia.
Entonces el viejo Wainamoinen se sintió presa al mismo tiempo de una gran cólera y una gran vergüenza. Se alejó, vagando por la orilla del mar; y rompió a cantar por última vez. Y por virtud de su canto creó una barca, una linda barca de cobre.
Después se sentó al timón y puso proa a alta mar; y mientras hendía las olas, alzó la voz y dijo: "Pasarán los tiempos, nuevos días nacerán y volverán a morir. Y entonces nuevamente tendréis necesidad de mí; me aguardaréis, me llamaréis para que os conquiste un nuevo Sampo, para que os haga un nuevo kantele, para que os rescate la luna y el sol desaparecidos. ¡Para devolver al mundo su alegría desterrada!".
Y el viejo Wainamoinen se lanzó en su navío a través de las procelosas aguas hasta perderse en el lejano horizonte, entre los últimos pliegues del cielo. Allí se detuvo con su barca, y allí permanece.
Pero dejó su kantele, su instrumento melodioso, a Finlandia; dejó a su pueblo la eterna alegría, y las sublimes runas a los hijos de su raza.


Fin
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de marzo del 2008