V
En su pabellón, un poco más alejado que el tiro de una flecha de las asediadas murallas, Zenghi jugaba al ajedrez con Ousama. La locura del día había dejado paso al nítido silencio de la noche, roto solamente por los distantes gritos de los delirantes heridos.
—Los hombres son mis peones, amigo —dijo el Atabeg—. Convierto en triunfo la adversidad. Había buscado hace mucho una excusa para atacar Jabar Kal’at, a la que haré un fuerte bastión contra los francos una vez que la haya tomado y reparado los daños que le haya hecho, y llenado con mis mamelucos. Sabia que mis cautivos cabalgarían acá, éste es el motivo por el que levanté el campamento e hice que marcharan hasta aquí antes de que los exploradores encontraran sus huellas. Era su refugio lógico. Tendré el castillo y al franco, que es aún más vital. Puede que si los caphar supieran ahora de mis intrigas con el emperador, mis planes podrían quedar en nada. Pero no lo sabrán hasta que les golpee. Du Courcey nunca les llevará la noticia. Si no cae en el castillo, le ataré entre caballos salvajes como prometí, y la muchacha infiel lo verá, clavada en una estaca.
—¿No hay piedad en tu alma? —protestó el árabe.
—¿Me ha mostrado clemencia la vida salvo cuando avanzo a punta de espada? —exclamó Zenghi, con sus ojos brillando en un momentáneo levantamiento de su apasionado espíritu—. Un hombre ha de golpear o ser golpeado, matar o ser muerto. Los hombres son lobos, y soy el lobo más fuerte de la manada. Porque me temen, se arrastran y besan mis sandalias. El temor es la única emoción que deben sentir.
—Tienes un corazón pagano, Zenghi —suspiró Ousama.
—Puede ser —respondió el turco con un encogimiento de hombros—. He nacido más allá del Oxus y reverenciado al dorado Erlik como mi superior, no soy nada menos que Zenghi el León. He derramado ríos de sangre por la gloria de Alá, pero nunca he pedido su misericordia o favor. ¿Se preocupan los dioses de si los hombres mueren o viven? Déjame vivir con intensidad, déjame saborear la acidez del vino en mi paladar, el viento en mi cara, la magnificencia del esplendor, el brillo de la matanza, déjame quemar y espolear y estremecerme con la locura de la vida y vivir, y no buscaré el paraíso de Mahoma, o el helado infierno de Erlik, o la negrura del olvido que hay más allá.
Como para dar énfasis a sus palabras, se sirvió el mismo una jarra de vino y miró interrogativamente a Ousama. El árabe, que se había estremecido con las blasfemas palabras de Zenghi, ocultó su pío horror. El Atabeg vació la jarra, relamiéndose los labios con placer, al estilo tártaro.
—Creo que Jabar Kal’at caerá mañana —dijo—. ¿Quién me ha vencido? Cuéntalos Ousama: estuvo ibn Sadaka, y el califa, y el selyúcida Timurtash, y el sultán Dawud, y el rey de Jerusalén, y el conde de Edessa. Hombre tras hombre, ciudad tras ciudad, ejército tras ejército, los he destrozado y barrido de mi camino.
—Has vadeado océanos de sangre —dijo Ousama—. Has llenado los mercados de esclavos con muchachas francas, y los desiertos con los huesos de los francos. Aún así no los has diferenciado de tus enemigos musulmanes.
—Estaban en medio de mi destino —rió el turco—. ¡Y ese destino es ser sultán de Asia! Como seré. He unido las espadas de Irak, El Jezira, Siria y Roum en una sola hoja. Ahora con la ayuda de los griegos, ni todo el infierno podrá salvar a los nazarenos. ¿Asesino? ¡Aún no han visto nada, espera a que cabalgue hasta Antioquia y Jerusalén, espada en mano!
—Tu corazón es de acero —dijo el árabe—. Tan solo he visto una gota de ternura en ti, tu afecto por el hijo de Nejm-ed-din, Yusef. ¿Es eso una muestra de arrepentimiento? De todas tus obras, ¿No hay ninguna que te pese?
Zenghi jugó un peón en silencio, y su rostro se oscureció.
—Si —dijo lentamente—. Fue hace mucho tiempo, cuando derroté a ibn Sadaka junto al tramo bajo de su pequeño río. Tenía un hijo, Achmet, un muchacho con cara de chica. Le golpeé hasta la muerte con mi látigo. Es el único acto que no habría hecho. A veces sueño con ello.
Entonces, con un abrupto «¡Suficiente!» empujó el tablero, asustando al ajedrecista. «Debo dormir», dijo, y se arrojó en un diván repleto de cojines, y se quedó placidamente dormido. Ousama abandonó la tienda en silencio, pasando entre cuatro gigantescos mamelucos que con anchas cimitarras estaban apostados a la entada de la tienda.
En el castillo de Jabar, el jefe selyúcida se reunía en consejo con Sir Miles du Courcey.
—Hermano mío, para nosotros ha llegado el final del camino. Las murallas se están derrumbando, y las torres se encuentran a punto de caer. ¿No deberíamos pegar fuego al castillo, cortar las gargantas de nuestras mujeres y niños, e ir a morir como hombres al amanecer?
—Déjanos defender los muros un día más. En un sueño he visto las banderas de Damasco y Antioquia marchando en nuestra ayuda —dijo Sir Miles agitando su cabeza.
Mintió en un desesperado intento de alentar al fatalista selyúcida. Cada uno seguía el instinto de su raza, y Miles iba a aferrarse con unas y dientes al último vestigio de vida antes del amargo final. El selyúcida agachó la cabeza.
—Si Alá lo desea, resistiremos otro día más.
Miles pensó en Ellen, en cómo su viejo espíritu vibrante estaba comenzando a surgir débilmente de nuevo; y en la negrura de su desesperación ninguna luz le iluminaba desde la tierra o el cielo. El encontrarla había retornado a la vida a un largo tiempo helado corazón; ahora con la muerte, la volvería a perder. Con el sabor de amargas cenizas en su boca agachó sus hombros de nuevo, agobiado por la cruel vida.
En su tienda, Zenghi se movía inquieto. Alerta como una pantera, incluso durmiendo, sus instintos le decían que alguien se estaba moviendo sigilosamente cerca de él. Despertándose, se sentó y miró airadamente. El gordo eunuco se paró repentinamente, el vino se le resbalaba por los labios. Había pensado que Zenghi yacía borracho cuando decidió entrar en la tienda para robar el licor que tanto adoraba. Zenghi gruñó como un lobo, su demonio familiar creció en su mente.
— ¡Perro! ¿Soy acaso un gordo mercader para que entres en mi tienda a hurtadillas para engullir mi vino? ¡Lárgate! Mañana te veré.
Un frío sudor perló la lustrosa piel de Yaruktash cuando huyó del pabellón real. Sus gruesas carnes temblaron con la agónica anticipación de la afilada estaca que indudablemente le partiría en dos. Como ejemplo de señor cruel, el nombre de Zenghi era sinónimo de horror entre esclavos y sirvientes.
Uno de los mamelucos del exterior de la tienda le cogió del brazo y gruñó.
—¿Por qué huyes, capón?
Una gran llamarada de luz surgió en la mente del eunuco, así que recurrió a su audacia. ¿Por qué permanecer allí para ser empalado, cuando todo el desierto se abría ante él, y había hombres que le protegerían en su huída?
—Nuestro señor me ha descubierto bebiéndome su vino —jadeó—. Me ha amenazado con la tortura y la muerte.
Los mamelucos rieron, su crudo humor chocó con el susto del eunuco. Entonces se sobresaltaron convulsivamente cuando añadió:
—Vosotros también estáis malditos. Le he oído maldeciros por no vigilar mejor y permitir que sus esclavos le roben su vino.
El hecho de que nunca se les hubiera dicho que impidieran el paso al eunuco al pabellón real no significaba nada para los mamelucos, su juicio se congeló con un súbito miedo. Quedaron atontados, incapaces de tener pensamientos coherentes, con sus mentes como jarras vacías listas para ser llenadas con los engaños del eunuco. Unas pocas palabras susurradas y se largaron sigilosamente como sombras tras los pasos de Yaruktash, dejando el pabellón sin vigilancia.
La noche menguaba. La medianoche había pasado y se había esfumado. La Luna estaba suspendida sobre las colinas del desierto en un mar de sangre. Desde los sueños de grandeza imperial Zenghi despertó, para permanecer aturdido en la semioscuridad de su pabellón. Todo estaba en un silencio que repentinamente parecía tenso y siniestro. El príncipe se encontraba en medio de diez mil hombres armados; aun así se sintió apartado y solo, como si fuera el último hombre vivo en un mundo muerto. Entonces observó que no estaba solo. Mirándole sombríamente desde arriba, una figura extraña y desconocida permanecía en pie. Era un hombre, cuyos andrajos no ocultaban sus demacrados miembros, que a Zenghi le parecieron espantosos. Eran nudosos como las retorcidas ramas de los robles viejos, anudados con montones de músculos y tendones, que se mostraban nítidamente diferenciados, como cables de hierro. No había carne sobrante para proporcionar simetría o encubrir el crudo salvajismo de la pura fuerza. Solo años de increíble esfuerzo podría haber producido ese terrible y monumental sobredesarrollo muscular. Mechones de pelo cano colgaban sobre sus grandes hombros, una blanca barba caía sobre su enorme pecho. Sus terribles brazos estaban cruzados, y permanecía inmóvil mirando desde arriba al estupefacto turco. Sus facciones estaban demacradas y con profundas arrugas, como si hubieran sido esculpidas con un cincel en una helada roca por un amargado artista loco.
—¡Desaparece! —jadeó Zenghi, convirtiéndose por un momento en un pagano de las estepas—. Espíritu diabólico. Fantasma del desierto. Demonio de las colinas. ¡No te temo!
—¡Desde cuando puedes hablar con los fantasmas, turco! —La profunda y hueca voz trajo ocultos recuerdo a la mente de Zenghi—. Soy el fantasma de un hombre muerto hace veinte años, que vuelve de una oscuridad más profunda que el más oscuro de los Infiernos. ¿Has olvidado mi promesa, príncipe Zenghi?
—¿Quién eres? —exigió saber el turco.
—Soy John Norwald
—¿El franco que cabalgaba junto a ibn Sadaka? ¡Imposible! —exclamó el Atabeg—. Hace veintitrés años te condené al banco de remos. ¿Cómo puede un galeote vivir tanto?
—Sobreviví —replicó el otro—; donde otros murieron como moscas, yo sobreviví. El látigo que marcó mi espalda con miles de cicatrices no podía matarme, ni el hambre, ni las tormentas, ni las pestes, ni las batallas. Los años se han hecho largos, Zenghi esh Shami, y la oscuridad profunda y llena de voces burlonas y caras salvajes. Mira mi pelo, Zenghi, blanco como la escarcha, y piensa que soy ocho años más joven que tu mismo. Mira estas monstruosas garras que son mis manos, estos nudosos miembros, que han manejado el peso de los remos miles de leguas durante la calma y la tormenta. Aún así he vivido, Zenghi, incluso cuando mi carne imploraba terminar con esa larga agonía. Cuando me desmayaba sobre el remo, los desgarradores azotes me devolvían el sentido de nuevo, pero el odio no me dejaba morir. El odio ha mantenido el alma dentro de mi torturado cuerpo durante veintitrés años, perro de Tiberias. Perdí mi juventud en las galeras, mi esperanza, mi hombría, mi alma, mi fe y a mi Dios. Pero mi odio prendió una llama que nada pudo extinguir.
»¡Veintitrés años en los remos, Zenghi! Hace tres años la galera en la que trabajaba se hundió en unos arrecifes en las costas de la India. Todos murieron excepto yo, que sabiendo que mi hora había llegado, destrocé mis cadenas con la fuerza y la locura de un gigante, y gané la orilla. Mis pies aún eran vacilantes por los grilletes y los bancos de la galera, Zenghi, pero mis brazos son más fuertes de lo que un hombre puede creer. El camino desde la India me ha llevado tres años. Pero el camino termina aquí.
Por primera vez en su vida, Zenghi supo como el miedo pega la helada lengua al paladar y convierte en hielo el tuétano de los huesos.
—¡Eh, guardias! —rugió—. ¡A mí, perros!
—¡Llámales más alto, Zenghi! —dijo Norwald con su hueca voz resonando—. No te oirán. He pasado a través de vuestra adormecida hueste como el Ángel de la Muerte, y nadie me ha visto. Vuestra tienda permanece desguarnecida. Mira, mi enemigo, vuestra obra ha caído en mis manos, y vuestra hora ha llegado.
Con la ferocidad de la desesperación, Zenghi se levantó de sus cojines, empuñando una daga, pero como un enorme y demacrado tigre el inglés se echó encima de él, aplastándole sobre el diván. El turco atacó a ciegas, sintió la hoja hundirse en el costado del otro; entonces cuando liberó el arma para atacar de nuevo, sintió una presa de hierro sobre su muñeca, y la mano derecha del franco aprisionó su garganta, ahogando su grito.
Cuando sintió la inhumana fuerza de su atacante, un ciego pánico se apoderó del Atabeg. Los dedos sobre sus muñecas no parecían huesos humanos, ni carne ni tendones. Eran como fauces de acero que aplastaban carne y músculos. Sobre los inexorables dedos que se hundían en su garganta de toro, la sangre goteaba de la piel como de un paño podrido. Enloquecido con la tortura del estrangulamiento, Zenghi se aferró a la muñeca con su mano libre, pero podría haber estado retorciendo una barra de hierro que se hubiera soldado a su garganta. Los definidos músculos del brazo izquierdo de John Norwald se inflaron con el esfuerzo, y con un nauseabundo chasquido los huesos de la muñeca de Zenghi se rompieron. La daga cayó de su mano inutilizada, e instantáneamente Norwald la cogió y hundió la punta en el pecho del Atabeg.
El turco soltó el brazo que aprisionaba su garganta, y cogió la muñeca del cuchillo, pero con toda su desesperada fuerza no pudo detener el inexorable empuje. Despacio, despacio, Norwald apretó la afilada punta, mientras el turco se retorcía en sorda agonía. Acercándose a través de la neblina que velaba su vidriada visión, Zenghi vio una cara, cruda, desgarrada y sanguinolenta. Y entonces la punta de la daga alcanzó su corazón, y las visiones y la vida terminaron a la vez.
Ousama, incapaz de dormir, se aproximó a la tienda del Atabeg, preocupándose por la ausencia de guardias. Se frenó en seco, y un extraño temor le erizó el pelo de la nuca cuando una extraña forma salió del pabellón. Reconoció a un hombre alto y de barba blanca, ataviado con harapos. El árabe adelantó una mano tímidamente, pero con cuidado de no tocar la aparición. Vio como la mano de la figura estaba presionada sobre su costado izquierdo, y la sangre manaba pringosa entre sus dedos.
—¿Dónde vas, viejo? —tartamudeó el muchacho, retrocediendo involuntariamente cuando el hombre de la barba blanca fijó sus ardientes ojos sobre él.
—Regreso al vacío que me dio origen —respondió la figura con una voz profunda y fantasmal, que dejó perplejo al árabe. El extraño pasó con lentos, seguros y firmes pasos, para desvanecerse en la oscuridad.
Ousama corrió al interior de la tienda de Zenghi, para detenerse horrorizado a la vista del cuerpo del Atabeg, yaciendo desolado entre las destrozadas sedas y ensangrentados cojines del diván real.
—¡Adiós a las ambiciones de realeza y grandes visiones! —exclamó el árabe—. ¡La muerte es un caballo negro que puede detenerse por la noche en cualquier tienda, la vida es más inestable que la espuma del mar! ¡Infortunio para el Islam, cuya espada más afilada ha sido quebrada! Ahora la cristiandad se regocijará, ya que el León que rugía contra ellos, yace sin vida.
Como un fuego salvaje corrió a través del campamento la noticia de la muerte del Atabeg, y como paja esparcida por el viento sus seguidores se dispersaron, saqueando el campamento antes de huir. La fuerza que los había mantenido juntos estaba rota, y cada hombre pensó en sí mismo, y el botín fue para el más fuerte.
Los macilentos defensores de las murallas, que elevaban los mellados restos de sus hojas con un último grito de lucha, quedaron boquiabiertos cuando vieron la confusión del campamento, las rápidas idas y venidas, las reyertas, los saqueos y gritos, y finalmente la dispersión de los emires y los sirvientes por igual. Aquellos halcones vivían por la espada, y no tenían tiempo para los muertos, aunque fueran regios. Llevaron sus corceles de un lado a otro para encontrar un nuevo señor, en una carrera por ser el más fuerte.
Asombrados por el milagro, aún sin comprender el regalo del destino que había salvado Jabar Kal’t y Outremer, Miles du Courcey permaneció junto a Ellen y sus amigos selyúcidas, contemplando el silencioso y abandonado campamento, donde las rotas y desiertas tiendas ondeaban vanamente en la brisa de la mañana sobre el ensangrentado cuerpo de lo que había sido el León de Tiberias.
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