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Relato Fantástico: Ciudadanía
Gasté la noche en una cárcel de Los Ángeles
Escuche el sonido de las sirenas
Ellos no tienen nada conmigo
Estoy corriendo salvajemente
Estoy corriendo libre

Estoy corriendo libre, Sí. Estoy corriendo libre
Estoy corriendo libre, Sí. Estoy corriendo libre

(Running Free de Iron Maiden)
Por M.C. Carper

Relato Fantástico - Ciudadanía — ¡Treinta y siete! —gritó el empleado municipal desde su oficina. El marcador con los números digitales estaba descompuesto, desde luego. Una muchacha con demasiada pintura de ojos y el cabello alzado con fijador, se dirigió con expresión de desprecio hasta el viejo escritorio de madera.
Una pareja de ancianos ocupaba el único banco de la sala, casi un pasillo; todos estaban hacinados esperando turno. Un delgado drogadicto miraba a un lado y a otro, hecho un amasijo de nervios, a centímetros de una obesa mujer que hedía su humanidad sin noción de higiene mientras cinco niños, famélicos y piojosos, tironeaban de ella.
Sálvat los contemplaba de pie, bajo un tubo fluorescente que no se decidía a encenderse. Demasiadas cosas ocupaban su mente, eran más de las catorce horas y le sería imposible retornar a tiempo a su trabajo. Vosana, su novia, había ido a pedir bonos prestados a una tía. Algo que detestaba, pero no podía impedir y lo peor era que, hiciese lo que hiciese, no lograría comprarse una moto. Apenas podía pagar la renta y arreglárselas a trompicones con los escasos bonos de comida.
Recorrió uno a uno los rostros y no halló felicidad en ninguno. Del fondo del pasillo llegaban las carcajadas de tres chicas. A su juicio, sólo fingían estruendosamente para llamar la atención sobre sus existencias anoréxicas, ni ellas mismas creían en su alegría.
Pidió convidado un cigarrillo a un chico que no pasaba de los doce años. El pequeño lo miró estudiándolo, recorriendo con ojos taimados su campera de cuero, los vaqueros negros, las zapatillas altas. Sálvat le devolvió el mismo tipo de mirada. El rostro apenas se entreveía bajo la melena color paja, mientras el tubo, tras él, no paraba de guiñar. Con una sonrisa cómplice, el niño, le tendió un cigarrillo, alargando la llamita de su encendedor.
—Gracias. —dijo Sálvat.
No alcanzó a dar dos pitadas cuando oyó gritar su número.
Se encaminó con prisa hacia el mostrador escritorio, las manos en los bolsillos de la campera. Vio el letrero de No Fumar, pero lo ignoró.
El empleado público era un viejo calvo y gordo, vidrios gruesísimos cubrían sus ojos, amenazando resbalarse de la nariz. Lo miró por encima de las gafas.
—Apágalo. —dijo el hombre sin pestañar.
—Acabo de encenderlo.
—Puedo retrasar tu Ciudadanía un año más, tú decides. —el viejo le dedicó una sonrisa, las curvas de la boca le daban el aspecto de un sátiro cruel.
Sálvat aplastó el cigarrillo contra una piedra cuadrada y se sentó dejándose caer ruidosamente. Aún sentado no conseguía disimular su estatura: dos metros exactos. La espalda ancha y los pectorales amplios remarcaban siempre la vestimenta, incluso con una campera de cuero. Un gigante con bíceps como bolas de acero no podía pasar inadvertido en ninguna parte. Odiaba ser tan alto y tan grande. Podía sentir juicios de envidia, sonoros como gritos dentro de su cabeza. Desde niño sufría el tormento de saber los pensamientos de la gente, una particularidad que podía considerarse mutación y que escondía a todo el mundo. En adición, el color claro de su cabello, provocaba antagonismo. Sin embargo nadie se atrevía a hacerlo abiertamente, los hoscos ojos oscuros y los enormes puños hacían desistir al más osado.
El viejo resopló por la nariz para echar un vistazo en la solicitud.
—Sálvat —leyó—. Dieciocho años. Un hermano. Sin registros ni antecedentes judiciales. Empleado de la Bovino Productos. No hay constancia de empleos anteriores ¿Qué hacías?
—Mecánica. Arreglaba autos en la vieja autopista, la que va de Tronder a Ciudad Oro.
—Aja —masculló el empleado—. Las estaciones de servicio no son tan seguras como esta ciudad ¿Naciste ahí?
—Sí. —fue la seca respuesta.
— ¿No serás uno de esos mutantes del desierto, no? ¿Uno de esos ladrones nómadas?
Sálvat no respondió, el viejo le desagradó desde un primer momento. Emanaba toda clase de pensamientos con fantasías pederastas.
—Bueno —continuó el funcionario—. Tus exámenes médicos están bien, aquí tienes.
El joven tomó la diminuta tarjeta, su documento de Ciudadanía. Llevaba meses esperándolo. Todo el mundo insistía en la importancia de estar registrado y pertenecer a una Ciudad-Estado. Los anuncios de TV no paraban de repetir que esa era la base del futuro. Una manera de volver a empezar, de dar una nueva forma a la civilización después del holocausto ecológico.
Salió de aquel lugar que lo ahogaba y al pisar la calle guardó el plástico. El cielo estaba cubierto con el gris oscuro de los humores fabriles, la humanidad vibraba en el ambiente de empedrados transpirados. Caminó eludiendo montones de basura donde competían los desamparados por algo de valor. Una ráfaga de frío lo asaltó al doblar la esquina, se enlazó la bufanda blanca distraído con los edificios bajo la tenue llovizna.
La ciudad se llamaba Austra. Era una ciudad nueva como solía decirse, construida sobre sus propios cimientos. Muchas otras eran asentamientos de viejas urbes en ruinas. Refaccionadas o demolidas para aprovechar los materiales.
Austra era la última ciudad del continente. Aún no había cumplido el centenario, pero la polución ya era visible. Sus treinta mil habitantes censados usaban la electricidad producida por las mareas del negro mar del sur. La gran masa de agua se extendía hasta los glaciares que avanzaban desde el polo. Ningún otro provecho podía brindarles, los escasos peces eran incomibles y las playas contenían gérmenes desconocidos. Algunos osados construían villorrios flotantes en esa costa. Lo llamaban el barrio de los marginales. Ahí podían pagarse servicios sexuales por un simple bono de comida.
A quinientos metros de la costa se levantaban los Monobloques en alquiler. Cúbicas construcciones de diez pisos para albergar a cuatrocientas familias, era el sitio donde vivía Sálvat, la avenida que salía a la ruta norte atravesaba esas viviendas. Un kilómetro hacia el oeste se hallaba el centro comercial con otra populosa avenida y el Barrio Amurallado. Rodeaban esas zonas, dos villas de emergencia bajo una ruinosa autopista, un fósil de la época anterior. Había muchos desarmaderos allí, el mercado negro de auto partes que se convertía en un encuentro para picadas o escenario para festivales.
El complejo de las fábricas Bovino Productos estaba alejado de la ciudad. La mayor parte de los habitantes de Austra trabajaban en el. Sálvat pudo ver, al salir a la ruta, las torres cilíndricas de cría. Tenían cinco pisos, cada uno con lo necesario para el crecimiento de los bueyes. Era la mejor imitación de los campos que se habían extinguido. Las paredes circulares con alambrado electrificado eran de vidrio para que los animales no se sintiesen tan encerrados. En el centro de la torre había montacargas para bajar el ganado hacia los subsuelos donde se manufacturaba la carne. El joven cruzó el cerco de alambre hacia un grupo de construcciones bajas, las oficinas de expedición. Los mugidos de las bestias llegaban hasta él desde los pisos altos; podían verse pastando, encerradas en las torres. También le llegó el hedor. Era lo que menos soportaba de la ciudad. Todo producía olores de putrefacción: las cloacas, la basura, las casas, el matadero… El único aroma que no le molestaba era el de la nafta, pues le recordaba otra época de su vida.
Antes de llegar a la guardia lo interceptó un tipo bajo con una carpeta en las manos. Tenía un rostro cuadrado, muy blanco, que a Sálvat le parecía lechoso. Usaba muchos cosméticos más un perfume picante y no era mezquino para ponérselo, un verdadero suplicio para el olfato. Se llamaba José María, el jefe de su línea de producción. El muchacho prefería decirle “Moco de Otro”, porque nadie lo tragaba.
— ¡Sálvat! ¿Hasta qué hora tenías permiso? —le dijo.
—Hasta las tres. —dijo el muchacho mirando de reojo el reloj que marcaba las quince y un minuto.
—Aún no estás cambiado. Estamos muy retrasados hoy ¿Y el pelo?
¿Cuándo piensas cortártelo?
Sálvat se miró la punta de los pies. Moco de Otro pensó que era un gesto de sumisión. Nada más lejos de la verdad, el muchacho se preguntaba si lo soportaría un minuto más o le partiría la espalda de un rodillazo. La mente del jefe lo hastiaba, era un amasijo de complejos por su apariencia. Irónicamente repetía en voz alta que se sentía orgulloso de su aspecto. Era un tipo de hipocresía habitual entre los habitantes de la ciudad. Sin levantar el rostro dijo:
—Me lo pongo bajo la gorra.
—Ya conoces el reglamento. Apúrate y ayuda a tus compañeros.

El día de trabajo pasó con el tedio habitual. Desafiando las prohibiciones de Moco de Otro escuchaba la música de la radio a todo volumen:

Masticando esta siniestra heredad, prisionero estoy en mi ciudad natal
Donando sangre al antojo de un patrón por un mísero sueldo
Con el cual no logro esquivar, el trago amargo de este mal momento.
Mientras el mundo, policía y ladrón, me bautizan sonriendo, Gil trabajador

Sálvat deseaba pasar al matadero donde la paga era mejor. Se decía que en ese lugar podía sacar algo de carne si compartía con los guardias. Él hacía los cortes de las reses. Aunque era muy peligroso y evitado por la mayoría, en ese lugar se desenvolvía bien debido a su fuerza. Es cierto que terminaba mojado en sangre de buey, pero las duchas eran lo mejor. En su cuarto alquilado no tenía agua y la aprovechaba al máximo aunque no podía abusar.
A las dieciocho horas sonó la chicharra, la bocina que anunciaba el final del turno mañana.
En los vestuarios se hablaba de todo: familia, el campeonato, la televisión o la radio y el conventillo habitual del trabajo. Sálvat no sabía callarse, tampoco entendía la falsedad. Eso de sonreír o fingir una actitud hacia otro individuo era algo que nunca había tolerado. Por supuesto le había acarreado muchos problemas. Moco de Otro sabía que él lo había apodado así y lo odiaba por ello, aunque jamás se lo había reprochado. Simplemente estaba dispuesto a arruinarle la existencia cuando podía.
Los empleados viejos eran los peores. Decían no querer meterse en problemas, pero no dejaban de informar a sus superiores todo lo que pasaba en el día, al detalle. Vivían con miedo a perder el trabajo y eran capaces de cualquier cosa con tal de evitarlo. El bullicio de todo ese cuchicheo atacaba la mente de Sálvat como si miles de moscas se le metieran en los oídos.
Cuando salía de la Bovino Productos, exhalaba un suspiro cual si un enorme peso lo abandonara.
Caminó las habituales veinticinco cuadras hasta el apartamento. Un colectivo podía llevarlo gratis desde la empresa, pero la sola idea de pasar unos minutos adicionales con sus compañeros lo hacía desistir.
En el recorrido contempló la actividad de siempre. Las colas interminables hasta los pozos de agua o las proveedurías con los cupones de comida. Las salidas de las fábricas con los grupos de desempleados ofrecidos, dispuestos a vender su alma por un día de trabajo. Esquivó a los cartoneros tirando de carritos repletos de basura para ingresar a una zona sin iluminación, un gran terreno cercado para reciclar desperdicios. En las paredes había afiches pegados de publicidad variada. Llamaron su atención dos en particular. La insistente propaganda de Progreña para hacerse ciudadano. Ese país prometía viviendas y bienestar, pero estaba en el extremo norte del continente. Austra era el último asentamiento del Distrito Sur, no podía estar más apartado. No simpatizaba con los norteños, varias veces había visto como sus máquinas robóticas masacraban mujeres y niños del desierto. Otros carteles anunciaban un recital organizado para el fin de semana. Un par de grupos locales haciendo versiones de viejas bandas y un concierto en DVD por pantallas gigantes. Live & Loud, del viejo primer vocalista de su grupo preferido.
No puedo perderme eso, pensó.

Relato Fantástico - Ciudadanía Doscientos metros después comenzaba la siguiente zona urbanizada. El fastuoso hotel “Emperador” derramaba su luz sobre la calzada y en los brillosos capots que los chóferes lustraban incansables. Cerca de la entrada estaban los botones y las acompañantes con sus breves vestidos calzados hasta la asfixia. La mejor amiga de Vosana, había encontrado un lugar allí. Sálvat había despotricado contra ella una semana, pensando que había muchas cosas para hacer antes de prostituirse.
No muy lejos estaba el bar de Beto.
Era el lugar de encuentro de los grupos de aquel rincón de la ciudad. Cuatro mesas, dos pooles, una barra para diez personas, un solo baño y una fonola. En la vieja heladera de madera sólo había cerveza, ninguna otra bebida existía ahí. Cruzó el frente del negocio con paso rápido para pasar inadvertido, pero oyó gritar su nombre desde el interior.
Con una sonrisa reconoció que había sido capturado escabulléndose. Todos sus colegas estaban ahí esa tarde. Gab, con sus dientes cruzados haciéndolo salivar anormalmente, el negro Nelson, Nando con sus párpados caídos y la barba mal crecida, Ouija, estirado, muy blanco de tez y siempre vestido de negro y el pequeño Kruel con más tachas que cuero sobre su flacucho cuerpo. Era el más bajo del grupo y en su rostro siempre aparecían manchas rosadas y oscuras.
— ¿Cómo va, Sálvat? Hazte amigo. —lo invitó Gab señalándole las botellas de cerveza y los enormes jarros espumando. La mesa y el suelo estaban sembrados de colillas. Nelson le convidó un cigarrillo que no demoró en llevar a sus labios. Un vicio nuevo para él, igual que la cerveza. Estrechó sonoramente las manos de todos y se sentó. Tenían razonamientos simples, apenas se ocupaban de comer, dormir y orinar. A veces, las hormonas les recordaban sobre cierta necesidad básica, pero lo reemplazaban con alcohol o drogas. Escuchar sus mentes no perturbaba demasiado a Sálvat.
—Oímos la bocina hace veinte minutos. Era hora de que llegaras. —los ojos alargados de Nelson ya estaban vidriosos por el alcohol. Aunque era un desempleado no faltaba el atado de cigarrillos en los bolsillos de su chaleco, tan gastado que era difícil adivinar el color original
— ¿Mataste muchos bueyes?
—No quiero hablar de trabajo. Todos los días tengo que esforzarme para no mandarlos al diablo. —replicó Sálvat.
—Pero ya te hiciste ciudadano ¿No? ─Nando masculló con el cigarrillo siguiendo el ritmo de sus palabras.
—Sí. Desde hoy soy un austrano más, espero que Vosana se alegre.
— ¿Vas a ir al recital del Puente? Es pasado mañana, ya están vendiendo las entradas. —dijo Gab mostrándole la que él había comprado.
—¡Pero si no te gusta ese vocalista!
—Las voy a revender. No debe haber muchas copias de Live & Loud. Con lo que saque voy a conseguir una copia de Cielo e Infierno o Los Últimos en Línea.
—La mejor época es la de Paranoico o Volumen Cuatro. —terció Nando que siempre estaba dispuesto a discutir.
—Ídolo Eterno, me gusta mucho. —agregó Nelson que defendía todo el tiempo a Martin, el noveno o décimo cantante de la mítica banda.
—Cierto —dijo Ouija acotando el comentario, rara vez lo hacía. Nando le tenía desconfianza porque siempre andaba leyendo libros de ocultismo—. Después estuvo Powell en La Cruz Decapitada y Tyr.
—Son buenos —apoyó Gab—, pero los primeros ocho discos siguen sin gustarme.
— ¡Estás loco! —rió Kruel y tarareó estúpidamente—: ¡Psychoman! ¡Psychoman!
—Es la formación original —indicó Sálvat—. Todos los clásicos están ahí.
—Clásicos son Dios Computador, Los Chicos del Mar o Las Reglas de la Mafia. —siguió defendiendo su postura Gab.
—Séptima Estrella y Renacer son discos para escuchar con atención. —Nelson no discriminaba ningún álbum de la banda.
—¡Psychoman! ¡Psychoman! —continuaba canturreando Kruel.
— ¿Hughes? —se atragantó Nando— ¿Sabes lo que dicen? Que suena como una flauta dulce acompañada de una locomotora. —miró a Sálvat, pero éste no hizo comentario. También le gustaba ese CD, como Prohibido y el del grupo Heaven and Hell. Los trabajos posteriores de los cantantes, fuera de la banda, le agradaban de igual forma. Compartía esa opinión con Nelson, ambos podían pasarse horas escuchándolos a todos.

Aquellas discusiones le divertían. Hablaban sobre músicos que ya no existían ni volverían a aparecer. Las bandas no contaban con mucha infraestructura en esos días. Los recitales eran proyecciones de películas de doscientos años en pantallas gigantes, todo era virtual. Otros elegían los juegos en red de los locutorios con Internet, huir de la realidad sin importar cómo. Si llevando un MP7 todo el día con la misma canción o inyectándote un veneno para suicidarse lentamente. Para todas estas evasiones se necesitaba dinero. La gente de las ciudades se mataba para conseguirlo, mientras sufrían de agorafobia. Podían permanecer encerrados entre cuatros paredes sin luz ni comida.
Vosana le recriminaba cada vez que tenía oportunidad por un televisor, pero siempre le faltaba dinero. Esos pensamientos lo ponían de mal humor.
Algo más le molestaba. Con furia en los ojos miró a los cuatro tipos escandalosos que festejaban al ritmo de la música bailable que sonaba en la fonola, sin quitarles la vista de encima gritó:
—Hey, Beto ¿Quién fue el mono ignorante que puso esa basura?
El dueño del bar no dejó de secar los vasos en la barra. Conocía a Sálvat, era un cliente habitual que pagaba con los bonos de la Bovino productos. A los muchachos de la mesa de pool apenas los había visto un par de veces.
—Eh, loco —dijo uno de ellos moviendo el taco como un garrote—. Yo puse la música ¿Te jode?
Sálvat se puso de pie sacándole casi tres cabezas. No dijo palabra. La oscura mirada hizo añicos el espíritu desafiante de los cuatros jóvenes.
—Voy a poner algo mejor. —dijo cuando reconoció que no habría pelea.

Se entretuvo en el bar de Beto media hora más. Disertando sobre Heavy Metal, injusticias y malos romances. Cuando todos estuvieron somnolientos y medio borrachos, retomó la calle hasta el callejón que comunicaba con la parte trasera de los monobloques. En la esquina se escondía uno de los travestis del barrio ofreciéndose a posibles clientes, ambos fingieron no mirarse.
La llovizna comenzó, otra vez. Al pie de la escalera estaba un mendigo con una máscara respiratoria, las manos y los brazos vendados. Uno de tantos heridos en la guerras ciudadanas. Por un instante cruzó su mente darle un cupón de comida, pero en un segundo pensamiento se dijo que la mejor caridad empezaba por uno mismo.
En el descanso de la escalera estaba Vosana con tres tipos rodeándola. Eran Cabezas Rapadas, corpulentos, llenos de tatuajes y armados con garrotes. No entendía esa afición de seguir religiosamente una forma de pensar que sólo existía en revistas antiguas. No se trataba de escuchar una clase particular de música, sino de odiar. Después del holocausto que contaminó los mares y dejó habitable un solo continente, los sobrevivientes olvidaron razas y credos para poblar lo que quedaba; nadie podía decir que conservaba pureza racial. Los genes se habían mezclado tantas veces que todos tenían algo de otros. Encontrar diferencias era un talento único en el hombre y esos Skinheads se creían distintos. Desde donde estaba no conseguía oírlos, pero era evidente que estaban acosando a su chica. Llegó hasta ellos sin sonreír.
— ¿Qué onda? —dijo. No respondieron, sólo rieron haciéndose a un lado. Sálvat trató de recordar los rostros. Uno era bajo de remera gastada gris y gorra. Los otros eran corpulentos con musculosas. Sólo el jefe se cubría con una casaca camuflada y todos usaban enormes borceguíes.
—Todo bien, Sálvat. Como no llegabas nos preocupamos por tu mujer. —le dijeron sin ninguna expresión. Sálvat percibía sus intenciones e hizo esfuerzos para contenerse. Había mucha podredumbre en sus pensamientos, eran asesinos que disfrutaban causando dolor en indefensos, unos malditos cobardes. En otra época los hubiese matado, pero la influencia del inconsciente colectivo de la ciudad lo había ablandado. Ahora pensaba muchísimo en sus acciones, sus instintos estaban tan apagados que ya no recordaba como utilizarlos. Todo a su alrededor obedecía a ideas y preconceptos muy encasillados, como las piezas de un rompecabezas. Empujó a Vosana al interior y aseguró las tres cerraduras de la puerta blindada. Se vendían puertas inteligentes anti intrusos, pero ni un año de trabajo sería suficiente para comprarlas.
Vosana le lanzó una mirada de furia, sostenía con demasiada energía una bolsa de compras. Era una chica menuda, sin nada llamativo. Apenas tenía busto y sus caderas siempre desaparecían dentro de los pantalones. Usaba el cabello castaño, cortado sobre la nuca. El detalle más bello del rostro era la mirada de ojos pardos, aunque la pequeña nariz puntiaguda opacaba ese encanto. No era una chica orgullosa de su cuerpo, todo lo contrario: sentía una tremenda vergüenza cada vez que usaba una minifalda o un escote.
— ¿Dónde estabas? —recriminó él.
— ¿Me lo preguntas a mi? Me cansé de esperarte, hace dos horas que saliste del trabajo.
Sálvat calló, sabía que había demorado sin razón en el bar de Beto. No había sido su intención, pero no percibió que transcurriera tanto tiempo.
—En el bar me ofrecieron entradas para el recital del puente. —se excusó nada convincente— ¿Quieres ir?
—No me gusta tu música, es un ruido ensordecedor lleno de gritos —los ojos de Vosana fueron inexpresivos, muy huidizos. El cabello desteñido enmarcaba la cara flaca y la amargura en la boca sin labios—. Estuve con Raquel viendo la telenovela. Traje unas tartas que hicimos juntas.
—Sí —Raquel conseguía bonos diariamente como prostituta—. Había muchos autos frente al Emperador.
—Me lo dijo. Por suerte ahora tiene tres clientes fijos.
—Sí. Sólo tiene que fingir unas veinte veces por día con viejos babosos o descerebrados del barrio de los marginales… Me pregunto si después hará el amor con su novio.
La ironía encendió de ira a la chica. Murmuró obscenidades mientras él se dirigía a la heladera.
—Por lo menos no le debe nada a nadie. —explicó ella.
Sálvat ignoró el comentario. Su humor no mejoró cuando sólo encontró dos yogures dietéticos y medio pote de queso sin sal en el refrigerador. Cerró la puerta de un golpe.
—Veamos esas tartas. —exclamó tirándose de espaldas en el único sillón. Vosana, que odiaba cocinar, recibió su actitud con apatía. Puso la comida en el viejo microondas que hallaron entre la basura, en un insomne vagabundeo. Prendió la radio sintonizando una estación de música rock, los programas nocturnos eran muy entretenidos. En muchos participaban los oyentes por e-mail o teléfono. Ellos carecían de ambos, eso los hacía sentirse ajenos a la ciudad. Marginados que únicamente podían ver como otra gente disfrutaba de un mundo inalcanzable.
Cuando las tartas estuvieron calientes las arrojó en el regazo de Sálvat y se retiró al dormitorio sin probar bocado. Todas sus esperanzas habían caído al vertedero cuando el Centro Comercial decidió despedirla junto a la mitad de las empleadas, ahora su existencia era angustia y envidia. Sálvat no sabía cómo ayudarla, no podía entender una sociedad donde la gente moría de hambre en la vereda de un supermercado atestado de alimentos.
Su relación empezó como tantas: repleta de ilusiones y falsas expectativas. Aún se tenían afecto, ninguno deseaba la desgracia del otro, pero no eran felices juntos.
Sálvat devoró las tartas sin masticarlas, apenas reconociendo con la lengua de qué estaban hechas. Rió amargamente con los locutores de la radio para, agotado y desaseado, dirigirse al dormitorio.
Allí estaba Vosana, sobre la cama. El resto del lecho sin una arruga. Los ojos cerrados en una expresión amargada. Los auriculares del MP7 le devolvían las canciones de siempre; una y otra vez en la semioscuridad. Tenían pistas para causar distintas impresiones sensoriales, pero está la había encontrado en el basurero y no tenía idea que le trasmitía, sólo era conciente de que era adictiva. La rutina que se repetía como una lenta letanía de aburrimiento y hastío; la música se convertía dentro del cerebro en un sonido abstracto, sin esperanza, donde sólo cobraba importancia la tristeza… El vacío… Y el fracaso.

Relato Fantástico - Ciudadanía Sin voluntad siquiera de romper a llorar; en realidad no recordaba la última vez que había llorado de verdad. Sálvat se sentó a su lado, tocó sus hombros helados. Tras un momento, ella lo miró y apartó el reproductor.
El sexo fue rápido. Agotador como la tórrida noche, lleno del sudor y la mugre del día. Ambos sentían las sábanas pegadas a la humedad del cuerpo. El olor a transpiración impregnó la habitación, ninguno tuvo fuerzas para irse a lavar, de todas maneras no contaban con la suficiente agua. Se abandonaron al sueño. La fatiga y la desazón corrieron la cortina de otro día más.

Despertar sobresaltado era un tópico habitual en la vida de Sálvat. La bocina de las fábricas aullaba su último aviso a la ciudad cuando aún las penumbras de la noche se resistían a retirarse. Se vistió apresuradamente. La cerveza todavía martillaba sus sienes revolviéndole el estómago, ni se le ocurrió bañarse.
Al llegar a la calle vio aparecer un colectivo de la empresa en la esquina. Sus largas piernas se movieron. Bien conocía las sanciones disciplinarias por incumplimiento en los horarios. Si le descontaban otro día, no podría pagar el alquiler. Con el corazón saliéndose por la boca llegó al portón enrejado. Trepó y se lanzó al otro lado. Sin mirar a nadie, cruzaba la oficina de expedición rumbo al reloj marcador cuando descubrió que había olvidado la tarjeta de entrada.
— ¡Mierda! —gruñó.
Moco de Otro se acercó sin sonreír.
—Hasta aquí llegamos, Sálvat. Tomate el día para pensar.

Ante la posibilidad de perder su medio de sustento era natural sentirse abatido por la incertidumbre, pero al mismo tiempo lo dominaba una sensación de alivio. Una libertad de posibilidades que hacía mucho no conocía. No lamentaba para nada el no tener que regresar jamás a la Bovino Productos, ni volver a ver a muchos de sus compañeros.
Sin rumbos, sus pasos lo llevaron al Puente, a la autopista en ruinas. Tal vez fue el rumor de las motos o las armazones del escenario, no le importaba mucho. Subió las gradas de las precarias tribunas que rodeaban el campo y las pistas. Pocas personas contemplaban la tarea de los electricistas y los plomos. Un poco apartado, atento a otro lugar, descubrió a Kruel, el drogón que solía reunirse en el bar de Beto. Tenía encima la constante campera de tachas que era ya su segunda piel. Con los párpados semi cerrados y la mirada perdida parecía transportado en un sueño.
— ¡Kruel! —saludó Sálvat y enseguida se acomodó a su lado.
— ¿Uh? —fue el simple recibimiento.
—No me dejaron trabajar hoy.
Kruel rió. Su manera de hacerlo estaba llena de “Huhs”. Así reaccionaba ante accidentes, desgracias y toda clase de malas noticias, en ningún momento apartó la vista de la ruta. Sálvat siguió la dirección de su atención.
Era una XTX Seiscientos monocilíndrica, una moto de enduro equipada para rally. Era fácil distinguir el agregado de muelles más robustos en la horquilla delantera y un tanque de combustible agrandado para tener más autonomía. Sálvat conocía ese modelo. Había varios en dos versiones de pintura: unas azules con amarillo, otras blancas con rojo. Aunque Sálvat prefería las azules no dejó de contemplar aquella blanca.
— ¿Quién es ése? —preguntó a Kruel.
—Viene para la competencia del mes próximo. No sé de dónde es, pero se llama Randy Ráfaga.
—Es bueno y tiene una buena máquina.
—No se compara a volar. Con un poco de “Jet jet” puedes alcanzar más velocidad de la que puedas imaginar.
— ¿Jet jet? ¿Qué sabes de conducir una moto en la ruta, Kruel? Sentir el viento y ver el mundo quedar detrás de ti no puede sustituirse con una píldora.
—Él que no sabe eres tú. Todo son químicos inyectándose en nuestro cerebro ¿Qué importa si son artificiales o no? ¡Hay que vivir, hombre!
—Lo que tú digas ¿Y qué estás haciendo aquí?
—Reservé unos lugares para Gab, su idea de piratear esto es idiota. Yo puedo robar ese recital con mejor resolución y sonido —Kruel tamborileó los dedos en la notebook que tenía a su lado—. Con algo de ingenio puedes entrar en cualquier lado.
—Si te pescan los del Aro Dorado o los perros guardianes de Sapuko no dejarán ni tu recuerdo. —Sálvat se refería a dos grupos internacionalmente conocidos de ciberpiratas. Se injertaban todo tipo de artilugios mecánicos en miniatura y conectores neurales. A nadie se le ocurría interferir en sus asuntos pues parecían gozar de impunidad para todo.
—Al menos así me gano la vida. —volvió a reír Kruel, no había trabajado ni un minuto de su existencia, pero era hábil en muchas cosas. Conseguía ganar mucho para perderlo todo, no era nada constante. Siempre terminaba vendiendo por casi nada: televisores, autos, y hasta viviendas. Aun así, cada vez que lo encontraba, llevaba dinero encima.
— ¿Cómo lo haces? —indagó el más alto.
—Voy a los sitios adecuados. Ahí —señaló con la cabeza el Barrio Amurallado, las casas de los ricos de Austra—. Me hago conocer entre esos chicos perdidos que se la pasan navegando. Me facilitan la entrada a lugares caros. Esas sucursales de Delfín Negro. Llenas de hackers, invertidos y tratantes. Todo se trafica donde hay dinero… y vicios. —abrió la solapa de cuero para mostrarle tres bolsitas plásticas de una sustancia rosa.
—¡Trescientos gramos de Jet jet! En un principio eran cuatrocientos, pero no pude resistirme.
El sonido de la risa ululante sólo provocaba en Sálvat la certeza de que su amigo estaba un poco loco. Las drogas le parecían inútiles, contemplar a alguien dopado era un espectáculo patético. Él no quería verse así, lo consideraba debilidad. Y ser traficante le parecía sumamente arriesgado, no por la justicia sino por la competencia. En esos días, los terribles monopolios informáticos se disputaban los millones de cibernautas que adquirían productos ilegales, pero permitidos en todas partes.
Eran las reglas de la mafia, La Ciber Mafia donde la alta tecnología se confundía con los linyeras, el rock y las drogas más fuertes.
Un movimiento abajo llamó su atención.
Estaban golpeando a Randy Ráfaga con palos, el pobre tipo ni se defendía. Sálvat reconoció a los agresores, eran los skinheads de la noche anterior.
— ¡Vamos! —apremió a Kruel que lo observó incrédulo—. Lo están matando.
Kruel se mordió el labio inferior lleno de piercings y riendo se lanzó a la carrera tras su amigo. La distancia era mucha. Cuando los skins los vieron tomaron la XTX Seiscientos y huyeron montados en ella. El cuerpo del piloto aparecía quebrado y manchado de sangre, los bastones de los cabezas rapadas podían partir un cráneo de acero. Antes de tocarlo, Sálvat supo que estaba muerto. Se quedó mirándolo.
—Vámonos, hermano —lo azuzó el más bajo—. No es bueno que nos encuentren con este fiambre.
Lentamente emprendieron la marcha hacia el centro de la ciudad.

Pararon en una esquina donde Negro Nelson cuidaba un puesto de la Feria de Nostalgias. Así llamaban a los negocios que vendían antigüedades, aparatos eléctricos que no funcionaban o partes de cosas que nadie entendía para qué servían. También vendían grabaciones piratas y utensilios raros. Allí llegaba ese software mal copiado o demasiado usado que poco aportaba a un conocedor, pero lo que si eran considerados tesoros eran las historietas. El noventa por ciento consistía en fotocopias, los originales eran imposibles de pagar para alguien que no viviese en el Barrio Amurallado. Sálvat leía cuanto podía, su admiración por los dibujantes era casi una adoración. Alguna vez trató de copiar algo, pero descubrió que carecía de condiciones, hubiese dado mucho por ser hábil en el dibujo. Después de entretenerse leyendo varias revistas se quedó conversando con algunos conocidos. Kruel desapareció con dos potenciales compradores de Jet jet. Nelson no tenía plata para el recital, pero pudo conseguir un trabajo como vigilante en las tribunas. Con suerte, sino se producían disturbios, disfrutaría de la proyección.

Aburrido de una larga tarde perezosa, Sálvat volvió a su casa. Vosana no dijo nada sobre la suspensión. Su conducta era rara, demasiada callada. Lo que no era su costumbre. Hicieron una tortilla de harina con grasa de buey en un pequeño calentador. La noche y el frío se apoderaron de la ciudad. Durmieron abrazados, no por brindarse cariño, sino buscando calor.
En la mañana siguiente los problemas no esperaron, vinieron hasta su puerta. Un telegrama de despido con la orden de entrega de su tarjeta de acceso y uniforme. Al entregar el plástico, el cartero lo partió en pedazos frente a sus narices. Él había terminado para la Bovino Productos y la Bovino… había terminado para él. Vosana sonrió con amargura. Nada dijo, dándole la espalda se puso a lavar ropa. El clima en el departamento se hizo insoportable y Sálvat salió; años antes, caminar bajo el sol aclaraba sus pensamientos.
Deambuló sin prestar una pizca de atención a su alrededor hasta cansarse. Sus pies siempre lo dejaban en una plaza, amaba las plazas, no eran como las que aparecían en las historietas, llenas de árboles y unos bichos llamados palomas, no. En éstas sólo había arbustos raquíticos sin hojas y por las noches llegaban gordos escarabajos, pero sí había bancos, muchos bancos y de cuando en cuando un monolito. Hurgó en sus bolsillos para contar los cupones que le quedaban. Tenía lo suficiente para comer un mes, pero no podía pagar la renta. Recordó al mendigo de su escalera, el de la máscara de gas. Cuan cerca de él se sentía. Volvían a su mente recuerdos de la infancia, aquélla que no contaba a nadie. El Orfanato. No conocer quién demonios eran sus padres. Más tarde, sus años en el desierto con los nómadas, como el mejor asesino de su Clan, un pasado imposible de borrar. Había intentado integrar la sociedad, vivir sin necesidad de matar o robar, pero todo había sido en vano. Entre los cupones estaba la libreta de ciudadanía. Aquello calmó un poco la furia que sentía, un recuerdo agradable de Vosana. Trataría de no pensar en la situación por el resto de ese día. Quizás, con un poco de suerte, las cosas cambiarían para mejor.

Ya oscurecía cuando las luces y los rumores de las prueba de sonido del estadio le recordaron el recital. Diez minutos después estaba en la cola para pagar una entrada con cupones. Era demasiada larga y lenta. Su mal humor crecía en la espera, se dijo que la próxima vez se arreglaría con esa tecnología Wi-Fi, que usaba Kruel para conseguir la entrada. Una risa afónica interrumpió sus cavilaciones. Frente a él, en la cola, estaba un tipo de cabello largo, negro y duro como alambre. Las gruesas cejas formaban un arco en los risueños ojos, bajo la nariz, un poco grande, mostraba una hilera de dientes tan perfectos como artificiales.
— ¿De qué te ríes? —gruñó Sálvat estudiando el chaleco de Jean que dejaba ver brazos plagados de tatuajes. El tipo se fijó en su rostro, hipó y estalló otra vez en carcajadas.
— ¿Estás borracho? —Sálvat ya cerraba los puños.

Relato Fantástico - Ciudadanía —No, no —hizo esfuerzos para contenerse—. Es que nunca vi una cara tan agria para entrar a una fiesta —extendió la mano—. Me llamo Bombo.
—Sálvat. —contestó aceptando la mano y distendiéndose.
—Esto tardará un rato. Puedo conseguir entradas de otra manera. Ven.
Sálvat no supo por qué, pero confió en él. A decir verdad, le agradó porque sus pensamientos eran directos y francos, sin segundas intenciones. Un tipo contento consigo mismo. Salieron a una callejuela que llevaba a un gran aparcamiento. Tras las barreras había una docena de autos. Solitaria, pintada de rosa aparecía una scutter de Setenta y cinco CC. Del baúl, Bombo sacó una notebook. Al cabo de unos minutos por una ranura salieron dos entradas impresas.
— ¡Cielos! —festejó Sálvat— ¿Cuánto te debo?
— ¿Tienes para combustible?
— ¿Gasoil?
—No, amigo, no —rió el otro—. Vino.
Entró con Bombo. Su buen humor era contagioso y después de beber muchas cajas de vino se instalaron cerca de la columna de sonido izquierda. Sálvat lamentó no haber traído sus botas. Con ellas resistía muy bien los pisotones, a la vez que sus taconazos hacían retroceder las avalanchas. Los vendedores de agua y salchichas se metían en los recovecos más insólitos para vender antes de que saliera la primera banda.
El lugar se colmó. Cuando las luces se apagaron, el humo de la hierba se alzó con su característico aroma. Dos grupos salieron a tocar en los preliminares. A todos les resultaron patéticos con sus tristes amplificadores. Los instrumentos eran todas reconstrucciones de reliquias. Ni una sola guitarra hacia honor a llamarse así. Lo único que se lograba con esa artillera era un punk deformado, realmente pésimo. Algunos locos agitaban su cabeza con los golpes de la monótona batería, pero era más producto de alcohol y la droga.
En el intervalo se hizo la noche. Las columnas de luces, totalmente de utilería parecían estar realmente dentro de la producción. Los reproductores emitían la presentación por unas pantallas laterales de doce metros de alto. Cuando el recital comenzó, las imágenes del DVD ocuparon la pantalla de cincuenta metros de largo del escenario. La multitud estalló, todo era una ilusión, pero valía la pena. No importaba el valor de la entrada, oír esas canciones a ese volumen no ocurría todos los días. Arriba, el cantante de la grabación, gritaba:

I don’t wanna change the world and don’t want the world to change me.
No quiero cambiar al mundo ni que el mundo me cambie a mí.

Hubo mucha fiebre, sudor y éxtasis, era lo menos que uno podía obtener por rock’n’roll.
Tras el amontonamiento de la salida, Sálvat se encontró a la grupa de acompañante del scutter rosa. No vio por ningún lado a sus conocidos. Bombo sonreía a todo con el alcohol nublándole la vista.
— ¿Estás seguro que puedes conducir? —desconfió Sálvat.
— ¡Já!
Antes de poder replicar, Sálvat sintió el tirón del arranque. Tal vez el viento en la cara o la llovizna que caía quitaron algo de la borrachera a Bombo, se dejó guiar por su nuevo amigo hasta los departamentos en monobloques. Después de asegurar la moto tuvo que auxiliarlo para subir la escalera; el mendigo de la máscara reía bajo el capote impermeable.
—Cuídamela. —le dijo Bombo arrojándole dos cupones de comida hechos un bollo.
La cara de Vosana no fue la mejor al verlos llegar.
— ¿Y a éste que le pasa? —dijo refiriéndose a Bombo.
—Borracho, lo conocí en el concierto —apenas Sálvat lo dejó caer en el sillón, empezó a roncar—. Tráele algo de beber
— ¡¿Qué?! —dijo ella mirando al hombre despatarrado en su sofá─ ¿Veneno?
—No sé ¿Qué hay?
—Té de hierbas y leche descremada.
Bombo abrió un ojo.
— ¡No! No, muchas gracias amigos. Ya estoy súper. —dijo incorporándose. Vosana sonrió y preparó té para los tres de todos modos.
Al cabo de un rato, la charla se volvió fluida. Bombo contó muchas anécdotas entretenidas sobre sus tatuajes y el aro de la oreja. Cuando el sueño los agotó lo dejaron en el sofá.
La noche pasó fría y lluviosa.

Sálvat se despertó avanzada la mañana. No halló a Vosana, pero si a Bombo jugando un solitario con un mazo de naipes.
— ¿Y Vosana? —el otro le indicó un papel colgando del refrigerador. Tuvo que releerlo para caer en la cuenta de que era un mensaje de despedida, ella lo había abandonado. Sintió una sensación de fracaso que le hacía un nudo la garganta. Los ojos de Bombo lo entendían, agradeció en silencio que se quedara.
— ¿Cuántos años tienes, Sálvat?
—Casi diecinueve.
—Entonces te llevo diez años. Ya pasé por lo mismo muchas veces. Te aseguro que no es nada que el tiempo no cure.
— ¿De dónde eres? ¿Dónde vives?
—Me fui de donde nací para no regresar y vivo en mi camión. Doce cilindros en línea todos para mi. Es una nave. Tengo todo, hasta microondas e Internet.
— ¿Has cruzado el desierto?
—No, nunca. No he viajado jamás por la ruta ciento uno. Sólo por las rutas del margen.
—Yo viví años ahí.
— ¿Qué? —dijo Bombo frunciendo el ceño.
—Soy un Nómada. Vine aquí con la esperanza de un estilo de vida mejor, pero lo único que encontré es un terrible mundo de mentiras y depresión. No sé… nada aquí tiene sentido…
—Esto no es para ti —Bombo se asomó a la ventana—. Los que aceptan esto son gente vaga y sumisa. Es muy fácil trabajar en una fábrica, hacerse policía o robar. Meterse en un convento o vender droga, nada de eso es vivir. Tú sabes de lo que estoy hablando.
El Nómada sonrió. El otro lo invitó a conocer su camión, pero se excusó diciéndole que iría a visitar a su hermano Dlanki, en el otro extremo de la ciudad.

Dlanki apareció ante sus ojos igual que siempre, quizá su estómago había abultado un poco más. Llevaba un mameluco azul muy manchado. Su casa, construida por él mismo, no tenía revoque, pero era firme. Lo recibió en la vereda, frente al rudimentario taller donde trabajaba en tres autos. Desde que tenía noción habían vivido juntos, protegiéndose uno al otro. Era algo más que la llamada de la sangre. Compartían los mismos secretos temores. Muchos los tildaban de raros o anormales, sin embargo eso jamás creo una barrera entre ambos, al contrario los unía más. Le contó las novedades.
—Deberías arreglar autos conmigo. Aunque a veces no pasa nada por aquí, en meses. —opinó Dlanki.
—He estado pensando en regresar.
— ¿Volver al desierto? Dime. ¿Alguna vez dormiste tranquilo allá?
—No me preocupa lo que pasa cuando duermo. Aquí, en la vigilia no tengo un solo minuto de felicidad. No soy libre.
—Creo que la jaula está sólo en tu cabeza.
— ¿Te gusta esto? —dijo Sálvat incrédulo.
—Humm, sí —sonrió Dlanki—. Entiendo las reglas, pero ya ves que no alquilo casa ni trabajo para esas chupas sangre de la Bovino Productos.
—Ya veo. —le devolvió la sonrisa— ¿Aún tienes el revólver?
—No —constató meneando la cabeza—. Tuve que venderlo para armar el taller. Tú puedes adaptarte y venir a vivir aquí, lejos del centro. El bullicio mental se acalla entre los ruidos de los motores, recuerda que también escucho, aunque nunca lo hice tan nítidamente como tú. ¿Qué harás?
—Aún no lo sé. Lo pensaré todo el día —caminó hacia la acera. Había esperado otra respuesta de parte de Dlanki, pero ya no eran niños y las soluciones de antaño no darían resultado. Ambos habían cambiado y sus diferencias de temperamento se remarcaban a cada minuto. Se querían y respetaban. Por esa razón, sus caminos se bifurcaban allí—. Mañana sabré qué hacer.
—Suerte. —deseó Dlanki con franqueza.

Sus amigos en el bar de Beto sabían todo lo acontecido. Era otra cosa inevitable de la ciudad, los chismes. Las cervezas se sucedieron como una cascada. Hacia el crepúsculo, Sálvat no tenía la menor idea de cuantas veces había orinado. Hedía a cerveza: en su aliento, el sudor, su pelo y la ropa. Las arcadas de Negro Nelson se oían desde el baño. Estaría haciendo un desastre, ensuciándolo todo. Gab se había retirado, trabajaba en un negocio de comida rápida hecha con gusanos, con un uniforme ridículo. Ouija seguía ahí, pero no decía palabra. Los únicos animados eran Kruel y Nando, ambos alentándolo para olvidarse de Vosana y todo lo demás. Era difícil mientras la fonola gritaba:

Hazme una broma y suspiraré, Tú reirás, yo lloraré
No puedo sentir felicidad y el amor es tan irreal para mí
Y al tiempo que escuchas estas palabras diciendo como estoy
Te diré que vivas la vida. Yo quisiera hacerlo, pero es demasiado tarde.

— ¡Olvida la paranoia! ¡Vamos a patear un poco por el centro! —gruñó Kruel.
—Sí —apoyó Nando—. Te dije que compraras un televisor si no se iba a marchar.
Levantarse le costó un triunfo. Sus pies parecían no alcanzar nunca el piso en cada paso. Al salir a la avenida, las primeras luces de la ciudad poblaban las ventanas. Caminaron por el boulevard del Centro Comercial. En las vidrieras se ofrecía todo lo imaginable, siempre fuera del alcance de sus bolsillos.
— ¡Ahí está! —azuzó Nando señalando una televisión de cuarenta pulgadas en la oscuridad de una vitrina— ¡Por eso de ahí te dejó tu chica!
Sálvat lo miró. Dentro de su cabeza bullía el pesar de la perdida del trabajo, de su fracaso como pareja. Confundido por el alcohol, miró cómo sus amigos, en pleno regocijo beodo, destrozaban el vidrio y lo llamaban desde el interior del negocio. Sus pensamientos iban y venían hacia Vosana y la fábrica. Su frente arrugada con mirada oscura bajó hasta sus zapatillas, ajeno al destrozo que provocaban los otros. En adición la lluvia se torno aguacero. La cortina sucia, de agua contaminada, caía de lo alto con sabor amargo. Sus amigos chapoteaban sacudiendo sobre sus cabezas distintos electrodomésticos. Nando reía con una consola de Realidad Virtual bajo la chaqueta. Sálvat quería rugir, pero hasta eso se le hacia difícil. Cuando las luces danzaron a su alrededor ni se molestó en averiguar de que se trataba. Sus compañeros ya no estaban, se habían esfumado entre el bullicio. El ruido y el azote de la lluvia eran lo único real.
— ¡Alto! ¡Las manos arriba!
Los caños de metal negro despertaron sus sentidos. El tipo uniformado que tenía enfrente lo observaba fijamente con sus ojos celestes. Sintió que alguien tiraba de su brazo diciéndole algo, no sabía qué, pero el tono era sobrador. Le dio un empujón. Al instante muchos brazos lo sujetaron poniéndolo de bruces contra el asfalto. Un par de esposas apretaron sus muñecas mientras lo metían en el interior de una patrulla.

Relato Fantástico - Ciudadanía Cuando dejó de sentir los golpes tuvo plena conciencia de que lo matarían. Claro que no había hecho nada por defenderse. No le interesaba, tal era su desazón. Permaneció acurrucado en el frío suelo de la celda mientras la cachiporra bajaba y subía sacudiéndolo. Tenía el rostro hinchado y amoratado. El comisario era un viejo borracho que no soltaba la botella de aguardiente ni la cachiporra, la cara roja resaltaba aun más sus ojos y el brillo de la calvicie. Escupía una verborragia ininteligible, la lengua se le trababa y apenas se tenía en pie. No podía entender cómo no se le cansaba el maldito brazo.
Lo habían obligado a desnudarse, al verlo, el viejo envidió el tamaño de sus genitales y lo golpeó con más odio gritándole:
— ¡Mutante! ¡Hijo de puta mutante!
Ahora tenía ambos ojos cerrados, había visto un prisionero en la celda contigua. Era alguien de su pasado, pero el otro no lo reconoció. No recordaba el apellido, sólo que le decían Juanca, un morocho del orfanato. Nunca había sido de resistir. Era doloroso verlo llorar por clemencia frente a cinco policías que parecían disfrutar demasiado con él. Se había orinado del miedo, entre los sollozos sólo podía entenderse una frase monótona, sin sentido:
—Quiero volar… quiero volar… quiero volar… quiero…
— ¿Quieres volar? ─rió uno de los torturadores─ ¡Pues vuela!
El uniformado esgrimió con ira una pistola. El estallido de las detonaciones se repitió en ecos dentro de su cerebro. En la otra celda ahora había un cadáver, un tipo que balbuceaba querer volar. ¿Un loco?, tal vez. Era fácil perder la cordura ahí.
De pronto los dolores se hicieron presentes. El zumbido de su oído derecho le molestaba, pero podía oír una conversación, era el comisario con otras personas.
— ¿Y éste que hizo jefe?
— ¡Loco! —gritó el borracho— ¡Ladrón!
—No, jefe. Es un buen muchacho. Tenga, tenga —decía alguien en tono conciliador. Con esfuerzo, Sálvat logró abrir un ojo. En el suelo de la celda había una grabadora de DVD, un televisor LCD y cuatro cajas con comida y bebida. Una mujer bajó una bolsa pesada junto a la puerta. Era una tipa delgada de paso varonil con un parche en el ojo y un puro en la boca. El que hablaba con el policía borracho era Bombo.
—E’ un mutante. —escupió con menos ánimo el beodo.
—Déjemelo a mi, patrón. Ahí tiene algunas cosas para la patrona. Éste no vale la pena.
Los ojos celestes se achicaron como ranuras. La luz eléctrica pestañó y todo quedó envuelto en tinieblas. Al cabo retornó tras un parpadeo.
— ¡Malditas mareas! —espetó el comisario. La escasez de energía y el precario mantenimiento de los generadores de la costa provocaban muy a menudo esos apagones subrepticios.
—Ta’ bien. Llévelo —se atragantó de alcohol—. Que no vuelva a verlo en la calle.

Las heridas dejaron marcas en su cuerpo y en su alma. El dolor produjo angustia y la angustia derivó en ira, que siempre recordaría con odio.
Bombo se quedó con él. La mujer se marchó después de dejar seis cajas de remedios. Era la dueña de la empresa de camiones que contrataba a su amigo.
—Todo ha sido en vano. —masculló Sálvat. Su corazón estaba envenenado por la desdicha—. Ni una sola cosa salió como me propuse.
—Ya te lo dije hermano, el mundo es cruel, pero es la gente la que lo hace así. He viajado mucho. Sé que se puede escoger cómo vivir y dónde. Todo depende de lo adaptable que seamos. Para gente como nosotros sólo nos queda viajar, cambiar de techo continuamente. Nada de establecerse. Estos sedentarios están resignados, son fieles y sumisos. ¿Has visto cuán distintas son las ratas de campo de las ratas de ciudad? Unas comen raíces, insectos y frutas, las otras estiércol y basura. El odio los enferma. Por eso me llaman Bombo. Sueno cuando me golpean. Fui hecho para eso. Trato de conseguir algo bueno de los golpes, es la única manera que conozco para soportar la maldita realidad de este mundo agonizante.
Sálvat pensaba en todo lo que oía cuando un grito llegó desde la calle. Era tarde, con poca actividad. Ahí estaban los skins, en la XTX Seiscientos. Habían encadenado del tobillo al linyera de la máscara y lo arrastraban todo a lo largo de la avenida. En un momento, sus gritos dejaron de oírse. Frenaron la moto. El cuerpo rodó furiosamente sobre si mismo hasta impactar contra un alto muro. El ruido de los huesos les llegó nítido, en el extremo de la cadena pendía amoratado un pie cercenado. Lo mataron por diversión, a un inocente que no hacía otra cosa que vivir bajo una escalera. Ningún policía apareció.
Con la vista fija más allá de la ventana, Sálvat dijo:
— ¿Tienes un arma?
—No —fue escueto Bombo—, pero podría conseguirte algo.
Los ojos de Sálvat se lo pidieron, la mirada cambiada, algo había muerto. No obstante era fácil sentir que otra cosa bullía en su interior, algo que daba miedo de aquel hombre, alto y extraño. Era una fiera salvaje en una jaula de hipocresía. Ya no acataría las reglas, viviría según las suyas y no aguardaría a estar en el desierto para volver a ser Sálvat, el Nómada. Aunque eso fuese castigado con la muerte en una Ciudad-Estado. Siendo un salvaje de las dunas todo era real y directo, lo opuesto a ser civilizado. Como un hombre de los Clanes no necesitaba ocultarse ni mentir. Aguardaría la caída del sol.

Se detuvo para contemplar el reflejo de los faros en las mojadas calles. La noche y la lluvia se cerraban como una mortaja. Un pedido de auxilio aparecía ahogado por violencia de los truenos, pero nada de eso le importaba. Lo que lo oprimía era la prisión de neón, espejos de colores como joyas. Al fin entendía que el problema no era la ciudad y sus reglas: era él. Su vida acostumbrada a las respuestas directas, sin eufemismos ni protocolo. No sentía antipatía por los habitantes de la ciudad. No obstante, se habían metido con él. Era algo que no podía permitir. Asumía nuevamente las maneras de los nómadas del desierto donde las alimañas son exterminadas; dejando sus cuerpos empalados como advertencia para los necios. Había tres alimañas asesinas cerca que recorrían las noches riéndose de su impunidad, atemorizando a gente que no sabia nada de violencia; además, la moto le había gustado desde el primer momento. Las nerviosas gotas de lluvia le azuzaban la cara insensible cuando se metió en el callejón que buscaba, estaba de caza.
Su presa era algo que necesitaba. Para obtenerla tendría que limpiar un poco y eso le gustaba. Al oír las voces se preparó, todos sus sentidos en alerta como en un depredador.
Ahí estaban, en un pequeño reparo, un minúsculo taller precario. Los tres Cabezas Rapadas callaron. Cubrieron con sus cuerpos a la XTX Seiscientos, casi adivinando que venían a tomarla. Cuando uno de ellos intentó armarse con un barrote de hierro, una bala se le incrustó en el cráneo volándole los sesos. Otro quedó paralizado y el restante corrió hacia el muro. Sálvat apuntó la pistola parabellum que le consiguió Bombo y le metió tres plomos en la nuca.
El último, el líder, se arrodilló. Balbuceaba, apenas se entendieron las palabras: madre y sola. El Nómada apretó cinco veces el gatillo y arrojó el arma. Ningún remordimiento existió en él.
Montó la moto y comprobó que tenía el tanque lleno. Conducir una “dos ruedas” era lo más cercano que conocía al paraíso; después de haber eliminado a esa carroña su rostro se iluminó. Una buena patada de su entrenada pierna derecha fue suficiente para hacer gruñir al motor. Las ruedas se adhirieron eficientes a la acera, enroscó la oreja del gas y aceleró por la avenida.
Al pasar frente al hotel Emperador no se asombró de reconocer a Vosana en la entrada, maquillada y apenas vestida. Aceleró al máximo rugiendo su furia.
A medida que se alejaba de Austra su corazón le dolía menos. Las luces de los edificios desaparecieron en la distancia y el viento del desierto acarició su rostro revolviéndole el cabello. Llegaba del norte, limpiando las nubes e invitándolo.
En los bolsillos encontró el documento, el carnet de ciudadanía. Abolló la tarjeta en la mano para arrojarla lejos. Por fortuna habían instalado una radio en el tablero de la XTX.
Sintonizó una canción para el camino y la puso a máximo volumen.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de octubre del 2007