5
Cerca de la playa Cuchulain halló un pequeño grupo de chozas de adobe, construidas de manera dispersa y separadas unas de otras. Las casas estaban ocupadas en su mayor parte por pescadores y pastores que cuidaban de sus rebaños de ovejas. Los lugareños recibieron a Cuchulain con hospitalidad y le dieron de comer gachas calientes y un catre de paja donde pudo dormir. El muchacho agradeció su generosidad y les regaló un poco de oro que aun le quedaba en su hato, el cual aceptaron encantados. Cuando le preguntaron quién era y a donde se dirigía él les respondió que venía desde Eiréann para que Scáthách le enseñara a convertirse en un paladín. Ellos le dijeron que Scáthách era su señora y que tenía su fortaleza en las tierras que se encontraban al oeste de la isla.
Al calor de la lumbre Cuchulain escuchó con viva atención las historias que los lugareños le contaron sobre Scáthách. La mujer guerrera había sido la esposa de un importante señor de la isla, el cual había muerto luchando contra sus enemigos en los páramos del norte. Sus hijos se llamaban Tallorcen y Mailcon, y ayudaban a su madre a gobernar la isla de la Bruma al sur de las montañas.
Se decía de Scáthách que era una formidable mujer que entrenaba a guerreros desde hacía muchos años. Ella misma había luchado junto a su marido en muchas batallas contra el pueblo belicoso del norte de la isla. A lo largo de su vida Scáthách había preparado a dos generaciones de guerreros, y su fama se había extendido por toda Caledonia, el país de los pictos, cruzando el mar y llegado incluso hasta Eiréann.
El dun de Scáthách estaba situado al sur de las montañas, en unas tierras fértiles y escasamente pobladas por árboles. Las ovejas pastaban en las cercanías, observando con aparente indiferencia la llegada del extraño a la fortaleza.
Unos guardias cruzaron sus lanzas, impidiéndole la entrada a las puertas del dun.
—¿Quién eres? – le preguntaron.
— Me llamo Cuchulain. Soy un guerrero de Ulaid que ha venido desde Eiréann para ver a Scáthách.
Los guardias le dejaron pasar y le comunicaron que la encontraría cerca de los establos.
—¿Eres Scáthách?
Frente a él se hallaba sentada una mujer, cuyas manos curtidas engrasaban los cubos de la rueda de un carro con la ayuda de un cuenco de madera. La mujer levantó la vista al oír su nombre y vio a un joven frente a ella, casi un muchacho.
—¿Y tú quién eres, extranjero?
— Cuchulain de Ulaid, señora.
—¿Y qué has venido a buscar aquí?
Cuchulain le contó el propósito de su viaje y le pidió que le ayudara a convertirse en un gran guerrero, pues había oído hablar de su fama como forjadora de héroes y quería que ella le entrenara.
—¿Por qué habría de ayudarte, Cuchulain de Ulaid? ¿Qué podrías ofrecerme tú a cambio? – le preguntó ella, retándolo a que contestara.
— Prometo servirte durante dos años. Sé que estás en guerra con la tribu de los páramos que habita al norte de la isla. Mi espada estará a tu servicio para luchar contra ellos durante todo ese tiempo.
Cuchulain esperó la respuesta de Scáthách mirándola fijamente a los ojos, grises y acerados como las olas del mar del norte. Scáthách parecía una mujer que tenía poco más de cincuenta inviernos, pero sus piernas eran fuertes y robustas y su cuerpo era tan flexible como el de un guerrero. Su cabello negro estaba lleno de mechones grises, pero su rostro aún conservaba la belleza de otros tiempos.
— Acepto tu oferta, muchacho.
Cuchulain sonrió satisfecho al oír las palabras de la mujer. Scáthách reparó entonces en el animal que lo acompañaba y frunció el ceño.
— Te rodeas de extrañas compañías, Cuchulain.
— Se llama Crínóg y es una hembra muy fiel. Va conmigo a todas partes.
— Tienes suerte, muchacho. Si algún día encuentras a una mujer que posea esa cualidad creeré que estás bendecido por los dioses.
— Ya la he encontrado, señora.
— Eres un hombre afortunado, Cuchulain – replicó ella, disimulando un gesto de asombro. – Sin duda los dioses te protegen. Pero ten cuidado – le advirtió ella. – A veces los dioses nos dispensan su protección para quitárnosla poco después, como muestra de que nuestro orgullo y nuestra vanidad no son más que polvo y arena que se escurre entre sus dedos sin dejar apenas huella en sus manos.
Durante varios meses Scáthách adiestró a Cuchulain, iniciando el camino que convertiría al muchacho en un gran guerrero. Ella le enseñó a concentrar toda la fuerza de su brazo en la mano que blandía la espada, para que el golpe fuera más efectivo y resultara mortal. Asimismo lo sometió a un intenso ejercicio físico, obligándolo a combatir contra las olas del mar en una batalla absurda e imposible contra el océano.
— Recuerda, Cuchulain. Todas las partes de tu cuerpo tienen que moverse de manera armoniosa. Es como una danza. Tienes que practicar muchas veces el mismo movimiento para que todo tu espíritu se impregne de la música que produce la batalla. Debes hacerlo hasta que el movimiento se convierta en armonía y llegue a ser algo tan natural en ti como el acto de respirar.
Cuchulain escuchaba con mucha atención las palabras de Scáthách. La mujer guerrera destacaba por sus grandes reflejos y su extraordinaria habilidad en el manejo de la lanza y la espada.
— No olvides que la suerte del combate puede decidirse entre dos paladines. Te enseñaré a usar plenamente tu agilidad y tu fuerza para que puedas combatir sobre la lengüeta del carro. Con eso no solo impresionarás a tus adversarios, sino que les darás a entender que deberán medir sus fuerzas contra el estilo de un auténtico guerrero celta.
Los hijos de Scáthách, Tallorcen y Mailcon, vivían con su madre en el dun. Se pasaban la mayor parte del tiempo recorriendo las tierras que eran de su propiedad y luchando contra sus enemigos en los páramos. Eran guerreros de aspecto feroz, de largas barbas y rubicundos, aficionados a la bebida y a la buena conversación, pero habían sido educados bajo la férrea mano de Scáthách y se parecían mucho a ella. Tenían una hermana menor llamada Uatach, una extraña beldad de cabellos negros y ojos grises que era el auténtico retrato de su madre.
Para su sorpresa Cuchulain conoció a un muchacho de su edad llamado Ferdia, un joven de cabellos rojos y ojos azules que combatía entre los guerreros de Mailcon. Ferdia llevaba más de un año viviendo en la isla de la Bruma, y al igual que Cuchulain había viajado desde Eiréann para convertirse en un espadachín con la ayuda de Scáthách. Ferdia era un muchacho alegre, de nobles sentimientos y con el rostro moteado de pecas. Era hijo de Daman, un guerrero de la tribu de los domnán que luchaba a las órdenes de Aillil, el rey de Connacht. Los dos muchachos se hicieron amigos rápidamente, a pesar de que en su isla natal ambos habían jurado lealtad a reyes diferentes, Aillil y Conchobar, que se profesaban un odio feroz desde hacía muchos años.
Los habitantes de la isla de la Bruma se llamaban a sí mismos pretini. Los viejos que narraban las leyendas alrededor del fuego contaban que sus antepasados habían llegado a la gran isla por mar, desde el continente, y habían sido ellos quienes le habían puesto el nombre de Ynys Prydain a la gran isla. En cambio los ulates designaban con el nombre de Caledonia a la parte norte de la isla, y a sus habitantes los llamaban pictos. La lengua que hablaban los pictos y los ulates era distinta, pero no tenían problemas para entenderse entre ellos pues ambos empleaban un lenguaje que descendía del mismo tronco común, la lengua madre de los celtas. En una ocasión Cathbad le había contado a Cuchulain que los pictos habían cruzado el mar años atrás e invadido Eiréann, pero sus clanes habían fracasado en su intento de conquistar la isla, vencidos por otras tribus más fuertes, quienes les obligaron a regresar de nuevo a Britania, a excepción de las tierras del noreste de Eiréann, donde habían establecido un pequeño reino. Los pictos se consideraban los moradores más antiguos de la isla de Ynys Prydain y cuando iban a la guerra tenían la fama de tatuarse el cuerpo con glasto, una pintura de color azul. Las tribus celtas que vivían al sur de Caledonia tenían en poca estima a los pictos. Los consideraban salvajes y misteriosos, por lo que preferían dejarlos en paz, confinados al norte de Ynys Prydain.
Las leyendas que Cuchulain escuchaba despertaron su imaginación y sus ansias por saborear de nuevo el éxtasis de la batalla. El invierno le impidió salir a guerrear con los hijos de Scáthách, permitiéndole en cambio seguir entrenándose bajo la atenta mirada de la mujer guerrera. Ferdia se unió a él para concluir su adiestramiento y Scáthách los sometió a duros ejercicios físicos que pusieron a prueba todas sus fuerzas. Scáthách no solo les enseñaba a luchar. También quería que usaran la cabeza y pensaran por sí mismos.
—¿Usando la cabeza? ¿Cómo? – preguntó Ferdia, dubitativo.
— Si no sabes usarla no eres digno de llevarla sobre los hombros – le replicó ella, con una mirada de reproche. – Dime, Ferdia. ¿Qué harías si tuvieras que enfrentarte a un enemigo sin la ayuda de tu espada?
Ferdia no supo qué responder. Un guerrero no era nadie sin su espada, el símbolo que proporcionaba su rango y lo distinguía de los demás.
— No lo sé. Nunca me he visto en semejante situación.
— Solo la astucia y la inteligencia podrán ayudarte, Ferdia. El hilo que separa la vida de la muerte es muy fino, y lo mismo sucede con los guerreros. La solución se halla aquí – dijo Scáthách, tocando con los dedos su cabeza . – Una gran cabeza es lo único que te ayudará a encontrar la respuesta cuando todo lo demás falle.
Aquel invierno Ferdia y Cuchulain se juraron amistad eterna. Ambos sellaron su compromiso por medio de una alianza de sangre, un antiguo rito que consistía en que cada uno bebiera unas cuantas gotas de sangre del otro. Los dos guerreros se hicieron un corte en las palmas de las manos y luego mezclaron en un vaso de plata la sangre de ambos, jurando ante los dioses que siempre mantendrían su amistad y que se ayudarían mutuamente, comprometiéndose a conservar su amistad durante toda su vida, sin tener en cuenta las circunstancias ni las diferentes lealtades que pudieran separarles cuando regresaran a Eiréann.
El frío invierno dejó paso a una tímida primavera. Los ojos de Cuchulain se acostumbraron a admirar los juegos de luz que la niebla formaba en la isla de la Bruma. Los rayos del sol deshacían en jirones la espesa niebla que cubría la mayor parte de la isla, creando un maravilloso espectáculo de luz y color. Aquellos matices cromáticos, sutiles y cambiantes, eran agradables a la vista, pero Cuchulain no acertaba a expresar con palabras lo que sentía en su corazón. Se limitaba a contemplarlo, maravillándose ante lo que veía, y para él eso era más que suficiente.
En el dun de Scáthách los guerreros comenzaron de nuevo a afilar sus espadas y sus lanzas, entonando cánticos de guerra para enardecer el ánimo. Cuchulain compartió su entusiasmo, deseoso por mostrar su valor y las habilidades que Scáthách le había enseñado, pues cuando llegara la primavera marcharía hacia el norte con los demás guerreros.
— Partiremos hacia el norte después de los fuegos de Beltaine – les dijo Scáthách. – A principios de la primavera cruzaremos las montañas para enfrentarnos con los guerreros de Aifa.
—¿Quién es Aifa? – preguntó Cuchulain.
— Es una princesa guerrera que vive con su tribu en los páramos del norte. ¿No te han hablado mis hijos de ella?
— No – respondió él, intrigado.
Scáthách se echó a reír y movió la cabeza.
— No me extraña que no te hayan dicho nada – comentó con sorna. – No les gusta reconocer que una mujer sea superior a ellos, y menos aún en un campo de batalla. Aifa es una mujer guerrera, como yo, pero ella es mucho más joven. Es una guerrera formidable y terrible, una auténtica fuerza de la naturaleza. Desde que ella dirige los asuntos de su tribu nunca hemos sido capaces de vencerla.
— Me gustaría enfrentarme con ella – dijo Cuchulain.
— No será tan fácil, Cuchulain – le dijo Scáthách, muy seria. – Dos de mis paladines la despreciaron porque creían que solo era una mujer y lucharon contra ella. Uno perdió la cabeza y el otro perdió una mano.
— Ahora comprendo porqué Tallorcen y Mailcon no me han hablado de ella. Deben sentirse humillados.
— Mis hijos tienen mucho orgullo y nunca dan su brazo a torcer – le dijo Scáthách. – Pero son mis hijos y les quiero, y no me gustaría que Aifa les cortara la cabeza esta primavera.
— ¿Vendrás con nosotros, Scáthách?
— Sí – respondió ella. – Iré con vosotros. Tengo la obligación de cuidar a mis hijos. No sabrían qué hacer sin mí – dijo ella, con una leve sonrisa que acentuaba las arrugas que exhibía en torno a los ojos.
Los habitantes de la isla de la Bruma estaban atareados con los preparativos para la gran fiesta de Beltain, mientras Cuchulain y Ferdia se dedicaban a afilar sus espadas con una piedra de amolar hasta dejarlas tan afiladas como cuchillas. Ferdia estaba tan alegre ante la proximidad de la batalla que no podía ocultar su entusiasmo.
— ¿Qué te pasa, Cuchulain? – le preguntó Ferdia. – Estás muy callado.
— Estaba pensando en Emer. Me pregunto si me echará de menos.
— Piensas demasiado, hermano. Eso es cosa de druidas – le dijo su amigo con una palmada en el hombro.
— La cabeza es sagrada, Ferdia. Scáthách no deja de recordármelo a todas horas.
— Te comprendo, Cuchulain. Conmigo hace lo mismo.
Los fuegos de Beltaine iluminaban los rostros de Cuchulain y Ferdia. Los dos guerreros estaban sentados en la hierba, compartiendo un cuerno de hidromiel. Durante un rato se quedaron en silencio, contemplando las llamas rojas de las hogueras y el resplandor de otros fuegos lejanos en el horizonte.
Cuchulain dejó de observar las llamas de Beltain y dirigió su vista al banquete que Scáthách había dispuesto fuera de los muros de madera del dun. La gente se reía y disfrutaba de la fiesta, comiendo y bebiendo en exceso. Algunas mujeres jóvenes bailaban con sus parejas, moviéndose con gracia bajo el sensual influjo de la música del arpa. Uatach, la hija de Scáthách, bailaba con frenesí entre un grupo de admiradores, batiendo las palmas al ritmo de la música mientras danzaba alrededor de las hogueras con total abandono.
Cuchulain se acordó de la noche en la que Uatach le había ofrecido la amistad de sus muslos, poco tiempo después de su llegada al dun de Scáthách. Uatach se había encaprichado con el ulate desde su llegada a la isla de la Bruma, y en varias ocasiones había intentado seducirlo, pues entre los celtas las mujeres tenían tanta libertad como los hombres para elegir a una pareja que les agradase, ya fuera con la intención de casarse o simplemente con el propósito de buscar placer, pero Cuchulain siempre había rechazado su generosa oferta. Uatach se había sentido herida ante aquel supuesto desprecio de Cuchulain, ya que era una mujer orgullosa como sus hermanos y no estaba dispuesta a reconocer su derrota. Mientras la muchacha bailaba con uno de sus admiradores desvió su mirada y comprobó que Cuchulain la observaba con detenimiento, aunque era otro rostro el que el ulate veía en la hija de Scáthách. Ella se rió con más fuerza y siguió bailando provocativamente, encendiendo de deseo el corazón de los hombres. Uatach no se humillaría otra vez delante de él. Era hija de Scáthách y no estaba acostumbrada a que un guerrero la rechazara.
Después del Beltaine Scáthách reunió a sus hijos y preparó con ellos la campaña de verano para hostigar las tierras de Aifa. Cuchulain y Ferdia también asistieron al consejo, pues Scáthách quería que estuviesen al tanto de los planes y dieran su opinión.
— Ha llegado el momento de volver a luchar contra Aifa – anunció ella. Scáthách estaba sentada cerca del fuego del hogar, con sus dos hijos situados a su lado. Cuchulain y Ferdia se hallaban frente a ella, atentos a sus palabras. Tallorcen gruñó como un cerdo al oír el nombre de Aifa, pero no dijo nada. Su madre prosiguió hablando.
— Dentro de una semana atravesaremos las montañas. Aifa no esperará que tomemos el camino más difícil. Vosotros dos iréis conmigo – dijo, dirigiéndose a Cuchulain y a su amigo – así como la mitad de nuestros guerreros. Bordearemos la costa oeste mientras vosotros – dijo, volviéndose hacia sus hijos – atacaréis por el sur con la otra mitad. Nos encontraremos aquí – explicó, señalando un dibujo que había hecho en la tierra con el dedo.
—¿Por qué tenemos que dividir nuestras fuerzas? – preguntó Mailcon.
— Es la única forma de desviar su atención – repuso Scáthách, indignada ante la escasa inteligencia de su hijo. – Aifa se dirigirá hacia el sur para enfrentarse a vosotros, pero no quiero que luchéis contra ella hasta nuestra llegada.
—¿Y qué se supone que harás tú? – preguntó Tallorcen.
Scáthách suspiró ante la estupidez de sus hijos.
— En cuanto Aifa se ponga en movimiento saldré de las montañas y atacaré su flanco oeste. Es muy sencillo. La atraparemos en dos frentes a la vez. Mailcon y tú seréis el yunque y nosotros el martillo.
— Es una buena idea – dijo Cuchulain. – Pero ¿crees que Aifa caerá en la trampa?
— Espero que lo haga. Es joven e inexperta. Le falta astucia y eso es algo que a mí me sobra, ¿no crees?
— ¿Será muy difícil atravesar las montañas? – preguntó Ferdia.
— Se requiere mucha experiencia para poder cruzarlas, pero unos guías nos conducirán por los pasos más difíciles. ¿Alguna pregunta más, Ferdia? ¿O he despejado ya todas tus dudas?
Ferdia guardó silencio, impresionado al escuchar la voz autoritaria de Scáthách. Sus hijos tampoco añadieron nada más. No querían que su madre volviera a ponerlos en ridículo en presencia de sus amigos.
Scáthách sonrió y se levantó del suelo de cañas.
— Bien. Entonces está todo dicho. Preparaos para partir dentro de siete días.
6
Las inhóspitas montañas se recortaban en el horizonte en forma de herradura, bordeando la profunda depresión de un lago. Una lluvia fina y persistente acogió la llegada de los guerreros de Scáthách a las orillas del lago. Los hombres observaron el cielo gris, temerosos de emprender la travesía por los empinados y difíciles senderos de las montañas bajo la lluvia, pero su temor se disipó antes de que iniciaran el ascenso. Las nubes dejaron paso a un sol brillante y generoso que animó la marcha y el humor de los guerreros, que iban armados con lanzas, espadas y escudos que lucían la enseña pintada de Scáthách, un toro negro con dos grandes cuernos. Todos llevaban a sus espaldas provisiones para diez días, pues Scáthách había decidido prescindir de bestias de carga para llevar la impedimenta debido a los escarpados senderos de Glen Slíganach. Un guía iba con Scáthách a la cabeza de la expedición, que estaba formada por cincuenta lanceros. Aquel hombre era un pastor que atendía a sus rebaños en las fértiles tierras que se extendían a orillas del lago y conocía todos los caminos que formaban la cordillera montañosa desde que era un niño.
Scáthách le había regalado a Cuchulain un escudo pintado con su insignia del toro salvaje. La fiel Crínóg acompañaba al muchacho en aquel difícil viaje. Al principio su presencia había intimidado a los demás, quienes se habían asustado ante la fiera mirada de la loba, pero al comprobar que no les haría ningún daño se acercaron a ella y caminaron a su lado sin temor a que les atacara.
Cuchulain podía ver las elevadas crestas de las montañas, iluminadas con un resplandor rojizo por el cálido sol del mediodía. La banda guerrera se había detenido en un recodo del camino para comer algo y descansar un poco, posando los escudos y las lanzas en el sendero lleno de guijarros.
El guía se acercó a Scáthách y le susurró unas palabras al oído. Scáthách gruñó visiblemente y se encogió de hombros. Al ver el gesto Cuchulain se acercó a ella.
— ¿Hay algún problema? – le preguntó.
— Nuestro guía dice que esta noche habrá tormenta. Tendremos que apresurarnos y buscar refugio en un lugar más seguro.
Antes de que cayera la noche llegaron a la sombra de un promontorio y se refugiaron lo mejor que pudieron, pegados contra las rocas, mientras se protegían del frío de la noche con las pieles que habían traído en sus fardos.
Un manto de negrura cubrió el estrecho sendero que serpenteaba hacia el norte. Era imposible que alguien se adentrara en la oscuridad del camino sin perder pie y caer al vacío.
El guía estaba en lo cierto. Poco después del primer relevo de los centinelas unos relámpagos iluminaron con su cegadora luz las siluetas de los guerreros. Los truenos rugieron con la desesperación de una bestia acorralada, despertando a todos los que dormían al abrigo de sus pieles de animales. La lluvia cayó con fuerza, salpicando los rostros y las barbas de los hombres, que se apresuraron a esconderse y a agachar sus cabezas, elevando incesantes plegarias a Taranis, el dios del trueno. Los relámpagos surcaban el cielo nocturno en un haz de luz, provocando los murmullos y las oraciones en voz baja de los hombres, que rozaban la empuñadura de sus espadas para evitar el mal, sin dejar de mirar hacia el cielo con temor.
— Si tuviéramos a un druida entre nosotros – dijo Ferdia. – Los relámpagos son una señal de los dioses. Tal vez hayamos provocando su cólera atravesando las montañas sin su permiso.
— Es muy tarde para volver atrás – le dijo Cuchulain. – Debemos esperar a que amaine la tormenta.
— Esta lluvia no me gusta. Los senderos se tornarán resbaladizos y peligrosos, y no tendremos más remedio que aminorar la marcha.
La tormenta siguió su camino hacia el oeste, tranquilizando el ánimo de los hombres, pero la lluvia no paró de caer en toda la noche. Al amanecer se habían formado grandes charcos en el sendero, y los guerreros tuvieron que caminar con cuidado para no resbalar en el barro y caer. Scáthách se puso a maldecir en voz baja y escupió en el suelo al ver la lentitud con que se movía su pequeño ejército.
— Tenemos que cruzar las montañas antes de que la tormenta caiga de nuevo sobre nosotros. No podemos perder más tiempo.
— ¿Qué piensas hacer? – le preguntó Cuchulain.
— Apresurar el ritmo de la marcha. Dormiremos menos horas y caminaremos por la noche.
— ¿No será demasiado peligroso?
— Lo he comentado con nuestro guía y dice que es posible. Conoce tan bien los senderos de Glen Slíganach que sería capaz de caminar en la oscuridad sin perderse.
Scáthách ordenó a sus hombres que marcharan en fila de a uno, y para que nadie se perdiera dispuso que cada guerrero se agarrara al borde del manto del compañero que tenía delante. Era una idea sencilla, pero dio resultado y ningún guerrero se perdió ni sufrió daño alguno. De esta manera dejaron atrás el pico más alto de las montañas, rodeado de profundas y estrechas gargantas.
Delante de aquellas montañas de roca volcánica se levantaban otras de suaves contornos de granito rosa. La banda de Scáthách se internó en sus senderos sinuosos, rogando a Taranis que no arrojara su mortífero rayo sobre sus cabezas. Y al parecer debió escucharles, pues desde aquella sombría noche no volvió a llover y las nubes dejaron paso a un cielo frío y azul, mostrando a sus pies un paisaje de rocas agrestes y arbustos marchitos. Cuando abandonaron las montañas de granito los hombres de Scáthách se animaron visiblemente y dieron gracias a Taranis y a Bel. Habían tardado varios días en cruzar Glen Slíganach, pero todos estaban vivos y no había que lamentar la muerte de nadie.
—¿Y ahora qué haremos? – preguntó Ferdia, observando la línea del horizonte con el dorso de la mano para protegerse del sol.
— Siempre estás haciendo preguntas, Ferdia. ¿Es que no te he enseñado a pensar por ti mismo?
— Supongo que iremos hacia el norte, bordeando la costa.
— Bien dicho, Ferdia. No eres tan estúpido como pensaba – dijo ella, sonriendo con evidente malicia.
—¿Cuándo nos reuniremos con los guerreros de Tallorcen y Mailcon? – preguntó Cuchulain.
— Dentro de dos días – respondió Scáthách. – Quiero que distraigan a Aifa el mayor tiempo posible.
— Para cogerla por sorpresa y caer sobre su retaguardia – puntualizó Cuchulain.
— Exacto. Espero que mis hijos me obedezcan y no luchen contra ella hasta que nosotros hayamos llegado.
La banda guerrera de Scáthách se dirigió a la costa y pasó la noche en una playa de arenas plateadas. La luna brillaba con fuerza en lo alto del cielo nocturno, plagado de estrellas, iluminando con sus rayos las húmedas orillas del mar. Los guerreros encendieron un fuego con leños que encontraron dispersos en la arena y cenaron algunas vituallas que guardaban celosamente en sus hatos. Las provisiones empezaban a escasear. Solo les quedaba un poco de queso y carne seca, pero Scáthách les dijo que al día siguiente se aprovisionarían con lo que encontraran en las tierras de Aifa.
Los lanceros que estaban al mando de Scáthách encontraron varias granjas al norte de las montañas, pero la mujer guerrera no les permitió que saquearan los bienes de los campesinos ni que violaran a sus esposas. Una mirada de Scáthách fue suficiente para acallar las protestas de sus hombres, que no se atrevieron a poner en entredicho sus órdenes. Sin embargo los granjeros se vieron obligados a abastecer a sus guerreros de víveres y a hospedarlos en sus chozas de piedra. Scáthách les preguntó si sabían algo acerca de Aifa, pero ellos le aseguraron que la princesa no se había puesto en camino con su ejército.
—¿Crees que te han dicho la verdad? – le preguntó Cuchulain.
— No lo creo. Estoy convencida de que me han mentido.
— Entonces ¿irás hacia el páramo al encuentro de Aifa?
— Primero iremos a reunirnos con mis hijos. No me fío de ellos, Cuchulain. No saben hacer nada bien sin mi ayuda.
La banda guerrera se alejó de la costa, desviando su marcha en dirección este, hacia el corazón de la isla. Los días amanecían frescos y agradables, enturbiados a veces por lluvias persistentes que mojaban sus ropas y embarraban los campos, pero antes de que anocheciera siempre encontraban alguna aldea o un grupo de chozas que les procuraban abrigo y un techo donde dormir.
Al cuarto día de viaje un pastor de ovejas les dijo que había visto a una gran partida de hombres armados dirigiéndose hacia el norte.
— Llevaban la enseña de un toro pintado en sus escudos, señora – le explicó el hombre a Scáthách.
—¿Cuánto tiempo hace que los viste? – le preguntó ella.
— Hace tres días.
El pastor no se atrevía a mirar a los ojos de Scáthách. Aquella mujer de ojos fieros y hebras grises en sus negros cabellos era la peor enemiga de su señora, la princesa Aifa, y tenía miedo de que Scáthách le cortara la cabeza por pura diversión.
—¿Sabes si Aifa ha salido de sus tierras?
El hombre titubeó al principio, pero la mirada inquisitiva de Scáthách le obligó a decir la verdad.
— Sí, señora. He oído decir que salió del páramo hace ocho días.
Scáthách parpadeó varias veces, visiblemente alarmada. Aifa se había anticipado a sus planes. De algún modo se había enterado de la proximidad del ataque y ahora se apresuraba a defender sus tierras. Lo más probable era que en aquel momento estuviera entablando combate con Tallorcen y Mailcon, y con un poco de astucia habría logrado persuadirlos para que lucharan contra ella.
Cuchulain vio cómo Scáthách maldecía en voz alta, profiriendo maldiciones e insultos contra la perfidia de Aifa, aunque no se detuvo mucho tiempo a lanzar improperios. Con un aullido de rabia ordenó a sus hombres que se apresuraran hacia el este a marchas forzadas. El pastor suspiró de alivio cuando la banda guerrera abandonó sus pastos, agradeciendo a sus dioses el no haber sufrido daño alguno a manos de aquella terrible mujer.
Scáthách les obligó a seguir corriendo bajo la luz de las estrellas, temiendo por la suerte de sus hijos y de los hombres que estaban con ellos. Los guerreros apenas durmieron unas horas por la noche, pero a pesar del esfuerzo Cuchulain no notaba el cansancio en sus piernas. Veía que se aproximaba el momento para poner a prueba las habilidades que Scáthách le había enseñado y no quería dar muestras de debilidad ni de flaqueza.
Su amigo Ferdia corría a su lado en primera línea. Crínóg aullaba varios metros más allá de su amo, conduciendo la marcha. Su pelaje negro se confundía con la noche, como una sombra entre sombras que guiaba a los guerreros bajo la inquietante luz de la luna y las estrellas. De vez en cuando la loba miraba hacia atrás, incitando a los guerreros a que la siguieran, o bien se detenía para olfatear en el suelo.
La banda de Scáthách escuchó los primeros gritos y el entrechocar de las espadas poco después de la llegada del alba. Cuchulain echó una rápida mirada hacia el campo de batalla y al instante comprendió que Tallorcen y Mailcon se encontraban en graves apuros. Los hijos de Scáthách combatían desde las plataformas de sus carros de guerra, rodeados de enemigos, mientras un auriga sujetaba las riendas de los caballos.
El ejército de Aifa era superior en hombres y había logrado rebasar los flancos de su adversario. Muchos de ellos iban desnudos, armados con lanzas y pequeños escudos, con el cuerpo lleno de tatuajes de color azul.
Scáthách se acercó a Cuchulain y le gritó unas palabras al oído.
— Escoge a veinte hombres y dirígete contra la retaguardia, Cuchulain ¡Hazlo rápido, antes de que sea demasiado tarde!
— ¿Qué harás tú?
— Daré un rodeo por aquella llanura y atacaré su flanco derecho. ¡Apresúrate, Cuchulain!
El joven echó a correr por el llano, seguido por los veinte guerreros de Scáthách que corrían detrás de él. Cuchulain lanzó un grito cuando penetró en las desordenadas filas del enemigo, abriendo una considerable brecha. Cuchulain clavó su lanza en la espalda de un hombre y la dejó allí. Sin pérdida de tiempo desenvainó su espada y empezó a repartir mandobles a diestra y siniestra, aprovechando la ventaja del ataque por sorpresa. Ferdia combatía a su lado con igual destreza, mientras Crínóg clavaba sus afilados colmillos en la garganta de un guerrero desnudo. Los oídos de Cuchulain se llenaron de aullidos y gritos de agonía. Todo era confuso y la vista apenas se detenía en un punto concreto.
Unos nuevos gritos de guerra llamaron su atención. Era Scáthách, que había bajado a la llanura con sus hombres para ayudar a sus hijos. Cuchulain observó su figura enérgica y aterradora abriéndose paso entre las filas enemigas como una tormenta de verano y sorprendiendo a los hombres de Aifa, que miraban aterrorizados la llegada de un nuevo ejército.
El coraje de los guerreros de Aifa se deshizo como jirones de niebla que se funden bajo los cálidos rayos del sol. Algunos lucharon con renovado valor, pero el ataque sorpresa de Scáthách había destrozado sus líneas y cubierto el campo de cadáveres. Al ver el desastre que se avecinaba sobre su ejército Aifa ordenó a su auriga dar media vuelta a su carro. La princesa comprendía que la batalla estaba perdida y entonces intentó abrirse paso con la ayuda de un grupo de fieles lanceros, que se apresuraron en formar un muro de escudos alrededor de su señora para proteger su vida.
Cuchulain mandó cargar contra los fugitivos y se situó en medio de sus hombres, animándoles a luchar. Al ver que dudaban se lanzó a la carrera y abrió brecha en la barrera de escudos del enemigo, lo cual incitó a los demás a seguirle, en medio de una algarabía de gritos y aullidos de victoria. Cuchulain le había abierto el cráneo al primero y cercenado una mano al segundo guerrero que se había atrevido a hacerle frente, y siguió golpeando con su espada hasta que una nueva figura llamó poderosamente su atención.
Entonces se giró y vio a Aifa luchando desde su carro. La princesa combatía con el estilo de un auténtico guerrero, lo que causó la admiración del joven. Sus cabellos eran negros y los llevaba sujetos con una trenza que caía sobre su espalda hasta llegar a la cintura. Su mano izquierda sujetaba las correas de su escudo, en el que figuraba su enseña, un ciervo rojo coronado por dos grandes astas, mientras que alrededor de su cuello lucía una pesada torques de plata.
Cuchulain miró a su alrededor en busca de algún enemigo, pero no halló a nadie. Aquella pequeña tregua le permitió vislumbrar el campo de batalla como un espectador privilegiado. Los pictos luchaban de la misma manera que los ulates. No formaban un frente de batalla unido ni combatían como un grupo para sobrevivir. Todos luchaban de manera individual, guerrero contra guerrero, en un combate cuerpo a cuerpo, lo cual hacía todo más confuso y caótico, una carnicería salvaje en la que los instintos más primarios encontraban su plenitud. Cuchulain recordó las palabras de Cathbad, que en muchas ocasiones le había dicho que solo los insensatos y los inexpertos iban a la guerra, pero Cuchulain no pensaba lo mismo. El muchacho podía sentir el contacto frío de la muerte, acercándose a él como una latente amenaza, y se sentía extrañamente vivo cuando luchaba contra un enemigo, consciente de que su vida corría peligro y que podía morir de una rápida estocada. Aquella sensación que erizaba sus cabellos e inundaba todas las partes de su cuerpo era única e irrepetible. La frontera entre la vida y la muerte era tan borrosa que se podía percibir en los gritos de los hombres, que intentaban sobrevivir a estocadas entre una maraña de despojos humanos.
El frenesí salvaje que dominaba su alma era como una voz que resonaba en su cabeza pidiéndole salir al exterior.
Guerreros, el inconfundible hedor de la sangre, aullidos de terror. Los lamentos de los moribundos ...
Aquello era la batalla. La gloria y el éxtasis, el horror y la carnicería.
De pronto un ruido de cascos le devolvió a la realidad.
El carro de Aifa se dirigía directamente hacia él, con un ruido amenazante y atronador. Cuchulain arrojó su escudo al rostro del auriga que, sacudido por la fuerza del impacto, soltó las riendas y cayó hacia atrás. Los caballos se desviaron hacia la izquierda, interrumpiendo su trayectoria inicial. Aifa se tambaleó durante unos instantes sobre la plataforma de madera de su carro, pero logró mantener con dificultad el equilibrio. La princesa dejó caer la espada dentro del carro y sujetó las riendas, iniciando con lentitud la retirada del campo de batalla. Los cadáveres que yacían en la hierba interrumpían su avance, como si de piedras en el camino se tratara.
Cuchulain había arrojado sus armas al suelo para ganar velocidad en su carrera hacia el carro de Aifa. El ulate se había dado cuenta de que la princesa tenía problemas para abandonar el campo, y al instante pensó que aquella era una excelente ocasión para impedir su huida.
Aifa tardó solo unos instantes en azuzar a los caballos y obligarlos a avanzar. Las ruedas empezaron a subir por encima de los cuerpos de los que habían caído.
La princesa sonrió para sus adentros. La huida estaba al alcance de su mano.
En ese momento Cuchulain saltó hacia ella. Ambos cayeron del carro y se pusieron a forcejear en la hierba, que estaba empapada de sangre y heces. Aifa se defendía con la desesperación de un animal acorralado, ayudándose de manos y piernas para deshacerse de su enemigo.
Sin embargo Cuchulain era más fuerte y no estaba dispuesto a dejarla escapar. Sujetó las manos de Aifa con las suyas y le propinó un codazo en el estómago que logró vencer la resistencia de la princesa. A pesar del dolor ella siguió debatiéndose como una fiera hasta que él desenvainó su daga y la acercó a su garganta.
— Estate quieta – le dijo, mirándola a los ojos.
7
Los muertos cubrían el campo de batalla como un espectral sudario. Las aves carroñeras descendían del cielo para participar en el macabro festín de la llanura, arrancando la carne de los cadáveres con sus afilados picos. El hedor era difícil de soportar. Los gemidos de los moribundos eran arrastrados por el viento del norte, un viento frío y quejumbroso que resonaba en los oídos de Cuchulain.
Una canción fúnebre.
El orgullo de Aifa no solo había tenido que soportar la humillante derrota. La mitad de su ejército estaba destruido y la otra mitad estaba formada por los supervivientes, que habían sido hechos prisioneros, y por los heridos. Pronto la altivez de la princesa se vio puesta a prueba cuando Cuchulain la obligó a presentarse ante su vencedora, Scáthách.
La belleza de la princesa no residía en su rostro, que era anguloso y firme. Sus ojos eran negros, como cuentas de azabache, y la expresión de su mirada delataba sus escasos veinte años, confiriéndole un aspecto sumamente atractivo. Una belleza terrible anidaba en aquellos ojos, aumentada por la ceñuda voluntad de su carácter.
Tallorcen y Mailcon observaban con rostro reprobatorio a la princesa vencida. Habrían deseado violarla y hacerla su esclava, vengándose así de las derrotas que ella les había infligido en el pasado. Sin embargo Scáthách, que los conocía demasiado bien, no compartía la misma opinión que sus hijos.
— Es una princesa – les dijo. – Y será tratada con todos los honores propios de su rango.
Para su sorpresa Aifa no se vio sometida a ninguna clase de humillación. Scáthách le ofreció un tratado de amistad a cambio de la entrega de rehenes, para asegurarse el buen comportamiento de Aifa en el futuro, pero la princesa se mostró inflexible, como si no quisiera dar su brazo a torcer. No quería entregar rehenes y solo se comprometía a empeñar su palabra en el asunto.
— No estás en condiciones de exigir nada – le recriminó Scáthách. – Has sido derrotada en el campo de batalla y la ley exige la entrega de rehenes. No tienes otra opción, Aifa.
La princesa meneó la cabeza negativamente. Su orgullo no le permitía ceder.
— Aceptaré si tú me entregas rehenes a mí también – dijo ella.
— Eres mi prisionera – rugió Scáthách, que estaba empezando a perder la paciencia. – Y seguirás siéndolo hasta que cambies de opinión.
Cuchulain miró directamente a los ojos de Aifa. De pronto se le había ocurrido una idea y quería exponerla ante todos los presentes.
— Yo mismo me ofreceré como rehén.
Todos se quedaron asombrados al oír el ofrecimiento de Cuchulain.
— No tienes por qué hacerlo – le dijo Scáthách.
— Acepto – replicó Aifa sin titubear.
— Si Cuchulain se va, yo me iré con él – dijo Ferdia. – Es mi amigo y no pienso dejarlo ir solo.
— No permitiré que dos de mis mejores guerreros se conviertan en rehenes – dijo Scáthách. – Esta batalla la hemos ganado nosotros y yo decidiré qué es lo que ha de hacerse y cómo ha de hacerse.
— Acepto a los dos – repitió Aifa, sonriendo. – Te doy mi palabra de que haré todo lo que me pidas, Scáthách.
La mujer guerrera gruñó, pero no tuvo más remedio que aceptar la situación.
— Estas son las condiciones – gritó Scáthách en voz alta. – A cambio de la paz me entregarás cinco rehenes, que escogerás de entre los hijos de los principales jefes guerreros de tu clan. Asimismo me entregarás como tributo quince cabezas de ganado y treinta ovejas. Y en cuanto a Cuchulain y Ferdia solo permanecerán como rehenes en tus tierras durante el periodo de un año, y solo como garantía de mi futura amistad hacia ti. Cuchulain ha prometido servirme durante dos años, lo que significa que antes de Lughnasa tanto él como Ferdia deberán regresar a mi dun.
Aifa asintió con un gesto de su cabeza, dando a entender que estaba de acuerdo con todo lo que Scáthách le exigía.
Mientras la princesa supervisaba la incineración de los cadáveres de sus guerreros caídos en la batalla, Scáthách se acercó a Cuchulain con una pregunta en los labios.
— ¿Por qué lo has hecho?
— Era la única manera de vigilar a Aifa de cerca – le respondió él.
—¿Estás loco, Cuchulain? Esa mujer sería capaz de matarte para romper la tregua, pues eres el primer hombre que la ha vencido y eso es algo que no olvidará tan fácilmente. No creo que te tenga mucho aprecio.
— No te preocupes, Scáthách. Mi loba se encargará de que no me suceda nada malo. Confía en mí. Sé ganarme la lealtad de los hombres y te aseguro que en menos de un año me habré asegurado su amistad.
Scáthách se quedó pensando un rato con la mirada fija en el suelo. Luego levantó los ojos y observó con fijeza a su alumno.
— Quizá tengas razón. No es tan mala idea – añadió ella con una sonrisa. – Eres más inteligente de lo que pensaba, Cuchulain. Algún día serás un gran señor de hombres.
Cuchulain y Ferdia se marcharon hacia el norte con Aifa y el resto de sus guerreros, seguidos por la incesante humareda de las últimas hogueras que consumían los cuerpos de los caídos en el combate. Aifa había recuperado el orgullo que había perdido después de su derrota y ahora se erguía majestuosa y radiante sobre su carro, convencida de haber alcanzado un acuerdo que no pondría en peligro su dominio sobre la parte de la isla que ella gobernaba.
Las tierras al norte de la isla de la Bruma eran frías y desabrigadas. Los campos estaban desprovistos de árboles y el paisaje que se abría a los ojos de Cuchulain era un terreno yermo y desamparado. Casi podría decirse que estaba abandonado por los dioses, quienes se habían olvidado de aquella parte de la isla incontables generaciones atrás.
El dun de Aifa era una fortaleza pobre en comparación con la de Scáthách. La casa fortificada de la princesa estaba circundada por un miserable grupo de chozas, construidas de manera tosca y rudimentaria. Solamente la empalizada ofrecía un aspecto sólido, proporcionando un cierto aire de seguridad al recinto. Los centinelas que vigilaban las puertas llevaban con orgullo la insignia del ciervo rojo en sus escudos, pero eran guerreros muy jóvenes y aún no asomaba en sus rostros imberbes el menor atisbo de barba.
La cena que los sirvientes de Aifa prepararon en las cocinas consistió en carne de cordero, pan de cebada y costillas de buey. El hidromiel era fuerte y sirvió para deshacer la frialdad de la velada. El hijo de Dectera sabía hacerse popular entre los guerreros y aquella noche conoció en el salón de banquetes a varios parientes de la princesa, quienes no ocultaron su sorpresa al comprobar que aquel muchacho tan joven poseyera una madurez impropia de su edad.
Un druida de aspecto sucio estaba sentado a la diestra de Aifa, susurrándole algunas palabras en voz baja a la princesa, que le escuchaba con viva atención, pero la expresión de su rostro era indescifrable y ninguna emoción se podía leer en él. Durante el transcurso del banquete los guerreros celebraron con alegría el tratado de amistad que Aifa se había comprometido a mantener con Scáthách. Nadie se acordaba ya de la derrota sufrida a manos de su ejército, y la presencia de Cuchulain y su amigo Ferdia constituían una garantía de que Scáthách no invadiría sus tierras.
Después de la cena unos sirvientes llevaron a Cuchulain y a Ferdia a una de las habitaciones de la casa. Aifa había dispuesto para ellos una pequeña estancia destinada a los huéspedes, donde dos esclavas aguardaban sentadas en silencio sobre el suelo de cañas.
— ¿Quiénes sois? – les preguntó Cuchulain, atónito.
— Nuestro nombre no importa, noble guerrero. Somos esclavas y esta noche nuestra señora nos ha ordenado que os demos placer.
— Puedes marcharte – le dijo Cuchulain. Había bebido mucho hidromiel y las sienes le latían con violencia. – No necesito a nadie que me caliente el lecho.
Pero Ferdia no estaba de acuerdo. Se llevó a Cuchulain aparte y le habló en voz baja.
—¿Te importa si las dos pasan la noche conmigo? Prometo no hacer mucho ruido.
— Haz lo que quieras, Ferdia – le dijo riéndose. – Estoy tan cansado que dudo mucho que podáis despertarme con vuestros gritos.
Cuando Cuchulain se acostó en su camastro de paja el mundo se tiñó de negro detrás de sus párpados. No se despertó en toda la noche ni escuchó los gemidos de placer que Ferdia logró arrancar de las dóciles esclavas.
Al día siguiente Cuchulain se levantó con un terrible dolor de cabeza. Se sentía cansado y tenía la lengua pastosa y seca. Se frotó los ojos y se levantó de la cama, con la mente embotada aún por los efectos del hidromiel. Echó un vistazo al camastro de Ferdia y vio que su amigo no estaba allí.
Lo encontró en las cocinas, en compañía de las dos esclavas de la noche anterior.
— No te gusta perder el tiempo, ¿verdad, Ferdia?
— Nunca había dormido con dos mujeres a la vez, hermano. Es fantástico. Tendrías que probarlo.
— No, gracias. No tengo ningún interés.
— Ah, claro. Olvidaba que tú solo reservas tus fuerzas para Emer – le dijo, golpeándole en el hombro y riéndose.
Mientras Cuchulain desayunaba unas gachas calientes Ferdia se entretuvo pellizcándoles los senos a las esclavas. Cuchulain no les prestó la menor atención y cuando hubo acabado de desayunar abandonó las cocinas y salió afuera, a la luz del sol.
El ulate se cubrió los ojos con el dorso de la mano, deslumbrado ante la hermosa claridad del día. Cerca de él un herrero trabajaba incansable en su fragua, templando la hoja de una espada sobre el yunque. Llevaba puesto un sucio delantal de cuero y los músculos de sus brazos goteaban de sudor.
—¿Sabes donde puedo encontrar a la princesa Aifa? – le preguntó Cuchulain.
— No la he visto en todo el día, muchacho – le respondió el herrero con voz ronca.
Los guerreros de Aifa vivían con sus esposas en las chozas que se levantaban alrededor de la casa fortificada de la princesa. Las mujeres atendían a sus quehaceres domésticos, acompañadas por sus hijos, quienes seguían a sus madres a todas partes como un rebaño de ovejas sigue a su pastor. Cuchulain se quedo observándoles durante un rato, ensimismado en sus propios recuerdos de infancia hasta que una voz le obligó a salir de sus ensueños y a dar media vuelta.
—¿Qué tal has pasado la noche, Cuchulain? – le preguntó la princesa Aifa, que iba montada sobre el lomo de una yegua negra, al tiempo que exhibía en su rostro una pequeña sonrisa maliciosa.
— Bien, señora – mintió él.
—¿Te gustaría dar un paseo a caballo conmigo? – inquirió de nuevo, adoptando una actitud indiferente.
Aifa ordenó a uno de sus sirvientes que trajeran un caballo para Cuchulain, mientras la princesa acariciaba las orejas de su soberbia yegua. Aifa cabalgaba en su montura a pelo, azuzando al caballo con sus piernas ágiles y flexibles, pero la princesa no tardó en darse cuenta de que Cuchulain también era un excelente jinete. El muchacho movía sus anchos hombros con elegancia, montado en un caballo de color marrón que trotaba al lado de la yegua de Aifa. Por unos instantes Cuchulain creyó percibir un brillo de placer en los ojos de la princesa, quien no dejaba de observarle con evidente admiración.
— Eres un jinete consumado – dijo ella. – Pareces un niño, aunque tienes el cuerpo de un hombre. – De pronto cambió de tema y le preguntó. – Dime, Cuchulain, ¿por qué te has ofrecido como rehén?
— He jurado servir a Scáthách durante dos años – le dijo él – y mi deber consiste en obligarte a cumplir el juramento de amistad que has pronunciado.
—¿Siempre eres tan directo con las mujeres?
— Eso no te concierne, princesa.
— Tal vez sí. No olvides que eres mi rehén – le recordó ella. – Estás en mis tierras y puedo disponer de tu vida y de la de tu amigo si ese es mi deseo. Conviene que lo tengas en cuenta, Cuchulain.
— No creo que tu deseo sea ganarte nuevamente la enemistad de Scáthách – afirmó él, retándola con sus ojos grises.
—¿Con quién crees que estás hablando? – gritó ella, furibunda. La princesa había detenido a su yegua golpeando los flancos del animal con sus piernas, y ahora miraba colérica a Cuchulain. – Podría ordenar tu muerte en este mismo momento, con un solo gesto de mi brazo.
La princesa extendió su mano en dirección a la fortaleza. De pronto las figuras de tres jinetes se recortaron en el horizonte, a unos cien metros de distancia. Se trataba de la escolta personal de Aifa, que tenía como misión velar por la seguridad de su señora. Hasta ese momento Cuchulain no se había dado cuenta de que aquellos jinetes los habían estado siguiendo.
— Te pido disculpas, Aifa. No era mi intención ofenderte.
Aifa arrugó el entrecejo, pero no dijo nada. Azuzó a su yegua con los talones y ambos cabalgaron en silencio durante un rato.
El muchacho se sorprendió al oír las siguientes palabras de Aifa.
— Scáthách te ha entrenado bien. De otro modo no habrías podido vencerme – repuso la princesa, moviendo su larga trenza negra.
Al ver que Cuchulain no le respondía ella siguió hablando.
— Por cierto, ¿dónde has dejado a tu loba? – le preguntó ella, interesada por la suerte del animal.
— No lo sé, señora. Hace tres días que no la veo. Supongo que habrá ido a cazar.
— Un podenco y una loba. ¡Menuda pareja tan extraña formáis!
— Es bastante independiente. Me recuerda a ti.
Aifa se sintió complacida al oír las palabras de Cuchulain. La princesa sonrió y luego clavó sus ojos castaños en los grises del joven.
—¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? – inquirió ella. – Hay algo que te quiero enseñar.
Cuchulain asintió y ella volvió a sonreír.
— No faltes a la cita – repuso ella.
Y se alejó, dejándolo solo.
Entre las tribus celtas los rehenes nobles siempre eran tratados con respeto. Sus captores les ofrecían una buena habitación para descansar, los alimentaban bien y los vestían con ricos ropajes. Cuchulain y Ferdia eran tratados como huéspedes de honor en la casa de Aifa, comían y bebían en el salón de banquetes con los demás guerreros y podían acostarse con las esclavas de la princesa si así lo deseaban, pero eran rehenes y no podían llevar armas, así que una partida de guerreros los escoltaba cuando alguno de ellos quería cabalgar por las tierras frías y yermas del páramo.
Aquella noche Cuchulain se presentó ante la puerta de la habitación de Aifa. Un lancero estaba apostado a la entrada. El guardia debía estar al tanto de su llegada, pues en cuanto le vio le indicó con un gesto de la cabeza que podía entrar en la habitación de la princesa.
La estancia estaba a oscuras. Un tímido fuego alumbraba el recinto, que parecía vacío. Cuchulain cerró la puerta con suavidad y paseó su mirada por la pequeña habitación, acostumbrando sus ojos a la densa oscuridad.
El mobiliario era pobre y sencillo. Había un gran arcón de madera apoyado contra una de las paredes laterales, cerca de un jergón lleno de plumas, donde la princesa dormía por las noches.
De súbito una figura emergió de las sombras.
Era Aifa.
La princesa iba vestida con una túnica corta de color rojo que acentuaba las formas delgadas y esbeltas de su cuerpo. A su lado caminaba una loba de pelaje negro y ojos ambarinos, que brillaban como ascuas en el oscuro recinto.
—¿Te ha gustado mi sorpresa? – le preguntó Aifa.
La princesa acariciaba la cabeza de Crínóg. Cuchulain estaba tan sorprendido que se había quedado sin palabras.
— Nos hemos hecho amigas. Al parecer tenemos cosas en común.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? – quiso saber Cuchulain, asombrado ante lo que veía. El joven sabía que Crínóg se dejaba acariciar por los hombres, pero la loba siempre gruñía cuando una mujer se acercaba a ella o a su amo.
— Me la encontré sentada a mi puerta la noche anterior. Creo que es una mensajera de los dioses – dijo ella, muy seria.
—¿Crínóg? ¿Una mensajera de los dioses? – le preguntó él.
— Lo he consultado con mi druida personal y me ha dicho que se trata de un presagio maravilloso. Dice que la presencia de la loba ante mi puerta anuncia el nacimiento de un niño. Un niño de sangre real que gobernará la isla de la Bruma – comentó ella, llena de entusiasmo.
Aifa dejó de hablar y avivó las llamas de la hoguera, iluminando el recinto de humo y de luz. Las sombras retrocedieron poco a poco, disipando las tinieblas que rodeaban la figura de Cuchulain.
Crínóg se acercó a su amo y le lamió las manos. No era la primera vez que alguien le decía que su loba era un animal extraño. El druida Amorgon había insinuado tiempo atrás que la diosa Morrigan se ocultaba detrás de sus ojos ambarinos. Cuchulain se preguntaba si aquellos augurios serían ciertos cuando Aifa se dio la vuelta y le miró.
— La cena está casi lista. Acércate.
Aifa calentó la comida y la sirvió en unos cuencos de madera. Se trataba de carne de buey aderezada con hierbas. La princesa le puso en la mano un cuerno de hidromiel adornado con ribetes de oro. Cuchulain no lo rechazó a pesar de que sabía que el licor sería demasiado fuerte para su gusto.
Crínóg se sentó cerca del fuego y cerró los ojos. Cuchulain bebió un último trago y posó el cuerno sobre el suelo de cañas.
—¿Crees en los presagios, Cuchulain?
— Sí. Tengo motivos para creer en ellos.
— Entonces te revelaré algo más. Yo seré la madre de ese niño – aseguró ella con firmeza.
—¿Y quién será el padre? – preguntó él, intuyendo la respuesta.
— Un hombre que vendrá del oeste, desde el otro lado del mar.
8
El verano acrecentaba la sensación de intranquilidad en el ánimo de Cuchulain, fluyendo como un oscuro curso de agua en todos los rincones de su cuerpo. El joven disipaba sus energías montando a caballo y recorriendo las tierras rocosas y desnudas de árboles del páramo, al norte de la isla. Las escasas granjas que salpicaban el pobre terruño estaban aisladas unas de otras, rodeadas de vallados que marcaban el límite de sus propiedades. Las gentes que vivían en ellas eran criaturas silenciosas y poco amistosas y siempre evitaban cualquier encuentro con extraños.
Ferdia había hallado en las esclavas del dun un excelente recurso contra el tedio. Nunca se cansaba de yacer con ellas, ya fuera en las cocinas o en la habitación que compartía con Cuchulain, su hermano de sangre, con quien había hecho un juramento de amistad eterna. Ferdia advertía que Cuchulain no buscaba la compañía de los guerreros de Aifa, entre los que se había hecho muy popular últimamente, ganándose su amistad y confianza. Su amigo se había vuelto silencioso y retraído. Ferdia creía que el ulate añoraba su tierra o que el recuerdo de Emer pesaba demasiado en su memoria, pero decidió que era mejor no asediarlo con preguntas hasta que su hermano quisiera hablar con él del asunto.
Los meses siguientes se sucedieron con exasperante lentitud. Einion, el druida de Aifa, encendió los fuegos de Samain para ahuyentar a los espíritus que regresaban del otro mundo con el propósito de perturbar el descanso de los vivos. Los días se hicieron más cortos y las noches más frías y largas. La isla de la Bruma se envolvió en la estación del sueño. Sus suaves acantilados besaron los muros de niebla que tendían su espesa cortina sobre los desnudos campos. La lluvia no cesaba de caer, convirtiendo la tierra en un barrizal húmedo, y un espeso manto de nubes ocultaba el rostro del sol, que no podía calentar con sus rayos las fértiles tierras que se extendían al oeste de la isla.
Poco después del solsticio de invierno la vida empezó a resurgir lentamente. Einion empezó a hacer los preparativos de Imbolc, la festividad dedicada a la diosa de la fertilidad. Einion era un druida de unos cincuenta años, con una barba gris y sucia que le llegaba hasta la cintura. Sus cabellos grises, llenos de mechones blancos e infestados de piojos, los llevaba recogidos en varias trenzas, donde anidaban incrustados varios huesos pintados con símbolos mágicos de los que solo él conocía su significado. Los huesos tintineaban cada vez que realizaba un movimiento brusco, lo cual era muy habitual en un hombre nervioso e inquieto como él.
Era un personaje realmente extraño. Cuchulain creía que le faltaba la autoridad y la dignidad de Cathbad, pero el druida de Aifa sabía imponerse cuando era necesario e infundía temor en los corazones de aquellos que se le oponían. Había sido Einion quien le contara a Cuchulain todos los detalles acerca de la extraña profecía que el druida oyera de labios de su antiguo predecesor. Einion le confirmó el augurio que Cuchulain había escuchado de labios de la princesa, y le dijo que un noble guerrero vendría del mar y fecundaría el vientre de una princesa, naciendo de dicha unión un heredero de estirpe real que gobernaría con mano firme las tierras de la isla de la Bruma.
Era difícil creer las palabras de Einion. Cuchulain pensaba que aquella profecía había sido inventada por los druidas para mantener vivo el deseo de venganza contra Scáthách y reanudar de nuevo las hostilidades con el único objeto de iniciar otra guerra. Los clanes del páramo siempre habían ambicionado las ricas tierras del sur. La profecía en la que Aifa depositaba sus esperanzas bien podía tratarse de un ardid de Einion, cuyos ojos destilaban amargura y ansias de poder. Los hombres siempre depositaban su fe en aquello que más convenía a sus intereses y Cuchulain estaba seguro de que Einion había empleado toda su astucia para persuadir a Aifa de la veracidad de aquella oscura profecía.
En la fiesta de Imbolc los habitantes del dun hicieron pasar a los corderos recién nacidos por el fuego. Era la fiesta de las ovejas y Einion sacrificó a un corderito para propiciar la fertilidad de los rebaños que pertenecían a su señora, la princesa Aifa.
Al terminar la ceremonia las mujeres jóvenes del clan de Aifa también pasaron por el fuego entre incesantes risas, mirando provocativamente a los hombres. La noche era fría en el interior de las murallas del dun, pero el hidromiel había calentado los miembros de los guerreros y embotado sus emociones. Los hombres siguieron a las mujeres con la mirada, a lo que ellas respondieron con un ademán de sus gráciles manos, invitándoles a entrar en las chozas.
Ninguna de aquellas mujeres había invitado a Cuchulain a seguirla. Cuchulain esperaba que otro rostro le incitara a decidirse, una esbelta figura de mujer con las piernas flexibles y el talle delgado y fuerte como el de un junco.
Fue entonces cuando las llamas de Imbolc iluminaron el enigmático rostro de Aifa. La princesa iba vestida con una sencilla túnica de lino. Ella también pasó por en medio del fuego y levantó la cabeza, mirando con ojos ávidos a Cuchulain. Aifa tendió su mano, invitando al joven a que se reuniera con ella. Sus cabellos negros flotaban libremente, mecidos por la fresca brisa nocturna.
La llamada de la sangre era demasiado fuerte. Le zumbaba en los oídos, incitándole a obedecer la oleada de sensaciones que invadían sus miembros.
Cuchulain cogió la mano que ella le tendía y ambos pisaron el suelo de tierra del dun hasta llegar a los escalones de la casa. Aifa condujo a Cuchulain hacia el jergón de plumas de su habitación. Él no se resistió, dejándose llevar como una hoja seca arrastrada por el viento.
— Abrázame, Cuchulain. Sé que me deseas tanto como yo a ti. Eres el único hombre a quien he considerado digno de amar. Mi cuerpo solo te pertenece a ti – susurró con voz cálida.
En las semanas que siguieron a la festividad de Imbolc la princesa compartió su lecho con Cuchulain. Las esclavas que dormían con Ferdia se percataron de que el otro camastro de la habitación estaba vacío, y en pocos días se extendió el rumor por todo el dun de que Cuchulain y Aifa eran amantes. Ferdia se sorprendió cuando su amigo le confirmó que el rumor era cierto, aunque no era necesario que se lo confirmara. El rostro de Cuchulain irradiaba felicidad y sus ojos no dejaban de soñar en todo momento con el cuerpo seductor de Aifa.
—¿Qué pensará Scáthách si se entera de esto? – le preguntó Ferdia en tono reprobatorio.
— No tiene por qué enterarse – le respondió Cuchulain.
— Quizás te convenga recordar que eres su rehén, ¿o ya lo has olvidado? ¿No se te ha ocurrido pensar que lo más probable es que te esté utilizando?
—¿Para qué?
— Para que rompas tu juramento con Scáthách, idiota – le recriminó Ferdia. – Te has ganado la confianza de la gente del páramo, Cuchulain, y ahora sus guerreros te ven como a un caudillo que los llevará a la victoria.
— No es mi intención traicionar el juramento que le hice a Scáthách – replicó Cuchulain airado. – Simplemente me gusta esta isla y pienso que no sería mala idea permanecer aquí más tiempo.
—¿Y qué hay de Emer, hermano? ¿Ya no te interesa?
—¿Qué sabes tú de Emer? No la has visto en tu vida.
— Es cierto, pero no has dejado de fatigarme los oídos con su recuerdo desde que nos hemos hecho amigos.
Cuchulain se quedó callado por unos instantes. Ferdia tenía razón. No podía abandonar su sueño de luchar por Emer, ni permitir que una pasión desenfrenada destruyera el vínculo que lo ataba a su familia y a su señor en las tierras de allende el mar, en Eiréann.
— Tienes razón, hermano, pero te equivocas con Aifa. Es una niña con cuerpo de mujer y en su alma no hay lugar para la intriga.
— No seas necio, Cuchulain. No conoces en absoluto a Aifa. Las mujeres pueden conseguir lo que se les antoje y son capaces de sacudir los cimientos de la tierra con el único propósito de satisfacer sus propios deseos.
Cuchulain comprobó por sí mismo la veracidad de las palabras de Ferdia una semana después de los fuegos de Beltain. El joven guerrero disfrutaba de un paseo a caballo cerca de la península rocosa que se extendía al norte de la isla cuando le comunicó a la princesa su intención de regresar al dun de Scáthách.
— No puedes irte ahora – le dijo ella. – Te necesito.
— Le prometí a Scáthách que regresaría antes de Lughnasa.
— Quédate a mi lado, amor mío. Te lo ruego – le suplicó Aifa. – Pídele a Scáthách que te libere de tu juramento y cásate conmigo.
— Eso es imposible, Aifa. Ya te he dicho que estoy atado a otra mujer.
—¡Malditos juramentos! ¿Por qué no renuncias a ellos? – gritó indignada. — ¿Acaso no soy suficiente para ti? Escúchame, Cuchulain. Si te unes a mí podrías convertirte en el señor de la isla, ¿no lo entiendes?
Él movió negativamente la cabeza.
— Estoy encinta, ¿sabes? – le dijo, intentando retenerlo por todos los medios posibles. – Llevo a tu hijo dentro de mis entrañas. No serás capaz de abandonarlo ¿verdad?
Cuchulain se asombró ante la noticia. De pronto no supo qué responder. Se había quedado sin habla.
— Tu hijo, Cuchulain. Será un varón. Einion me lo ha confirmado.
Un hijo. La prolongación de uno mismo.
Durante unos instantes el corazón de Cuchulain se dejó llevar por los sueños que Aifa le prometía, reviviendo en su mente los hermosos recuerdos de las noches que había pasado con ella. Se imaginó investido con los honores de un príncipe, sometiendo bajo su mano a los habitantes que vivían en aquella tierra y proclamándose señor de la isla. Enseñaría a su hijo el manejo de las armas y haría de él un hombre para que en el futuro pudiera sentirse orgulloso de él. Su corazón le decía que abrazara aquel sueño, que se apropiara de él y lo hiciera realidad. Aifa estaría siempre a su lado y le ayudaría a conseguirlo.
Cerró los ojos y se puso a reflexionar.
No. No podía hacerlo. Era como traicionarse a sí mismo. Había jurado ante los dioses que regresaría junto a Emer, y un juramento de aquella clase no podía ser quebrantado sin desatar la cólera divina y acarrear su desgracia.
— No puedo, Aifa – le dijo él, con el corazón apesadumbrado. – He hecho una promesa y si no la cumplo me convertiré en un hombre sin honor.
Cuchulain dio media vuelta a su caballo e inició el camino de regreso a la fortaleza.
— Cargarás con el peso de tu decisión todos los días de tu vida – le dijo ella a sus espaldas. – Los dioses te maldecirán por haber abandonado a tu hijo.
Al día siguiente Cuchulain abandonó la fortaleza del páramo en compañía de Ferdia y Crínóg. En sus oídos aún resonaban como un insistente eco las últimas palabras de Aifa.
Scáthách escuchaba el relato de Cuchulain con los ojos cerrados y el rostro serio. No los abrió ni mostró reacción alguna hasta que su alumno hubo terminado de contar todos los pormenores que habían caracterizado su estancia en las tierras de Aifa.
— Ha debido ser una decisión difícil para ti – comentó Scáthách.
— Lo ha sido, Scáthách, pero tú me has enseñado que cuando un guerrero pronuncia un juramento no puede echarse atrás.
— Te he enseñado bien ¿verdad? – dijo ella con una sonrisa amarga. – De todos modos estoy orgullosa de ti, Cuchulain. Te has comportado con sabiduría, algo que no es muy habitual entre los guerreros.
—¿Crees que Aifa romperá el tratado de paz?
— No, no lo creo. Sus fuerzas han quedado muy debilitadas después de la derrota que sufrió hace un año – dijo ella. – Además el hijo que espera templará su ánimo y la mantendrá ocupada durante un tiempo.
— Espero que tengas razón. No me gustaría ser el causante de una guerra entre los dos clanes.
— Tonterías, Cuchulain. Aifa ya no representa ningún problema para mí. Me estoy haciendo vieja y pronto mis hijos deberán asumir la responsabilidad de gobernar el destino de la tribu.
— Te echaré de menos, Scáthách.
— Y yo a ti, noble podenco. Has sido el mejor alumno que he tenido. Ven, muchacho. Acércate. Quiero regalarte algo antes de tu partida.
Scáthách extrajo de un arcón un pesado y largo objeto envuelto en una vieja funda de cuero. La mujer se lo tendió a Cuchulain con una mirada solemne y lo depositó en sus manos.
Era una lanza. La brillante hoja estaba formada por treinta dientes de hierro, tan afilados y cortantes como cuchillas.
— Esta lanza es capaz de penetrar en la carne como un arpón, desgarrándola – le dijo ella rozando con un dedo la hoja dentada.
— Es un arma formidable. Nunca había visto una igual – dijo Cuchulain asombrado.
— Es una lanza mágica. Su nombre es Gae Bolga. Fue forjada por herreros en el Otro Mundo. Solo puede ser blandida por un guerrero que sea digno de ella.
— Me concedes un honor demasiado grande. No la merezco.
— Eres el único que la merece, Cuchulain. Úsala bien y pon en práctica todo lo que te he enseñado.
El joven abrazó a Scáthách y le dio un beso en la mejilla.
— Nos veremos en Tir Nan Og, Scáthách.
— Adiós, Cuchulain. Que los dioses te protejan.
|