La editorial “La biblioteca del laberinto” nos ofrece una nueva recopilación del maestro texano Robert E. Howard, en la línea de la que ya realizó con Espadachinas y de otras que, afirma en contraportada, publicará con posterioridad.
Nuevamente tengo que hablar del buen criterio del editor por las historias que selecciona para realizar sus volúmenes; ya que, si bien no son por entero de mi gusto, sí son ciclos completos acerca de los tres personajes que las protagonizan. Esto facilita el completismo de los innumerables relatos del autor, dispersos en múltiples publicaciones.
Las distintas temáticas que tratan los relatos obligan a hablar de los mismos en tres apartados distintos, según el protagonista de las mismas:
“Estaba fascinado por la adorable sus jóvenes senos, firmes y puntiagudos bajo la túnica transparente. Sus dedos se morían de ganas de pasar a la acción y su impaciencia ponía a prueba su sangre fría”.
A nadie se le escapa, a estas alturas, que Howard no siempre fue un escritor adinerado (y cuando lo fue, sus obligaciones hacia su enferma madre consumieron sus reservas monetarias); por lo que las obras que escribió no siempre fueron de su gusto. Escritor profesional, auténtico mercenario de las letras en unos años en los que la supervivencia dedicándose únicamente a estas labores era milagrosa, no hubo género que no tocara con tal de conseguir no sólo unos dólares, sino también un trampolín para colocar nuevos relatos, un público fiel e interés de editoriales de mayor calado. Y en este caso, hablamos del género de erotismo, acompañado de las inevitables aventuras del soñador texano.
“Wild” Bill Clanton es un camorrista habitual en las embarcaciones piratas de principio del siglo XX. Como es habitual en los personajes que llenan su fértil imaginación, Bill Clanton es musculoso, moreno y sus ojos brillan con llamas azules. Un auténtico hombre del momento, sus escrúpulos son muy pequeños o no existen en absoluto. Nuevamente como es habitual en sus protagonistas, Bill no es alguien que se pare mucho a pensar las cosas, sino que actúa a impulsos y, cuando no le salen muy bien las cosas, las arregla a puñetazos (que es lo que mejor sabe haber, por cierto).
Seis relatos componen su ciclo completo: La diablesa, Motín a bordo, Sangre en el desierto, El dragón de Kao-Tsu, El corazón púrpura de Erlik y El grog del asesino. Todos ellos publicados por la revista del género Spicy-adventure stories salvo Motín a bordo, encontrada con posterioridad entre los papeles del difunto escritor y publicada en 1.983. Algunos de ellos son ya conocidos, ya sea por su similitud con otras obras, ya sea por su adaptación para el cómic como historias de Conan.
El erotismo de estos relatos, sin duda muy subido de tono para la época, resulta muy tosco en la actualidad: discusiones en las cuales ella siempre acaba con la ropa desgarrada ya sea por un agarrón, enganchándose en alguna parte o por simple capricho de alguien; descripciones más o menos pormenorizadas de la anatomía femenina de forma habitual; un Bill Clanton que siempre, por complicadas que sean las circunstancias, está dispuesto a satisfacer sus impulsos; amén de unas mujeres de lo más complacientes, también en casi cualquier circunstancia. ¡Alegría!
Una característica que tiene este auténtico canalla, y que no comparte con otros personajes de Howard, es su auténtica carencia de valores morales. Era una muestra de estilo en las narraciones de la época una leve caballerosidad, que hacía que la mujer, por malévola que hubiera sido, jamás recibía ningún daño de forma directa por parte del varón. Podía sufrir un accidente de forma inesperada (una caída, un disparo desafortunado, por ejemplo), pero él jamás la dañaría pese a saber que se lo merecía. Con Bill Clanton esto no es así, y no dudará en violar a una mujer si ese es su deseo. La diferencia es aún más significativa por su excepcionalidad.
En fin, erotismo burdo y aventuras poco imaginativas es lo que nos depara este ciclo.
“Se alzaba por encima de los derviches como si fuera la misma encarnación de la Muerte, y sus poderosos golpes rechazaban las armas de sus enemigos; la rapidez de sus asaltos les cegaba. Durante unos instantes se produjo lo imposible… ¡un solo hombre mantenía a raya a toda una horda!
Los cañones de Kartum es el único relato que protagoniza Emmett Corcoran, también publicado en 1.983 (junto con Motín a bordo). La acción sucede durante el sitio de Kartum (Sudán) durante las revueltas contra la autoridad egipcia (y, por tanto, británica).
Pese a su contenido levemente erótico, esta historia tiene una temática mucho más seria que las anteriores. Tras la caída de la ciudad, Corcoran luchará por rescatar a la mujer de la que se ha enamorado, enfrentándose para ello a los hombre en la batalla y a las mujeres en la cama.
Aunque se agradece el escaso erotismo, el relato también es flojo, limitándose casi exclusivamente a la acción cuando se producen enfrentamientos. Quizá una descripción más detallada del sitio de la ciudad y quizá una batalla en el frente… bueno, esto es lo que tenemos.
“Françoise miraba. Era como ver en carne y hueso a un personaje de leyenda. ¿Quién que hubiera recorrido los mares no había oído los relatos y las baladas que celebraban las hazañas de Vulmea el Negro, en otro tiempo terror del mar de las Antillas?
Otra historia muy distinta es hablar de Vulmea el negro, única muestra de calidad en este volumen de La biblioteca del laberinto. Espadas de la Hermandad Roja y La venganza de Vulmea el Negro son los dos relatos que componen este ciclo.
El primero de ellos es un viejo conocido del aficionado al género: precursor de El negro desconocido (obra que, al fin, nos ha facilitado la última edición de las obras de Conan de la editorial Timun Mas), fue modificada por Howard ante la imposibilidad de su publicación para realizar con ella la magistral historia de Conan.
No hay diferencias notables entre una y otra: la acción transcurre en el continente americano, los zingarios pasan a ser franceses y los pictos a indios. ¿Vulmea? Irlandés, cómo no.
El elemento sobrenatural y/o mágico se reduce notablemente (cosa que normalmente agradezco, pero en este caso me parece equilibrado en El negro desconocido) y los vapores venenosos de la cámara en la que se encuentran las joyas de Moctezuma (el tesoro de Tranicos) tienen como origen un movimiento sísmico. El ser que persigue al conde se convierte en un hechicero negro, que fue convertido en esclavo por Henri D’Chastillon –por cierto, el apellido a un tiempo recuerda a Agnès la negra y muestra como Howard desconocía los más leves rudimentos del francés- y como única muestra de poder es capaz de invocar una tormenta y de entrar con discreción en la fortaleza. Por lo demás, nos encontramos ante una entretenida y compleja historia que hará las delicias de los pocos que aún no la han disfrutado en alguna de sus versiones; amén de servir como elemento de estudio en su evolución para los que sí lo hayan hecho.
Sin embargo, La venganza de Vulmea el Negro baja nuevamente de calidad (no hasta el nivel de las de Bill Clanton o las de Emmett Corcoran, por favor). Vulmea es capturado por un capitán de buque inglés, el cual tiene por intención entregar al irlandés para su ajusticiamiento. Engañado por el astuto pirata, verá cómo todo su mundo se desvanece (tesoro, tripulación, honor y orgullo) hasta quedar en manos de su odiado enemigo, el cual le salvará en última instancia de manos de los indígenas de la zona, por compasión hacia la familia del ambicioso inglés y (supongo que también) por humillarle al deber su vida al forajido que perseguía.
Aunque este último relato no es malo, la descripción de la ciudad-laberinto es confusa en ocasiones, y la actitud de la tribu negra (esclavos fugados, afincados en paz próximos a los indígenas americanos) es equívoca. El recurso de la serpiente gigante es habitual en el texano (Satha es un nombre habitual para este ser), así como los escenarios laberínticos. En fin, entretenido pero sin tirar cohetes.
Este tomo, imprescindible para todo aquel aficionado a Robert E. Howard, no será del gusto de todo el mundo. Hay que ser un auténtico aficionado para estimar los relatos de tinte erótico, e insisto que es la única historia de auténtica calidad de Espadas de la Hermandad Roja. Y, como ésta es una versión pretérita de El negro desconocido (o, siendo generoso, también de El tesoro de Tranicos) quizá aquel que no sea un auténtico fanático de Howard piense que es más de lo mismo al leer sus páginas.
Como conclusión, “Sangre en el desierto” es una obra para no todos los públicos. Aunque celebro esta publicación y espero otras próximas, en este caso recomendaría cautela para el neófito… empezar de esta manera podría causar una enorme desilusión que puede acabar con las ganas de leer las maravillosas obras de arte de este genio.
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