Hace tiempo mi padre me contó una historia tan real como aterradora.
Desde aquel momento, no he sido capaz de realizar las tareas más sencillas de mi vida.
No he podido comer, ni tan siquiera dormir. Y ahora, sin poder conciliar el sueño, y por lo avanzada que está ya la noche; he decidido, cobarde, como es mi condición, relatarle esta historia en la misma forma en que lo hizo mi padre, para expulsar así estos demonios que pueblan mi alma, y sucumbir ante el sueño en esta singular noche.
Cuando medito acerca de la condición de las criaturas que me rodean, encuentro que la mía es la más excepcional sobre todas ellas.
Mi mente, que no ha sabido reaccionar ante los recelos y adversidades externas, ha creado para sí una vida artificial donde sustentar su existencia.
Esta vida, que en realidad no es sino una pura ilusión, se adorna con trajes de soberbia, aunque su escalafón más básico se halla cementado por la duda. No crea que no soy sincero, pues mi espíritu sufre una espantosa inseguridad hacia sí mismo, causa tal vez de mi agonizante moral.
Otro más que posible motivo de mi tristeza, en nada exacerbada, como podrá comprobar; puede hallarse en mi soledad. Durante largos años, más de dos decenios, he padecido una forzosa soledad.
Digo forzosa porque, muy a mi pesar, fui recluido en una prisión durante tan largo tiempo, por causas de las que ni yo mismo soy consciente.
Como ya he mencionado, la inseguridad forma parte de mí tanto como yo de ella, hasta el punto de no poder distinguir, en muchas ocasiones, los sueños de la realidad.
Por no haber gozado durante una considerable etapa de mi vida de la libertad, he perdido cualquier noción del significado que ésta tenía para mí, o que hubiera podido tener.
Por esta razón, me encuentro del todo incapaz de tomar decisiones de gran y pequeño calado en el discurrir de mis días.
No obstante, viendo cada vez de forma más alterada, que mi estado de ánimo y mi salud física se deterioraban estrepitosamente, juzgué apropiado caminar por las bellas playas de la Costa del Montoro, la cual por alguna extraña razón, se hallaba solitaria a cualquier hora del día o de la noche.
Este hecho, que quizá no le haya infundido sospecha alguna, si originó por el contrario dudas y temores en mis pensamientos.
Las playas de esta costa bien podían ser dignas de pertenecer al Paraíso, un trozo de Dios robado y traído a esta tierra infestada de pecados y vicios.
Su dulzura, para la que no se halla comparación posible, me deslumbraba y me dejaba boquiabierto.
Su hermosura era tal que ni la imaginación más creadora alcanza a describirla en lo más mínimo.
Cuando caminaba por estas playas, todos mis pensamientos parecían liberarse y fluían por mi mente con la misma facilidad con que el agua fluye río abajo, influidos sin duda por el encanto y la armonía de esta singular Costa del Montoro.
Mientras caminaba yo por este bello paraje, descalzado y despreocupado, divisé en la distancia un objeto de siniestra forma.
A cada paso que daba mi sorpresa era mayor, y aumentaba mi deseo por conocer con detalle las siluetas de tan extraño objeto.
Habiendo caminado la distancia que me separaba del artefacto, mis sentidos quedaron perplejos al punto de contemplar su maldita forma.
Paralizado –le digo- quedé, pues era un marco, de fina madera, labrada con esmero y paciencia para proteger con fervor el retrato de la bella dama que en su interior albergaba. Su retrato quedaba resguardado del mar irreverente gracias a un cristal situado tras él.
¡Qué hermosa mujer! Lo intenta un millar de eternidades y no puede, de veras, mi corazón explicarle la dulzura de su rostro; por cuya suave faz habría dado yo mi alma al mismo demonio sin dudarlo en lo más mínimo.
¡Ay, afortunado quien la poseyera!
¡Y desgraciado yo por verme privado de tan divina dama!
Aquel rostro sobrenatural había inundado sin duda alguna los rincones más oscuros y olvidados de mi alma, sin dejar ninguno al recuerdo.
Rápidamente quise escuchar su nombre, y por no saber cómo averiguarlo, tomé a bien enviar un mensaje en una botella.
Ella ha de ser –pensé- alguna ninfa de los mares, ¿qué mejor manera puede encontrar pues mortal alguno, para hablar con tan dulce dama?
Durante los siguientes días, siempre me hallaba en las desiertas playas de la Costa del Montoro, esperando la respuesta de la ninfa de los mares.
La ausencia de su presencia o de contestación alguna no constituía en absoluto un motivo para mi desesperación.
Mi paciencia se nutría de la esperanza de abrazarla algún día, ese abrazo que me llenaría de felicidad. No creo que nadie, jamás, pudiera ser más feliz que nosotros, si tan sólo pudiera abrazarla, tan sólo un segundo.
En una de estas noches que permanecía resguardado del frío, y esperando su llegada, un hombre mayor, de macabra silueta, se acercó hasta mí sin que yo advirtiera su llegada, causándome espanto y asombro.
No se asuste –dijo-. Le observé paseando y pensé que podía estar perdido.
-Eso es lo que busco –respondí con la voz trémula.
-¿Estar perdido?
-Sí, -contesté con la voz aún entrecortada.
-A decir verdad, nadie se acerca a la Costa del Montoro.
-¿Por qué nadie quiere venir a este lugar tan poco terrenal, tan en paz con el universo?
-Pero, ¿cómo?, ¿usted no lo sabe?
Hace ya mucho tiempo un marido despechado dio muerte a su mujer en estas mismas playas.
-¿Por eso nadie viene a estas orillas?
-Así es. La superstición, me temo, es más fuerte que la voluntad de estas gentes.
-¡Qué crimen tan horrendo debió ser aquel del que me hablas!
-Y así fue.
-¿Cómo se llamaba aquella pobre desgraciada?
-Angélica era su nombre.
Llegados a este punto de la conversación, aquel siniestro individuo, que respondía al nombre de Manuel, decidió proseguir con su camino, y de la misma forma lo hice yo.
Continué, durante los días que siguieron a aquella conversación, caminando por la orilla, consternado aún por tan tenebroso suceso.
No cesé en mi búsqueda de la ninfa de los mares. Ni por un segundo pensé en parar de caminar, hasta el punto de llegar a obsesionarme con el deseo de su ilimitada belleza.
Una noche tormentosa, cuando ya pensaba en marcharme, tras haber comprobado la furia que podían demostrar los mares, mientras contemplaba la fuerza con que las olas rompían en las rocas como dos ejércitos que se enfrentan ferozmente en una terrible batalla; en aquel preciso momento, volví a ver un objeto posado en una de las rocas que allá a lo lejos se divisaba.
Rápidamente me dispuse a escalar aquellas rocas, subí con todas las fuerzas necesarias para tan peligrosa empresa. Cuando logré subir, exhausto y malherido, agarré aquel objeto.
¡Qué caprichoso puede ser el destino!
Era otro retrato de la ninfa de los mares, similar al anterior en su estructura, de madera fina, pero con un rostro distinto del primero. Las líneas de su cara se disponían de tal forma que formaban un conjunto de inefable belleza.
¡Déjame verte! –grité al instante.
Te lo imploro, ¡mi corazón bien sabe que jamás podré amar a nadie en la forma en que te amo!
¡Déjame verte, ninfa de los mares!
Pero ella jamás se mostró, y tras haber transcurrido un largo rato, decidí alejarme de aquel insólito lugar.
Este retrato ha de ser sin duda –dije para mis adentros- su respuesta al mensaje que envié en una botella.
De tal forma que ahora yo tenía que darle alguna contestación. Y como mi corazón ardía en deseos de contemplar el rostro de la ninfa de los mares, escribí en mi siguiente manuscrito mi voluntad de esperarla subido en aquella roca todos los días al atardecer. Me cercioré de haber cerrado bien la botella, y acto seguido la arrojé al mar con todas las fuerzas que encontré.
Tal y como escribí, a partir de ese momento, todos los días al atardecer, me subía a la roca donde había hallado su segundo retrato, y allí mi corazón enamorado esperaba ansioso su anhelada venida.
Sin embargo, ella nunca apareció; por lo que mi pobre corazón, con cada atardecer que pasaba, iba quedando más hundido y solitario. A veces, cuando pensaba en ella, me gustaba pensar que en ese mismo momento, ella estaba pensando en mí, y de esta forma podía sentir su presencia, como si estuviera junto a mí, aunque la lejanía estaba entre nosotros. Este sentimiento me daba fuerzas que hasta entonces no había sentido para seguir esperando a mi amada, pese a la incertidumbre y la soledad que rodeaba a la Costa del Montoro.
Ocurrió uno de estos atardeceres que recibí una sorpresa. No fue la deseada llegada de la ninfa de los mares, la única que hubiera podido alegrar mi corazón, pero esta sorpresa no fue por ello ingrata para mí.
Oí en la lejanía una voz que me resultaba familiar, aunque en ese instante no alcanzaba a precisar quién era la persona que me llamaba. Cuando me giré, pude ver que era Manuel, aquel viejo de macabra silueta que había conocido algunos días atrás.
De nuevo le encuentro por aquí –le dije.
-Que no le extrañe. Yo no vivo muy lejos de la Costa del Montoro.
-¿Lo dice de veras?
-Baje y se lo mostraré.
Cuando bajé de las rocas me guió hasta un pequeño montículo alejado de la orilla.
-¿Ve aquella casa junto a los árboles?
-Sí.
-Ahí vivo con mi esposa. Si algún día le apetece, no dude en venir a visitarnos.
-Muchas gracias.
-De todas formas, ¿qué hace por aquí a estas horas, y tan sólo?
-Si le soy sincero, espero a mi amada, que algún día al atardecer, vendrá a verme y alegrará mi desdichado corazón.
-¿Su amada? Y dígame, ¿es guapa?
-¿Guapa dices? ¡Hermosa!, ¡ella es una ninfa de los mares!
-¡Pero cómo!, ¡una ninfa de los mares!
Ojalá pudiera ver su cara, ha de ser muy hermosa, como bien dices.
-Aquí tienes, mira su retrato, ¿no es verdaderamente una ninfa de los mares?
Le extendí gentilmente el retrato de mi amada, sin embargo, el rostro de aquel viejo se tornó gris, para mi gran sorpresa. La desesperación y la incertidumbre se apoderaron de él de una forma que yo jamás había conocido.
-¡Cómo es posible! –gritó ensimismado.
-¿Acaso no le agrada la dulzura de su cara?
-¡Ay, que Dios tenga piedad de mi alma, pero yo he de contarte esto!
-¡Dímelo!, ¡no me hagas esperar un segundo más!
-Esa mujer, esa ninfa de los mares, es Angélica.
-¿Angélica? –grité con estupor.
-Angélica.
-¿Pero cómo te atreves?
¡Canalla!, ¡malnacido!
¡Que mi amada, más bella que mortal o diosa alguna, es esa mujer infame!
-Mujer infame no, -respondió- pero tuvo un mal destino y un peor perecer.
-¡El demonio habla por ti!
¡Aléjate de mí, que no quiero saber nada de tus oscuras mentiras!
Me alejé de él con la velocidad con que una liebre escapa de su cazador, aunque en el fondo de su alma sepa que más tarde o más temprano, acabará por hacerla su presa.
Fui corriendo hasta la orilla, y sin quitarme las vestimentas, me adentré en las negras aguas de aquel mar.
Comencé a gritar, tan sólo interrumpido por la fuerza del oleaje. Gritaba con desesperación, para que viniera a mí la ninfa de los mares.
No recuerdo cuanto tiempo estuve gritando, sólo sé que cuando ya no pude continuar gritando por más tiempo, regresé a la orilla y dejé mi cuerpo caer.
En ese instante entendí que la liebre, débil e indefensa, siempre ha de ser abatida por el cazador.
Y abatido estaba mi corazón, al saber que la ninfa de los mares jamás vendría a aliviar mi sufrimiento, pues fue asesinada hace largo tiempo.
Como bien dije anteriormente, la base más elemental de la vida que mi mente ha creado, aunque en un principio pueda parecer lo contrario, es la duda y la inseguridad que ciertamente me provocan estas lágrimas y desventuras.
En los días siguientes me dediqué a vagar por las orillas de la Costa del Montoro. No sabía a donde iba, ni siquiera si quería ir a alguna parte; pero sentía que no podía dejar de andar.
No voy a negar que en el transcurso de esos días tuve pensamientos atroces.
No encontraba cura para la enfermedad de mi corazón y por ello, en más de una ocasión, pensé en quitarme la vida.
Lo intenté, pero no pude. Para hacer tal cosa, se necesita mucho valor, y yo soy un hombre cobarde.
Cuando lo iba a hacer, pensaba en lo que habría después, y el miedo se adueñaba de mi ser. Por una u otra razón, me hallaba siempre en el convencimiento de que iría al infierno. No obstante, yo jamás había hecho ningún mal, por lo menos hasta donde alcanza mi memoria.
Es más, desde siempre he padecido las burlas e injusticias de los demás, y aún así, no sé por qué extraño motivo, sabía que iría al infierno.
Como no tuve el valor suficiente para suicidarme, imaginé que sería bueno someterme a una cura de humildad y pedir disculpas a Manuel, a quien tan mal había prejuzgado.
Con dicho pretexto me dirigí a su casa; aunque la realidad era que tan sólo buscaba alguien con quien hablar para romper así aquella soledad.
Llamé repetidas veces a la puerta y, tras haber esperado un largo rato, apareció Manuel con su macabra silueta, a la que ya me tenía acostumbrado.
-¿Por qué has venido? –dijo visiblemente enfadado.
En un acto de humildad quizá excesiva, me arrodillé ante él, y llorando le supliqué:
-¡Perdóname! Que yo no sabía la verdad. ¡Perdóname!
¡Que me quisiste ayudar, y lejos de escucharte, te humillé con palabras que ahora no quiero ni escuchar!
-Esas palabras se fueron con el viento –respondió en tono conciliador.
Y las que no se fueron con él, que nos sirvan para ser mejores hombres.
Ahora deja de llorar y pasa dentro, que ambos tenemos pecados por los que arrepentirnos.
Una vez dentro, me acomodé junto a una mesa tan grande y vigorosa como antigua situada en el salón principal.
Con algo de café y ya más relajados, comenzamos a hablar de forma más distendida.
-A decir verdad, yo no recuerdo mis pecados –dije para romper el silencio.
-Todo hombre comete pecados por los que ha de avergonzarse. Es lo único que nos distingue de los animales.
-Yo creía que lo único que nos distingue de los animales es la libertad.
-¿La libertad? No, no lo creo.
¿Qué es la libertad?
-La libertad es… no sé cómo explicarlo.
-Piénsalo, ¿qué crees que es?
-Es la capacidad que sólo poseemos los seres humanos, para decidir lo que queremos hacer o no.
¿No es así?
-Exacto. ¿Te das cuenta?
-¿De qué?
-Los animales no tienen que elegir. Viven guiados por su instinto, desde que nacen hasta que mueren. He ahí la verdadera felicidad.
-¡Qué error! Precisamente he ahí su infelicidad.
Un animal que no puede elegir, sino únicamente seguir el camino marcado, está abocado a la agonía.
Dime la verdad, ¿no te parece mucho más bello poder elegir entre diversas posibilidades, mejor aún, entre tantas posibilidades como uno mismo quiera tener, y aprender de ellas, de tus aciertos y de tus errores?
-Como bien has dicho, es mucho más bello, pero no por ello mucho más práctico.
No logro entender tu postura, de veras que no.
Permíteme que te cuente una pequeña historia.
En el Imperio Romano, donde la economía se basaba en el sistema esclavista, existían distintos tipos de esclavos. De entre todos ellos, el más caro era sin duda aquel que hubiera nacido siendo ya esclavo, pues se presumía que su docilidad sería máxima. Uno de estos esclavos era Lucilio. Su amo, rico y opulento, le concedió la libertad tras muchos años de servicio, pues le estaba enormemente agradecido por la fidelidad que le había prestado.
Lucilio, que cuando supo la noticia se encontraba entre confuso y emocionado, encontró con el paso de los días que cada vez se hallaba más aturdido. Después de tantos años de esclavitud, la libertad conllevaba un peso mucho mayor del que él podía soportar. Finalmente, volvió a su amo suplicándole para servirle de nuevo.
-Es lógico que lo hiciera, ¿no te parece?
Si acostumbramos a alguien a vivir en la oscuridad, no puedes llevarle de repente a la luz.
-¿Y qué te hace pensar que la luz es preferible a la oscuridad?
-No lo sé.
-Lo que pretendo decir es que la libertad es para los hombres una condena. Se nos ha inculcado la norma de asociar la libertad con lo bueno y preferible, pero, ¿no seríamos más felices sin tener que elegir?
-Opino que tu planteamiento presenta pros y contras.
Por un lado, es cierto que seríamos más felices, pero por otro, dejaríamos de distinguirnos de los animales.
-Así es.
-Espera, antes dijiste que lo único que nos distingue de los animales son los pecados, no la libertad.
-Es cierto: la humanidad peca porque es libre.
Los pecados se cometen de forma voluntaria.
Si no tuviéramos capacidad de elegir entre hacer el bien o el mal…
-Jamás pecaríamos.
-Exactamente. Probablemente seríamos mucho más felices porque, entre otros motivos, no nos plantearíamos la razón de nuestra existencia.
-Estoy de acuerdo, quizá sea conveniente no plantear semejante pregunta, porque quizá no haya ninguna respuesta para ella.
-Sí; después de todo, el ideal de vida de todo animal o ser humano, siempre es y será la búsqueda de la felicidad.
-En gran medida, tu razonamiento me ha convencido.
En este punto Manuel esgrimió una sonrisa en su rostro demacrado y acto seguido yo hice ademán de marcharme.
-Espero que lo haya pasado bien –dijo con una voz cálida y reconfortante.
-Muy bien –respondí.
De hecho, sus palabras habían calado en mí más profundo que cualquier otra.
Yo era Lucilio, privado de libertad durante tan largo tiempo, y ahora experimentaba el dolor que aquel pobre esclavo debió sentir en la antigua Roma.
De tal forma que decidí volver a la prisión de la que había salido tiempo atrás.
Quería decirle a mi carcelero: quiero ser un esclavo, de nuevo.
Cuando me encontraba de camino, iba meditando aún sobre las palabras de Manuel. Yo no soy hombre olvidadizo, sino más bien rencoroso, y encuentro grandes dificultades para olvidar aquello cuanto me sucede, bien sea bueno o malo.
Cuando es bueno, su recuerdo me proporciona gran goce y satisfacción.
No obstante, la mayor parte de las veces, es malo, y en estas ocasiones, el continuo recuerdo de ese suceso me hace caer en una depresión de la que solo he logrado salir gracias a la experiencia de haberla padecido un sin fin de veces.
No me costó demasiado esfuerzo llegar hasta allí.
Sin embargo, mi sorpresa no pudo ser mayor cuando ví que no había nadie.
Aquel lugar estaba tan desierto como las playas de la costa del Montoro.
Durante horas, busqué a alguien que me pudiera explicar lo sucedido. Todos mis esfuerzos fueron en vano.
Por el aspecto que presentaba, daba la impresión de que todos, carceleros y encarcelados, se habían visto obligados a abandonar aquel fantasmagórico lugar por alguna misteriosa razón.
Entré a una sala en donde no había estado antes.
A diferencia del resto de las salas, ésta presentaba el suelo cubierto de papeles, y un gran desorden a su alrededor.
Caminé durante varios minutos, mientras miraba los papeles del suelo, hasta que uno de ellos me llamó la atención sobremanera.
Aquella cantidad ingente de papeles que se habían abandonado eran los historiales de todos y cada uno de los presos. Y el papel que me sobrecogió, era el mío.
¿Cómo puedo explicarle lo que ví?
Lo intento y no puedo.
Si hundido me encontraba antes de llegar a aquel lugar, la desolación se acrecentó enormemente tras leer aquellas palabras, para las que no encuentro calificativo alguno capaz de describir la penumbra en que me sumieron.
- “ Condenado … por el asesinato de Angélica … ”
¡Angélica!
¡Ay, que yo fui quien le dio muerte, a la ninfa de los mares!
¡Era yo el marido despechado que no soportó su abandono!
Sin duda, mi condición de cobarde debió ocultar ese peso a mi corazón.
Sólo entonces pude entender que mi condena, lejos de haber acabado cuando salí de la cárcel, durará toda mi vida.
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