A Ren aún le costaba asimilar la aparición del demonio, ¿cómo lo había invocado?, ¿qué hacía allí? Sin duda iba a por su vida, algo que no consentiría, y de un rápido gesto desenvainó su espada. Corrió hacia Nobu que golpeó el centro adornado con uvas; Ren lo apartó con la mano, pero el hombre había desaparecido. Se giró rápidamente deteniendo la estocada del demonio; a través de los aceros se contemplaron, él le dedicó una sonrisa y un cosquilleó recorrió a Ren. La fuerza de su enemigo le hizo caer. De repente se sumergió en la oscuridad. Nerviosa se movió de un lado a otro; caminó vacilante, intentando orientarse, recordando cómo era la estancia, cuando de pronto la luz volvió, y frente a ella, Nobu.
El demonio le dedicó una sonrisa amplia y posó su mano sobre su pecho lanzándola por encima del balcón. Cayó entre cañas; éstas arañaron su piel, e incluso amortiguaron la caída pero un terrible dolor la estremeció de pies a cabeza. Ansiaba descansar unos segundos pero el movimiento a su alrededor la hizo ponerse en pie. Al instante ella y Nobu corrían entre cañas; se asestaban estocadas, ninguna certera, pero haciendo destrozos en el bosque, hasta que al llegar a un rellano se detuvieron. Estaban jadeantes y se examinaron concienzudamente.
A la diablesa Nobu le trasmitía una extraña fuerza, muy diferente a la que ella emanaba. Quizá todo fuera causado por sus cuernos, que nacían en su cabeza, unos centímetros por encima de su frente y que eran mucho más largos que los suyos. Era atractivo, sin duda; sus ojos avellanas eran profundos, adornados por ligeras pinceladas rojas y sus facciones atractivas y bellas, aunque más lo era su sonrisa que no dejaba de desconcertarla. Sus cabellos negros y sedosos caían hasta sus hombros; unos mechones más cortos perfilaban su cara y otros iban trenzados.
Nobu volvió a sonreír, se movió rápidamente, asestó una fuerte estocada a la katana de Ren lanzándola lejos, la tomó del brazo rodeándola y le tomó el mentón obligándola a mirarle.
—Hola, preciosa, deja de resistirte, aunque si quieres que juguemos un poco más no tengo inconveniente.
Nobu la empujó; Ren dio varios traspiés y jadeante miró al hombre por encima de su hombro. Su cuerpo aún desprendía su atrayente fragancia y el contacto de ambos aún estaba muy vivo; le temblaban las piernas. Sin duda era seductor y las ropas que vestía le quedaban a la perfección. Unos ceñidos pantalones negros combinados con una camisa blanca de corte oriental que llevaba abierta, dejando a la vista su pecho libre de bello y adornado con el tatuaje de un dragón que bordeaba toda su espalda, su boca abierta terminaba en el corazón. Ese hombre la aturdía y Ren se obligó a actuar, iba a embestirlo cuando un demonio raptor se cruzó en su camino. Era como una gran anaconda cuya parte superior estaba compuesta por un engendro con aspecto de mujer. Sus brazos y manos eran huesudas y alargadas uñas. Sus grandes senos escamosos y rugosos iban al descubierto. Su cabeza era muy alargada y sus ojos rojos y rasgados; puntiaguda su nariz y una gran boca llena de dientes afilados, dos prominentes colmillos y una escurridiza lengua.
El raptor golpeó a Nobu con su cola lanzándolo lejos; Ren quiso crear una esfera eléctrica, pero su poder no atendía su llamada y no evitó el abrazo de la mujer. Sus zarpas atravesaron sus brazos, la alzó lanzándola lejos.
Nobu acudió a su ayuda cruzándose ante el engendro; el chico se movía con rapidez, agilidad; empezó a correr alrededor del ser desconcertándole logrando incrustar su katana en ocasiones, hasta que al fin le hizo frente y saltó logrando decapitarla. El cuerpo del monstruo cayó levantando una gran nube de polvo, y Nobu, ni siquiera se había ensuciado las manos. Satisfecho y tras envainar su arma se agachó frente a Ren que hacía todo lo posible por levantarse pero sus heridas eran graves. Entonces sucedió un hecho que alarmó a la diablesa; las manos del hombre se tiñeron de blanco y al posarlas sobre sus heridas sanaron.
—¿Es por lo que ocurrió con Lian por lo que estás aquí?
—¿Acaso debo recordarte lo que llevas en la frente? Tu misión siempre es engañar, siempre, pero ayudaste a Lian y Feng, no solo eso, sabemos que has estado ayudando a Washi, a los aldeanos, que has prohibido a tus demonios hacer daño a los lugareños, ¿es esa la forma de actuar de una diablesa?
—Escúchame bien condenado demonio, no voy a volver y arrebatarle la vida a Lian ni a Feng; hice lo correcto y no voy a matarlos.
Nobu lanzó una larga carcajada; iba a replicar cuando volvieron a atacarles. En el llano aparecieron toda clase de bestias. Algunos seres descompuestos que vestían abolladas armaduras; muchos más raptores, espectros con manos y rostros putrefactos que se suspendía a unos centímetros del suelo; sus pies marchitos dejaban un pequeño reguero allí por donde pasaban.
Ren alzó la mano para crear una esfera eléctrica pero nada ocurrió; no tenía poderes, y confusa miró a Nobu que estaba boquiabierto pero pronto fue embestido por un raptor y varias bestias samuráis mientras que los espectros rodearon a la chica. Ren se defendía con su katana y otras armas, pero éstas atravesaban a sus enemigos; quería invocar a su magia, lo intentaba una y otra vez sin surtir efecto y ya sentía las consecuencias de los espectros. Sentía como sí su vida escapara y agotada cayó. La danza de los espectros continuaba a su alrededor, absorbiendo su vitalidad, marchitando su cuerpo.
Nobu incrustó la katana en el cuerpo del raptor y dio una gran salto atravesándolo y partiéndolo en dos. Quedó rodeado de más enemigos pero debía ayudar a Ren y al fin se dio cuenta de lo que ocurría con sus poderes. Repartidos en varias cañas había grabados sellos que únicamente afectaban a la diablesa impidiéndole usar la magia.
Los dientes de Nobu rechinaron y alzó sus manos en dirección a las plantas. De sus dedos salieron largas agujas que no solo inhabilitaron los sellos, también partieron las cañas.
—Ahora, Ren, ya estás liberada.
A la diablesa la rodearon rayos de un brillante azul que explosionaron en el rellano eliminando a los espectros dejando de ellos solo unos pequeños montones de polvo. Ren pensaba que ya se había librado de ellos cuando el polvo se levantó y no sólo apareció un espectro sino dos más. De repente grandes destellos rojos y negros cegaron a la pareja. Cuando todo cesó parte del campo estaba quemado; todo engendro y ser habían desaparecido, no había quedado ni una sola mota de polvo: otro demonio ocupaba el rellano.
Era un hombre atractivo, más alto que Nobu, y sus cuernos eran incluso más largos. Su cabello largo y rubio caía en hondas hasta su cintura, tenía unos profundos ojos azules, como océanos manchados por pinceladas rojas. Una pequeña perilla ensombrecía su barbilla, lucía un mentón grande al igual que todos sus rasgos. Vestía de forma muy parecida a Nobu, un elegante kimono oriental rojo, pero al contrario que su compañero si llevaba la camisa abrochada. Al igual que la pareja cargaba con una espada pero no una katana sino un arma pesada y de enorme tamaño.
—¡Aún no has cumplido con tu misión, Nobu!
—No ha sido tan fácil, Serguei, esta fiera, a pesar de haberme llamado, se niega a pedir su deseo y que acabemos con el pacto de una vez.
—¡Condenados demonios! No voy a pediros ningún deseo; nadie mejor que yo conoce vuestras tretas y por nada del mundo consentiré que os llevéis mi vida. No voy a pedir nada, no cerraré el pacto. Debo cuidar Washi; estas tierras solo han conocido la sangre y el pesar debido al gobierno de Gentaro.
—Extrañas palabras provenientes de una diablesa—gruñó Serguei acercándose a ella, quedándose a unos centímetros y enredando algunos dedos en sus cabellos. En verdad era la diablesa más bella que jamás hubiera visto y su ropa le sentaba muy bien, le parecía atractiva y exótica. El rojo resaltaba en su pálida piel y la gran abertura de su escote mostraba sus sugerentes pechos que le incitaban a tocarlos. Las joyas que llevaba como el brazalete y los anillos en su pelo le daban un toque de elegancia, estaba loco por ella—Se supone que solo debes mirar por ti misma, y como excepción en el ejército de bestias que se te asignó, a aquellos que le has prohibido comer aldeanos, de aquellos de los que tú no bebes su sangre. Y está lo sucedido en la última misión. Supongo que Nobu y yo debemos partir ahora mismo para matar a esa pareja.
Los hombres se reagruparon, bajo ellos se estaba formando una estrella de cinco puntas en un círculo rojo cuando Ren desafió a Serguei con la katana, mientras que a Nobu, del que no podía apartar la mirada, le amenazó con una kunai.
—Para matar a Lian y Feng antes tendréis que matarme a mí—gruñó y un aura azul y brillante comenzó a crecer, e incluso sus armas comenzaron a electrocutarse.
Los hombres también levantaron sus auras, rojas y brillantes, pero una explosión a escasos metros les hizo olvidarse de su duelo y corrieron. No tardaron en llegar a la próxima aldea: era una masacre. Ríos de sangre bañaban población; pequeños focos de fuego ocupaban parte del lugar en ellos quemaban a los aldeanos. Otros estaban colgados, aunque también había cuerpos de bestias. Ren se dirigió a uno de ellos que lo volteo dándole una patada. El engendro tenía entre sus mandíbulas un brazo humano; ese hecho no le espantó, pero sí el que fuera uno de sus esbirros, aquellos que debían obedecerlo ciegamente, el que prometió que no atacaría a humanos. De repente sintió que todo le daba vueltas, le costaba respirar; Dioses, conocía a esa gente, ese fue su poblado, y si no hubiera sido por Serguei se hubiera desplomado.
—¿Qué te pasa, pequeña?, ¿te sorprende esta masacre cuando tú has cometido algunas iguales?
—Mis ordenes fueron claras, no se podía atacar a los humanos, en ningún caso. Debo velar por el bien de Washi.
—¡Debe velar por el bienestar de Washi!, ¿la has escuchado, Nobu?
—Alto y claro.
—Extrañas palabras provenientes de una diablesa, muy extrañas, sí. Si no recuerdo mal no te concedieron esos cuernos para que hicieras el bien, eres una diablesa.
—¡Condenados demonios! Ahora soy libre, libre, no voy a estar expuesta a las manos de ningún hombre nunca más, si no deseo nada no podréis arrebatarme la vida. ¡Estáis perdiendo el tiempo, conozco todas las tretas de los demonios! Soy una de ellos y muy astuta.
Los hombres alzaron las cejas y la chica desapareció encaminándose por un sendero hasta llegar a un pequeño embalse. Allí se refrescó, mojó su nuca y limpió los restos de sangre que cubrían su cuerpo. No tardó en sentir la presencia de Serguei tras ella. Al girarse el hombre la embistió contra las cañas.
En el poblado, Nobu, afligido y con el ceño fruncido, buscaba supervivientes, apagaba el fuego y preocupado miró en dirección a donde había ido Ren. Lanzó un amargo suspiro y comenzó a deshacerse de los cuerpos; en el aire ya se respiraba putrefacción.
Serguei introdujo sus manos bajo las prendas de la chica; acarició sus senos, besó su garganta, saboreó sus labios rojos como moras. Se sentía enloquecer, no podía separarse de ella y con fuerza la tomó a horcajadas. La chica se removía pero él no hizo caso de sus forcejeos cuando de repente un dolor le acribilló su mandíbula, la muy zorra le había mordido.
Ren consiguió librarse de él y molesta comenzó a colocar su ropa.
—¡Maldita sea, Ren! Te has follado todo lo que te has encontrado y ahora osas rechazarme.
—¡No vas a tocarme, maldito demonio! —le desafió y con grandes zancadas se marchó. Ya en el poblado, aquel que le vio nacer, donde sus pequeños hermanos murieron, se dirigió a la que fue su casa, y con un gran portazo cerró las destartaladas puertas.
Nobu no dijo nada; poco más tarde llegó Serguei y no puedo evitar lanzar una fuerte carcajada al ver la herida sangrante.
El día fue avanzando, la diablesa no había mantenido contacto con ellos mientras que ambos habían defendido el poblado de innumerables ataques, y ahora, con el crepúsculo envolviéndolos, descansaban en el tejado, intercambiando una larga pipa de fumar.
—No puedo creer que me haya rechazado, a mí, un hombre atractivo, con una larga melena sedosa que es la envidia de muchas.
—Es este lugar, la está cambiando, al fin y al cabo aquí perdió su inocencia, toda su vida cambió—añadió tristemente pero al parecer Serguei no sabía de qué hablaba—. Fue su aldea, amigo, ¿acaso no ves el dolor en su rostro? Apuesto lo que quieras que el lugar donde se ha escondido fue su casa, aquella de la que el Emperador la arrancó siendo una niña.
—Pues si estás unido a ella, amigo, veo que no nos equivocamos al enviarte.
Nobu sonrió tristemente y al alzar la vista contempló tintineantes llamas que avanzaban hacia ellos: más enemigos.
—¿Qué está pasando Serguei?, ¿qué ocurre en la falda de la colina? Siento una fuerza muy superior.
—Nobu, el pasado siempre vuelve, y los crímenes de esta chiquilla han regresado sedientos de sangre y no sólo en forma de un demonio, sino de dos, aquellos que solo en cuencas han cumplido infinidades de misiones, han engañado a cientos de inocentes y sus cuernos son mucho más altos que los nuestros. Poseen un poder excepcional.
—Me estás diciendo que Ren va a... a encontrarse con...
A Ren le parecía extraño encontrarse en el hogar de su infancia. A pesar de los destrozos aún le parecía ver a su madre, siempre sonriente, en la cocina haciendo sus quehaceres, o a sus hermanos correteando y subiendo las escaleras y bajándolas sin parar, y ella, riendo como nunca lo había vuelto a hacer. Pero todo se complicó cuando el pequeño Hikari enfermó. Eran sumamente pobres; no podían pagar el médico, las medicinas, y ella fue vendida. Aún recordaba como la guardia imperial la sacó de su casa; ella pataleó, lloró, se libró de ellos y se abrazó a sus hermanos pero su madre la soltó de ellos. Esa noche fue entregada al degenerado de Gentaro, aquel hombre del que se enamoró u obsesionó, aún no lo sabía; la perdida de su inocencia aún le causaba pesadillas y todas sus entrañas se encogían de dolor.
Sumergida en los recuerdos subió al siguiente piso compuesto por un largo pasillo y cuatro puertas; entró en la primera de ella, su antigua habitación. El lugar estaba destartalado, olía a humedad, putrefacción, pero no le importó, fue directa al marco de la ventana. Allí deslizo sus dedos por los grabados de los nombres de sus hermanos. Primero estaba ella, le seguía Touya, dos años menor, después Kio y por último el pequeño Hikari.
Los ojos se le inundaron de lágrimas al recordarlos, y se llevó sus dedos a sus cuernos; los aborreció más que a nada, la persona en que le habían convertido y con grandes pasos fue a la cocina, donde entre escombros encontró un cuchillo. Más tarde, en su habitación, con la vista en el grabado, se hizo un gran corte en la frente.
—Sí, Nobu, se debe enfrentar a lo que estás pensando.
El demonio se quedó sin habla, sumido en sus pensamientos cuando las bromas de su amigo le hicieron reaccionar.
—Nobu, estoy muy deprimido, me han rechazado—añadió acercándose a él—, hazme caso—rogó, acariciando su mejilla pero pronto se encontró con la katana del demonio amenazándolo.
—Aléjate, Serguei, y rápido.
Su amigo se sintió dolorido.
—Deberías probar los placeres de la bisexualidad y dejar de pensar en la diablesa, alguien que me ha rechazado no se merece un solo suspiro—habló mientras se levantaba y desenvainaba el arma—. Me ocuparé de los engendros que se acercan, tú prepara a Ren, pero no digas nada sobre lo que le espera.
Nobu asintió y volvió a la casa mientras que Serguei aguardó un segundo, después de un gran salto, se adentró en la espesura al encuentro de las tintineantes antorchas.
Cuando Nobu llegó a la habitación encontró a Ren en el suelo, en un charco de sangre; no dejaba de temblar, de jadear y a unos metros de ella estaban sus cuernos; ahora no era más que una humana. Se dirigió hacia ella, le dio la vuelta, posó su mano sobre su frente para sanarla, regenerando así sus cuernos pero ella se lo impidió.
—Son heridas graves, puedes morir, y aún debes enfrentarte a aquellos que envían a todos esos poderosos engendros.
—No, Nobu, lucharé contra ellos con mi katana.
—¡Hay dos demonios, Ren, dos demonios!
La chica se mordió el labio, las lágrimas corrieron por su mejillas y en un lastimero suspiro le rogó que no sanara sus heridas. El demonio, con mucho pesar, le hizo caso. Las siguientes noches fueron muy tensas; los demonios mostraban preocupación por la chica, a veces era sacudida por olas de calor, otras de frío, ocasiones en las que Nobu siempre dormía junto a ella. Estaba sufriendo grandes cambios; la fuerza que le fue concebida iba desapareciendo.
Los ataques fueron aumentando, y una noche, una gran explosión despertó a Ren. Nobu estaba a su lado, curaba las heridas de su frente, mostraba cansancio, ella estaba dolorida, pero su sonrisa le hizo sentir mejor.
—¿Qué está pasando?
—Los ataques aumentan; envían toda clase de seres.
—¿Han llegado a Palacio?
—Aún no; Serguei y yo hacemos lo que está en nuestras manos—hizo una pausa—Ren, debes enfrentarte a gente muy poderosa, deja que regenere tus cuernos, por favor, pide mi ayuda, tu deseo y acabaremos con todo esto.
—¡No entiendes nada, Nobu! No puedo morir, debo ceder mis poderes al Emperador que espera en Palacio. Washi ya ha sufrido mucho, primero a manos de Gentaro y ahora a manos de esta gente. Yo, era una diablesa, pero he ayudado en lo que he podido. No quiero que la gente parezca lo que yo sufrí y debo acabar inmediatamente con este caos.
La chica se puso en pie, pero se bamboleó, todo le dio vueltas y cayó en brazos de Nobu. Era fuerte, se sentía bien a su lado, un cosquilleo recorría su estómago y de pronto se sintió ruborizar por encontrarse junto a un hombre semidesnudo, era como si todo cuanto había hecho en los últimos meses fuera parte de un sueño. Disfrutó de la sensación, le rodeó con los brazos, dejándose vencer por las fiebres hasta caer dormida, no sin antes prometer que al día siguiente se enfrentaría a sus enemigos.
Nobu lanzó una amargo suspiro y la abrazó como si en ello se fuera su vida.
A la mañana siguiente Nobu y Serguei esperaban a la chica que hizo su aparición con las nuevas ropas que Nobu le había conseguido. Vestía pantalones cortos blancos, seguidos de un ceñido cinturón y una camisa en forma de kimono con amplias mangas. En las nievas ropas únicamente resaltaba el cinto rojo que llevaba atada la katana.
La joven, a pesar de no encontrarse repuesta, caminó hacia los hombres.
—Estoy lista, marchemos.
—Nosotros nos despedimos aquí, pequeña—susurró Serguei, avanzando hacia ella donde le arrebató el pañuelo de su frente ligeramente manchado y lo cambió por otro—. Sólo Nobu te acompañará aunque no intervendrá en la lucha, salvo que tú lo desees. Debes enfrentarte tu sola a lo que te espera o pedir tu deseo.
—No voy a hacer eso, demonio. Voy a vivir, tengo que vivir, y he sido diablesa mucho tiempo. Podré enfrentarme a lo que me espera—gritó desafiante—, y soy muy astuta.
Sin más se encaminó hacia el sendero. Los demonios se miraron y Nobu siguió a la chica. Continuaron por un estrecho sendero entre cañas que se agitaban débilmente. En ocasiones depararon en diferentes bestias y engendros, aunque lo que más sorprendió a Ren fue a ver a sus propios esbirros que ahora servían al enemigo; la sangre hirvió en sus venas.
Las colinas ya estaban más cercanas, los focos de fuego se atisbaban entre la flora y el olor a putrefacción era insoportable.
Ren desenfundó su katana; el rellano se estaba expandiendo, iba hacer su aparición cuando Nobu la tomó del brazo.
—Debes saber una cosa, Ren.
—Espera, antes quiero preguntarte algo.., Nobu, no eres un demonio normal, lo sé, pero tus cuernos son muy elevados lo que me hace pensar que has cumplido muchos deseos y has matado a mucha gente, pero veo demasiada bondad en ti. No pareces un demonio sediento de venganza como con los que me voy a encontrar.
—Mi historia se parece mucho a la tuya. Me convertí en demonio por venganza, por matar a aquellos que asolaron mi aldea, aquellos que me dieron por muerto y me robaron a mi familia. Por supuesto que los maté, pero Ren, después de eso no era capaz de engañar a la gente que había sufrido tanto como yo, que deseaba el bien para los suyos, no había malicia en sus corazones, solo querían escapar de los tiranos que los doblegaban—explicó y lanzando un largo suspiro—. Así que hice el bien en lugar del mal. No mataba a aquellos que me invocan hasta que Serguei apareció y me ayudó.
—¿Qué pasó entonces?
—Solo te lo diré si aceptas mi ayuda, si por el contrario no pides tu deseo no sabrás nada de mí, de por qué puedo sanar y la peculiaridad de mis cuernos.
Ren gruñó y comenzó a alejarse de Nobu pero él la tomó del brazo, girándola, dejándola pegada a él.
—Ren, tu pasado ha vuelto, tu crimen ha regresado sediento de sangre. Por favor, confía en mí; eres una humana, una chiquilla, no vas a salir de con vida de esta. Confía en mí.
A Ren le costaba asimilar sus palabras; se decía que no podía ser real pero cuando corrió a la población se encontró con Adair y Cinnia convertidos en demonio y diablesa.
El inocente muchacho al que sedujo había cambiado muchísimo. Su cabello negro era más largo y sus claros ojos ya no mostraban inocencia sino odio y rabia. Poseía grandes cuernos, retorcidos y largos que la sorprendieron; ese chico había matado a innumerables personas en estos meses. Sin duda había madurado y su cuerpo había cambiado; era más alto, tenía los brazos y las piernas muy fuertes. Sin embargo más sorprendente era el cambio en quien fue su prometida: Cinnia. Vestía un ceñido corsé rojo que dejaba al descubierto sus exuberantes pechos. Una larga falda negra la cubría por completo y destacaba especialmente las dagas que caían sobre sus caderas. Toda la inocencia que algún día se reflejó en ese blanco cutis había desaparecido. Sus ojos eran completamente rojos, sus cuernos más grandes que los del chico, y su larga melena negra iba recogida en un estirado moño; tan solo algunos mechones caían alrededor de su rostro.
El poblado mostraba caos, sufrimiento y largos ríos de sangre. Aquellos que habían invocado a esa pareja o bien perecían colgados, eran alimentos de los monstruos o sus cenizas ocupaban los pequeños focos de fuego que había repartido por la zona.
A Ren le dolía el sufrimiento de aquel lugar; aquella gente había sido castigada brutalmente y desafiante desenvainó su katana. Sin embargo sus enemigos aún no pensaban enfrentarse a ella y lanzaron a un raptor en su lugar.
Ren extrajo de su cintura un afilado tubo y lanzó las agujas que había en su interior. Antes de partir había sido muy consciente de que ahora era una chica normal con una espada, y por ello iba preparada. El veneno comenzó a hacer efecto al monstruo, aunque intentó atacarla, momento que Ren aprovechó para saltar por encima de ella quedando en pie sobre su rugoso cuerpo. El raptor comenzó a moverse por todo el lugar, intentando librarse de la chica, pero ésta iba bien agarrada y las demás bestias fueron en su ayuda. Ren agitaba su espada a izquierda y derecha, hiriendo a algunos, amputando a otros, y los que subían se libraban de ellos con facilidad hasta que su improvisada montura cayó muerta.
Ren rodó por el suelo hasta un foco de fuego donde dejó que su katana se prendiera. Aguardó de rodillas a que se acercasen los que fueron su esbirros; entonces tomó de su cintura unos finos cuchillos y los lanzó. Tan solo uno de ellos erró en su intención. Las armas se habían incrustado en uno de los ojos de sus enemigos; éstos chillaban como cerdos agónicos mientras se removían de un lado a otro sin ver donde pisaban llegando a prenderse sus pobres galas y armaduras, pero aún quedaba uno con vida, el que fue el líder de sus bestias.
Era un ser realmente grande, ligeramente encorvado. Algunas zonas de su cuerpo mostraba ligamentos en estado de podredumbre, en otras sólo se veían huesos. Vestía una pobre armadura de samurai que era demasiado grande para él. Su cabeza era ligeramente curvada, negra, llena de eczemas y pequeños bultitos de pus que parecían explotar en cualquier momento. Su boca era alargada, llena de colmillos y con una larga lengua gris llena de protuberancias.
Ren cargó contra él con su espada llameante. El calor del arma era tan intensa que al entrar en contacto con el cuerpo del engendro cortó las ataduras que aferraban su armadura dejándolo desprotegido.
La bestia gruñó, cerró sus manos sobre la katana y dio un fuerte cabezazo a la chica.
Ren se tambaleó. Tenía la vista borrosa pero vio como se movía y saltó hacia atrás evitándolo, después dio otro salto esquivando el foco de fuego y comenzó a correr. Ya estaba cerca de las cañas y saltó hacia ellas posando su pierna izquierda en una de ellas y tomando impulso, después se giró y con la derecha golpeó la cabeza de su enemigo. Los huesos se quebraron, el cuello quedó sin vida, la cabeza caía sobre su hombro y aun así la bestia no moría. Eso desconcertó a Ren que no pudo evitar que la tomará por la camisa y la lanzara al interior de una de las casas.
Nobu quiso acudir en su ayuda pero una corriente eléctrica le paralizó; aun así sacó fuerza de su interior. Comenzó a moverse muy despacio hasta que la descarga aumentó y jadeante cayó al suelo. Frustrado contempló las botas que se detenían a su derecha.
Ren se arrastró por el parqué hasta entrar en una habitación donde se escondió en un armario. Allí esperaba poner en orden sus pensamientos; planear su próximo ataque, no sólo tenía que enfrentarse a esa descomunal bestia sino a muchísimas más y aterrorizada escuchó las fuertes pisadas del engendro; éste tomó tres kunais que lanzó contra el armario atravesando su puerta. Algunas rozaron el rostro de Ren; no le causaron daño, las cogió rabiosa y entonces se lanzó contra la puerta utilizándola como escudo. Cayó sobre su enemigo; con una kunai atravesó la débil madera y la garganta de la bestia. Entonces puso en marcha la segunda parte de su plan.
Nobu respiró tranquilo cuando Serguei le ayudó a ponerse en pie. Durante un momento pensó que incluso ese chiquillo le daría una paliza, pero no, era su amigo, que como en otras ocasiones le ayudaba.
—¡No puedes intervenir, Nobu! Puede que el destino de Ren sea morir aquí.
—No, no, ella confiará en mí, lo sé, lo sé.
Serguei apoyó una mano sobre su hombro y sorprendidos contemplaron la situación de la chica.
La joven estaba en el tejado; llevaba varias lámparas de aceite que fue haciendo pedazos, vertiendo su contenido sobre el techado y el suelo. Algunos engendros ya trepaban para alcanzarla. Entonces corrió, y al tiempo que saltaba hacia una caña lanzó la última lámpara y todo se prendió, incluso las bestias que quedaban con vida.
Adair y Cinnia se sorprendieron por la astucia de Ren y de pronto una Kunai atravesó el espeso humo arañando el rostro de Cinnia.
—¿Te vas a vengar de mí o te limitarás a mirar? Tu amante aún parece demasiado extasiado por mis encantos como para hacerme frente.
—¡Puta! —gruñó y se lanzó contra ella.
Los aceros de las mujeres se estrellaron pero la habilidad de Ren con la espada era excepcional y en un santiamén libró de una de las armas a Cinnia; ésta, a su vez, creó una esfera de electricidad en su mano que lanzó contra el pecho de su enemiga.
Ren salió despedida, su camisa ardía por lo que se libró de ella dejando al descubierto un ancho vendaje que cubría su pecho, pero no se reincorporó a tiempo. Cinnia se puso a horcajadas sobre ella clavando su daga en su hombro, después la hizo girar abriendo más la herida mientras en su mano izquierda se creaba una bola de fuego.
Ren colocó sus piernas entra las dos catapultando a su enemiga; entonces se situó encima de ella, le rompió el brazo y la esfera de fuego cayó sobre la cara de Cinnia.
Cinnia se libró de Ren, comenzó a rodar por el suelo y cuando se levantó su moño estaba desecho y parte de su cabellera quemada al igual que su rostro. La chica estaba furiosa, y por primera vez, Ren sintió un gran temor. En sus manos creo varias bolas eléctricas que lanzó contra ella; Ren corrió, las evitó con facilidad hasta que de repente una mano se cerró sobre su garganta y una esfera impactó contra su espalda. El dolor fue intenso, ardiente, y antes de percatarse de ello estaba en el suelo, con Adair encima de ella y sus manos inmovilizadas encima de su cabeza. De pronto un tacón de aguja se incrustó en sus manos obligándole a lanzar un agudo quejido. La erección de Adair estaba marcada contra su vientre, sentía miedo y cuando sus manos desgarraron las vendas que cubrían sus pechos lanzó un quejido.
Cinnia lo contemplaba todo eufórica.
—Te haré sufrir de la misma manera que lo hiciste con mi prometida y lo haré delante de la persona que más te importa—añadió mirando a Nobu.
—¡Basta, basta! —gritó Nobu y desobedeciendo a Serguei corrió hacia Ren; dio un puñetazo a Cinnia haciéndola caer y al chico lo tomó del hombro lanzándolo lejos. Entonces se agachó frente a ella, la tomó en sus brazos, la envolvió con su camisa y paralizó el tiempo—. Ren, por favor, confía en mí, por favor. Confía en mí como Lian lo hizo en ti, ¿por qué no puedes hacerlo?
—Tengo que vivir, salvar a Washi.
—No lo vas a lograr. Abre los ojos, son más fuertes, no sólo te mataran sino que acabaran con Washi, le harán un daño irreparable y lo sabes.
Las lágrimas corrieron por las mejillas de la chica.
—Ayúdame, Nobu, acaba con el mal que inunda Washi.
El demonio asintió, Serguei apareció a su lado ocupándose de la chica y el tiempo se descongeló.
La primera en atacar fue Cinnia que se lanzó contra Nobu desquiciada; él, simplemente tocó su frente. La chica se quedó paralizada para al instante comenzó a correr y gritar por el poblado, hasta que explotó.
Entonces los demonios se enfrentaron; ambos desenvainaron sus afiladas y largas katanas y comenzó la lucha. El chico estaba rabioso; su prometida había muerto pero Nobu mostraba serenidad y tranquilidad. Detenía todos los ataques del joven y con un golpe más le privó del arma; entonces Adair acudió a la magia que los cuernos le habían otorgado creando una gran tormenta de rayos que comenzó a caer. En un principio el escudo que Nobu había creado a su alrededor paró la descarga, pero éste se fue resquebrajando poco a poco, causando pequeñas fisuras que lograron herirlo. La protección se rompió; Nobu encolerizó y lanzó una mirada fulminante al chico que le hizo caer bastante lejos. Fue como si el súcubo hubiera echo un lanzamiento invisible, el chico jadeaba, aunque no tardó en ponerse en pie y corrieron en pos el uno del otro. Nobu le asestó una patada que el chico detuvo; le retorció el pie haciéndole caer y allí el hombre rodó sobre sí mismo evitando el puntapié de Adair. Entonces giró sobre sí mismo haciendo caer al chico sobre quien se sentó y empezó a pegarle puñetazos.
Adair lanzaba maldiciones, intentaba parar al hombre pero no podía hasta que su rabia explotó y lanzó a Nobu lejos. Se puso en pie de un salto y le lanzó varias esferas de fuego.
Nobu, al ver el ataque, alzó las manos por delante de él creando una gran ventisca de hielo acabando con las esferas de su joven contrincante que acabaron hechas pedazos. Los dos intercambiaron miradas; sus ojos se tiñeron de negro y echaron la mano derecha hacia atrás, grandes lanzas oscuras comenzaron a crearse. Entonces corrieron en pos uno del otro; las lanzas se estrellaron, las fuerzas se comían la una a la otra, a veces Nobu retrocedía, otras Adair, hasta que Nobu dio un paso más, su magia aumentó. La lanza que había creado estaba rodeada de pequeños hilillos rojos, crecía más y más, acabando con la de Adair, envolviendo su mano, después su brazo y así hasta hacerlo por completo.
El grito del chico resultó ensordecedor. Ahora solo era un capullo negro que poco a poco se iba consumiendo, hasta no quedar nada: se desintegraron. Las pocas bestias que quedaban comenzaron a descomponerse, sólo eran polvo.
Todo había acabado y se dirigió hacia Ren. La chica esperaba de pie, envuelta en su camisa. Serguei había sanado sus heridas, excepto sus cuernos, claro, y ahora ella con la cabeza bien alta se dirigió al demonio. Se detuvo frente a él, apartó sus cabellos y esperó que la mordiera, pero no lo hizo. Nobu, simplemente, tomó su mano.
—Me gustaría estar a solas con ella.
—Tranquilo, Nobu, me encargaré de que todo esté en orden en los alrededores.
El hombre asintió y la pareja se encaminó por un sendero quedando ocultos entre los árboles. No tardaron en llegar a un pequeño embalse cubierto de hojas.
Nobu limpió la sangre reseca de Ren y tomó entre sus dedos su barbilla.
—¿Por qué no acabas con esto, Nobu?
—Me importas Ren, y mucho.
Entonces la besó; sus manos desprendieron la camisa que la cubría y acarició su cuerpo. Tocó sus senos que después saboreó, y la pareja entre jadeos, se dejó caer al suelo, envueltos el uno con el otro. Nobu atrajo mucho más a Ren, quien sonrojada, jadeante, no dejaba de contemplarle y sonreírle. A él le embargó la felicidad y bebió de todo su cuerpo; la chica no dejaba de convulsionarse violentamente, queriendo acercarse más al demonio quien la penetró y en Ren explosionó una grata sensación que la dejó exhausta, pero el súcubo siguió besándola mientras la embestía despacio, logrando que todos sus sentidos volvieran a reaccionar y fuera sacudida por olas de placer.
Más tarde se bañaban en el embalse entre risas. Ren rodeaba con sus piernas a Nobu que cerraba sus manos sobre sus nalgas. Ambos disfrutaban del baño, como si nada más existiera hasta que las horas fueron trascurriendo, y el uno frente al otro, esperaban el momento determinante.
Ren estaba cubierta con la camisa de Nobu, y muy despacio apartó sus cabellos. Nobu tenía los ojos enrojecidos, ella le sonrió, tomó sus manos asegurándole que no pasaba nada y los colmillos fueron apareciendo poco a poco. Le mordió, bebió de su sangre y pronto la chica se fue quedando sin fuerzas, quedando fláccida sobre sus brazos hasta que su último aliento escapó de sus labios. Entonces apareció Serguei, sobre quien dejó el cuerpo de la chica.
—Por favor, guíala en mi ausencia, no tardaré, pero debo asegurarme de que el deseo de Ren se vea cumplido.
Su amigo asintió y tras formarse su sino bajo él despareció, al igual que Nobu, que apareció en Palacio, frente al Emperador Uchiha.
—Mi señor, ¿qué ha ocurrido con la diablesa Ren?
—Ha dado su vida por los habitantes de Washi, por su paz, porque vos reinéis con la paz que merecen estas tierras.
—¿Cómo ha podido ocurrir?
—Ha debido enfrentarse a una prueba muy dura, pero creedme, cuidaré bien de ella.
—Pero.., ¿no ha dicho que ha muerto?
—Somos demonios, en parte, ya estamos muertos. Ha ido a un lugar donde me reuniré con ella, donde le observaremos. Esa chica depositó su confianza en vos, en todo momento su pensamiento fue hacia vos. Sabe que es un buen hombre, que reinará estas tierras como se merecen, y si no es así yo me encargaré de volver y castigarle.
—Pero...
—Le deseo suerte, Uchiha-sama. Ahora se encuentra libre de engendros. Debo marcharme con Ren—hizo una pausa—. Aunque seamos demonios tenemos sentimientos y durante un instante he hecho sufrir a Ren por usted, no haga que me arrepiente.
Y entonces se marchó.
El Emperador quedó desconcertado, pero pronto hizo llamar a toda la gente de Palacio y empezó a poner orden. Era el momento de que Washi conociera la paz.
Nobu apareció en un lugar iluminado por dos lunas. Se respiraba calma, la flora ocupaba toda la zona, y cerca de una ciudad compuesta por casas orientales rojas, encontró a Ren, con sus pequeños cuernos, junto a Serguei. Ambos vestían yukatas; el de Ren era blanco y al ver a Nobu corrió hacia él y se lanzó a sus brazos.
—¡Eres un demonio purificador!, ¡ un demonio purificador! Siempre pensé que eran leyendas, nada tan especial podía existir, y tú, tú, eres uno de ellos.
—Existimos, Ren, y ahora tú eres uno de ellos—añadió tocando sus pequeños cuernos—, somos demonios pero incapaces de obrar como tales, somos enviados cuando uno de los nuestros duda, cuando se arrepiente de poseer cuernos, de ser malvado. Ahora tú eres uno de ellos; vivirás aquí conmigo y ayudaremos a los que dudan.
—¿Por qué no me lo dijiste? Todo fue falso, ¿ni siquiera ibais a matar a Lian y Feng—susurró abrazada a él.
—No les íbamos a dañar, formaba parte de la prueba. Debías tomar la decisión por ti misma, pedirme ayuda, no resignarte a seguir siendo una diablesa. Si te hubiera dicho qué era en realidad no hubieras demostrado sentimientos humanos, simplemente pedirías que te librara de tus enemigos, porque entonces no morirías. Pero cariño, si hubieras hecho eso, no habrías venido a parar a este paraíso, sino hubieras muerto—añadió guiñándole un ojo—. Fue una dura prueba y la superaste. Ahora eres libre, estás conmigo y tu querida Washi no sufrirá nunca más.
—Toda la pesadilla que he vivido estos años se ha acabado.
—Sí, cariño, todo se ha acabado—susurró sin dejar de abrazarla, pero entonces hubo un momento de tensión y desenvainó su katana con la que amenazó a Serguei—.Si vuelves a hacer algo como lo que hiciste en la aldea te castraré.
—¡Que egoísta eres, Nobu! Con lo bien que podríamos pasarlo los tres.
—Solo Nobu existe para mí, solo él, y a quien se acerque a mí lo chamuscaré—amenazó Ren.
Serguei lanzó una larga carcajada y los vio marchar tomados de la mano hacia una de las pequeñas casitas, siendo ahora demonio y diablesa purificadores.
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