CAMISETAS AURORA AURORA BITZINE FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN ¡Publica con nosotros, envíanos tus relatos!
Relato Fantástico: Emain Macha (III)
Una épica historia que transcurre en la verde isla de Ierne, donde los héroes han hecho de la guerra un modo de vida.
Por Francisco Blanco

Relato Fantástico - Emain Macha (III) SEGUNDA PARTE

El caldero de Dagda


9


Con la mirada puesta en las verdes llanuras de su país Cuchulain rememoraba los últimos instantes que había pasado con su amigo Ferdia. Las risas y las bromas habían dejado paso a un silencio que las palabras no podían llenar. Ambos sabían que la próxima vez que se encontraran quizás no fuera como amigos. Era cierto que habían hecho un juramento de sangre para consolidar mediante la carne una unión que sus almas no querían romper, pero la fidelidad que habían prestado a distintos señores los convertiría en enemigos implacables si alguna vez se encontraban en el campo de batalla.
La cicatriz de su mano derecha era un mudo testimonio de su amistad. Cuchulain rogaba a los dioses que no le permitieran quebrantarlo hasta que su espíritu hubiese cruzado el umbral del Otro Mundo.
Levantó los ojos. Una bandada de cuervos extendía sus negras alas hacia el este, donde unas nubes grises cubrían la salida del sol.
Hacia Emain Macha.
El estruendo de un carro ligero de dos ruedas desvió la atención de Cuchulain, quien observó la llegada de un auriga cuyos cabellos castaños ondeaban al viento.
Era Laeg.
El auriga detuvo a los caballos con las riendas y se apeó del carro, envolviendo a Cuchulain en un poderoso abrazo. Crínóg los observaba con la lengua fuera y las patas delanteras erguidas sobre la hierba.
—¡Cómo me alegro de verte, señor!
— También yo me alegro de verte, Laeg.
— Has cambiado. Ya no pareces un niño – exclamó Laeg con una sonrisa.
— Tienes razón, amigo mío – dijo Cuchulain pensando en Aifa y en el hijo al que jamás vería. Su rostro se ensombreció unos instantes, pero antes de que Laeg se diera cuenta cambió súbitamente de tema. –¿Cómo me has encontrado?
— Los dioses lo han querido, señor. En Emain Macha los días se hacen muy largos en verano y no hay nada mejor para disipar el aburrimiento que azuzar a los caballos con el látigo – dijo él bromeando, pues sabía que el látigo era innecesario para guiar a los caballos de su amo.
—¿Cómo se han comportado mis jóvenes corceles? – preguntó Cuchulain, acariciando a Gris y a Sainglend. Los caballos respondieron con un bufido y lamieron su rostro, provocando las carcajadas de Cuchulain.
— Te han echado mucho de menos, señor – comentó su auriga.
—¿Alguna novedad, Laeg?
El auriga sabía a qué se refería. Con aquella pregunta Cuchulain daba a entender su interés por Emer, a pesar de no haber mencionado su nombre.
— No tienes motivos para preocuparte. Conall y Naisi han cumplido su palabra con una eficacia sorprendente.
—¿Qué es lo que han hecho?
— Emer ha tenido varios pretendientes estos dos últimos años, pero Conall se ha encargado de disuadirlos con su espada.
—¿Con su espada? ... – preguntó Cuchulain alarmado.
— Conall hizo saber a todo el mundo que aquel que quisiera casarse con Emer tendría que enfrentarse con él o con Naisi. Algunos lo intentaron, como el príncipe Owen, pero Naisi le cortó un dedo de su mano derecha cuando el príncipe le desafió con la espada. Owen ha jurado vengarse de la afrenta recibida y ha dicho que Naisi pagará con su vida la pérdida del dedo.
Cuchulain se entristeció al oír aquello. El príncipe Owen era uno de los jefes de clan que formaba parte de la clientela de Conchobar y cualquiera de los guerreros que estaban a su servicio podía hacer suya la venganza de su señor.
— Forgall debe estar furioso – comentó Cuchulain.
— No me cabe la menor duda, señor. Su mayor ambición es casar a Emer con un poderoso jefe de clan.
— Emer solo se casará conmigo – dijo Cuchulain con el ceño fruncido. El joven subió al carro y cogió las riendas, haciendo un gesto con la cabeza para que Laeg se situara a su lado. – Deja que esta vez lleve yo las riendas, amigo mío.
Laeg asintió y se agarró con fuerza a los bordes de la plataforma de madera. Crínóg se puso en movimiento en cuanto los vio partir, corriendo ágilmente detrás de las ruedas del carro. El viento del norte rizaba su pelaje negro como las olas del mar mecidas por la fuerte brisa marina.
Mientras el carro se balanceaba de un lado para otro la mente de Cuchulain se puso a analizar la situación con la frialdad que le caracterizaba. Su querida Emer no se había comprometido con nadie, a pesar de los renovados esfuerzos de su padre o del desafortunado Owen, y eso no dejaba de ser una buena noticia, pero lo más notable era que Emer le estuviera esperando y no hubiera perdido la paciencia. No le importaba que Forgall siguiera oponiéndose a su unión con Emer. Tarde o temprano Cuchulain la haría su esposa y ni siquiera un rival tan poderoso como Owen podría impedirle realizar su tan soñado propósito.
Al llegar a Emain Macha Cuchulain bajó de su carro, cerca de la Casa de la Rama Roja. El ulate se disponía a entrar por la puerta, pintada con la insignia de la Orden, cuando una voz familiar le hizo girar la cabeza.
—¿Qué es lo que veo? ¡Un muchacho convertido en un hombre! ¿De verdad eres tú, Cuchulain? – gritó Conall. Su largo cabello castaño le caía por los hombros, y en el cuello lucía una torques de plata, símbolo de su condición de guerrero.
— Sí. Soy yo, primo. ¿Tanto he cambiado en dos años? – le preguntó Cuchulain mientras le abrazaba.
— Has crecido – comentó Conall, mirándole a los ojos. – Pero para mí siempre serás un muchacho.
— Tengo que agradecerte todo lo que has hecho por mí en mi ausencia.
— No tienes nada que agradecerme, primo. Me he divertido mucho enseñándoles a unos cuantos fanfarrones cómo se maneja una espada.
— Laeg me ha contado que Naisi le cortó un dedo al príncipe Owen.
— Será mejor que vayamos a mi choza – le aconsejó Conall. – Allí podremos hablar sin temor a que nadie nos escuche. Tengo muchas cosas que contarte y el hidromiel que fabrica mi esposa nos ayudará a desatar nuestras lenguas.
En verdad Conall tenía poco que añadir sobre el incidente ocurrido entre Naisi y el príncipe de Ferney. Laeg se lo había relatado con todo detalle, pero a Cuchulain no le importó escuchar una vez más el mismo relato. Quería estar rodeado de sus viejos amigos y compartir con ellos historias y bebidas, sintiendo de nuevo la camaradería de los guerreros y relatar sus propias experiencias en la isla de la Bruma. Cuchulain no omitió ningún detalle. Les habló de Scáthách y alabó su habilidad de convertir a hombres en expertos guerreros, del difícil paso que su ejército tuvo que afrontar en las montañas y de la posterior batalla. Les habló también de la princesa Aifa y de Ferdia, pero no les dijo nada acerca del hijo que ella esperaba de él. En cierto modo se sentía avergonzado de lo que había hecho y la presencia del hijo pequeño de Conall jugando con su madre constituía una afrenta en su atormentado recuerdo.
Cuchulain se deshizo en elogios al hablar de su amigo Ferdia, y una expresión de júbilo iluminó su rostro cuando les enseñó Gae Bolga a Laeg y a Conall, quienes admiraron la belleza de la lanza, quedándose sorprendidos al ver la dentada hoja.
Sin embargo no todo fueron risas y canciones en Emain Macha. Sus amigos le contaron que sus padres habían abandonado la fortaleza desde hacía varios meses en busca de Cathbad, y nadie había vuelto a verlos desde entonces. Cuchulain quiso hacer los preparativos para iniciar su búsqueda, pero las noticias que venían de la frontera oeste se lo impidieron, obligándole a concentrar todas sus energías en las exigencias de la guerra.
El rey de Ulaid llevaba dos meses luchando en la frontera oeste contra los guerreros de Connacht. En los dos últimos años los conflictos se habían recrudecido. Aillil, el rey de Connacht, y su esposa Maev siempre habían ambicionado las ricas tierras de Ulaid, y ambos eran los más odiados enemigos de Conchobar. El verano estaba llegando a su fin y las incursiones de Aillil terminarían pronto, pero la peor noticia llegó procedente de la frontera sur, donde Celtchar, el viejo guerrero gris, solicitó al rey que le enviara refuerzos para contener a los lanceros del reino de Laigen.
Cuchulain se vistió con sus avíos de guerrero y partió hacia el sur. Formaba parte de un nutrido grupo de hombres que marchaba bajo las órdenes de Fergus Mac Roy, uno de los señores de la guerra del reino. A pesar de haber renunciado al trono Fergus era un hombre que poseía tierras de labor, ganado y lanceros a su servicio. Todavía conservaba mucho poder y mantenía a sus expensas a más de doscientos guerreros, entre los cuales se contaba Cuchulain, quien había prestado juramento de servir a Fergus poco después de conocer a Emer. El mismo Fergus, que se caracterizaba por ser generoso y conocer con detalle las vidas de sus hombres, le había dado permiso para ausentarse temporalmente de su servicio y partir hacia la isla de la Bruma al encuentro de Scáthách.
Aquel verano Cuchulain se comportó como un monstruo. Sencillamente dejó de ser un hombre para convertirse en una bestia que solo hallaba deleite en la carnicería. Los que lo contemplaban veían en él a un hombre transfigurado, un ser poseído por los dioses para tormento de sus enemigos, quienes padecieron en sus mutilados miembros la furia de un loco sediento por la guerra. Los guerreros laigin caían ante los golpes de su lanza como las espigas de trigo que caen bajo la afilada hoz del campesino, con los ojos fijos en aquel demonio de la guerra que cosechaba cabezas sin número y que causaba enormes bajas en las filas de sus enemigos. Los laigin se abrían paso al ver el avance imparable de su vehículo sobre el caótico campo de batalla, atacando a Cuchulain y a los demás carros del ejército de Fergus con largas lanzas de fresno.
El joven manejaba con destreza a Gae Bolga desde la lengüeta del carro, impresionando al enemigo y haciéndole retroceder. Cerca de él Conall se debatía desesperadamente, lanzando mandobles con su certera espada y gritando como un loco furioso. Naisi luchaba con fría resolución, acuchillando a sus rivales como si no se hallara presente en la batalla y fuera otra persona la que librara el combate por él. Su mirada tenía el aire ausente de los soñadores, los cuales contemplan el mundo sin querer formar parte de él. Parecía más un poeta que un guerrero. Crínóg tenía el hocico salpicado de sangre, pero su sed no se había aplacado y seguía arrojándose al cuello del enemigo más próximo, clavando sus afilados colmillos en la garganta de sus víctimas.
El estruendo que producían las ruedas de los carros sembró el pánico y desordenó las filas de los guerreros laigin. Fergus había saltado de su vehículo y luchaba a pie con su espada mágica Caladcholg, extendiendo un amplio arco con el filo de su espada y sembrando un círculo de muerte a su alrededor. Sus hijos Illán y Buino combatían a pie desde sus carros, arrojando una lluvia de jabalinas contra las líneas enemigas.
Los ulates luchaban desordenadamente, sin formar un muro de escudos compacto. Se entregaban a la carnicería con una alegría infinita, compitiendo y fanfarroneando entre ellos para que los bardos cantaran sus hazañas y alabaran sus nombres en las canciones, conservando así su recuerdo. Combatían de manera individual, cuerpo a cuerpo, exhibiendo ante el rival su pericia en el arte de manejar la espada o la lanza.
Los guerreros de Laigen perdieron el valor cuando Cuchulain ensartó su lanza en las tripas de su jefe, un poderoso caudillo de largos bigotes y gran estatura. Entonces los laigin empezaron a ceder terreno y volvieron las espaldas a los ulates, quienes lanzaron al aire un ensordecedor aullido de triunfo y corrieron tras ellos para completar la matanza. La euforia se extendió como un perro rabioso entre los ulates, pues todos los guerreros sabían por experiencia que no hay placer más grande en una batalla que exterminar al enemigo y enviar sus espíritus al Otro Mundo en medio de una orgía de sangre.
Cuchulain despojó al enemigo caído de su torques de oro y tomó su espada y su escudo como trofeos. Luego con su propia espada le separó la cabeza de los hombros y la colgó sobre una de las ruedas de su carro. Aquel día todos los guerreros le miraban horrorizados, creyendo ver en el joven hijo de Dectera a un paladín poseído por la voluntad de los dioses. Los ojos de sus compañeros se mantenían fijos en él, con una mezcla de respeto y temor.
En la frontera oeste del reino Conchobar había rechazado una vez más a los guerreros de Connacht hacia sus frías e inhóspitas tierras. Quedaban pocas semanas para el comienzo de la cosecha y los campesinos ya habían iniciado los preparativos para recogerla. Sus mujeres y sus hijos aclamaron al ejército de Conchobar que regresaba victorioso desde el oeste, agradecidos por no haber sido llevados cautivos a Connacht y porque sus granjas no hubieran sido incendiadas por el enemigo, pues los esclavos no abundaban en Eiréann, aunque era a ellos a quienes les correspondían las tareas más pesadas, y una buena manera de adquirirlos era capturándolos como botín de guerra. Uno de los trabajos más duros para un esclavo era el servicio de la piedra de moler, una tarea reservada a las mujeres. Debido a esto los hombres libres se disputaban la propiedad de esclavos, temerosos de que sus mujeres tuviesen que moler y amasar.
Una vez que hubieron cesado las hostilidades el rey Conchobar reunió a sus señores de la guerra en la Casa de la Rama Roja. El rey quería recompensar con oro, tierras y títulos a los guerreros que habían luchado como héroes en el campo de batalla, y solamente sus señores sabían a quienes se deberían conceder tales honores. Aparte del botín que les correspondía, la mayor parte de ellos fue recompensada con oro, pero Cuchulain y sus primos Naisi y Conall fueron recompensados con tierras y el título de señor. Aquel nombramiento les permitiría tomar parte en los consejos que los guerreros de la Rama Roja celebraban a instancias del rey, lo cual les llenó de orgullo.
Conchobar nombró a Cuchulain propietario de unas tierras que habían pertenecido a un hombre llamado Cairpre, un jefe que había muerto en la batalla contra los laigin y que no había dejado hijos ni esposa que le sucedieran. El territorio se hallaba situado en la región de Murthemney, una zona que se extendía al sureste del reino de Ulaid, cerca de la frontera con Midhe.

Relato Fantástico - Emain Macha (III) Cuchulain comprobó por sí mismo el estado de sus nuevas propiedades y quedó bastante satisfecho al ver el interior de la fortaleza, que tenía el nombre de Dun Dealgan. La empalizada de madera albergaba un almacén de grano, las chozas de los guerreros que estarían a su servicio, una herrería, un salón de banquetes y la casa fortificada que le serviría como residencia. En los alrededores de Dun Dealgan se extendían los campos de cultivo y los corrales para el ganado, así como prósperas granjas y aldeas que salpicaban los fértiles valles del territorio de Murthemney.
— Esta casa necesita una esposa – dijo Cuchulain, después de ver el hogar central y las habitaciones de su nueva vivienda.
— Y niños que la llenen con sus gritos – comentó Laeg.
— Estás en lo cierto, Laeg. Ha llegado el momento de ir a hacerle una visita a Forgall, ¿no te parece?
—¿Crees que te aceptará, señor?
— No le queda otra opción. Ahora soy tan poderoso como él y tengo suficiente oro para que me permita casarme con Emer.
Pero Cuchulain estaba equivocado. Envió un mensaje al dun de Forgall con una generosa propuesta de matrimonio, pensando que Forgall sería incapaz de rechazarla, pues era conocida su ambición desmedida por el oro.
Al cabo de unos días el mensajero llegó con la respuesta. Cuchulain estaba tan impaciente que ni siquiera permitió al jinete que bajara del caballo y tomara aliento para poder hablar.
—¿Qué te ha dicho Forgall? ¿Me acepta como marido para su hija?
— Me ha dicho que no quiere verte. Dice que su hija nunca se casará con un señor de ganado.
Los ojos grises de Cuchulain se ensombrecieron súbitamente.
— Esta situación se ha alargado demasiado. No estoy dispuesto a consentir que la estupidez de Forgall me impida tomar a Emer como esposa.
—¿Qué vas a hacer, señor? – le preguntó Laeg.
Cuchulain miró fijamente a su auriga con ojos fríos. Su voz sonó dura e irreflexiva a oídos de Laeg.
— Vamos a atacar el dun de Forgall.



10

Cuchulain estaba ansioso por ver de nuevo a Emer. Hacía dos años que la había visto por última vez y se preguntaba si ella seguiría albergando los mismos sentimientos hacia él. Laeg le daba ánimos asegurándole que así era, pues de otro modo ella habría dado su consentimiento a cualquier pretendiente, reduciendo a cenizas las esperanzas de su joven amante.
Cuchulain hizo los preparativos con el mayor sigilo posible y abandonó Dun Dealgan a la caída de la tarde. Llevaba consigo a treinta lanceros, en su mayor parte jóvenes que le habían jurado lealtad hacía poco tiempo y que deseaban entrar al servicio de un hombre de quien se rumoreaba era el escogido del dios Lugh. Cuchulain había dejado atrás a Crínóg y a veinte hombres para defender la fortaleza, dirigiéndose hacia el este a través de la región de Murthemney. Iba a lomos de su caballo preferido, Gris de Macha, y Laeg le acompañaba montado en Sainglend. Los demás guerreros iban a pie, armados con lanzas, espadas y escudos en los que Cuchulain había ordenado pintar su insignia, un fiero podenco de color negro. Para un guerrero constituía un gran orgullo poder pintar su propio emblema en un escudo. En vista del valor desplegado en el campo de batalla Conchobar había honrado a su sobrino con la distinción de señor, convirtiéndole a partir de ese momento en jefe de una banda guerrera con hombres a su servicio que prestarían juramento de servir a Cuchulain hasta la muerte.
La noche era fresca y apenas soplaba el viento en las copas de los árboles. La cosecha no había hecho más que comenzar y los campesinos no tardarían en depositar el grano recogido dentro de los almacenes de la fortaleza. En tiempos de cosecha los guerreros abandonaban sus armas y participaban con los campesinos en el duro trabajo de recoger el grano. Todos tenían la obligación de trabajar en los campos en una ocasión tan importante como aquella, y solo el rey era el único que no podía hacerlo. La ley se lo prohibía, pues el rey era el principal responsable de la fecundidad de la tierra y la prosperidad de sus habitantes. Los druidas decían que un buen monarca aseguraba buenas cosechas y lluvias apropiadas en su estación, pero un mal rey traería la desgracia sobre todos sus vasallos. La tierra no daría su fruto, el ganado moriría víctima de la peste o las enfermedades y el pueblo padecería hambre a causa de su mal gobierno.
Cuchulain sabía que Forgall estaría muy atareado con los preparativos de la cosecha. El ulate tenía la intención de entrar en sus tierras sin que nadie pudiera percatarse de su presencia y avisara a Forgall de su inminente llegada, por lo que decidió esperar a que la noche extendiera su negro manto sobre los campos y avanzó con sus hombres a través de las fértiles tierras de su enemigo. Los lanceros de Cuchulain mantenían un paso vivo y rápido, adaptándose con sumisa obediencia a las órdenes de su señor, quien les había prometido oro si conseguían llevar a cabo la misión con éxito.
La banda de Cuchulain pasó cerca de varias granjas que se extendían a ambos lados del camino, pero el ulate impidió a sus hombres que las saquearan. No quería alertar a Forgall y darle la oportunidad de preparar su defensa. Los guerreros obedecieron sin protestar sus instrucciones, sujetando con sus manos las largas lanzas, cuyas puntas brillaban con pálidos reflejos a la suave luz de la luna.
Antes del amanecer se internaron en la espesura de un húmedo bosque, ocultándose a la vista de cualquier mirada indiscreta. Un zorro se asustó al verlos y echó a correr delante de ellos. Cuchulain vio su cola roja arrastrándose entre las hojas caídas en el suelo y lo interpretó como un buen presagio. Ordenó a sus hombres que se detuvieran y durmieran un poco, organizó los turnos de guardia y luego cabalgó con Laeg hasta los lindes del bosque. Al llegar allí bajaron de los caballos y se tumbaron en la hierba, con la mirada fija en la fortaleza.
El dun de Forgall se extendía sobre una pequeña elevación del terreno. La muralla de tierra estaba coronada por una empalizada de troncos, donde unos escasos vigías oteaban el horizonte. El dun se alzaba a poco más de doscientos metros desde el lindero del bosque, una distancia que a Cuchulain le pareció idónea para alcanzar su objetivo.
— Las puertas – dijo para sí, pensando en voz alta.
—¿Qué dices, señor? — preguntó Laeg.
— Tenemos una sola oportunidad para apoderarnos de la fortaleza, Laeg.
—¿Y cómo lo haremos?
— Cuando los carros cargados de grano lleguen al pie del dun los centinelas abrirán las puertas y les franquearán el paso. Ese será el momento más adecuado para atacar – dijo Cuchulain. – Tú y yo nos encargaremos de dispersar a los centinelas de la entrada y guardaremos las puertas hasta la llegada de nuestros lanceros.
— Es una buena idea, pero en cuanto nos vean llegar se apresurarán a cerrar las puertas y nos impedirán la entrada.
— No te preocupes, Laeg. Confía en mí.
Mientras Cuchulain regresaba al campamento Laeg siguió recostado sobre la hierba del bosque. El auriga pensaba en la necesidad de procurarse una concubina para el año próximo cuando sus ojos se clavaron en dos puntos oscuros que avanzaban en el horizonte. Laeg entornó la mirada y comprobó que se trataba de dos carros tirados por sendas parejas de bueyes que cargaban el grano de la cosecha.
Sin pérdida de tiempo Laeg montó en los lomos de Sainglend y azuzó al caballo con los talones. El auriga sujetó con firmeza las riendas y se adentró en el interior del bosque, ansioso por encontrarse con Cuchulain y comunicarle la noticia.
—¿Alguna novedad? – le preguntó Cuchulain al verlo.
— He visto a dos carros dirigiéndose hacia la fortaleza, señor. Es la oportunidad que estábamos esperando.
Cuchulain saltó ágilmente sobre Gris de Macha y corrió al galope, seguido por sus guerreros. Temía no llegar a tiempo para poner en práctica el plan que había forjado en su mente, ya que si echaba a perder aquella oportunidad tendría que buscar refugio y alimento en los bosques, pues las provisiones que habían traído se agotarían en pocos días.
La suerte le ayudó. Quizás fuera la intervención de Lugh lo que provocó que los bueyes caminasen a un ritmo más lento de lo habitual, pues al llegar al lindero del bosque las carretas que cargaban el grano no habían alcanzado aún las puertas del dun.
A una indicación de Cuchulain los guerreros se ocultaron detrás de los árboles, esperando a que la voz de su señor les ordenara lo que debían hacer.
— No os mováis hasta que yo os lo diga, ¿entendido?
Un lancero joven de apenas quince veranos se atrevió a hacerle una pregunta.
—¿Qué es lo que tenemos que hacer?
— Permaneceréis escondidos aquí mientras Laeg y yo distraeremos a los centinelas de la entrada. En cuanto os haga una señal con Gae Bolga deberéis salir de vuestro escondite y correr hacia las puertas de la fortaleza. Si todo sale bien nos apoderaremos del dun de Forgall y de su más preciado tesoro, su hija Emer. ¿Lo has entendido ahora, Laoghaire?
— Sí, señor – dijo el muchacho con timidez.
— Que los dioses os acompañen – les dijo Cuchulain. – Y si no vuelvo a veros en esta tierra verde, os veré de nuevo en Tir Nan Og.
Cuchulain sacó de su túnica dos grandes piedras redondas y depositó una de ellas en su honda de cuero, un arma que Scáthách le había enseñado a usar y cuyo arte dominaba con suma destreza. La honda era el arma favorita de los pastores de ovejas, quienes solían utilizarla para defender sus rebaños de los voraces lobos de las colinas. Cuchulain esperó con paciencia hasta que los guardias de Forgall abrieron las puertas del fuerte para permitir el paso de las lentas carretas de bueyes.
— Vamos, amigo mío. Ha llegado la hora – dijo Cuchulain a su auriga.
Los dos jinetes abandonaron la fresca sombra del bosque y salieron a plena luz del mediodía. Gris relinchó con fuerza, exhibiendo orgullosamente los poderosos músculos de sus flancos. Los guardias dieron el grito de alarma, pero al primero se le quebró la voz en la garganta cuando una piedra lanzada desde lejos golpeó su frente. El segundo vio caer a su compañero y creyó que la mejor posibilidad era retroceder y cerrar la entrada a los intrusos. Laeg le impidió llegar a las puertas arrojándole su jabalina, que se clavó con precisión en la espalda del guardia. El hombre cayó sin proferir un gemido en el mismo momento en que Cuchulain alzaba su mano derecha para señalar con la punta azulada de Gae Bolga a sus hombres.
Los lanceros de Cuchulain respondieron a aquella señal saliendo del bosque y corriendo hacia su señor en medio de una algarabía de gritos y aullidos salvajes. Al contemplar aquella escena los campesinos que conducían las carretas de bueyes se asustaron y huyeron, temiendo que los guerreros se ensañaran con ellos.
Cuchulain y Laeg llegaron a las puertas y echaron un vistazo al interior del fuerte. Las mujeres y los niños corrían con el pánico dibujado en sus rostros hacia la casa fortificada de Forgall para refugiarse, mientras los pocos guerreros que se hallaban en el dun se aprestaron a expulsar al invasor de la entrada.
Cuchulain sonrió al comprobar su escaso número. No se había equivocado. Solo los hombres más viejos y los más jóvenes se habían quedado a defender la fortaleza de Forgall. Los demás estaban en los campos, ayudando a los campesinos a recoger la cosecha.
— Niños y viejos – comentó Laeg. — ¿Qué hacemos, señor?
— Intenta hacerles el menor daño posible, Laeg. En cuanto vean a los nuestros depondrán las armas.
Ambos se disponían a atacar a los lanceros cuando una voz conocida los detuvo, obligándoles a levantar la cabeza y dirigir la vista hacia la casa.
Había un hombre apostado cerca de la puerta de la casa fortificada, e iba armado con una lanza y un escudo. Cuchulain reconoció en aquella figura el rostro ambicioso de Forgall.
—¡Te desollaré como a un perro, maldito bastardo! ¿Pretendes intimidarme con tu ridícula exhibición? Te ensartaré con mi lanza y arrojaré tus tripas a ...
Forgall no pudo terminar la frase. Había visto llegar a los lanceros de Cuchulain, que se situaron a los lados de su señor, esperando que este les ordenara atacar.
— Lucha, Forgall. Puedes hacerlo si ese es tu deseo, pero los lamentos de las viudas y de los huérfanos de estos hombres resonarán en tus oídos durante las noches de insomnio – dijo Cuchulain, señalando con su lanza a los guerreros de Forgall.
—¡No le hagáis caso! ¡Lo único que quiere es intimidaros! ¡Violará a vuestras mujeres y esclavizará a vuestros hijos! – gritó Forgall desesperadamente. — ¡Matad a ese imbécil y cortadle la lengua!
Cuchulain se aproximó a sus enemigos y les hizo una oferta, tratando de ganarlos con palabras convincentes. Aquellos hombres estaban obligados a servir a su señor, pero no quería verles morir como si fueran reses llevadas al matadero.
— Si arrojáis las armas respetaré vuestras vidas y las de vuestras familias – les dijo Cuchulain. – Y los dioses serán testigos de mi juramento.
—¿Qué sabrás tú de juramentos? ¡No eres más que un simple señor de ganado! – se mofó Forgall.
— Pasaré por alto tu insulto, Forgall – dijo Cuchulain, conteniendo su cólera. – No quiero que tu hija me reproche el haber derramado la sangre de su propio padre.
— No tendrás necesidad de hacerlo, Cuchulain – dijo Emer, poniéndose al lado de su padre sin dejar de mirar al ulate. Emer llevaba puesto un sencillo vestido de lino que resaltaba las delgadas formas de su cuerpo. Al verla Cuchulain se percató de que apenas había cambiado en aquellos dos años.
— Es un placer volver a verte, Emer – dijo Cuchulain, recobrando la sonrisa de pronto. – Espero que no hayas olvidado nuestra promesa.
— No la he olvidado, Cuchulain, como bien puedes ver.
— Entonces, ¿accederás a venir conmigo?
Forgall empezó a protestar, pero su hija le ordenó que guardara silencio con un gesto de la mano.
— Lo haré con mucho gusto si abandonas la intención de atacar la fortaleza de mi padre – le dijo ella.
Cuchulain asintió con un gesto de su cabeza y bajó del caballo. Emer besó a su padre como si se despidiera de él y bajó los escalones de madera, abriéndose paso entre los guerreros de Forgall, que la miraban con una mezcla de asombro y agradecimiento por haber intercedido en favor de sus vidas.
— Quiero pedirte otro favor, Cuchulain – dijo Emer, acercándose a su amante. – Me gustaría que mi hermana Fial también viniera conmigo.
Cuchulain no puso ninguna objeción. Emer llamó a su hermana y poco después Fial salía de la puerta de la casa en compañía de dos sirvientes que portaban un pequeño arcón de madera en sus manos.
—¿Qué llevas en ese arcón? – le preguntó Cuchulain a Emer.
— Si voy a convertirme en tu esposa deberé aportar una dote como hacen todas las mujeres en Eiréann – le respondió ella. –¿O acaso creías que me marcharía de la casa de mi padre con las manos vacías?
Cuchulain sonrió y ayudó a Emer a montar sobre la grupa de Gris, mientras sus lanceros se hacían cargo del arcón. Laeg imitó a su señor e invitó a Fial a que se sentara con él sobre el lomo de Sainglend.
Forgall observó con impotencia la partida de sus dos hijas, que se alejaron delante de sus ojos sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Siempre había deseado casar a sus hijas con algún poderoso jefe de clan, pero el destino había decidido otra cosa, privándole de la posibilidad de que su futura descendencia pudiera hacerse algún día con el trono de Ulaid.
Y así fue como Cuchulain consiguió a Emer y la hizo su esposa.



11

Las semanas que siguieron al ataque del dun de Forgall fueron una pura delicia para Cuchulain y Emer. Tenían tantas cosas que decirse el uno al otro que no dejaban de interrumpirse y comenzar de nuevo. Los dos amantes se casaron en una pequeña ceremonia delante de todos sus amigos y parientes, a excepción de Forgall, después de beber la copa de los esponsales, pues aquella era la manera en que los celtas acostumbraban a unirse entre sí, de acuerdo con las antiguas tradiciones y costumbres que habían regido la vida de sus antepasados.
Cuchulain envió a Forgall un cofre que contenía en oro el doble de la dote que Emer había aportado al matrimonio. Su intención era demostrarle que no había raptado a su hija y que a pesar de su hostilidad no le guardaba ningún resentimiento. Sin embargo Forgall era demasiado orgulloso y no agradeció el presente a su yerno, limitándose a gruñir como un cerdo cuando los mensajeros de Cuchulain depositaron a sus pies el cofre que contenía el oro. Forgall nunca aprobó el matrimonio de su hija y jamás volvió a verla, pues al cabo de cuatro años contrajo unas fiebres y murió.

Relato Fantástico - Emain Macha (III) Después de recoger la cosecha y transportarla a los graneros de Dun Dealgan la tierra empezó a sumirse en su letargo otoñal. Los días eran fríos y las nubes cubrían el cielo con su manto gris, pero a Cuchulain no le importaba. Se sentía vivo al lado de Emer, quien pronto se ganó el corazón de todos los guerreros de su marido. Emer era una mujer hermosa, dueña de un espíritu generoso que hacía que los demás se sintieran alegres y seguros de sí mismos, conscientes de que alguien los escuchaba y comprendía. Para Cuchulain era un orgullo el hecho de que una mujer con aquellas cualidades pudiera haberse enamorado de él. Lo que más apreciaba en Emer era la fidelidad que ella le había guardado, esperando pacientemente durante dos años a que él cumpliera su palabra y viniera a buscarla, cuando ella podría haber conseguido un matrimonio mucho más ventajoso, de acuerdo con los deseos de su padre.
Cuchulain no deseaba que ninguna sombra se interpusiera entre ellos. El recuerdo de Aifa y el hijo que nunca vería estaba demasiado presente en su memoria. De alguna manera Cuchulain sentía que había traicionado la fidelidad de Emer, algo que sería totalmente impensable en guerreros como Conall o Ferdia, quienes no rechazaban a ninguna mujer que les agradara y los recibieran con los brazos abiertos, sin importarles en absoluto lo que pudiesen opinar sus respectivas esposas.
El hijo de Dectera era muy distinto a sus amigos. El amor había prendido en él como una llama voraz y se negaba a mirar con ojos de deseo a otras mujeres. Muchas esclavas y concubinas habían intentado seducirle, pero solo Aifa había sido capaz de romper la promesa de Cuchulain.
No transcurrió mucho tiempo antes de que Cuchulain le contara a Emer toda la verdad sobre lo que había ocurrido con Aifa en la isla de la Bruma. Para su sorpresa Emer se mostró comprensiva y no le reprochó nada. Su esposa se limitó a mirarle a los ojos durante largo rato y luego le dijo:
— No tienes por qué buscar placer en otras mujeres, Cuchulain. Yo puedo darte todo lo que necesitas – repuso ella. – Y te prometo que te daré muchos hijos.
— Lo sé, Emer – dijo él.
Desde aquel día Emer y Cuchulain no volvieron a hablar de Aifa y de su hijo, hasta que muchos años después el pasado regresó a sus vidas como una negra nube de tormenta.



Después de haber recogido la cosecha y una vez resueltos todos los problemas que le habían retenido en Dun Dealgan, Cuchulain dejó a Laeg al mando de la guarnición y se fue con Emer a Emain Macha. Le preocupaba el paradero de sus padres y sabía que podía contar con el apoyo de su tío Amorgon para encontrarlos. El druida le había prometido su ayuda una vez que hubiera finalizado la fiesta de Samain.
Crínóg iba detrás del carro de su amo. La loba toleraba la presencia de Emer y nunca gruñía al verla cerca de Cuchulain.
— Creo que le gustas. Crínóg es tan fiel que no permite que ninguna mujer se me acerque – dijo Cuchulain a su esposa, aunque omitió decirle que la loba había hecho lo mismo con Aifa.
— Entonces nos haremos buenas amigas – dijo Emer, riéndose con malicia. – Ella te vigilará cuando yo no pueda hacerlo.
Cuando llegaron a Emain Macha Cuchulain entró en el gran salón de banquetes del fuerte, donde Conchobar celebraba una gran fiesta con todos sus nobles y guerreros. El rey estaba sentado en un estrado con sus tres hijos, Follamain, Cormac y Cuscrid, que se habían situado a su derecha. A la izquierda del rey se sentaba Fergus, y sus dos hijos Illán y Buino estaban con él. El príncipe Owen ocupaba uno de los extremos del estrado. Cuchulain se percató de que Owen bebía sin cesar de su cuerno de hidromiel y no hablaba con nadie. El príncipe de Ferney se había vuelto huraño desde el incidente que había tenido con Naisi y que le había costado la pérdida de uno de sus dedos, y había jurado delante de todo el mundo que algún día correría de nuevo la sangre entre Naisi y él.
Una pesada mano cayó sobre sus hombros, obligándole a dar media vuelta. Cuchulain se encontró con el rostro moreno de Conall, quien le abrazó con fuerza.
—¿Dónde has dejado a Emer? ¿Ya te has olvidado de ella, muchacho?
— Has bebido mucho, ¿verdad, primo? – le preguntó Cuchulain, haciendo una mueca de desagrado. – Podrías tumbar a una banda entera de guerreros con tu aliento.
— Me recuerdas a Niam, mi mujer. Siempre me lo está reprochando – le dijo Conall, con la voz pastosa. – No hay quien entienda a las mujeres, Cuchulain. ¿No quieres sentarte y beber conmigo?
— Te lo agradezco, Conall, pero no he venido desde Dun Dealgan para emborracharme con tus hombres. Necesito hablar con tu padre. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
— Supongo que estará con los demás druidas... por ahí – dijo Conall, al tiempo que eructaba y hacía un vago ademán con la mano como si quisiera abarcar todo el fuerte.
Cuchulain se levantó del suelo de cañas y al poco rato se desvaneció en las sombras que se formaban más allá de la puerta. Hacía poco que los druidas habían prendido la gran hoguera del año nuevo y enviado a los mensajeros con una antorcha para que estos se encargaran de llevar el fuego sagrado a todos los hogares y campamentos de la fortaleza. Las mujeres lucían hermosas joyas y brazaletes, y sus ropas lucían llamativos colores que llamaron la atención del ulate, mientras este caminaba bajo la fulgurante luz que despedían las brillantes hogueras de Samain.
De pronto una voz poderosa llamó su atención. Cuchulain desvió su mirada y vio a un hombre vestido completamente de blanco, apostado a la entrada de una choza, con una muchacha de belleza sobrecogedora a su lado, la cual alzó sus enigmáticos ojos grises para mirar fijamente a Cuchulain.
— Me alegro de volver a verte, Cuchulain – le dijo Cathbad. – Siempre es agradable encontrarse con un rostro conocido. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez que nos vimos?
— Lo sabes de sobra, señor. Siempre has disfrutado de una memoria excelente – dijo él, abrazando a su abuelo con una alegría que su rostro no podía ocultar. Cuchulain estaba sorprendido de ver a Cathbad con vida y era incapaz de contener sus emociones.
— No me abraces tan fuerte, muchacho, o me romperás todos los huesos – dijo el druida, separándose de su nieto y mirándole a los ojos. – Sospecho que te has convertido en un gran guerrero. He oído muchas cosas de ti estos últimos años, pero supongo que no vale la pena hablar de ellas en voz alta. Estoy seguro de que a estas alturas tu falo no se habrá cansado de retozar con todas las esclavas que hayas deseado,¿no es así?
— Me he casado con Emer, señor ...
—¿Y eso qué importa?¿Acaso has olvidado que en nuestro pueblo el matrimonio nunca ha representado un impedimento para hallar placer en todas las mujeres que desees? – le preguntó Cathbad, sin poder disimular su enfado. – A no ser que seas de esa clase de hombres que solo yace con una mujer.
— Una mujer es más que suficiente, Cathbad. Al menos para mí.
—¿Estás enfermo, Cuchulain?¿O es que te has convertido en un eunuco? – le preguntó Cathbad, sin abandonar aquella maliciosa sonrisa que siempre exhibía en su arrugado rostro.
Cuchulain desvió la mirada de su abuelo, pasando por alto sus comentarios sarcásticos y burlones, a los que ya estaba demasiado acostumbrado, y posó sus ojos en la muchacha que acompañaba al druida. La joven llevaba puesta una túnica negra que le llegaba hasta los tobillos, y se había dejado caer la capucha sobre los hombros, dejando al descubierto un ovalado rostro de inocente belleza, de cabellos oscuros y ojos grises.
— Por lo que veo no eres un eunuco – le dijo Cathbad. – Sabes reconocer a una hermosa muchacha cuando la ves, ¿verdad? Te presento a Bave, mi ayudante.
— No sabía que tuvieras una ayudante – comentó Cuchulain con asombro.
— Yo tampoco, pero los dioses han querido que nos encontráramos. Bave posee unas extraordinarias dotes para la videncia, un gran don que me será de gran utilidad en el futuro.
—¿Dónde has estado todo este tiempo, señor?
— Haces muchas preguntas, Cuchulain. ¿Te pregunto yo a dónde vas o qué haces?
— No, señor.
— Entonces deja de hacerme preguntas estúpidas. Por el momento solo te diré que pronto necesitaré toda la ayuda que puedas prestarme.
—¿En qué podría ayudarte, Cathbad?
— No tienes remedio, Cuchulain – dijo, moviendo la cabeza. – Te pasas la vida haciéndome preguntas. En fin, ya hablaremos. Ahora tengo que irme. Me has hecho perder perdido demasiado tiempo. Vamos, Bave – le dijo a la muchacha. – Debo hablar con Conchobar antes de que acabe la noche.
— Espera, Cathbad. Me gustaría preguntarte si ...
— La respuesta a tu pregunta la encontrarás en la choza de Amorgon – dijo Cathbad, dándole la espalda e impidiéndole terminar la frase.
Cuchulain se abrió paso entre la muchedumbre y llegó a casa de su tío Amorgon. Al llegar allí golpeó con fuerza la puerta de madera y al poco rato oyó un ruido de pasos que se acercaban a la entrada. Cuando la puerta se abrió Cuchulain reconoció el rostro de Amorgon, quien le hizo un gesto para que entrara adentro.
El joven ahogó un grito de asombro. Sus padres estaban sentados en el suelo de cañas, con una sonrisa bailando en sus rostros.
— Siéntate, Cuchulain. Tenemos mucho de que hablar – le dijo Amorgon a sus espaldas.




Aquella noche Cuchulain se enteró de la verdadera causa que había motivado la ausencia de sus padres de Emain Macha. Amorgon había visto en las entrañas de una cabra que Cathbad se encontraba en peligro y que necesitaba la ayuda de los suyos. Los augurios que Amorgon había leído en los humeantes intestinos del animal habían dictaminado que Dectera era la persona más adecuada para salvar a su padre, así que Sualtam decidió acompañarla a las tierras inhóspitas de Connacht, donde Cathbad había caído misteriosamente enfermo.
— Cuando lo encontramos en las turberas no era más que una sombra de sí mismo. – dijo Sualtam a su hijo, que escuchaba la historia con renovado interés. – Al parecer había contraído una extraña enfermedad en los pantanos, pues deliraba sin cesar y no hacía más que repetir las mismas palabras.
—¿Qué era lo que decía? – preguntó Cuchulain.
— Decía algo sobre un caldero mágico y las islas del oeste – prosiguió Sualtam. – Durante dos días no pudimos sacarle otra cosa que aquella monótona letanía. La muchacha que estaba con él no paraba de llorar y rogaba continuamente a los dioses para que su salud se restableciera, pero se negó a explicarnos el verdadero sentido de las palabras de Cathbad.
— Habían obrado un hechizo contra él – sentenció Dectera, cuyo conocimiento sobre todo tipo de hierbas le había ayudado a salvar la vida de Cathbad. – Al segundo día de nuestra llegada vomitó un líquido amarillento. Su cuerpo no dejaba de temblar y sufría continuos espasmos, lo que me obligó a darle de beber una poción para bajarle la fiebre, mientras Bave llevaba a cabo un sortilegio para contrarrestar la maldición. Si hubiéramos tardado un día más en encontrarlo estoy segura de que habría muerto sin remedio.
—¿Bave estaba con él? – se sorprendió Cuchulain.
—¿De qué conoces tú a esa muchacha? – le preguntó su madre, frunciendo el ceño.
— La he visto hoy mismo, a ella y a Cathbad – dijo Cuchulain, que de pronto se dirigió a Amorgon con una mirada de reproche en sus ojos. –¿Por qué no me dijiste que mis padres se habían ido a buscar a Cathbad en Connacht?
— Porque Cathbad quería mantener en secreto el propósito de su viaje – le explicó Amorgon. – Tus padres y yo éramos los únicos que sabíamos que Cathbad estaba en Connacht y no podíamos arriesgarnos a echar a perder la misión pidiendo tu ayuda o la de Conchobar.
— Sospecho que no me habéis contado toda la verdad acerca de esta extraña aventura – les dijo Cuchulain.
— Así es, querido sobrino – dijo Amorgon, mirando a los ojos de Cuchulain. – Pero no nos corresponde a nosotros contarte todos los pormenores de ese viaje. Eso es tarea de Cathbad.
Cuchulain abandonó la choza de Amorgon en compañía de sus padres y salió a buscar a Emer, que se había mezclado con la muchedumbre para celebrar el Samain. Mientras caminaba al lado de sus padres Cuchulain se percató de que muchas chozas de la fortaleza estaban adornadas con linternas hechas de calabazas recortadas con la forma de una cara siniestra y una vela encendida, hecha de grasa humana, en su interior. Aquellas linternas protegían el umbral de las casas de los espíritus que deambulaban por la tierra en la noche de Samain.
Emer estaba sentada sobre la hierba, cerca de una de las hogueras, escuchando el ritmo acompasado y lúgubre que un músico marcaba con las cuerdas de su arpa.
Emer se sorprendió mucho al ver a los padres de Cuchulain en Emain Macha. Cuchulain le contó a Emer todo lo que había sucedido hasta aquel momento y le informó de que Cathbad se hallaba en el fuerte, pero Dectera interrumpió a su hijo y se llevó a Emer aparte.
— Déjanos solas, Séthéta. Tu esposa y yo tenemos mucho de qué hablar.
— Cosas de mujeres – le dijo Sualtam a su hijo, una vez que ambas se hubieron alejado. – Por cierto, Cuchulain. No me has contado nada acerca de tu viaje a la isla de la Bruma.
— Vamos a beber al salón de Conchobar, padre. Creo que la historia será de tu agrado.


12

Cuchulain esperó intranquilo la llegada de Cathbad a Dun Dealgan. El druida le había dicho que iría a verle para pedirle ayuda, algo inusual en alguien como Cathbad, a quien Cuchulain creía demasiado poderoso y sabio como para tener que depender del apoyo de otras personas. Cuchulain sabía que su abuelo era una persona acostumbrada a imponer su voluntad a los demás, y estaba seguro de que aunque él se negara a acompañarle Cathbad acabaría encontrando una manera de obligarle a ir con él.
Émer compartía la inquietud de Cuchulain, pero no le importunaba con preguntas ni con alusiones. Emer se limitaba a escuchar y a dejarle hablar sobre aquel extraño favor que Cathbad quería pedirle, y del que Cuchulain solo podía hacer absurdas conjeturas, mientras Emer se dedicaba al hilado de la lana, una tarea que requería bastante habilidad y en la que ella destacaba. Había aprendido a hilar desde niña, cuando la rueca se había adaptado a sus pequeñas manos, y Émer recordaba haber confeccionado muchas camisas de lana para su padre y su hermana Fial. Las mujeres celtas hilaban cuando no estaban ocupadas en otras tareas domésticas y Émer se desenvolvía con gran habilidad usando la rueca y el huso.
Dos semanas después de la festividad de Samain Cuchulain recibió la esperada visita de Cathbad. Era un día frío y lluvioso de otoño. Cathbad saludó a Cuchulain y se sentó cerca de la gran hoguera, extendiendo sus manos hacia las llamas para que el calor reanimara sus miembros entumecidos. Su túnica estaba empapada y manchada de barro. Bave se acurrucó a su lado, como una dócil criatura, sin decir una sola palabra, manteniendo la vista fija en el fuego como si quisiera adivinar lo que depararía el futuro.
Émer les ofreció de beber un cuerno de hidromiel caliente y les sirvió venado asado en unos cuencos de madera. Cathbad y Bave cenaron en silencio bajo la atenta mirada de Émer, que no dejaba de preguntarse si el druida traería malas noticias.
— Agradezco tu hospitalidad, Émer – dijo Cathbad, rompiendo el silencio que reinaba en el hogar. – Cuchulain ha escogido bien al tomarte por esposa, en vez de poner sus ojos en otras mujeres que habrían hecho su vida más difícil – agregó, mirando de manera significativa a su nieto, lo que hizo pensar al ulate hasta qué punto estaría Cathbad enterado de los pormenores de su viaje en la isla de la Bruma.
— Gracias, señor – respondió Émer, pasando por alto el significado de sus palabras.
— Bien – prosiguió Cathbad, dirigiéndose a Cuchulain. – Supongo que habrás adivinado el motivo de mi visita.
— Sé que has venido para pedir mi ayuda, pero ignoro de qué se trata – le dijo Cuchulain.
— Y lo sabrás, Cuchulain, pero no creo que con tu ayuda sea suficiente – se apresuró a decir el druida.
—¿Qué quieres decir con eso? – preguntó Émer.
— Lo que quiero decir, mi querida señora, es que el reino de Ulaid se encuentra en un grave peligro. La maldición de Macha pesa sobre él y si no hacemos nada por evitarlo la ruina y la desgracia se abatirán por todos los rincones del país. – anunció Cathbad de manera grave y solemne.
—¿La maldición de Macha? – preguntó Cuchulain, intrigado.
— Sí, Cuchulain – repuso el druida con impaciencia. –¿Es que nunca has oído hablar de la diosa Macha a los poetas que cantan sus hechos y hazañas? ¿Tengo que explicártelo todo como si fueras un niño pequeño?
— Me educaron para ser un guerrero, Cathbad, y no para escuchar las leyendas de los dioses que todo aprendiz de poeta embebe de labios de su maestro – dijo Cuchulain.
— La ignorancia es la excusa de los estúpidos – dijo Cathbad, bebiendo de su cuerno.

Relato Fantástico - Emain Macha (III) — Si no te importa me gustaría que nos contaras esa historia. Es la primera vez que la oigo mencionar – le suplicó Émer, sumamente interesada.
— Está bien, está bien – refunfuñó Cathbad. – Puesto que nos atañe a todos será mejor que os la cuente.
Cathbad bebió un trago de su cuerno de hidromiel y respiró hondo para tomar fuerzas. Su voz sonó clara y firme.
— Hace muchas generaciones un granjero rico de Ulaid llamado Crundchu, hijo de Agnoman, habitaba en un solitario lugar entre las montañas. Un día encontró en su dun a una mujer joven de extraordinaria belleza a quien no había visto nunca y decidió llevársela a casa, pues Crundchu era viudo. Su esposa había muerto después de haberle dado a luz varios hijos y Crundchu echaba en falta a una mujer en su casa para que le preparara la comida y tomara bajo su mando todas las tareas de la familia. Por las noches ambos yacían juntos y poco tiempo después ella acabó convirtiéndose en su mujer. Su nombre era Macha.
—¿La diosa Macha? – le preguntó Cuchulain.
— Sí, idiota. Y haz el favor de no interrumpirme, ¿quieres? – dijo Cathbad, con el ceño fruncido.
— Lo siento, señor – se disculpó Cuchulain.
— Bien. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Cierto día Crundchu se preparó para ir a la gran asamblea anual de los ulates. Macha le rogó a su esposo que no fuera, pero él no le hizo caso. Entonces Macha le pidió que no hablara de ella a nadie en la asamblea y él se lo prometió. Durante la fiesta los caballos del rey se llevaron un premio tras otro en la carrera. Sin embargo Crundchu le dijo al rey que su mujer podía correr más rápido que sus caballos, por lo que el rey obligó a Macha, que estaba embarazada, a competir con los caballos. Macha se volvió hacia los ulates gritándoles que le dieran un plazo hasta que hubiera tenido a su hijo, pero no le hicieron caso. Macha corrió contra los caballos y les ganó, pero después de aquella agotadora victoria Macha dio a luz a sus gemelos y fue entonces cuando maldijo a todos los hombres de Ulaid, condenándoles a padecer los sufrimientos del parto en el momento en que más lo necesitaran. Cada vez que el reino estuviera en peligro se encontrarían tan débiles e indefensos como una mujer dando a luz. Solo los niños y los jóvenes quedarían libres de la maldición.
— Es una leyenda interesante – dijo Emer. – Pero ¿cuál es su significado?
— Está muy claro, Emer – dijo Cathbad. – De algún modo nuestros antepasados ofendieron a la diosa Macha y ahora estamos obligados a buscar una solución para restaurar el equilibrio y evitar que el mal caiga sobre el reino.
—¿Y cómo lo haremos? – preguntó Cuchulain.
Cathbad miró a su nieto con ojos brillantes como ascuas y le respondió:
— Tenemos que encontrar el caldero de Dagda. Es la única solución a todos nuestros problemas.
—¿El caldero de Dagda?
El druida suspiró ante la tamaña ignorancia de Cuchulain, como si tuviera que soportar una pesada carga sobre los hombros.
— Es uno de los cuatro tesoros que los Tuatha Dé Dannan trajeron de las remotas islas del norte. Los otros tres son la piedra de Fal, que se halla en la fortaleza de Tara y que se usa para las ceremonias de coronación de los reyes de Midhe, la lanza de Lugh, que hace invencible a su portador, y la espada de Nuada, a la que nadie puede resistir. Pero el tesoro más poderoso de los cuatro es el caldero de Dagda, capaz de alimentar a un ejército, aunque estoy seguro de que su verdadero poder está oculto. Si somos capaces de encontrarlo evitaremos que la maldición de Macha caiga sobre nuestras cabezas. Soy el único druida que puede controlar el poder del caldero. Si el caldero cayera en manos inexpertas el horror que desataría sería terrible.
— Entonces sabéis donde se encuentra el caldero, ¿verdad? – apuntó Émer.
— Por supuesto, mi querida Émer. Ese ha sido el principal motivo por el que he estado ausente de Emain Macha durante tanto tiempo, perdido en los pantanos de las frías tierras de Connacht. Sin embargo no será tarea fácil encontrar el caldero. El camino que hemos de recorrer no estará exento de dificultades.
El caldero de Dagda. Ahora Cuchulain comprendía la verdadera causa que había obligado a Cathbad a ausentarse de Ulaid durante tanto tiempo. Cuchulain pensó que el caldero tenía que ser un tesoro sumamente valioso para que el druida hubiese arriesgado su vida en las tierras de Connacht.
— Sí, Cuchulain – dijo el druida, adivinándole el pensamiento. – Estuve a punto de morir en los pantanos de Connacht, pero en aquella ocasión tu madre y Bave me salvaron la vida. Por desgracia no somos los únicos que quieren encontrar el caldero de Dagda. La reina Maev también lo ambiciona y ha ordenado a su druida Calatin que inicie la búsqueda del caldero.
—¿Quién es Calatin? – preguntó Cuchulain.
— Es el jefe druida del reino de Connacht – dijo Cathbad, adoptando una expresión seria en su rostro. – Calatin es un ferviente adorador de Crom Cruach, el oscuro dios que aplaca su sed con la sangre de los sacrificios que sus adoradores le ofrecen en su altar de piedra. Calatin es mi peor enemigo y fue él quien conjuró a los dioses oscuros para que enviaran contra mí aquel maléfico hechizo.
—¿Y Calatin sabe donde puede hallar el caldero? – preguntó Émer.
— No. Lo ignora por completo – aseguró Cathbad. – Pero Calatin es un hombre inteligente y puedes estar seguro de que no tardará en descubrirlo. Si el caldero cae en sus manos estaremos perdidos. Calatin lo emplearía con el único propósito de satisfacer las exigencias de Crom y empaparía toda la isla de Eiréann con sus feroces sacrificios, sembrando la tierra de cadáveres como ofrenda a su dios.
— Necesitaréis buenos guerreros para que os protejan. ¿A cuántos tienes pensado llevar? – inquirió Cuchulain.
— Pienso que con setenta hombres será más que suficiente – dijo Cathbad, pensando con calma.
— Solamente dispongo de treinta. Los demás se quedarán aquí, defendiendo Dun Dealgan.
— Iré contigo – dijo Émer a Cuchulain. – Una mujer tiene la obligación de acompañar a su marido en la guerra.
Cuchulain no supo que responder. Entre los celtas se esperaba que las mujeres fueran a la guerra al lado de sus maridos, pero a Cuchulain no le agradaba la idea de que Émer expusiera su vida en una misión tan arriesgada.
— Es demasiado peligroso, Émer – le aconsejó Cuchulain.
— Pero yo quiero ir. No me lo puedes impedir – insistió ella, indignada ante la negativa de su esposo.
— Llevas al hijo de Cuchulain dentro de tus entrañas, Emer. Sería una locura arriesgar la vida de ese niño – dijo Bave, interviniendo por primera vez en la conversación con su voz musical.
—¿Es cierto eso, Émer? ¿Estás encinta? – le preguntó Cuchulain.
— Era una sorpresa – dijo ella, desviando la mirada y clavando sus ojos de manera feroz en Bave.
— No te enfades, Émer – intervino Cathbad. – Todo queda en casa. Bave es una excelente vidente y no creo que fuera su intención ofenderte. Mi alumna solo quería asegurarse de que no vendrías con nosotros – dijo el druida, defendiendo a Bave.
Émer se quedó callada, aceptando en silencio las palabras de Cathbad, pero clavó sus ojos en Bave con tal intensidad que Cuchulain supo que la aprendiz de Cathbad se había ganado la enemistad de su mujer.
— Me ha costado mucho convencer a Conchobar para que Conall y tú me acompañéis – prosiguió Cathbad, cambiando súbitamente de tema al ver la colérica mirada que Emer aún dirigía a Bave. – El rey confía más en su propia espada que en el poder del caldero. Es una lástima que Fergus no sea el rey de Ulaid. Al menos él me ha prestado a veinte de sus mejores guerreros para la empresa del caldero. Nos serán de gran ayuda en nuestro viaje a la isla de Aranmór.
— Es la primera vez que oigo mencionar ese nombre – dijo Cuchulain.
— Es una de las islas del oeste – afirmó el druida. – Aranmór es la más grande de todas, pero me han dicho que solo son un puñado de rocas azotadas por el viento. Una viejecita que vivió muchos años en aquella isla me contó una interesante leyenda que me impulsó a emprender la búsqueda. Me dijo que el dios Dagda había confiado el caldero a Mananan, el dios del mar, con el propósito de evitar que los hombres lo usaran para alcanzar sus propios fines, pero el astuto Oengus Bolg, el dios de los fír bolg, ambicionaba su oculto poder, por lo que engañó a Mananan con una artimaña y se apoderó del caldero. Oengus lo puso bajo custodia en las islas de Arán, en una fortaleza situada al borde de un acantilado, y luego lo ocultó por temor a que los Tuatha Dé Dannan pudieran recuperarlo de nuevo.
— Pero si se trata solamente de una leyenda, ¿cómo podemos estar seguros de que el caldero está escondido allí? – le preguntó Cuchulain.
— Eres tan estúpido como tu tío Conchobar. A veces me pregunto si serás en verdad mi nieto – dijo Cathbad con el ceño fruncido. – Todas las leyendas tienen un ápice de verdad, Cuchulain, y puedo asegurarte que algunas viejas guardan en su memoria recuerdos más valiosos que todo lo que tú puedas guardar en esa cáscara vacía que llamas cerebro . ¿Tienes alguna otra pregunta absurda que quieras hacerme?
—¿Cuándo partimos? – preguntó Cuchulain, avergonzado ante la cólera del druida.
— Dentro de diez días, antes de que Calatin tenga noticias de nuestras intenciones. Será un viaje duro, pero el invierno nos ayudará a pasar inadvertidos – dijo Cathbad, que de pronto se puso a bostezar y se tapó la boca con las manos, dando a entender que la conversación había terminado. – Me estoy haciendo viejo, amigos míos. El sueño vence mis párpados con más frecuencia de la que desearía y por si fuera poco cada día que pasa me encuentro más cansado. Vamos, Bave. Abusaremos de la hospitalidad de nuestros anfitriones por una noche.
Bave se levantó y siguió a Cathbad. Cuando se hubieron marchado del salón Émer se dirigió a Cuchulain con una mueca de desprecio en su rostro.
— No me gusta esa muchacha, Cuchulain. Si yo fuera tú tendría cuidado con ella.
— No tienes por qué preocuparte, Emer. Solo es una niña – le dijo él.
— Una niña con la mente de una mujer – dijo Emer, enfadada. – Tu madre ya me lo advirtió en Emain Macha.
— Mi madre tiene celos de Bave porque Cathbad la trata como si fuera su propia hija, pero tú no tienes motivos para estar celosa, amor mío – dijo Cuchulain, echándose a reír. – Vas a convertirte en la madre de mi hijo y ese es el mayor regalo que puedes darme.
— Mi hijo será un varón, Cuchulain. Lo presiento. Un niño sano y fuerte como su padre – dijo Emer con orgullo en la voz.
Mientras se abrazaban Cuchulain pensó con amargura en Aifa y en aquel hijo que había tenido que abandonar en la isla de la Bruma. Y entonces deseó con todo su corazón que los dioses se encargaran de bendecir al niño que Emer llevaba en sus entrañas y que aún no había nacido.



13

Los preparativos que siguieron a la conversación de aquella noche estuvieron marcados por una agitación que afectó a todos los hombres y mujeres que vivían en Dun Dealgan. Cuchulain ordenó a sus mejores lanceros que empaquetaran la mayor cantidad posible de provisiones, pues el viaje sería largo y tarde o temprano tendrían que abastecerse en los raths que encontraran en el camino. Las esposas de los guerreros ayudaron a sus maridos en dicha tarea, llenando sus morrales de vituallas, carne seca y pan cocido. Los guerreros afilaron sus espadas y las puntas de sus lanzas, en previsión de los futuros enfrentamientos que les obligarían a defenderse de los ataques de otras tribus cuando cruzaran por su territorio. Los hombres cargaron los víveres y las pieles en los lomos de tres yeguas y esperaron impacientes la llegada de Cathbad, que vendría acompañado por Conall y los veinte guerreros que Fergus Mac Roy le había prometido para la búsqueda del caldero.
El invierno se extendía rápidamente sobre la tierra. El día anterior a la llegada de Cathbad unas nubes grises se arremolinaron en el cielo, amenazando con descargar un fuerte aguacero, pero solo cayó una pequeña llovizna que mojó los campos de la llanura de Murthemney.
Cathbad llegó a Dun Dealgan a la caída de la tarde. Conall saludó a su primo con un abrazo y luego le dio un fuerte golpe en el hombro.
— Bave me ha dicho que pronto vas a ser padre.
— Esa muchacha tiene la lengua muy suelta – comentó Cuchulain. – Estoy seguro que todo el mundo en Emain Macha ya se habrá enterado de la noticia.
— Te equivocas, primo. Bave es más discreta de lo que parece – dijo Conall.
—¿No te habrás enamorado de ella, verdad Conall?
— No puedo negar que es una muchacha encantadora, pero no creo que a Niam le gustara que Bave se convirtiera en mi segunda esposa.
— Podrías hacerlo – le dijo Cuchulain. – La ley te lo permite.
— Sí, pero Niam no me lo permitiría – dijo Conall, mostrando una amplia sonrisa.
Por la noche Cathbad le mostró a Cuchulain con una serie de dibujos en la tierra la ruta que tomarían para llegar a las islas del oeste. En primer lugar se adentrarían en las tierras del reino de Midhe hasta que alcanzaran las riberas del Shannon. Una vez allí seguirían el curso del río, dejando atrás las frías aguas del lago Derg, bordeando las recortadas costas que se extendían al oeste de Eiréann, una franja de territorio que estaba bajo el dominio de los reyes de Connacht. En la costa encontrarían a unos pescadores que los llevarían en sus barcas hasta la isla de Aranmór, donde el caldero permanecía escondido dentro de la fortaleza de Oengus.
Cuchulain no se atrevió a preguntarle al druida qué harían una vez que hubieran llegado a las islas Arán, pero podía imaginarse lo que sucedería allí. No hacía falta ser muy inteligente para comprender que sería necesario luchar si querían conseguir el caldero de Dagda.
La banda guerrera partió antes del alba. El cielo estaba oscuro y cubría con su velo la marcha de los guerreros de Dun Dealgan. Emer los vio alejarse desde los muros de la empalizada, una sinuosa línea de hombres que caminaban hacia el oeste, tragados por la fina bruma que se extendía poco a poco sobre las llanuras de Murthemney. Emer sabía que Cuchulain no volvería la vista atrás. Su esposo se había despedido de ella en la intimidad de su propia habitación, diciéndole con suaves y cálidas palabras que regresaría de nuevo a su lado, sin importar los peligros que tuviera que afrontar en aquellas desconocidas islas del oeste. Emer estaba obligada a compartir su soledad con Fial y Crínóg. Cuchulain había decidido dejar a su loba en el dun para que protegiera la vida de su esposa y de su futuro hijo, así como a veinte guerreros que defenderían sus tierras y su ganado de incursiones enemigas.




Durante varios días una lluvia intensa enfrió el ánimo inicial de los guerreros, entorpeciendo la marcha y obligándoles a buscar refugio en un bosque, donde plantaron sus tiendas de pieles para pasar la noche.
El invierno era la estación menos propicia para realizar viajes. La vida se detenía en aquella época del año e incluso los reyes y jefes de tribu del país se replegaban en sus tierras, en espera de que la primavera les permitiera salir a saquear y a robar el ganado de sus vecinos, que era lo que constituía la principal fuente de riqueza de los celtas.
Al octavo día de viaje llegaron al lago Ree y bordearon sus orillas hasta alcanzar las aguas del Shannon. Aquellas tierras estaban cubiertas por espesos bosques y feraces pantanos que hacían difícil la vida a los pastores y granjeros que las habitaban. Los clanes que ocupaban aquellos raths vivían aislados unos de otros y estaban sometidos a la autoridad de Erc, el rey de Midhe. Su territorio era pobre y sus guerreros no se atrevieron a hacer frente a los curtidos lanceros de Cuchulain, por miedo a perder las pocas posesiones que aún les quedaban para sobrevivir al invierno.
El Shannon nacía en un lugar conocido como Lug Na Sionainne, en el reino de Connacht. Era un río de carácter apacible y aguas perezosas. A menudo su curso se ensanchaba, formando lagos y amplios brazos muertos. Cathbad le contó a Cuchulain que en épocas pasadas el Shannon había permitido a los hombres adentrarse con facilidad en las tierras llanas del centro de Eiréann, pero aquel río no solo era una vía de comunicación, sino que también servía de defensa natural desde tiempos inmemoriales. La reina Maev era consciente de ello y mantenía a varias bandas de guerreros apostadas a lo largo de la frontera este de su reino. El río se desbordaba con bastante regularidad, anegando las praderas que se extendían en sus orillas. Entre los juncos que crecían a los lados del Shannon anidaban aves como el ánade, el pato y la cerceta, y otros como el cisne y el carnicero encontraban refugio y materiales para sus nidos.

Relato Fantástico - Emain Macha (III) Las provisiones comenzaron a disminuir a medida que transcurrían los días. Algunos lanceros eran cazadores expertos y no tardaron en conseguir varias piezas, como liebres y ciervos, que abundaban en aquellos bosques, pero la carne de caza no era suficiente para mantener las necesidades de cincuenta hombres. Cuchulain no tuvo otra elección que ordenar a sus hombres que asaltaran por la fuerza y saquearan las aldeas y granjas que encontraron por el camino. Solían hacerlo antes del amanecer, cuando sus habitantes aún estaban medio dormidos y la vigilancia era escasa, llevándose todo el grano que tuvieran almacenado y aquellos víveres que pudieran cargar sobre sus hombros y en los lomos de las yeguas. Unos cuantos guerreros sufrieron graves heridas en los asaltos, pero Bave los atendió con el mayor cuidado ante la mirada sorprendida de Cuchulain.
— No sabía que fueras curandera – le dijo el ulate.
— Y no lo soy. Solo me limito a poner en práctica los escasos conocimientos de que dispongo – le dijo ella. – Tu madre me enseñó algunos mientras intentábamos salvar la vida de Cathbad en Connacht.
—¿Mi madre? ... – preguntó Cuchulain atónito, pues sabía que Dectera le había dicho a Emer que desconfiara de ella.
—¿De qué te sorprendes? Dectera es una mujer extraordinaria y ambas nos preocupamos por el bienestar de Cathbad. Y por el tuyo también – añadió ella con una sonrisa maligna.
Cuchulain prefirió no preguntarle sobre el significado de sus últimas palabras y se alejó de ella con una extraña sensación revoloteando sobre él. Bave era una muchacha enigmática, dueña de un espíritu en el que pocas personas podrían entrar y mucho menos conocer. Su alma podía compararse a un lago de aguas turbias, cuyo fondo era inaccesible a la vista a causa de la agitación en su superficie.




—¿Ves aquel camino, Cuchulain? – le indicó Cathbad con un ademán de su vara.
El joven siguió con los ojos la dirección que le señalaba la mano del druida.
— Solo veo un camino de tierra que serpentea a través de la llanura.
—¿Un camino de tierra? – dijo Cathbad, burlándose de su ignorancia. – Lo que tus ojos ven es Eiscir Riada, la gran calzada que cruza de este a oeste las tierras de Eiréann. Si sigues ese camino llegarás a la colina de Tara. Todos los años una gran cantidad de personas recorre esta calzada para celebrar el gran feis de Samain en el santuario. Nunca has estado allí, ¿verdad, Cuchulain?
Su nieto hizo un gesto negativo con la cabeza, lo que motivó a Cathbad a proseguir con su relato.
— Es un lugar inolvidable. Durante el gran feis cientos de cabañas salpican la llanura que rodea la colina, donde hombres y mujeres lucen espléndidos mantos de mil colores. – De pronto se calló, como si recordara algo, y súbitamente cambió de tema. – Recuerdo que hace diez años conocí allí a un comerciante galo llamado Ogmios. Fue él quien me habló de los romanos, un poderoso pueblo que ha conquistado la Galia y cuya sed de poder no tiene límites. Ogmios me dijo que los romanos representan a sus dioses como si fueran hombres. ¿Lo has oído, mi pequeña Bave? – le dijo a la muchacha, que se acercó a él. — ¡Qué absurdo! Esos romanos se creen tan inteligentes como para saber la verdadera naturaleza que poseen los dioses. ¡Sencillamente absurdo! Hasta un neófito sabe que los dioses no tienen forma humana.
— Los dioses son nuestros antepasados – dijo Bave con el rostro serio. – En un tiempo anduvieron por la tierra, pero algunos murieron luchando contra los dioses de la oscuridad y otros se deshicieron de sus cuerpos de carne y se convirtieron en espíritus. Están unidos a esta tierra, ligados a ella como un nudo inextricable. Viven en los grandes túmulos, aunque otros tienen su morada debajo de las colinas, en las aguas o en los árboles. Y seguirán viviendo en Eiréann mientras nosotros sigamos venerando su recuerdo. Si un pueblo perdiera a sus dioses estaría condenado a la desaparición.
—¿Qué te parece, Cuchulain? – le dijo Cathbad, con una expresión de satisfacción en su rostro. – Bave se ha convertido en una excelente alumna, ¿no es cierto? Pero aún tienes mucho que aprender de mí, pequeña.
Al día siguiente las nubes dejaron paso a un cielo despejado y frío. Se encontraban en las cercanías del lago Derg, en las tierras que pertenecían al rey de Mumu.
— He estado aquí otras veces – les dijo. – Los clanes que habitan estas tierras son pobres, pero nos darán buena acogida si los dejamos en paz.
Había varios raths que se levantaban a lo largo de la orilla este del lago. Aquellas aldeas eran toscas construcciones rodeadas de empalizadas, o bien de zanjas rellenas de piedras y palos afilados.
Cathbad estaba en lo cierto. Apenas unos pocos guerreros defendían el interior de los muros, donde unas sucias chozas de adobe se apiñaban en desorden alrededor de un descuidado edificio de madera que servía para encuentros y celebraciones. El jefe del clan, un hombre de mirada triste y con la barba llena de piojos, recibió a Cathbad de mala gana, pero su expresión cambió tan pronto como vio a un nutrido grupo de lanceros que le acompañaba con las puntas de sus lanzas bien afiladas.
— Si habéis venido para saquear nuestros almacenes es mejor que os marchéis. No encontraréis nada de valor aquí – dijo, con evidente falta de entusiasmo.
— Eso es algo que podríamos comprobar nosotros mismos, viejo – se adelantó Conall, que empezaba a echar en falta una buena pelea. – Primero te cortaremos la cabeza, a ti y a tus guerreros, y luego violaremos a vuestras mujeres y a vuestras hijas. Entonces saquearemos los almacenes y veremos si lo que afirmas es cierto.
El anciano le sostuvo la mirada sin asomo de temor en sus ojos. Se llamaba Murdach y no parecía asustado a pesar de las amenazas de Conall. El viejo sonrió con sarcasmo y se rascó un piojo de la barba.
— Adelante, poderoso guerrero. Puedes satisfacer tus deseos de mujer cuanto quieras, pero te aseguro que hallarás escaso placer en nuestras mugrientas mujeres. Y después de yacer con ellas te levantarás con hambre y verás por ti mismo que he dicho la verdad.
Cuchulain comprobó que el anciano no había mentido. Registró personalmente con sus hombres los graneros de los raths, pero al final se vio obligado a reconocer que allí había lo justo para sobrevivir al invierno.
— No tenemos elección. Es mejor que nos marchemos de aquí – le aconsejó Cuchulain a su abuelo.
—¿Marcharnos? ¿Estás loco? No tengo ninguna intención de abandonar este lugar. Nos quedaremos aquí hasta que haya pasado lo más crudo del invierno – le respondió el druida.
— Pero esta gente no dispone de suficientes víveres para alimentarnos a todos – protestó Cuchulain.
— Eres un señor de la guerra, ¿no es cierto? – le preguntó Cathbad con sarcasmo.
— Sí, lo soy.
— Entonces piensa por un momento y no permitas que el hambre te nuble el escaso juicio del que dispones. ¿Qué harías en una situación como esta?
— Lo más sensato sería abastecerse en otro lugar – dijo Cuchulain. – No sería una mala idea hacer una incursión en tierras vecinas en busca de grano y cabezas de ganado.
—¿Lo ves, Cuchulain? Cuando usas la cabeza no pareces tan estúpido – se mofó Cathbad. – A pesar de la pobreza del clan de Murdach podemos quedarnos aquí para pasar el invierno. La fortaleza del rey de Mumu se halla mucho más al sur y sus lanceros nunca sabrán que hemos estado en sus tierras.
—¿Quién es el rey de Mumu? – quiso saber Cuchulain.
— Un viejo idiota llamado Curoi. Solo se preocupa por su propio bienestar y en acumular riquezas dentro de su propia fortaleza. Los lanceros de su hijo, el príncipe Lewy, esquilman y saquean los bienes de los clanes que han jurado vasallaje a Curoi, ganándose su enemistad. Muchos jefes de clan se han rebelado contra la autoridad del rey y Curoi no dispone de suficientes guerreros para imponerse a sus vasallos. En estos momentos Mumu es un reino débil y nosotros podemos aprovecharnos de la situación.
Murdach era el jefe del clan de los Fír Iboth y era uno de los caudillos que se habían sublevado contra Curoi, pero había perdido a muchos lanceros en las constantes luchas que sostenía contra el príncipe Lewy y necesitaba a un buen grupo de hombres para que sustituyeran a los que había perdido en sus fronteras luchando con Lewy.
Cathbad y Cuchulain hablaron con él y lograron llegar a un acuerdo. Los guerreros del caldero pasarían el invierno repartidos en los raths que se levantaban a orillas del lago Derg, incrementando el número de lanceros del clan Iboth, pero para evitar problemas Cuchulain alejó a Conall del rath de Murdach y lo puso al mando de los veinte lanceros de Fergus, que se alojaron en dos aldeas situadas al sur, donde podrían hacer frente a los ataques de Lewy. El resto de los lanceros fue distribuido en tres aldeas de pescadores a las órdenes de Laeg y Cuchulain. Este último se alojó con Cathbad y Bave en la casa de Murdach.
La crudeza del invierno obligó a Cuchulain a saquear los territorios que aún permanecían fieles a Curoi. Abastecerse de provisiones durante la estación sombría era una cuestión de supervivencia. Cuchulain se mostró inflexible y no permitió que la compasión se adueñara de él. Atacó por sorpresa las tierras del clan Cathbarr y saqueó sus graneros, incendiando varias granjas y robando casi todo su ganado. La noticia de aquella incursión no tardó en llegar al sur. Los supervivientes hablaban con terror de unos guerreros con el rostro pintado de azul que llevaban en sus escudos la insignia de un podenco de color negro.
Dos semanas después de la fiesta de Imbolc Cathbad le comunicó a Cuchulain que había llegado el momento de reanudar de nuevo la marcha. Cuchulain se alegró al oírlo, pues no se sentía cómodo entre aquel clan de pescadores.
— Convoca a tus hombres – le dijo Cathbad. – Diles que partiremos mañana, antes del amanecer.
— Hace tiempo que esperaba escuchar esas palabras, señor.
Cathbad se giró y le miró con atención.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta este lugar?
— No se trata de eso, señor. Ya sabes que no soporto la inactividad.
— Nunca has sabido mentir bien, Cuchulain, pero tienes razón – le apoyó el druida. – Este sitio no solo es aburrido, sino que apesta. Aquí todo apesta a pescado y a leche de ovejas.
Murdach se opuso con resistencia a que se marcharan. Tenía miedo a las represalias que el rey de Mumu tomara contra él. El inicio de la primavera estaba cerca y pronto los lanceros de Lewy realizarían incursiones en los territorios de los jefes de clan que se habían rebelado contra la autoridad de su padre. Cuchulain ardía en deseos de ensartarlo con la hoja dentada de Gae Bolga y destriparlo en presencia de todo el mundo, irritado ante el egoísmo de aquel hombre, que solo pensaba en sí mismo y en sus mezquinos problemas.
— No te preocupes, Cuchulain – le aconsejó Cathbad. – Puedes dejar aquí a los lanceros de Fergus. No serán necesarios tantos guerreros para ir a buscar el caldero.
— Pero la misión debe ser mantenida en secreto. No podemos correr ese riesgo, Cathbad. Cualquiera de ellos podría irse de la lengua y revelar nuestras intenciones.
— A Murdach solo le preocupan sus propios problemas y no le importará lo que hagamos mientras le dejemos en paz – le aconsejó el druida. – Además creo que sería una buena idea mantener a Lewy lo más lejos posible del lago Derg. Los lanceros de Fergus son temibles guerreros y harán muy bien su trabajo, cubriéndonos aquí las espaldas. Hazme caso, Cuchulain. Déjalos con Murdach.
—¡No pensarás abandonarlos aquí para siempre!
—¿Crees que soy idiota? Vendremos a buscarlos una vez que hayamos encontrado el caldero. No pienso prescindir de ellos – dijo Cathbad, con los ojos llenos de cólera.




Al día siguiente Cuchulain y los suyos abandonaron las orillas del lago bajo un cielo encapotado y gris. Los guerreros se abrigaron con las pieles de lobo que habían cazado aquel invierno para distraerse del tedio de la estación y se dirigieron hacia el norte, internándose en las tierras de los reyes de Connacht. Al caer la noche los guerreros encendieron un fuego y levantaron las tiendas de pieles para dormir. La cena consistió en pan negro y un poco de pescado seco que tenían guardado en sus fardos, pero para alegría de todos los lanceros Laeg les mostró con orgullo un pellejo de oveja que contenía hidromiel, la bebida de los dioses. Era parte del botín que había conseguido en una granja aislada, cerca del rath de Murdach.
—¿Sabes cómo se llama este lugar, Cathbad? – quiso saber Cuchulain, una vez que el hidromiel desató su lengua.
El druida pareció animarse al oír aquella pregunta. Estaba ensimismado en sus propios pensamientos, pero no le importó que le interrumpieran.
Cathbad les contó que el lugar se llamaba Tuadmuma, una región que estaba habitado por gentes que descendían de los fír bolg, tribus belgas que habían llegado a Eiréann desde el mar, y por varios clanes gaélicos, que habían sido los últimos en invadir la isla desde el continente. El rey de Tuadmuma era vasallo de Maev, pero se había rebelado contra la autoridad de la reina y hacía años que rehusaba pagarle tributo.
— Hace tiempo que le conozco – dijo Cathbad. – Se llama Eochaid y es un hombre sensato que nos dejará pasar por sus tierras.
—¿Confías en él? – le preguntó Laeg.
— Lo suficiente como para pedirle ayuda, aunque nos preguntará qué motivos impulsan a una banda de guerreros ulates a internarse tan lejos de su territorio – repuso el druida.
Bave hizo una mueca de desprecio y escupió en la hierba mojada.
— No confío en Eochaid. Lo único que sabe hacer es emborracharse y acostarse con todas sus esclavas.
— No tiene por qué gustarte, Bave – le replicó el druida. –¿Acaso te he pedido que yacieras con él? – le preguntó Cathbad, enfadado ante el comentario de su alumna.
— Jamás me acostaría con alguien como él, aunque así me lo pidieras – contestó ella, mirando al druida de forma amenazante.
—¡Tú harás lo que yo te diga, pequeña insensata! – rugió Cathbad, que no estaba dispuesto a consentir que nadie discutiera su autoridad. — ¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera? ¡Nadie discute la autoridad de un druida!
Bave no quiso desafiar directamente a las amenazas de su maestro, pero su mirada no perdió ni un ápice de su oculta e innata fiereza. Bajo aquella aparente sumisión la muchacha se resistía a aceptar la dura reprimenda del druida, y la supuesta unión que hasta aquel momento había ligado a Bave con su maestro se estaba desmoronando para convertirse en una constante lucha de voluntades. Los demás guerreros no le dieron importancia al asunto y siguieron bebiendo del pellejo de oveja, riéndose como si nada hubiera ocurrido, pero Cuchulain era consciente de que algo se había roto entre Cathbad y Bave. No era druida, pero su intuición le sugería que la armonía que los dioses exigían había sido quebrada.
El druida se había olvidado de su alumna y seguía hablando de la región de Tuadmuma, contando interesantes historias que cautivaron la atención de los guerreros.
Cuchulain se giró y echó un vistazo a Bave.
Los fríos ojos de la muchacha seguían clavados en Cathbad.

Continuará...
subir
Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2007