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Ciclo Robert E. Howard: Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay(I)
Los clarines mueren en el ensordecedor desfile,
La niebla grisácea humedece las lanzas;
Estandartes de gloria brillan y se desvanecen
En el polvo de miles de años.
Bardos del orgullo que el silencio acalla,
El fantasma de un imperio que se va,
Pero una canción todavía permanece en las antiguas colinas,
Como el perfume de una desvanecida rosa.
Cabalga con nosotros en un oscuro y perdido camino
Hasta el amanecer de un día distante,
Cuando las espadas se desnudaban por un extraño galardón.

La Flor de la Negra Cathay
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay(I) Capítulo 1

La canción de las espadas era un clamor sepulcral en la cabeza de Godric de Villehard. Sangre y sudor velaban sus ojos y en un instante de ceguera sintió una afilada punta penetrar entre una juntura de su cota y aguijonear profundamente entre sus costillas. Golpeando a ciegas, sintió el áspero impacto que significaba que su espada había hecho blanco y le concedía un instante de gracia, se echó hacia atrás el visor y se secó la rojez de sus ojos. Solo pudo echar un simple vistazo: en esa mirada tuvo una fugaz vislumbre de las enormes y oscuras montañas salvajes; de un grupo de guerreros protegidos con cotas de mallas, rodeados por una aullante horda de lobos humanos; y en el centro de ese grupo, una delgada forma vestida de seda, permaneciendo en pie entre un caballo caído y su derribado jinete. Entonces las lobunas figuras surgieron por todas partes, arrasando como enloquecidos.
—¡Cristo y la Cruz!
El viejo grito cruzado emergió en un espantoso graznido de los resecos labios de Godric. Como si vinieran de lejos escuchó sofocadas voces que repetían las palabras. Curvos sables llovieron sobre su escudo y yelmo. La mirada de Godric se volvió borrosa ante el azote de los fanáticos rostros oscuros con erizadas barbas salpicadas de espumarajos. Luchó como un hombre en un sueño. Un enorme cansancio puso grilletes a sus labios. En alguna parte —hace mucho tiempo le parecía— una pesada hacha que se estrelló sobre su yelmo, había mordido sobre una vieja abolladura para desgarrar el cuero cabelludo bajo ella. Lanzó su pesado brazo por encima de su cabeza y golpeó una cara barbada en el mentón.
—¡En avant, Monferrat! —Debemos arrollarlos y destrozar las puertas, pensó el aturdido cerebro de Godric; no podremos soportar más esta presión, pero una vez fuera de la ciudad... no... Estas murallas no eran los muros de Constantinopla: estaba loco, soñando. Aquellas pesadas torres eran los peñascos de una tierra perdida y sin nombre que Montserrat y los cruzados habían perdido entre las alianzas y los años.
El semental de Godric se encabritó y se levantó precipitadamente, arrojando a su jinete con un entrechocar de su armadura. Bajo sus amenazantes cascos y el atronar de las hojas, el caballero se sacudió el aturdimiento y se incorporó, sin su escudo y con la sangre manando por cada articulación de su armadura. Vaciló, tonificándose los brazos; no luchó sólo con esos enemigos, si no que en los agotadores días anteriores tuvo días y días de dura cabalgata e incesante pelea.
Godric embistió hacia adelante y un hombre murió. Una cimitarra tintineó sobre su penacho, y el portador fue arrojado de su silla por una mano que aún era como el hierro, desparramando sus entrañas a los pies de Godric. Lo demás cabalgaban alrededor aullando, buscando aplastar al gigantesco franco por el simple peso de su número. En alguna parte del infernal estruendo el grito de una mujer sesgó el aire. Un estrépito de cascos estalló como un repentino torbellino y la presión decayó. A través de la rojiza niebla de los embotados ojos el caballero vio a los lobunos asaltantes vestidos con pieles arrollados por una repentina corriente de jinetes acerados que los hacían trizas y los pisoteaban.
Entonces los hombres desmontaron a su alrededor, hombres con llamativas armaduras plateadas, kaftanes de piel y cimitarras de dos manos que él había visto como en un sueño. Uno con un delgado y colgante bigote adornando su cara le habló en una lengua turca que el caballero podía comprender a duras penas, mas la mayor parte de sus frases eran ininteligibles para él. Agitó su cabeza.
—No puedo quedarme —dijo Godric, hablando despacio y con creciente dificultad—. De Montserrat aguarda mi informe y debo... cabalgar... hacia... el... este... para... encontrar... el reino... del... Preste... Juan... ofrecerle... mis... jinetes...
Su voz decayó. Vio a sus hombres; estaba caídos en silencio, con profundas heridas de espada, muertos tal y como habían vivido: encarando al enemigo. De repente la fuerza abandonó a Godric de Villehard como una gran riada y cayó como un árbol bajo un rayo. La rojiza niebla se cernió sobre él, pero antes de que lo engullera por completo, vio inclinarse sobre él dos grandes y oscuros ojos, extrañamente suaves y luminosos, que le llenaron de un anhelo sin forma; en un mundo que se tornaba vago e irreal eran la única realidad tangible y esta visión le introdujo en la pesadilla del reino de las sombras.
El regreso a la vida real de Godric fue tan abrupto como su salida. Abrió sus ojos a una escena de exótico esplendor. Estaba tumbado en un diván de seda junto a una ancha ventana cuyo alfeizar y barrotes estaban chapados en oro. Cojines de seda se amontonaban sobre el suelo de mármol y las paredes estaban adornadas de mosaicos allí donde no había diseños de gemas y plata, y colgaban también pesados tapices de seda, satén y paños de oro. El techo era una única y sublime cúpula de lapislázuli de la que suspendía un incensario colgado de cadenas de oro que arrojaba un tenue y encantador perfume sobre todo. A través de la ventana se introducía un ligero aroma a especias, rosas y jazmines, y más allá Godric pudo ver el claro azul de los cielos de Asia.
Trató de incorporarse y cayó con una exclamación de susto. ¿De donde venía esta extraña debilidad? La mano que llevó hasta su atenta mirada era mucho más delgada de lo que solía, y su bronceado se había disipado. Miró fijamente con perplejidad los ropajes de seda, casi femeninos que vestía, y entonces recordó el largo vagar, la batalla y la masacre de sus guerreros. Su corazón enfermó cuando recordó la incondicional fidelidad de los hombres que había dirigido al desastre.

Ciclo Robert E. Howard - Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay(I) Un alto y delgado hombre amarillo con cara de amabilidad entró y sonrió al ver que estaba despierto y con la mente clara. Habló al caballero en varios idiomas desconocidos para Godric, hasta que utilizó uno fácil de entender: un áspero dialecto turco muy semejante a la lengua bastarda usada por los francos en sus contactos con las gentes de Turania.
—¿Qué lugar es este? —preguntó Godric—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Has yacido aquí varios días —respondió el otro—. Soy You-tai, el sanador del emperador. Este es el imperio nacido del cielo de la Negra Cathay. La princesa Yulita te ha atendido con sus propias manos mientras yacías consumido por el delirio. Solo gracias a sus cuidados y tu propia y extraordinaria fuerza natural has logrado sobrevivir. Cuando ella le contó al emperador como tú con tu pequeña banda cargasteis imprudentemente y la liberasteis de las manos de los bandidos Hian, quienes habían acabado con su guardia y la habían tomado prisionera, el celestial me ordenó que ningún cuidado fuera ahorrado para salvarte. ¿Quién eres, el más noble señor? Mientras delirabas hablaste de gente desconocida, lugares y batallas, y por tu apariencia es de donde parecías venir.
Godric rió, y su risa estaba repleta de amargura.
—Si —apostilló él—. He cabalgado desde lejos; los desiertos han resecado mis labios y las montañas cansado mis pies. He visto Trebisonda en mis vagabundeos, y Teherán y Samarcanda. He visto las aguas del Mar Negro y el Mar de los Cuervos. Desde Constantinopla, lejos del oeste, fui más allá durante más de un año cabalgando hacia el este. Soy un caballero de Normandía, Sir Godric de Villehard.
—He oído algunos de los lugares que mencionas —respondió You-tai—, pero la mayor parte me son desconocidos. Come ahora, y descansa. En un rato la princesa Yulita vendrá contigo.
Así que comió el curioso arroz especiado, los dátiles y las carnes endulzadas, y bebió un transparente vino de arroz servido por una esclava de cara aplanada que portaba doradas bandas en las caderas, y pronto durmió, y durmiendo, su ingente vitalidad comenzó a recobrarse.
Cuando se despertó del largo sueño se sintió refrescado y más fuerte, y pronto las puertas decoradas con perlas se abrieron y una ligera figura vestida de seda entró. El corazón de Godric repentinamente se aceleró al sentir otra vez la ligera ternura de la mirada de aquellos oscuros ojos sobre él. Se irguió con un esfuerzo. ¿Era como un muchacho estremeciéndose ante aquel par de ojos, aunque adornasen la cara de una princesa?
Llevaba mucho tiempo viendo las veladas mujeres de los musulmanes, y la cremosa faz de Yulita con sus preciosos labios de rubí eran como un oasis en el desierto.
—Soy Yulita —la voz era ligera, vibrante y musical, como el plateado chorro de la fuente del patio del exterior—. Quisiera darte las gracias. Eres tan valiente como Rustum. Cuando los Hians se precipitaron desde el desfiladero y acabaron con mi guardia, estaba asustada. Respondiste a mis gritos inesperada y audazmente como un héroe que bajase del paraíso. Siento que tus bravos hombres muriesen.
—Y yo también —respondió el normando con la franqueza de su raza—, pero ese era su camino: no podrían haberlo hecho de otra forma y no podrían haber muerto por una causa mejor.
—¿Pero por qué arriesgasteis vuestra vida para ayudar a quién no es de vuestra raza y a quién nunca habíais visto antes? —siguió ella.
Godric podría haber respondido como nueve de cada diez caballeros en su posición: con el repetido voto de la caballería de proteger a los indefensos. Pero siendo Godric de Villehard, se encogió de hombros. —Sabe Dios. Debería haber sabido que la muerte cargaba contra nosotros junto a aquella horda. He visto demasiada rapiña y atrocidad desde que volví mi vista hacia el este para dejar a mis hombres aparte y dejar que las cosas transcurrieran como de costumbre. Quizás vi en un destello que erais de sangre real y seguí el instinto natural de los caballeros de ayudar a la realeza.
Ella agachó su cabeza. —Lo siento.
—Yo no —graznó él—. Mis hombres habrían muerto de cualquier manera hoy o mañana; ahora descansan. Hemos cabalgado por el infierno durante más de un año. Ahora están más allá del calor del sol y del sable del turco.
Ella apoyó la barbilla sobre sus manos y sus codos en las rodillas, se inclinó hacia delante para mirar fijamente sus ojos. Sus sentidos le abandonaron momentáneamente. De labios finos, con fríos ojos grises, el barbilampiño rostro oscurecido por el sol de Godric de Villehard inspiraba confianza y respeto a los hombres pero era poco en apariencia para agitar el corazón de una mujer. El normando no había pasado la treintena, pero su dura vida había esculpido su rostro con líneas inflexibles. Más que la belleza que atrae a las mujeres, había en su complexión la magra fuerza del lobo cazador. La frente era alta y despejada, las cejas de un pensador, la boca que una vez había sido amable y los ojos soñadores. Pero ahora sus ojos eran amargos y su entera apariencia era la de un hombre cuya vida había transcurrido dura, que había dejado de buscar misericordia o de concederla.
—Decidme, Sir Godric —dijo Yulita—, ¿de qué lugar venís y por qué habéis cabalgado tan lejos con tan pocos hombres?
—Es una larga historia —respondió él—. Comenzó en una tierra a medio mundo de distancia. Yo era un muchacho y estaba lleno de los ideales de la caballería, y odiaba al cerdo sajón que ocupaba el trono franco, el rey Juan. Un trasegador de vino llamado Fulk de Neuilly comenzó a despotricar y a chillar sobre muerte y maldición porque la tierra santa estaba aún en posesión de los paganos. Aulló hasta remover la sangre de cada pobre idiota como yo mismo, y los barones comenzaron a reclutar hombres, olvidando como habían terminado las otras cruzadas.

Ciclo Robert E. Howard - Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay(I) »Walter de Brienne y Simón de Montfort, el de la negra cara surcada de cicatrices, inflamaron los corazones de los jóvenes normandos con promesas de salvación y botines turcos, y fuimos adelante. Bonifacio y Balduino eran nuestro líderes y conspiraron el uno contra el otro todo el camino hasta Venecia.
»Allí los mercenarios venecianos rehusaron embarcarnos y me asqueó las entrañas ver a nuestros jefes doblar las rodillas ante aquellos puercos mercaderes. Prometieron embarcarnos pero al final impusieron un precio tan alto que no pudimos pagarlo. Ninguno de nosotros tenía dinero, si no nunca habríamos comenzado una aventura tan loca. Arrancamos las joyas de nuestros pomos y el oro de nuestras hebillas y conseguimos parte del dinero, acordando tomar varias ciudades de los griegos y cederlas a Venecia como resto del precio. El Papa Inocencio III montó en cólera, pero seguimos nuestro camino y empapamos nuestras espadas en sangre cristiana en vez de pagana.
»Tomamos Spalato, y Ragusa, Sebenico y Zara. Los venecianos consiguieron las ciudades y nosotros la gloria.» Aquí Godric rió con severidad. Un repentino destello le sugirió que la muchacha estaba embelesada, con los ojos brillantes. De cualquier manera se sintió avergonzado.
»Bien —continuó él—, el joven Alexius, quien había cabalgado desde Constantinopla, nos persuadió de que haríamos un favor a Dios si volviéramos a poner al viejo Angelus en el trono, así que hacia allí fuimos.
»Tomamos Constantinopla sin gran dificultad, pero solo un escaso momento transcurrió antes de que la gente enloquecida estrangulara al viejo Angelus y nos forzaran a tomar la ciudad de nuevo. Esta vez la saqueamos y dispersamos el imperio. De Montfort había vuelto hacía tiempo a Inglaterra y luché a las órdenes de Bonifacio de Montserrat, que había sido hecho rey de Macedonia. Un día me llamó, y me dijo: “Godric, los turcomanos atacan las caravanas y el comercio del este decae por la guerra constante. Toma cien hombres de armas y encuentra el reino del Preste Juan. También es cristiano y podemos establecer un ruta comercial entre ambos, protegida por los dos, y entre esta manera salvaguardar las caravanas.”
»Así me dijo, siendo de naturaleza mentirosa e incapaz de decir la verdad en ninguna jugada. Vi sus intenciones y comprendí que lo que deseaba de mí era que conquistara un fabuloso reino para él.
»“¿Sólo cien hombres?”, inquirí yo.
»“No puedo prestarte mas”, dijo él, “por miedo a que Balduino y Dandolo y el conde de Blois vengan y me corten la garganta. Son suficientes. Gáname al Preste Juan y aguántale por un tiempo; ayúdale en su guerra una temporada, entonces mándame algunos jinetes con tus progresos. Puede que entonces te envíe mas hombres”. Y sus parpados se entrecerraron de una manera que yo conocía.
»“¿Pero donde esta este reino?”, dije yo.
»“Bastante sencillo”, dijo él. “Hacia el este. Cualquier tonto puede encontrarlo si cabalga lo bastante lejos.”
»Así que —la cara de Godric oscureció—, cabalgué hacia el este con cien jinetes fuertemente armados, lo mejor de los guerreros normandos. ¡Por Satán que peleamos todo nuestro camino! Una vez que pasamos Trebisonda tuvimos que luchar casi cada milla. Fuimos asaltados por turcos, persas y kirguises, además de por nuestros enemigos naturales como el calor, la sed y el hambre. Un centenar de hombres... había ya menos de esos conmigo cuando escuché vuestro grito y salí del desfiladero. Sus cuerpos yacen desparramados desde las colinas de la Negra Cathay hasta las orillas del Mar Negro. Flechas, lanzas, espadas, todas tomaron su peaje, pero aún así avancé hacia el este.
—¡Y todo por vuestro señor feudal! —gritó Yulita, sus ojos brillando cuando apretaba sus manos—. Oh, es como en los cuentos de honor y caballerosidad de Irán y aquellos que You-tai me había contado de los héroes de la antigua Cathay. ¡Me hace arder la sangre! ¡También sois un héroe como todos aquellos hombres que fueron nuestros ancestros en aquellos días, con tu coraje y lealtad!
El aguijón de su virtud removió la herida en Godric.
—¿Lealtad? —graznó—. ¿Para ese taimado asesino de Montserrat? ¡Bah! ¿Piensa que daría mi vida para conseguirle un reino? Él no tenía nada que perder y mucho que ganar. Me dio un centenar de hombres, esperando recibir la recompensa por lo que yo hiciera. Y si fallaba, él aún sería el ganador, porque se habría librado de un turbulento vasallo. El reino del Preste Juan es un sueño y una fantasía. He seguido sus rumores miles de millas. Un sueño que se desvanece más y más lejos en los laberintos del este, llevándome a la perdición.
—¿Y si lo hubieras encontrado, entonces qué? —preguntó la chica, pareciendo súbitamente calmada.
Godric se encogió de hombros. No era la naturaleza de los normandos alardear de sus secretas ambiciones ante cualquier clase de hombre o mujer, pero después de todo, le debía la vida a esta muchacha. Ella le había pagado su deuda a él y había algo en sus ojos…
—Si hubiera encontrado el reino del Preste Juan —dijo Godric—, habría hecho lo posible para conquistarlo para mí.
—Mira —Yulita tomó el brazo de Godric y señaló una ventana de dorados barrotes, cuyas traslúcidas cortinas de seda tamizaban el interior, y reveló las duras cumbres de las distantes montañas, resaltando contra el brillante azul del cielo.
»Tras esas montañas se encuentra el reino de aquel al que llamas Preste Juan.
Los ojos de Godric relucieron repentinamente con el espíritu de conquista de los verdaderos normandos, los hacedores de un naciente imperio, aquellos cuya raza había socavado reinos con sus espadas en cada tierra del oeste y el cercano este.
—¿Y habita en palacios de bóvedas púrpura sembradas de oro y relucientes gemas? —preguntó él con ansiedad— ¿Tiene, tal y como he oído, filósofos y magos sentados a cada lado, haciendo maravillas con estrellas y soles y fantasmas de entre los muertos? ¿Amenaza su ciudad entre las nubes a las estrellas con sus doradas agujas? ¿Y se sienta este monarca inmortal, que aprendió a los pies de nuestro loado señor Jesucristo, en un trono de marfil situado en una sala cuyas paredes han sido escarbadas en un gigantesco zafiro para impartir justicia?
Ella sacudió la cabeza.
—El Preste Juan, al que nosotros llamamos Wang Khan, es muy anciano, pero no es inmortal y nunca ha estado más allá de los confines de su propio reino. Su gente son los keraits, krits o cristianos; habitan ciudades, es cierto, pero sus casas son simples casuchas y tiendas de piel de cabra, y el palacio de Wang Khan es también una choza comparada con este palacio.
Godric se dejó caer y sus ojos se nublaron.
—Mi sueño se ha desvanecido —murmuró—. Deberías haberme dejado morir.
—Sueña otra vez, hombre —le respondió ella—. Sólo que sueña con algo más asequible.
Agitando su cabeza, la miró a los ojos.
—Sueños de imperios han maldecido mi vida —dijo él—, incluso ahora la sombra de un sueño persiste en mi alma, diez veces menos alcanzable que el reino del Preste Juan.

Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón.
Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2007