Yo sabía que esa tarde hacía frío. Me refiero a la existencia de temperaturas menores al cero. Sin embargo, decidí matar al frío con la ignorancia y salir a caminar un poco. Díganme insensato; pero: ¿quién acaso alguna vez, no quiso desafiar a la innegable fuerza de la Naturaleza y mostrarse poderoso, valiente ante su inclemencia o melancólico y algo solitario ante uno mismo... dejando que lo que ocurre alrededor no importe para nada, o por lo menos, no importe tanto?
Tal vez algunos “hombres sensatos” (como algunos de mis conocidos).
Pero las acciones de los hombres sensatos a veces (o siempre), suelen tener estrechos vínculos con las acciones de los “hombres cobardes”; pues a falta de valor, el hombre sensato fabrica límites en apariencia infranqueables; refugiándose en artificios lógicos y morales (para ellos) de indudable veracidad, ocultando así su inaceptable (y a veces incontrolable) debilidad, cualquiera que ésta sea; considerando llamar a sus acciones o mejor dicho, a sus inacciones: sensatez, cordura, lógica o prudencia.
De no ser por estos “hombres sensatos” el mundo adolecería de falta de mediocres, creando una nueva mediocridad hecha sólo de gente valerosa, intrépida, heroica, ciega en sus elecciones y muchas veces: insensata, irracional, ilógica, imprudente... Pero nunca faltarían maravillosas historias alrededor de una fogata o increíbles relatos de inimaginables hazañas...
O el deseo y la firme decisión de acercarse a una dulce, solitaria y triste muchacha, sentada en un banco de la vacía rotonda cercana a la avenida Virrey Toledo, una fría tarde salteña de Julio...
Por lo menos, yo fui prisionero del deseo y de la decisión.
Cuando la vi, estaba en la vereda opuesta y; fuera tal vez por una ventisca invernal o por lo inusual que resultó verla desprotegida, trémula, llevando sólo un liviano vestido de lino blanco, estampado con pequeñas flores amarillas y rojas; una helada ráfaga asfixiante me envolvió en sus invisibles fauces. Me acerqué a su lado, donde los árboles multiplicaban sin piedad el gélido viento y la tristeza de aquel rostro que hoy no sabría describir con precisión: Ojos marrones, mirada dulce, cabellera negra… muy negra, que continuaba aún más allá de sus anchas caderas, labios gruesos... la memoria o el tiempo me mezquinan más detalles.
Aquel día yo llevaba un largo camperón azul, algo viejo y dañado en las mangas por las espinas de un jardín que tiempo atrás había atravesado somnoliento. Aunque tenía otros abrigos en muy buen estado, aquel era el que mejor me protegía. Al verla llorando y temblando -no hace falta repetir que aquella tarde hacía demasiado frío-, sin dudarlo (y sin preguntárselo) le cedí mi abrigo cubriendo así, casi todo su cuerpo. Algunas pequeñas gotas de lluvia comenzaban a cubrir su rostro ya bañado en gran parte por sus lágrimas.
No se que más pasó. Le pregunté su nombre; no hablamos de nada en particular, quizás del tiempo, no recuerdo los hechos: solo los sentimientos. De repente la vi sonreír y mi corazón latía con fuerzas.
La acompañé a su casa y entre sollozos me contó su dolor y su historia. Era algo cotidiano pero no por eso menos triste: un hombre, una mentira, una esposa y dos hijos de por medio... Y fui aproximándome a ella con motivos que nunca fueron opuestos a la compasión y a un sincero interés en ayudarla... Aunque mi ayuda tan sólo consistiera en escuchar su sufrimiento.
Puedo comprender porque un corazón siente alivio cuando confiesa el dolor de la pesada carga que esconde y puedo comprender también porqué cuando me abrazó buscando consuelo, sin pensarlo, sus lágrimas (o las mías) se convirtieron en besos, luego en caricias y luego en una incontrolable marea de amor y de sensaciones que pocas veces alcancé a sentir. Junto a ella experimenté el éxtasis de observar entre las sombras de un oscuro túnel, la luz de una estrella fulgurante y eterna que se queda contigo...
Nunca quise pedirle disculpas por mis actos (si alguien piensa que debí hacerlo) o de realizar vanas promesas. Horas después, preparó un poco de mate cocido en una vieja jarra roja, y bebimos los dos de la misma taza. Mientras: me contó cuando de niña jugaba a las muñecas o se imaginaba al Rey de las Hadas que le regalaba un Castillo y un Príncipe con quien casarse y reír y jugar a las escondidas en su numerosas habitaciones; con el, con sus hijos; cuando armaba coronas de flores silvestres. Habló de sus países imaginarios y de otros reales, de aquellos de los que nadie puede escapar. Recién con las primeras luces del alba emprendí el regreso. Sin animo de enfrentar la mañana o quizás sin... sin fuerzas para dejarla.
A unas cuadras de su casa volví sobre mis pasos y busqué su rostro cuando me abrieron la puerta. Esa casa era pequeña, de dos habitaciones recuerdo. ¡Había pasado la noche allí! ¿Cómo diablos no iba a saberlo? Pero la anciana que decía vivir allí, asustada, me cerró la puerta en las narices cuando quise abrirme camino y entrar a buscarla. Esa señora vivía sola desde hacía años, según averigüé; en esa cuadra no había ninguna mujer joven como la que describí y el clima me deshacía la voluntad de hacer inútiles preguntas.
Yo sé que su voz fue real. Su piel, su calor y la pequeña casa de dos habitaciones fueron reales...
Alguien me dijo que yo inventé o aluciné esta historia. Otros que quizás ella necesitaba de mí como instrumento para cumplir su cometido. Me inclino a pensar en que ella no quiso marcharse sin antes descubrir lo que desde esa fría tarde hasta aquel amanecer encontramos...
Hace unos días vi su foto en un periódico. Dicen que fue casual, (yo no lo creo así), pero unos niños jugando cerca del cerro San Bernando hallaron un bulto extraño y descubrieron su cadáver. Los peritos policiales en los días siguientes, determinaron que llevaba siete años enterrada y que había sido asfixiada hasta morir. Un doctor y padre de familia fue acusado de homicidio. No faltaron evidencias: la sangre, la billetera y otras pertenencias del acusado se hallaron enterradas en las cercanías. La confesión fue casi inmediata, aunque maldijo constantemente la presencia de esos niños y de aquel bulto -salido de la nada-, que cubría su mano semidesenterrada. Incluso negó que la prenda le perteneciera.
No hace falta decir que yo también me asombré cuando asistí al juicio y vi que el bulto era mi viejo abrigo azul, hasta las marcas de espinas en las mangas lo demostraban. Para mi: esa es la única y secreta evidencia que declararán la veracidad de toda esta historia.
Pero mis amigos insisten en que yo inventé todo esto...
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