Comenzaba el invierno en el sudoeste de la extensión de dunas que todos, en el planeta Arena, llamaban El Gran Erg.
En Paso de Indi, dos centinelas ateridos de frío no movieron un músculo para detener al solitario viajero que subía a la ruinosa ruta. Nadie que se adentrara en esa dirección era molestado con averiguaciones.
Todos los insensatos que intentaban colonizar esa parte del mundo terminaban como carroña de zopilotes y chacales.
Desde su fortín, con agujeros en el techo y escasa leña para el hogar, contemplaron al hombre y su moto perderse en la distancia.
A Sálvat tampoco le importaron, solo un Nómada, como él, podía aventurarse en esas regiones y salir vivo. A nadie en su sano juicio se le hubiese ocurrido molestar a un habitante del Desierto Grande.
Ya caída la noche se recortaron ante las estrellas, Los Altares. Altas rocas esculpidas por los caprichos de la erosión. Siendo adolescente, Sálvat había jugado hasta agotarse entre esos riscos. Cuando su Clan, Las Hienas, era numeroso.
Apagó las luces de su moto enduro, una XTX Seiscientos preparada para rally. Había modificado el tanque para tener mayor autonomía y cambiado la horquilla delantera por una suspensión resistente. Aunque las sales y el polvo estaban carcomiendo los silenciadores, la monocilíndrica tronaba como una ametralladora.
Sabía que no era juicioso revelar con tanto ruido su presencia. Así que guió su montura apagada hasta una pared rocosa. La cubrió con frazadas y se tendió a su lado aguardando el sueño.
La luz del sol tardó demasiado en alcanzar la base de monumentos de roca. En Los Altares, el viento castigaba atrapado entre las paredes de piedra. Se desperezó y encendió la radio. El “Blues de la guitarra” estaba bien para acompañar el desayuno de queso y té que acostumbraba. El frío no le era desagradable pero él amaba el calor, la arena candente y el sol grande como el cielo. Necesitaba un refugio hasta la primavera. Sabía que en G`man se habían establecido unos colonos. Era lo más próximo si pretendía eludir los Oasis donde estarían los Clanes de Nómadas. Eran sitios neutrales, pero no tenia ganas de toparse con rostros conocidos.
Disfrutaba de la soledad, la única compañía que deseaba era su moto.
¿Qué más podía pedirse en un planeta violento y lleno de tristeza?
¿De un planeta habitado por los seres mas destructivos de la naturaleza?
¿De una planeta llamado Arena?
En uno de los porta equipajes tenia una bolsita con raíces. Sacó un par para llevárselas a la boca. Envolvió los escapes con la escasa cinta plástica que le quedaba. Tal vez de esa forma no aturdiría tanto el motor. Nada más ver el road book bastaba para saber que necesitaba de un taller.
Mil doscientos kilómetros recorridos.
Contaba con combustible para llegar a la costa oeste pero no se confiaría. Una fuerte patada con la derecha bastó para ponerse en movimiento, a la XTX no le era complicado subir las laderas escalonadas. Se había internado en Los Altares cuando paró el motor abruptamente; frente a él, entre dos peñascos, se disolvía una columna de humo negro.
Arrugó la frente sobre los oscuros ojos. Podía volverse por donde había llegado, lo que significaba un desperdicio de tiempo y combustible. No lo pensó ni un segundo. Su curiosidad colaboró para decidirlo a investigar.
Agazapado, atisbó entre las rocas. Recogió su larga melena color paja mojada con una vincha. Si tenía que luchar era mejor llevar el pelo atado. Ladera abajo, divisó una camioneta de colonos con el capot envuelto en llamas. Los desgraciados tripulantes colgaban empalados no muy lejos. Sus asesinos danzaban en círculo de forma macabra, Sálvat había oído hablar de ellos. En los Clanes, los llamaban “Apestados”. Habitaban en las cavernas, temerosos de la luz del sol. Se decía que por algún defecto genético su piel se deshacía y vivían con el cuerpo en carne viva. Por eso se vendaban completamente cubriéndose con kilos de ropas mugrosas, nubes de moscas los acompañaban en todo momento y el hedor que despedían, a descomposición, no les ganaba amigos. Por la noche organizaban batidas de caza y nada era discriminado en sus cacerolas. Los pocos que los conocían, y vivían para contarlo, decían que sus mutaciones eran horribles. Espantosos a los ojos, sus rostros tenían apariencia de topo. Miembros deformados y rasgos deshechos eran comunes entre ellos, contaban que sus enfermedades eran muy contagiosas y que rendían culto a un viejo demonio de la época anterior.
Ahí estaban, tan reales como la luna, guarecidos por las estiradas sombras de Los Altares. Por costumbre, era normal para un Nómada pensar que los ilusos colonos se lo tenían bien merecido, pero Sálvat había probado la vida en las ciudades. Podían parecerles enclenques y estúpidos, pero no merecederos de semejante muerte.
Los hediondos Apestados lo pagarían con sus vidas.
Montó de un salto la XTX bajando como una avalancha. El manillar se sacudía tan violentamente que sus voluminosos bíceps apenas podían contenerlo.
Con el guardabarros arrancó el maxilar de unos de los mutantes. La espesa sangre colorada formó una mancha gruesa en la arena. Maniobró entre ellos. Algo bloqueó la rueda delantera; al momento que oía un estridente grito de dolor, cruzó ante sus ojos una mano cercenada envuelta en vendas.
Ya había arrollado a dos cuando sintió un cuerpo aplastado bajo el peso de la moto. Quedaba un par de Topos en pie, encaramados entre las deformes rocas.
Dejó la moto para acabarlos con su cuchillo de caza, corriendo para no darles tiempo a reaccionar.
Uno de los monstruos lanzó el primer golpe. Los brazos se entrelazaron sobre Sálvat que se sorprendió por su fuerza. Tironeaba vigorosamente apartando el filo con manotazos vendado, afirmaba sus piernas con furia para no ser derribado. El viajero lo golpeó con la frente. La melena se desplegó sobre su espalda al perder la vincha y con el forcejeo, el cabello le cubrió los ojos. Momentáneamente cegado, sintió el impacto de algo duro contra su cabeza. Las piernas se le aflojaron, pensó que le habían hundido el cráneo.
Cuando la sangre caliente le recorría el rostro. Un nuevo golpe, esta vez en la sien, le hizo rodar por la arena.
Privado de la vista se guió por los sonidos y el olfato. Gruñó lanzando estocadas al aire. Su antebrazo chocó con un bulto y por reflejo su brazo robusto se cerró, había apresado a uno de los mutantes por el gaznate. Podía entreverlo a través de la neblina roja de su propia sangre. Hundió el cuchillo tantas veces como pudo ante el freno de las capas mugrientas de harapos. La criatura gemía con la boca abierta. De la garganta escapaban gorgoritos de sangre que lo ahogaba, la nariz de Sálvat fue asaltada por el nauseabundo hedor.
Mientras el monstruo agonizaba bajo él, otro golpe le entumeció la oreja. Furioso logró ver al otro apestado, abatiendo una cruz de fémures humanos contra su cara. Cerró los ojos para recibir el nuevo impacto.
Todo se oscureció. Luchó con furia para no desvanecerse pero sus músculos no respondieron.
Sintió la arena raspándole una mejilla al tiempo que un velo rojo se extendía para cubrirlo.
El bamboleo de un carro le hizo pestañar, había muchos apestados alrededor. Tenía brazos y piernas inmovilizados por tiras de cuero. Entrevió su moto entre los cuerpos, era una cabina o algo así, un vehículo de aquellos topos inmundos. No pudo seguir pensando porque otro golpe lo devolvió a la oscuridad.
Sabía que tenía bien abiertos los ojos, pero todo seguía obscuro. Tenue, un resplandor danzante de antorcha, se filtraba en un recodo.
Una caverna, descubrió.
Percibía movimientos y voces en todas direcciones, el idioma trabado parecido a chirridos de sus captores. Todavía seguía atado. Estaba sentado con la espalda apoyada en una pared de roca. Los conocimientos de Sálvat acerca de esos seres eran limitados. Tenían mutaciones pero nadie en el planeta Arena sabía explicar la causa de las mismas. Algunos pensaban que los locos que vivieron en el preholocausto lanzaron epidemias biológicas de todo tipo causando un desastre ecológico, pero era cuentos sin ningún dato firme. A decir verdad, muchas veces había pensado en sí mismo como un mutante. Tenía la capacidad desde el nacimiento de conocer los pensamientos ajenos. No era nada agradable, ni tampoco tenía explicación del porqué. Únicamente intentaba, cuanto podía, evitar que las voces en su mente lo enloquecieran. Odiaba que lo vieran diferente por su altura o su color de pelo. Y había más, algunas personas lo sentían apenas lo miraban. Por eso prefería la soledad del desierto, lejos del bullicio de pensamientos que latía en las ciudades.
Estos mutantes eran fotosensibles, no sin razón los llamaban Apestados Roedores pues se parecían a los topos en aspecto y costumbres. Eran parte de cuentos y leyendas como los cloantes, la raza mutante clonada que usaron para la guerra, mucho antes de que Sálvat naciera.
Dos sombras grises se adelantaron desde la gran obscuridad. El Nómada sentado en el suelo los miró expectante.
—Mataste a cuatro —gruñó guturalmente el que llevaba la voz cantante—. Palga quiere conocerte.
El humano ni siquiera pestañeó.
—Vendrás a su presencia. —le indicó el Roedor amenazándolo con una maza de hierro.
Atravesaron un corredor iluminado por teas. Las paredes eran de roca, a veces cubiertas con tapices, Sálvat sospechaba que estarían varios metros bajo la superficie. Sin embargo, el aire no estaba viciado. Se podía llenar los pulmones en una bocanada.
Del otro lado de un portón de bronce había un recinto amplio con gruesas columnas. La piedra había sido trabajada por experimentados artistas, no era el tipo de conocimiento esperado entre esos mutantes.
Sobre un negro camastro, cubierto de almohadones, se hallaba recostada en un codo, Palga, la Regente de las Cuevas de Esqueletos. Tenía piel, bastante oscura en un cuerpo muy delgado de músculos fibrosos. Carecía de caderas y sus senos apenas se adivinaban bajo la escasa tela que la cubría. El cabello largo y negro enmarcaba un rostro permanentemente oculto por una máscara de cuero que representaba una imagen de ojos saltones y colmillos de madera. Cruzaba su torso con una banda celeste y blanca.
El único movimiento provenía de sus dedos jugueteando con un pequeño bastón.
Sálvat sintió la punzada de los venablos en su espalda, indicándole que se mantuviese lejos de la líder.
—Te saludo, Sálvat —dijo ella con sibilante acento. Gateó hasta una bandeja con copas de cristal. Todos sus miembros eran lentos y provocadores, como un embeleso—. La suerte te ha convertido en mi esclavo. Todos aquí son mis súbditos pues soy descendiente de los gobernantes de este mundo, tengo la bendición de los Dioses. Este bastón perteneció a mi tatara tatarabuelo, al igual que esta cinta presidencial.
—¡Que estúpida mierda! —gruñó Sálvat ante esas palabras.
La madera de los venablos golpeó con odio sus costillas.
—Opina lo que quieras —gritó Palga con furia en la voz—. Descubrirás que a partir de ahora no eres nada. La Elipse te aguarda, allí lucharás todos los días para divertirnos. Lucharás hasta morir. ¡Llévenselo!
Lo arrojaron en un pozo junto a mil cerdos. Enormes globos capturaban el metano producido por el estiércol. Lo obligaron a juntarlo como una manera de ablandar su espíritu.
Así pasó dos semanas en las que no emitió un sonido. Un poco furiosos por el temple del Nómada, los mutantes lo encerraron en otro lugar de castigo, un pozo de piedra de cuatro metros de profundidad donde una persona debía mantenerse de pie. El fondo de agua estancada le llegaba a los tobillos.
Sin comida ni agua lo sacaron para presentarlo a Darcmor, el entrenador de los luchadores de la Elipse. Este, al verlo, se quedó admirado por el físico desarrollado de Sálvat. Darcmor usaba una coraza de cuero endurecido negra con una mascara facial de un antiguo demonio. Nunca mostraba el rostro, una costumbre de la mayoría de esos topos, pero Darcmor era humano, un esclavo sometiendo a otros esclavos. Ninguna de sus mujeres conocía sus facciones, por lo que todo el mundo suponía que escondía una cara horrenda.
—¿Puedes ponerte de pie? —preguntó Darcmor al Nómada
Sálvat lo oyó. Tenía un ojo casi cerrado debido a la hinchazón de los golpes propinados por los guardias mutantes. Pudo distinguir una habitación circular de ladrillos de piedra, un mesón robusto de madera y una pequeña despensa con bebidas.
—¡Responde!
─Si. ─exhaló el Nómada. Sintió dolores en todo el cuerpo cuando sus piernas lo sostuvieron. Tuvo que cerrar los ojos para evitar desplomarse ante el mareo que le asaltó.
─¡Sígueme! ─el enmascarado lo guió por un pasadizo hasta un patio donde unos cincuentas hombres practicaban con armas y máquinas de gimnasia. Sálvat se notaba demasiado débil. Darcmor aprovechó aquello para dar un ejemplo al resto de los prisioneros.
─¡Todos aquí! ─gritó perentorio. En breves instantes se formaron alrededor─ ¡Dicen que este mató a un par de nuestros Amos! Se cree duro, pero todos saben que ninguno aquí puede vencerme. Y lo demostraré. ─tomó dos bastones de madera para arrojar uno a las manos del Nómada.
Atacó repentinamente. Sálvat apenas lo veía con sus sentidos nublados por la fiebre. Varios golpes en el cráneo lo hicieron caer de rodillas. Darcmor usó golpes precisos, de la clase que paralizan o rompen huesos. El enfermo cayó casi inconsciente, apenas sintiendo el contacto con el bastón. Cerró los ojos esperando la oscuridad.
Lo primero que reconoció al despertar fueron los rostros de los otros prisioneros. Estaba acostado en una cama dura, en una barraca oscura que olía a humanidad.
—Darcmor se ensañó contigo —dijo un tipo rubio de corta barba, un holanio por el acento─. Mi nombre es Rufto. Ese loco de gorra de lana y rizos —señaló a su derecha—, es Bill.
—Hola. —Dijo Bill
—Y quién se encargó de tus heridas fue este viejo. —atrajo de un tirón hacia el camastro a un anciano todo arrugas con cabello duro como alambre.
—Me llamo Hongus —sonrió con una boca escasa en dientes—. Bienvenido al infierno.
Sálvat se sentó tratando de que sus músculos se reanimasen. El cosquilleo de sus piernas dormidas le resultó molesto, pero el mal gusto en su boca le molestó aun más.
—¿Qué pasa aquí? —dijo al fin— ¿Contra quien nos hacen pelear?
—Nos obligan a pelear entre nosotros —constató Rufto—. Para divertir a Palga. Todas las semanas preparan la Elipse, el campo de batalla para el espectáculo. Todos los mutantes ocupan las tribunas.
—¿Por qué no los matan y se van de este pozo?
—Porque no nos permiten conservar las armas y todo el tiempo nos apuntan con ballestas. Sólo aquí, en la barraca, tenemos un poco de privacía.
Las técnicas de lucha mejoraron la eficacia para matar del Nómada. Y las horas de gimnasio modificaron su cuerpo, perfeccionándolo.
Rufto y Bill eran muy diestros. Pero a Sálvat solo le preocupaba un gigante moreno de las selvas, un sitio extenso en el Distrito Medio que se conocía como el Infierno Verde. Era tan alto y voluminoso como el Nómada, su nombre era Molmo. Jamás hablaba con nadie, solo conocían su voz por los monosílabos que usaba a modo de respuesta con Darcmor. Este último sabía todo lo referente a golpes y armas. No volvió a molestar a Sálvat, pues prefería los novatos a los entrenados.
Durante las prácticas, el entrenador esclavo, siempre ponía a combatir a Sálvat con Molmo, el de las selvas. Con ellos tenia su pequeño espectáculo exclusivo. No era muy probable que los hiciera pelear a ninguno, no tan pronto.
La primera vez en la Elipse pudo comprobar la decadencia de los Apestados Topos, su pestilencia y carencia de humanidad.
Las tribunas estaban completas con los monstruos observando y aplaudiendo la llegada de los luchadores. Era un griterío como los oídos en un viejo concierto de rock.
Y estos animales se creen descendientes de los gobernantes del mundo…
Es retrógrado., pensó Sálvat.
Sobre la arena había veinte hombres armados con venablos y espadas, todos portando escudos y corazas. Darcmor los estaba presentando a los mutantes, un macabro maestro de ceremonias en una ciudad de pesadillas.
Los ojos oscuros del Nómada estudiaron a los captores. Se dio cuenta de la fragilidad de sus cuerpos, podía astillarlos con las manos. En contraste, los luchadores transpiraban poder; músculos de acero con fuego en las venas.
Darcmor dio dos gritos y los esclavos se abrieron en abanico. Sálvat buscaba a su contrincante cuando sintió el planazo de una espada entre los omóplatos.
El entrenador reía, una convulsión rasposa que el llamaba risa.
—Ve detrás de las líneas. —le dijo.
—¿Qué?
—¡No me cuestiones! Te he reservado para una sorpresa especial. Ya te enterarás.
Con cautela, Sálvat retrocedió hasta los guardias. Allí se mantuvo de pie viendo a sus amigos matar o morir. Darcmor ocupó su lugar para abandonarlo tan pronto como mató a su oponente. Rufto y Bill sobrevivieron. Molmo se retiró despacio ovacionado por los mutantes. Gritaban su nombre llenando el aire con su enfermedad.
El entrenador esclavo se dirigió al Nómada y le dijo: —Debes impresionarlos. Dame el escudo y la armadura.
Sálvat obedeció odiándolo en su interior, le estaba quitando su defensa.
—Sólo usarás este cuchillo. Si sobrevives conseguirás mucho, yo lo sé.
El Nómada no contestó. Se ubicó en el centro de la Elipse. Un rugido profundo produjo ecos a su izquierda, desde un gran hueco oscuro, por donde asomó la cabeza peluda de un Yaguaretech con cuatro pares de colmillos. Había oído comentarios acerca de esas bestias extinguidas. Unos millonarios locos, valiéndose de muestras de ADN, los habían resucitado, pero eran humanos y no resistieron la tentación de intervenir añadiendo detalles exóticos a los animales. Caprichos como cambios de color en la piel, desvíos en el comportamiento natural.
Una vez había visto un león resucitado herbívoro, le habían cambiado el aparato digestivo entero. Sin embargo, muchos que se usaban para custodiar campos y residencias. A estos se le alteraba el cerebro para ser comandados a distancia, injertándoles controles en la base del cráneo que los enloquecían, vivían la miserable existencia de cualquier esclavo. Este animal tenía dos metros de largo, podían verse los músculos bajo las manchas de la piel en cada sinuoso movimiento. Las garras tenían diez centímetros, negras y brillosas.
Sálvat no podía imaginar la forma de vencer a tan mortífera criatura. Se ajustó la vincha para despejar su frente, todo dependía de sus reflejos y el cuchillo.
El Yaguaretech giró cauto buscando su espalda, agachaba la cabeza a la altura de las rodillas del humano. Llegar hasta el lomo con su corta crin negra era imposible. Sálvat pateó arena a los ojos de la bestia. El felino dio un salto y cayó con todo su peso sobre el guerrero. Al intentar de desembarazarse, tres garras marcaron gruesas líneas en el brazo de Sálvat, de las que brotó abundante sangre. Dio fintas hacia el animal cuando este se catapultó a unos metros. Nuevamente se abalanzó sobre él dando manotazos. El Nómada trastabilló cayendo de espaldas con las piernas alzadas contra el abdomen del monstruo. Las patas del felino se movieron enloquecidas arrojando arena en todas direcciones. Sálvat hundió el cuchillo en la ingle delantera y el monstruo aulló de dolor, el fétido aliento del felino casi le hace perder el conocimiento. Cubierto de sudor se deslizó por el flanco peludo atrapando una pata delantera con la articulación de su potente brazo. La hoja del arma desapareció repetidas veces en el cogote, fue en ese momento que descubrió, entre el corto pelaje, un pequeño apéndice metálico clavado bajo el cráneo, gastado por los abusos.
Aquel ser era un asesino artificial.
El animal enloqueció; sus sacudidas hacían temblar el suelo de la Elipse. El hombre cerró con fuerza sus piernas apretando a la criatura contra la arena. Incrustó sus talones en la calida parte interna de las patas traseras, buscando con su filo el corazón del felino, pero no conseguía otra cosa que resbalar en las costillas. Sálvat gritó de furia, dio un tirón hacia arriba, doblando la cabeza del Yaguaretech, para caer furiosamente sobre la espina. Bajo su rodilla, sintió las vértebras separarse. La boca del animal tenía todos los colmillos enrojecidos de sangre, rugía sintiendo el cuchillo abriendo heridas en su cuello mil veces. A medida que aumentaba la furia de ambos, el humano se hacia conciente de su fuerza, de su reflejos, como si todo su potencial se incrementase. De un vistazo identificó con claridad los rostros mutantes más alejados, los sentía y conocía sus pensamientos; el caos tan familiar de envidia, celos y odios de todas las mentes. El odio con el que estaba ligado lo llenó de energía para acuchillar sin compasión al felino, de repente sintió detenerse el corazón del animal.
Las gradas estallaron en ovaciones, un terrible cansancio se abatió sobre sus hombros y la necesidad de un lecho; de estar solo y en paz. Las manos se sacudían solas, amoratadas de apretar el mango del cuchillo. Por el rabillo del ojo vio a Darcmor acercarse.
Se incorporó ferozmente tomando al cadáver por el cogote y la cruz, alzándolo por encima de su cabeza y gritando en dirección a Palga y su corte.
—¡La Piel! ¡Quiero la Piel!
Darcmor iba a amonestarlo, pero la clamante respuesta de las gradas lo agredió. Todos gritaban concediendo el pedido del Nómada.
—¡La Piel! —gritaba desde lo profundo de su alma. Entonces vio a la Regente asintiendo. El entrenador pateó el suelo, pero no olvidó saludar al palco antes de retirarse.
En las barracas se festejó. Hubo comida y bebida en abundancia para todos. Hubo cantos ovacionando a los dioses, pero el Nómada no participaba de ese tipo de festejos. No podía asimilar la idea de un ente superior haciendo la vista gorda a los pesares del mundo. Lo peor era que percibía cierta devoción a su persona, Rufto y Bill no se apartaban de él. Necesitaba un poco de Heavy Metal para distraerse pero no existía ningún aparato para reproducir música ahí abajo. Las radios tampoco funcionaban en esas claustrofóbicas cuevas, se limitó a tararear las viejas canciones en su mente.
Aunque siempre vigiléis
y mis datos proceséis
¡¡¡No es tan fácil hacerme callar!!!
Resistiré,
resistiré hasta el fin
Más tarde llegó Hongus para la limpieza, pero se detuvo con ellos el tiempo suficiente para conversar. En la pared estaba expuesta la piel estirada.
—Un gran trofeo —dijo el viejo—. Darcmor no se esperaba que salieras de esa.
—Hasta dentro de dos meses no se divertirán mucho con nosotros. Harán que nos matemos al comienzo de la primavera. Entonces será el gran día de la Gran Ofrenda. Solo un guerrero quedará vivo —Rufto se detuvo meditabundo—. Luego meterán todos los cadáveres en una olla para comernos.
—No estaremos aquí para entonces. —Rió el viejo.
Lo miraron interrogantes.
—Sálvat nos sacará. —Replicó de buen humor
—No te hagas ilusiones —le dijo el Nómada—. Deseo la libertad, pero nada es fácil en la actual situación.
—Ya encontrarás como. —Aseguró el anciano antes de retirarse.
Las siguientes contiendas en la Elipse se tornaron monótonas. Matar no se le hacia difícil, como un hábito más. Claro que trataba de evitar a aquellos con quienes compartía su comida. Sólo en una ocasión tuvo que matar a un compañero de barraca, Darcmor lo había arreglado así para escarmentarlo por sentirse insultado cuando Sálvat cambió su coraza por un chaleco de Yaguaretech, que él mismo había confeccionado. El Nómada fue piadoso y mató de un solo golpe a su amigo.
Mas su desprecio por Darcmor aumentaba. El entrenador lo miraba con ironía y sorna buscando una reacción en el habitante del desierto que jamás halló. Ingenuamente pensaba que Sálvat se sentía amedrentado, estaba muy equivocado. El joven de dos metros nunca discutía con aquellos que lo presionaban, los miraba sin emociones, aguardando la oportunidad de tenerlos en sus manos. Mientras tanto se regodeaba imaginando las miles de formas para hacerlo sufrir hasta hacerlo rogar por su vida, dándole dolor y más dolor. Cortarle los párpados, arrancarle las uñas, cortajearlo, violarlo y descuartizarlo dejándole siempre un hálito de vida para que sepa quien se lo hacía y porqué.
Entretanto los espectáculos en la Elipse se sucedían como única forma para subsistir. Su popularidad crecía a la par de las matanzas y los celos de Darcmor. Aquello no pasó desapercibido para Palga, quien disfrutaba mucho de las envidias y rencillas entre sus cercanos. Como era acostumbrado, otorgó al alto y joven guerrero una habitación privada, pero Sálvat casi no la utilizaba; prefería pasar el tiempo en las barracas, con los otros, lo que era recibido con mucha consideración.
Entre los beneficios de los grandes matadores estaba el permiso para disponer de una esclava diferente un día a la semana, aunque su preferida se llamaba Minka. Era una chica de finas costumbres, de Bitz. La habían capturado hacia menos de dos años pero no había perdido su delicadeza ni su feminidad. A Sálvat le encantaba su perfume y dulzura. En el primer encuentro no supo bien como encarar la situación de tener una mujer que habían predispuesto para mantener relaciones con él, fue Minka quién facilitó las cosas, hablándole de los altos edificios de Bitz, de sus avenidas y de las grandes caravanas de Agua desde el río Tiamat hasta el río Guazú. De su padre, un viejo sastre, o de los sueños de volver a contemplar las rayos del sol.
Tenía un ojo desviado. Por supuesto el Nómada ni siquiera se enteró porque él miraba siempre el interior de la gente. No era de amar, no podía decirse eso de alguien que estaba dispuesto a matar a quien fuera. Sin embargo, sabía valorar a las personas que le daban sosiego y paz.
El sexo con Minka fue su más placentera experiencia desde hacía mucho, en los Oasis de los nómadas. Había experimentado el sabor de otras mujeres anteriormente, no obstante nunca había sentido una relación de desahogo como en esa ocasión. Todo en Minka lo excitaba, su piel, la blancura de su carne o la fragilidad de su pequeño cuerpo. Le bastaba ver la expresión en el rostro para desear devorarla. Luego, ambos solían derrumbarse uno sobre el otro durmiendo como muertos.
A través de la chica se enteró de los túneles que conducían al exterior. Minka le dijo que muchas esclavas estaban dispuestas a despedazar a los mutantes, sólo hacia faltar ponerse de acuerdo con el resto de los esclavos. A las mujeres las obligan a pastorear los gibudos, unos animales parientes de los dromedarios pero bípedos. Servían tanto de montura como de comida. Alimentarlos no era costoso pues su dieta consistía en un ochenta por ciento de arena.
El descontento y la insatisfacción de aquellos que los rodeaban eran cosas habituales en el diario vivir de Sálvat. Como poseía la facultad de conocer que había en la mente de sus allegados, no existían las mentiras para él. Era testigo de las existencias fingidas del mundo. Un circo de apariencias donde nadie era auténtico. Allí mismo, mientras conversaba con esos circunstanciales amigos oía todos los pensamientos.
Y sabía que se trataba de una fachada. El peligro, la amenaza común los unía. Quizás era por lo único que los seres humanos aun existían.
Se unían ante la adversidad, pero cuando todo estaba bien…
Los miró uno a uno.
Rufto no era mal tipo, sin embargo con poder se aferraría al mismo. Su sed de dinero lo llevaría a despreciar los medios en pos de sus egoístas fines.
Bill sería un déspota. Algo vicioso y abusador, si tuviese poder. A igual que Hongus, quien daría rienda suelta a sus bajos instintos. Las perversiones que anidaban sus sueños emergerían sin miramientos sobre niñas o niños.
De entre todos, únicamente Molmo no parecía amenazante. Un hombre tan mortífero como silencioso, sólo ocupado en mantenerse saludable. Parecía que ningún anhelo lo acuciaba. No había mucha vida en él, pero ahí estaban todos, leales unos a otros en su odio al opresor, a los Apestados. Todos esperaban algo de Sálvat. Matarían o morirían por él. Antes, jamás hubiese aceptado que lo vieran así, mas ahora tomaba conciencia de que había un camino para ser aceptado entre este grupo, algo que no había conseguido nunca. Sin embargo, debía ser lo que ellos deseaban que fuese.
Un asesino, un feroz vengador. Un líder inescrutable, un juez severo y a veces piadoso. Si de esa manera dejaban de mirarlo con espanto o desdén, lo haría. Se convertiría en el hombre más despiadado que pudieran imaginar.
Y tal vez, quien sabe, los pensamientos odiosos que oía, se harían más soportables.
Un destacado asesino de la Elipse nunca era amonestado porque su vida estaba contemplada para su beneplácito. De esta forma defendían su existencia con mayor encono ante Palga. Muchos Guerreros eran elegidos por la Regente como consortes y ya no volvían a la Elipse. No obstante, nadie deseaba ser escogido para esa tarea; todos los que habían dormido en el lecho de la Regente jamás habían aparecido de nuevo. Los rumores eran ominosos.
Molmo y Sálvat disfrutaban de todas las comodidades disponibles. La única restricción residía en el ambiente cerrado donde se movían, apenas podían salir de sus cuartos.
La idea de una fuga ocupaba las neuronas del Nómada, todo el tiempo. Era imperioso para él conocer las vías de escape.
Durante la comida nocturna todos los luchadores se reunían en el amplio comedor cavernoso, cincuenta hombres entrenados que podían devorar dos veces su propio peso.
Sálvat nunca buscaba su comida, para eso estaba Hongus o Benja, el más joven de los luchadores. Cuando Hongus bajaba el plato, Bill ansioso de hambre manoteó un par de batatas. El brusco movimiento desprendió la vajilla de manos del viejo y toda la comida se desparramó en el suelo. Sálvat se levantó furioso dejando la mesa patas para arriba. Bill se preparó para pelear pero el gigante le aplastó la mejilla de un puñetazo. Acto seguido lo tomó del gaznate alzándolo por sobre su cabeza.
El rostro de Bill ya se amorataba cuando la voz de Darcmor atronó el comedor.
—¡Quietos! Ya la hiciste Sálvat, suéltalo.
El Nómada ni se molestó en mirarlo. Oyó el sonido de los cables de las ballestas tensándose, entonces aflojó la presión de sus dedos.
Una hora después estaba encadenado con Bill y Hongus en las cavernas del este. Los pusieron a trabajar con picos y palas en busca de reliquias, cualquier objeto de la época anterior servia, tras ellos, unas mujeres limpiaban los canales que llevaban agua a las profundidades.
La maniobra para ser castigados fue absolutamente convincente.
—Ese es, Bill. —dijo Sálvat.
—Te lo dije —masculló su amigo, aun con la mejilla amoratada—. Hay una laguna ahí arriba, en Los Altares. Conducen el agua por esos canales, tienen un par de bombas que la chupan.
—El camino desde la Elipse hasta aquí no es tan largo ¿Dónde guardan los transportes, Hongus?
—A trescientos metros de aquí, en un garaje amplio. Vi muchos autos y camiones, pero dudo que tengan combustible.
—Cuando lo hagamos, la rapidez será crucial —dijo el Nómada al tiempo que golpeaba la roca—. Cuanto más seamos mejor.
—Hay muchas rejas con candado y cada pabellón esta cerrado. —explicó Hongus en medio de tosidos
—¿Y las llaves? —inquirió Bill—. Si matamos a todos los apestados podremos abrirlas.
—¡Shhhh! —lo miró hosco el gigante rubio—. No digas estupideces. ¿Quien tiene esas malditas llaves?
—Darcmor —gruñó el viejo—. Y las lleva encima siempre, aún cuando duerme.
Tres días después retornaron a sus lugares habituales. Una hora antes de la cena se permitía a los esclavos el acceso al patio. En el centro dejaban una olla con agua y un cucharón, de esa forma calmaba su sed cualquiera.
Rufto hizo una seña a Sálvat, que esperaba la misma hacia un buen rato. Sus ansias por salir de ahí le quemaban el cerebro y no quería dejar ningún cabo suelto.
Molmo caminó con su paso lento hasta la olla del centro. Estaba por estirar su brazo hacia el cucharón, cuando Sálvat se interpuso. Sus miradas se cruzaron siniestramente.
—¿Qué? —dijo el moreno, Sálvat siguió mirándolo—. Quiero beber. Hazme el favor de apartarte.
—¿Y si no lo hago? Tú sabes aceptar tu condición. Si fuera Darcmor agacharías la cabeza, él no es menos esclavo que tú o yo.
—Si quieres podemos arreglarlo en la Elipse. —contestó Molmo por lo bajo, para que nadie pudiese oírlos.
—Lo que sea con tal de contentar a tus amos. Yo estoy aquí a la fuerza, tú por tu propio gusto.
—Lo que haces no nos ayuda, Sálvat. Les haces creer a todos que les darás la libertad. Debes resignarte al camino que los dioses eligieron para ti. ¿Quién te crees?
—¿Resignarme? Yo no sé de eso. Si los dioses decidieron esta suerte para mi, buenos hijos de perra son, aquí sólo veo a unos mutantes locos que nos mantienen prisioneros a la fuerza. Eso puede cambiar, es lo que deseamos todos. Ese anhelo nos mantiene respirando ¿Cuánto hace que moriste, Molmo? —lanzó un gruñido despectivo—. Pienso que solo estoy perdiendo el tiempo ─se apartó con desprecio del negro─. Bebe tu agua, esclavo.
Faltaba una noche para el día de la Gran Ofrenda. Sálvat preparó su armadura, aceitó la vaina de su espada y respiró con la intención de hallar sosiego a su vapuleada alma. Hubiese preferido poder rezar a algún dios, como hacían todos a su alrededor, pero no podía asimilar la idea. Si existía algo más allá de él. Era sordo o insensible a las calamidades del mundo. Contempló sus manos considerando que eran en lo único en que podía confiar.
No había amor, ni amistad, ni siquiera buena voluntad en la mente de la gente. Siempre había sido así y siempre lo sería.
Gente malvada, egoísta, envidiosa y pueril que más tarde, o más temprano podían traicionarlo. Hallaba que en el despiadado planeta Arena, estaba solo.
Solitario, sin ningún lugar, su techo era el cielo y su cama un reparo del viento. Cuando apagaron las luces externas, se recostó en el camastro aguardando que el sueño lo atrapase.
Sonrió con esa mueca sarcástica que solía expresar cada vez más a menudo e indicó a Nicko que le parecía bien.
Sentando en el camastro, el esclavo de nariz aplastada se colocó una máscara con una armadura idéntica a la del entrenador y dijo a Sálvat: —¿Qué miras, esclavo? —con un timbre idéntico al de Darcmor— ¿Te parece bien? —concluyó con su propia voz.
—Es justo lo que necesitamos. —le palmeó la espalda el Nómada y salió al patio. Todos estaban vestidos para el combate. Un silbido desde el interior de las barracas era la señal que esperaban, se apresuraron hacia el lugar permitiendo que Sálvat entrase primero. Allí estaba Benja, el chico, en sus ojos brillaba la alegría de quien había logrado alcanzar un gran éxito. No era para menos, entre sus temblorosos dedos tintineaban las llaves de todas las puertas, hurtadas a Darcmor mientras el entrenador esclavo tomaba su baño de vapor.
El Nómada, que le llevaba tres cabezas, lo rodeó con el brazo, alzando las llaves por encima de la multitud.
—Benja es el pequeño que ha hecho por todos nosotros algo grande —dijo—. Estas llaves simbolizan nuestra libertad, nuestra oportunidad de romper las caden… —unos sordos aplausos no le dejaron terminar la frase.
Darcmor se adelantó batiendo cansinamente sus palmas.
—Buen discurso, Sálvat —todos se apartaron de él mientras avanzaba lleno de humor, se detuvo irónico frente al Nómada—. Esta desobediencia será castigada con martillo y yunque. Vi a este ratón escabulléndose con algo entre las manos —asió contra su pecho a Benja que temblaba de terror—. Decidí seguirlo y fue cuando escuché tus palabras. Mira lo que ocurre cuando un objeto pequeño se atreve a desafiar a algo mayor. —Darcmor rasgó con una hoja filosa el cuello de Benja que se abrió con suavidad. Todo el torso del joven se cubrió de una cascada de líquido rojo irrefrenable. Trató de dar bocanadas sólo para ahogarse en su propia sangre. Cuando sus ojos se nublaron, exhaló.
Sálvat enrojeció de ira, sus rasgos se transfiguraron en los de una bestia monstruosa. Tamaña era su furia que aquellos que estaban cerca tomaron distancia, apabullados. El entrenador también lo sintió. Hubiera huido de poder hacerlo, pero los esclavos se apresuraron a cerrar todas las puertas de la barraca. Ninguno de los topos sería testigo de lo que pasaría ahí dentro.
Darcmor arrojó una finta hacia el estómago del Nómada que este eludió impulsándose hacia atrás. Retrocediendo, manoteó sabanas y cobijas de los camastros. Los esgrimía como escudo tratando de envolver los brazos de su contrincante, pero la velocidad lo hacía demasiado esquivo. Presa de la furia arrancó de un golpe una escalerilla de madera atornillada a los camastros. Dio gritos pasando a la ofensiva, el feroz golpe rompió varios huesos de la mano que sostenía el arma blanca. Un puñetazo de Sálvat dirigido al rostro terminó en la pared, la suciedad del techo cayó con la sacudida. Ahora era Darcmor quien retrocedía ante el gigante de mirada oscura, tropezó derrumbándose entre dos camas. La mano entumecida ya no pudo sostener el cuchillo que cayó a los pies de los esclavos. Sálvat lo tomó, pero lo colgó de su cintura. Con los dientes rechinándoles de terror, Darcmor se abalanzó hacía su enemigo. De un codazo, el Nómada, le partió los labios, haciéndolo estrellarse contra la pared. El gigante rubio lo azotó contra los lechos y luego usó su cabeza de martillo contra los muros, brillantes redondeles rojos aparecieron desordenados contra la pintura. Enloquecido, Darcmor se zafó de la presa del luchador. Los esclavos le impidieron salir, pero logró esconderse bajo las camas. Sálvat prácticamente desintegró los lechos que le daban cobijo. Gritaba, maldecía y golpeaba. Su presencia causó resquemor en todos los presentes. Como si una energía demoníaca fluyese de él, inundándolos a todos.
Pateó a Darcmor en los riñones, su máscara se desprendió. El horrible rostro era menos impresionante que el miedo y la desesperación en los ojos insoportables del entrenador. Sálvat no aguantó esa mirada y metió sus pulgares en las cavidades, sintió la blandura y la humedad de los globos oculares reventándose con la presión. Luego la tibieza de la sangre colmó sus manos. Ya en el paroxismo del odio arrancó las placas de la armadura lastimándose los dedos. Bajo él, el amasijo humano ensangrentado lloraba. Al ver el vello de los pectorales, Sálvat arremetió con el cuchillo. Apuñaló tantas veces que el pecho era un revuelto de piel, carne destrozada y más sangre. Su mano desapareció en el hueco púrpura negrusco. Extrajo el corazón mojado de rojo y con ojos desencajados se dirigió a todos con una voz desconocida.
—Hay que matarlos a todos.
Guiado por un impulso ancestral desconocido, mordió el corazón. Lo ofreció a los otros, pero ninguno se le unió. Acto seguido lo devoró completamente.
Fuera, en la Elipse, la muchedumbre de apestados mutantes ardía con ganas de sudor y sangre. En el ambiente vibraban la locura y la emoción al ritmo de golpes en la tribuna. Los luchadores entraron al área de combate en apretada fila. Al frente iba Nicko vistiendo la armadura de Darcmor, nada traicionaba el engaño pues hasta imitaba la forma de caminar del entrenador.
Palga se mostró inquieta. A pesar de ocultar sus rasgos tras una máscara, lo usual era que no más de veinte combatientes ocuparan el campo. Cuando vio a cincuenta, todos totalmente armados, se dijo que algo no estaba bien. Más aún cuando Sálvat se adelantó a su lacayo Darcmor destrozando todos los protocolos.
—¡Palga! —gritó con toda la energía de sus pulmones— ¡Descendiente de los gobernantes del mundo! ¡Iras a gobernar en el infierno!
Los dardos de los ballesteros apostados, silbaron rasgando el aire para rebotar en los escudos alzados. No les dieron tiempo para recargar, los luchadores se lanzaron sobre ellos como chacales famélicos. Como un dique que se rompe, liberando hectolitros de violencia contenida.
Los esclavos ignoraron los dardos que se clavaban en sus miembros. Los gritos de pavor y agonía de los mutantes apenas eran audibles bajo el griterío de desahogo de los humanos.
El espadón de Sálvat derribaba docenas de enemigos con cada finta. Sus botas aplastaban la patética vida que se arrastraba en su camino.
Mientras avanzaban, los guerreros gritaban estrofas de una canción enseñada por el Nómada. El odio y la pasión remarcaban cada sílaba.
Siempre tomando, nena. Eso esta OK
Lo que están dando quizá no tenga que ver conmigo
Dicen que nunca ganaremos la carrera
¡Siempre la misma falta de futuro golpeando en la cara!
Estamos Clamando Venganza
¡El mundo es un lugar maniatado!
¡Clamando! Clamando Venganza
¡EL mundo esta manchado por la Infamia!
Muchos metros bajo ellos, las mujeres se revelaban ante sus amos, armadas con intensillos de cocina, ollas y palotes.
Los mutantes explotaban como cucarachas bajo los golpes de la venganza, sus huesos se desmenuzaban igual que cáscaras de huevos podridos.
Ellas también rugían su desahogo con cánticos.
Resistirse al sucio poder, es vivir sin temer.
Salirse del molde oficial, ganar o perder.
Desaparecer.
Ganar o perder...
Entre las gradas, Sálvat se topó con Molmo. Fue toda una sorpresa porque no había visto en que momento se había unido a ellos. El cuerpo del negro aparecía cubierto casi totalmente de líquido rojo, su enorme sonrisa respondió a la mirada sorprendida y preocupada del Nómada.
—No es mi sangre, blanquito. Es lo que queda de los que antes me decían esclavo.
Sálvat rió a carcajadas, su risa tenía algo endemoniado. Todos a su alrededor, humanos o mutantes, se paralizaron amedrentados. Sólo la orden del gigante los obligaba a continuar matando.
De cuatro zancadas alcanzó el palco de Palga. No perdió tiempo escuchando las suplicas de su lacayo con cara de roedor, a quien apartó hundiéndole tres palmos de metal filoso. La Regente de la Cueva de Esqueletos se encogió contra el trono. Muchos de los compañeros de Sálvat fueron testigos del encuentro, el Nómada no pronunció una palabra, sus ojos oscuros vibraban con un brillo sobrenatural. Alzó a Palga para azotar su cuerpo contra el piso y arrancarle sin piedad la ropa que convirtió en jirones, pero quedó boquiabierto al descubrir un diminuto pene entre sus piernas. Aquella humillación destrozó el ego de la mutante. Él sonrió como un lobo y la levantó sobre su cabeza para lanzarla contra las alabardas elevadas de sus hombres. El cuerpo de Palga se incrustó en las picas y sus estertores no duraron mucho.
Alrededor había cantidades de cadáveres, Topos destrozados en charcos de sangre pardusca.
Rufto y BIll se le acercaron magullados, pero vivos. El Nómada dio gritos convocándolos a salir de aquel maldito lugar. Todos bajaron a los niveles de las huertas, hacia las salidas.
No dejaron un solo mutante vivo, ni mujeres ni niños. Los humanos formaban un contingente de doscientos individuos, más de la tercera parte había perecido en la revuelta.
El amplio hangar que daba al exterior estaba poblado de coches y camiones desvencijados, muy pocos podían arrancar. Por fortuna, contra una pared había un grupo de bidones con combustible. Entre los vehículos que Hongus requisó estaba la XTX Seiscientos de Sálvat, su vieja amiga, su tesoro.
Naturalmente fue considerado líder de esos doscientos sobrevivientes, poco tardó en corregirlos para que lo llamaran Eríqui, el titulo nómada y bautizar a ese grupo como el Clan de las Hienas.
Con su moto encabezó la caravana, sonriendo con el pelo al viento y pensando en la libertad, en el precio que había costado, las vidas perdidas y la demanda de un guía por parte de sus compañeros esclavos. Muchas veces había sido su intención pertenecer a algo, siempre sin éxito. Podía confiar en su moto, o en su cuchillo. No así en el desierto y mucho menos en la humanidad, lo que quedaba de la humanidad.
Si el rol que, suponían, debía cumplir era el de líder todo poderoso, inescrutable y temible, eso les daría. Nada importaba si lo creía.
No había dioses, ni ningún ser ordenando un universo desatado de furia. Un universo que era su enemigo declarado desde el nacimiento, que sólo le había propinado golpes condenándolo gratuitamente a sufrir y morir.
¿Porqué no ser tan cruel y despiadado como el universo?
¡Al demonio dios y el más allá!
¡Sólo existe mi moto, el rock’n’roll y yo!
|