IV
WAINAMOINEN EN POHJOLA
El viejo, el impasible Wainamoinen, flotó como una rama de abeto durante seis días, durante siete noches de estío, a través del vasto abismo. Delante de él se extiende el húmedo mar; sobre su cabeza fulge el cielo.
Y todavía flota dos noches más, dos de los más largos días. Al fin, al octavo día, tras la noche novena, se sintió fatigado y débil, porque ya no tenía uñas en los pies ni piel sobre los dedos.
Entonces el viejo Wainamoinen dijo: "¡Ay, pobre y desdichado de mí; ay, miserable! Heme aquí, lejos de mi país, despojado de mi antigua mansión, para pasar el resto de mis días bajo la bóveda celeste, arrastrarlo por el espacio sin límites, sobre este mar sin orillas. Frías están para mí las crestas de las olas; doloroso es verse suspendido eternamente a lomos del oleaje".
De pronto, de las colinas de Laponia, de las regiones del nordeste, un águila tendió el vuelo. Con un ala roza el mar, con la otra barre el cielo; su cola se desliza sobre las ondas, su pico rasa las islas. Y vio a Wainamoinen errante sobre la superficie azul del mar.
"¿Qué haces en el agua, oh héroe, qué haces en medio de las olas?".
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Me encuentro así en el agua, errante sobre las olas, por haber ido en pos de la doncella de Pohjola. Rápidamente bordeaba el mar de fundidos hielos, cuando de pronto mi caballo fue alcanzado por una flecha lanzada contra mí. Entonces rodé al mar, caí en medio del agua, para ser aquí mecido, empujado por el viento".
El águila, el ave del aire, dijo: "Cesa de gemir, oh Wainamoinen; monta a mis lomos, entre mis alas; yo te sacaré del agua y te conduciré a donde te plazca. No olvido yo aquellos hermosos días, cuando tú talabas los bosques de Kálevala. Sólo al abedul dejaste en pie para reposo de las aves, para que yo misma encontrase en él mi refugio".
Y el águila condujo a Wainamoinen por el aire, por los caminos del viento, por las anchas rutas de la tempestad, hacia las lejanas fronteras de Pohjola. Allí lo dejó caer, y nuevamente remontó su vuelo hacia las nubes.
El viejo Wainamoinen rompió a llorar, a sollozar ruidosamente sobre la nueva ribera, sobre aquel promontorio desconocido. Cien heridas se abrían en su costado, mil veces la tempestad le había golpeado. Su barba estaba erizada, sus cabellos en desorden.
Dos noches lloró; tres noches lloró, y otros tantos días. Y extranjero en aquellas tierras, no sabía qué camino tomar para volver a su antigua casa, para regresar al lugar de su nacimiento.
La joven sirvienta de Pohjola, la rubia doncella, había hecho un pacto con el sol y la luna. Habían convenido levantarse siempre juntos, despertarse siempre al mismo tiempo.
Un día, sin embargo, se adelantó al sol y la luna. Recogió la basura en un recipiente de cobre, y fue a llevarla al campo más apartado de su techumbre. Allí escuchó unos sollozos que venían del lado del mar, gemidos que llegaban de la otra orilla del río.
Se apresuró a regresar a su casa y dijo: "He oído unos sollozos que venían del lado del mar, de la otra orilla del río".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, la anciana sin dientes, salió apresuradamente al corral, y se puso a escuchar. Después dijo: "Ese llanto no es el de un niño, esos gemidos no son de mujer. Es el llanto de un héroe viril; son gemidos de un mentón erizado de barba".
Y botando al agua su barca, se dirigió a fuerza de remos, hacia el viejo Wainamoinen, hacia el héroe abrumado de dolor. El viejo Wainamoinen lloraba en medio de un marjal inculto, de un intrincado bosque.
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, le dijo: "¿Puedo preguntarte qué clase de hombre eres, oh héroe, y de dónde has venido?".
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Famoso he sido y celebrado antaño, en las veladas, como el hombre de la alegría, el cantor de los valles, en los bosques de Wainola, en las landas de Kálevala. Ahora, ¿qué va a ser de mí, desdichado? Apenas lo sé yo mismo".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, dijo: "Sal de ese cenagal, oh héroe, y dinos tu desdicha; ven a contarnos las aventuras de tu vida".
Y hurtándole a su llanto, a sus desesperados sollozos, lo hizo sentar en su barca. Después, sentándose a su vez en el banco remero, se dirigió a Pohjola, e introdujo en su casa al extranjero.
Allí calmó su hambre, enjugó sus ropas empapadas; le preparó un baño, lavó y friccionó sus miembros devolviéndole sus fuerzas; y le dijo: "¿Por qué lloras tú, Wainamoinen, en este sórdido retiro, a la orilla del mar?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "Razón me sobra para llorar y gemir, porque he sido arrastrado lejos de mi patria, de mi país bien amado, a estas desconocidas regiones, a este extranjero suelo".
Madre Louhi, dijo: "Y bien: ¿qué me das si te devuelvo a tu país, a la puerta misma de tus campos, junto a tu pabellón de baños?".
El viejo Wainamoinen, respondió: "¿Qué pides por devolverme a mi casa, a oír de nuevo la voz del cuclillo, el canto de mi pájaro precioso? ¿Quieres un casco lleno de oro? ¿mi gorra llena de plata?"
Madre Louhi, el ama de casa, dijo: "Oh sabio Wainamoinen, oh runoya inmortal: yo no quiero ni tu oro ni tu plata. Bueno es el oro para jugar los niños, y la plata para sonoro adorno del caballo. ¿Puedes forjarme un Sampo, un Sampo de brillantes aspas? ¿Serías tú capaz de forjarlo con un plumón de cisne, leche de una vaca estéril, un grano de cebada y un copo de lana de una oveja preñada? En premio de tu trabajo yo te daré una doncella, una hermosa virgen, y te volveré a tu país donde el pájaro canta, donde el cuco deja oír su voz".
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "Yo no sabría forjarte un Sampo, un Sampo de brillantes aspas. Pero llévame a mi país, y desde allí te enviaré al herrero Ilmarinen; él te forjará ese Sampo, él tachonará su rueda. Y él enamorará a la doncella y será su alegría. Ilmarinen es un herrero maravilloso, un hábil forjador. Él es quien ha fraguado la bóveda celeste, quien ha martillado la techumbre del aire, sin que los martillazos se noten ni la mordedura de las tenazas".
Madre Louhi, el ama, dijo: "Prometo entregar mi hija, mi hermosa hija, a aquel que me forje el Sampo de brillantes aspas, con un plumón de cisne, con la leche de una vaca estéril, con un grano de cebada y un copo de lana de una oveja preñada".
Y enganchó al trineo su caballo, su caballo de color de sangre; hizo sentar a Wainamoinen, y le dijo: "No levantes la cabeza pase lo que pase, ni te atrevas a incorporarte, a menos que el caballo se detenga fatigado o que la noche te sorprenda. Si levantas la cabeza, si yergues el cuerpo, te traerá desgracia: un día fatal pesará sobre ti".
Después el viejo Wainamoinen lanzó al galope el caballo de las blancas crines, y se alejó con estrépito de la sombría Pohjola.
V
LAS PRUEBAS DE AMOR. LA HERIDA
¡Hermosa era en verdad, la virgen de Pohjola! Era la gloria de la tierra, la gala de las ondas. Estaba sentada en la cúpula del aire, acodada en el arco-iris, resplandeciente en sus blancas vestiduras. Tejía un tisú de oro, con su lanzadera de oro; un tisú de plata, en su telar de plata.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se alejaba de la sombría Pohjola. Apenas había andado una parte del camino, cuando sintió la lanzadera zumbar sobre su cabeza. Levantó los ojos hacia el cielo y divisó un hermoso arco tendido sobre la cúpula del aire; y sobre el arco, una doncella que tejía su tisú de oro, su tisú de plata.
El viejo, el impasible Wainamoinen, frenó de golpe su caballo, tomó la palabra, y dijo: "¡Ven a mi trineo, oh doncella! ¡Desciende, oh doncella, a mi hermoso trineo!".
La doncella dijo: "¿Para qué quieres tenerme en tu trineo, en tu hermoso trineo?".
El viejo, el impasible Wainamoinen respondió: "Quiero llevarte en mi trineo para que me amases las tortas de miel, para que prepares mi cerveza, para que cantes en los escaños de mi casa y seas la admiración de cuantos te vean asomada a mi ventana".
La doncella dijo: "Ayer tarde, cuando corría con ágiles pies sobre la llanura de oro, un zorzal cantaba entre el follaje. Cantaba el alma de las mozas, el alma de las doncellas. Y yo pregunté al pájaro: Dime, zorzal, ¿quién es más dichosa, quién más envidiable: la doncella, que permanece en casa de su padre, o la casada, que vive bajo el techo del esposo?
"Y el zorzal me respondió: Luminoso es el día de estío, pero más luminosa aún la suerte de la doncella; el hierro enterrado en el hielo es frío, pero más fría es aún la suerte de la casada. La doncella vive en casa de su padre como la semilla en una tierra fecunda; la casada vive bajo el techo del esposo como el perro entre cadenas. Raramente el esclavo goza las dulzuras del amor; la casada, jamás".
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "El canto del zorzal carece de sentido. Ven, oh doncella, a mi trineo, a mi hermoso trineo. No soy yo un hombre cualquiera, ni un héroe que valga menos que los otros".
La muchacha respondió maliciosamente: "Te llamaría yo hombre y te tendría por héroe, si eres capaz de partir a lo largo una crin de caballo con un cuchillo sin punta; si haces con un huevo un nudo invisible".
El viejo, el impasible Wainamoinen, partió a lo largo una crin de caballo con un cuchillo sin punta e hizo con el huevo un nudo invisible. Después pidió nuevamente a la doncella que descendiese a su trineo.
La doncella le dijo maliciosamente: "Quizá aceptara ir contigo si sacas de la superficie de una piedra cortezas de abedul; si tallas una afilada estaca en el hielo sin que salten esquirlas, sin que ninguna de las heladas astillas caiga al suelo".
El viejo, el impasible Wainamoinen, no se apuró por eso. Sacó de la superficie de la piedra la corteza de abedul y talló en el hielo una afilada estaca sin que ninguna esquirla saltase, sin que ninguna de las heladas astillas cayese al suelo. Después volvió a llamar a la doncella a su trineo.
La doncella le respondió maliciosamente: "Sólo descenderé hacia aquel que sea capaz de construir un barco con las astillas de mi huso, con los trozos de mi lanzadera, y lo bote al agua sin empujarlo con la rodilla, sin tocarlo con las manos, sin sacudirlo con el brazo, sin dirigirlo con el hombro".
El viejo, el impasible Wainamoinen dijo: "A buen seguro no habrá en la tierra ni en toda la extensión del mundo, ningún constructor de navíos que pueda rivalizar conmigo".
Y tomando las astillas del huso y los trozos de la lanzadera, se puso a construir el navío de mil planchas, sobre una roca de acero, sobre una losa de hierro.
Martillaba con una soberbia confianza en sí mismo, con un agresivo orgullo. Martilló un día, martilló dos días, y martilló casi tres días, sin que el hacha tocase la losa, sin que la cresta de acero tropezase contra la roca. Pero a la tarde del tercer día, la cresta de acero dio contra la roca, el hacha dio contra la losa, y resbaló, y fue a desgarrar la rodilla del héroe y el dedo del pie. Y la sangre corrió, saltó en hirviente chorro.
El viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya eterno, tomó la palabra y dijo: "¡Oh hacha, o media luna de acero: has creído morder leña, has creído labrar el abeto, tajar el pino, hendir el abedul, y has desgarrado mi carne, te has precipitado a través de mis venas!".
Y comenzó a salmodiar sus sortilegios, a cantar las palabras originarias y fundamentales, las runas de la ciencia. Pero no logró acordarse de las más profundas, de las palabras reveladoras del hierro; las únicas capaces de cicatrizar la llaga en carne viva, de curar la herida del azulado acero.
Entonces el héroe fue presa de atroces dolores. Lloró amargamente; después enganchó el caballo al trineo, y se puso nuevamente en marcha.
Tomó el primer camino, se detuvo ante la casa más cercana y gritó a través de la puerta: "¿Hay alguien en esta casa capaz de explorar la obra del hierro, oponer un dique al río que desborda, al oleaje de sangre que se despeña?".
Un anciano de barba gris, tendido en el escaño de la chimenea, le respondió con ronca voz: "Ríos mayores se han encadenado, torrentes más fieros se han domado, con las tres palabras del Creador, con el misterioso poder de las palabras originales. Los ríos han sido detenidos en su desembocadura, los arroyos de las ciénagas en su manantial, las cataratas en medio de su torbellino; han sido colgados los golfos entre las puntas de los promontorios, y los istmos han sido confundidos con los istmos".
El viejo, el impasible Wainamoinen, descendió solo de su trineo, sin apoyo de nadie, y penetró bajo el techo del anciano.
Se le trajo un recipiente de plata, un recipiente de oro; pero entre los dos no pudieron contener la sangre que desbordaba de la herida de Wainamoinen, la sangre hirviente del noble héroe.
El anciano clamó desde la chimenea con ronca voz: "¿Qué hombre eres tú, pues, entre los hombres, qué héroe entre los héroes? Ya siete toneles, ya ocho grandes cubas están llenas de tu sangre, oh desdichado, y todavía desborda sobre el piso. Mis palabras no bastan, necesitaría otras; pero yo no conozco el origen del hierro, no sé cómo ha sido formado el miserable metal".
El viejo Wainamoinen dijo: "Yo conozco el origen del hierro, yo creo saber la procedencia del acero.
"El aire es el más antiguo de los elementos; después vino el agua, después el fuego, y finalmente el hierro.
"Ukko, el creador altísimo, el arbitro supremo del tiempo, separó el aire del agua, y del agua sacó la tierra. Pero el hierro no había aparecido aún.
"Ukko, el glorioso Jumala, frotó con sus manos su rodilla izquierda. Y de ese frotamiento nacieron tres vírgenes, tres hijas de la naturaleza. Ésas eran las madres que debían concebir el hierro, dar a luz el azulado metal.
"Las tres doncellas marchaban cadenciosamente por las orillas de una nube. Sus pechos estaban hinchados, dolorido el botón de los senos; y derramaron su leche sobre la tierra, inundando las llanuras y los marjales, mezclándola a las límpidas ondas.
"La mayor de las vírgenes vertió una leche negra, la segunda una leche blanca, la tercera una leche roja.
"La que vertió la leche negra hizo nacer el flexible fuego; la que vertió la leche blanca hizo nacer el acero; la que vertió la leche roja hizo nacer el hierro tenso y duro.
"Poco tiempo después, el hierro quiso hacer una visita al más viejo de sus hermanos, quiso trabar amistad con el fuego. Pero el fuego se entregó a un insensato furor, levantándose en espantosas llamas y amenazando devorar al hierro, al pobre hierro, su hermano.
"Pero el hierro logró escapar a su terrible abrazo, a sus exasperadas fauces, y fue a ocultarse en el fondo de un rumoroso manantial, en las entrañas de una profunda ciénaga; y en la cima de una roca salvaje, donde los cisnes depositan sus huevos, donde la oca empolla sus polluelos.
"Y así permaneció, en el húmedo fango del pantano, oculto entre los troncos de dos arbustos, entre las raíces de tres álamos blancos, durante un año, durante dos años, durante casi tres años. Pero, a pesar de todo, no consiguió escapar al inexorable abrazo del fuego. Y hubo de retornar a su solar, para ser convertido allí en arma de combate, en temible cuchilla."
El anciano exclamó con ronca voz, desde la chimenea: "Ahora conozco el origen del hierro, las mañas del acero. ¡Maldición sobre ti, lamentable hierro, pobre y vil escoria! ¡maldición sobre ti, fatal acero, que sólo has venido al mundo a desplegar entre nosotros tu violencia y tu maldad!
"¡Ven a contemplar lo que has hecho, ven a borrar las huellas de tu crimen!
"¡Y tú, cesa de manar, oh sangre! ¡cesa, oh caliente sangre, de borbotar sobre mí, inundándome el pecho!
"¡Oh Ukko, creador altísimo, oh celeste Jumala! ¡acude a mis súplicas, socórrenos! Cierra con tu pesada mano, con tus anchos pulgares, este tremendo desgarrón, esta llaga en carne viva. ¡Tapa con un lirio de oro este río de sangre, tápalo con una hoja de nenúfar, para que cese de chorrear sobre mis barbas, empapando mis vestidos!"
Y el anciano tapó con sus manos la sangrienta hendidura, encadenó el rojo torrente. Después envió a su hijo a la fragua a preparar un bálsamo; un bálsamo hecho de simiente de yerba, del tallo de mil plantas saturadas de miel.
El hijo del anciano probó el bálsamo en las hendiduras de las piedras, en las grietas de las rocas. Las hendiduras se cerraron, las grietas fueron colmadas. Entonces llevó a su padre el bálsamo así preparado.
"He aquí el remedio seguro, el remedio infalible; con él puedes soldar las piedras y ensamblar las rocas."
El anciano probó el bálsamo con su lengua, con su boca sin dientes; y lo encontró bueno.
Y frotó el cuerpo de Wainamoinen, ungió su llaga en todos sentidos, y dijo: "No te toco con mi propia carne sino con la carne del Creador; no te curo con mis propias fuerzas, sino con las fuerzas del Todopoderoso".
Cuando el bálsamo fue extendido sobre la herida, Wainamoinen fue presa del vértigo; se tambaleó como un hombre ebrio, a punto de desplomarse.
El anciano trató de conjurar el dolor. Después preparó un lienzo de seda, lo cortó en tiras haciendo un vendaje para fijar el ungüento en la rodilla del héroe, en el pie de Wainamoinen.
De repente el viejo Wainamoinen se sintió milagrosamente aliviado, y pronto su curación fue completa. Su herida se cerró, su carne cobró más vigor y belleza que nunca; su pie recobró la fuerza, su rodilla la flexibilidad; y no volvió a experimentar ningún dolor.
Entonces elevó al cielo su mirada majestuosa, y dijo: "Las gracias y el socorro bienhechor siempre vienen del alto cielo, del Creador todopoderoso. ¡Bendito seas, oh Jumala! ¡glorificado seas, oh dios único, tú que tan eficazmente me has protegido en medio de mi angustia, de los dolores causados por la mordedura del hierro!"
Y el viejo Wainamoinen añadió aún: "¡Oh raza del porvenir, raza que eternamente te renuevas en el seno de las edades! ¡guárdate de construir un navío con el corazón lleno de orgullo! ¡guárdate de mostrar una excesiva confianza, ni aun cuando hayas de labrar uno solo de sus costados! ¡Sólo a Jumala, sólo al Creador le es dado terminar toda obra, dar la última mano a un proyecto, y no a la destreza del héroe, a la pujanza del fuerte!"
VI
EL HERRERO ILMARINEN
El viejo, el impasible Wainamoinen, enganchó su leonado corcel al trineo, a su hermoso trineo. Después tomó asiento y se puso en marcha.
Lleva gacha la cabeza, triste el corazón, ladeada la gorra. Porque, para salvar su vida, para librar su cabeza, ha prometido enviar al herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, a la sombría tierra de Pohjola.
Ya se detiene el caballo en la linde de Kálevala. Wainamoinen asoma la cabeza y oye retumbar, en el interior de la fragua, el martillo del herrero.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se encaminó hacia allá. Ilmarinen, sin abandonar su trabajo, dijo al héroe: "Oh viejo Wainamoinen ¿dónde has permanecido tanto tiempo? ¿dónde has pasado tan larga ausencia?".
El viejo, el impasible Wainamoinen respondió: "He permanecido tanto tiempo, he dejado transcurrir tan larga ausencia en la sombría Pohjola".
Ilmarinen dijo: "Oh viejo Wainamoinen, oh runoya eterno ¿qué cuentas de tus viajes al retornar a tu país?".
El viejo Wainamoinen dijo: "Mucho traigo que contar. Hay en Pohjola una doncella que no está prometida aún a ningún hombre, que aún no ha sentido ternura por ningún héroe. Media Pohjola celebra sus encantos, porque es maravillosamente bella.
"Ve tú, pues, oh Ilmarinen, oh forjador inmortal; ve tú a buscar a la doncella, a la virgen de las hermosas trenzas. Si eres capaz de forjar un Sampo de brillantes aspas, te será entregada en premio a tu trabajo".
Ilmarinen dijo: "¿Es decir, oh viejo Wainamoinen, que me has prometido a la sombría Pohjola como rescate de tu propia cabeza, como prenda de tu liberación? ¡No! mientras dure esta larga vida, mientras la luna alumbre el mundo con su antorcha de oro, no seré yo quien vaya a los ámbitos de Pohjola, a las regiones donde se devora a los hombres, donde los héroes son exterminados".
Entonces el viejo Wainamoinen levantó la voz y entonó un canto de sortilegio. Invocó al violento viento, al torbellino de la tempestad, y le habló así: "Arrástrale, o viento, a tu navío; arrástrale, soplo de la primavera, a tu barca. ¡Y llévale rápidamente hasta la sombría Pohjola!"
El viento se desencadenó furioso, el aire se levantó en torbellino, y arrastró consigo al herrero, y lo llevó hacia la sombría Pohjola.
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, la anciana sin dientes, encontró al herrero en el corral de su casa, y le dijo: "¿Qué hombre eres tú entre los hombres, qué héroe entre los héroes, tú que así llegas por los caminos del viento, con el aliento de la primavera, sin que los perros te hayan denunciado, sin que los colas lanudas hayan ladrado?"
Ilmarinen respondió: "Es que tampoco he venido yo a estas extrañas tierras, a estas desconocidas regiones, para servir de pasto a los perros, para ser devorado por los colas lanudas".
El ama de casa de Pohjola interrogó de nuevo al viajero: "¿Has conocido acaso al herrero Ilmarinen, has oído hablar del hábil forjador? Hace tiempo que es deseado y esperado en Pohjola".
Ilmarinen respondió: "Conozco, en efecto, a ese herrero, porque Ilmarinen soy yo mismo; yo soy el hábil forjador".
Madre Louhi entró en seguida en la casa y dijo: "¡Oh mi hija menor, la más querida de mis hijas: hora es de que te pongas tus hermosas vestiduras, tus más espléndidos adornos! ¡Orna tu cuello con un brillante collar, tu pecho con una radiante fíbula, tu frente con una diadema de flores! ¡Que tus mejillas se enciendan de púrpura, que todo tu cuerpo resplandezca! ¡Porque aquí está Ilmarinen, el herrero, el forjador inmortal! ¡Ha venido a forjar el Sampo de espléndida cubierta!"
La bella virgen de Pohjola, la gloria de la tierra, honra de las ondas, se puso sus más bellos vestidos, sus mejores joyas. Y se presentó en la cámara familiar, brillantes sus ojos, ornadas sus orejas, encendidas sus mejillas, bello su rostro. Los adornos de oro esmaltan su pecho, los adornos de plata, su cabeza.
Entonces el ama de Pohjola introdujo al forjador Ilmarinen en la casa. Lo regaló con diversos manjares, con abundante cerveza. Y cuando hubo saciado su hambre y su sed. le dijo: "¡Oh herrero Ilmarinen, oh forjador inmortal! ¿eres tú capaz de forjarme un Sampo de brillantes aspas, con el plumón del cisne, con la leche de una vaca estéril, con un grano de cebada y el copo de lana de una oveja preñada? Yo te daré a mi hija, a mi hermosa hija, en premio a tu trabajo".
Ilmarinen respondió: "Sin duda soy capaz de forjar el Sampo de espléndida rueda. Porque yo soy quien ha forjado la bóveda celeste, quien ha tachonado las cúpulas del aire, cuando nada en el mundo había sido comenzado, cuando no existía aún el más pequeño átomo".
E Ilmarinen salió para ir a forjar el Sampo de brillantes aspas. Buscó en primer lugar una fragua y útiles de herrería; pero allí no había ni fragua, ni fuelle, ni lumbre, ni yunque, ni martillo, ni siquiera un mango de martillo.
Buscó un día y otro día; al tercer día encontró una losa multicolor, un denso bloque de piedra. Allí se detuvo y encendió el fuego. Al día siguiente había dispuesto un fuelle. Al otro día ya la fragua estaba en marcha. Y llenó el hogar con las materias elementales. E hizo venir esclavos para soplar, hombres fuertes para trabajar.
Los esclavos soplaron sin descanso, los fuertes obreros trabajaron durante tres días, durante tres noches de estío. Las piedras se hinchaban bajo sus talones, los bloques roqueros se recalentaban bajo sus pies. Los vientos se desencadenaron con furia, soplando del este y del oeste, del norte y del sur. La llama de la forja sale por las ventanas, centellean las chispas, el humo se eleva hasta el cielo en espesa nube.
Al final del día tercero Ilmarinen se inclinó sobre la hornilla, y vio que el Sampo había aparecido, que las brillantes aspas se habían formado.
Y empezó a trabajarlo con ardor, a martillarlo con fuerza, a labrarlo con arte. Por un lado era un molino de harina; por otro lado era un molino de sal; por el otro era un molino de oro.
El nuevo Sampo comenzó a dar vueltas y se puso a moler. Comenzó su trabajo al nacer el día: un cofre molió para ser comido, otro para ser vendido, y otro para ser guardado.
El ama de casa de Pohjola saltaba de alegría. Y corrió con el Sampo hacia su casa. Lo ocultó en las entrañas de una roca de cobre, a una profundidad de nueve brazas, bajo nueve llaves. Enterró una de sus raíces en la tierra, otra en el agua y la tercera en la colina donde estaba construida su casa.
Entonces el herrero Ilmarinen reclamó a la doncella: "Ahora la joven virgen me pertenece, pues he forjado el Sampo, el Sampo de espléndida cubierta". La hermosa doncella de Pohjola dijo: "¿Quién haría cantar al cuco el año próximo, quién haría gorjear a los pájaros de estío, si la paloma ha de marcharse, si el fruto de las entrañas de mi madre ha de partir, si el fruto en flor ha de desaparecer? El cuco huiría lejos, los pájaros de la alegría desertarían de las cumbres de mis colinas, de los hombros de esta cadena de montañas. ¡No! y aunque así no fuera, tampoco partiré, no abandonaré mi vida de doncella".
El herrero Ilmarinen, el forjador inmortal, fue presa de una gran tristeza. Su corazón estaba oprimido, su cabeza baja, su gorra caída de lado. Reflexionaba en su interior, preguntándose cómo haría para abandonar la sombría Pohjola, para tornar a su casa, a su bien amado país.
Madre Louhi, le dijo: "¿Por qué estás triste, oh Ilmarinen? ¿Añoras tu antigua patria?".
Ilmarinen respondió: "Sí, suspiro por mi antigua patria; quisiera volver a ver mi casa, y morir allá y ser allá enterrado".
Madre Louhi sirvió al héroe de comer y beber. Después le hizo sentar en una barca, junto al timón ornado de cobre. E invocó al viento, al viento del norte, y le ordenó soplar fuertemente.
Así se lanzó el herrero Ilmarinen sobre el mar azul. Bogó un día y otro día; al tercer día llegó a su país, a su casa natal.
El viejo Wainamoinen le dijo: "¡Oh hermano Ilmarinen, oh herrero inmortal! ¿has forjado el nuevo Sampo, has tachonado las brillantes aspas?"
Ilmarinen respondió: "Sí, ya el nuevo Sampo ha empezado a moler; la brillante rueda ha comenzado a dar vueltas: un cofre molió para ser comido, otro cofre molió para ser vendido; y un tercer cofre para ser guardado".
VII LEMMIKAINEN EL AVENTURERO
Hora es ya de hablar de Athi Lemmikainen, de cantar al bullicioso y astuto mozo.
Athi, el bullicioso hijo de Lempi, fue educado por su dulce madre en una casa construida a orillas del ancho golfo, detrás del promontorio de Kauko.
Allí creció Kaukomieli, nutriéndose de peces, hasta llegar a ser un hombre entre los hombres, un héroe de hermoso rostro, de tez rosada y fresca, erguida cabeza, noble y soberbio el ademán. Pero tenía un pequeño defecto, una costumbre poco digna de elogio: siempre vivía en pos de las mujeres, pasando sus noches a la caza de aventuras, frecuentando las alegres veladas de las mozas, los ruidosos juegos de las de largas trenzas.
Y sucedió que había en la isla de Saari una rubia doncella, una radiante flor, llamada Kylliki. Crecía y se hacía mujer en la ilustre casa de su padre, sentada en el escaño de honor.
Y la fama de su belleza voló a lo lejos; y de todas partes acudieron pretendientes a solicitar su mano. El bullicioso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, concibió el proyecto de ir también él a pretender a la doncella, la de las largas trenzas, la graciosa flor de Saari.
Su madre trató de disuadirle, queriendo retenerle a su lado: "Guárdate, hijo mío, de pretender a quien es de más noble estirpe que la tuya. De ningún modo serías admitido en la ilustre familia de Saari".
El travieso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, respondió: "Si no pertenezco a una ilustre casa, si no desciendo de una alta estirpe, yo me haré agradable por mi rostro, yo sabré seducir sin otros méritos que los de mi persona".
Y enjaezó su caballo, lo unció al trineo, y partió con estruendo, para ir a solicitar la mano de la graciosa flor, de la hermosa doncella de Saari.
Pero en el momento en que hacía su pomposa entrada en la isla, su hermoso trineo volcó inesperadamente. Las mujeres se echaron a reír burlándose de él.
Entonces el jovial Lemmikainen rechinó los dientes, irguió la cabeza, sacudió su oscura melena y dijo: "Nunca había visto ni esperaba oír que una mujer se riera de mí, que me hiciera mofa, una mozuela".
Y sin cuidarse gran cosa de lo que pasaba a su alrededor, levantó la voz y dijo: "¿Hay un lugar en Saari, un lugar donde yo pueda participar en los juegos de las muchachas, danzar con las de largas trenzas?"
Las muchachas de Saari, las vírgenes del promontorio, contestaron: "Sin duda encontrarás entre nosotras lugar para juzgar y retozar como el pastor en el claro del bosque, como el zagal sobre el heno de la pradera. Las mozas de Saari son delgadas; aquí sólo son gordos los caballos".
El bullicioso Lemmikainen no se mortificó poco ni mucho por el tono de la respuesta. Aceptó una plaza de pastor, y durante todo el día cuidaba los rebaños; pero por las noches frecuentaba los alegres corrillos de las muchachas, los alocados juegos y los risueños pasatiempos de las de largas cabelleras.
De esta manera el jovial Lemmikainen, el bello Kaukomieli, acabó con las burlas de las bromistas; y pronto no hubo doncella en toda la isla, aun entre las más castas y tímidas, a la cual no hubiera prodigado sus caricias, y con la cual no hubiera compartido su lecho.
Sólo una le faltaba, una virgen que ningún pretendiente había logrado rendir, que ningún hombre había podido subyugar: era la bella Kylliki, la graciosa flor de Saari.
El alegre, el hermoso Kaukomieli, gastó cien pares de zapatos y cien pares de remos en perseguir a la bella, cortejándola. La bella Kylliki le dijo: "¿Qué haces tú aquí miserable? ¿Por qué, vil gorrión, correteas nuestra isla, de cháchara con las mozas, siempre detrás de los lindos talles? ¡Nada quiero yo con locos mozalbetes, con turbulentos libertinos! Quiero por esposo un hombre digno y serio como yo; quiero para mi belleza orgullosa otra belleza más orgullosa aún; quiero para mi noble sangre una sangre aún más noble".
Transcurrió algún tiempo, dos semanas apenas; y un buen día, un lindo atardecer, las doncellas de Saari danzaban y retozaban alegremente en un claro del bosque, entre los floridos brezos. Kylliki estaba a la cabeza de ellas, como la más ilustre y hermosa.
De repente la llegada de Lemmikainen las sorprendió, apareciendo en su trineo tirado por fogoso caballo. Raptó a Kylliki y la obligó a sentarse a su lado, en el banco de tablillas. Después hizo restallar su látigo sobre los ijares del corcel.
Kylliki vertía amargas lágrimas, la flor de Saari se lamentaba: "Déjame partir, devuélveme mi libertad para tornar a mi casa, junto a mi madre desolada".
Pero Lemmikainen no dejó partir a la bella Kylliki, y le dijo: "¡Oh, Kylliki, perla de mi corazón, dulce y querida amiga, no te aflijas así! No quiero yo hacerte mal alguno. Tú te apoyarás sobre mi pecho al comer, en mi brazo al pasear, cuando me detenga estarás a mi lado, y cuando duerma serás la compañero de mi lecho.
"¿Acaso te desconsuela, y por eso tus lamentos, que no pertenezca yo a una alta estirpe, que mi casa no sea lo bastante ilustre? Si no desciendo de elevada estirpe, si mi casa no es bastante ilustre poseo en cambio una flamígera espada, un acero del que saltan relámpagos. ¡Mi espada sí es de noble sangre, de encumbrado origen! Con ella ilustraré mi nombre. ¡Yo extenderé lejos mi fama, con mi cuchilla de punta de fuego, con mi acero chispeante!"
La pobre Kylliki lanzó un suspiro y dijo: "¡Oh Athi, hijo de Lempi! si quieres tener por esposa a una doncella como yo, por compañera de tu vida, has de prometerme con juramento eterno, has de jurarme no emprender jamás ninguna expedición guerrera, ni para conquistar oro ni para amontonar plata".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Júrame a tu vez que no volverás a corretear por el pueblo, aunque ardas en deseos de retozar y de entregarte a la danza".
Y Lemmikainen y Kylliki juraron juntos, el uno no ir a la guerra, y la otra no corretear por el pueblo, cambiando sus juramentos, sus eternas promesas, en presencia del dios revelado, del todopoderoso Jumala.
El jovial Lemmikainen llegó al fin a su casa, junto a su madre muy amada, la que lo amamantó a su pecho. La anciana le dijo: "Mucho tiempo has permanecido, hijo mío, sí, mucho tiempo, en tierra extraña".
El jovial Lemmikainen respondió: "Tenía que vengarme de las burlas de las mozas, de las risas de las castas doncellas, que habían hecho pública mofa de mí. Y me he vengado raptando a la más bella, llevándome en mi trineo a la mejor de todas".
La anciana dijo: "Glorificado seas, oh Jumala, alabado seas, oh único creador, ya que me has enviado una nuera, una encantadora nuera, hábil en encender la lumbre, experta en tejer el lino, en hilar la lana y en lavar la ropa. Y tú, hijo mío, ensancha tu habitación, agranda las ventanas, levanta nuevas paredes y puertas, engalana toda la casa; porque eres el dueño de una hermosa doncella, de una doncella mejor que tú, más noble que todos los de tu raza".
Athi Lemmikainen, el bello Kaukomieli, vivió largos días en dichosa unión con la joven. Ni él salía a la guerra, ni Kylliki correteaba por el pueblo.
Pero sucedió que un día, una mañana, Athi Lemmikainen salió de pesca, y no regresó a la tarde, ni a la caída de la noche. Entonces Kylliki salió por el pueblo, y fue a mezclarse en los alborozados juegos de las mozas.
Ante tal noticia, el joven Athi, el bullicioso Lemmikainen, fue presa de una larga y fuerte cólera, y dijo: "Oh mi anciana madre: moja mi camisa en el veneno de una negra serpiente y ponía a secar en seguida, porque quiero partir a la guerra; quiero lanzar una correría contra los hogares de Pohjola, donde viven los hijos de los Lapones. Ya que Kylliki ha abandonado la casa y corretea por el pueblo, mezclándose en los corrillos de las mozas, en los alborozados juegos de las de larga cabellera".
La joven Kylliki se apresuró a responder: "¡Guárdate de ir a la guerra, mi querido Athi! Mientras dormía profundamente he tenido un sueño: el fuego bramaba alrededor nuestro como el horno de una fragua, las llamas se elevaban en torbellino tempestuoso lamiendo los muros exteriores; después invadían bruscamente la casa, como una salvaje catarata, corriendo de ventana a ventana, saltando desde el suelo a la techumbre".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No creo en sueños de mujer, ni más ni menos que en sus juramentos. Dame, madre mía, mi camisa y mi armadura de guerra. ¡Quiero beber la cerveza del combate, quiero gustar la dulce miel de las batallas!"
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, comenzó a peinar sus largos cabellos; después colgó el peine en la viga maestra del hogar, y alzó la voz, diciendo: "Cuando el golpe mortal hiera a Lemmikainen, cuando la desgracia haya abatido al infortunado héroe, este peine destilará sangre; la sangre correrá por él en rojos arroyos!"
Y contra la prohibición de su madre, contra los consejos de aquella que lo amamantó, el alegre Lemmikainen se dispuso a partir hacia la sombría Pohjola.
Se cubrió con una cota de hierro, ciñó su tahalí de acero, y dijo: "Más seguro está el héroe en su coraza, más poderoso en su cota de hierro, más audaz con su tahalí de acero. Así puede afrontar los malos hechiceros, puede reírse de los débiles y aun desafiar a los más fuertes".
Tomó su espada de afilada punta, su espada templada en la morada de los dioses, la metió en la vaina y la ciñó a su costado. Después lanzó un mágico silbido, y de pronto, del fondo de un bosquecillo, un caballo acudió, un corcel de crines de oro y encendida pelambre. El héroe lo enganchó a su trineo, a su hermoso trineo, después montó, hizo restallar su látigo ornado de perlas y partió como una centella. Bracea el caballo, se desliza el trineo, el camino se borra, retumban los campos de oro y las malezas de plata...
Lemmikainen caminó un día y otro día. Al tercer día llegó a Pohjola. Se detuvo ante la primera casa y lanzó una furtiva ojeada al interior. Estaba llena de "tietajat", de poderosos magos, de sabios adivinos, de hábiles encantadores, cantando todos las runas de Laponia.
El bullicioso Lemmikainen tomó otra forma y penetró audazmente en la vivienda.
El ama de la casa suspendió su trabajo y dijo: "Ahora mismo había aquí un perro, de color rojizo, un devorador de carne, un quebrantahuesos, un chupador de sangre cruda. ¿Qué hombre eres tú, pues, entre los hombres, qué héroe entre los héroes, que has podido cruzar ese umbral sin que el perro te haya oído, sin que te haya sentido el ladrador?".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No he venido yo aquí con mi ciencia y mi destreza, con mi poder y mi sabiduría, con la fuerza y las virtudes mágicas que heredé de mi padre y las runas protectoras que aprendí de mi raza, para ser devorado por tus perros, para ser pasto de tus ladradores".
"Cuando yo era niño mi madre me bañó tres veces en el agua una noche de estío, y nueve veces una noche de otoño, para que me hiciese un "tietaja" poderoso, un encantador famoso en mi tierra y en el mundo entero".
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, comenzó a vociferar sus salvajes runas, desplegando su maravilloso poder. Saltaban chispas de sus vestidos de piel, sus ojos fulminaban llamas.
Hechizó a los jóvenes, hechizó a los viejos, hechizó a los hombres maduros. Sólo a uno desdeñó: un viejo pastor de apagados ojos.
El viejo pastor dijo: "Oh alegre hijo de Lempi, tú has encantado a todos, mozos y viejos y hombres maduros ¿por qué me has dejado a mí?".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Te he dejado aparte porque ya eres bastante horrible a la vista, porque, sin que yo te haga nada, ya eres bastantes repugnante. Porque en tu juventud, cuando no eras más que un miserable pastor, tú has deshonrado a tu hermana, has violado a la hija de tu madre. Y lo mismo has profanado a tus jóvenes yeguas en el marjal, en el ombligo de la tierra, allí donde las aguas fangosas se pudren".
El viejo pastor, al oír esto, fue presa de una violenta cólera. Salió de la casa y se dirigió a la orilla del río Tuoni, de la catarata sagrada. Y allí quedó a la espera, espiando la hora en que Lemmikainen abandonase Pohjola para tornar a su patria.
El jovial Lemmikainen dijo al ama de la casa: "Ahora, vieja, tráeme aquí a tus hijas; quiero elegir para mí a la mayor, la más bella de todas".
La anciana respondió: "No te entregaré a ninguna de mis hijas, ni la mayor ni la más pequeña, ni la más bella, ni la más fea, porque tú ya tienes mujer; una legítima esposa en tu casa".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Yo encadenaré allá a Kylliki; la ataré a otros umbrales, a otras puertas. Y encontraré aquí una esposa mejor. Tráeme, pues, a tu hija, la más encantadora de las vírgenes, la más perfecta de las largas cabelleras".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, dijo: "No te entregaré a mi hija, no te entregaré a la núbil desposada, a menos que seas capaz de matar de un solo golpe, con una sola flecha, al cisne del torrente salvaje, el ave del río de Tuoni el de las negras ondas".
El bullicioso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, se encaminó al lugar donde nadaba el cisne, donde jugaba el largo cuello, junto al río de Tuoni el de las negras ondas.
Avanzaba con firme paso, el rápido arco colgado al hombro y la aljaba llena de flechas a la espalda.
El viejo pastor de mortecinos ojos, esperaba a la orilla del río de Tuoni, junto a la catarata sagrada, mirando en torno suyo y espiando la llegada de Lemmikainen.
Pronto lo vio acercarse. Entonces sacó del fondo de las aguas una monstruosa serpiente y la lanzó al corazón del héroe atravesándole desde la axila izquierda hasta el hombro derecho.
El bullicioso Lemmikainen se sintió mortalmente herido, y clamó: "Desdichado de mí, que olvidé pedir a mi madre, a la que me llevó en su seno, dos o tres palabras siquiera para los grandes peligros. ¡Oh madre mía, si supieras donde se halla ahora tu infortunado hijo, seguro que correrías en mi ayuda; vendrías a arrancarme a la muerte, a impedirme morir, tan mozo aún, en este funesto viaje!"
El anciano de Pohjola, el pastor de los mortecinos ojos, precipitó al hijo de Kálevala en los abismos del río de Tuoni el de las negras ondas, en el más letal torbellino de la catarata. Y el alegre Lemmikainen rodó al fondo con estrépito, en medio de las olas espumantes, hasta las profundidades insondables. Entonces el sangriento hijo de Tuoni hirió al héroe con su espada de acerada punta y fulgurante hoja, y dividió su cuerpo en cinco, en ocho trozos, y los diseminó entre las fúnebres ondas de Manala, diciendo: "Anda ahora, flota para siempre jamás en estas aguas, con tu arco y tus flechas, y atrévete a disparar contra los cisnes de mi río, las aves que se hospedan en mis orillas".
Así acabó el jovial Lemmikainen; así terminó la aventura del temerario pretendiente, en el negro río de Tuoni, en los abismos de Manala.
La madre del bullicioso Lemmikainen medita y se pregunta sin cesar, en su casa: "¿Adonde habrá ido Lemmikainen? ¿dónde habrá desaparecido Kaukomieli, ya que nadie sabe si ha retornado de su viaje por el vasto mundo?"
La pobre madre, la nodriza infortunada, ignoraba por dónde erraba su propia carne, su propia sangre: si entre las colinas cubiertas de yemas, las landas erizadas de brezos, las olas del espumoso mar, o en el seno de las batallas, de los feroces combates, donde la sangre salta al golpe de la espada y corre a chorros hasta las rodillas.
La bella Kylliki, impaciente, escudriñaba todos los rincones en la casa del héroe aventurero. Noche y día contemplaba el peine del esposo. Hasta que un día, una mañana, vio que destilaba sangre, que la sangre manaba por él en ríos rojos.
La bella Kylliki exclamó: "¡Ay de mí! he perdido a mi esposo. Mi hermoso Kaukomieli ha desaparecido en los lejanos desiertos, en las rutas inhospitalarias, en los senderos desconocidos. El peine destila su sangre, su sangre que mana a borbotones".
Entonces la madre de Lemmikainen acudió a mirar el peine, y rompió a llorar amargamente diciendo: "¡Pobre de mí, infortunada en todos mis días, desdichada para toda mi vida! Mi pobre hijo ha sido herido por su cruel destino, mi desgraciado hijo ha muerto. ¡Sí, muerto está Lemmikainen, puesto que su peine destila sangre; puesto que la sangre corre por él en rojos borbotones!"
Y arrollando al brazo los pliegues de sus vestiduras, se puso inmediatamente en camino con impetuoso ardor. Las colinas se allanan y los valles se llenan a su paso. Así llegó a las tierras de Pohjola, y preguntó decidida por su hijo: "Dime, madre Louhi, ¿qué has hecho de mi hijo? ¿dónde ha sido hallado muerto Lemmikainen?"
Madre Louhi, el ama de casa, respondió: "Nada sé de tu hijo. Ignoro adonde fue y dónde se perdió. Yo lo dejé en su trineo, un trineo arrastrado por un fogoso caballo. Tal vez se haya ahogado bajo una avalancha de nieve o haya muerto de frío entre los hielos del mar. Tal vez ha ido a caer en las fauces del lobo o bajo la terrible dentellada del oso".
La madre de Lemmikainen dijo: "¡Mientes con toda tu alma! Ni el lobo es capaz de devorar a mi hijo, ni el oso se atrevería a tocar a Lemmikainen; sus dedos, sus manos, le sobran para dominarlos. Si te niegas a decirme qué has hecho de mi hijo, yo descuajaré las puertas del granero donde secas tu cebada, yo haré pedazos las visagras de tu Sampo".
Madre Louhi, el ama de casa, dijo: "No hagas tal, yo te diré la verdad: le he ordenado buscar el cisne, apoderarse del ave sagrada. Y no sé qué habrá sido de él, porque ni yo le he vuelto a ver ni él ha vuelto a reclamar a su prometida".
La madre de Lemmikainen se entregó a la busca del hijo muy amado, del hijo desaparecido. Corre como el lobo a través de los inmensos marjales, como el oso a través de las tundras; como la nutria, bucea en las aguas hondas; cruza los campos como el jabalí, los ribazos como la liebre, los escarpados promontorios como el puerco-espín. Avenía las piedras a su paso, aparta los troncos de los árboles y las espesas malezas, doblega con el pie los retallos de abeto. Y busca y busca siempre sin hallar.
Se dirige a los árboles preguntándoles por su hijo desaparecido. Y los árboles alzan su voz, los abetos suspiran, las encinas responden sabiamente: "Bastante tenemos nosotros con nuestros propios males, sin cuidarnos de tu hijo. Hemos sido creados por un destino cruel, traídos a una desdichada vida. Se nos tala, se nos corta en pedazos para alimentar la lumbre de la chimenea, para calentar la estufa; se nos prende fuego para despejar la tierra que ocupamos".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. Y habla al camino que se abre a sus pies: "Oh, tú, camino trazado por Dios: ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
El camino le respondió sabiamente: "Bastante tengo yo con mis males para pensar en tu hijo. Mi destino es cruel, tristes mis días. He nacido para ser pisoteado por los perros, triturado por las ruedas de las carretas, machacado por las groseras botas, hollado por los pesados talones".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. Ve aparecer la luna y se prosterna ante ella: "Oh bienhechora luna, hija de Jumala, ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
La luna le responde sabiamente: "Bastante tengo yo con mis males para cuidarme de tu hijo. Mi destino es cruel, duros mis días. He nacido para vagar solitaria en el seno de la noche, para arder entre los rigurosos fríos, para velar sin descanso en los inacabables inviernos, para desaparecer en cuanto el estío asoma".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. El sol sale a su encuentro, y se arrodilla ante él: "Oh sol creado por Dios ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
Y el sol, que algo sabe, le responde con dulzura: "Tu hijo, tu pobre hijo, está muerto y enterrado en el negro río de Tuoni, en las ondas eternas de Manala. Ha rodado por los espumosos torbellinos, hasta lo más profundo de los abismos".
La madre de Lemmikainen derramó amargas lágrimas. Y regresó a la fragua del herrero: "¡Oh Ilmarinen, tú que forjabas antaño, que forjabas ayer y que aun hoy sigues forjando: hazme un rastrillo de mango de cobre y dientes de hierro; de dientes de cien brazas de largo, de mango de quinientas brazas!"
Ilmarinen, el inmortal forjador, forjó un rastrillo de mango de cobre y dientes de hierro; de dientes de cien brazas, de mango de quinientas brazas.
Y la madre de Lemmikainen empuñó el rastrillo y se encaminó al río de Tuoni. Sumergió su rastrillo en la brama del torrente, rastreando entre las agitadas ondas, pero sin lograr su propósito. Entonces se internó ella misma en las profundas aguas, en el caudaloso río, hasta las rodillas, hasta la cintura.
El rastrillo recorre todo el río de Tuoni. Lo retiró una vez, lo retiró dos veces, y a la tercera vez sacó la cota de hierro, y las calzas y la gorra del infortunado héroe, pobres objetos que renuevan su dolor amargo.
Penetró más aún, hasta los últimos abismos de Manala. Allí, después de haber arrastrado tres veces su largo rastrillo, después de haber rastrillado a lo largo y a lo ancho y de través, sintió que un haz de espigas se había enganchado a los dientes de hierro.
Pero no era un haz de espigas: era el alegre Lemmikainen, el hermoso aventurero, enganchado al rastrillo por el dedo sin nombre de la mano y el dedo mayor del pie izquierdo.
Y el bullicioso Lemmikainen, el hijo de Kálevala, remontó a la superficie del agua. Pero no estaba entero: le faltaba una mano, su cabeza estaba rota, su cuerpo agujereado, y sin vida.
La pobre madre lo contempló llorando y dijo: "¿Será posible rehacer con estos pedazos un hombre, hacer nacer de nuevo un verdadero héroe?"
Un cuervo escuchó sus palabras y le contestó: "¡No! No puede salir un hombre de lo que ya no existe, de lo que tan cruelmente ha sido destrozado. La trucha le ha devorado los ojos, el sollo le ha roído los hombros. Arroja de nuevo a tu hijo al agua, al río de Tuoni; acaso se convierta en una fuerte morsa, en una ballena gigantesca".
La madre de Lemmikainen, lejos de arrojar nuevamente a su hijo en las aguas de Tuoni, volvió a introducir en ellas su rastrillo, explorando en todas direcciones, hasta que consiguió sacar los trozos de la mano y la cabeza, una vértebra rota, una costilla, y cien pequeños restos más. Y ensambló todos los pedazos, y rehizo el cuerpo de su hijo muy amado, del alegre Lemmikainen. Soldó la carne a la carne, los huesos a los huesos, las articulaciones a las articulaciones, las venas a las venas.
De este modo la madre de Lemmikainen creó de nuevo al hombre, salvó al héroe devolviéndole su primitiva vida, su antigua forma, y dijo: "Levántate ya y acaba de soñar en este lugar cruel, morada de desdichas".
El héroe se despertó de su sueño; se irguió, su lengua cobró vida, y dijo: "Mucho tiempo he dormido, largo tiempo he descansado, mísero de mí, enterrado en un dulce sueño, en un pesado reposo".
La madre de Lemmikainen dijo: "Y mucho más habrías permanecido ahí, si tu madre, si la desdichada que te trajo al mundo, no hubiera venido en tu auxilio. Dime ahora, pobre hijo mío, dime ahora: ¿quién te arrojó al Manala, quién te precipitó en el río de Tuoni?"
El bullicioso Lemmikainen dijo: "El viejo pastor de los mortecinos ojos, ése fue quien me empujó al Manala, quien me arrojó al río de Tuoni. Lanzó contra mí una monstruosa serpiente del agua, y yo ¡pobre de mí! no pude sustraerme a mi destino, porque ignoraba las pérfidas mafias de la serpiente, la fatal mordedura de la alimaña venenosa".
La madre de Lemmikainen dijo: "Insensato de ti, que creíste poder hechizar a los hechiceros, embrujar a los lapones, cuando ni siquiera conocías las pérfidas mañas de la serpiente, la fatal mordedura de la alimaña venenosa".
Y Ja madre meció y acarició en su regazo al hijo muy amado, hasta que hubo recobrado todas sus fuerzas y su antiguo aspecto. Después le preguntó si le faltaba algo todavía.
El bullicioso Lemmikainen dijo: ";Oh, sí! todavía me falta lo mejor. Mi pobre corazón no está en mi pecho; anda errante con mis pensamientos y mis anhelos, tras las doncellas de Pohjola, las de hermosas cabelleras. La anciana de Pohjola, la de la nariz purulenta, no me entregará a su hija si no mato al cisne del río de Tuoni, si no lo robo al torbellino del torrente sagrado".
La madre de Lemmikainen dijo: "¡Deja a esos malditos cisnes en las negras aguas de Tuoni, en el torrente que muge! Vuelve a casa con tu tierna madre. Aprecia, al fin, dónde está la felicidad. Y da gracias al Dios revelado, que te ha socorrido eficazmente, que te ha devuelto la vida. ¡Nada hubiera podido lograr yo, sin la ayuda de Jumala, sin la intervención del verdadero creador!"
Entonces el bullicioso Lemmikainen volvió a tomar el camino de su casa, con su madre muy amada, la que lo amamantó a sus pechos.
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