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Relato Fantástico: Emain Macha (IV)
Una épica historia que transcurre en la verde isla de Ierne, donde los héroes han hecho de la guerra un modo de vida.
Por Francisco Blanco

Relato Fantástico - Emain Macha (IV) 14

La fortaleza de Eochaid estaba rodeada por un muro circular de piedra. El rey de Tuadmuma recibió con una sonrisa a la comitiva de Cathbad, despejando las dudas que Bave había hecho suscitar en el corazón de los guerreros la noche anterior. Eochaid era un hombre corpulento, de ojos pequeños y cabellos castaños, y parecía estar siempre de buen humor, pues su rostro inspiraba confianza a primera vista. Cuchulain y sus hombres disfrutaron de un banquete en el que se sirvió sopa de avena, carne de cordero y cuernos rebosantes de fuerte hidromiel. Bave se sentó al lado de Cuchulain, mostrando una actitud silenciosa y sombría que contrastaba con las risas que se elevaban hasta las vigas del techo del salón.
— Me gustaría saber qué hacéis en mis tierras – comentó Eochaid, dirigiéndose a Cathbad. –¿Acaso os envía el rey Conchobar para ayudarme contra Maev?
— No, Eochaid. El motivo de nuestra presencia aquí no tiene nada que ver con Maev – dijo el druida, evadiendo la respuesta.
— Es una pena. No me vendría mal una banda de excelentes guerreros ulates, pero aún no has contestado a mi pregunta, Cathbad.
El druida se vio obligado a decirle la verdad.
— Se trata del caldero de Dagda. Es un objeto que tiene la capacidad de dispensar conocimiento y sabiduría a quien lo posea, algo que no suele abundar mucho en estos tiempos. Nuestra misión consiste en averiguar donde está y llevárnoslo con nosotros a Ulaid – dijo Cathbad, sin darle mayor importancia al asunto.
—¿Y habéis venido desde Ulaid para buscar una simple marmita?
— Así es, señor – le respondió Cathbad.
— Nunca entenderé a los druidas – bufó Eochaid. – Depositáis demasiada confianza en esa clase de objetos mágicos.
— Es mejor confiar en los dioses que en los hombres – sugirió Cathbad. – A veces las lanzas y los escudos no son suficientes para proteger las fronteras de un reino.
— Ésa es la opinión de un druida – gruñó Eochaid. – Yo solo creo en aquellas cosas que puedo ver con mis propios ojos y que puedo tocar con mis propias manos. Los dioses están demasiado ocupados en sus asuntos y no les interesan en absoluto los problemas de los hombres.
Eochaid se puso a beber de su cuerno de hidromiel y vació el contenido de un trago largo. Aquella noche, durante el banquete que Eochaid celebró en honor de sus huéspedes, Cuchulain observó con desagrado cómo el rey de Tuadmuma manoseaba los pechos de las jóvenes esclavas que le servían, deslizando sus sucias manos por debajo de sus faldas y riéndose ante los gritos ahogados que arrancaba de sus gargantas.
— Si habéis venido a buscar ayuda no puedo hacer nada por vosotros – siguió diciendo. – Tengo otros asuntos más importantes que requieren mi atención.
— Entonces dejaremos de causarte molestias – dijo Cathbad de mal humor. – Solo te pediré que nos proporciones algunos víveres y que nos permitas pasar libremente por tus tierras.
El tono autoritario de la voz de Cathbad no admitía discusión alguna. El rey de Tuadmuma no se atrevió a desafiar la cólera del druida y ordenó a sus sirvientes que llenaran de provisiones los fardos de los guerreros. Cuchulain se daba cuenta de que la fama de su abuelo había llegado incluso a aquellas lejanas tierras y ni siquiera Eochaid tenía el valor suficiente para enfrentarse a él. El rey no deseaba que Cathbad maldijera su ganado ni agostara las cosechas de sus campos, pero no desaprovechó la ocasión para expresar nuevamente su opinión sobre la búsqueda del caldero.
— Podéis ir a donde queráis, aunque sigo pensando que es una empresa absurda.
Y acto seguido pidió a grandes voces que le sirvieran más hidromiel.


Al día siguiente los guerreros del caldero llegaron a las húmedas tierras pantanosas que se extendían al oeste de Eiréann. Un viento ligero agitaba sus leonadas cabelleras. El aire olía a lluvia, y a nadie le agradaba la perspectiva de tener que atravesar las turberas en medio de una incesante cortina de agua.
— Tenías razón, mi pequeña – dijo Cathbad de súbito, mirando a Bave de manera amistosa, como si quisiera reconciliarse de algún modo con ella. – No me ha gustado nada el recibimiento que Eochaid nos dispensó. Estaba muy nervioso y no paraba de parpadear cada vez que hablábamos del caldero.
—¿Creéis que Eochaid ambiciona los poderes del caldero? – inquirió Cuchulain alarmado.
— No – le respondió Bave de forma tajante. – Sus druidas no poseen el conocimiento necesario que les permitiría utilizarlo. Aparte de nosotros solo existe alguien que esté realmente interesado en el caldero.
— Calatin – comentó Cuchulain.
— Y la reina Maev – añadió Cathbad. – No nos hallamos lejos de sus fronteras y no me extrañaría que enviase a Calatin para ganarse la amistad de Eochaid y reconciliarse con él. Incluso es probable que Maev sepa donde se encuentra el caldero, pero esperará a que nosotros lo consigamos para robárnoslo después. Maev es muy inteligente. Dispone de aliados en todas partes y hará todo lo que sea necesario para satisfacer su ambición.
— Entonces tenemos que apresurarnos – dijo Conall, que se había acercado al lado de su primo y escuchado las palabras del druida.
La lluvia cayó con fuerza sobre ellos poco después del atardecer, mojando sus ropas y obligándoles a protegerse con sus capas de lana. La túnica blanca de Cathbad estaba llena de salpicaduras de barro, al igual que las camisas de color azafrán de los guerreros. Cuando las nubes se alejaron hacia el este todos estaban empapados y tenían frío, pero Cuchulain ordenó a sus hombres que no se detuvieran y siguieran caminando.
Las turberas formaban una gran manta parda compuesta de musgo y brezo. Cuchulain observaba con admiración la singular belleza que se abría ante sus ojos. La ligera capa de vegetación estaba tejida con musgos aterciopelados de color negro y verde, líquenes adornados con brocados dorados y rosas, droseras y nenúfares amarillos. Cuchulain escuchó el canto lastimero del zarapito y vio a las liebres alimentándose de brotes de carrizo y lino silvestre. Aquellos animales observaron a los recién llegados con expresión asustada, escrutándolos con sus curiosos ojillos oscuros.
Pero las turberas podían ser lugares peligrosos. Bave les dijo a los guerreros que las turberas estaban llenas de corrientes de agua y pozos, relatándoles que en una ocasión había visto morir a varios hombres cerca de un lago profundo, engullidos por las oscuras aguas que se ocultaban debajo de la capa de turba flotante, la cual había retemblado causando la muerte de los desdichados campesinos que habían transitado sobre ella.
Caía la tarde cuando los guerreros del caldero llegaron a un desierto calcáreo que el viento azotaba con fiereza. Era una tierra salvaje y desolada que hizo enmudecer el ánimo de Cuchulain, pues no se divisaba ningún árbol.
— Este lugar rocoso es tierra sagrada – le dijo Bave a Cuchulain mientras los demás estaban atareados preparando la cena a la luz de una fogata. – Aquí se puede sentir la presencia de los dioses en todas partes.
— Pierdes tu tiempo con Cuchulain, querida niña – dijo Cathbad. – Un guerrero no tiene su oído interno abierto a los secretos de la creación. Es como si quisieras enseñarle a una oveja el manejo de una espada.
—¿Y cuál es la voluntad de los dioses? – quiso saber Conall. –¿Nos ayudarán en nuestra misión?
— Por lo visto abunda la ignorancia en el clan de Conchobar. – dijo Cathbad riendo. De pronto adoptó una actitud seria y miró a los ojos de Conall con rostro solemne. – Seré sincero contigo, Conall. Ignoro la voluntad de los dioses, pues en esencia se parecen mucho a nosotros y es difícil averiguar sus intenciones.
— El mayor deseo de los dioses es preservar la armonía en el mundo de los hombres – dijo Bave. – Y seguirán viviendo en esta isla mientras no cometamos el gran error de olvidarlos. No podemos prescindir de ellos.
Conall asintió con la cabeza al oír la contundente respuesta de Bave, aunque aquellas palabras iban más bien dirigidas a Cathbad que a Conall. Al pronunciarlas la muchacha no había dejado de mirar al druida de manera furiosa, como animándole a que aceptara el desafío que acababa de arrojarle, pero Cathbad no pareció reparar en la actitud de Bave. El druida estaba ensimismado en sus propios pensamientos y le preocupaba lo que pudiera suceder en los próximos días, ahora que la isla de Aranmór se hallaba más cerca y casi podía tocar con los dedos el codiciado caldero.
Las brasas de la hoguera aún estaban calientes cuando la banda guerrera se puso en marcha antes de que salieran por el este las primeras luces del amanecer. Las nieblas cubrían con su frío sudario las siluetas grises de los dólmenes, que como testigos silenciosos y sombríos presenciaban a los guerreros que caminaban con sus pesadas botas a través de la llanura rocosa.
El silencio que reinaba en aquel lugar conmovió el espíritu de Cuchulain, quien empuñaba con fuerza el mango de Gae Bolga por temor a que los espíritus de los muertos que habitaban en los dólmenes quisieran hacerle daño. Los demás sentían la misma inquietud y miraban con ojos muy abiertos a todas partes, rogando a los dioses que la niebla no engendrara en sus entrañas ninguna criatura del Otro Mundo. Cathbad y Bave abrían la marcha, murmurando extrañas palabras en voz baja para ahuyentar el mal, pero no había ningún guerrero que no mirase a la densa niebla que se formaba a su alrededor con una creciente sensación de miedo.
Una extraña música empezó a brotar desde lo más profundo de aquella espesa niebla. Cuchulain entornó los ojos, desconcertado ante el murmullo que nacía y que su mirada no podía desvelar. El sonido se hacía más cercano a medida que se aproximaban, pero nadie era capaz de ver nada en aquel muro blanco y frío, ni siquiera aquellos que poseían una vista aguda.
De pronto una figura emergió de las nieblas, haciéndose visible a los ojos de todos los guerreros. Era un hombre alto, de cabellos negros y miembros delgados. Por su manera de vestir Cuchulain supo que se trataba de un gaélico, pues aquel hombre iba vestido con una capa de lana de seis colores, un privilegio que solo estaba reservado a los poetas y a los reyes de los clanes gaélicos, y a diferencia de los ulates y otros clanes de Eiréann, que calzaban botas y llevaban pantalones, aquel bardo iba calzado con unas sandalias de cuero y llevaba atado a su cintura un hermoso faldellín de cuero que le llegaba hasta las rodillas.
— Has escogido un buen lugar para honrar a los dioses con tu música, bardo – se apresuró a decirle Cathbad, antes de que el bardo pudiera abrir la boca.
— En efecto, señor – le respondió el desconocido. – Este jardín de rocalla está habitado por ellos. Si uno posee un oído fino puede escuchar las melodías que sus arpistas tocan por las noches. Su música es tan sobrecogedora que podría hacer dormir a un ejército entero.
— Eres un bardo extraño. ¿Acaso no sirves a ningún señor? – le preguntó Cathbad con recelo.
— Hasta hace dos lunas formaba parte del séquito de Eochaid, pero decidió prescindir de mis servicios y no tuve otro remedio que abandonar su casa.
— Al parecer el rey de Tuadmuma no se siente muy inclinado a ofrecer hospitalidad en estos tiempos – dijo Cathbad. –¿Qué fue lo que hiciste para que se comportara contigo de ese modo?
— Decir la verdad – dijo el bardo. – Una noche canté delante de todos sus nobles y guerreros unas estrofas que había compuesto y en las que censuraba su falta de generosidad y su avaricia.
El druida se echó a reír con una sonora carcajada.
— No me extraña que te haya echado. Una sátira como esa podría hacerle perder el trono. Has tenido mucho valor, bardo. ¿Cómo te llamas?
— Me llamo Clíach Mac Tadg – repuso el bardo.
—¿Te gustaría entrar al servicio de otro señor? – quiso saber Cuchulain, que aún seguía hechizado por el sonido de la música que había oído.
— Sería un honor para mí, señor – dijo Clíach, mirando con fijeza la insignia del podenco que figuraba en el escudo de Cuchulain. – Pero si voy a entrar a vuestro servicio me gustaría saber quién eres, pues no conozco a ningún jefe guerrero en Tuadmuma que lleve pintado en sus escudos un emblema como el tuyo.
— Somos guerreros ulates – le dijo Cuchulain. – Mi nombre es Cuchulain y estos que ves a mi lado son mi primo Conall y Cathbad el druida.
— Estáis muy lejos de vuestro territorio. Supongo que no habéis venido desde Ulaid para robar el ganado de Eochaid, señor – dijo Clíach, dirigiéndose a Cuchulain.
— En realidad nos dirigimos a Aranmór – comentó Cathbad, tomando de nuevo la iniciativa en la conversación. – Creemos que el caldero de Dagda se halla oculto en una de las fortalezas de aquella isla.
—¿Sabe Eochaid que buscáis el caldero? – inquirió el bardo, que se había quedado asombrado ante la sinceridad del druida.
— Por supuesto – dijo Conall. – Nos vimos obligados a decírselo cuando nos preguntó que hacíamos en sus tierras. Cathbad nos dijo que le conocía y que podíamos confiar en él, pero el recibimiento que nos dispensó en su fortaleza fue frío y apático.
— Ha cambiado mucho en estos años – prosiguió Clíach. – La guerra con Maev le ha convertido en una persona desconfiada y amargada. Ha perdido a dos de sus hijos en la guerra y una de sus concubinas me ha revelado que adora en secreto al dios Crom.
Cuchulain se estremeció al oír mencionar el nombre del dios oscuro y echó una rápida mirada a Cathbad. Los ojos del druida ardían como brasas.
Bave se acercó a Clíach y le miró horrorizada.
—¿Qué sabes tú de Crom y de sus adoradores? – le preguntó la vidente en un tono amenazante.
— Sé que es un dios que exige sacrificios de animales recién nacidos y algunas veces de seres humanos y niños – dijo el bardo. – Y también sé que Eochaid empezó a iniciarse en ese culto a instancias del druida Calatin.
Todos enmudecieron al escuchar el nombre del mayor enemigo de Cathbad. Bave se puso pálida como un moribundo, pero Cathbad no mostró la menor señal de sorpresa. Su rostro era impasible como la piedra.
—¿Has visto a Calatin en la fortaleza de Eochaid? – se limitó a preguntarle el druida.
— Solo en dos o tres ocasiones – dijo Clíach. – La última vez que le vi fue antes de la fiesta de Samain.
— Sin duda Macha te ha enviado para que acudas en nuestra ayuda – le dijo Cathbad. – Cuéntame todo lo que sepas sobre Calatin, muchacho.
Clíach les contó que Calatin había propuesto a Eochaid una alianza en nombre de la reina Maev, confirmando así las peores sospechas de Cathbad. La reina estaba dispuesta a olvidar las diferencias que había entre ellos y no tomaría represalias contra Eochaid por haberse rebelado contra ella, pero a cambio Eochaid se comprometería a ayudarle en su desesperada búsqueda por conseguir el caldero de Dagda. El bardo había obtenido aquella valiosa información gracias a la lengua vivaz de una de las numerosas esclavas de Eochaid que había yacido con Calatin.
— He cometido un estúpido error al confiar en Eochaid. Espero que no tengamos que lamentarlo más tarde – suspiró Cathbad.
Bave miró de manera enigmática a su maestro, pero no dijo nada. La muchacha parecía satisfecha de que todo el mundo hubiese sido testigo del aviso que ella les había dado sobre Eochaid y que Cathbad se había negado a escuchar.
Cuando se pusieron de nuevo en marcha Cuchulain observó la expresión felina que asomaba en el rostro de Bave. La vidente le devolvió la mirada y sonrió.
Aquella era una sonrisa inquietante, casi maléfica.
Y sintió miedo.


15

Las palabras del bardo habían acrecentado el temor entre los guerreros de Cuchulain. Los ulates tenían la sensación de que en cualquier momento los hombres de Connacht, guiados por el oscuro Calatin, aparecerían en el horizonte lejano con las afiladas hojas de sus lanzas brillando al sol primaveral. Sin embargo los centinelas no avistaron a ningún guerrero enemigo y al día siguiente llegaron a la costa oeste de la isla, donde la vasta y profunda pared rocosa de los acantilados extendía su impresionante masa a lo largo de varios kilómetros. Una bandada de cuervos volaba a lo lejos, extendiendo sus negras alas hacia el este. Cuchulain comprobó asombrado que las gaviotas, agrupadas en colonias, instalaban sus nidos en los bordes escarpados de las rocas, sirviéndose de algas marinas y guano, y que cuando emprendían el vuelo exhibían en las puntas de sus alas unas manchas de color negro, lo cual llamó la atención del ulate, quien no dejaba de mirar sus frecuentes idas y venidas.
A instancias de Clíach los guerreros siguieron un escarpado camino que discurría en dirección norte entre el mar y los prados. Las islas de Arán eran visibles desde la lejanía, pero la impresión que produjo en el ánimo de Cuchulain fue más bien sombría. Tenía la sensación de que Aranmór era un buen lugar para esconder un tesoro de gran poder como el caldero de Dagda, y sin embargo su intuición de guerrero le aconsejaba que no pusiera pie en la isla.

Relato Fantástico - Emain Macha (IV) Los lanceros no se detuvieron hasta que Cathbad les ordenó que lo hicieran a escasa distancia de una playa. Unos pescadores conversaban animadamente cerca de la orilla. Sus barcas yacían boca abajo sobre la arena, como negras cucarachas inmóviles que quisieran descansar un rato antes de iniciar las tareas del día.
—¿Y ahora qué hacemos? – preguntó Conall.
— Hacía tiempo que no escuchaba una de tus estúpidas preguntas, Conall – le respondió Cathbad en tono malhumorado. –¿Qué crees tú que haremos?
— Subir a bordo de esas barcas para llegar hasta Aranmór. Calculo que en dos o tres viajes estaríamos todos en la isla – sugirió Conall.
—¿Todos? – repitió Cathbad con ironía. –¿Me consideras tan ingenuo como para desembarcar en Aranmór con treinta guerreros?
— Eso es lo que yo haría – afirmó Conall con el rostro serio. – Si el caldero está escondido dentro de la fortaleza no tenemos otra opción que ir a buscarlo abriéndonos paso con la ayuda de nuestras lanzas.
— Deberías usar la cabeza con más frecuencia, Conall – le aconsejó Cathbad. – No podemos presentarnos en la isla con una banda de guerreros. Sería demasiado arriesgado y muchos hombres morirían en el intento. Lo he estado pensando y creo que lo mejor será que la mayoría de vosotros os quedéis aquí, en tierra firme.
—¡Pero eso es una locura, Cathbad! ¿Qué es lo que pretendes? ¿Ser el único que ponga el pie en esa maldita isla?
— No te preocupes, Conall. No pienso hacerlo. Bave y Cuchulain vendrán conmigo. Y nuestro nuevo amigo Clíach también nos acompañará. Estoy seguro que nos será de gran utilidad en Aranmór.
—¿Un bardo? ¡Pero si apenas le conocemos! – protestó Conall.
—¡Estoy harto de escuchar tus tonterías, Conall! – rugió el druida, harto de que pusieran constantemente en duda su capacidad para tomar decisiones. –¡Te quedarás aquí con los demás, vigilando la costa y guardándonos las espaldas! ¡Y por todos los dioses, Conall! ¡No quiero volver a oírte en todo el día! ¿Te ha quedado claro?
— Sí, Cathbad – dijo Conall, intimidado ante la cólera ardiente del druida.
Cathbad les dijo a los guerreros que tendrían que esperarles en tierra firme hasta que ellos regresaran de su misión en Aranmór. Clíach le sugirió a Conall que podía ocultarse en el interior de una gruta que no quedaba lejos de allí, y le indicó por medio de un dibujo en el suelo donde podía encontrarla. Conall asintió con un gesto seco a las palabras del bardo y poco después partió con los lanceros de su primo al lugar señalado, pero antes de marcharse fue incapaz de ocultarle a Cuchulain su decepción por no formar parte del grupo que pondría pie en la isla.
— Siempre has sido su favorito, primo – se lamentó Conall. – Me moriré de aburrimiento en una húmeda gruta mientras tú te cubres de gloria en Aranmór.
— Si logramos salir con vida de la isla no te faltarán oportunidades para manejar la espada – le consoló Cuchulain. – Estoy seguro que los hombres de Connacht no tardarán en seguir nuestro rastro en cuanto sepan que nos hemos apoderado del caldero.
— Cuídate, señor – le dijo Laeg. – Todavía eres demasiado joven para beber en los salones de Tir Nan Og.
— Y tú también, viejo amigo – le respondió Cuchulain.
— Dejaos de estupideces y sentimentalismos – dijo Cathbad. – Parecéis mujeres en vez de guerreros. – De súbito se puso a pensar y se dirigió a Bave. – No te habrás sentido aludida por lo que he dicho, ¿verdad, Bave? – le preguntó, mirando maliciosamente a la muchacha. – Últimamente estás muy callada y eso no es propio de mujeres. Deberías seguir el ejemplo de mis nietos. Se pasan todo el día haciéndome preguntas sin sentido, pero por lo menos saben hablar.
Bave ignoró el comentario despectivo de su maestro y se apartó del grupo. Los guerreros de Cuchulain partieron al atardecer, guiados por Conall. Sus figuras se perdieron en las sombras del horizonte, bajo la atenta mirada de Cuchulain, que volvió la vista atrás cuando oyó la voz de Cathbad que le aconsejaba que se diera prisa.
El bardo habló con los pescadores que se encontraban en la playa y logró convencer a uno de ellos para que los llevara hacia la isla. Cuchulain subió con sus compañeros en el bote y se acomodó lo mejor que pudo. La barca tenía capacidad para nueve personas y estaba hecha con pieles de animales cosidas, extendidas sobre un armazón de mimbre y provista de tres pares de remos. El pescador indicó con un ademán a Clíach y Cuchulain que se pusieran a remar, mientras él se hacía cargo del último par. Apenas hablaron durante el trayecto, lo que permitió a Cuchulain entregarse a sus propios recuerdos, mecido por el suave balanceo del bote que se deslizaba con ligereza sobre las frías aguas. Hacía casi cuatro años que el ulate se había hecho a la mar, rumbo a la isla de la Bruma. Mientras remaba sin esfuerzo, adaptando sus movimientos a las brazadas de sus compañeros, los rostros de Ferdia, Scáthách y Aifa se sucedieron una y otra vez en su mente, pero la imagen que más le obsesionaba era la esbelta figura de Aifa, con las manos apoyadas en las caderas y un gesto de desafío en su cara, recriminándole el hecho de haberla abandonado con el hijo que llevaba en sus entrañas.
La niebla les recibió como una fría diosa vestida de blanco. Cathbad aguzó la vista y no dijo nada hasta que las tres islas del oeste se irguieron ante sus ojos.
— Aranmór – susurró el druida con una sonrisa.
—¿Cómo se llaman las dos islas más pequeñas? – quiso saber Cuchulain.
— Aquellas islas son Inis Meáin e Inis Oírr. No tendremos ocasión de visitarlas, pero me temo que no encontrarías allí nada que fuese de tu agrado. No son más que un puñado de rocas escasamente pobladas.
El pequeño grupo desembarcó en una playa al sur de la isla de Aranmór. Cuchulain quiso pagar al pescador con una torques de oro, pero Cathbad se lo impidió con un ademán de su mano.
— Todavía no ha concluido su trabajo – le dijo el druida. – Dentro de tres días nos esperarás en este mismo sitio, antes del amanecer – volvió a decir, dirigiéndose al inescrutable rostro del pescador.
El hombre asintió con un movimiento de su cabeza y se puso a remar con su barca en dirección a la costa. El sol había desaparecido detrás del horizonte, fundiéndose con el mar como un disco de hierro al rojo vivo.
— No nos conviene llamar mucho la atención – comentó el druida. – Lo mejor será que nos hagamos pasar por mensajeros del rey Eochaid.




Una vez que hubieron dejado atrás la playa siguieron caminando a lo largo de la costa, sin perder de vista la inquietante calma del mar. Antes de que la noche cayera completamente sobre ellos llegaron a un pequeño pueblo de pescadores, donde unas cuantas cabañas se alzaban a escasa distancia del agua.
En un principio los lugareños les miraron con desconfianza, pero se asustaron al ver que un druida encabezaba la comitiva, flanqueado por un poderoso guerrero de cabellos negros. Se sintieron tan intimidados que no les preguntaron quienes eran ni de donde venían, limitándose a ofrecerles alojamiento en un establo, pero el ambiente tenso desapareció poco después de la cena, cuando Clíach sacó el arpa de su funda y empezó a cantarles antiguas canciones que disiparon la desconfianza inicial de los pescadores. Cuchulain le mintió al jefe del poblado diciéndole que era un señor de Tuadmuma que había cruzado el mar para hacer una ofrenda a Oengus Bolg, su dios protector.
— Su santuario se encuentra en la fortaleza del acantilado – le dijo el jefe, un hombre que tenía el rostro moreno y los ojos vidriosos.
Cathbad se retiró pronto y se fue a dormir. El bardo seguía deleitando a sus emocionados oyentes, que dieron comienzo a una pequeña danza en la que poco a poco los lugareños se animaron a participar. Una mano rozó el hombro de Cuchulain. El guerrero volvió la vista atrás y se sorprendió al ver el hermoso rostro de Bave, débilmente iluminado a la inquietante luz de las hogueras.
— Tengo que hablar contigo. Es importante – susurró ella.
—¿Qué es lo que quieres decirme?
Bave hizo caso omiso a su pregunta y le cogió del brazo, obligándole a levantarse en medio del bullicio general que Clíach había provocado con su música. Hombres y mujeres bailaban al son de los acordes que el bardo ejecutaba magistralmente en las cuerdas de su arpa, mostrando la belleza de sus torsos desnudos mientras el sudor perlaba sus cuerpos. Nadie reparó en la ausencia de Bave y Cuchulain, quienes se alejaron del tumulto y se adentraron en la oscuridad de la noche.
El guerrero estaba intrigado ante la extraña actitud de Bave, pero antes de que pudiera preguntarse a qué se debía aquel comportamiento la vidente se dirigió a él mirándole con sus inquisitivos ojos grises.
— Hay algo que Cathbad no te ha contado acerca del caldero de Dagda y que debes saber.
Aquellas palabras provocaron en Cuchulain el mismo efecto que una daga clavada en su espalda.
Un frío intenso.
Cuchulain era totalmente consciente de la frialdad que había surgido en Tuadmuma entre Bave y Cathbad, y pensaba que la muchacha trataba de ganarse su confianza revelándole algo de suma importancia, algo que el druida no le había dicho para no poner en evidencia sus verdaderos propósitos.
—¿Qué es lo que quieres decirme, Bave? No soy un druida para adivinar tus pensamientos.
—¿Te acuerdas de la maldición de Macha? – le preguntó ella.
— Sí – dijo Cuchulain, que recordaba vagamente la historia que Cathbad le había contado en Dun Dealgan.
— La maldición de Macha es el principal motivo por el que nos encontramos aquí, pero no es el único – prosiguió Bave. – Cathbad nos dijo que la maldición afectaría a todos los ulates cuando más lo necesitasen, y también nos contó que esa maldición podía ser anulada con la ayuda del caldero, pero eso no es cierto. El caldero es un objeto sagrado relacionado con el conocimiento. Y el conocimiento siempre lleva al poder.
— No te entiendo, Bave. ¿Por qué me cuentas todo esto, cuando estamos tan cerca de conseguir el caldero? – le preguntó Cuchulain, incapaz de comprenderla.
— Lo único que quiero pedirte es que me ayudes – le rogó ella. – Un druida demasiado poderoso podría romper el equilibrio que los dioses han establecido en la tierra.
—¿Insinúas que Cathbad usaría el caldero para sus propios fines? No veo nada malo en ello, siempre que el reino de Ulaid no corra ningún peligro.
— Sigues sin comprender – le explicó ella. – Ni siquiera Cathbad puede asegurar que el caldero le ayudará a contrarrestar la maldición de la diosa. Ya te he dicho que no es ese su poder.
—¿Qué sugieres, entonces?
— Eres un gran guerrero, Cuchulain. Solo tú sabrás cómo ayudar a tu pueblo cuando los ulates se enfrenten a la ira de Macha. – De pronto la vidente cerró los ojos, como si quisiera concentrar todos sus pensamientos antes de seguir hablando. Cuando volvió a abrirlos miró fijamente al ulate y le dijo. – Fue ella misma quien me ordenó en un sueño que te lo advirtiera.
Cuchulain se asombró al oír las palabras de Bave. Si la voz de la diosa hablaba por su boca sería un gran error no prestar atención a aquel augurio.
—¿No te dijo nada más? – le preguntó ansioso.
Bave hizo un gesto negativo con su cabeza.
— Macha me reveló en Tuadmuma que alguien intentaría usar el caldero para atraer a los dioses oscuros y desatar sus fuerzas caóticas sobre la tierra – prosiguió ella, aterrorizada. – No podemos permitir que eso suceda, Cuchulain.
— Me cuesta creer que Cathbad sea capaz de hacer algo así – le dijo él, apesadumbrado. –¿Le has dicho a Cathbad que Macha te ha hablado en un sueño?
—¿Estás loco? – replicó Bave. – No quiero influir en él de esa manera, pues podría cambiar el curso del destino si le revelara el contenido de mi sueño. Cathbad es un druida y como todos los druidas puede elegir entre el camino de los dioses de la oscuridad o el camino de los dioses de la luz y la sabiduría, así que de momento no podemos hacer otra cosa que esperar.
Cuchulain la miró fijamente, sin saber qué decir. Ella le sostuvo la mirada y continuó hablando.
— Quiero pedirte dos cosas, Cuchulain – le dijo Bave.
—¿De qué se trata?
— Prométeme que no hablarás de esto con nadie, y menos aún con Cathbad – le pidió ella.
— Está bien – dijo él. – Te prometo que lo haré, pero solo has mencionado una cosa.
Bave pronunció las siguientes palabras con un hondo suspiro.
— La otra tiene que ver contigo – le dijo ella. – Quiero que me prometas tu ayuda cuando llegue la oscuridad, Cuchulain.
—¿La oscuridad? – le preguntó él, intrigado.
— Sí, Cuchulain. Cuando llegue ese momento lo sabrás. Y tu pueblo también – dijo ella de manera enigmática.




Aquella noche Cuchulain no pudo dormir.
Las palabras de Bave seguían dando vueltas en su mente, como los cuervos alrededor de la carroña. Cuchulain estaba seguro de que Bave no le había mentido, pero tampoco podía desentrañar el significado oculto que yacía detrás de las palabras oscuras de Bave. Con aquel argumento la muchacha desafiaba de manera sutil la sabiduría de Cathbad, poniéndola en duda, pero el sueño de Bave era una muestra de que Macha favorecía a la vidente y al mismo tiempo despejaba todas las dudas que Cuchulain pudiera abrigar hacia ella.
La lluvia mojó sus ropas mientras caminaban lentamente hacia Dun Oengus. El paisaje que se abría a sus ojos era desolado y triste, pues apenas había árboles en aquella isla rocosa, dominada por el viento y por una inmensa sensación de soledad. Cuchulain se preguntaba como podían sobrevivir sus habitantes en un lugar tan desolado y abandonado por los dioses.
Dun Óengus era un lugar impresionante. Los muros de piedra eran bajos y estaban provistos de pequeñas escaleras que daban acceso al parapeto. El fuerte disponía de dos murallas concéntricas que protegían el interior del recinto, construidas con bloques calcáreos sin argamasa, y formaban una especie de semicírculo en el extremo oeste de la isla, en un acantilado que caía en picado hacia el océano.
Los centinelas les preguntaron de dónde venían al comprobar que se trataba de extraños. Cuchulain les dijo que era un señor de Tuadmuma que deseaba hacer una ofrenda en el santuario de Oengus Bolg, como muestra de agradecimiento al dios de sus antepasados, que había salvado su vida en una reciente batalla.
—¿Quiénes son los que te acompañan? – quiso saber uno de los centinelas.
— Mis druidas y mi bardo personal – le respondió Cuchulain. – Todo noble tiene derecho a viajar acompañado por su séquito, ¿no te parece?
El guardián asintió avergonzado y pidió a Cuchulain y a los demás que le siguieran hasta la casa fortificada de su jefe. Las gentes de Dun Oengus les miraban con ojos llenos de curiosidad, ansiosos por conocer las novedades que aquellos extranjeros pudieran traer.
El jefe del dun les recibió con amabilidad y les abrumó con preguntas acerca del mundo exterior. Se llamaba Eogan y tenía una insaciable curiosidad que Cuchulain se vio obligado a satisfacer.
— La vida no es fácil en esta isla. Todos los años tenemos que hacer un enorme esfuerzo para sobrevivir a los rigores del invierno – se quejó Eogan. – Las noticias que nos llegan desde Eiréann son escasas y los extranjeros que se atreven a navegar hasta aquí son muy pocos.
Después de satisfacer su curiosidad Eogan les mostró el santuario de Oengus Bolg, una vieja choza situada en el borde del acantilado, dentro del último semicírculo de la muralla de piedra, un lugar al que solo se podía acceder por medio de una escalera que conducía hacia la cima. El viento soplaba con fuerza en aquel recinto, obligando a Cuchulain a arrebujarse en su manto de lana. Cathbad y Bave entraron con él en la cabaña y se detuvieron a pocos pasos del fondo de la estancia.
Había una cabeza tallada en piedra, colocada sobre un pedestal de roca calcárea. Los ojos pétreos de la efigie del dios parecían escrutar detenidamente las intenciones de los recién llegados, como si previeran una amenaza a la silenciosa paz del santuario.
La choza estaba vacía, aparte de la inquietante presencia del dios de piedra. Cuchulain creyó que los habitantes de Dun Oengus habían descuidado el santuario de su deidad, pero Eogan le explicó el verdadero motivo de aquel abandono durante la cena frugal que el jefe celebró en el pequeño salón de banquetes para honrar la presencia de sus huéspedes.
— No tenemos nada que ofrecer a nuestro dios – le dijo Eogan. – Somos una tribu muy pobre y lo único que podemos obsequiarle son los lamentos y las lágrimas de las mujeres que pierden a sus maridos en el mar.
Cuchulain y sus compañeros pasaron la noche en una cabaña que estaba reservada a los huéspedes. Eogan les había invitado a que se quedaran unas semanas en la fortaleza, una vez que Cuchulain hubiera depositado su ofrenda en el santuario del dios, pero el guerrero declinó generosamente el ofrecimiento diciéndole que tenían que marcharse de Aranmór al cabo de dos días.

Relato Fantástico - Emain Macha (IV) — Ha llegado el momento – comentó Cathbad con voz seria. – Esta noche sabremos donde se oculta el caldero de Dagda.
—¿Cómo? – preguntó Cuchulain.
— Esto nos ayudará – dijo el druida, abriendo de repente su mano derecha y mostrando a la vista de todos unos frutos de color pardo rojizo.
—¿Avellanas? – inquirió su nieto, atónito.
— Avellanas mágicas – le corrigió Cathbad, quien se dirigió a Bave con la mano extendida hacia ella. – Toma una, muchacha. Cómetela.
Bave obedeció a su maestro y tomó una con sus delicados dedos. La llevó a la boca y empezó a masticarla lentamente, como si quisiera saborearla.
—¿Para qué sirven? – quiso saber Cuchulain, cada vez más intrigado.
— El avellano es el árbol de la ciencia – le explicó el druida. – Consumir sus frutos procura el conocimiento e inspira la sabiduría. – Cathbad bostezó y estiró los brazos. Tenía los párpados enrojecidos y la mirada fatigada. – Explícaselo, Clíach. Hoy me encuentro muy cansado y tengo ganas de dormir. Mañana será un día muy agitado.
Cathbad se echó en su jergón de paja y cerró los ojos, quedándose dormido al instante. Bave también se recostó en su jergón al lado de su maestro, dejando solos a Clíach y a Cuchulain. El bardo prosiguió la conversación que el druida había abandonado y le explicó a su señor el verdadero poder de aquellas avellanas.
— Esta noche Bave abrirá las puertas del Otro Mundo. Verá cosas que están vedadas a los ojos de los mortales – dijo Clíach, mirando a Bave. – Será una prueba dura para ella, Cuchulain, pues es necesario poseer una gran fortaleza de espíritu para superarla.
—¿Qué es lo que verá, Clíach?

— Lo sabremos esta misma noche – le respondió el bardo.


Un fuerte grito despertó a Cuchulain durante la noche. Cuando se levantó vio a Bave sentada en la cama, tiritando de frío. Cathbad intentaba calmarla con suaves palabras, acariciando sus cabellos y cogiéndole dulcemente la cabeza entre las manos. Aquella delicadeza sorprendió a Cuchulain, que conocía de sobra el carácter colérico y reservado de su abuelo.
— Cálmate, mi pequeña – susurraba el druida. – No ha sido más que un sueño. Ya ha pasado todo.
Bave se tranquilizó poco a poco, aunque seguía tiritando de frío. Cuchulain tomó su manto y se lo puso sobre los hombros.
— Cuéntame lo que has soñado, Bave – le ordenó el druida.
La muchacha cerró los ojos y suspiró. Cuando por fin se decidió a hablar su voz sonaba temblorosa y frágil.
— He visto a Crom – dijo ella, con la mirada llena de espanto. – Sus ojos estaban sedientos de sangre y su horrible boca no dejaba de abrirse para engullir las almas de toda cosa viviente. Tenía un rostro estilizado y cruel, un rostro capaz de obsesionar la mente y turbar los sentidos. ¡No quiero recordarlo, no quiero! ... – gritó ella, asustada.
Cuchulain nunca había visto a Bave tan indefensa y desamparada. No se parecía en nada a la muchacha segura de sí misma y llena de confianza que el guerrero conocía.
—¿Qué hay del caldero, Bave? ¿Dónde está? Necesito saberlo – insistió Cathbad, temeroso de que Bave se hubiera olvidado del propósito de la misión.
Ella le miró fijamente. Los ojos del druida se iluminaron como brasas ardientes en la oscuridad.
— El caldero está escondido en el santuario de Oengus Bolg – dijo Bave. – El dios lo enterró aquí, en Aranmór, donde los Tuatha De Dannan jamás podrían encontrarlo. Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Qué tiene que ver Crom con el caldero? – preguntó Cuchulain.
— No lo sé – dijo Cathbad, desconcertado. – El caldero es una fuente de gran poder y puede atraer la codicia de los dioses oscuros.
Bave tembló al oír el nombre de Crom. Estaba muy pálida y un sudor frío le corría por la frente, humedeciendo sus cabellos. Clíach musitó unas palabras en su oído y al poco rato la muchacha logró tranquilizarse. Bave cerró los ojos mientras el bardo la obligaba a tenderse de nuevo sobre el jergón de paja.
— Se ha quedado dormida – dijo Clíach. – Ha sido una terrible experiencia para ella.
— No te preocupes, Clíach – le aseguró Cathbad. – Bave es una mujer fuerte e inteligente. En cuanto se despierte lo habrá olvidado todo.
— Ha dicho que el caldero está enterrado en el santuario de Oengus Bolg – comentó Cuchulain, sumamente preocupado. –¿Cómo haremos para sacarlo de allí sin llamar la atención de la gente del dun?
— Tu amigo el bardo nos ayudará ¿verdad, Clíach? – dijo Cathbad con una sonrisa enigmática.
Clíach asintió con la cabeza. Cuchulain miró a ambos con una expresión de sorpresa en su rostro, pero antes de abrir la boca Cathbad lo detuvo con un ademán de su mano.
— No hagas más preguntas y vete a dormir, Cuchulain. Mañana será otro día.

16

El día amaneció gris y plomizo. Las gaviotas entonaban sus fúnebres canciones sobre las chozas de paja de la fortaleza. El mar estaba picado y sus olas coronadas de espuma besaban con violencia las paredes rocosas del acantilado.
Antes del mediodía Cuchulain entró en el santuario del dios y depositó su ofrenda encima del bloque de roca calcárea, no lejos de la pétrea cabeza de Oengus. Se trataba de una torques de plata, un pequeño botín que había conseguido en Mumu. Después de haber dejado su ofrenda sobre la roca el guerrero miró hacia el suelo y respiró profundamente. Era difícil creer que el caldero de Dagda se hallaba enterrado allí, a pocos pasos de él, en aquella choza vacía y llena de polvo, ocupada únicamente por la silenciosa cabeza de Oengus Bolg.
Cuchulain no permaneció mucho tiempo dentro del santuario. Le incomodaban los ojos fríos del dios, como si estuvieran vigilando atentamente todos sus movimientos, penetrando con su mirada muerta las oscuras intenciones del guerrero, lo que provocó que al poco rato Cuchulain le diera la espalda a aquella lúgubre cabeza de piedra y saliera afuera para buscar a sus compañeros, a quienes encontró en el centro del fuerte, donde se elevaba una plataforma natural de piedra, destinada sin duda a los sacrificios.
— Este sitio huele a sangre – comentó Cathbad, una vez que Cuchulain se acercó a ellos. – Aunque hace mucho tiempo que no se realizan sacrificios en este lugar.
— Es cierto – dijo Bave. – No hay ningún druida en Aranmór. El último murió cuando el padre de Eogan no era más que un niño.
— Esta miserable isla está maldita – dijo Cuchulain. – No me extraña que los dioses la hayan abandonado para siempre. Creo que me volvería loco si tuviera que vivir aquí.
— A mí me parece un lugar interesante – comentó Clíach. – Jamás he visto una belleza tan indómita como la de esta isla.
— Palabras de poeta – se mofó Cathbad, quien se dirigió a Cuchulain. –¿Has presentado tu ofrenda en el santuario del dios? – El joven asintió con la cabeza y el druida prosiguió con entusiasmo – Bien. Si es la voluntad de los dioses esta noche encontraremos el caldero.




Aquella noche los habitantes del dun se reunieron en el salón de banquetes para despedir a sus huéspedes. Todos querían escuchar la música del bardo. Cathbad había hecho correr el rumor de que Clíach pertenecía a la raza de las criaturas que vivían en el sidhe, lo que motivó que los lugareños tratasen con mayor reverencia al bardo, que empezó a tocar varias canciones que los habitantes de Aranmór escucharon en medio de un profundo silencio, como si un extraño hechizo hubiera caído sobre ellos.
Cuchulain empezaba a impacientarse. La noche caía gota a gota en el abismo del tiempo, pero Cathbad no parecía inquieto. Incluso Bave sonreía. Ningún rastro de temor asomaba en su bello rostro, una vez desvanecido el sueño de la noche anterior que había atormentado su alma con negras pesadillas.
Una melodía dulce y obsesiva surgió de las cuerdas del arpa. El hechizo de las notas era embriagador. Todos los comensales se sintieron invadidos por un profundo sueño, un cansancio que fatigaba sus miembros y les incitaba a cerrar los ojos. El bardo empezó a cantar.


“Vinieron desde una tierra distante, huyendo de los hielos que habían cubierto
Hiperbórea, desde las lejanas y brumosas islas del norte,
dejando atrás misteriosas ciudades, llenas de magia
y sabiduría ancestral, envueltos en una cortina
de plata, surcaron las frías aguas con las proas de sus naves vueltas hacia el sur,
sus sombras veladas
tras la pálida bruma del crepúsculo.
Vinieron desde una tierra distante
con los cuatro grandes tesoros de su tribu.
Lia Fail, la Piedra del Destino,
cuyo grito reconoce al legítimo rey de Tara,
la lanza de Lugh, que jamás erró su tiro,
la espada de Nuada, que a ningún hombre dejaba con vida,
el caldero de Dagda. A nadie dejó jamás con hambre.
A lo lejos vieron los Tuatha la isla de Eiréann, como una gema verde
tendida sobre el océano
y la nube de su llegada sorprendió a los Fír Bolgs,
gentes oscuras que vestían pieles de animales y vivían
en chozas de barro, y que vieron ascender el humo de las naves en llamas
de sus enemigos
oscureciendo el sol.
Entonces cantaron las espadas de bronce en la llanura de Mag Tuired
y la sangre empapó la tierra de muerte.
Miles de hombres valientes cayeron allí.
Pero los Tuatha vencieron. Eran más sabios y más fuertes.
Hicieron de la colina de Tara su Lugar de Reunión,
Cathair Crofhind fue su nombre, la ciudad de Crofhind.
Asiento de reyes fue su nombre.”



Cuchulain se dejó llevar por el suave sonido de aquella música. Los párpados le pesaban demasiado. Estaba a punto de quedarse dormido cuando la voz de Cathbad vino a sacarle de su aturdimiento.
—¡Despierta, muchacho! No es el momento más apropiado para quedarse dormido.
El joven abrió los ojos con esfuerzo y miró a su alrededor.
Todos dormían.
En el salón de banquetes reinaba el silencio. Clíach guardó con cuidado su arpa dentro de una funda de cuero y se acercó a su amo, seguido de cerca por Bave.
Cuchulain seguía sentado en el suelo, sumido aún en un ligero sopor, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.
—¿Creías que me había olvidado del caldero? – le preguntó el druida, cogiéndole del brazo y obligándole a levantarse.
El silencio del guerrero impulsó al druida a seguir hablando.
—¡Apresúrate, Cuchulain! No disponemos de mucho tiempo.
Bave fue la primera en llegar al santuario del dios. En su mano derecha llevaba la espada de Eogan. Sin perder un instante la vidente se arrodilló en el suelo y empezó a cavar de manera frenética, como si estuviera poseída por un deseo incontrolable. Cuchulain y los demás le ayudaron a cavar. Clíach y Cathbad lo hicieron con las manos, pero Cuchulain se sirvió de su espada y ayudó a Bave en la ardua tarea de abrir un agujero en la tierra rocosa de la isla.
Bave trabajaba como si estuviera incitada por una oscura voz, que le guiaba como a un niño que se ha perdido en la oscuridad. Sin duda recordaba el desagradable sueño de la noche anterior, pues cavaba con la determinación de alguien que sabe que al final acabará encontrando aquello que busca con tanto empeño.
Y así fue como hallaron el caldero.


— El caldero de Dagda – susurró Bave emocionada, mientras limpiaba su manchada superficie con las palmas de las manos.
El caldero sagrado estaba totalmente revestido de oro. Unas manos hábiles habían grabado varias escenas en el borde exterior del recipiente. En una de ellas se podía ver a un gran cortejo de guerreros que avanzaba hacia una gran figura que tenía una espada en una mano y un largo escudo en la otra. Los guerreros eran sumergidos cabeza abajo en una cuba y vueltos a la vida en forma de jinetes que partían guiados hacia el Otro Mundo por una serpiente con cabeza de carnero.
— Tenemos que abandonar este lugar – les ordenó Cathbad. – El hechizo de Clíach no durará mucho tiempo. Eogan nos perseguirá cuando despierte y vea lo que hemos hecho aquí.
Cuchulain echó un último vistazo a la cabeza de piedra de Oengus Bolg y abandonó aquel maléfico santuario a toda prisa, seguido por sus compañeros. Las estrellas dibujaban su curso en el cielo nocturno y la luna iluminaba de plata el sendero de los fugitivos, quienes dejaron atrás las puertas de piedra de Dun Oengus y se dirigieron a marchas forzadas hacia el sur. El suelo estaba lleno de guijarros, lo que aminoró su huida durante un buen trecho, pero lograron llegar a la playa donde habían desembarcado antes de que despuntara el sol. El enigmático pescador les estaba esperando dentro de su embarcación, con la mirada fija en el océano. Las olas mecían suavemente la barca, pero el hombre estaba tan inmóvil que parecía que no se había movido de allí desde su llegada a Aranmór.
El barquero giró la cabeza al oír un ruido de pisadas y se puso a remar hacia la orilla en cuanto los vio llegar. Los fugitivos tuvieron que mojarse hasta las rodillas para alcanzar el bote y ponerse a salvo. Cuchulain depositó el caldero que llevaba a su espalda en el fondo de la barca y subió con sus compañeros a bordo del bote.
Entonces oyeron unos gritos.

Relato Fantástico - Emain Macha (IV) La playa empezó a cubrirse de lanceros enemigos. Eogan iba al frente de sus guerreros, agitando la mano que empuñaba la espada y señalando con la punta la pequeña embarcación en la que los ladrones pretendían escapar.
Los guerreros de Eogan arrojaron sus lanzas y jabalinas contra los ocupantes de la barca, pero ninguno de ellos acertó en el blanco y los proyectiles se hundieron con un silbido en el agua. El bote se fue alejando con rapidez, impulsado por la fuerza de tres pares de remos, mientras Eogan los amenazaba desde la playa y agitaba en vano su espada, observando con impotencia la huida de sus enemigos.
— No tardarán en seguirnos con sus barcas – dijo Clíach, jadeando por el esfuerzo.
— No lo harán – sonrió Cathbad. – Hace tres días les pagué a los pescadores para que se mantuvieran alejados de la costa.
— Con oro de mi bolsa, supongo – añadió Cuchulain.
— Por supuesto. No pensarías que iba a pagarles con el mío. Un druida como yo no necesita cargar con pesos innecesarios.
—¿Sabía Eogan que el caldero estaba enterrado en el santuario de Oengus Bolg? – preguntó Cuchulain, que no dejaba de pensar en el colérico rostro del jefe del dun.
— No – le respondió Cathbad. – Eogan conocía la leyenda de su antepasado, pero estoy seguro de que no creía en ella hasta el día de hoy. Pobre desgraciado. El caldero podría haber resuelto todos sus problemas si supiera como utilizarlo. Claro está, siempre que lo hubiera encontrado antes que nosotros – sonrió el druida.


La niebla cubría las líneas de la costa. Cuchulain le entregó al pescador el último oro que le quedaba en su bolsa. El barquero lo aceptó sin mostrar ninguna reacción visible y volvió a alejarse nuevamente de la playa, con la proa vuelta hacia el norte.
Bave escrutaba el horizonte como si lo que viera no fuera de su agrado.
— Niebla druídica – dijo ella con voz preocupada.
— Estás en lo cierto, mi pequeña – comentó Cathbad. – Es preciso que nos reunamos lo antes posible con Conall. No me gusta nada el aspecto de esta niebla.
A pesar de la escasa visibilidad que les rodeaba y les envolvía como un manto húmedo e impenetrable, Clíach conocía muy bien el camino hacia la gruta donde Conall se había escondido con el resto de los lanceros. El bardo había nacido en aquellas tierras y estaba familiarizado por completo con cada árbol, con cada colina, con cada arroyo y con cada valle que su curiosa mirada de poeta había aprendido a amar desde niño. Su corazón estaba profundamente apegado a cada uno de aquellos sitios, consciente de que detrás de cada accidente del terreno había una leyenda o una canción que él despertaría con sus dedos en las cuerdas metálicas de su arpa.
Cuchulain llevaba a su espalda el caldero de Dagda. Se sentía orgulloso de haber tomado parte en aquella arriesgada aventura y estaba convencido de que el final de la misión se encontraba cerca, ahora que habían conseguido apoderarse del caldero. Casi sonreía al imaginar la reacción de Emer cuando volviera a verla de nuevo en Dun Dealgan, con el vientre hinchado y su rostro irradiando luz, esperando con ansiedad el nacimiento de su primer hijo.
El disco solar parecía una bola naranja, fría y distante. La niebla les impedía ver el paisaje que se extendía a su alrededor. Todo era borroso y confuso, como si estuvieran cruzando el umbral del Otro Mundo.
Fue entonces cuando le vieron llegar.
Era una figura alta y sombría, vestida con la túnica blanca de los druidas, en la que podían verse varios dibujos que representaban a un hombre coronado con dos grandes astas de ciervo y rodeado de bestias salvajes. El anciano se apoyaba en una vara de serbal y su barba estaba formada por varias trenzas que le llegaban hasta la cintura.
Era Calatin.



17

— Esperaba con impaciencia vuestra llegada – dijo, deteniéndose a pocos pasos de ellos. – Me alegra ver de nuevo a viejos amigos. ¿Cuánto tiempo hace, Cathbad? ¿Cinco? ¿Seis años, quizás?
Los ojos de Calatin eran fríos como la escarcha, pero su voz era dulce y convincente.
— Cinco – repuso Cathbad. – La última vez que nos vimos fue en la colina de Tara, durante la fiesta de Samain.
— Ah, sí. Es cierto. Casi lo había olvidado – dijo Calatin, posando la mirada en cada uno de los presentes, como si quisiera adivinar lo que estaban pensando. De súbito el druida clavó sus ojos en Bave. Su rostro acusó un cierto aire de sorpresa al verla, pero el druida logró disimular sus emociones con una sonrisa gélida y siguió hablando sin dejar de mirar a la vidente.
—¿Te avergüenzas de mí, Bave? ¿O es el orgullo lo que te impide saludar a tu propio padre?
Aquellas palabras provocaron el asombro de Cuchulain. El ulate no podía creer lo que acababa de oír. Cathbad estaba de pie a su lado, erguido en toda su estatura, pero el druida no parecía extrañado ante aquella sorprendente revelación.
— Un padre no derramaría jamás la sangre de sus hijos en el altar de Crom – le respondió Bave, completamente furiosa. – Eran mis hermanos y tú permitiste que el
cuchillo del sacrificador segara sus jóvenes vidas.
— Crom exige sacrificios de niños, pero a cambio nos ofrece lluvias apropiadas en cada estación y también nos proporciona fértiles cosechas.
Las palabras de Calatin irritaron profundamente a Cuchulain. El ulate pensó en su hijo no nacido y en la gran cantidad de niños que habían muerto a causa del voraz apetito de Crom. Aquel pensamiento le hizo perder el miedo que el druida le inspiraba y por fin se decidió a intervenir.
— En vano sacrificáis las vidas de vuestros hijos – le dijo Cuchulain. – Las tierras de Connacht son tan pobres que apenas producen suficiente grano para alimentar a todos sus habitantes.
— Ulaid es nuestro granero – comentó Calatin con saña. – Nuestros guerreros solo tienen que cruzar la frontera para llevarse vuestro grano y convertir a vuestras mujeres en esclavas. ¿Y tú quién eres, miserable muchacho de cabellos negros? ¿El acólito de Cathbad?
— Mi nombre es Cuchulain, señor de Murthemney y guerrero de la Rama Roja.
—¿Y qué has venido a hacer aquí, perro de Ulaid? Te has alejado mucho de tus tierras – le dijo con una sonrisa burlona. Acto seguido observó el caldero que Cuchulain cargaba a su espalda y de pronto sus ojos brillaron de manera diferente. –¿Qué es eso que llevas ahí? ¿No crees que es una carga demasiado pesada para ti?
Cuchulain no le respondió. El silencio del guerrero impulsó a Calatin a seguir hablando, pero esta vez su tono de voz era más conciliador.
— Dámelo, Cuchulain. Si me entregas el caldero os dejaré marchar. No tienes otra opción. Los guerreros de Maev han matado a todos tus amigos. Estaban escondidos en el interior de aquella gruta – dijo el druida, señalando con un ademán hacia el muro de niebla que cada vez se espesaba más en torno a ellos. – Están todos muertos.
— Mientes – rugió Cuchulain.
Calatin arrugó el entrecejo y golpeó tres veces el suelo con su vara de serbal. Al poco rato varias decenas de lanceros empezaron a surgir de las entrañas de la niebla, como si se tratara de espectros venidos del Otro Mundo que pisaran de nuevo la tierra de los vivos para obedecer las órdenes de su señor. Cuchulain observó que aquellos hombres llevaban pintados en sus escudos la enseña de la reina Maev, dos serpientes aladas mirándose frente a frente.
Y Calatin sonreía. El caldero estaba al alcance de su mano. El anillo de guerreros se estrechaba lentamente sobre Cuchulain y sus compañeros, que contemplaron con horror cómo los guerreros de Connacht arrojaban las cabezas de los que habían muerto en la cueva, confirmando de manera macabra las palabras de Calatin.
Las cabezas rodaron por todas partes. Habían sido salvajemente mutiladas y desfiguradas, pero Cuchulain reconoció en una de ellas el inocente rostro de Laoghaire.
— Estáis perdidos – les amenazó Calatin. – Entregadme el caldero ahora si no queréis cenar esta noche en los salones de Tir Nan Og.
— Ven a por él – dijo Cuchulain, quien aferró el mango de Gae Bolga y entregó el caldero a Cathbad para que lo custodiara. El guerrero se ajustó las correas del escudo en su mano izquierda, preparándose para librar su última batalla.
De pronto Clíach se puso a cantar. Había sacado el arpa de su funda y acariciaba sus cuerdas con los ojos cerrados mientras abría sus labios para animar con enardecidas palabras a su señor. Los guerreros connachta se detuvieron un instante, cautivados por el hermoso sonido que el bardo arrancaba de las cuerdas metálicas del arpa, pero Calatin rompió el hechizo de Clíach con palabras secas.
— Tu cabeza adornará los muros de la empalizada de Rathcroghan – gritó el druida. – Pero a ti, hija traidora – le dijo a Bave – te entregaré primero a los guerreros de Maev para que jueguen contigo, tal como se suele hacer con una vulgar esclava.

Relato Fantástico - Emain Macha (IV) Como respuesta al desafío del druida la hoja azul de Gae Bolga brilló con un resplandor mortífero. Cuchulain se sintió invadido por una fría cólera. No estaba dispuesto a consentir que las sucias manos de los connachta tocaran a la muchacha, y le indignaba que Calatin se atreviera a ordenar la muerte de su propia hija después de haber sido violada.
Cinco guerreros connachta salieron del círculo y se aproximaron a Cuchulain. El ulate blandió su lanza y la hoja dentada de Gae Bolga penetró en el vientre del primer enemigo que se atrevió a atacarle, derramando sus entrañas en el suelo. El segundo intentó alojar su lanza entre las costillas de Cuchulain, pero con un rápido movimiento el ulate sacó una daga de su cinto y se la clavó en la garganta. El enemigo cayó al suelo sin proferir un solo gemido, derramando abundante sangre por la herida abierta. Los otros tres intentaron rodearle, amenazándole con las puntas de sus lanzas. Sin pérdida de tiempo Cuchulain arrojó su daga al connachta que tenía enfrente. El hombre se desplomó con la daga clavada en la frente, pero antes de caer sus compañeros atacaron a Cuchulain por los flancos. El ulate detuvo con Gae Bolga la estocada mortal de la lanza de su primer enemigo, que iba dirigida hacia el pecho, y le dio una patada tan fuerte en el estómago que le hizo encogerse de dolor. El otro intentó clavarle la lanza en la espalda, pero los rápidos reflejos de Cuchulain evitaron la estocada y la hoja de Gae Bolga desgarró el abdomen del sorprendido connachta. Con la agilidad de una pantera el ulate desenvainó su espada y le cortó la cabeza al último enemigo que aún quedaba con vida, sin darle tiempo a que se repusiera del fuerte golpe que le había dado.
Clíach seguía tocando las cuerdas de su arpa. Cuchulain extrajo a Gae Bolga del vientre del enemigo caído y miró a su alrededor, desafiando con la vista a los demás lanceros connachta. Los jirones de niebla ocultaban de vez en cuando las figuras de los guerreros, impidiéndole comprobar su número exacto.
— Estamos muy lejos de Ulaid – se lamentó Cathbad, que estaba sentado en la hierba al lado de Bave, con el caldero de Dagda a sus pies. – Mis poderes no nos servirán de nada aquí. Esta tierra está dominada por otros dioses.
— No todo está perdido – dijo Bave, que tenía los ojos cerrados, como si estuviera escuchando una voz desde lo más profundo de su mente.
Cuatro guerreros enemigos surgieron de entre la niebla e insultaron con grandes voces a Cuchulain. El cerco se iba estrechando, pero los connachta se mostraban indecisos para iniciar el asalto final.
Cuchulain avanzó hacia ellos, con los acordes del arpa resonando en sus oídos.
De pronto un horrible aullido llamó su atención.
Música de lobos.
Unas formas grandes y oscuras atacaron a los guerreros de Connacht a través de la espesa bruma que cubría las figuras del enemigo. Eran lobos de las montañas, que habían abandonado sus guaridas convocados por el jefe de la manada para ayudar al ulate en su solitaria lucha. Una banda de lanceros seguía de cerca a los lobos. Sus escudos estaban pintados con la insignia de la Rama Roja. Eran los lanceros de Fergus, que se pusieron a exterminar sin piedad a sus más odiados enemigos, acuchillándolos con las afiladas hojas de sus lanzas. Con ellos iban Conall y Laeg, guiados por Crínóg, cuyos aullidos helaron la sangre de los connachta.
En aquel lúgubre sonido Cuchulain reconoció el canto mortífero de la diosa de la guerra, un canto salvaje y estremecedor.
La Morrigan había acudido en su ayuda.



La luz del amanecer iluminó con un débil resplandor la sangrienta batalla que se había producido el día anterior. Varias decenas de cadáveres yacían desparramados por todas partes, despojados de sus armas y privados de sus cabezas. Conall había dispuesto que los lanceros de Fergus clavaran los sangrientos despojos en una hilera de lanzas con los rostros vueltos hacia Connacht, vengándose así de la afrenta que les habían infligido los connachta, que habían tendido una emboscada a los ulates que se quedaran en el interior de la gruta y acabado salvajemente con ellos.
Cuchulain lamentaba la pérdida de sus hombres en silencio. Sus guerreros habían entrado en los salones de Tir Nan Og de manera cruel, sin poder despedirse de sus familias. Sus espíritus tendrían que esperar la llegada de la noche de Samain para volver a pisar la tierra de los vivos y ver de nuevo los rostros de aquellos seres que habían amado. Los lanceros de Fergus se encargaron de enterrarlos con las armas que habían llevado en vida. Clíach entonó un cántico fúnebre en su memoria, rasgando las cuerdas del arpa con lentitud y produciendo una música tan bella que hizo saltar las lágrimas de aquellos que le escuchaban.
Crínóg dormía a los pies de su amo. Tenía el hocico manchado de sangre seca. Cuchulain observó al animal durante unos instantes con una mezcla de asombro y miedo. Cada vez estaba más convencido de que la oportuna aparición de aquella manada de lobos era una señal divina, una ayuda que los dioses le habían enviado para evitar que el caldero cayera en poder de Calatin. Solo los dioses podían haber aguijoneado a Crínóg para que la enorme loba de ojos ambarinos abandonara Dun Dealgan e incitara a los hombres de Fergus – que estaban apostados con los guerreros de Murdach a orillas del lago Ree – y a los lobos de las montañas para que la siguieran hasta Tuadmuma.
El hijo de Dectera estaba tan ensimismado en sus propios pensamientos que no se percató de la presencia de Cathbad, quien se sentó a su lado. El druida apoyó una mano sobre el hombro del guerrero y le sonrió de manera cálida.
— Pareces cansado – le dijo. – Deberías dormir un poco.
—¿Qué ha sido de Calatin?
— Ha logrado escapar.
Cuchulain se quedó callado y fijó su mirada en la llanura, donde los cuervos desgarraban la carne de los connachta que habían muerto. Más allá de aquel macabro festín los lanceros de Fergus preparaban todo lo necesario para emprender la marcha hacia Ulaid. Uno de ellos, ayudado por Bave, colocaba el caldero de Dagda en la caja de mimbre de un carro de guerra que había pertenecido a un caudillo connachta.
—¿Sabías que Bave era hija de Calatin? – le preguntó Cuchulain a su abuelo.
— Por supuesto – le contestó el druida. – Lo he sabido siempre.
—¿Y nunca has desconfiado de ella?
— No se puede confiar totalmente en las mujeres, Cuchulain, pero si Bave quisiera traicionarnos hoy ha tenido una buena oportunidad para hacerlo, ¿no crees? – le dijo Cathbad.
Cuchulain afirmó con la cabeza y Cathbad siguió hablando.
— Bave odia a su padre y no se le puede culpar por ello. No debe ser una experiencia muy agradable ver morir a tus hermanos en el altar de Crom cuando no eres más que una niña que se pega con temor a las faldas de su madre. Bave es la mejor alumna que he tenido nunca y en cierto modo me alegro de que abandonara a Calatin y a su sanguinario dios para estudiar la sabiduría del bosque conmigo. Habría sido del todo imposible conseguir el caldero sin su ayuda – dijo el druida, mirando a su nieto. – Pero sin ti tampoco lo habríamos conseguido, Cuchulain. Te has convertido en un temible guerrero que goza de la protección de los dioses. – Cathbad se quedó callado durante unos instantes y luego dijo, señalando a Crínóg. – No te lo había dicho antes, Cuchulain, pero creo que la Morrigan habita en esa loba que te sigue a todas partes.
La banda guerrera emprendió el camino de regreso al atardecer. Los guerreros estaban contentos por haber alcanzado el objetivo de la misión y seguir con vida, y no tardaron en expresar su júbilo de maneras diferentes. Las bromas y los cánticos obscenos llegaron a ser algo habitual entre ellos, un alegre pasatiempo que mantuvo sus mentes ocupadas mientras cruzaban la frontera y dejaban atrás el pequeño reino de Tuadmuma. Ningún piquete de caballería les estaba esperando en los límites de aquel reino. Sin duda los jinetes de Eochaid estarían al corriente de todo lo que le había sucedido a Calatin y a los guerreros de Maev y no deseaban probar suerte en la batalla enfrentándose con los victoriosos ulates, que parecían contar con la bendición de los dioses.
Cathbad iba de pie en el carro de guerra, acompañado por Laeg, quien llevaba las riendas con mano firme. Cuchulain deseaba regresar a casa y abrazar a Emer. Quería estar con ella para presenciar el nacimiento de su primogénito y poder cogerlo entre sus brazos, sintiendo su cuerpecito cálido y frágil.
En las tierras del clan de Murdach los ulates fueron recibidos con suma hospitalidad. Algunas mujeres salieron de sus chozas para recibir a los hombres de Fergus con una sonrisa en el rostro. Era evidente que los lanceros habían cultivado estrechas relaciones con ellas durante su breve estancia en las cercanías del lago.
Después de la cena Cuchulain abandonó el salón de Murdach y se dirigió al cuarto de los huéspedes, mientras Clíach cautivaba la atención de Murdach relatándole con todo detalle los pormenores de la misión en las islas de Arán.
Cuchulain abrió la puerta del cuarto de los huéspedes y entró en el cuarto. El ulate se sorprendió cuando vio a Bave en la habitación, sentada sobre uno de los jergones de paja.
— No sabía que estabas aquí – dijo él. – No te vi salir del salón de Murdach.
Bave clavó en él sus hermosos ojos grises.
— La diosa tenía razón, Cuchulain. ¿Te acuerdas del sueño que te conté en la isla de Aranmór?
— Sí, lo recuerdo – le dijo él.
— He sido una ingenua, Cuchulain. Estaba convencida de que Cathbad usaría el caldero de Dagda para su propio beneficio – dijo ella, lamentándose por haber desconfiado de su maestro. –¿Cómo he podido ser tan estúpida? Mi padre siempre ha deseado apoderarse del caldero y debí suponer desde el principio que haría cualquier cosa por conseguirlo. Solo Calatin sería capaz de utilizar el caldero para desatar el horror sobre la tierra.
—¿Sigues pensando que el caldero no nos ayudará a romper la maldición de Macha? – le preguntó Cuchulain. – No me gustaría pensar que he arriesgado mi vida y la de mis hombres por nada.
— No estoy segura – repuso ella. – Ya te he dicho que el caldero está relacionado con el conocimiento y la regeneración. Quizás Cathbad pueda lograrlo, pero no sé cómo lo hará ni cuánto tiempo tardará en desentrañar los secretos de su poder.
Cuchulain se acercó a Bave y se sentó a su lado. La misión del caldero le había permitido conocerla mucho mejor y ya no desconfiaba de ella, como al principio. El tiempo que habían pasado juntos los había unido de alguna manera, al igual que todos los guerreros que habían participado en la búsqueda del caldero de Dagda.
— Nunca volveré a dudar de él – dijo ella. – Cathbad se ha portado conmigo como si fuera su propia hija, a diferencia de mi padre, que me trataba mucho peor que a un perro y que solo me utilizaba para tomar parte en sus bárbaros ritos.
—¿Qué clase de ritos? – quiso saber Cuchulain.
— Niños sacrificados en altares de piedra ante la mirada suplicante de sus madres, cuyos gritos de queja eran más terribles que el hambre que azotaba a sus familias. La imagen dorada de Crom, que se deleita con los sacrificios de los primogénitos y con los primeros frutos de una tierra ingrata y estéril como solo puede serlo la tierra de Connacht. Muerte y sangre. Aullidos y sed, una enorme sed, una sed devoradora, implacable, insatisfecha. Una sed inhumana que jamás podrá ser saciada.
— No hace falta que sigas, Bave – le dijo Cuchulain. – No me interesa conocer todos los detalles de ese culto atroz.
— Entonces ¿te importaría dejarme dormir? – le preguntó Bave, sonriendo. – Estoy demasiado cansada para seguir hablando. El viaje me ha dejado agotada.
— Como quieras, Bave – dijo él, levantándose del jergón.
— Te agradezco que me hayas escuchado, Cuchulain. Eres un buen amigo y sé que puedo confiar en ti – le dijo ella, mirándole con sus ojos grises. – Que el largo brazo de Lugh te proteja de las armas de tus enemigos. Tu lanza será necesaria cuando llegue la oscuridad.
Y acto seguido se echó sobre su jergón, quedándose dormida.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de diciembre del 2007