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Ciclo Robert E. Howard: Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay (II)
Símbolos ocultos y jardines secretos
Y cielos repletos de insectos
Donde ardientes llanuras se despliegan más y más
Hasta el púrpura país del Preste Juan
Y las murallas del Paraíso.

Chesterton
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay (II) Capítulo 2

Los días pasaron y lentamente la enorme estructura del gigante normando recobró su acostumbrado vigor. En aquellos días se sentaba en la cámara con la cúpula de lapislázuli, o paseaba por los patios exteriores donde las fuentes fluían musicalmente bajo la sombra de los cerezos, y delicados pétalos caían en una colorida lluvia sobre él. El guerrero curtido en batallas se sentía extrañamente fuera de lugar en su estancia de exótica lujuria pero se inclinaba al descanso allí y adormeció su inquieta naturaleza por una temporada. No vio nada de la ciudad, Jahadur, ya que los muros alrededor de los patios eran altos, y de manera inconsciente reconocía que prácticamente era un prisionero. Solo veía a Yulita, los esclavos y You-tai. Con este hombre amarillo habló mucho. You-tai era Cathiano, miembro de la raza que habitaba la Gran Cathay, algo más distante al sur. Este imperio, según comprendió Godric en seguida, había dado lugar a muchas de las historias sobre el Preste Juan; era antiguo, enorme pero ahora un imperio que se desmembraba, dividido en tres reinos: el de Khitai, Chin y Sung. You-tai era más sabio que ningún otro hombre que Godric hubiera conocido y hablaba libremente.
—El emperador pregunta a menudo sobre vuestra salud —dijo él—, pero os digo con franqueza, sería mejor que no fueseis presentado a él, por un tiempo al menos. Desde vuestra gran batalla con los bandidos Hian, habéis capturado la fantasía de los soldados, especialmente del viejo Roogla, el general que ama a la princesa como si fuera suya, desde que la escondió en su silla de montar desde las ruinas de Than cuando los Naimans atacaron desde la frontera. Chamu Khan teme a cualquiera al que el ejército adore. Teme que pudierais ser un espía. Teme demasiadas cosas para ser emperador, incluso a su sobrina, la princesa Yulita.
—Ella no es como las muchachas de la Negra Cathay que he visto —comentó Godric—, su cara no es achatada, ni tampoco sus ojos rasgados.
—Ella es de sangre irania —respondió You-tai—. Es hija de alguien de sangre real de la Negra Cathay y una esclava persa.
—Veo tristeza en sus ojos a veces —dijo Godric.
—Ella recuerda que pronto va a abandonar su montañoso hogar —respondió You-tai, mirando a Godric de cerca—. Va a casarse con el príncipe Wang Yin del imperio Chin. Chamu Khan la ha prometido a él, por su ansia de ganar el favor de Cathay. El emperador teme a Genghis Khan.
—¿Quién es Genghis Khan? —preguntó Godric ociosamente.
—Un jefe de los mongoles Yakka. Su poder ha crecido enormemente en la última década. Su gente es nómada, fieros luchadores que tan poca cosa tienen en el desierto baldío donde viven que no les importa morir. Hace mucho tiempo sus ancestros, los Hiong-no, fueron empujados al Gobi por mis antecesores, los cathianos. Estaban divididos en muchas tribus que luchaban unas contra otras, pero Genghis Khan parece haberles unificado para conquistar. Incluso escuché salvajes historias de que planea sacudirse su vasallaje de Cathay e incluso guerrear contra sus señores. Pero eso es una idiotez. Este pequeño reino es diferente. Aunque Hia y los keraits están entre Chamu Khan y los yakkas, Genghis Khan es una amenaza real para este imperio montañoso.

Ciclo Robert E. Howard - Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay (II) »La Negra Cathay ha surgido como un reino aparte, cerrado al exterior y sin alteración, donde ningún enemigo importante ha llegado durante eras. Ya no son ni turcos ni chinos, sino que constituye una nación aparte, con sus propias tradiciones. Nunca han necesitado de alianzas para su protección, pero ahora que se han vuelto blandos y degenerado en los largos años de paz, incluso Chamu reconoce su debilidad y busca aliar su casa con la de los Chins de Cathay.
Godric meditó un momento. —Pareciera que Jahadur es la llave de la Negra Cathay. Esos mongoles deben tomar primero esta ciudad para asegurar su conquista. ¿No atestaría las murallas de arqueros y lanceros?
You-tai se frotó las manos en vano. —Nadie sabe lo que Chamu Khan tiene en mente. Hay cerca de mil quinientos guerreros en la ciudad. Chamu incluso ha enviado nuestro destacamento más poderoso, una tropa de duros jinetes turcos, a otra parte del imperio. Nadie sabe el motivo. Os ruego, que a nadie de la corte le digáis que os lo he contado. Chamu Khan sospecha que sois un espía de Genghis Khan, me temo, y será mejor si no manda a buscaros.
Pero Chamu Khan hizo llamar a Godric antes de que pasaran muchos días. El emperador le dio audiencia, pero no en el salón del trono, sino en una pequeña cámara donde Chamu Khan se desparramaba como un enorme y gordo sapo en un diván de seda, ayudado por un gran eunuco negro con una cimitarra de dos manos. Godric vio el desprecio en sus ojos y respondió con paciencia a las cuestiones de Chamu Khan acerca de su gente y su país. Se sorprendió por la absurdez de la mayoría de esas preguntas, y de la evidente ignorancia y estupidez del emperador. El viejo Roogla, el general, un salvaje con un fiero bigote y el pecho como un barril, estuvo presente pero no dijo nada. Pero sus ojos se apartaban de la gruesa e incapaz mole de carne y arrogancia que estaba sobre los cojines para posarse en la figura de anchos hombros y la dura cara llena de cicatrices del franco. Chamu Khan observó todo esto por el rabillo del ojo ya que no era completamente tonto. Habló a Godric con amabilidad, pero el cauteloso normando, que solía relacionarse con gobernantes, percibió que el desagrado se mezclaba con el sentido de la obligación del khan, y este desagrado estaba mezclado con miedo. Chamu le preguntó súbitamente por Genghis Khan y le miró con los ojos entrecerrados. La sinceridad de la respuesta del caballero convenció a Chamu de manera evidente, aunque una sombra de desconfianza se alojó en su gorda cara. Después de todo, decidió Godric, es natural que un emperador sea suspicaz con un extraño en su reino, en especial con uno que dominaba tantos aspectos de la guerra como lo hacia el normando.
Al final de la entrevista, Chamu abrochó una pesada cadena de oro alrededor del cuello de Godric con sus propias manos regordetas. Entonces Godric volvió a su cámara con la cúpula de lapislázuli, a los cerezos junto a los que se amontonaban alegres y coloreadas nubes caídas de los frutales sacudidos por la brisa, y a los perezosos paseos y charlas con Yulita.
—Parece extraño —dijo él abruptamente un día—, que tengas que abandonar esta tierra e ir a otra. De alguna manera no puedo dejar de pensar en salvar a una delgada muchacha para que esté para siempre bajo estos floridos y viejos árboles, con su embelesadoras fuentes y las montañas de la Negra Cathay irguiéndose contra el cielo.
Ella contuvo el aliento y volvió el rostro como si se hubiera ofendido.
—Hay cerezos en Cathay —dijo ella sin mirarle—, y fuentes también, y preciosos palacios como nuca he visto.
—Pero no hay tantas montañas —respondió el caballero.
—No —su voz era baja—, no hay tantas montañas... ni...
—¿Ni qué?
—Ni caballeros francos que me salven de los bandidos —ella rió repentina y dulcemente.
—Ni los habrá aquí por mucho —dijo él sombríamente—. El momento de volver a tomar mi camino se aproxima. Vengo de una estirpe inquieta y he holgazaneado aquí demasiado tiempo.

Ciclo Robert E. Howard - Las Ensangrentadas Hojas de la Negra Cathay (II) —¿A dónde iréis, oh Godric? —dijo ella mientras contenía el aliento.
—¿Quién sabe? —En su voz se adivinaba la amargura que sus paganos ancestros vikingos tenían—. El mundo está ante mí, pero ni todo el mundo con sus brillantes leguas de arena o mar puede saciar el hambre que hay en mi. Debo cabalgar, es todo cuanto sé. Debo cabalgar hasta que los cuervos blanqueen mis huesos. Acaso cabalgue de vuelta para contarle a Montserrat que su sueño de un imperio del este es una burbuja que ha explotado. Quizás cabalgue al este de nuevo.
—Hacia el este no —ella negó con la cabeza—. Los cuervos se están reuniendo en el este y hay una roja llama que ilumina la noche. Wang Khan y sus keraits han caído ante los jinetes de Genghis Khan y Hia resiste ante sus avalanchas. La Negra Cathay también, pero temo que está condenada si los Chins no envían ayuda.
—¿Te preocuparías si cayese? —preguntó él con curiosidad.
Sus claros ojos le sondearon.
—¿Qué si me preocuparía? Lo haría incluso si un perro muriese. Tened por seguro que lo haría si un hombre que ha salvado mi vida cayese.
Encogió sus enormes hombros. —Sois amable. Hoy cabalgué. Mi herida hace tiempo que sanó. Puedo portar mi espada de nuevo. Gracias a vuestros cuidados estoy tan fuerte como jamás antes. Esto ha sido el paraíso, pero vengo de una raza agitada. Mi sueño de un reino esta destrozado y debo viajar a alguna parte. He oído hablar mucho a los esclavos y a You-tai de Genghis Khan y sus jefes. Sí, de Subotai y Chepe Noyon. Le ofreceré mi espada a él.
—¿Y luchar contra mi gente? —preguntó.
Su fija mirada decayó ante sus claros ojos. —Puede que sea el acto de un perro —murmuró—. ¿Pero que haríais vos? Soy un soldado; he combatido para y contra los mismos hombres hasta que cabalgué hacia el este. Un guerrero debe elegir el bando vencedor. Y Genghis Khan, según todos dicen, ha nacido para conquistar.
Los ojos de ella brillaron. —Los cathianos enviarán un ejército y lo machacarán. No puede tomar Jahadur. ¿Qué saben sus hordas vestidas con pieles de ciudades amuralladas?
—Nosotros éramos una horda desnuda ante Constantinopla —murmuró Godric—, pero teníamos avidez por entrar y la ciudad cayó. Genghis y sus hombres están hambrientos. He visto hombres de la misma calaña. Vuestra gente es gorda e indolente. Genghis Khan los conducirá como si fueran borregos.
—Y tú lo ayudarás —dijo ella con ardor.
—La guerra es un juego de hombres —dijo él con rudeza. La vergüenza endureció su tono; esta delgada muchacha de ojos límpidos, tan inocente e ignorante de los caminos del mundo, albergaba viejos sueños de idealista caballerosidad en su alma... sueños que él había perdido hacía tiempo en la fiera necesidad de la vida—. ¿Qué sabéis vos de la guerra y la perfidia de los hombres? Un guerrero debe cuidar de sí mismo tanto como pueda. Estoy cansado de luchar en causas perdidas y conseguir tan solo duros golpes a cambio.
—¿Qué pasaría si te lo pidiera... suplicándote? —Ella suspiró, inclinándose hacia delante.
Un súbito torrente de locura le recorrió el cuerpo.
—Por vos —rugió repentinamente como un león herido—, ¡cabalgaría solo hasta las yurtas de los mongoles y les machacaría en la roja tierra y traería de vuelta las cabezas de Genghis y sus khans en un racimo colgadas de mi silla de montar!
Ella retrocedió, boquiabierta por el súbito arrebato de pasión, pero él la cogió en un inconsciente y rudo abrazo. Su raza amaba al igual que odiaba, con fiereza y violencia. Él no habría magullado su tersa piel ni por todo el oro de Cathay, pero su propio salvajismo salía de si mismo.
Entonces una súbita voz le devolvió a su ser y soltó a la muchacha y se giró dispuesto a combatir contra todo el ejército de la Negra Cathay. El viejo Roogla estaba ante ellos, resollando.
—Mi princesa —jadeó—, la embajada de la gran Cathay... acaba de llegar.
Ella se tornó blanca y fría como una estatua.
—Estoy preparada, oh Roogla —susurró ella.
—¡Lista para el demonio! —rugió el viejo soldado—. ¡Sólo tres de ellos han atravesado las puertas de Jahadur y se están desangrando de muerte! No vais a ir a Cathay para casarte con Wang Yin. No ahora, al menos. Y serás afortunada si no eres arrastrada por el pelo hasta la yurta de Subotai. Las colinas son un hervidero de mongoles.
»Cortaron las gargantas de los vigilantes de los pasos, y emboscaron a los embajadores de Cathay. En una hora estarán aquí, una completa horda de diablos aulladores junto a las puertas de Jahadur. Chamu Khan está furioso como un demonio con un cuerno en su altar. No podemos enviarte ahora. Genghis cortó todos los pasos hacia el exterior. Los turcos del oeste te darían protección, pero no podemos llegar a ellos. Lo único que puedo hacer es defender la ciudad. Pero con esos perros bebedores de vino y gordos apestosos de perfume a los que llamamos soldados seremos muy afortunados si conseguimos clavar una mísera flecha mientras nos defendemos.
Yulita se giró hacia Godric mirándole a los ojos.
—Genghis Khan está en nuestras puertas —dijo ella—. Ve con él. —Y volviéndose caminó delicadamente hacia una salida cercana.
—¿Qué ha querido decir? —preguntó el viejo Roogla incrédulo.
Godric gruñó de manera gutural. —Traedme mi armadura y mi espada. Voy a buscar a Genghis Khan... pero no como ella piensa.
Roogla asintió agitando su bigote. Propinó una palmada a Godric que habría dejado sin sentido a un hombre más débil.
—¡Salud, hermano lobo! —rugió—. ¡Aún le daremos batalla a Genghis! ¡Le mandaremos de vuelta al desierto para lamer sus heridas si conseguimos que sólo tres hombres de todo el ejército no huyan! ¡Pueden estar frente a nosotros y empuñar sus armas cuando rompamos nuestras espadas y hachas, mientras la pila de mongoles muertos será tan alta que las mujeres se subirán en ella para contemplar la batalla!
Godric sonrió ligeramente.

Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de diciembre del 2007