La última entrega de la trilogía “Anok, hereje de Estigia” llega a nuestras manos confirmándose como todo aquello que se esperaba de ella, para bien y para mal.
“Veneno de Luxur” se conforma a un tiempo como la resolución de los enigmas que han ido acompañando a Anok durante su accidentada vida, sin dejar por ello la acción principal y los progresos de los más altos escalones de la casta sacerdotal en sus supuestos planes al servicio de Set.
Redundando y confirmando las ideas tramadas en anteriores entregas el joven acólito es, indudablemente, un peón a ser utilizado por sus superiores, debido a su inmenso potencial mágico. Por otra parte, la lucha interior del medio estigio contra la corrupción que se adueña de su ser cada vez que emplea sus capacidades místicas llega a puntos de difícil retorno, en la cual sus amistades asumen un papel protagonista en el intento de recuperar al Anok que, lentamente, se les escapa.
La acción en este volumen se divide en dos partes: por una parte una búsqueda de una serie de ingredientes necesarios para la consecución de un ritual que dará a los superiores del joven acólito de tremendo poder. Por otra parte, la vertiginosa escalada del “hereje” en la pirámide de poder del dios-serpiente le aúpa a los primeros rangos del sacerdocio, donde puede disfrutar de los privilegios por los que ha luchado tan duro.
“Esta noche, durante los festejos, llevaremos a cabo una ceremonia. ¡Es hora de que comiences tu iniciación como sacerdote completo de Set!
Tras los sucesos narrados en la primera y segunda parte, comienza una búsqueda cuyo alcance desconoce incluso Anok: la búsqueda de una serie de artefactos arcanos. La iniciación en el sacerdocio dispara la velocidad a la que la corrupción le invade, pero los descubrimientos no son todos negativos: Teferi, amigo íntimo del acólito, resulta ser miembro de una estirpe de cazadores de hechiceros; inmune a la magia que le afecte directamente y capaz de afectar a los sueños de los demás. Una nueva ayuda para una causa desesperada.
“El acólito soltó una carcajada mientras la sangre caliente le salpicaba la cara”
Mientras la corrupción avanza con decisión sobre el alma de Anok, el siguiente paso de la confabulación sacerdotal se ejecuta: el descubrimiento del templo de Ibis en Estigia, y la aniquilación de ese culto rival. Sin embargo, el auténtico objetivo no es librarse de posibles enemigos, sino hacerse con las “escamas de Set”, poderosos artefactos mágicos… uno de los cuales descansa en el interior del medallón que Anok porta desde que se lo entregó su agonizante padre.
Durante la toma del templo, se hace prisionera a la sacerdotisa de Ibis, que resulta ser la hermana que el acólito buscaba desde hacía tiempo, y la llave para averiguar la verdad de su pasado.
“En el interior de la serpiente de latón las llamas de color naranja se retorcieron y danzaron, casi como si estuvieran vivas”
Pese a tanto tiempo conspirando, Anok descubre que no es el único hereje que mora en el desierto: Ramsa Aál, ha realizado su búsqueda con el fin de resucitar a Parath, y emplearlo para conseguir un elevado poder personal, aunque sea a costa de Set. Los artefactos hallados conformarán el armazón que albergará su ser, y un enorme sacrificio de sacerdotes de otros cultos culminará el proceso. El plan del estigio es conservar las Escamas, teniendo al demonio bajo su control. Y el plan de Parath es conseguirlas gracias a su secreto servidor: Anok.
La batalla inevitable no sólo zanjará la disputa entre hechiceros y dioses: también resolverá el conflicto interior del alma de Anok.
Soso y falto de una estructura que le dé razón, “Veneno de Luxur” comparte las pequeñeces de los dos volúmenes anteriores, y apenas si tiene alguna de sus grandezas.
La lucha interna entre Anok (libre de corrupción) y Kamanwati (gran sacerdote de Set, libre de remordimientos que aceptó como natural ese declive espiritual) se hace cansina, volviendo a lo mismo página tras página. ¿Recaída? Terapia. Arrepentimiento. Nueva tentación. Recaída…
Por otra parte, se repite el problema que tuvo “Hereje de Set”, en el sentido de falta de conexión entre los diversos sucesos que relata el señor Steven York. Aventuras breves pero espectaculares, con un enorme derroche mágico unidas siempre por charlas entre el grupo de amigos. El hecho de que el protagonista ignore los detalles de la confabulación sacerdotal no puede servir de excusa para saltarse una trama consistente. Y, como el acólito tampoco tiene una planificación acerca de lo que quiere realizar (¿pero sabe qué es lo que quiere?), se encuentra muchas veces como espectador privilegiado en los escenarios que le vienen dados.
La coherencia del relato respecto de los escenarios que componen el mundo narrado por Howard (esta trilogía forma parte de la serie “La era de Conan”, lamento tener que recordar) disminuye casi hasta desaparecer, ya que los hechos ya no ocurren en enclaves descritos ni por asomo por el texano. Un pelín de Kheshatta, una pizca de Luxur… y ya están salvadas las apariencias. Supongo (temo) que éste va a ser el verdadero denominador común de las diversas trilogías: el mundo en que combatió Conan como excusa para cualquier tropelía hacia ese entorno. Steven York no es el primero que hace esto, pero siempre estuvo la esperanza de que fuera uno de los pocos que respetara lo ya consagrado.
El sistema mágico… no sé si existe. Al final uno se aburre de sumar efectos mágicos a cual más disparatado, realizado cada uno de una manera. El combate final (todos los hechiceros presos contra el demonio Parath) es una aberración que se veía venir. Para evitar aburrir con tanta brujería, de vez en cuando hay un combate con espadas, y listos.
Inevitable hacer referencia a Teferi y a su habilidad de manipular los sueños de otros con la ayuda de un bastón de madera de su pueblo. Quiero suponer que se trata de un tributo a Moorcock , porque las similitudes son demasiadas como para pensar en otra cosa.
|