Los rostros sobre la mesa rectangular estaban ocultos por una espesa sombra para no ser reconocidos, incluso las voces aparecían distorsionadas a través de una mezcladora.
Ante ellos, en la cabecera de la mesa, tamborileaba los dedos el mercenario, su cara tampoco se distinguía entre los largos mechones de cabello. Provocaba cierta aversión a los cuatro hombres con corbatas ajustadas, relojes de alta tecnología y gemelos de oro. No había ninguna computadora en la oscura oficina, ni micrófonos o cámaras. Ni una sola sílaba de la reunión podía quedar registrada.
Las uñas pintadas de negro subían y bajaban sobre la superficie de espejo, aunque el mercenario no parecía nervioso, su única intención era molestar.
—Seremos tan breves como sea posible ─dijo uno de los cuatro─. Ya ha sido demasiado osado traerlo hasta aquí.
─¿A tu preciosa ciudad? ─dijo el mercenario─. Hermosas sisís para una dolsha city llena de merdé en el cráneo.
─Claro, Usted prefiere la desolación del desierto.
─El Gran Erg vive, yo siento sus latidos.
─No nos interesan sus sentimientos. Vayamos al grano. —pronunció otra voz distorsionada
─Más vale que te importen, blanquito de manteca ─siseó el mercenario con una sonrisa perversa─. Que haga tratos contigo no me obliga a ser tu amigo y menos aún a mostrarme sumiso ¿Capice, asshole?
─Acepte mis disculpas ─pidió el aludido─, pero, por favor, háblenos en lengua mundial. El crisol se hace complicado de entender.
El crisol era un lenguaje nuevo, producto directo del uso y abuso de internet. En realidad era la misma lengua mundial con términos, apócopes y palabras extraídas de idiomas desaparecidos generaciones atrás.
Otro de los cuatro carraspeó para cortar el espeso clima y dijo:
─Nuestro objetivo es obtener un beneficio mutuo. Queremos los desiertos limpios de Clanes. El programa D.A. de los norteños seiyones nos cobra fortunas por cada patrulla de PainKillers. ¿Por su lado, usted qué pretende obtener?
─Impunidad. No quiero ser molestado por sus estúpidos policías. No me meteré con sus dolshos intereses. Sólo vengo a la city una vez al año. Nadie tocará ninguno de sus vuatires, ni sus camiones, si yo soy el amo del Gran Erg.
─Entonces debemos amontonar a los nómadas en el sitio establecido, no muy lejos de donde estamos. Entretanto, aquí en la ciudad, nos encargaremos de todos los miserables que consigamos reunir.
─¿Ustedes? ─dudó el mercenario.
─Habrá un festival musical de todos los géneros que se conocen. Hemos contratado a más de veinte grupos “reales”. No será sólo otro show de proyecciones viejas. Hablo de sonido en vivo.
─Allá ustedes y sus tácticas; yo les daré algo directo. Las cabezas de todos los Eríquis del desierto.
─¿Y que hay del Puma? ─dijo el único de los cuatro de no había hablado hasta el momento. La pregunta borró la sonrisa del mercenario, que no se molestó en disimularlo─. Nos han llegado reportes extraños de un Demonio de la Arena con poderes incomprensibles. Dicen que aniquila mujeres y niños sin piedad, que acostumbra devorar el corazón de sus enemigos…
─¡Ya te reconocí! ─gritó el mercenario apuntándolo con el índice─. ¡Eres el cobarde de la ciudad!
─Sólo digo…
─¡Bullshit! Tu demonio tiene nombre y sangra como cualquier filho de puta. Se llama Sálvat, Eriqui de las Hienas. No lo conozco personalmente, pero todo lo que oíste son huevos de moscas en los oídos.
─Espero que tus palabras no sean huevos de moscas en nuestros oídos.
─Ok, ok, ok, ok, ok, ok, ok, ok. Espera y verás.
La rueda trasera mordió la quebradiza arena de la fosa y el viento le arrojó una nube blanca desde los bancos de sal. No tenia tiempo para pensar, dejó que sus reflejos lo llevaran. Arrancó el guarda manos que colgaba prendido a un frágil tornillo golpeando sus dedos. El freno a disco delantero había perdido adherencia con el brusco pilotaje por lo que maldijo a la arena y a su tozudez de no llevar la XTX Seiscientos al taller de los Giovanetti. Emprendió hacia la duna, una rampa natural desde la que se elevó cinco metros, un par de dardos silbaron inútiles lejos de él. Al tocar el suelo, le alegró descubrir que los nuevos muelles soportaban sin mella el impacto. Dobló a la izquierda, entreviendo la silueta del arenero que lo seguía con tres punks. No tenia nada personal contra ellos, pero el territorio es el territorio y había que defenderlo.
Cuando divisó el médano con el arbusto seco, supo apartarse para que lo siguiesen hasta un sendero flanqueado por dunas. Pudo atravesarlo limpiamente, pero los punks cayeron en la trampa. Sobre cada duna, enterrados hasta los ojos, aguardaban sus jevigos, los amigos del Clan; “Gos” se utilizaba con las personas estimadas, Jevi era una deformación de la antigua palabra, Heavy. Tres pares de arpones acribillaron con sus lanzas al arenero. Al volcar aplastó a los punks.
Un sobreviviente, se quejaba de dolor, caído a pocos metros del vehículo. Raudamente, el motociclista que había obrado de carnada le tiró del cabello para abrirle la garganta para que muriese después de desmayarse. Sus compañeros de Clan se acercaron.
─Ese es el último, Sálvat. ─dijo un hombre de corta barba rubia. El desierto había enrojecido su piel.
─Eso espero, Rufto. ─replicó el líder nómada, un gigante de dos metros y desarrollada musculatura. La mirada torva en el rostro curtido y oscuros ojos. El largo cabello de color paja mojada le caía lacio y dócil. Un chaleco de piel de Yaguaretech lo cubría, fruto de una vieja pelea a muerte. Llevaba un pantalón de cuero, asegurado por un cinturón ancho con hebilla de oro representando a un felino extinto y protegía sus pies con botas de conducir llenas de hebillas.
─Iremos al sur por agua y combustible.
─¿Al Oasis?
─No, a los Talleres de los Giovanetti. Que el Clan se aliste.
─Como digas, Eríquigos.
Dirigir a los trescientos integrantes del Clan de las Hienas era tan del gusto de Sálvat como una copa de hiel. Si bien no le parecía una obligación, sentía con tirantez la responsabilidad por su gente. Muchos eran amigos, viejos compañeros de aventuras, pero la mayoría eran errantes que, atraídos por los dichos del desierto, querían conocer al “Puma”, al Demonio de la Arena. Muchas veces había reprendido al viejo Hongus por sus delirios religiosos en las reuniones alrededor del Caldero. Mas, por otra parte, le divertía descubrir hasta dónde tenía la culpa. No lo hacía concientemente, así había nacido.
¿Qué podía hacer si, sin tener forma de evitarlo, conocía cada pensamiento de las personas?
Poco a poco había empezado a descubrirse. Sus nebulosos sueños podían interpretarse con un poco de atención.
No entendía bien cómo, pero solía adivinar donde estaban las cosas perdidas, o el clima de pasado mañana, o si una gibuda tendría crías.
Su suerte, mejor dicho, el cumplimiento de sus deseos, era conocido en todo el Clan. Siempre conseguía lo que quería, pero no todas las veces como lo quería ni cuando.
No podía decirse que le temiera a algo en particular, pero siempre se preocupó de evitar el Oasis de los Huesos al sur de la ruta Ciento Uno, bajo los montes Tyw. Los cadáveres de miles, dos ejércitos completos, yacían ahí. Tal vez los espíritus lo atormentarían con sus lamentos. ¿Quién sabe que más podía hacer el Demonio de la Arena?
No quería volver a las ciudades, no obstante sabía que su vida como Eriqui de las Hienas terminaría en algún momento. Las viejas preguntas sobre los porqués eran ahora un sutil fantasma que se desvanecía. Lo único que extrañaba era su inocencia. Por cierto, devorar los corazones de enemigos le resultaba decadente, pero tenía notables efectos entre sus seguidores y antagonistas. Su propia furia lo estremecía, pues desconocía hasta donde podía llegar.
Un viejo chamán del Clan decía que era un brujo, un porta espíritu que estaba entre dos mundos.
Sálvat se reía a carcajadas mandándolos a pasear; sólo quería ser un humano más, como todos.
Los caminos del Gran Erg, el Desierto Grande del planeta Arena, serpenteaban entre mares de dunas. Sólo las estrellas guiaban a los nómadas.
Sobre el capot de un camión todo terreno, reforzado con gruesos para choques, Sálvat, Rufto y Hongus degustaban el té del crepúsculo contando las lucecillas del firmamento. Hacia dos horas que el Eriqui había dejado el lecho que compartía con sus dos concubinas, la pequeña Radi y Soya. Había disfrutado del sexo con ambas, pero ya comenzaban a aburrirlo, pronto tendría oportunidad de liberarlas o trocarlas con otro Eriqui.
Encima de los doce cilindros iban cómodos. El rostro del conductor, a sus espaldas, seguía atento la ruta.
─¿Crees que viva gente allá arriba? ─Rufto se recostó de cara al cielo.
─¡Seguro! ─chilló el viejo Hongus─. Muchos han visto luces en las rutas. Son naves de otros mundos. ─en el rostro de Sálvat se dibujó una amplia sonrisa─. Viejas leyendas cuentan de un tiempo en que los hijos de las estrellas desposaron a las hijas del planeta Arena…
─¡Qué piara de degenerados! ─rió el Eriqui.
─Quizá tú seas un descendiente de ese linaje, Puma. ─replicó ceñudo el viejo.
─Tal vez tú eres un depravado ser de las estrellas, he notado como miras a las hijas del planeta Arena ─retrucó Sálvat después de apurar el contenido de su tazón.
La carcajada de Rufto se oyó sobre el rumor de los doce cilindros. De pronto su expresión cambio. Sin decir palabra señaló el firmamento, los tres quedaron boquiabiertos un momento.
El más alto usó los binoculares que colgaban de su cuello.
Una estrella mucho más brillante que cualquiera del cielo surcaba a velocidad constante el cenit. Obviamente era un objeto en órbita, Sálvat lo había descubierto desde niño. Decían que era un satélite pero su tamaño superaba a todos los que había visto.
─Si dejaran de burlarse de un viejo cara de pergamino como yo ─cloqueó Hongus─, les diría de qué se trata.
─Dilo, nadie se reirá. ─apremió Sálvat.
─Es arqueológico. La prueba física de la perdida gloria de los humanos. Antes de la decadencia, en el preholocausto, se hicieron naves especiales para ir a otros planetas. Ninguna llegó a ninguna parte por que el declive de la civilización se adelantó. Los bárbaros descendientes no entendieron la tecnología de las ruinas. Allí quedaron esas naves, fríos ataúdes que algún día se precipitaran hasta nosotros.
─¿Existe aún la estación de lanzamiento? ¿Sabes donde está? ─Interrogó el Nómada, ya sin la menor burla en el tono de su voz.
─Solo rumores, viento del desierto. Todos hablan del norte, de Progreña, en el país de los seiyones.
─Los mismos que producen los tanques del D.A., los descontaminadores ambientales. Las painkillers han diezmado clanes enteros ─indicó Rufto─. Al parecer son muy superiores, tecnológicamente hablando.
─ “El desierto nos protege y nos presta libertad” ─canturreó Sálvat─. Mientras no se metan con nosotros, no nos preocuparemos de ellos.
─Ellos traen las Matadolores al desierto, Sálvat. Son enemigos. ─insistió Rufto.
─Por eso destruiremos cada uno que veamos. No me importa que expriman a los parásitos de las ciudades, pero deben aprender a dejar al Gran Erg en paz.
Los Talleres de los Giovanetti eran una posta en el centro del desierto. No solo poseían la mejor tecnología en toda la extensión del Distrito Sur, sino lugar para repostar y descansar. Duchas de verdadera agua. El desguasadero mayor que Sálvat había visto en su vida y una descomunal Biblioteca. Al Nómada le encantaba pasar horas en los mullidos sillones, devorando ejemplar tas ejemplar. Las historietas lo fascinaban. En más de una ocasión se había envuelto en ardorosas discusiones con Dino Giovanetti para que le vendiese alguna, con una tozuda negativa como respuesta. Ningún nómada molestaba a la familia de mecánicos, ese era el pacto. Ellos mantenían los vehículos de los habitantes del desierto a cambio de protección. El enigma era donde escondían a sus mujeres, jamás vistas por nómada alguno. A veces algún niño Giovanetti deambulaba en los talleres. Se sospechaba que vivirían en cuevas de los cerros circundantes, en cuya ladera estaban los enormes galpones.
En todo caso nadie se equivocaría molestándolos, a menos que buscase que todos los nómadas del planeta Arena quieran matarlo.
Sálvat dejó su XTX Seiscientos en las mejores manos que conocía. Se duchó para más tarde recostarse en una hamaca entre dos palmeras. Mirar el océano de dunas candentes bajo el poderoso sol era su forma de descansar. En algún momento le ganó el sueño, porque despertó sacudido por Dino. Al entreabrir los ojos lo vio tendiéndole una limonada.
─¡Toma! ─le dijo y la aceptó sin expresión, sentándose─. Hay noticias, no son buenas.
─Habla.
─Conoces a Urso, el Eriqui de Los Corta Piernas. Ha hecho correr la voz en los oasis. El Clan de los Vicius se está aliando con algunos punks suburbanos, una horda de veinte mil. Varios eriquis envían mensajes para que nos unamos en Piedra Parada.
─¿A ustedes también?
─Los Giovanetti también somos habitantes del Gran Erg.
─No son combatientes, no intervengan. Necesitaremos mecánica para nuestros vehículos ¿Quiénes están yendo al encuentro?
─Tiarat de los Alacranes, Dokkur de los Constrictores y Sagitario, de los Caparazones Negros.
─Apenas los conozco. No me gusta…
─La amenaza de los Vicius es real, Urso no mentiría por ningún motivo.
─En cuanto nuestros motores estén listos, nos pondremos en camino.
Piedra Parada era una columna de roca de diez metros de diámetro por treinta de altura. Un capricho de la erosión. Destacaba de otras similares en que se erguía solitaria en el centro exacto de valle profundo del río Guazú, y al oeste del Oasis Alacrán. Se hallaba en el límite norte del Desierto Grande. Para nómadas y ciudadanos era como una advertencia. Un símbolo que señalaba la frontera. La superficie era amarillo amarronado, con grietas y salientes no muy marcadas. Unos buenos ojos podían distinguir en la cima una osada vegetación.
Al llegar las Hienas, muchos clanes estaban asentados. Grandes carpas de coloridas telas partían desde la base de roca erosionada. El rumor de los motores producía ecos en el valle, con el vapor de los calderos subiendo hasta el cielo.
Los vigías anunciaron con sus radios el arribo de Sálvat y su gente. La emoción se adueñó de todos. Donde se posaban los ojos había camiones, autos y motos de ensueño. Todos los modelos hechos a medida. Un espectáculo parecido, jamás igual, costaría fortunas de contemplar en las ciudades donde todo se valorizaba por medio dinero.
El Nómada desmontó su XTX Seiscientos, ahora puesta a punto. Era una buena moto para el desierto, pero no podía competir con algunos monstruos intercontinentales de cuatro cilindros, de mil a mil trescientos CC. Hizo señas a uno de sus Hienas para que cuidara la moto. Caminó solitario entre los pabellones y carpas. Era un ejército enorme. Pero en su mente latían muchos interrogantes.
¿Es realmente necesario arreglar este conflicto en una batalla campal?
¿Somos tantos los nómadas como para matarnos unos a otros?
¿Dónde se supone que nos enfrentaremos?
Y lo peor: ¿Quién comandara la batalla?
Distinguió las hojas de sierra circulares sobre un grupo de carpas blancas y negras. Eran los Corta Piernas de Urso, riffs de música metálica llegaban desde ahí. Tenía una amiga entre ellos llamada Gisella, pero ahora estaba en otro Clan, en más de una ocasión se habían salvado el pellejo, era una guerrera diestra con las armas de tiro. Era la clase de mujer que había ganado su independencia en ese mundo machista. Esgrimía su titulo de Valiente ante todos los Eriquis.
Sus pasos lo llevaron hasta las raíces de Piedra Parada donde una leyenda aparecía grabada en la roca. Era la trascripción de la portada de un antiguo CD, muchos dudaban de la fidelidad de la traducción.
El que rehúsa tomar parte de la mediocridad moderna siempre estará solo, un paria. Él es el que trae el Cambio, cambio que infunde miedo a todos los que van con la ola del momento. Su poder viene de otros, no de ellos.
¡Ellos son falsos!
Se angustian por que los que traen el cambio han llegado juntos.
El tiempo es ahora, no podemos ser detenidos, estamos cabalgando alto y duramente sobre la voluntad de la gente.
La batalla comienza, escoge tu lado.
¡Muerte al Metal Falso!
Por siempre,
Peleando al Mundo
─¿Y, Puma? ¿Pelearás al mundo? ─Oyó a sus espaldas. Ahí estaba Urso, su abdomen bastante grueso. La negra melena de alambre le caía a los lados de la cara con dos mechones canosos. Los ojos violetas halagaron a Sálvat. Este pudo ver en las muñequeras la mitad de una hoja circular dentada y afilada. Ya había visto como las usaba, por eso eran amigos.
─El mundo es un perro pendenciero que nunca da tregua. Yo me porto igual con el.
Urso rió y le pasó una botella de aguardiente. Sálvat bebió para retornársela.
─¿Qué es todo esto? ─dijo.
─Una congregación de clanes. Los Vicius se están uniendo con unos punks en el cruce.
─¿Punks? ¿Los Vicius? ─mostró incredulidad el gigante─. Son numerosos, pero jamás tuvieron equipo y armas suficientes. Además, se arriesgan a ser exterminados.
─Mis batidores vieron muchos vehículos, mucho armamento, “Weapons” jevis del preholocausto.
─Hallarían un arsenal antiguo.
─Eso ya no importa, no podemos demorar. Si inician su avance tomarán uno por uno los oasis y el desierto será suyo. Aguardaremos hasta la medianoche de hoy. Entonces nos reuniremos en el Caldero.
Las reuniones alrededor del Caldero eran, en general, fiestas de comilonas seguidas por orgías. Esta fue muy diferente. Una docena de eriquis del Gran Erg se reunieron sin testigos en la carpa central.
Ahí estaba Tiarat, con su rostro barbudo cruzado de cicatrices, Dokkur, siempre curtido con sus nudilleras de hierro. Kráneus, el calvo, vestido de cuero y tachas hasta en las solapas. Icon, el sombrío, solo su negra barba asomaba bajo la capucha. Hellion y Voivod eran anchos de espalda y abdomen, aunque igualmente salvajes. Riendo con K-em-A, estaba el Sr. Ozzmosis con sus párpados pintados, mientras Urso y Sálvat intercambiaban opiniones con Acosador Eddie, uno de los más viejos eriquis del planeta Arena.
Ajeno a todo aquel cuchicheo, estaba Sagitario. Su atención se hallaba en la música de un reproductor de MP7, con registros subliminales para causar emociones. Sujetaba su cabello blanco, lacio y salpicado con una vincha. Vestía de rojo y negro en cuero y malla de red. No se pintaba el rostro como Tiarat ni rizaba su abultada melena, pero sus ojos oscuros se remarcaban en el cutis blanco como perla. Los labios, como las uñas, eran de un negro violáceo. Todo en él era perturbador. Delgado, pero sin notársele los huesos, para algún visitante distraído podía parecer un cadáver, un espectro al acecho.
Sálvat no le quitaba la vista. Desde el primer momento le había desagradado. Todo lo que sabía de los Caparazones Negros se reducía a que realizaban un circuito sin fin de los límites del desierto. Sin embargo, aquel Eriqui tenía algo que inquietaba al Nómada, pero al mismo tiempo le resultaba familiar.
Urso le alcanzó un sándwich de jamón con su brusquedad habitual. Empezaba a darle un mordisco cuando algo interceptó a la luz que lo alumbraba.
Sagitario le sonreía, de pie con las piernas bien separadas.
─¡Salve mi querido Sálvatgos! Puma de las Hienas.
─Así me llaman. ─replicó él, escueto.
─¡Ah, si! Cruel, bloody demonio. Muchos rumores cruzando blizz, el aire, sobre tu persona. Escuché por ahí que tu habilidad con las motocicletas es unik.
─¿No se te traban las palabras con esa jerga?
─Mi chagú es mi mejor lenguaje. —dijo el otro exhibiendo su cuchillo.
Sálvat se puso serio, no esperaba esa réplica. Tener sangre de otro Eriqui en sus manos no le beneficiaría en nada.
─¡Calm, calm, calm! ─rió Sagitario─. Brincadeira. Sólo eso, Sálvatgos.
Los oscuros ojos del Nómada se volvieron afiladas ranuras. Aunque flaco y desgarbado, Sagitario era un Eriqui, lo que significaba que nadie en su Clan podía vencerlo en una pelea.
─No comencemos mal ─sugirió el nómada delgado, ofreciéndole su mano─. Ya sabes lo que se dirá aquí. Botín, koshtan, vendetta, bla, bla. Después volvemos a nuestros dominios con la mitad del Clan para alimentos de los zopilotes. Mejor vivir. Esos tipos acampan en la dirección de Fosa Fallac ¿Conoces la ciudad?
─Si. Un enorme cráter, los fallacianos viven en las laderas escalonados y la costa, hay pozos de petróleo y minas de carbón alrededor, abundan los empleados esclavos.
─Como has dicho. Exportan combustible a medio continente. Mucho dinero, sisís, vuatires y rock´n´roll. Y lo mejor de todo, no se nos prohíbe el ingreso mientras paguemos.
─¿Qué me estás proponiendo?
─Sería bueno espiar sus posiciones y de paso visitar esa city dolsha y presuntuosa.
La mente de Sálvat hirvió en dudas. Una incursión al territorio de los Vicius no era mala idea si deseaban vencer, pero desconfiaba del ofrecimiento.
─¿Por qué yo? ─gruñó Sálvat.
─No hay secretos entre el desierto y yo ─dijo mirándolo fijo─. He oído sobre el Demonio de Arena, el Devorador de enemigos. Me sentiría honrado de que conduzcas a mi lado.
Rufto y Bill, el escolta de Sálvat, aguardaban junto a las motocicletas. A diez metros, estaba un negro casi tan alto como Bill pero con más músculos, se cubría con un chaleco de cabra. El rostro era pétreo marcado de cicatrices y cuadrado. Sudaba y el viento les llevaba su olor. Preparando las poderosas motos estaba otro miembro de los Caparazones. Enjuto y curtido con horribles cicatrices de quemaduras, en la mitad del rostro tenía fijada una mascara que llevaba una mira láser. Era zurdo pues portaba una mini ballesta en el brazo izquierdo.
Sagitario apareció sobre una NXR Setecientos ochenta negra y colorada, muy bien preparada. El motor se sentía con vida propia. Sálvat se le unió con la XTX Seiscientos e indicó a sus hombres que los siguieran, las seis motos se internaron en el mar de arena.
Bajo las estrellas, tomaron la R Ciento Uno, la ruta que atravesaba el desierto. Con los cabellos al viento enfilaron hacia occidente. Aquello encantaba a Sálvat como transportándolo a un lugar sin tiempo. La ruta deslizándose bajo él parecía una ensoñación. Sagitario pareció percibirlo, se ubicó a su lado sin mediar seña o palabra, un silencio cómplice durante la travesía.
Sálvat sintió admiración por la practicidad del otro para conducir y entender los signos del desierto, aunque aun seguía latente en sus sentidos una alerta permanente. Algo no iba bien y esperaba descubrirlo. Ya cerca del asentamiento enemigo apagaron los motores aproximándose lentamente hacia la cresta de unas dunas. Los binoculares no fueron usados para no delatar su presencia.
Las luces del campamento de los Vicius abarcaban una extensa hondonada. Realmente eran muchos, Sálvat contó cientos de vehículos artillados.
─Se establecerán aquí, no se arriesgarán a transportar todo ese equipo ─dijo Sagitario─. Estarían desprotegidos en el Gran Erg.
─Este era territorio de los Topos Famélicos ─gruñó el gigante─, no hay señales de ellos.
─Huele a sangre. Bloody, Sálvatgos. El desierto es maleman, mío. Y maleto, tuyo ─se deslizó sobre la arena ladera abajo─. ¡Vamos! ¡C´mon! Mis amigos Carbonoche y Ojoláser necesitan distenderse.
Sálvat descendió hasta las motos donde Rufto y Bill aguardaban sus órdenes.
─¿Qué tienes en mente, Sagitario? —preguntó casi pisándole los talones.
─¡Talk, talk! Hablemos. De Eriqui a Eriqui. Allá ─señaló una dunas oscuras, apenas perceptibles en la noche─, en privado.
Tardaron diez minutos en alejarse del resto, las estrellas habían desparecido tras negros nubarrones. Se sentaron del otro lado, en la ladera opuesta. Sálvat prefirió esperar a que Sagitario hablase, pero cuando nada ocurrió lo miró expectante. El otro nómada sólo miraba adelante, a la sucesión de médanos, el oleaje del desierto. Su perfil de blanco marfil y su cabello poseía cierta fosforescencia.
Inesperadamente, imaginó el contacto de aquella piel blanca. Pestañeó preguntándose que era, pero la idea continuaba ocupando su mente. Sintió como si Sagitario se deslizase encima suyo cual serpiente, con el rostro tan próximo que su aliento lo envolvía. Aquello lo asqueó de tal manera que se puso de pie para observar al otro nómada.
Allí seguía, con la mirada perdida. Se volvió con sus mansos ojos como ajeno a todo.
Pero Sálvat no era supersticioso ni miedoso; atravesándolo con la mirada dijo con voz cargada de amenazas:
─¿Cómo lo haces?
─¿Cómo lo haces tú? ─replicó el otro mientras se formaba en la mente de Sálvat un brazo cálido y amable rodeándolo.
No era la respuesta correcta para Sálvat que acto seguido estrelló su puño contra el rostro de perlada piel, la sangre brotó torrentosa por la barbilla manchando el cuello.
─Es así como te transformaste en Eriqui, enclenque. ¡No puedes vencer a nadie! ¿Qué haces con ellos? ¿Los esclavizas como amantes?
─¡Já, Já, Já, Já, Já, Já, Já! ─rompió Sagitario mientras contenía la herida con un pañuelo─. ¿Hablas de vencer, grandulón? ¡Qué hipócrita! Sabes mejor que yo que no necesitaste enfrentar a ninguno en tu Clan. Tú inventaste al Puma, al Demonio de la Arena ─en ese momento dos relámpagos rasgaron el cielo, el estruendo de los truenos llegó instantes después─. Somos monstruos, tú y yo.
─Yo soy normal…
─¡Já, Já! ¿Quién cree eso en tu Clan? ¿No te has fijado como te miran? ¡Eres raro de la cabeza a los pies! ¡Monster! ¡Monster! ¡Monster!
Sálvat deseó machacarlo a golpes, pero a la vez consideró que aquel espantapájaros era lo más parecido a sí mismo que había encontrado. Su respiración menguó el ritmo, para decir con un tono conciliador.
─¿Qué pensabas hacer? Conmigo, me refiero.
─Sólo fue una prueba, Sálvatgos. Generalmente ningún humano puede resistirse. ¿Por qué finges no saberlo? Posees el mismo talento. Logras que los demás hagan lo que tú quieres. Ellos ven, sienten y piensan lo que pones en sus dolshas mentes.
─No. ─musitó el otro. Un leve temblor cargó la silaba de pesar.
─¡Vamos!¡C´mon, Monster!
─¡Ya basta! ¿No puedes simplemente hablar?
─Ok… Ok. ─rumió Sagitario dejándose caer sentado sobre la arena. Espero a que Sálvat lo imitase─. La vida es una basura ─aseguró como un maestro a un alumno─. Los humanos sólo conocen la traición y todo esto revuelto en una gran mierda. Por eso yo tomo por la fuerza al mundo, lo violo y lo seguiré haciendo hasta que me sorprenda la muerte. De la amistad y el amor sólo obtuve tragos amargos de insoportable dolor. Para mi, el amor es sólo el principio del odio; al final sólo queda el odio.
─¿Esos no son tus amigos? ─señaló a Carbonoche y Ojoláser.
─Son mascotas. Les estimo, pero no voy a extrañarlos. A decir verdad eres más interesante para mí. Tienes Loghat, honor. Reniegas de tus poderes como si eso te ayudase a soportar la vida.
─Son una maldición. No he podido decirle a nadie sobre ellos, ni cuando era niño.
─¿No sabes quien fue tu mam?
─No. ¿Y tú?
─Si. No es algo que me guste recordar, la asesinaron con palos. Todo un barrio la linchó por ser… yo huí ─Sagitario calló un segundo ahogado por la memoria─. Me tomaron unos pordioseros que…
─Continúa…
─No. Eso quedó en el pasado y no me interesa traerlo.
─Por lo que dices descubro que no naciste en el desierto, eres de las ciudades.
─Igual que tú ─le aseguró burlón el nómada delgado─. Otra coincidencia entre nosotros. Te ofrezco que te unas a mí. Puedo dejar a esta gente del desierto, el mundo es mucho más grande.
─Nunca seré tu amante. No tengo dudas sobre mis gustos. No me importa lo que hagas, pero ni sueñes hacerlo conmigo.
Sagitario lo miró y calló. Luego sonrió para decir:
─Ven a pasear por Fosa Fallac, te ayudaré a desenvolverte como lo que eres. ─aquello no fue del agrado de Sálvat. Lo tomó del cuello con brusquedad.
─¡Espabílate, blanquito! Una vez que deforme tu cerebro a cadenazos no podrás jugar con la mente de nadie.
─No hace falta la rudeza hombretón. Relax, jevigos. La noche negra apenas comienza, olvidemos todo con unos tragos.
No acaba de pronunciar la última sílaba cuando una abrupta y cálida lluvia se abatió sobre ellos. Corrieron a las motos. Sagitario y los suyos se dirigieron hacia el oeste sin mirar si los seguían. Rufto indagó a su líder. Sálvat veía de pronto desequilibrarse su mundo, hacía años que su personaje de jefe del Clan le había hecho olvidar muchas cosas que le desagradaban. Había llegado a creer que su mente era el resultado de una enfermedad. Ahora se topaba con alguien muy parecido en naturaleza y también muy diferente. Sin embargo no podía dejar su curiosidad sin saciar. Con un gesto hosco dio la orden de seguirlos hacia la ciudad.
Al alcanzar la entrada de Fosa Fallac, la tormenta había incrementado su furia. Las altas torres de los pozos petroleros aparecían y desaparecían con cada guiño de los relámpagos. Muchos pozos circulares rodeaban la ciudad, eran minas de carbón. Así, a cada lado de la ciudad pozo, estaban las fuentes de energía y riquezas. Sagitario le contó la historia de cómo los fallacianos descubrieron las minas de carbón y crearon un enorme complejo carbonífero: Realizaban petróleo sintético, plantas eléctricas y locomotoras especiales, entonces su suerte mejoró cuando hallaron cerca de la costa del océano yacimientos de petróleo real. Alzaron refinerías y construyeron una red de oleoductos que llegaban hasta el reino norteño de Progreña. Todo alrededor de la ruta eran cañerías y columnas de smog. El cielo era negro allí y la lluvia ácida casi constante. Para proteger la procesión de oleoductos tenían unas casamatas robot que fulminaban toda cosa que se moviese a menos de doscientos metros. Los convoyes de camiones eran custodiados por bastidas caminantes, las Matadolores.
Cruzaron el arco de la aduana y descendieron por las callejas de anillos concéntricos. Por todos lados se veían policías con armamento militar. El espacio hueco del enorme cráter era cruzado por dos anchas autopistas y un destartalado puente colgante, la construcción más vieja del lugar.
Estacionaron las motos en un amplio garaje. Sagitario pagó el aparcamiento con bonos de comida fallacianos. Era evidente que conocía el asentamiento por visitas anteriores. Los guió a pie por las serpenteantes callejuelas —con la continua lluvia y las atestadas calles sólo un nativo podía orientarse—. El olor de la ciudad estaba impregnado por el petróleo. Tras una curva se abrió ante ellos la magnificencia del pozo escalonado. En cada terraza formada por la erosión había edificios con electricidad. Calles alumbradas, Letreros enormes con coloridas publicidades. A Sálvat se le ocurrió que toda esa luz era una pantalla que impedía ver miles de rincones oscuros. Nichos para contener la soledad, la tristeza, la impotencia y el rencor de los habitantes.
─Sálvatgos eres muy amargo ─lo codeó Sagitario─. Deja a los muertos con los muertos y disfruta de la compañía de los vivos.
Anduvieron dando vueltas un rato hasta un parador enorme. Un letrero luminoso cubría todo el frente de cien metros. Apocalipsis Show-bar, la segunda “A” del letrero estaba apagada por una catarata de agua sucia. Entraron.
Entre el bullicio de voces se oía la guitarra de Adrián Smith en Stranger in Strange land. Todo era oscuridad y humo. Sobre una mesa cercana a la barra una mujer casi desnuda hacia proezas acrobáticas entre dos cadenas colgantes.
Con todos sus movimientos no perdía el sombrero y hasta parecía no sudar. La música se oía perfecta, tal vez era un CD original, una reliquia carísima de la era anterior. El humo del tabaco y los juegos de luces confundían todo alrededor. Sólo los chops de grueso vidrio con cerveza espumosa eran claros y tangibles. Rufto, Bill y Carbonoche tragaban uno tras otro hablando a gritos. Sálvat dedicaba su atención a los riffs que Jhon Christ ejecutaba para “Bringer of death”
─Sisís dolshas ─murmuró Sagitario relamiéndose como un crótalo. Sus ojos no se apartaban de un grupo de chicas que se emborrachaban con las bebidas más caras─. Carne blanquita llena de agua.
─¿Frecuentas este sitio? ─dijo Sálvat, sólo por hablar.
─A veces contacto por chat a algún nerd. Me divierto usando y abusando de su mente, luego me robo su energía.
─¡Como! ─las cejas de Sálvat se unieron apretándose.
─Lo devoro ─sonrió el otro─. Tú lo haces permanentemente. Tal vez inconsciente, pero no dejas de hacerlo.
─¿Devorar? Yo…
─Los comes. Ahora mismo todo el cansancio del viaje ha desaparecido. Un poco ayudó la música, pero has tomado de toda esta gente. Ninguno lo notará, sentirán ganas de dormir sumamente abatidos y de cien, uno se preguntará que le pasó.
─¿Eso es devorar?
─No ─sonrió aún más Sagitario─. Es esto. ─al terminar la frase se entabló una discusión entre dos enormes camioneros por la bailarina de sombrero. Ambos estaban furiosos increpándose con vehemencia. Fue inefable contemplar como extraían enormes dagas y se las clavaban repetidas veces uno en el cuerpo del otro. Cuatro vigiladores retiraron los cadáveres. Sálvat escrutó el rostro del otro. Notó con sorpresa que lucía rejuvenecido.
─Tu también tomaste tu parte. Tu cabello se ha aclarado. ─conminó Sagitario, sin embargo Sálvat no le devolvió el cumplido.
─No somos iguales, Sagitario.
─Veo que has desarrollado bastante tu hipocresía.
─Nada me dicen tus demostraciones. Eres un payaso haciendo cabriolas. ¿Qué hay de las voces? ¿De las pesadillas? ¿Del bullicio insoportable de los pensamientos? ¿Cómo vives con toda esa mierda? He usado drogas de todo tipo y ninguna disminuyó mi tortura.
─Debes saciarte, Sálvatgos. Estos seres que nos rodean son un rebaño ciego. Infradotados condenados a la extinción. Somos más aptos. Cuando su mundo sucumba sólo habrá sitio para nosotros.
─No soy el primero que encuentras ¿No? ─Sagitario cerró su mente. Intentando ocultar toda respuesta─. La gente es difícil pero no la odio. Somos tan humanos como ellos. ─agregó apartándose hacia los baños.
─Cuando tus “amigos” descubran lo que eres, ellos mismos te descuartizarán, asshole.
Los mingitorios eran lujosos e higiénicos. Grandes espejos cubriéndolo todo. Se lavaba las manos cuando oyó los estertores de un desgraciado vomitando su borrachera en un privado al final del pasillo. El padecimiento del desconocido parecía no tener fin. A una arcada seguía el estruendo de una catarata y unos jadeos para retomar con una nueva arcada. Guiado por la curiosidad, Sálvat se encaminó hacia la puerta y la abrió. Sobre la taza del inodoro se balanceaba el hombre de oscuro pelo largo y ensortijado. Parecía sostener las paredes. El Nómada rompió a carcajadas pues reconoció al tipo.
─¡El mundo es un grano de arena! ─gritó─. Te dije mil veces que cambies tu dieta, Bombo.
─¿Sálvat? Estás más alto o yo estoy borracho.
─Las dos cosas, amigo.
Lo llevó hasta las canillas para que se higienizase. Bombo era un camionero al que Sálvat le debía un par de favores. Compartían su gusto por el mismo tipo de mujeres y la misma clase de música. Años atrás le había salvado el pellejo de la policía de Austra.
─¿Qué haces aquí? ─quiso saber Bombo.
─Estoy con otros nómadas, paseo. ¿Y tú?
─Negocios y placer. Espero un cargamento para la otra semana, lo que me da tiempo para ir al Gran Festival “El Monsters de la Guerra de Música”
─¿Qué es eso?
─Un mega concierto con bandas en vivo tocando todos los estilos conocidos de música. Se hará abajo en el gran campo del foso. Se calcula una asistencia de ochenta mil almas.
─Muchas sisís. ─sonrió el gigante.
─Y vino. Hay un par de grupos jevis. Se dividen en carpas donde se pasaran sin interrupción DVDs y MP7s. Nadie ha hecho algo así antes.
Sálvat meditó sobre lo que oía sintiendo que nada era casual.
Al volver a la barra, Sagitario había desaparecido. Ojoláser custodiaba a Carbonoche que estaba caído a sus pies. Rufto y Bill trataban de no moverse para no rodar por el suelo. Bombo los saludó y pidió una botella. Nadie pudo decir a Sálvat a donde había ido el otro Eriqui. De entre la multitud les llegó el grito desesperado de una mujer. Muchas luces se encendieron. Un hombre traía en sus brazos una chica rubia bañada de sangre. Lloraba desencajado. Los cabellos de la nuca de Sálvat se erizaron. Lejos, apagado oyó decir a alguien.
─¡Esos nómadas la mataron! ─más allá otros murmuraban─: La asesinaron. A la hija del gobernador.
—¡Ese de la barra, ese fue!
—¡Se llama Sálvat!
Aunque fuera increíble que alguien supiera su nombre, así era. Notó que Rufto también lo había oído; entonces cayó en la cuenta de que Carbonoche y Ojoláser ya no estaban.
─¡Es una trampa! ─gritó Sálvat─ ¡Corran! ─Bill se recobró al instante de su estado beodo. Sus vidriosos ojos hallaron la salida que siguió pisando un par de cabezas. Bombo apartó a codazos a un grupo
─Malditos nómadas. ─rugían algunos fallacianos
Veloz como un huracán, Sálvat arrolló a todos los que le bloqueaban el escape. Ya en la acera, la lluvia lo aguijoneó con ira. Bombo se mantuvo a su lado aunque Rufto y Bill tomaron direcciones opuestas para despistar a los perseguidores.
─Por aquí, Sálvat. ─lo guió el camionero.
Las escaleras de cemento gastadas por la erosión de peatones y arena eran peligrosas al añadirle el agua que se precipitaba de lo alto. Corrieron dando tumbos por los laberínticos pasajes. Mucha gente correteaba bajando y subiendo. Un faro de policía los iluminó en un par de ocasiones pero las sombras los envolvieron bajo su manto de anonimato. Bombo golpeó una pequeña compuerta en un callejón. Del interior gruñeron una respuesta y le abrieron. Entraron a un pasadizo donde una mujer con pésimo humor, despeinada y con notables signos de haber sido arrebatada del sueño los condujo hasta una sala de estar elegantemente amueblada.
─Quédense aquí. Conseguiré unas toallas y Bombo, espero pierdas todo el vino que hayas comprado por venir a joder a estas horas.
─¡Mary! ¡No seas bruja!
No hallaron vino pero si un excelente café. Ambos bebieron para calentar sus cuerpos. Era un escondrijo bajo tierra, como una cueva, pero estaba seco. Cuando Maribel, la mujer, encendió las luces descubrieron que era acogedor. Mullidos sillones y una gruesa alfombra. Sálvat y Bombo se descalzaron. La mujer les arrojó unas toallas. Ya el rumor de la lluvia se atenuaba, alguna que otra perdida sirena aullaba distante.
Bombo rechazó el caldo que le ofrecieron, pero pidió una botella de aguardiente que vio en una estantería.
─Los dejaré por un par de horas, les traeré otras ropas.─Dijo la mujer y se marchó. Era dueña de una escuadrilla de camiones y conocía a Bombo hacia muchos años. Se había afincado en Fosa Fallac cuando se asoció a un representante de artistas y músicos. Dinero no le faltaba y tenía una buena relación con el camionero. Como él, detestaba a los policías. Un imborrable recuerdo de juventud.
El aguardiente les prodigó calor interno y distensión. La sonrisa confiable de Bombo afloró al preguntar:
─Bueno, amigo ¿Qué pasó allá, en Apocalipsis?.
Sálvat dio un bufido y comenzó a hablar. Fue abierto. Confiaba en Bombo tanto como en su hermano Dlanki que vivía en Austra. Narró todo lo que recordaba desde la niñez. Confesó con naturalidad su capacidad de conocer los pensamientos de otras personas. Como, a veces, forzaba las acciones de otros, sus sueños premonitorios y su capacidad, infrecuente, de matar sólo con desearlo, si el deseo era intenso.
Transcurrió una densa hora.
─Ahora puedes ponerme la camisa de fuerza. ─concluyó el Nómada.
─He visto y oído cosas muy raras, amigo. Yo creo en estas cosas, pero nunca imaginé que tú… ─Frunció el ceño─. A decir verdad, todos en este mundo somos bastantes raros.
─Ese tipo, Sagitario, hace cosas parecidas a las que te conté. Sólo que…─apretó los dientes─. Tiene una presencia pegajosa, repulsiva.
─No lo parecía.
─No es algo físico. Es como cuando alguien te toca con las manos heladas. Una sensación desagradable.
─La policía se presentó muy rápido. Nunca es así. Fue una trampa, Sálvat. Ni siquiera habíamos visto a la hija del gobernador, eso estaba preparado con mucha antelación.
─Lo mismo estaba pensando. Me dejé arrastrar hasta aquí. Mis jevigos no se irán sin mí. Si los ves, diles que partan hacia los clanes y que no anuncien mi desaparición hasta dentro de una semana. Llévate mi XTX y escóndela.
─Pero volverás con tus amigos.
─No ─los oscuros ojos de Sálvat parecieron agrandarse─. Verás que sé lo que digo.
Los golpes en la puerta del cuarto contiguo los pusieron alertas.
─¡Idiotas! Eso vale una fortuna. ─la voz era de Maribel. Se oían junto a ella otras seis personas.
Llegaron hasta ellos rompiendo jarrones y cristalería. Eran policías.
Bombo y Sálvat intercambiaron miradas, el Nómada indicó a su amigo que se mantuviera al margen.
─Son dos. ─dijo uno de los policías.
─Es el grandote ─habló el más viejo del grupo. Todos apuntaron sus rifles a Sálvat─. No te resistas.
─Es a mi a quien buscas ─dijo serio el Nómada─. Ese borrachín me trajo aquí, lo conocí en el bar.
─¡Lo que les dije! ─intervino Maribel─. Mi socio tiene carnet de habilitación. Está registrado.
Uno de los policías revisó los papeles de Bombo. Los guardó en un bolsillo de su camisa.
─Nos quedaremos con esto. Tendrá que retirarlos en la Delegación.
Se llevaron sólo al Nómada, sacándolo a empujones como era su habitual costumbre.
Ya en la delegación lo sometieron a la paliza ritual de esa tribu urbana que es la policía. Apenas una hora después llegó un tipo calvo y robusto fumando cigarros anchos y olorosos.
Sonrió al verlo, ahí, todo magullado. Sálvat distinguió difusa su ganchuda nariz.
─Así que este es el gran Demonio del Desierto… No parece muy peligroso. ─comentó y rió. Tras él estallaron otras carcajadas, una piara divirtiéndose en su chiquero.
Rufto y Bill recibieron el mensaje de Sálvat de los labios de Bombo, le dejaron la XTX Seiscientos. Conocían al camionero sólo por relatos de su Eriqui, pero eso bastaba. Con su jefe capturado por los fallacianos, ambos nómadas se aferraron a la seguridad de que el Demonio de Arena se las arreglaría para escapar. Bombo los sacó de la ciudad con las motos escondidas en su gran camión. Luego se despidieron y el camionero se presentó en la Delegación para recuperar sus documentos.
Al amanecer, Rufto y Bill, llegaron a la base de Piedra Parada. Todos los clanes se alistaban para el combate. En un momento cruzaron la mirada con Sagitario que les dedicó una tierna sonrisa. Sólo confiaron al viejo Hongus lo sucedido en Fosa Fallac.
─Tenemos que sacar a nuestro Eriqui de ahí. ─escupió furioso el anciano.
─Nos indicó que participemos sin decir nada en la batalla. ─dijo ceñudo Bill.
─Tenemos que confiar en él, Hongus ─terció Rufto, el holanio─. Debe querer devorar, el mismo, el corazón de Sagitario.
─Los eriquis sospecharán. Nadie puede suplantar a Sálvat.
─En la batalla habrá confusión. Digamos que esta dedicado a sus esclavas antes de partir.
Entre los Rompemadres estaba la Valiente llamada Gisella, una arponera peligrosa con el cuchillo que montaba una robusta KW Quinientos cincuenta de doble cilindrada. Medía un metro ochenta, su piel había perdido la blancura del nacimiento para lucir un tostado oscuro que le otorgaba salvajismo. El cabello era obscuro como la obsidiana y sus ojos, perlas de ébano. Su andar era más bien masculino y aunque siempre vestía un poncho que ocultaba su estilizado y elástico cuerpo, su voz descargaba erotismo. Pero ningún nómada se jactaba de haber visto su cuerpo desnudo.
Sus ojos hurgaron al barbado Rufto mientras llenaba el tanque de su moto.
─¿Por qué no está el Eriqui de los Hienas planeando el ataque?
─El ataque ya se planeó ─gruñó el holanio─. No quiere molestias mientras llena de hijos a sus mujeres.
Gisella largó una carcajada.
─¿Me estás hablando de Sálvat? Acostarse con sus rameras es lo que hace usualmente, excepto cuando el combate llama ─la mujer emanaba fuerza y violencia─. No te indagaré más, pero si tienes algo que ver con su desaparición haré cuerdas con tus tripas.
─Sálvat es mi Eriqui y mi amigo. ─replicó Rufto clavándole sus celestes ojos.
─Veremos.
Sálvat recobró la conciencia en una sala bien iluminada. Lo primero que sintió fue la presión de las esposas en muñecas y tobillos. Cuatro tipos lo apuntaban, sin pestañar, con rifles. El tipo pelado que vio con los policías estaba ahí, junto a otros hombres de traje y corbata. Todos eran viejos, pero bien conservados, con rasgos fallacianos característicos: Narices ganchudas, cabellos oscuros y rizados. Ojos oscuros y azules en rostros ovales.
─Veo que me tienen miedo. ─les dijo el Nómada.
─Si ─sonrió el calvo─. Y eso te condena. Todo ser que se siente amenazado mata el origen de la amenaza.
─No soy el único nómada…
─Oh, sí. Eres un monstruo. Los nómadas tienen sus días contados. Estás aquí porque temíamos que no sucumbieses con ellos. Desde que apareciste en el desierto, has destruido más robots PainKillers que todos los clanes juntos. Te queríamos aquí, Sálvat, el Nómada. Aquí y vivo.
Las palabras del fallaciano traicionaron una seguridad extraña.
─¿Qué les pasará a los clanes?
─Oh, tus congéneres… van directo a una trampa. Se diría que tienes suerte.
Sálvat calló sonriendo para sus adentros. El tipo era un bravucón. Revelaba mucho de sí mismo, casi no necesitaba dejarlo pensar para sondearlo.
─Claro que ya habrás leído mis pensamientos ─lo sorprendió enterándolo de que conocía su secreto─. Sé mucho de ti. Capturamos varios Hienas. Resisten la tortura un buen rato, aunque son muy vulnerables a mis drogas de la verdad. Jamás revelas tus origines, pero es fácil deducir que eres tan urbano como yo.
El prisionero ignoró las palabras, manteniéndose alerta esperando una oportunidad. El lugar era amplio, una alfombra gris lo cubría todo incluyendo las paredes. Alrededor había muchos equipos de sonido: Racks y mezcladoras. Columnas repletas de aparatos llenos de diales. No podía voltearse, porque las esposas atravesaban el espaldar de la silla metálica donde estaba, pero tenia la certeza que había una pecera detrás, para técnicos de sonido.
Dos tipos robustos se le acercaron para que no opusiese resistencia a la gruesa jeringa que un enclenque de ojos claros esgrimía con una sonrisa estúpida. Nada podía hacer, así que lo dejó inyectarle aquella droga. Se sintió mareado, con nauseas. Veía todo borroso. El bulto desvanecido del viejo calvo se le aproximó por la izquierda. Sintió que fijaban algo en su cabeza, una crema helada en su corazón, muñecas y tobillos.
─Hemos sentado aquí a muchos miembros destacados de las tribus urbanas que infestan la ciudad: Punks, raperos, mods, jevis, hardcores, románticos, góticos, darks…, pero ninguno como tú, Sálvat. ¡Ah, ya sé que eres jevi! No busco eso en ti. Otros habrá con ese tipo de patrones mentales. Tus neuronas son un mapa que podemos leer, después lo modificaremos con estímulos. Frecuencias musicales que llegaran directo a tu subconsciente, justo en las canciones que más te gustan. Por supuesto, no podemos colocar una idea en otra mente tan hábilmente como lo harías tú. Por eso sólo nos interesamos en los instintos animales: El sexo y el asesinato. Algo que haga reaccionar la química interna e influencie al patético sistema nervioso. Nos serás muy útil antes de que acabemos contigo.─se alejó y la orden que dio le llegó apagada:
─Procedan.
Cuando despertó, percibió el agrio sabor a vómito en su boca. La acidez del estómago le recordó el lejano último desayuno. La celda era de paredes blancas. Sin ventanas, únicamente una mirilla en la puerta metálica. Alta, a un metro de su brazo estirado, una lámpara de cien watts lo iluminaba. La cama de hierro atornillada al suelo era el único mobiliario.
Estaba débil, pero se recuperaba con rapidez.
Inefablemente, había fracasado en su tenaz intento de ser una persona común, un anónimo nómada del desierto. Los antiguos fantasmas del pasado le salían al encuentro ocultos bajo las rocas del camino. Primero en la forma de un Eriqui psicópata y ahora como un demente racista y megalómano empresario de Fosa Fallac.
¡Bombo tiene razón, el planeta Arena está loco!
¿O será mi destino?
¡Maldito sea!
Se entregó a sus pensamientos, en una celda es lo mejor para hacer. Agradecía el confinamiento solitario, ya no soportaba las mentes de los humanos. No se consideraba como el resto. Comenzaba a admitir que era diferente. Cuando cerró los ojos se formó una imagen de Sagitario con el tipo calvo. Supo su nombre: Ismal Golube. Habían echo un trato entre ellos.
Sagitario era un traidor, un doblemente traicionero maldito. Golube lo subestimó. No entendía como, pero el Eriqui de los Caparazones Negros había manipulado al fallaciano. Era algo que exclusivamente podía reconocer alguien como Sálvat.
El ruido del panel de la mirilla quebró sus reflexiones.
Era “Sonrisa Estúpida” secundado por los dos superdesarrollados guardias. Sus bíceps no eran fruto del gimnasio, se vendía a buen precio en el mercado mutante.
─Levántate, muchacho. Traigo tu almuerzo. ─se salivó el enclenque falso doctor. El odio de Sálvat se disparó por todas sus venas. La ira explotó en su cerebro dejándose llevar a través de la sangre a cada rincón de su ser. Los ojos del médico se saltaron de sus orbitas cuando lo vieron sentado sobre el lecho. Había tantas drogas en el organismo del Nómada como para mantenerlo cataléptico una semana. Cuando saltó sobre ellos fue demasiado tarde para otro pensamiento. Con un codazo deshizo un ojo mientras con el canto de su pie quebraba el esternón de uno de los grandulones. El estómago hizo “ploc” y quedó doblado contra la puerta. El otro herido sintió como le reventaban la cabeza a patadas contra el piso. Sálvat revoleó los cuerpos como trapos sucios haciéndose con las pistolas nueve milímetros que portaban. “Sonrisa Estúpida” ya no sonreía, el color había huido de su rostro. No pudo evitar orinarse cuando Sálvat levantó una manaza sobre él. De un tarascón, le arrancó la mejilla. El aspecto del Nómada era el del auténtico Demonio del Desierto, con la cara manchada de sangre humana. Apresó a su víctima comprimiéndola contra el suelo, arrancando de otro mordisco una oreja completa. Los chillidos del enclenque se transformaron en sollozos histéricos.
─Recuérdame ─escupió el Nómada─. Gracias por traer mi almuerzo.
El lloriqueo era un estertor agónico que helaba la sangre. Así lo halló Ismal Golube con sus hombres.
─Maldito idiota. ─dijo arrodillado a su lado.
─No puede haber salido del edificio, señor. ─argumentó uno de los matones. Las instalaciones eran de dos enormes fábricas abandonadas que Golube y sus socios habían adquirido para realizar todo tipo de actividad clandestina. Incluía las barracas y centro comercial para los obreros. Ahora eran galpones y oficinas deshabitados.
─Son treinta pisos en dos niveles de Fosa Fallac, Lenres. Una cuarta parte vacío, podría esconderse por semanas. No lo buscaremos. Haremos que él se muestre.
Con las pistolas automáticas, Sálvat no le temía a nada. Agazapado entre dos estanterías de papeles sus nervios lo consumían por la suerte que corrían las Hienas. Ni una sola vez pensó en él. Su única meta era salir de aquel laberinto oscuro de oficinas abandonadas. Todos los accesos que había encontrado estaban clausurados, tapiados o sellados. Había ratas y cucarachas, los aptos supervivientes del desastre ecológico. Conocía sobre los gatos y los perros por libros y viejas películas pero se habían extinguido antes de que él naciera. Era irónico que se usara el termino “perro” para insultar, o su homónimo en un idioma perdido “sag”, utilizado comúnmente por los nómadas.
Tenía que advertir a su Clan.
Pero había otro asunto. Ese Golube lo había drogado y conectado a una máquina. Mencionó sus ondas cerebrales. Patrones, dijo. No había mucho que pensar. Le arrancaría la verdad al gordo calvo del cigarro y disfrutaría haciéndolo. A su manera, como más le gustaba: Lento y con mucho dolor.
La horda de los clanes había decidido que Urso y Sagitario comandaran los dos frentes de ataque. Lo resolvieron demostrando sus habilidades de salto con las motos. El sol cruzaba el cenit y el calor hacía vibrar las dunas oscuras que los rodeaban. Con tantos vehículos, la marcha se volvía lenta. Estaban a veinte horas de sus enemigos y decidieron desviarse un par de kilómetros hasta Oasis del Cántaro, un poco al sur de la encrucijada de la ruta Ciento Uno. Perderían cinco horas pero los punks no tendrían otro camino para tomar pues al este se elevaban formaciones rocosas escarpadas y al oeste Fosa Fallac obstaculizando su salida al océano. Al norte no valía la pena considerarlo por la gran extensión de los mares de sal.
En el Oasis del Cántaro hallaron un grupo de nómadas errantes sin clan, el tipo de viajeros sin ley que acepta cualquier encargo por un pichel de agua no contaminada.
Las Hienas se mantuvieron leales al mandato de Sálvat. Rufto asumió el liderazgo tácitamente, aconsejado por Bill y el viejo Hongus. Sin embargo, sin la presencia de su Eriqui, los olvidados temores a la muerte y a la agonía se adueñaban de ellos a cada metro que reducían distancia a la batalla. El holanio, un constante descreído de ilusorias religiones, salmodió una plegaria recordada a medias pidiendo por el regreso de Sálvat.
Lejos de ahí, Sálvat deslizó el filo del enorme cuchillo de cocina por el tierno cuello de su victima, un guardia fallaciano. Estudió con curiosidad como se ahogaba con su propia sangre y salió corriendo hacia los pasajes sin electricidad. Era el doceavo que liquidaba. El viejo calvo era astuto, se dijo. No enviaba un ejército en su busca. Estaba esperando que saliese, pero un nómada estaba acostumbrado a sobrevivir oculto en las sombras mucho más tiempo que toda la paciencia de cualquier ciudadano.
─Se burla de nosotros. ─dijo Lenres con su boca en expresión endurecida.
─Le damos motivo para ello ─gruñó Golube─. Te das cuenta porqué tengo que hacer lo que voy hacer.
─¿La pista subliminal de su género está adecuada para el uso?
Los ojos del calvo lo observaron pesadamente mientras aspiraba una bocanada de humo.
─Mira esto ─pidió. En su computadora apareció una barra con gráficos de sonidos. Las líneas tenían distintos colores. El cuerpo principal era morado veteado de líneas amarillas y verdes. Había seis pistas en apariencia idénticas. Le indicó la superior. Una que se aclaraba en ciertas partes del registro─. Esa es la onda de alteración
─¿Los efectos hipnóticos?
─Hmmm, no, Neuróticos, más bien. Imprimirá un incremento en el habitual descontrol de esa peste de la juventud. Les resultará tan natural que nunca sospecharán que estén siendo manipulados. Claro que el programa ha sido iniciado hace dos décadas con nuevos programas de educación que les impiden pensar con claridad y tergiversan sus valores. Los norteños tienen razón, no podemos permitir que todos disfruten de este planeta.
─Será una purga sanguinaria. ¿Tenemos suficientes militares para contenerlos?
─Nooo, Lenres. ─rió Ismal. No activaré su agresividad, si no su locura. Su avidez de lujuria, rencor, hambre. Las diferentes tribus urbanas ya tienen cierta xenofobia natural entre ellos, esto exaltará sus sentimientos habituales hasta el paroxismo. Sus efectos no durarán más de una hora. Al mediodía iniciarán los conjuntos de polka y cumbia para finalizar con los grupos punk y cerrar la noche con un recital heavy, en ese momento emitiremos todas las pistas que diseñamos a niveles perceptibles sólo para el sistema nervioso.
─Puede afectarnos también.
─A mi no, detesto la música. Te recomiendo que uses tampones en los oídos. ─le dedicó una sonrisa desagradable y despiadada.
El estruendo de dos balazos, los congeló. Los impactos provenían de la entrada contigua. Habían asesinado a los guardias y estaban dándole patadas a la puerta. Antes de que Lenres sacase su pistola, Sálvat se abalanzó quebrándole una pierna y la muñeca derecha, el Nómada no se ocupó más de él. Acarició con el caño de la pistola, la mejilla de Golube.
─Te subestimé, engendro, pero eres un estúpido. Si me matas, estás muerto. —Dijo el fallaciano.
─Mereces la muerte muchas veces por lo que quieres hacer, pero vas a respirar un poco más. Serás mi escudo para salir de este maldito laberinto.
El cuerpo robusto de Golube se estremeció. Temblaba notablemente cuando Sálvat lo levantó del pescuezo sin ninguna delicadeza.
─¿Por donde? ─apremió el Nómada
─Esa es la salida ─dijo Golube─, pero hay muchos guardias.
─Diles que si no arrojan sus armas serás el primero en morir.
En efecto, del otro lado de la puerta estaban esperando cuarenta guardias con las miras telescópicas sobre él, pero su salario y status social dependían de Ismal Golube, a ninguno lo beneficiaría su muerte. Depositaron los rifles en el suelo alfombrado y se tiraron boca abajo con las palmas sobre la nuca. El captor y su rehén continuaron por un pasillo secundario, luego se desviaron hacia los pisos baldíos que habían servido de escondite. La oscuridad era casi absoluta. Si Sálvat liberaba al gordo empresario, este nunca podría ubicar la salida.
─¿A dónde me llevas? —gimoteó Golube
─Ya te dije, voy a matarte como a un cerdo.
─Pero… te matarán…
─Soy un monstruo, según tú. También debo estar loco. No, como Ismal Golube que hace pactos con un nómada traidor y arma un Festival para que mueran miles de personas.
Los rasgos de Sálvat se distinguían, apenas. Sus ojos brillaban como el Demonio del Desierto, demasiado alto y mortífero.
El prisionero forcejeó para deshacerse de su captor.
─Si continúas con eso, tendré que partirte los huesos de las piernas. De todos modos te cargaré. ─le previno. Golube se tranquilizó.
─Oye. Tengo mucho dinero y poder. Pon un precio. Pide lo que quieras.
─¿Cuanto le diste a Sagitario? ─gruñó el gigante.
─¿Qué?
─Responde o haré cosas que te harán confesar hasta cuantos pelos tienes en el culo.
─Pues… sólo pidió impunidad. Que si él y sus amigos cometían delitos nadie los molestase.
─Nada de dinero, pues ─lo obligó a sentarse de un empujón. Él hizo lo mismo. Los ojos del Nómada eran más eficaces en la oscuridad─. ¿Cuál crees que será mi precio? Estoy solo en un mundo hostil. Antes era estúpido y confiaba en la humanidad, pero ya no. Aunque tu agonía podría ser menor si me sacas algunas dudas ─el prisionero asintió con la cabeza─. ¿De quién fue la idea de usar notas subliminales en las canciones favoritas de la gente?
─Pues… Déjame ver… Intento hacer memoria…
─¿No fue tuya?
─No. Ni de mis socios… ¡Ah! ¡Qué extraño! Fue Sagitario quien lo mencionó una vez… el estuvo presente cuando hicimos las primeras pruebas.
─¿Cómo lo conociste?
─Vía Internet. No sé como se metió en nuestro servidor secreto, una red protegida exclusiva. Su diálogo era curioso y seductor. Luego de un tiempo, un año estimo, nos vimos en persona. Todos nos sentíamos inclinados a tratar los asuntos políticos y civiles con él.
─Ahora piensa ─propuso Sálvat con la boca de la pistola hacia la cara de calvo─. ¿Nunca te resultó curioso que unos importantes señores empresarios de Fosa Fallac pidieran consejos a un nómada?
─Este…
─Has sido un peón de los caprichos de ese maldito.
─No… ─una mirada de compresión se dibujó en los ojos del rehén─. Entonces él es culpable por todo lo que pasará en el Monsters de Guerra de Música.
─No me tomes por idiota. Él sólo puede incentivar una idea en una mente podrida como la tuya. ¡Ahora! Dejaré que vivas con dos condiciones: Dime que pasará en los clanes y evita la matanza de ese Mega recital.
─¿Me dejas en libertad?
─Aún crees con todo tu ser que soy un imbécil, lo acabas de pensar; si, lo haré, si me obedeces. Caso contrario vendré por tu vida y la de todo lo que amas, lo juro.
─Dimos armas a los punks ─declaró el obeso─. Están defectuosas para que la victoria sea de los nómadas jevi. Esos los hará centrarse valle abajo en la encrucijada de la R Ciento Uno. Entonces les caerá encima el pelotón de PainKillers más grande que jamás haya sido visto.
─Sagitario puede morir, también.
─Nos dijo que no nos preocupemos por eso, es la razón de que te hiciera venir aquí. Dijo que los que son como él, sobreviven en circunstancias increíbles.
─Bien salgamos de aquí.
Sálvat se orientó perfectamente hasta una ventana que daba a un callejón lleno de basura. Las altas paredes, húmedas por la lluvia, oscurecían la visión. Doscientos metros más allá se distinguía una autopista. Por Golube supo que era una de las salidas orientales de la ciudad. La abertura estaba a diez metros sobre el empedrado. En la habitación polvorienta buscó algo para improvisar una escala. Arrancó cables y los ató al marco para bajar con el fallaciano. El calvo se asombró una vez más con la fuerza del Nómada que lo sostenía con un solo brazo. Salieron del edificio, caminando a paso lento, pero constante, hasta la primera calle. El aire viciado de gasoil quemado y nicotina rezumaba libertad para el Nómada. Dos cuadras mas allá, alcanzaron el borde de la terraza ocupada por la autopista circular interna de Fosa Fallac. Golube sintió la boca de la pistola lastimando sus costillas de nuevo y atravesó obediente hasta la banquina opuesta. Faltaba menos de una hora para ver asomarse los primeros rayos del sol, pero la fosa seguiría en penumbras hasta las diez de la mañana. Desde donde estaban tenían un panorama extenso de la ciudad anular. El campo para el Mega Recital estaba poblado de carpas, mucha gente aguardaba el inicio del festival. El cielo se estaba despejando como es usual cada vez que hay un concierto.
─¿Realmente no escuchas música? ─dijo Sálvat intrigado con el fallaciano
─No. Jamás.
─¿Para que vives?
─Te diré algo, Nómada. Algo que de seguro no entenderás. El mundo no está hecho para todos. Cada vez que se intentó, quedó demostrado que sólo sobrevive el mejor. Hoy, ahí abajo, estarán todos los que, como tú, se sienten bien escuchando “música” mientras el mundo se hace trizas a su alrededor. Hace siglos alguien como yo, inventó el circo de gladiadores. Con eso contuvieron a las multitudes, arreándolos como ovejas, con la música hicimos lo mismo. Ustedes son mayoría. Serían una amenaza si pudieran pensar, pero sus mentes viven ocupadas en deportes, hits del momento, noticias morbosas y telenovelas. A nadie le importa si mueren miles o millones.
El único problema es que son tan inadaptados que se reproducen como cucarachas, eso nos ayuda un poco porque su prole no les permite crecer en este sistema, ocupados con hijos, delincuentes a los que nunca logran instruir. El mundo estaría mejor sin ustedes. Fosa Fallac produce todo el petróleo y el carbón del sur del continente. Los norteños, los seiyones, nos venderían robots fabriles por un diez por ciento, cuando eso pase nadie necesitara de la clase obrera.
─Aunque no lo creas entiendo tu manera de ver las cosas. Eres un cobarde miedoso, debes dormir con una escopeta bajo la almohada ─le sonrió─. Yo nací en la mugre. Un día escuché la música de unos tipos que gritaban su frustración, su rabia por como eran tratados o juzgados. Cuando acelero con mi moto en la ruta y aumento el volumen de mis auriculares me despegó de esa puta realidad. El rock hace hermanos en todo este desquiciado mundo, que no es tuyo. Puedes subestimar a toda esa gente, pero un día los menos desaparecerán y descubrirás que no eres diferente. Saliste de un útero y tienes que comer y cagar.
Golube se encogió de hombros. Sus ojos se fijaban en la nada cuando replicó.
─¿Qué sabes tú? ¡Qué no hay diferentes! Hubo muchos monstruos iguales a ti en la historia; antes se los mataba apenas nacían. Sin embargo, la casualidad no existe. Ciertos condicionantes modificaban su ADN para producir fenómenos de feria. Con el holocausto climático se produjeron cambios, mutaciones… primero quisimos explotarlos, insistimos, no obstante descubrimos que los peores nunca eran capturados, entonces comenzamos a eliminarlos ─el rostro de Sálvat fue una máscara de asombro─. Así es, Nómada. No eres el único y es muy posible que no hayas nacido de mujer. En el norte experimentan con biotecnología ¿Has estado ahí alguna vez?
─Nací ahí.
El tono de Sálvat pareció una sentencia, Golube se anonadó. Por más que el otro lo instó a seguir hablando permaneció callado. El gigante estaba agotado de tratar con el fallaciano, le producía asco, pero cumpliría el trato si lo ayudaba a salir de la ciudad.
El puesto de peaje constaba de veinte cabinas con barreras. La gendarmería patrullaba las salidas con muchos puestos, pero sólo les interesaban los perturbadores.
─Necesitarás un vehículo. ─se animó a decir Golube.
─Sólo haz que no me molesten esos —Sálvat señaló a los gendarmes—. Yo me arreglaré después.
El viejo calvo les mostró una tarjeta. Los gendarmes se movieron rápidos, parecían empleados. Sálvat pensó que era muy posible que lo fueran. No supo de donde sacaron la moto, una ZX Cuatrocientos, modificada para larga distancia y con el tanque lleno, la montó para catapultarse hacia el desierto. Los policías que vigilaban la salida no abrieron fuego.
La gente de Golube no tardó ni cinco minutos en arribar por él.
─Señor. Su esposa ha sido alertada, se encuentra bien. Las fronteras están cubiertas…
─¡Cállate! ¿Dónde está Lenres?
─En el hospital, señor. Tiene muchas fracturas.
─¡Mierda!
─¿Señor?
─Publiquen la foto de ese hijo de puta y expónganla en toda la ciudad. Pondremos el precio más alto que exista por su cabeza.
─Pero tenemos casi todo el personal ocupado en el Monsters de Guerra de Música.
─Continúen así. Tenemos que deshacernos de toda esa lacra esta noche.
La avanzada de Dokkur fue la primera en descubrir la congregación de los Vicius y los punks. Acosador Eddie sonrió. Tal mueca en su rostro surcado de quemaduras provocaba aprehensión en lugar de sosiego.
Sagitario se le unió con su catalejo de lentes rajadas.
─Están a ocho kilómetros ─informó─. Llevan esta dirección, pero tienen diez veces menos vuatires que el ejercito maleman.
─Deberías aprender a hablar. ─gruñó Urso, arrancándole el catalejo.
─Ok, ok, ok, hombretón. La briga es por el sahara, maleto y maleman.
Los ojos violáceos de Urso lo fulminaron sin replicar, el crisol le exasperaba.
─Tengo una ideh buenísima ─continuó Sagitario─. Aguardamos con los jevigos a que ellos cheguen, mientras les caes con las Hienas desde la retaguardia. Entonces regamos con su bloody todo el sahara.
Para Urso no sería difícil. Sus camiones y motos darían el rodeo encubiertos por la arena. Luego girarían al norte, en el sitio exacto donde cerraba la marcha el Clan de los Vicius. Sin embargo estarían al descubierto. Claro que si Sagitario y el grueso de los nómadas bajaban hacia el valle por el frente, desde el este, se cerrarían como una mandíbula.
─Hagámoslo así ─bufó Urso─. Dame treinta minutos y cáeles encima.
Cuando llegaron al enclave de los Vicius, los ejércitos se formaron para enfrentarse. La multitud de nómadas en ambos bandos coronaba la línea de dunas interminables. El aire se paralizó. Sagitario aguardaba, para dar tiempo a Urso y a Rufto de alcanzar el otro lado del valle. Cuando los minutos no pudieron contenerse más, se desarrolló la terrible contienda. En la planicie del valle los cuerpos caían atravesados por dardos y flechas. Poco podía distinguirse entre los muros de arena que agitaban los vehículos. Tras los primeros minutos, fue tanta la confusión que nadie era capaz de distinguir amigos de enemigos. El suelo temblaba y el cielo bramaba.
El Sr. Ozzmosis conducía a sus hombres enloquecido y ahogado en un océano de ácido. Las sierras circulares en los antebrazos de Urso goteaban sangre de numerosos enemigos en su avance de destellos metálicos. El cielo se ensombrecía por la cantidad de proyectiles que lo poblaban asfixiando bajo ese manto a los guerreros, en humores de sangre, acero, gasoil y polvo.
En esta maraña de gritos y golpes, varios pares de ruedas quebraron el cuerpo de Tiarat. El sombrío Icon estalló como una tea y Hellion con Voivod acabaron en el mismo agujero, atravesados por tantos dardos que parecían erizos humanos.
Cuando el agotamiento ganaba los músculos, los Vicius retrocedieron ante la ofensiva de los Caparazones Negros de Sagitario. Arrojaban sus armas suplicando por sus vidas. Poco a poco los gemidos de la batalla se apagaron. Los nómadas jevis alcanzaban la victoria. Los Vicius estaban armados pero pocos abrieron fuego. Sus armas no funcionaban y aquello selló su suerte. Acosador Eddie con Urso y las Hienas aullaron de alegría. Corrían alzando sus armas y chapoteando entre los charcos de sangre.
Pero un rumor fue creciendo desde el anillo exterior del valle.
Un ruido mecánico, de engranajes y orugas metálicas. Piernas de hierro de movimientos toscos, pero rítmicos y el inconfundible ojo eléctrico de las máquinas asesinas: Las Matadolores, las Painkillers.
Como oscuras sombras, a contra luz del crepúsculo, se detuvieron en las alturas del valle. Casi un centenar de monstruos de hierro de seis metros, sobre ellos giraban diez helicópteros. Los nómadas los llamaban Zumbadores.
Cortando el aliento, la lluvia láser acribilló el campo. No discriminó ningún blanco, en sus cerebros positrónicos sólo había una consigna: Matar.
Así comenzó la masacre.
Sagitario se comprimió contra su moto gritando a sus cómplices Ojoláser y Carbonoche que lo imitaran.
─¡Sigan mi rastro sin mirar los dolshos costados! ¡Nothing podrá verlos! ¡Nadie! ¡Nadie! —huía enloquecido repitiendo en su cabeza las estrofas de una canción
Estoy hecho de Metal
Mis circuitos destellan
Soy perenne
Mantendré el territorio limpio
Yo soy el espía eléctrico elegido
Yo soy el Ojo Eléctrico Protector
Una explosión arrojó a Rufto contra la moto de Bill. No se había herido de gravedad pero le dolía todo.
─Huyamos ─dijo en tono casi inaudible. Pero su amigo estaba paralizado viendo las máquinas bajar matando, sin ninguna resistencia, a todos los clanes─. Ayúdame Bill. Si el Puma no estaba aquí fue por que los dioses, en que no creo, sabían que esto pasaría.
Avanzaron entre explosiones. El olor a carne chamuscada se pegaba en sus ropas. En el mismo momento, otro ejército de Matadolores caía sobre el campamento de Piedra Parada, asesinando mujeres y niños nómadas.
La emboscada había sido un éxito y Sálvat llegaría demasiado tarde.
La noche se había cerrado hacia mucho cuando Sálvat tomo la R Ciento Uno, la ruta que atravesaba el Gran Erg. Su corazón latía con fuerza lastimándole el pecho. Aquejado contra el tiempo y la impotencia. Corría con las luces apagadas para no ser ubicado. Si bien el ruido de su motor alertaba a oídos no deseados, los ecos distraían.
Las estrellas lucían un tinte rojo, la marca de la muerte en el desierto.
Detuvo su vehículo y respiró con dificultad sin poder impedir que sus ojos se llenaran de lágrimas. Allí, solo, en el centro de una nada de arena infinita rompió en llanto.
Pues sabía, sin necesidad de comprobarlo, que miles habían sido asesinados. Su cuerpo se sacudió en estertores. Lágrimas por los que estaban muertos y por sí mismo. Lloró, lloró y lloró.
Hasta el cansancio.
Llegado un momento alzó el rostro para encontrar, contra el telón oscuro, la nave errante. El frío ataúd que orbitaba el planeta Arena. Sabía que muchos satélites de antaño eran aprovechados para las comunicaciones, pero aquella reliquia espacial dio abrigo a su alma. Como en el despertar de un viejo ensueño enjugó sus lágrimas. Aun con el brillo en los ojos reflexionó que no había ningún fin, ningún destino esperando. No había ningún dios ni arriba ni abajo, sólo tenía el latido de su corazón y el ritmo de su respiración como propiedad. Entonces con una hiriente frialdad maldijo a Sagitario y a todo lo que tuviera que ver con él. El odio lo llenó de energía, sabía que después lo dejaría exhausto, pero no le importó. Giró el puño de gas y avanzó haciendo los cambios en quinta.
La arena se deslizaba bajo él, dejándose llevar como lo hacia siempre que vagaba sin rumbo.
Transcurrió una hora cuando una señal, en el sur, lo hizo frenar abruptamente. El destello se repitió.
Un código nómada.
Se apeó llevando la moto con el motor apagado. En la oscuridad distinguía las formas grises de las dunas contra el negro del cielo. Antes de que se viera obligado a anunciarse surgió de entre la arena una figura embozada en una chilaba oscura.
─Salve, Puma. ¡Es grato verte por todos los dioses!
La voz no era otra que de Gisella, la ballestera.
─Los dioses no existen ─gruñó Sálvat─. ¿Quiénes te acompañan?
Cuatro cabezas asomaron cerca de la mujer nómada. Ninguno pertenecía a los clanes.
─¡Punks! ¿Qué traición es…?
La mujer se aproximó tanto a Sálvat que pudieron sentirse el aliento.
─Si, son punks ─le explicó─. Son sobrevivientes como nosotros. Los painkillers nos diezmaron. El valle está cubierto de sangre y huesos triturados. Miles de vidas perdidas en una trampa ¡Malditos sean!
─¿Sabes algo de las Hienas? ¿O de Sagitario?
─Era una confusión. Huí hacia las sierras, con estos ─señaló a los otros─. De ese Sag de los Caparazones Negros, no sé nada.
Después de oírla montó la ZX Cuatrocientos. Le quedaba medio tanque. Ignoró el llamado de la nómada alejándose veloz hacia el valle.
La sombra sobre la arena era comprimida contra las dunas, cerca del mediodía. Una columna de humo subía recta en la entrada del valle. Pensó que algún necio había dejado esa señal para los chacales y decidió echar un vistazo. El camino se desdibujaba en una cuenca profunda a la sombra de dos bastiones de roca. Descendió lentamente con un mal presentimiento. Maldijo su estupidez cuando cayeron sobre él.
Seis motos saltaron en su camino. Impactaron contra la ZX que se estrelló contra una pared del pasaje. Sálvat rodó magullándose y antes de poder reaccionar sintió los golpes de los atacantes. Sentía las puntas aceradas de muchas botas hundirse en sus costillas. Algún maldito subía y bajaba una llave de tuercas contra su cabeza. Sabía que podía resistir, sólo tenían que dejarlo ponerse de pie. Cuando se alistaba a hacerlo, un disparo proyectó ecos en el desierto.
─Ok, ok, ok, ok, ok. Mi querido Sálvatgos ─rió Sagitario. Carbonoche y Ojoláser se apresuraron a maniatarlo─. Ya no hay clanes. Me he alimentado con todos. Nada puede oponérseme ─comentó feliz─. Sabía que no tardarías, así que preparé este recibimiento.
Carbonoche atacó a puñetazos la cara de Sálvat cuyas muñecas estaban apretadas por gruesos nudos. Le partió los labios y la nariz, dejándole una hinchazón perturbadora en el ojo izquierdo. En la contusión logró escupir dos dientes entre un amasijo de sangre. Los súbditos de Sagitario rieron burlándose.
Lo arrastraron hasta un hondo pozo parecido a un cráter. Antes de arrojarlo dentro, cortaron sus ataduras. Le pareció extraño pero esperó, ya habría una oportunidad. En el cuenco de roca había muchos cadáveres. La mayoría irreconocibles, una docena empalados. La sangre seca pintaba todo el panorama, el borde del pozo se elevaba a cuatro metros del suelo.
Sagitario se asomó desde lo alto con su revolver entre sus dedos.
─¿Recordarás a las Hienas? Ahí tienes a todo tu Clan. A las dolshas sisís las violamos un poco antes de empalarlas. Pensé que querrías morir junto a ellos.
Vas a pedir clemencia, le respondió en pensamientos.
─Allá quedan unos amigos tuyos, vivos. ─le indicó Sagitario.
Al mirar en la dirección señalada descubrió a Rufto, Bill y Hongus cubiertos de sangre contra la pared en sombras. Caminó, molestado por muchos dolores, hacia ellos. Tenían las manos atornilladas a la roca, un trabajo hecho con algún tipo de taladro mecánico. Sobre cada uno, descubrió pellejos ensangrentados clavados en la piedra. Su imaginación tardó medio minuto en definir de qué trataba.
Eran testículos, lo que quedaba de ellos. Ese era el regalo que Sagitario le dejaba, los había castrado.
Sus ojos se enturbiaron incontenibles.
─No te imaginas lo que sufren ─sonrió el otro desde arriba─. Puedo ser misericordioso, Nómada. Tengo balas en este gun, para tus amigos y para ti. Cuatro, ni una más, ni una menos. Acaba su dolor y el tuyo. No tienes alternativa, nadie puede salir de ese pozo sin ayuda.
—¿Por qué haces esto, sag? —dijo el Nómada lanzándole odio por los ojos.
─Siento curiosidad, jevigos. Y no olvidemos la comilona de esta noche en Fosa Fallac.
─¿Eso quieres? ─gruñó Sálvat─ ¿Alimentarte de mí? —Sospechó que Sagitario no decía toda la verdad, ocultaba algo en relación a matarlo y prefería que se suicidase. No quería mancharse con su sangre y no lo hacía por nada noble, de seguro─. Dame el arma y las balas.
─No hagas una estupidez, Sálvat. Calma el dolor de tus jevigos.
Los objetos cayeron próximos a las botas del Nómada. Se apresuró a cargar los proyectiles, mientras sentía encima, las miradas de Carbonoche, Ojoláser y su jefe.
Se irguió más rápido que sus reflejos y disparó contra ellos. No dio en ninguno, pero los asustó de muerte. Lejos oyó la voz de su odiado enemigo.
─¡Elegiste mal, Sálvat! ¡Muérete de hambre y sed!
Luego le llegó el rumor de los motores partiendo. El Nómada gigante no desperdició el tiempo, con profundo dolor abrazó a sus amigos y despidiéndolos con mudos sollozos les quebró el cuello uno por uno.
La muerte los alcanzó al instante.
─¡Adiós Rufto! ¡Adiós Bill! ¡Adiós Hongus! ─logró exhalar.
La angustia dobló sus rodillas. Cayó sin fuerzas ahogado por la pena, sin deseos de pensar. El tiempo transcurrió sin variar, un espacio sin sentido entre una nada y otra. Las sombras arrastrándose agazapadas, perezosas rompieron su letargo.
El sol se escabullía de nuevo.
Sabía donde encontrar a Sagitario esa noche, aunque ya casi no tenía tiempo de alcanzarlo.
Primero tenía que salir del pozo. Con dedicación helada apiló los cadáveres que lo rodeaban. Tuvo que forcejear un buen rato con las estacas de los empalados, luego sacar los cuerpos por un extremo y usarlos como escalas.
Se afirmó en los cadáveres e impulsándose con las estacas altas se catapultó contra el borde. El esfuerzo le alcanzó para clavar las uñas en los últimos resquicios de la pared. Apretó los dientes y logró sacar la mitad del cuerpo. Cuando salió, no se volvió ni una sola vez.
A veces, las canciones cobraban un significado personal. Una, que no escuchaba mucho, se repetía como una letanía en su memoria.
Viento de mala suerte soplando en mi espalda.
Nací para crear problemas donde este.
Con el número trece tatuado en la nuca.
Esa tinta comienza a picar.
El negro volviéndose rojo.
Nací en el alma de la miseria.
Y nunca tuve nombre.
Ellos solo me dieron un número cuando era joven.
En el pasaje encontró los restos de la ZX. Estaba inservible y habían vaciado el tanque. Fue cuando se decidía en seguir a pie que sus sentidos se pusieron alertas. El traqueteo de un motor llegaba desde el oeste.
Espero dispuesto a matar pero no fue necesario.
Gisella llegaba sola en su moto. Paró la KW Quinientos cincuenta a un paso del Nómada.
─Veo por tu aspecto que hallaste lo que buscabas. ─saludó.
─¿Cuántos de tu clan se salvaron?
─Un par, no sé, doce… quince…
─Mi clan esta extinto.
─Nadie puede decir eso. Aún estás tú, Puma. Sube, te llevaré ¿A dónde vas?
─A Fosa Fallac.
─A donde está tu enemigo. ─los ojos negros de la mujer lo observaron fijamente enmarcados por las rígidas cejas y el corto flequillo de obsidiana.
─Tiene que pagar.
En el planeta Arena, los mega conciertos eran resabios de un mundo muerto siglos atrás. El escenario era una gran pantalla donde se reproducía un recital sobreviviente en un DVD de audio defectuoso. La gente se congregaba con el mismo espíritu de antaño. Los corazones latían de expectativa. Se bebía, se fumaba y se sudaba ovacionando a artistas muertos. Pero la música no moría. Resucitaba cava vez que alguien se conmovía con ella. Viejos “hits” renacían como nuevos éxitos y los eternos traficantes, usureros o simples copiadores, originaban un mercado de ventas y re ventas. Las estaciones de radio no perdían la oportunidad de adquirir grabaciones perdidas aunque para ello contratasen a piratas o asesinos.
Un mundo que brotaba de las ruinas le dio un nuevo sentido a la palabra: arqueología.
Sin embargo, por primera vez, los empresarios de Fosa Fallac, la ciudad pozo, habían contratado músicos reales y reunido grabaciones “nunca antes vistas” para el “Monsters de la Guerra de Música”.
Las entradas podían ser costeadas vía trueque o bonos de comida. Concurrían de todos los enclaves del desierto y las costas del sur.
Ochenta mil personas. Doce pantallas gigantes. Cuarenta torres de iluminación y un cordón de seguridad de doscientos camiones hidrantes con cinco mil policías. Ya el crepúsculo teñía de lilas las barrigas de las nubes. Las primeras estrellas ganaban presencia en el firmamento. Cuando el presentador anunciaba al último grupo y al último concierto grabado, se habían notado los primeros incidentes. Dos bandas de fanáticos locales se trenzaron en altercados de armas blancas. La fuerza policial logró aislarlos.
Bombo caminaba contra el alambrado interior. Había perdido su paquete de cigarrillos y buscaba a alguien dispuesto a obsequiarle uno. De reojo atisbó el comienzo de “Priest Live” en la pantalla más cercana, pero algo llamó poderosamente su atención.
En una columna había un anuncio pegado. Aun manchado por el pegamento fresco. El rostro con gran definición de Sálvat aparecía sobre una recompensa de seis ceros. En ese instante se alegró porque significaba que su amigo estaba libre, pero lo conocía bien. Era muy posible que estuviese cerca. Rebuscó entre los bolsillos de su chaleco, el celular. Odiaba aquel aparatillo, solo lo usaba ante una emergencia como la que creía.
¿Necesitaré del maldito localizador?, se dijo mientras oprimía las diminutas teclas.
—¿Hola? —contestaron su llamada
—Jefa. Estoy en el “Monsters”. Necesito un favor. Tráigame el camión aquí abajo.
—¡Estás loco! ¿Para qué? Es una pesadilla con el tráfico. Además tienes que tenerlo listo para un viaje y sabes que la salida está en los niveles superiores.
—Maribel…—dijo impaciente— ¿Lo haces o no?
─Bueno, Bombo, pero tendrás que pagar… —el camionero cortó la comunicación y comenzó a buscar a su amigo entre miles de personas.
Cuando apagó el motor de la moto, Gisella se cercioró de que la zona estuviese desierta. Sálvat se había apeado y se dirigía al cercado de tres metros.
—Puede estar electrificado —le advirtió ella pero el otro ni siquiera se volvió—. Es una locura ─continuó—. Debe haber miles de policías…
Sálvat giró el rostro hacia ella.
—¿Cuántos jevigos perdiste?
El rostro de la nómada se ensombreció y ya no volvió a hablar. Sálvat trepó dejándose caer del otro lado. Era la parte posterior del escenario. Un sitio oscuro de columnas y recovecos. Sostenía el cuchillo preparado para matar al primero que se le cruzase pero se topó con algo inesperado. Halló guardias, pero estaban muertos. Asesinados entre ellos. La grabación subliminal se había cobrado unas vidas. Se preguntó cuantas más entre la gente de público. Se hizo con dos rifles y una pistola. Bajó por una escalerilla detrás de una pantalla gigante. Veinte pasos después esquivó a seis técnicos de sonido trenzados en una lucha a muerte. Él también se vio inundado por una ola de odio pero saber que lo provocaba atenuaba los efectos. Se asomó desde atrás de unas columnas de amplificadores para contemplar un pandemonio de salvajismo criminal. Tenía el escenario a la derecha, pero nadie quedaba ahí. El espectáculo estaba abajo. Había presenciado enfrentamientos en el Gran Erg. Sin embargo, esto no era un choque entre clanes. Era gente atacada por una locura rabiosa. Gritos y aullidos. Uñas enterradas en globos oculares. Dentaduras cerrándose sobre desprevenidos dedos. Toda la muchedumbre se mataba víctima de las malditas ondas subliminales en la música. La visión era estremecedora. Desde las gradas más altas, la policía disparaba sin discriminar a nadie. Era un baño de sangre. Sálvat se apartó dispuesto a acribillar los amplificadores pero se detuvo. Su instinto lo urgía a no hacerlo. No aún.
Movió el seguro del rifle y salió hacia los camarines. Las sirenas se sobreponían al bullicio con la fuerza policial entrando en acción.
De pronto supo el motivo de su incertidumbre. Oyó en su mente los pensamientos de Golube. Claros y exaltados cual gritos. Aquella miseria humana quería estar presente durante la masacre, tanta era su morbosidad. Siguió la dirección de los pensamientos. Atravesó pasillos y bajo escaleras. Cuando distinguió a dos guardias tuvo la seguridad de que estaba ahí. Sólo utilizó dos balas, derribó la puerta de una patada y tuvo que matar a otros seis individuos que operaban la cabina de transmisión con el gordo calvo. Golube se arrugó en el piso como una oruga antes de ser aplastada. Sus dientes se golpeaban de miedo, Sálvat no tendría piedad.
—¿Cómo apagas esto? —preguntó alzándolo con un brazo y hundiéndole la boca del rifle en la papada. Con un dedo tembloroso, el empresario indicó una perilla negra, Sálvat la giró hasta oír el clic.
—¿Eso es todo? ¿Ya no estarán influenciados? —Golube sólo emitía gorgoritos—. ¡Respóndeme, sag maldito!
Golube negó con la cabeza mordiéndose el labio inferior. Con tanta desesperación que había manchado de sangre su barbilla. Lo arrastró como a un polichinela hasta el escenario. Como sospechaba, los músicos no estaban. Tomó un micrófono mientras contenía bajo su brazo el peso fláccido de Golube. Algún loco operador giró los reflectores, iluminándolo.
Había gente matándose todavía pero la cacofonía de odios ya no aturdía en el campo. Sálvat oprimió la boca del rifle hasta tocar el hueso del maxilar y gruñó al micrófono.
—¡Oigan todos! ¡Este es Ismal Golube, empresario de Fosa Fallac! Él puso algo en la música para convertirlos en asesinos. Han manipulado sus emociones ¡Éste es el responsable!
No había terminado cuando más de cien policías se abrían paso entre la muchedumbre para capturarlo. Los afiches por su cabeza no les ayudaron. La gente reconoció a Sálvat como la persona buscada. Arremetieron contra la fuerza policial. Les habían hablado desde el escenario. Uno como ellos. No fue muy difícil optar a quien ayudar.
El Demonio del Desierto aferró ominosamente el cuello de Golube. Este gimoteó algo ininteligible. Miró al Nómada, a sus ojos. Ojos oscuros, profundos como abismos, la misericordia no existía en ellos.
—No te mataré —le dijo—. He aprendido que la muerte conlleva paz para algunos y no reservo ninguna para ti. Ahora que te contemplo, sólo veo a un gusano patético, pero no tienes perdón. —lo alzó sobre su cabeza tomándolo del cuello y la ingle para derrumbar su espalda contra la rodilla. El crack de las vértebras separándose contra los huesillos de su rótula fue siniestro. Para mayor espanto, repitió la acción y quebró otra parte de la columna. Dejándolo vivo, pero paralítico.
Golube lloró en silencio. Inmóvil.
—La turba ya viene por ti. Si sobrevives, cada día que pases postrado recordarás quién te dejó así. Uno de la mayoría, un salvaje nómada inferior que merece ser descartado.
Varios impactos de balas golpearon alrededor. El Nómada huyó por el mismo camino que lo había traído, hacia Gisella y la KW Quinientos cincuenta. Fue rápido. De una manera inusual para un ser humano. Percibía concientemente que era diferente, más allá de toda conjetura. Ineludible e irremediablemente. Salió de su ensoñación cuando tuvo el alambrado delante.
La KW Quinientos cincuenta, no estaba.
Mucha gente corría, de un lado a otro, perseguida por camiones hidrantes. La bocina de un enorme camión llamó su atención. A diez metros, descubrió el vehículo de su amigo Bombo y junto al estribo, a Gisella con su moto. Trepó con la furia y urgencia de quien trata de conservarse vivo. Cayó sobre la calzada y con el mismo impulso corrió hacia sus amigos.
—¡Bombo! —gritó y el camionero sonrió.
—No llegaremos muy lejos con mi camión, Sálvat —le avisó—. Tu XTX está en el acoplado.
—¡Bien! —replicó Sálvat disponiéndose a buscarla pero se detuvo para decir—: Gracias, amigo.
—Cuídate. Los distraeré.
Gisella montó su motocicleta esperando al Eriqui. Lo vio salir del comportamiento de carga con la XTX Seiscientos saltando sobre la acera. El Nómada se sentía ungido de energía. Entonces recordó aquella conversación sobre devorar la energía con Sagitario. Aquel monstruo no podía estar lejos pues deseaba alimentarse en el Mega recital. De alguna forma morbosa, Sálvat reconocía que él también lo había hecho.
¿Inconscientemente?, se dijo.
Poco importaba. Estaba totalmente convencido que no era como Sagitario. Si era el único ser de su misma naturaleza en el mundo, no importaba, pronto dejaría de existir.
—Te sigo, Puma. —anunció la nómada interrumpiendo sus cavilaciones.
—No estás obligada. Voy a por los Caparazones Negros. No quiero que arriesgues más tu vida.
—Eso ya no importa. Conduciré contigo como nómada. Por nuestra venganza.
Las motos rugieron y desaparecieron doblando las esquinas.
Bombo espero diez minutos para verse rodeado por quince patrulleros y casi un centenar de policías. Todos le apuntaban y avanzaban temerosos con los chalecos antibalas cortándoles la respiración.
El camionero salió con las manos en alto siguiendo la sugerencia del estridente megáfono.
—¡Quieto! —le gritaron. Uno de ellos. Más viejo, gordo y canoso le colocó las esposas.
—¿Dónde está Sálvat? —dijo.
—¿Qué? —replicó Bombo.
—¿No estás lejos de los galpones de carga? —continuó el policía—. Había dos motos aquí ¿Quiénes eran?
—Estaban en el recital. No me dijeron sus nombres ¿Qué se y…?
—¿Tienes registro? ¿Estás habilitado?
—Afirmativo —ironizó Bombo—. Supongo que tendré que retirar mis permisos en la Delegación.
—Irás a la Delegación y nos llevaremos el camión.
—¿Puedo hacer mi llamada?
—Dentro de cuarenta y ocho horas.
Gisella siguió a Sálvat por el retorcido diseño de calles y avenidas de Fosa Fallac. No sabía adonde la llevaba pero esa aura sobrenatural que rodeaba al Nómada le daba una rara seguridad. Nunca había sentido miedo de él.
Después de todo es hombre, solía decirse; y ella sabía como tratarlos.
Sálvat oía sus reflexiones pero no quería distraerse. Buscaba a otra mente. Alguien a quién reconocería por su esencia entre un millón. Sin embargo había trucos. Maniobras esquivas para ocultarse de otro telépata. Ignoró todo eso y dejó que la moto hallase por si misma el camino. Era su método para encontrar cosas. Había hechos incomprensibles en el mundo pero todo tendía a ser coherente.
Los pensamientos de Sagitario eran furtivos pero era tanta la furia y frustración que sentía por la intervención de Sálvat en su banquete del genocidio que se delataba con cada arranque. El Demonio del Desierto los oía claramente. No dudaba de la capacidad del otro para hacer lo mismo. En su encuentro no existía el factor sorpresa. Ambos se percibían y descargarían todo su odio. Sálvat vio más allá y frenó el vehículo.
—Gisella —dijo suavemente—. Tenemos más chances si nos separamos. Conserva distancia o espérame en el cruce.
La mirada de intenso negro ardió en el rostro de ella. A solo doscientos metros había un puesto de peaje, una de las salidas de la ciudad. Al fondo todo era oscuridad. Negro sobre negro y las torres fantasmagóricas de los pozos petroleros.
—¡No es eso…!
—¡Debes obedecerme! ¡Soy un Eriqui!
Ella lo sabía y asintió sin protestar bajando la velocidad para quedar rezagada.
Sálvat arrancó y no aminoró su marcha ni siquiera ante los avisos de los gendarmes. La XTX retrepó por montañas de desperdicios hasta internarse en los villorrios precarios que los marginados levantan a los lados de toda la ciudad. La noche cerrada lo cubría con su manto. Entre los pasillos había mucha actividad. Le profirieron insultos y más de una agresión pero a todo ignoró.
Al salir a la ruta no tenia duda alguna sobre el lugar donde lo aguardaba su enemigo nómada.
Era un promontorio muy pronunciado sobre los grandes pozos de petróleo. Las torres se conectaban con puentes colgantes y cables de acero. Los oleoductos se abrían como horrendas raíces de metal para hundirse a varios kilómetros en dirección norte. Alguna que otra luz intermitente ubicaba el bosque de torres, mientras los reflejos tiltilaban en el brumoso mar de ébano. Los cráteres de las minas de carbón se alineaban del otro lado. Todo el ambiente exudaba peligro. El Nómada apagó la moto y avanzó con cautela. Sus bien entrenados ojos no lograban hallar a los otros, pero sabía que ahí estaban.
Un siseo y una tapa metálica cerrándose hicieron explotar su adrenalina. Instintivamente se arrojó hacia un costado. Una forma robusta con una estela chisporroteando cruzó el espacio sobre él, perdiéndose en dirección a las torres. Oyó a Sagitario profiriendo toda clase de insultos. Luego una tremenda explosión, abajo, en los pozos petroleros, iluminó el mundo tiñéndolo de naranjas y dorados. Distinguió la imagen nítida de Ojoláser cargando sus proyectiles antitanque. Saltó hacia un lado antes de que accionara el disparador. La nueva explosión lo lanzó a varios metros. Aquel demente utilizaba la pequeña bazooka como una pistola. Hierros y tierra volaron alrededor. Estaba contuso por la onda expansiva. Un oído le zumbaba partiendo sus nervios cuando Sagitario apareció ante él. En medio camino a ponerse de pie recibió el golpe de una maza entre los omoplatos. Era Carbonoche. El Nómada cayó rodando para alejarse. Arrojó arena a los ojos del negro. El ritmo danzante en las llamas desde los pozos creaba sombras burlonas entre ellos. Sálvat gritó de furia y atacó. Toda la fuerza del esclavo mental de Sagitario fue insignificante contra sus puños que aplastaron la cara del otro por ambas mejillas. Los inmensos bíceps se comprimían antes de descargar cada puñetazo. Con rabia le arrebató la maza y con la misma, deshizo los dedos del negro. Los huesillos parecieron convertirse en polvo bajo los golpes. Con mirada endemoniada se volvió contra Sagitario, mientras Ojoláser se alejaba tropezando, con el lanzacohetes bien aferrado.
—No te será tan fácil, Sálvat. He robado la energía de miles, hoy. Comí sus esencias. Puedo sentir mi poder conmoviendo la tierra.
—Yo sólo siento tu temor, Sag.
Sagitario arremetió. En verdad su fuerza se había incrementado, pero el más alto era un muro inquebrantable. Dobló los brazos del delgado Eriqui arrojándolo contra el suelo y comprimiéndolo bajo él. Varios ganchos al vientre le reventaron un par de órganos internos. Sagitario vomitó sangre y su resistencia se detuvo.
—No… No… me mates…—consiguió articular.
—¡No! —Jadeó Sálvat—. Eso sería hacerte un favor —sacó su daga de la bota—. ¿Amas tu rostro, no? Me odiarás cada vez que mires un espejo. —acto seguido se dedicó a cortarle la cara. No detenía el filo hasta tocar el hueso. En la frente se empeñó dibujando con muchos cortes la inicial de su nombre. De pronto recordó el sufrimiento que había causado a sus amigos. Sagitario supo lo que pensaba e intentó desembarazarse, pero la fuerza de Sálvat era imposible de contrarrestar.
—¡No lo hagas! —aulló—. ¡No sabes lo que les ocurre a aquellos que dañan a los de nuestra especie! ¡Serás maldito para siempre!
Sálvat abrió de un tajo el pantalón de cuero y con odio le tomó los genitales para amputarlos con una finta de su enorme cuchillo. Sagitario gritó y el aullido estremeció la tierra. Sálvat lo pateó unos metros. Pese a la golpiza, el Eriqui de los Caparazones Negros, seguía conciente, su cara un amasijo de lonjas sanguinolentas.
El Eriqui de las Hienas fue en busca de su moto. Ignorando que había herido en muchos sentidos al otro, pero no en el más peligroso: La mente de Sagitario.
Con las columnas de fuego alzándose hacia el cielo de ébano, percibió de reojo el movimiento torpe de Ojoláser. Caminaba con esfuerzo, como un muñeco. Al instante se dio cuenta. Sagitario lo estaba usando, controlándolo psíquicamente. Con brusquedad, Ojoláser apuntó el lanzacohetes y antes del siguiente respiro, abrió fuego.
El proyectil impactó varios metros más adelante. La onda expansiva los derribó a ambos. Sálvat luchaba por incorporarse en el momento que vio una sombra precipitarse sobre él. Era la XTX, o lo que quedaba de ella. El golpe lo dejó contuso, desmayado por unos segundos. Entre los jirones del humo y el asfixiante olor vio los pasos irregulares, de marioneta, de Ojoláser.
Una punzada de dolor martirizó su pierna derecha hasta la cadera. Con pavor, descubrió el estribo de la moto atravesándole la pantorrilla. Estaba inmovilizado. Si se ocupaba de la pierna daría la espalda al enemigo y sería su fin.
Ojoláser preparó el lanzaproyectiles. Demasiado próximo para que ambos murieran con la explosión. Por supuesto, a Sagitario no le importaba, se hallaba suficientemente apartado. Ojoláser pareció darse cuenta de lo mismo, era notable su resistencia a la manipulación, pero la fuerza de Sagitario lo doblegaba. Se aprestó a oprimir el gatillo.
En ese momento oyó un golpe seco. Ojoláser gritó soltando el arma. En su único ojo orgánico temblaba el penacho de una flecha. Con idéntico dolor aullaba Sagitario a quince metros. Varios pares de flechas cayeron entre Sálvat y los otros nómadas, su amiga arquera lo cubría.
Sálvat tomó lo que quedaba de su moto y agrandando los bíceps la levantó, sacó la pierna del grueso estribo para ver la sangre brotando oscura del agujero en la pantorrilla. Gisella llegó en su KW, con el arco tenso apuntando a Ojoláser que ahora estaba ciego del todo.
—He de vendarte, no llegaremos lejos con esa herida en la pierna. —aseguró ella.
Él no replicó, aún cuando las sirenas de los fallacianos se multiplicaban alrededor. Ella se dedicó a vendarlo. Mientras lo hacía, miró alrededor, los otros nómadas habían desaparecido.
—¿Cómo volaron esas torres? El olor es insoportable. —dijo ella asegurando las vendas. Para acentuar su comentario, un par de cráteres de carbón estallaron a la vez.
—Fue Sagitario. Ahora está metiendo la idea de que soy el responsable en la mente de los fallacianos.
—¿No lo mataste?
—Asesiné mucho de él, como hizo conmigo.
Ella terminó el vendaje y sacudió la cabeza sin comprender.
—No importa, Fosa Fallac perderá muchos ingresos. ¡Vámonos de este infierno!
La policía llegó poco después pero no encontró a nadie. Sólo la moto de Sálvat destrozada y el lanzacohetes. Ambos eran prueba suficiente para incriminar al Nómada.
Avanzaba la mañana, ya muy lejos en el Gran Erg. Sálvat se dirigió con una pronunciada renguera a la cima de una duna. Gisella dormía de agotamiento junto a la moto.
El Nómada contempló a la inmensidad de arena. La gran distancia que lo separaba del resto del mundo y se dio cuenta de la ilusión. De que, fuera donde fuera. Hiciese lo que hiciese, la maldición con que había nacido no tenia freno, ni manera alguna de ser anulada. Se sintió solo y desahuciado, sin lágrimas para nadie. Ni para la gente del desierto, ni para sus amigos muertos, ni para él.
El norte o el sur le daban lo mismo. El cielo y la tierra eran iguales. No había dios en sus pensamientos, ni razón. Por ello no odiaba la vida, pero no conseguía respetarla.
Quería algunas respuestas. Las había buscado toda su vida. Sin embargo, era posible que no las hubiese.
¿Por qué debería ser justo el universo?
Se sentó con hastío esperando que Gisella despertase, acariciado por la brisa del desierto.
En el duelo permanente entre el planeta Arena y Sálvat, el Nómada; el primero salía vencedor porqué el segundo había claudicado por cansancio.
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