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Relato Fantástico: El Amuleto Maldito
A su vuelta del lejano y desconocido Oriente, Mak ejerce la piratería en los mares del sureste del mundo conocido y viaja por el estrecho Mar Fantasma. Llega hasta el reino de Equinop, y en la ciudad de Tarphis se asocia con otros forajidos para ejercer el oficio de saqueador de tumbas.
Por Javier Mínguez

Relato Fantástico - El Amuleto Maldito Cinco sombras se deslizaron silenciosamente entre los antiguos monumentos, cubiertos por el manto de la noche. Una vez dentro de la necrópolis no habría guardias con los que se cruzaran, al menos centinelas humanos y vivos. Se decía que durante la noche en la ciudad de los muertos, separada por altos muros del resto de Tarphis, los muertos que no podían descansar en paz recorrían el lugar. Por eso ni siquiera los guardias estaban dentro de la necrópolis, sino en los gruesos y elevados muros.
Pero un saqueador de tumbas no puede hacer caso de las supersticiones y creencias de la gente normal. A un saqueador sólo le mueve una motivación: la promesa de un gran tesoro. Y por eso estaban allí los cinco socios, deslizándose de sombra a sombra, sin que nadie pudiera verles.
La figura que iba en cabeza era mucho más baja que las demás, probablemente un mediano. Quien le seguía destacaba por su manera de moverse, como un felino, y era, de los cinco, el que menos ruido hacía al caminar. Iba vestido de negro de arriba abajo y sólo quedaban al descubierto los penetrantes ojos. En el cinto una extraña y desconocida espada para sus compañeros reposaba en una vaina roja y lisa.
El primero del grupo se deslizó hasta detrás de un muro ricamente tallado con motivos religiosos de Equinop, guarecido por la sombra de una columna que ya no tenía nada que soportar, alzándose sola ante la estrellada noche desde la planta de lo que antiguamente debió de ser un templete.
Se agachó y asomó la cabeza. La cabeza del que iba segundo también asomó, sobre la suya. El mediano señaló hacia donde miraban y su compañero de negro asintió. La luz de dos antorchas iluminaba la entrada a una especie de cripta, cuya pared estaba inclinada, como si de la cara de una baja pirámide se tratase.
Uno tras otro corrieron hacia la iluminada entrada, evitando hábilmente ponerse al alcance de la luz. Al comprobar que la entrada no estaba vigilada, se adentraron en la cripta. Unos escalones anchos daban a una sala cuyo suelo era de fina arena del desierto. Las paredes estaban talladas pobremente, o bien el paso del tiempo las había deslustrado y quitado el color. La sala se veía más adelante interrumpida por un hueco que la separaba de un pasillo que se adentraba en la construcción. La apertura en el suelo era rectangular y ocupaba todo el ancho de la planta, impidiendo el paso al otro lado. Una fila de ladrillos a cada lado marcaban los bordes del obstáculo artificial, y se alternaban entre pintados de azul y ocre, cuya pintura estaba muy gastada. El fondo del hueco no se llegaba a ver por la oscuridad que de él salía, aunque se intuía que la caída era mortal, no sólo por la altura, sino también por las criaturas que abajo podían estar esperando.
El hombre de negro sacó unos extraños artefactos de metal que llevaba en una bolsa de cuero. Se los encajó en la punta de los pies y otros dos los asió con las manos. Con estos artefactos comenzó a desplazarse sobre la pared, salvando el obstáculo. Cuando hubo llegado al otro lado, uno de sus compañeros le lanzó por el aire un clavo del grosor de un dedo y un martillo, junto con una argolla y una cuerda. Clavó la argolla al suelo y anudó un extremo de la cuerda con fuerza a ésta. Tiró el otro extremo a sus compañeros, quienes hicieron lo mismo, de modo que la cuerda servía de puente. Uno a uno los otros cuatro pasaron por la cuerda, y una vez en el otro extremo se destaparon las caras.
El que vestía de negro, al quitarse la capucha y el velo que cubría casi todo el rostro, pudo verse que llevaba una fina diadema de guerrero ceñida a la frente, evitando que el pelo liso y castaño claro le impidiera ver. Era joven, pero su expresión desvelaba mucha experiencia y astucia. Un pendiente, probablemente una baratija traída de Yanzia o Menidia, colgaba de la oreja izquierda.
El mediano sujetaba su pelo con una cinta ancha y blanca y vestía con ropajes sueltos de color azul. Melik era su nombre, y ya tenía cierta fama entre los rateros por su habilidad para los negocios y con las espadas cortas. A la espalda siempre llevaba dos de estas espadas cruzadas. Encendió una antorcha y se giró hacia su compañero de negro.
—Toma, Mak —ofreció la tea encendida a su compañero.
Los otros tres, Nang, un muritano de finos bigotes y cabeza afeitada; Ungol, un robusto keborio que jamás se quitaba su preciado yelmo y Lazas, un ingenioso semielfo artano, especializado en descubrir cómo abrir cualquier puerta o desarmar cualquier trampa, encendieron otra antorcha.
Con Melik a la cabeza, seguido de Mak, comenzaron a descender por las estrechas escaleras que continuaban la sala. Sólo la luz de las antorchas arrojaba luz allí dentro y la oscuridad parecía cernirse sobre las cada vez más débiles llamas, como si quisiera engullirlas.
Las escaleras se adentraban en las entrañas de la tierra. Cuando ya llevaban un buen rato descendiéndolas éstas acabaron repentinamente. Ante ellos y tras un trabajado umbral, había un puente de roca en el centro de una caverna cuyo suelo no alcanzaba a verse. El puente natural era el único paso que atravesaba la caverna.
Los demás se apartaron y Lazas se puso a la cabeza. El semielfo agudizó todos sus sentidos, en busca de algún indicio que descubriera la existencia de trampas en la caverna. Los demás lo observaban expectantes. Sacó de una bolsa que colgaba del cinto unas pocas piedras, que lanzó a casi el centro del puente. Éstas cayeron sobre el puente y no pasó nada. Con extrema precaución y muy lentamente, dio un paso sobre el puente, apoyó del todo el pie y pudo comprobar que no había trampas sobre el puente. Caminó despacio y llegó hasta la mitad del estrecho paso, miró atrás un instante y vio a sus cuatro compañeros observarle sin pestañear. Varias gotas de sudor perlaban su frente.
Siguió adelante, con la misma precaución de antes, hasta que llegó al final del puente, donde se sintió más seguro y confiado. Miró hacia atrás y sonrió, respirando aliviado. Con un gesto de la mano indicó a los demás que le siguieran, quienes lo hicieron dándose prisa.

Relato Fantástico - El Amuleto Maldito Cuando llegaban ya al final del puente Lazas dio un paso al frente mientras giraba la cabeza para decir algo a sus compañeros con una sonrisa de alivio. Pero antes de que pudiera decir la primera palabra un chasquido sonó bajo su pie y una enorme hoja curva y afilada brotó de la pared. La expresión de su rostro se tornó en milésimas de segundo en sorpresa y miedo, y con ese gesto de horror se quedó cuando la cabeza del semielfo rodó por el suelo hasta los pies de Mak. El cuerpo decapitado cayó a plomo al suelo y resbaló por la roca, precipitándose al abismo que bajo el puente había.
Los otros cuatro se quedaron paralizados en el puente. Mak, el más adelantado de ellos, caminó hasta justo antes de donde había estado el desafortunado buscador de trampas. Asió la antorcha con las dos manos y se tomó un momento para concentrarse. Los demás lo miraron, aún sin moverse, sin saber muy bien qué iba a hacer.
Mak dio un paso adelante, pisando donde el semielfo lo había hecho antes de morir repentinamente. El mecanismo se accionó y la hoja salió a gran velocidad de la pared. Para asombro de sus compañeros, Mak fue más rápido todavía, y se agachó justo cuando la hoja iba a alcanzarle. Antes de que ésta se replegara de nuevo el ágil ladrón metió la tea en el mecanismo, trancándolo e impidiendo que volviera a salir.
Mak se volvió y con un gesto de la cabeza indicó que le siguieran. Nang portaba la otra antorcha, y se colocó tras Mak, seguido de Melik y Ungol. El pasadizo en el que habían entrado estaba franqueado por nichos, en cada uno de los cuales había un sarcófago decorado por fuera con representaciones del paso de la vida a la muerte según la religión de Equinop, en los que aparecían varios dioses que intervenían en el camino de las almas que abandonaban este mundo, entre ellos Belth, el cruel dios de la Muerte. Se decía que este dios tenía a sus órdenes una jauría de chacales de gran tamaño, negros como las sombras de las que salían para arrastrar las almas de los impíos al infierno, donde Belth los torturaba de formas inimaginables hasta el fin de los tiempos. Era uno de los dioses mayores de la religión equinocia, y se le tenía tan en cuenta como al Dios—Sol o el dios de la Vida y la Civilización o el dios del Tiempo, quien bendecía a los hombres con buenas cosechas o los castigaba con hambres y pestes a lo largo del río Niled, que como la columna dorsal de un hombre atravesaba Equinop de sur a norte y era su principal sustentador.
Belth estaba en todos lados, en cada pared y en cada vasija agrietada y partida que encontraban en el camino, representado con sus chacales devorando las almas de indefensos hombres y esbeltas mujeres, bien sentado en su horrendo trono de los infiernos y guardado por gigantescas serpientes que se enroscaban en el trono o inflingiendo torturas a los desgraciados que poblaban sus subterráneos dominios.
Mientras veían todo esto a pesar del hieratismo de las pinturas, contemplaron más adelante el fin del espeluznante corredor dedicado a Belth. Desde un nuevo umbral venía la luz de un fuego mayor. Apagaron la antorcha que les quedaba y con movimientos igual de silenciosos que cuando estaban en el exterior, se adentraron en la enorme estancia al que daba el umbral.
La luz que vieron desde el final del corredor provenía de un cuenco ancho de piedra, del que salían unas llamas intensamente blanquecinas. Aquél no era un fuego común, era producto de algún tipo de magia.
El cuenco estaba en el centro de la estancia y próximo a la entrada, sobre una espaciosa planta escalonada por los cuatro lados, también de piedra, cuyos contados escalones estaban decorados con pequeñas pinturas que en diferentes historias narraban pasajes de la mitología equinocia. Les guarecía de la vista un murito bajo que tenía por fin guiar a quien entrara a la estancia hacia unas escaleras que llegaban donde empezaban las de la planta del cuenco. Sobre el murito, varias fuentes de oro contenían cientos de gemas, monedas brillantes, medallones de oro y demás tesoros de mucho valor. Los cuatro no dudaron en guardar en absoluto silencio gran cantidad de estas riquezas, cogidas a puñados y almacenadas en las bolsas de cuero que todo ladrón lleva bajo el jubón.
Más allá del cuenco la planta acababa y daba paso a una zona de la sala en cuyas paredes pequeños candelabros de piedra, adheridos a la pared, alumbraban con su mortecino llamear.
Pegado a la pared opuesta, un trono vacío y enorme se alzaba majestuoso, esplendorosamente decorado con joyas de todas partes del mundo sobre reluciente oro y marfil. Había un vago parecido con las representaciones en las vasijas y los murales del corredor del trono desde el que Belth reinaba en los abismos infernales. Ante el trono, de más de tres metros, que llegaba hasta el techo, se postraba un hombre enfundado en una túnica de color carmesí. Se les antojaba a los ladrones pequeño y enclenque comparado con el vacío trono.
Alzó los delgados brazos al aire y de su garganta salieron unas palabras que ninguno fue capaz de entender, a pesar de su conocimiento de la lengua de los equinocios. No sabían por qué, pero aquella extraña y arcana lengua les llenaba de temor e inquietud.
Mak estaba ensimismado observando al misterioso hombre. Tenía la cabeza rapada y una diadema ricamente decorada ceñía su frente, dos brazaletes de oro y finamente grabados lucían a la altura de los delgados bíceps, a juego con un suelto y pesado collar que colgaba de su cuello, con medallones cuadrados de oro en los que gordos rubíes brillaban con fulgor.
Melik le tocó en un hombro y le señaló un rincón de la estancia. Allí, sobre una escalinata se alzaba un altar de piedra, y sobre él un objeto que brillaba con intenso fulgor, cegando levemente a quien lo observara fijamente.
Era un colgante cuyo cordón lo componía un hilo de oro no poco fino y otro, de igual grosor, de un metal negro que desconocían. Del cordón pendía una pieza de oro con forma de triángulo y círculo, uno sobre otro. El triángulo tenía engarzados preciosas y extrañas joyas que no supieron identificar. No parecían de este mundo ni de esta época, pues el color de cada una variaba según incidía la luz de las llamas al crepitar sobre los candelabros, la cual apenas oscilaba. Sin embargo, las espléndidas joyas irradiaban todos los colores del arco iris en cuestión de segundos.
La parte central, el círculo sobre el triángulo, era totalmente rojo, pero no era simplemente color sobre un material físico, sino que era un cuerpo etéreo y fulgurante, como si fuera la entrada y salida a otro mundo que escapaba al entendimiento de los hombres, a una dimensión desconocida y prohibida para los mortales. Del interior de aquella luz con rítmica intensidad un destello blanco ocupaba el centro del círculo, tornando los bordes rojizos en anaranjados contornos.
Los cuatro quedaron absortos del resto del mundo con el amuleto. Era el motivo por el que allí estaban, pero las descripciones que de él habían oído se quedaban a años luz de la realidad, que se alzaba en un antiguo altar a pocos metros de ellos.
Se decía que el siniestro taumaturgo y nigromante Tan—Kammon guardaba celosamente una joya cuyos sombríos poderes sólo habían conocido dioses y demonios antes que él. Aquella joya le había otorgado un gran poder, que había hecho que Tan—Kammon se pusiera por encima de los otros hechiceros de Equinop. No había magia, negra o blanca, que se pudiera comparar con sus siniestras artes. Su poder le insufló arrogancia y crueldad, y aquéllos que no estaban dispuestos a postrarse ante él perecían de formas horribles. Incluso los faraones que habían gobernado con su desalentadora presencia en la corte lo temían, a pesar de ser supuestamente los hijos del Dios—Sol.
Tan—Kammon era para las gentes de Equinop un siervo de Belth en el mundo de los vivos, incluso había quien creía que era el propio Belth con forma humana y atado a los avatares de la carne. De cualquier modo nadie querría cruzarse con él jamás, y la corte entera temblaba con un escalofrío al presentarse inesperadamente.

Relato Fantástico - El Amuleto Maldito El extraño amuleto le había conferido gran poder, pero a la vez había consumido su alma, y se decía que si se le arrebataba el negro hechicero perdería todo su poder. Jamás nadie en Equinop hubiera pensado que alguien tuviera la osadía de intentarlo. Pero qué demonios sabe un grupo de ladrones extranjeros que se creen poder obrar sin contar con los omnipotentes y omnipresentes dioses, y que buscan tan sólo robar objetos de gran valor.
Mak salió del bucle hipnótico en el que la visión de la joya los había hundido, sólo por el deseo de ir hasta el altar y cogerlo. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que el amuleto estaba suspendido en el aire sobre el altar de piedra, ningún basamento lo sostenía, y un aura de tonalidades cálidas prácticamente transparentes lo rodeaba.
El ladrón vestido de negro se dispuso a caminar hasta el altar como si formara parte del aire para no llamar la atención de Tan—Kammon, que estaba de espaldas, implorando ruegos hacia el vacío trono. Sus compañeros lo miraban con recelo, como si no quisieran que lo tocase, como si lo quisieran para ellos solos, para no separarse de él jamás. Tal era el poder de atracción del amuleto.
De los tres Melik parecía el que mejor contenía estos impulsos provocados por la joya, y estaba totalmente inmóvil, esperando que su compañero trajera el enigmático objeto hasta él.
Mak subió el primer escalón de los seis que culminaban en el altar y echó un vistazo al hechicero, que seguía con sus imploraciones en la extraña lengua. Notó cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho a cada escalón que subía. Entonces empezó a escuchar unos tambores que se mezclaban con sus latidos. Parecían lejanos y remotos, no sólo en el espacio, sino en el tiempo, producto de una arcana magia que se sentía por todas partes. La intensidad de los tambores crecía conforme sus pulsaciones se aceleraban y comenzó a sentirse muy inquieto. Un mar de contradicciones lo asaltaban, quería alejarse de aquel espantoso lugar, pero a la vez ansiaba la joya con un fervor que nunca antes había sentido.
Adelantó la mano derecha y lentamente la acercó al amuleto. A punto estuvo de atravesar el aura con la punta de los dedos cuando un escalofrío le recorrió la nuca y le dejó completamente helado. Los frenéticos tambores cesaron súbitamente. Miró hacia el trono y vio que Tan-Kammon lo observaba con el rostro torcido y lleno de maldad. La mirada que venía de aquella cara consumida, extremadamente delgada y marcada, parecía ser una ventana que daba a un infierno abismal del que ningún alma podía escapar.
A punto estuvo el alma de Mak de caer en este abismo fulminado por algún mortal conjuro del hechicero cuando Ungol, imbuido por el bárbaro instinto de superstición, saltó hacia el hechicero con su mandoble dispuesto para partirle el cráneo en dos.
El nigromante, rápido y ágil más allá de las posibilidades de su cuerpo y su aparente edad, saltó hacia atrás y formuló una breve frase con los brazos alzados en horizontal y las manos abiertas. Sus brazos apuntaban a dos estatuas, de más de dos metros, que representaban a dos guerreros con cabeza de chacal y empuñando sendos kopesh*, cruzados al pecho. Al terminar la corta frase, una fuerza que se sentía pero no se veía voló rápida de los torcidos dedos hacia las estatuas, y éstas de repente se animaron y avanzaron hacia el keborio. Mak comprendió entonces que no habían sido estatuas simplemente, sino que eran las momias de demonios con forma de humanos y cabeza de chacal.
Desenfundó su katana y desde el escalón más alto saltó veloz como el viento. Trazó un arco que cercenó el brazo de una de las grandes momias. Mientras, la otra hundía la hoja del kopesh en la cabeza del bárbaro, partiendo el casco y el cráneo y esparciendo los sesos por doquier.
Nang, el astuto ladrón de ojos rasgados, corrió hacia el altar y sin detenerse cerró la mano sobre el amuleto. Un gran dolor le invadió, y antes de que pudiera gritar su mano explotó, manchando de sangre y pedazos de carne el altar y las escalinatas. Se agarró el sanguinolento muñón y empezó a gritar desesperadamente, convulsionándose y agitando la cabeza.
Tan-Kammon dio un paso hacia el altar y alzó una mano dirigida al ladrón, quien sintió que sus pies se separaban del suelo, levitando en el aire. Al cerrar el hechicero la mano en un puño el cuello de Nang se partió violentamente, y su cabeza quedó horriblemente torcida, con la barbilla casi apuntando al techo.
Mak giró sobre sus talones y partió a la mitad a la momia que ya había atacado. Ésta se desplomó en el suelo convirtiéndose en su mayoría en polvo negruzco. El hechicero lo tenía ante él, y justo cuando iba a darle muerte con otro de sus espeluznantes conjuros, se percató de que el mediano subía aprisa las escalinatas, y sacando un corto látigo lo hizo rechinar sobre el amuleto, que salió despedido del aura y del altar. El aura desapareció tras estallar en mil pequeños destellos anaranjados y el amuleto voló por los aires para acabar entre las manos de Melik.
Por primera vez Mak vio en el rostro de Tan-Kammon una expresión que demostraba la debilidad del hombre. El hechicero gritó desesperado y de pronto su rostro se tornó en la pura expresión de la ira.
—¡¿Qué habéis hecho, malditos perros ladrones?! —. El suelo empezó a templar bajo sus pies y el techo se agrietó, cayendo pequeños trozos de éste—. Que toda la maldad de Belth caiga sobre vosotros. Juro que os perseguiré hasta el fin del mundo para daros la peor de las muertes y la mayor de las agonías por toda la eternidad...
Las palabras del hechicero se perdieron en el ruido del techo al desplomarse y agrietarse con suma rapidez. Melik salió corriendo hacia el corredor y desapareció tras el acceso a la sala. Mak quiso escapar también, pero la otra momia, con los sesos de Ungol aún en la hoja de la espada, se interponía entre él y la entrada. El guerrero no dudó un instante y atacó con toda su felina agilidad y destreza. Rasgó el pecho descubierto del muerto viviente y éste dio un paso atrás. Justo cuando recuperaba el equilibrio para arremeter un trozo del techo bastante grande se desplomó sobre la criatura y la hizo tambalearse hacia atrás.
La momia cayó de espaldas sobre el cuenco y rápidamente quedó envuelta en llamas. Las brasas del cuenco se esparcieron por el centro de la sala y el mágico fuego cobró fuerza. Mak saltó sobre éste y una mano abrasándose intentó asirle sin éxito, justo antes de empezar a despedazarse y convertirse en polvo.
Mak corrió sin mirar atrás, pero notaba que unos ojos malignos le echaban una mirada de un odio que más tarde se volvería obsesivo, una mirada que la sintió pegada al cogote, la pura esencia del mal. Aun así, siguió adelante, sin mirar atrás. Avanzó a oscuras por el corredor, en el que los sarcófagos se habían abierto o estaban por hacerlo, y de los que salían horrendas manos de muertos que intentaban agarrarlo para despedazarle vivo. Consiguió escapar de la mayor parte, pero salió del corredor con varias marcas de dedos –o más bien garras— clavados sobre los hombros y los brazos, heridas que comenzaban a sangrar ligeramente.
Cruzó la caverna, la cual también comenzaba a desplomarse y subió las escaleras a oscuras. Ya veía el final de éstas. Oía cómo el techo se derrumbaba por completo tras él, y justo en el último tramo sintió el quebrarse de éste sobre su cabeza. Saltó justo a tiempo de que el techo lo matara aplastado contra las escaleras, lanzándose por el aire y cayendo sobre la fina arena de la entrada de bruces.

Relato Fantástico - El Amuleto Maldito Cogiendo aire, se giró y vio que las escaleras habían quedado completamente sepultadas y el acceso a las catacumbas cerrado por mucho tiempo. Se alegró de que le negro hechicero, de no haber muerto aplastado, no pudiera salir de allí. Se levantó sacudiéndose el polvo y la arena de sus holgados pantalones y del negro jubón que dejaba los brazos al descubierto.
Miró al frente y se sorprendió de ver a Melik cortando la cuerda mientras le miraba con malicia. El mediano además había tenido el detalle de llevarse consigo al otro lado los pies de gato que Mak había utilizado para salvar el obstáculo al entrar.
—Aquí acaba tu buena suerte, Mak.
Mak agachó la cabeza, como decepcionado de haber confiado en el mediano. Había creído que era un ladrón con honor, leal a sus compañeros. Pero ahora se daba cuenta de que Melik era de esos que prefería no tener que compartir los tesoros. O bien el amuleto le había cegado tanto que le había hecho cambiar, volviéndose avaricioso. Mak maldijo aquella infernal joya.
—Melik...
—No digas nada, Mak. Tus artimañas de nada te van a servir ahora, tú estás a aquel lado y yo estoy en este otro. Cuando te encuentren los guardias te pedirán una explicación, y da igual lo que les digas, te condenarán a muerte de todas formas por entrar en la necrópolis de noche. Yo, por el contrario, estaré disfrutando de mis riquezas y de mi nuevo poder.
El mediano acarició el amuleto, soltó una carcajada señalando a su traicionado compañero y se puso el colgante. De repente su risa se tornó en una mueca de horror y dolor, y un humo empezó a salir de debajo del amuleto. Ropa y carne empezaron a abrasarse. La joya comenzó a hundirse en su derretido pecho, y los gritos de agonía del mediano expresaban un sufrimiento sin igual.
La horrible escena hizo que Mak, con el entrecejo fruncido, apartara la mirada. Mientras el mediano se convertía en una masa humeante de carne achicharrada y derretida. Con un último gemido de intenso dolor, Melik, agonizando por el sufrimiento, se precipitó en el abismo del agujero que separaba las dos mitades de la entrada, en un intento desesperado de morir lo antes posible. Aun cayendo, sus agónicos gritos se podían oír alejarse. Mak asomó la cabeza y dijo:
—Lo tienes merecido, perro avaricioso.
Se alegró de que el amuleto maldito desapareciera de su vista.
Miró al frente y no vio nada de lo que servirse para alcanzar el otro lado. Sabía que no le quedaba mucho, los guardias habrían oído el derrumbamiento de la cripta, y el capitán mandaría una patrulla para ver qué había pasado.
La única solución era saltar al otro lado. La distancia era demasiado grande, tenía muchas más posibilidades de caer al abismo que de ganar el otro lado. Pero no estaba dispuesto a dejarse apresar sin hacer nada, así que al menos lo intentaría. Lanzó su espada y la bolsa con las riquezas que había podido coger y se tomó un momento para concentrarse. Los guardias ya estarían de camino, pero sólo había una oportunidad, no podía fallar, así que no tuvo prisa en prepararse mentalmente.
Calculó la distancia que tendría que saltar, estiró las piernas y la espalda, se puso lo más atrás que le permitieron los escombros del derruido techo, resopló tras llenar los pulmones y saltó.
Su cuerpo dibujó un arco en el aire, al principio con mucho impulso y altura, pero conforme se acercaba al otro lado la inercia fue acabándose. Sus desesperadas manos lucharon por asirse al borde. Quedó colgando del borde, la oscuridad parecía querer engullirle, empezando por los pies. Apoyándose en sus brazos subió todo el cuerpo. A punto estuvo de fallar, pero al final lo consiguió.
Recogió la bolsa de gemas y la espada y salió corriendo de la cripta. Dobló una esquina y se ocultó en una sombra justo en el momento en que los guardias llegaban a la cripta. La última pisada la había hecho demasiado fuerte al poner el pie sobre una piedra medio enterrada. Un soldado se quedó extrañado, mirando donde se ocultaba. Mak se maldijo a sí mismo con un silencioso gesto. El guardia dejo de prestar atención a la sombra y entró en la cripta.
Mak aprovechó para salir corriendo como una flecha por entre los templos y las criptas, alejándose de la derruida construcción, cuya mayor parte se había convertido en escombros.
Salió por donde habían entrado al comienzo de la noche sus cuatro difuntos compañeros y él, y una vez en la calle le cambió una de las joyas robadas por un harapiento manto oscuro que olía a todo tipo de inmundicias de la calle a un pobre que dormía en un callejón, de donde provenía un nauseabundo olor a orín. Se hizo pasar por un mendigo borracho con el manto cubriéndole desde la cabeza a los pies para disimular ante una patrulla de guardias con la que se cruzó en una calle, en donde por el día los mercaderes levantan sus puestos y venden cualquier cosa traída de cualquier parte del mundo.
Cuando estuvo cerca de la posada en la que vivía con una de las camareras que allí trabajaban, corrió hacia allí y recogió sus escasas pertenencias. Le daba pena abandonar a aquella preciosidad de piel olivácea que ahora dormía dulcemente sobre la cama de la pequeña habitación, pero en las grandes ciudades, donde los ladrones son numerosos y acostumbran a organizarse en cofradías, tarde o temprano se sabe quién ha cometido este o aquel robo, y no tardaría en encontrarse en una difícil situación.
Él y sus compañeros se enteraron de la existencia del amuleto por otros ladrones, así que a nadie le costaría imaginarse que él y sus desaparecidos compañeros tendrían algo que ver con el derrumbamiento en la necrópolis.
Así que salió de allí y compró un caballo por unas cuantas monedas de oro en una caballeriza cercana a la puerta norte, por la que salió a galope cuando el sol asomaba desde el lejano Oriente. Mantuvo el ritmo y apenas descansó en varias jornadas, hasta llegar a Mencis, una de las ciudades en la costa de Equinop, ante la que se extendía el Mar Ponio.
Había oído que las ciudades—Estado de Efistia y el reino de Denthia se preparaban para ir a la guerra con Kurania. Tras la experiencia vivida días atrás, se le habían quitado las ganas de robar, así que probaría fortuna con su habilidad con la espada.
Desde la cubierta de popa de la galera en la que se embarcó vio alejarse la costa de Equinop, de sus esplendorosos palacios y templos y de sus imponentes pirámides, de su recelosa gente y sus bellas mujeres, de los peculiares guerreros y sus no menos extrañas armas y, de lo que se alegraba mucho, de las negras artes de sus hechiceros.
Recorrió toda la cubierta y llegó hasta proa, donde oteó el horizonte y se preguntó que le esperaba en aquella nueva tierra por visitar.
Qué más le daba mientras tuvieran buen vino y fueran hermosas las mujeres.
La brisa del mar acariciaba su rostro como un susurro que traía hasta él la promesa de nuevas aventuras, lo que le hizo sonreír, mientras el navío cruzaba el azulado mar.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de febrero del 2008