22
Cuchulain regresó a Emain Macha con la promesa de su amigo Ferdia de que volverían a encontrarse de nuevo en la fortaleza de Tara, durante la gran fiesta de Samain, que marcaría el comienzo del año sombrío. El ulate había intentado convencerle para que regresara con él a Ulaid, pero Ferdia había comenzado a hacer los preparativos para la recogida de la cosecha y no quería descuidar sus obligaciones como propietario de tierras.
— Nos veremos en la colina de Tara – le había dicho el gigante pelirrojo, a modo de despedida.
El ulate llegó a tiempo a Dun Dealgan para participar con los demás en las labores del campo. Era un trabajo duro, pero Cuchulain se sentía orgulloso de poder hacerlo y no se avergonzaba de haber sustituido por un tiempo la espada por el mayal. Una buena cosecha garantizaba la supervivencia de los miembros del clan durante los duros meses de invierno, cuando los alimentos escaseaban y era difícil abastecerse. En ese aspecto Cuchulain era afortunado, pues la llanura de Murthemney era una región fértil que producía buen grano, a diferencia de otros clanes, cuyas tierras no eran aptas para el cultivo y se veían obligados a sobrevivir con la leche y la carne de sus rebaños.
Emer no contuvo su alegría al ver que su marido había regresado con vida de Connacht. Le rodeó el poderoso cuello con sus brazos y le miró fijamente, como si hubieran pasado años desde la última vez que se vieran. El ulate observó en los ojos azules de su esposa una nueva vitalidad. Aquellos ojos delataban un profundo dolor, una sabiduría instintiva que solo conceden los años a las almas que han saboreado el amargo fruto de la vida, pero había comprensión en aquella mirada, y un amor que les uniría hasta que los dioses decidieran su separación.
En Dun Dealgan Cuchulain comprobó por sí mismo que Clíach había supervisado con gran acierto sus propiedades durante su ausencia. Aquel bardo no dejaba de sorprenderle. No era la primera vez que le sacaba de un apuro y Cuchulain sabía que podía confiar totalmente en él.
— Me han dicho que tienes la intención de ir a Tara para celebrar el Samain – le dijo el bardo con ojos brillantes.
—¿Vendrás conmigo, Clíach?
— Por supuesto, señor. He estado varias veces en Tara, pero un bardo tiene el deber de acompañar a su señor a todas partes.
Una semana después de su llegada a Dun Dealgan Cuchulain recibió la visita de Cathbad. El druida estaba de un humor excelente y no paraba de hacer bromas y sonreír. Incluso se mostraba amable, algo completamente inusual en él.
— Si no te importa abusaré de tu hospitalidad durante unos días. Necesito descansar antes de ponerme en marcha otra vez.
— No necesitas pedirme permiso, Cathbad – le dijo Cuchulain. – Ya sabes que mi casa está siempre a tu disposición.
Después de la cena el druida se fue a sentar cerca del fuego, acomodándose lo mejor que pudo sobre las alfombras de pieles que cubrían el suelo de cañas. Cuchulain se sentó a su lado y le tendió un cuerno de hidromiel caliente. El druida le agradeció el gesto con una sonrisa y bebió un trago largo.
— Me estoy haciendo viejo – dijo el druida, con la vista fija en las llamas que chisporroteaban. – Solo espero que los dioses me concedan la oportunidad de poder terminar lo que mi maestro me confió en su lecho de muerte.
El druida bebió otro trago y respiró profundamente. Poco a poco las palabras empezaron a brotar de su garganta, con un sonido lento y cadencioso, como si estuviera recitando un poema.
— Cuando apenas era un niño los connachta atacaron la frontera oeste y vencieron a nuestros guerreros en una terrible batalla. El enemigo se puso en marcha hacia Emain Macha, lo que provocó que todos los ulates creyeran que la maldición de Macha había caído sobre ellos. Muchas personas huyeron y abandonaron la capital, pero los guerreros de nuestro clan decidieron quedarse y defender la fortaleza, aunque los connachta eran superiores en número y su ejército estaba compuesto por cuatrocientos carros de guerra. Desesperado, el rey consultó a sus druidas y estos le dijeron que solo se salvarían si uno de sus hijos accedía a ser enviado como mensajero ante los dioses para pedir su ayuda. Entonces el hijo mayor del rey se presentó para el sacrificio y los druidas realizaron el ritual en el templo circular de Emain Macha, después de consultar a los adivinos. El príncipe murió quemado en una jaula de mimbre, pero el templo también debía ser destruido, así que los druidas no dudaron en plantarle fuego. El templo se convirtió en una gigantesca antorcha humeante y una vez que las llamas se hubieron extinguido los druidas cubrieron sus cenizas con piedras. Las llamas subieron hasta el cielo nocturno, y el espíritu del príncipe subió con ellas para implorar la ayuda divina. Los dioses debieron de escucharle, porque al día siguiente una lluvia torrencial cayó sobre la tierra, impidiendo el avance de los carros hacia Emain Macha. Los carros de los connachta se atascaron en el lodo y los aurigas fueron incapaces de hacer mover a los caballos. Cuando los guerreros que se habían quedado en la fortaleza vieron lo que estaba sucediendo en el valle bajaron a la llanura para luchar contra el enemigo, atacándolos de manera salvaje y enviando sus espíritus al Otro Mundo. Fue una gran victoria para los ulates, pero amarga al fin y al cabo. El templo de Macha había sido destruido por el fuego y el humo aún ascendía como una vibrante plegaria. De aquel hermoso edificio solo quedó un montículo cubierto por la hierba y un círculo de piedras desgastadas y erosionadas por el tiempo. Y el destino, irónico como siempre, ha querido que los reyes de Ulaid sean entronizados en la piedra central, donde antaño se levantaba el templo de nuestra diosa.
Cuchulain le miró atónito. Nunca había oído hablar a Cathbad de forma tan sincera. La reacción del ulate provocó una risa amarga en el rostro del druida, quien siguió hablando sin importarle lo que pudiera pensar su nieto.
— He vivido toda mi vida con el temor de que la maldición de Macha cayera sobre nuestro pueblo. Mi maestro delegó toda la responsabilidad en mí antes de morir y no puedo fallarle, Cuchulain. Te aseguro que me encantaría descansar y dejarlo todo en manos de Bave, pero todavía no he terminado de adiestrarla. No puedo estar en todas partes a la vez. Me hace falta tiempo ¿comprendes? Y no sé si los dioses me lo concederán.
— Te ayudaré en lo que pueda, Cathbad – le dijo el guerrero.
— Te lo agradezco, Cuchulain. En el futuro necesitaré a hombres como tú.
El druida clavó la vista en el fuego y bebió otro trago.
— Te has impuesto una carga demasiado pesada – dijo Cuchulain. – Y esa historia que me has contado no hace más que confirmar mis sospechas. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que la maldición de Macha no ha ocurrido ya?
— Eso es imposible. Ya te dije una vez que la maldición de Macha afectará a los ulates cuando más lo necesiten. Y ese momento no ha llegado todavía.
— Entonces ¿en qué consistirá?
— No es fácil saberlo, pero de una cosa sí que estoy seguro. Habrá portentos en la tierra que anunciarán su llegada y ningún druida será ajeno a ello. Será la hora más oscura para los ulates y solo el caldero de Dagda podrá ayudarnos. Y aún teniendo el caldero quizás no sea suficiente.
—¿Qué quieres decir?
—¿Por qué crees que te he dedicado tanta atención en estos últimos años? – le preguntó el druida. – Necesito unos brazos fuertes para que me ayuden en mi tarea y tú te has convertido en el mejor guerrero de toda la tribu.
Cuchulain se sintió decepcionado al oír las palabras de Cathbad. El druida le había utilizado como si se tratara de una vulgar pieza de ajedrez, manejándolo a su antojo. Había sido Cathbad quien le había insinuado que viajara a la isla de la Bruma, cuando el ulate era solo un muchacho, llenándole la cabeza de sueños y gloriosas hazañas que los bardos alabarían en sus canciones.
— Espero que no me guardes rencor, Cuchulain. Lo he hecho por el bien de nuestro clan – dijo el druida sin inmutarse, como si no le importara la reacción colérica de su nieto.
Cuchulain retuvo las palabras que nacían dentro de su boca y guardó silencio. Acto seguido se levantó del suelo y fijó sus ojos grises en Cathbad. Su mirada era poco amistosa.
— Estoy cansado – dijo el ulate. – Lo mejor será que me vaya a dormir.
La voz del druida resonó a sus espaldas.
— Crees que te he utilizado ¿verdad? Te equivocas, Cuchulain. Eres demasiado joven para comprenderlo. Has sido tú quien ha tomado todas las decisiones y solo tú eres el responsable de tus actos, así que no tienes ningún derecho a juzgarme.
— Lo que yo crea no tiene ninguna importancia – dijo el ulate, dándose la vuelta y mirándole con ojos ardientes.
— El orgullo del celta asoma en tu mirada – dijo Cathbad. – Puedes pensar lo que quieras. No me importa en absoluto. Tengo cosas más importantes que hacer que discutir contigo.
— Jamás discutiría con un druida.
— A nadie le agrada escuchar la verdad – comentó Cathbad, como si no hubiera prestado atención a las palabras de su nieto. – Los guerreros preferís emborracharos y fanfarronear de vuestras estúpidas hazañas en vez de escuchar las voces del viento y de los árboles. Estáis tan ciegos que ignoráis el peligro que se cierne sobre todos vosotros. Y no hay peor enemigo que aquel que no se puede ver.
Cathbad se quedó solo, delante del fuego del hogar, maldiciendo en su interior que los dioses hubieran depositado en él una tarea tan ingrata.
Una comitiva de siete personas acompañó a Cuchulain al festival de Tara. Una guardia de tres guerreros escoltaba a Emer, Clíach, Laeg, Cathbad y al propio Cuchulain. Los guerreros eran los únicos que iban a pie, pues los demás cabalgaban sobre la grupa de sus caballos.
Cuchulain dejó a un lado su orgullo y se acercó a la montura de Cathbad para hablar con él. A pesar de haber discutido con su abuelo el hijo de Dectera no era tan arrogante como para dejarse dominar por el resentimiento. Era consciente de que Cathbad le había utilizado, pero también comprendía que el druida quisiera emplear todos los recursos que estuvieran al alcance de su mano para impedir que la cólera de Macha se desatara sobre la tierra de Ulaid.
— No quiero que haya malentendidos entre nosotros, Cathbad. Al fin y al cabo estamos unidos por lazos de sangre.
— Entre los celtas esa es una razón suficiente para hacernos pedazos – dijo el druida. – Pero me temo que tienes razón.
— Tengo entendido que Cairpre, el anterior rey de Midhe, era enemigo de Conchobar – dijo Cuchulain, cambiando de tema.
— Lo era. Murió de fiebres el año pasado. Ahora su hijo Erc es el rey – dijo el druida. – Y espero que sea más inteligente que su padre.
Los galióin llevaban muchos años guerreando con los ulates. Cuchulain había combatido contra ellos en varias ocasiones y recordaba muy bien la incursión que una banda de galióin había realizado años atrás en las tierras de Forgall, donde había visto a Emer por primera vez. El rey de Midhe siempre había sido enemigo de los ulates, pues los galióin estaban emparentados con los laigin y compartían la misma sangre y los mismos enemigos. Ambas tribus descendían de invasores galos que habían venido por mar desde el continente y aunque estaban emparentadas con las tribus britanas de las cuales descendían los ulates existía un odio feroz entre estos y los laigin y los galióin, lo que había provocado que Conchobar dejara de asistir con su séquito a la fortaleza de Tara para celebrar la noche de Samain.
— Los galióin son guerreros temibles – dijo Cuchulain, rememorando viejas batallas.
— No tienes nada que temer de ellos. Es a Maev a quien tenemos que vigilar de cerca – le aconsejó el druida.
—¿Maev? Pero si hemos concertado una tregua con ella.
— Tú mismo lo has dicho – le replicó Cathbad. – Una tregua no es una paz definitiva.
— Tardará muchos años antes de recomponer su maltrecho ejército ...
— Nunca subestimes el odio de una mujer, Cuchulain – le interrumpió Cathbad. – Su alma es tan inexorable como los designios de los dioses.
Llegaron a la colina de Tara la noche anterior al comienzo de la fiesta, después de cruzar el río Boann. Había una gran multitud de hogueras esparcidas alrededor de la colina, donde varios millares de personas se congregaban, vestidas con brillantes colores, luciendo hermosas joyas y brazaletes de oro y plata en sus gargantas y en sus brazos. Las mujeres bailaban al son de la música de los bodhrans y las gaitas, siguiendo el dulce ritmo de las notas.
— Es la primera vez que veo a tanta gente reunida – comentó Emer asombrada.
— Tenemos que buscar un sitio para pasar la noche – dijo Laeg.
— No habrá espacios para todos en Tara. Solamente los reyes y los jefes más importantes pueden acomodarse en las lujosas residencias de la fortaleza – dijo Cathbad.
Se acomodaron lo mejor que pudieron en la llanura que se extendía a las afueras del fuerte. Cuchulain ordenó a sus sirvientes que dieran de comer y beber a los caballos, que estaban exhaustos por el esfuerzo del viaje. Los sirvientes también montaron las tiendas de campaña, que estaban hechas con pieles de animales, y luego encendieron un fuego para preparar la cena y protegerse de la fría brisa nocturna. Clíach sacó el arpa de su funda y se puso a cantar, reuniendo en poco tiempo a un grupo de oyentes que quedó asombrado al escuchar el genio del músico, cuyos dedos parecían imitar el triste sonido de la lluvia cayendo sobre la superficie gris del agua.
— Esperadme aquí – les ordenó Cathbad. – Conchobar habrá llegado antes que nosotros y me gustaría hablar con él.
—¿Piensas dejarnos solos? – le preguntó Emer.
— Por poco tiempo – dijo el druida. – Volveré mañana, al amanecer.
El druida regresó con las primeras luces del alba, a lomos de su caballo pardo. Cuchulain estaba sentado a la entrada de la tienda que compartía con su esposa. Emer dormía profundamente, pero el ulate se había levantado temprano para ir a buscar a Ferdia entre el gentío que se agolpaba a las afueras de la fortaleza.
Cathbad lo encontró con el rostro somnoliento y los párpados enrojecidos.
—¿Qué te pasa, Cuchulain? ¿No has dormido bien?
— Estuve buscando a Ferdia casi toda la noche, pero no lo encontré por ninguna parte.
El ulate se lavó la cara en una jofaina de bronce mientras Cathbad se sentaba a su lado en la húmeda hierba.
— He hablado con Conchobar en su alojamiento – le dijo el druida. – Me ha dicho que está tratando de convencer a Erc para que sus guerreros no devasten nuestras tierras en el sur.
—¿Crees que conseguirá convencerle?
— Es lo más probable. Erc es joven e inexperto – dijo Cathbad. – Por cierto ¿sabías que Maev está en la fortaleza?
— Era de esperar – le respondió Cuchulain. – Todos los reyes de Eiréann vienen a Tara para celebrar la fiesta de Samain.
— Ha venido sola, Cuchulain. No he visto a Aillil por ninguna parte.
—¿Qué quieres decir?
— Maev está tramando algo a espaldas de su marido – dijo el druida. – Y tengo que averiguar de qué se trata.
—¿Desde cuándo os preocupan los asuntos conyugales de Maev? – dijo Cuchulain, riéndose de buena gana.
— Me preocupan si está en juego la estabilidad de un reino – comentó Cathbad, preocupado. – Es una lástima que Bave no haya querido acompañarme. Podría haberme ayudado a descubrir las intenciones de Maev.
—¿Has visto a Calatin?
— No – dijo Cathbad. – Esperaba encontrarlo en el rath de los druidas, pero tampoco lo he visto allí.
Cuchulain le contó a Cathbad el secreto que su amigo Ferdia le había confiado en Connacht, un secreto que era de dominio público en Rathcroghan, pero aquellas palabras provocaron en Cathbad un efecto que Cuchulain no esperaba. Los ojos del druida se agrandaron y su piel adquirió de repente un matiz gris. El druida se levantó del suelo con la ayuda de su vara y se despidió de su nieto como si todos los espíritus del Otro Mundo quisieran apoderarse de su alma.
— Tengo que irme, Cuchulain. Nos veremos por la noche – dijo el druida, perdiéndose en la oscura noche de Samain.
La partida de Cathbad no sorprendió al ulate, que estaba acostumbrado a los frecuentes desplantes y a las apariciones repentinas del druida. Cuchulain fue a echar una ojeada a los caballos y comprobó que no les faltaba de nada, pues Laeg se había preocupado de llevarles forraje y agua. Gris y Sainglend frotaron sus húmedos hocicos en el rostro de su amo, mientras Cuchulain acariciaba con suavidad las recias crines de sus monturas.
Después de desayunar Cuchulain y Emer montaron sobre la grupa de Gris y se pusieron a merodear por todos los campamentos que se extendían a las afueras de la fortaleza. Los comerciantes exhibían sus productos en un amplio espacio que se había reservado para ellos, alabando con grandes voces la calidad de sus mercancías. Había pastelillos de miel, sabrosos quesos redondos, barriles de cerveza e hidromiel, carne de ciervo, jabalí en salazón y pan de cebada recién hecho. Cuchulain pensaba que encontraría allí, entre los barriles de madera, a su hermano Ferdia, pero sus esperanzas se vieron frustradas. Ferdia no aparecía por ninguna parte.
Emer sentía curiosidad por ver el interior de la fortaleza, cuyo recinto era más grande que el de Emain Macha. El salón de banquetes ocupaba un espacio de doscientos metros, y había numerosos edificios que estaban reservados para los reyes y jefes de Eiréann. Incluso había una escuela de poetas, druidas y guerreros, destinada a adiestrar a los hombres y mujeres que quisieran seguir las enseñanzas de la Orden o desearan aprender a luchar con cualquier clase de armas.
La noche cayó como un sudario negro sobre la colina de Tara. Cuchulain paseaba a caballo entre la abigarrada multitud que se agolpaba a sus pies. El ulate había pasado casi todo el día en el interior de la fortaleza. Emer había regresado a caballo al campamento del llano, pues quería presenciar la lenta agonía de las hogueras antes de que los druidas encendieran el fuego del año nuevo. Algunos esperaban que los druidas realizaran alguna clase de prodigio, pero hacía muchos años que no se producía ninguno. Aquella noche se abriría la puerta entre los dos mundos, y los espíritus de los muertos caminarían libremente al lado de los vivos.
Un ruido de voces y risas surgía del interior del gran salón de banquetes. El rey de Tara disfrutaba de la fiesta con sus jefes de clan y con los reyes de Eiréann que habían viajado hasta su fortaleza.
Cuchulain abandonó la colina de Tara, pero una potente voz hizo que el ulate frenara a Gris y diera la vuelta. Un jinete de cabellos rojos que cabalgaba sobre un hermoso corcel negro se acercó hasta él y desmontó. Era Ferdia.
Cuchulain bajó del caballo y abrazó a su hermano de sangre.
— Te he estado buscando desde ayer por la noche. ¿Dónde te habías metido?
—¿No te dije que vendría a la fiesta? Soy yo quien debería estar enfadado contigo, hermano. Llevo dos días esperándote – dijo Ferdia, dándole un abrazo de oso.
—¿Has conseguido alojamiento en la fortaleza? – le preguntó Cuchulain.
— Por supuesto. Los miembros que acompañan al séquito de una reina tienen derecho a alojarse en los cuartos de huéspedes del fuerte – le respondió Ferdia. – Pero para serte sincero preferiría dormir con los demás bajo la luz de las estrellas antes que pasar una noche más en las habitaciones del palacio de Erc.
—¿Por qué lo dices?
— Porque he tenido que soportar la compañía maloliente de los guerreros de Mumu – dijo Ferdia, arrugando el entrecejo. – Esos malditos eráinn son todos iguales, Cuchulain. He estado bebiendo con ellos en el salón de banquetes, soportando su presencia y sus burdas bromas durante largas horas. Créeme, hermano. No son más que una banda de bárbaros salvajes. Cuando comen desgarran la carne como si fueran bestias y por si fuera poco la mayor parte de sus guerreros se viste con apestosas pieles de animales.
— Son una raza antigua. Nuestros druidas dicen que sus antepasados ya vivían aquí antes de que los nuestros llegaran a Eiréann desde el otro lado del mar – dijo Cuchulain, recordando las viejas historias que Cathbad le había contado en su niñez. – Por cierto, ¿has visto a Lewy en el salón?
— Sí – dijo Ferdia. – La última vez que lo vi estaba sentado aparte, bebiendo con sus hombres en el gran salón. Su padre no ha podido venir, pues está demasiado enfermo para un viaje tan largo.
— Tu rey tampoco ha venido.
— Estás bien informado – dijo Ferdia, adivinando las intenciones de su amigo. – Pero esta noche Maev no se ha sentado con Lewy. Al parecer se ha aburrido de él y ha encontrado una compañía más agradable en Erc, el rey de Midhe.
— No me interesan los lances amorosos de Maev, hermano – dijo Cuchulain. – Vamos a beber a mi tienda. Las hogueras están a punto de apagarse.
Durante muchos años Cuchulain recordaría aquella fiesta de Samain como algo especial. Cuando el resplandor de las últimas hogueras murió en la negrura de la noche la planicie de Tara se sumió en una oscuridad total, como si el mundo se envolviera en un manto de tinieblas, frío y silencioso. No se volvieron a oír los gritos ni las aclamaciones de las multitudes que ocupaban los campamentos exteriores de la fortaleza hasta que los druidas encendieron el fuego del nuevo año en la colina de Tara, como un signo de vida y calor. Cuchulain se pasó toda la noche bebiendo con su hermano Ferdia, rememorando hazañas pasadas y abrigando esperanzas e ilusiones respecto al futuro que se avecinaba. Clíach amenizó la velada con las cuerdas metálicas de su arpa, y su voz melodiosa y vibrante se elevó en la noche como si se tratara del eco de algún viento divino, perdido en el pozo del tiempo y las edades. Emer se quedó dormida en el regazo de Cuchulain, mecida por la música del bardo. A Laeg no se le vio en el campamento en toda la noche. Su figura se confundió en la brumosa luz del amanecer, cuando el auriga se echó en el interior de su tienda para dormir, después de haberse acostado con una mujer galióin cuyo olor todavía impregnaba el cuerpo del auriga.
23
El invierno cayó sobre la isla de Eiréann como un ídolo de viento y agua. Cuchulain quería mantener su mente ocupada durante los meses de la estación sombría, aparte de escuchar las viejas canciones e historias que Clíach narraba al calor de la lumbre, así que se puso a adiestrar personalmente a los jóvenes guerreros de la región de Murthemney, cuyo mayor deseo era servir a las órdenes de un poderoso y afamado señor como él. De este modo cuarenta nuevos lanceros empezaron a ejercitarse en el arte de la guerra, siguiendo las detalladas instrucciones de Cuchulain y de los guerreros de mayor experiencia que habían luchado con el ulate en anteriores batallas.
Cuchulain también quiso que sus monteros adiestraran a una veintena de galgos, pues tenía la intención de llevarlos en el futuro al campo de batalla y utilizarlos contra el enemigo. Aquellos animales eran hábiles para cazar fieras salvajes, como lobos y jabalís, y Crínóg no tardó en mezclarse con ellos, lo que resultó en que la loba se convirtiera en la jefa de aquella jauría de penetrante mirada y rasgos duros, todos de pelaje negro, como la insignia que los guerreros de su amo llevaban pintada en los escudos.
Pero las noches de invierno eran largas y Cuchulain tenía demasiado tiempo para pensar o para recordar. Su padre le había dicho muchas veces que los guerreros no tenían necesidad de pensar, pero las enseñanzas de Scáthách le habían demostrado que un guerrero debía usar más a menudo la cabeza, ese órgano sagrado al que muchos solo prestaban atención cuando tenían que cosechar la de su enemigo. Y el ulate no olvidaba que era precisamente la cabeza lo que diferenciaba al hombre de los animales, ya que su experiencia en la guerra le había demostrado que un guerrero poseído por la furia de los dioses no era más que un instrumento servil en sus manos.
Cuchulain prefería recordar. Los sinuosos abismos en los que su mente se perdía eran excesivamente confusos y caóticos. En cambio los recuerdos le permitían evocar imágenes fugaces del pasado, sin importarle que le produjeran tristeza o alegría. Los rostros de los seres a quienes amaba solían frecuentar sus más íntimos pensamientos. Ferdia, el guerrero domnán de Connacht, su amigo y hermano de sangre, que se había despedido de él con un encogimiento de hombros y un posterior abrazo de oso. Ferdia, cuya risa salvaje aún resonaba en el frío aire de la mañana, como un rugiente desafío a la vida y a los dioses. O Cathbad. ¿Dónde se había metido el druida? El ulate no había vuelto a verlo desde la noche de Samain. En aquella ocasión el druida le había dicho que se verían durante la fiesta, pero Cuchulain no había tenido noticias de él desde entonces, como si se lo hubiera tragado la tierra. ¿Sabría Bave dónde estaba? Sin embargo hacía mucho tiempo que Cuchulain no veía a la vidente, que estaba confinada en los bosques sagrados de Ulaid como la única guardiana del caldero de Dagda.
La imagen de sus padres también ocupaba su mente, como un lejano recuerdo de infancia, cálido y agradable. En él era fuerte el lazo de la sangre. Siempre lo había sido, pero era Emer quien se había adueñado de su espíritu, y era ella quien dominaba la mayor parte de sus pensamientos – y también de sus recuerdos – que hundían sus raíces en la dolorosa bruma del tiempo.
A mediados de la primavera el rey Conchobar anunció que se casaría con la hermosa Deirdre, la hija de Felim, uno de los clientes del rey que poseía tierras al norte de Ulaid. El rey dio la noticia en presencia de todos los guerreros de la Orden, en la casa de la Rama Roja, durante una de las reuniones que Conchobar acostumbraba a convocar cada tres meses. Conchobar quería que sus señores y guerreros admirasen la belleza de su nueva esposa en una ceremonia de compromiso que tendría lugar en el salón de banquetes de la capital. La fiesta se celebraría en Beltaine, después de que los rebaños fueran obligados a pasar entre el fuego a fin de protegerlos contra las epidemias.
Cathbad se presentó en Dun Dealgan antes de que finalizara el invierno. El ulate se alegró de verlo y le preguntó dónde se había metido, pero el druida le contestó con una sonrisa forzada que no se inmiscuyera en sus asuntos, limitándose a decirle que había viajado hacia el sur en un intento por averiguar las oscuras intenciones de Maev. Cathbad no quiso extenderse en detalles ni explicar lo que había descubierto acerca de la reina de Connacht, pero el ulate estaba completamente seguro de que el druida le ocultaba algo y que no le diría nada hasta que considerase oportuno revelárselo.
— Nos veremos en Emain Macha – dijo Cathbad, despidiéndose. – Todavía no he tenido la ocasión de admirar la belleza de la joven Deirdre. Supongo que asistirás a la ceremonia de presentación, ¿verdad?
— No me lo perdería por nada del mundo – dijo Cuchulain. – Pero no entiendo por qué Conchobar no se casa con ella en vez de hacernos esperar.
— El viejo zorro sabe lo que hace – dijo el druida, sonriendo – Sin duda quiere que los demás guerreros envidien su suerte y alaben en su presencia a la futura reina de Ulaid.
Cuando llegó el día de Beltaine Cuchulain se dio cuenta de que Cathbad le había dicho la verdad. Incluso consideró que los rumores que habían ensalzado la belleza de la muchacha se habían quedado cortos, pues la hermosura de Deirdre resplandecía con luz propia, como si fuera una estrella cuyo brillo eclipsara a las demás en la negrura de la noche de los hombres, que no estaban acostumbrados a contemplar la radiante figura de una diosa sobre la tierra. Los cabellos de Deirdre eran largos y negros como ala de cuervo, extendiéndose como un río de azabache por su espalda. Su piel era blanca como la leche, suave y sedosa como la juventud que ella encarnaba en todo su esplendor. Sus piernas eran largas, flexibles como juncos, y en su mirada ardía un fuego verde que hacía estremecer de deseo a todo el que la observaba de cerca. Cuchulain supo desde el primer momento que bajo aquel manto de fingido candor e inocencia se escondía un ser salvaje, una mujer capaz de rebajar a cualquier hombre con sus encantos para tenerlo a sus pies como un simple perrito que solo desea satisfacer los caprichos de su ama. Era normal que aquella joven hubiera hecho enloquecer de deseo a Conchobar. Se veía claramente el propósito del rey al presentarla en público ante sus señores y guerreros. Aquella diosa, mujer y niña a la vez, era un trofeo para él, una manera de proclamar su virilidad delante de todos los miembros destacados de su clan.
Deirdre estaba sentada a la izquierda del rey. La joven iba vestida con una túnica de seda verde, con bordados dorados en las mangas, y una capa de lana de color escarlata cubría sus hombros. Como único adorno llevaba sobre su cuello un precioso collar de grandes cuentas de piedra y ámbar, que resaltaban el generoso surco de sus senos.
Todo el mundo la admiraba. No cabía ninguna duda que Conchobar había conseguido sus propósitos. Envidiado por todos, el rey miraba satisfecho los rostros de los asistentes, como si quisiera saborear su momento de triunfo.
Antes de sentarse en el lugar que le correspondía en la gran mesa Cuchulain aprovechó para saludar a antiguos compañeros de armas. Su primo Naisi se fundió con él en un prolongado abrazo, pues hacía tiempo que no se veían. Los hijos de Amorgon eran los encargados de vigilar la frontera norte, donde tenían que mantener a raya a los pictos que vivían en chozas de barro desde la costa norte de Eiréann hasta las orillas del lago Neagh, y que a menudo se habían unido a los clanes eráinn, que moraban aislados en la costa este del país, para rebelarse contra la autoridad de Conchobar. Ese era el motivo que impedía a Naisi y a sus hermanos asistir a las reuniones de carácter militar que el rey convocaba en la Casa de la Rama Roja, donde a decir verdad era prácticamente imposible reunir a todos los señores y guerreros que la componían, debido a los múltiples compromisos que sus miembros tenían que atender en sus propias tierras.
Cuchulain se sentó en la silla de juncos que le habían asignado y miró a su alrededor. Conchobar había ordenado que se preparara un gran festín para celebrar el anuncio de su compromiso con Deirdre. El ulate ocupaba uno de los asientos reservados a los señores de la Orden, en la gran mesa redonda del salón de banquetes, pero había otras mesas más pequeñas dispersas por el salón, donde los guerreros se sentaban en el suelo cubierto de pieles, bebiendo y observando a la muchacha con miradas de sorpresa.
A una orden del rey los sirvientes trajeron barriles de cerveza e hidromiel, quesos redondos ensartados en palos, huevos, jabalís y corderos asados, pollos, grandes hogazas de pan de cebada y pastelillos de miel. Unas antorchas de juncos iluminaban la estancia, colocadas a intervalos regulares en unos pebeteros de bronce.
— Esa mujer traerá problemas – dijo Cathbad, susurrando al oído de Cuchulain.
— Siempre estás presagiando cosas sombrías – dijo Cuchulain. —¿Qué pasa, Cathbad? ¿No te gusta la joven?
— Cuando los hombres se enamoran su juicio se nubla – les aconsejó el druida. – Conchobar se ha equivocado al querer tomar por esposa a Deirdre. Hay un gran desequilibrio en esa unión. Es demasiado joven para él.
— Pareces envidioso – dijo Conall, uniéndose a la conversación. – Nadie puede negar que Conchobar está enamorado.
— Sí. El amor es muy hermoso – añadió Cathbad con ironía. – No digo que Conchobar haya perdido la cabeza por esa muchacha de ojos verdes, pero es difícil saber si ella sentirá lo mismo por él.
— Mi primo tiene razón – dijo Conall. – Estás demasiado sombrío esta noche, Cathbad. ¿Por qué no bebes un poco?
—¿Es que solo sabes beber? Estoy cansado de escucharte, Conall. Será mejor que vaya a hablar con Fergus. A él también le gusta beber, pero por lo menos no se atreve a insultar mi inteligencia – dijo Cathbad, dejándolos solos y marchando al encuentro de Fergus.
—¿Qué le pasa? – le preguntó Conall a su primo. –¿Se está haciendo viejo? Últimamente está más huraño que de costumbre.
— Ya le conoces, Conall. Es un druida, y los druidas son gente extraña – le dijo Cuchulain.
El ulate echó un vistazo a su alrededor y vio a su padre bebiendo con los hijos de Conchobar al otro lado de la mesa. Cerca de ellos estaba Fergus, sentado con Illán y Buino, sus hijos gemelos, tan parecidos que solo se diferenciaban por el color de sus cabellos. Laery y Celtchar habían abandonado sus puestos en la frontera y bebían en silencio, sentados a la izquierda de su amigo y antiguo rey de Ulaid, quien pregonaba a grandes voces que su hijo adoptivo iba a casarse con una mujer joven mientras él tendría que seguir compartiendo el lecho con la madre de Conchobar. Briccriu le daba la razón a Fergus, diciéndole que hiciera lo mismo, pero Fergus le contestó que no era necesario casarse otra vez para disfrutar de los placeres del lecho.
Owen estaba sentado cerca del rey. El príncipe de Ferney sonreía de manera forzada a todo el mundo y apenas hablaba con nadie. Se había vuelto hosco desde que Naisi le cortara un dedo en combate singular, poco después de que Cuchulain viajara a la isla de la Bruma para entrar al servicio de Scáthách y sus primos se encargaron de que nadie se acercara a Emer para hacerla su esposa. Por ese motivo Owen había roto su amistad con Conall y Cuchulain y sentía un odio inmenso hacia Naisi por la pérdida del dedo.
Naisi estaba sentado con sus hermanos enfrente de la pareja formada por Conchobar y Deirdre. Ainlé y Ardan se parecían mucho a su hermano mayor. Al igual que Naisi tenían los cabellos negros y los ojos azules. Los tres eran guerreros de gran fuerza física, dueños de una prestancia que atraía mucho las miradas de las mujeres, pero ninguno de ellos estaba casado. Su carácter era más bien reservado e introvertido, sobre todo Naisi, que era un guerrero de pocas palabras.
Una vez que hubieron bebido en exceso los señores y guerreros de la Orden empezaron a gritar y a dar voces, brindando y felicitando al rey por haber escogido a Deirdre como esposa. Cuchulain se mantuvo sobrio, lo cual le permitió ver las cosas que sucedían en el salón, al contrario que sus compañeros de armas, que habían bebido demasiado hidromiel y veían todo a través del velo de la embriaguez, que distorsiona y a la vez aligera la pesadez de la vida cotidiana.
Naisi y sus hermanos tampoco bebían, comportándose de manera extraña, como si no quisieran participar de la alegría de la fiesta. El ulate siguió la dirección de los ojos de Naisi y vio que su primo miraba a Deirdre repetidas veces, evitando en lo posible ser visto. Cuchulain se preguntaba por qué su primo actuaba de aquel modo tan misterioso cuando sus ojos se percataron de que Deirdre hacía lo mismo, en un ignorado acto de complicidad entre ambos. La muchacha sonreía de vez en cuando a Conchobar, inclinando su oído a las palabras que el rey le susurraba, pero sus ojos verdes no dejaban de mirar en todo momento al hijo mayor de Usna.
En ese momento el rey mandó llamar a uno de sus poetas para que entretuviera a los invitados con una historia y al poco rato se acercó a la mesa un viejo bardo llamado Domnall, un hombre de cabellos blancos que había sido el bardo principal en Emain cuando Fachtma el Gigante era rey de los ulates. A pesar de su edad Domnall tenía una voz tan poderosa que hizo que todo el mundo le prestara atención y escuchara el relato que Conchobar le había pedido que contara para disfrute de los invitados.
— Os contaré la historia del cortejo de Etain. Escuchad – dijo, rasgando las cuerdas del arpa. De súbito todas las voces se apagaron. Solo se oía el crepitar de las antorchas de junco en los pebeteros de bronce.
“Sucedió que Midir el Orgulloso, hijo de Dagda, un príncipe dannan que habitaba en Slieve Callary, estaba casado con Fuamnach. Al poco tiempo se trajo a otra esposa, Etain, cuya belleza y gracia eran incomparables. Pero Fuamnach estaba celosa de su rival y la transformó en una mariposa a través de un encantamiento, e hizo que una tempestad la llevara lejos de palacio, y durante siete años Etain erró zarandeada en forma de mariposa por toda Eiréann. Sin embargo una ráfaga de viento la llevó a través de una ventana al palacio de Oengus Og, cerca del río Bóann. Oengus supo que se trataba de Etain, pero no pudo deshacer el encantamiento de Fuamnach, así que hizo una casa soleada para ella y plantó a su alrededor todo tipo de flores, en las cuales vivió ella durante todo el tiempo que estuvo con él, mientras en el secreto de la noche él le devolvía su propia apariencia y disfrutaba de su amor.
Pero con el tiempo Fuamnach descubrió su refugio y envió una tormenta mágica que la llevó lejos de Oengus, hacia el palacio de un jefe de Ulaid llamado Etar. Ella cayó en la copa de la mujer de Etar en el momento en que esta iba a beber. Fue engullida y, habiendo pasado a la matriz de la mujer de Etar, de ella nació una hermosa doncella, que llegó a la madurez sin saber nada de su antigua naturaleza.
Por aquella época Eochy, el rey de Tara, estaba sin esposa y los nobles y jefes de su reino le apremiaban para que tomara esposa, así que el rey envió a buscar una doncella noble para compartir su trono. Los mensajeros le dijeron que Etain, la hija de Etar, era la muchacha más hermosa de Eiréann, y el rey decidió ir a visitarla. Eochy encontró a Etain con sus doncellas cerca de un manantial donde había ido a lavar el pelo, y el rey quedó impresionado ante la belleza de la joven.”
En ese momento Domnall cogió el arpa y acarició con sus dedos las metálicas cuerdas, alabando con su voz y con la música de su instrumento la hermosura de Etain, conjurando una fantástica visión de tal poder que todos los presentes enmudecieron al oírle cantar.
“Un peine de plata estaba en su mano, el peine adornado con oro; y cerca de ella, para lavarse, había una vasija de plata donde cuatro pájaros habían sido repujados, y había pequeñas gemas verdes en el canto del recipiente. Un manto la envolvía, y debajo de éste había otro ornamento con flecos plateados; el manto exterior estaba abrochado sobre su pecho con un broche de oro. Llevaba una túnica con una capucha unida que le cubría la cabeza; era rígida y brillante con seda verde bajo bordados rojos de oro, y estaba abrochada sobre sus pechos con broches trabajados de plata y oro; con lo cual el hombre vio el oro brillante y la verde seda reflejando contra el sol. En su cabeza había dos trenzas de pelo dorado, y cada una había sido trenzada en cuatro mechones; y en el extremo había una pequeña bola de oro. Estaba esa doncella deshaciendo su peinado para poderse lavar el pelo. Y sus dos brazos fuera de la bata, cada uno de ellos blanco como la nieve de una única noche y cada una de sus mejillas tan sonrosadas como la dedalera. Sus dientes eran tan pequeños e iguales que brillaban como perlas. Sus ojos eran tan azules como un jacinto, sus labios delicados y colorados; los hombros delicados y blancos. Sus muñecas tiernas, refinadas; sus dedos largos y de gran blancura; sus uñas maravillosas y rosadas. Su cuello era tan blanco como la nieve o como la cresta de una ola, largo y suave como la seda. Sus muslos suaves y blancos; sus rodillas, redondas, firmes y blancas; sus tobillos eran tan rectos como la regla de un carpintero. Sus pies eran delgados y tan blancos como la espuma del mar; sus ojos eran uniformes, sus cejas eran de un negro azulado, tal y como se ve en la cáscara de un escarabajo. Nunca hasta entonces una doncella más hermosa que ella, o más valiosa de amar, fue vista por los ojos de un hombre, y les pareció que ella debía ser una de las que provenía de los túmulos mágicos”.
En ese momento Domnall dejó el arpa a un lado y prosiguió la narración con su poderosa voz.
“Entonces el rey se casó con ella y la llevó de regreso a Tara. Pero Eochy tenía un hermano llamado Aillil, quien se enamoró tanto de la belleza de Etain que cayó enfermo por su pasión y estuvo a punto de morir. Mientras Aillil estaba convaleciente Eochy tuvo que ir de viaje por Eiréann y dejó a su hermano, del que no sospechaba la verdadera causa de su enfermedad, al cuidado de Etain, pidiéndole que hiciera todo lo posible por él, y le encargó que si moría le enterrara con ceremonias y erigiera un ogham de piedra sobre su tumba. Etain va a visitar a su cuñado y le pregunta la causa de su enfermedad. Él le contesta con enigmas, pero al fin, impulsado por el amor que siente por ella, le revela su pasión.
Etain se sorprende, pero decide, llevada por su buen corazón, que aunque ella no está enamorada de Aillil, no le puede ver morir de amor y le promete que será suya. Etain se cita con Aillil en una casa fuera de Tara, pues no está dispuesta a entregarse en él en el palacio del rey. Pero Aillil, la víspera de la cita, cae en un profundo sopor y olvida su encuentro. Sin embargo, un ser con su mismo aspecto va a ver a Etain y le habla de forma fría y entristecida de su enfermedad, y se va de nuevo. Cuando los dos vuelven a verse, la situación ha cambiado por completo. Durante el sueño de Aillil su pasión por la reina ha desaparecido. Etain se da cuenta de que tras los hechos visibles hay misterios que ella no puede comprender.
Pronto se da cuenta de lo que sucede. El ser que había ido a verla bajo el aspecto de Aillil era su esposo danaano, Midir el Orgulloso. Él va a verla bajo su verdadera forma, ataviado maravillosamente y de forma noble, y le implora que vuele con él a la Tierra de la Juventud, donde ella podrá estar a salvo para siempre, pues su perseguidora, Fuamnach, ha muerto. Había sido él quien provocara que Aillil cayera en un sueño mágico, y es él quien le describe la tierra encantada con palabras hermosas”.
Domnall rasgueó las cuerdas del arpa y cantó lo siguiente:
“Hermosa Señora, ¿vendrás conmigo
a una tierra maravillosa en la que hay estrellas?
En lo alto de la prímula hay cabello;
Todo el cuerpo es del color de la nieve.
Allí no hay nada “mío” ni “tuyo”;
blancos son los dientes, negras las cejas
son un placer para la vista tantas huestes;
y el tono rosado está cada mejilla.
Púrpura es la superficie de cada llano;
son un placer para la vista los huevos de mirlo;
aunque es hermoso el Llano de Fál,
desolado es al lado del Gran Llano.
Aunque creas embriagante la cerveza de la Isla de Fál,
más embriagante es la cerveza de la Gran Tierra;
prodigiosa tierra es la tierra de la que hablo;
los jóvenes no mueren antes que los viejos.
Arroyos dulces y tranquilos riegan la tierra;
se beben los mejores hidromiel y vino;
nobles y elegantes son allí todos.
Vemos a todo el mundo en todas partes,
y nadie nos ve a nosotros,
las tinieblas nos esconden
de quien pudiese contarnos.
Mujer, si vienes con mi fuerte pueblo,
una corona de oro tendrás en la cabeza;
cerdo fresco, cerveza, leche y bebidas
tendrás allí conmigo, Hermosa Señora.
“Sin embargo Etain no estaba dispuesta a marcharse con un extranjero y dejar al rey por un hombre sin nombre ni linaje. Midir le contó quién era y toda la historia de ella, de la cual Etain no sabía nada; y él añadió que habían pasado ciento doce años desde que Etain naciera en la Tierra de la Juventud hasta su nacimiento mortal, como hija de la mujer de Etar. Al final Etain accedió a regresar con Midir a su antiguo hogar, pero sólo bajo la condición que el rey aceptara su separación.
Poco después Midir se le apareció al rey Eochy en la colina de Tara. Él le dijo al rey que había venido para jugar al ajedrez con él, y le mostró un tablero de plata con piezas de oro y joyas. Eochy jugó con entusiasmo y Midir le permitió ganar una partida tras otra, y como pago por sus derrotas él llevó a cabo, por medio de la magia, todo tipo de tareas para el monarca, reclamando tierra, talando bosques y construyendo caminos a través de los obstáculos. Al final, habiendo excitado la codicia de Eochy y habiéndole hecho creer que era mejor jugador que él, le propuso un último juego, un gran premio que sería pagado al que ganara tras terminar la partida. Y Eochy resultó ser el derrotado”.
“Te debo algo”, dijo Eochy.
“Hubiera querido tenerlo hace tiempo”, dice Midir.
“¿Qué es lo que deseáis de mí?”, pregunta Eochy.
“Que pueda sostener a Etain en mis brazos y obtener de ella un beso”, dice Midir.
El rey calló durante un rato y luego dijo:
“De aquí a un mes os será concedido aquello que pedís”.
Pero la mente de Eochy presentía un mal y, cuando el día de la cita llegó, hizo que el palacio de Tara fuera rodeado por una gran hueste de hombres armados para mantener a Midir fuera. Sin embargo todo fue en vano. Tan pronto el rey se sentó en la fiesta, mientras Etain repartía el vino, Midir, más glorioso que nunca, se plantó de pronto ante ellos. Sujetando su lanza con la mano izquierda, buscó con la derecha a Etain y la pareja se elevó fácilmente en el aire, desapareciendo juntos a través de una ventana del tejado de palacio. Enfadado y perplejo, el rey y sus guerreros salieron al exterior, pero todo lo que pudieron ver fue a dos cisnes blancos que volaban dando círculos en el aire por encima del fuerte y que luego se iban lejos, hacia la montaña mágica de Slievenamon. Y de esta forma la reina se reunió con sus parientes.
Eochy, sin embargo, no aceptó la derrota. Después de buscar en vano a su mujer por toda Eiréann, pidió ayuda al druida Dalan. Dalan intentó durante un año, con todos los medios posibles a su alcance, descubrir dónde estaba Etain. Cogió tres varitas de tejo y escribió sobre ellas un ogham, y por las claves de sabiduría que obtuvo le fue revelado que Etain estaba en el túmulo mágico de Bri—Leith y que Midir la retenía allí.
Eochy reunió sus fuerzas para destruir el túmulo en el cual estaba el palacio de Midir, y durante siete años estuvo cavando un túmulo tras otro, mientras Midir y su gente reparaban los daños tan rápidamente como eran hechos. Al final, Midir, llevado a su último refugio, intentó una estratagema: le ofreció darle al rey a Etain, y la envió junto con cincuenta doncellas, siendo todas tan semejantes a Etain que Eochy no podía distinguir a la verdadera de las otras. Sin embargo fue ella misma quien le hizo una señal para que el rey la pudiera reconocer. Así fue como Eochy ganó a su reina, quien vivió con él hasta su muerte, ocurrida diez años después, y le dio una hija que fue llamada Etain, como su madre”.
— Y aquí termina la historia del cortejo de Etain – dijo Domnall, levantándose de su asiento.
Conchobar agradeció al bardo la exquisitez de su relato y dio por concluida la fiesta. Muchos guerreros yacían dormidos en el suelo, envueltos en sus mantos y ebrios de cerveza e hidromiel. Otros reposaban sus cabezas encima de las mesas, con las manos aferradas a los cuernos que poco antes habían utilizado para beber. Los que se habían quedado despiertos y habían disfrutado del relato hasta el final se fueron retirando poco a poco a sus alojamientos, ya fuera en los cuartos para huéspedes del palacio del rey o en las casas que sus parientes tenían en la fortaleza de Emain Macha.
Pero los dioses ya habían echado los dados del destino.
24
Nadie pudo explicar con seguridad lo que ocurrió después, una vez que el festín hubo concluido. Solo se supo que Deirdre había desaparecido misteriosamente y que no había acudido al lecho de Conchobar aquella noche. Al principio el rey se sintió consternado, luego humillado y por último se puso tan furioso que los guerreros que formaban su guardia personal, entre los que se contaba Sualtam, se alejaron de él para no sufrir las consecuencias de su ardiente cólera. Se tardó varios días en averiguar lo que había ocurrido realmente con la muchacha, pero el posible destino de su paradero no calmó los ánimos del rey, cuya furia iba en aumento a medida que transcurrían los días.
Según los informes que llegaban de la frontera Deirdre había huido hacia el norte con Naisi y sus hermanos, a las tierras de los pictos, donde un importante jefe de clan llamado Dryst les había dispensado una buena acogida.
Levarcam, la nodriza de Deirdre, le contó al rey el verdadero motivo que había impulsado a Deirdre a huir con Naisi. A Conchobar no le gustó nada escuchar la verdad, así como a la mayoría de las personas se les hace difícil soportar la luz del sol cuando salen de una habitación en la que han estado sumidos durante demasiado tiempo en completa oscuridad. Para Conchobar la traición de Naisi era un durísimo golpe. Entre los celtas un guerrero debía guardar la máxima fidelidad al jefe de clan, porque el celta sin el clan no era nada. Sin el apoyo de la gente de su propia sangre el celta se convertía en un desterrado, un proscrito sin señor a quien servir, abocado a una existencia salvaje en tierras desconocidas.
Los labios de Levarcam le describieron los encuentros de Deirdre con Naisi, quien había acompañado al rey en varias ocasiones en sus viajes al norte y que también había disfrutado de la hospitalidad de Felim. Los dos jóvenes se habían enamorado sin remedio, pero Deirdre conocía de sobra a su padre y sabía que no desperdiciaría aquella ocasión para entregarla en manos de Conchobar. A Felim le agradaba la idea de que su hija se convirtiera en la reina de los ulates, pero Deirdre estaba enamorada de Naisi y su orgullo no le permitía casarse con un hombre que por edad podía ser su padre, aunque fuera el jefe del clan más poderoso de todo Ulaid.
Sin embargo a Conchobar no solo le dolía la traición. La infidelidad de Deirdre había ofendido su virilidad, hiriéndole en lo más profundo de su espíritu guerrero. El rey clamaba venganza y no cesaba de repetir que los dos amantes pagarían muy cara aquella ofensa.
Owen se puso de inmediato a las órdenes de Conchobar. El príncipe de Ferney ardía en deseos de ajustar cuentas con Naisi y aprovechó la ocasión para decirle al rey que podía contar con todos los guerreros de su clan para darle caza como un perro de presa a su liebre. Conchobar le entregó veinte jinetes y le pidió al príncipe que actuara como embajador ante Dryst, el jefe de clan picto que había acogido bajo su protección a Deirdre y a los hijos de Usna, exigiéndole que le entregara a los refugiados si no quería la enemistad del rey. Pero Dryst no cedió a las amenazas de Owen y el príncipe de Ferney tuvo que abandonar el territorio picto con el rabo entre las piernas, pues Dryst le había advertido que si no se marchaba de sus tierras en el plazo de un día ordenaría a sus arqueros que dispararan contra él. Owen abandonó las tierras de los pictos y se presentó ante el rey diciéndole que Dryst había intentado asesinarle, acusándole de cometer un terrible delito, pues entre los celtas los emisarios tenían un carácter sacrosanto.
Aquella mentira solo sirvió para empeorar las cosas y desatar un conflicto interno que afectaría a todos los clanes ulates. Sin embargo el problema era más grave de lo que todo el mundo podía imaginar. Si un rey no podía imponer la paz dentro de sus propias fronteras, tarde o temprano todo su reino estaría perdido. Y los enemigos de Conchobar – que eran muchos – no tardarían en aparecer para demostrarlo. Maev podría romper la paz y atacar la frontera oeste al frente de sus guerreros connachta, mientras los galióin, cuyo rey Erc había prometido a Conchobar mantener una exigua tregua, podría hacer lo mismo en la frontera sur, donde Celtchar, el viejo guerrero gris, mantenía una guarnición de cien hombres.
A principios del verano Conchobar marchó al frente de un pequeño ejército para poner a prueba el valor de los clanes pictos. El rey había reunido un contingente de cincuenta carros y trescientos guerreros, pensando que con semejantes fuerzas acabaría destruyendo la resistencia de sus clanes.
El ejército de Conchobar bordeó la orilla norte del lago Neagh y se unió a los guerreros de Owen. El rey decidió dividir el ejército en dos cuerpos. Fergus fue el encargado de dirigir la infantería, mientras Conchobar se puso al frente de los cincuenta carros de guerra. Al parecer los pescadores del lago les habían dicho que los pictos se escondían en una de las cañadas que abundaban en aquel país, cuyos pasos estaban surcados por rápidos torrentes que se extendían entre el mar y la montaña, al este del lago. En aquellas tierras vivían los eráinn, que se habían aliado de nuevo con Dryst, el jefe rebelde de los clanes pictos, para formar un frente común contra Conchobar. Y allí, según los lugareños, los pictos se habían ocultado con todos sus guerreros en los bosques de hayas, lo que movió a Conchobar a dejar atrás las aguas del lago y a adentrarse en territorio enemigo para buscar el rastro de Dryst.
Al segundo día los pictos abandonaron la cañada e hicieron frente a los ulates. Eran más de cuatrocientos guerreros, hombres que exhibían en sus cuerpos tatuajes de color azul y que estaban armados con espadas, lanzas y escudos redondos. Vestían pieles de animales y su aspecto era feroz. Fergus fue el primero en cargar contra ellos al mando de sus trescientos hombres, y Caladcholg se fue abriendo camino entre las filas del enemigo. Los pictos aguantaron bien el empuje inicial, pero poco a poco fueron perdiendo terreno y empezaron a ceder, dejando a sus compañeros muertos en el campo empapado de sangre, hasta que por fin decidieron emprender la retirada, huyendo en dirección hacia la cañada. Fergus y sus hombres los persiguieron, así como los cincuenta carros de Conchobar, que intentaron cortarles la retirada atacándoles por el flanco derecho.
Pero ni Fergus ni Conchobar contaban con que los pictos fueran tan inteligentes como para tenderles una emboscada. No se dieron cuenta del engaño hasta que los pictos les sorprendieron con una granizada de flechas, ocultos en la boscosa cañada. Unos cien arqueros estaban apostados en aquel lugar y dispararon sus arcos con mortífera precisión, derribando a los aurigas de los carros y matando a muchos caballos, lo cual provocó un auténtico caos en la batalla. Entonces los pictos que huían dieron media vuelta y se pusieron a matar a los conductores de los carros y a los guerreros que habían sobrevivido a los arcos de sus compañeros, logrando matar a casi todos los ulates que iban en los carros. Conchobar se retiró del campo de batalla con unos pocos supervivientes, seguido por Fergus, quien había sufrido un ataque sorpresa de los pictos en su flanco derecho y que también había perdido la mayor parte de sus hombres. Cerca de doscientos guerreros pintados de azul habían salido de los bosques de abetos y hayas, destrozando a los ulates como si se trataran de espigas de trigo recién segadas. Los pictos persiguieron sin descanso a los ulates hasta los límites de su territorio y no hicieron ningún prisionero.
Conchobar pagó cara su derrota. Su hijo Follamain murió en la batalla, lo que agrió aún más el ánimo sombrío del rey, quien había subestimado el valor de los pictos y les había hecho frente creyendo que los vencería sin la ayuda de sus guerreros de élite. Muchos guerreros de la Orden no habían participado en aquella derrota – entre ellos Conall y Cuchulain – pues Conchobar desconfiaba de algunos de sus miembros y había pensado que no estarían dispuestos a derramar su sangre por él si los hijos de Usna se hallaban presentes en el campo de batalla.
Los clanes ulates se prepararon para recibir la llegada del otoño, pero una ligera inquietud dominaba su estado de ánimo. Todos tenían la sensación de que algo iba a ocurrir, y que la guerra que Conchobar sostenía con los pictos en la frontera norte era solo el principio de cosas peores.
Cuchulain sometió a sus guerreros a un entrenamiento intensivo durante todo el invierno, obligándoles a correr por caminos difíciles y cubiertos de barro bajo una lluvia incesante. Los lanceros se habían acostumbrado a llevar sobre sus espaldas pesados fardos cargados con piedras mientras hacían el duro recorrido, pero siempre eran precedidos en el camino por su señor, quien iba siempre en primera fila para que cundiera el ejemplo entre sus hombres. Cuchulain también se cuidó de que practicaran el manejo de la espada y la lanza, así como el tiro con jabalina. El ulate no quería desatender ningún detalle. Su instinto de guerrero no le engañaba. Casi podía olerse la guerra en el aire y por eso era necesario adiestrar bien a los hombres y tenerlos listos para cualquier contingencia que se pudiera gestar en las fronteras. Y lo más notable era que la banda guerrera del ulate crecía cada año, incrementada con la presencia de jóvenes bisoños que querían servir bajo la insignia del perro negro, de tal modo que al comenzar la siembra Cuchulain llegó a disponer de un ejército de ciento ochenta hombres.
Poca gente se sorprendió cuando el rey tomó una nueva esposa en la fiesta de Beltaine. Conchobar había estado demasiado tiempo viudo y necesitaba una mujer que llenara con su presencia la vacía soledad de sus noches. La joven se llamaba Delbchaen, y era una mujer muy bella, pero su belleza no era comparable a la de Deirdre y muchos empezaron a murmurar que Conchobar se había casado por despecho, en un intento por olvidar a la hija de Felim.
Aquel verano llegaron más noticias procedentes de la frontera norte. Un mensajero del príncipe Owen le comunicó al rey que una gran cantidad de naves había alcanzado las costas de Eiréann, cargadas de guerreros pictos. Dryst había pedido ayuda a sus parientes en Caledonia, y estos habían aprovechado aquella gran oportunidad para deshacerse de los elementos más combativos y conflictivos de sus clanes, hombres jóvenes que solo soñaban en adquirir tierras, mujeres, y sobre todo, un buen botín.
Conchobar convocó a los guerreros en la Casa de la Rama Roja y les explicó el problema con todo detalle.
— Tenemos que tomar una decisión – anunció el rey con voz grave. – Dryst ha logrado unir a todos los pictos y se ha hecho fuerte en todas las tierras que se extienden desde el lago Neagh hasta la costa norte de la isla. Y por si fuera poco acaba de recibir refuerzos de sus parientes de Caledonia – dijo el rey, incapaz de ocultar su enfado.
— Yo propongo que les ataquemos, antes de que consigan ponerse de acuerdo. Todavía tardarán unos días más en organizarse. Deberíamos atacarles ahora, señor. No hay otro plan mejor – dijo Owen con vehemencia, buscando apoyos en las miradas de los demás guerreros.
Owen no era muy apreciado entre sus compañeros de armas, quienes estaban al tanto del odio que le profesaba a Naisi. El príncipe de Ferney había sido siempre un fiel aliado de Conchobar, pero nunca se le había visto combatir en primera línea en un campo de batalla.
— Opino que deberíamos esperar – dijo Briccriu, el de la Lengua Envenenada. – Los pictos son guerreros formidables. Lo más probable es que no se atrevan a atacarnos y se limiten a defender las tierras de Dryst.
— Esas son las palabras de un cobarde – dijo Owen.
— Al menos no me conocen por combatir en la retaguardia – replicó Briccriu.
Owen le fulminó con la mirada, pero no se atrevió a desatar su cólera en presencia del rey.
— Por una vez estoy de acuerdo con Briccriu – dijo Conchobar, para sorpresa del príncipe de Ferney. – Mientras los pictos no salgan de sus tierras no tenemos necesidad de preocuparnos. Bastará con mantener la vigilancia en la frontera.
—¿Nada más? – dijo Owen, que no podía creer lo que estaba oyendo. – Es una decisión muy arriesgada, señor. El poder de Dryst se ha reforzado mucho con la ayuda de los pictos de Caledonia.
—¿Qué opináis vosotros? – preguntó el rey a los demás con un suspiro.
Conchobar parecía cansado, como si quisiera terminar cuanto antes aquella maldita reunión que tantos quebraderos de cabeza le causaba.
Los guerreros jóvenes eran partidarios de un ataque rápido que cogiera por sorpresa a los pictos, pero los de mayor edad y experiencia, como Sualtam y Fergus, aconsejaban que era mejor esperar un poco más, hasta que el enemigo mostrara sus verdaderas intenciones. Usna, el padre de Naisi, fue el único que se mantuvo callado y no dijo nada. Sin duda estaba avergonzado por el comportamiento de sus hijos y no deseaba llamar la atención de los guerreros que estaban sentados alrededor de la mesa.
— Si quisieran atacarnos ya lo habrían hecho – dijo Cuchulain. – Conviví con los pictos durante dos años y conozco de sobra su carácter. Luché contra ellos en la isla de la Bruma y puedo decir que son unos guerreros temibles.
— Son como lobos salvajes – le apoyó Fergus. – El año pasado nos tendieron una emboscada y cayeron sobre nosotros como una horda de demonios pintados de azul. Sus arqueros diezmaron a nuestros aurigas y sus guerreros sembraron el terror en nuestras filas con sus malditos aullidos.
—¿Tienes miedo de los pictos, Fergus? – le preguntó Owen con malicia, una vez que Fergus hubo terminado su relato.
— No le temo a nadie, pero admiro su valor en el campo de batalla. No puedo decir lo mismo de ti, príncipe –dijo Fergus, devolviéndole el golpe.
— Pensarán que somos débiles – insistió Owen. – Si no actuamos ahora estamos perdidos. Maev romperá la paz en cuanto vea que somos incapaces de conservar la unidad en nuestro reino. Se lanzarán contra nosotros como un halcón sobre su presa.
— Estás muy interesado en atacar a Dryst – le dijo Fergus. – Espero que ese ardor no se vea motivado por asuntos personales.
Todos sabían a qué se refería Fergus, pero nadie se atrevió a pronunciar el nombre de Naisi en presencia de Conchobar. La huida de Deirdre y los hijos de Usna todavía estaba demasiado presente en la memoria del rey, quien no se había olvidado de aquella inesperada traición a pesar de que ya había transcurrido un año desde aquel desagradable suceso.
— Solo pienso en el prestigio de nuestra tribu. Y en la seguridad de nuestro reino – afirmó Owen, apretando los labios hasta formar una delgada línea.
— Pues entonces olvídate de atacar a los pictos. Aunque consiguiéramos vencerles solo conseguiríamos perder a muchos guerreros en el intento. ¿Y para qué? ¿Para acabar con unos proscritos? Es demasiado arriesgado – dijo Fergus, mirando a Owen con cara de pocos amigos.
— Es inútil seguir prolongando esta conversación. La decisión ya está tomada – dijo Conchobar, con el rostro lleno de alivio. – Dejaremos las cosas tal como están y no haremos nada a no ser que los pictos abandonen sus tierras para atacarnos. Es lo más razonable.
Después de haber finalizado el consejo los asistentes abandonaron la Casa de la Rama Roja, como hojas secas que el viento arrastra en todas direcciones. En cierto modo Cuchulain se alegraba de que Conchobar no hubiera decidido atacar a los pictos. Lo más probable era que Naisi y sus hermanos combatieran al lado de Dryst, quien les habría proporcionado refugio en sus tierras, librándolos así de llevar una penosa existencia como proscritos, pues ese era el modo de vida que soportaban todos aquellos que abandonaban la seguridad del clan. Y entre los celtas, que eran un pueblo orgulloso, el destierro era incluso peor que la propia muerte.
Pero aquel verano no habría guerra contra los pictos, al menos de momento, mientras los pictos no se decidieran a atacarles. A Cuchulain le desagradaba mucho la idea de tener que enfrentarse en el campo de batalla con sus primos, con quienes se había criado desde niño, pero tarde o temprano los hijos de Usna tendrían que agradecer la hospitalidad de Dryst, su anfitrión, y eso requería que le prestaran juramento de obediencia y lucharan con él en sus guerras.
Fergus apoyó una mano sobre el hombro de Cuchulain antes de que el ulate abandonara el salón del consejo.
— Me gustaría hablar contigo, Cuchulain.
Ambos salieron de la Casa de la Orden y se pusieron a caminar. Los habitantes de Emain Macha se entregaban a sus actividades cotidianas, ajenos a los problemas de los señores de la guerra. Los niños jugaban cerca de la puerta de las chozas bajo las atentas miradas de sus madres, que hablaban con sus vecinas o limpiaban la entrada con una escoba de hojas secas.
— Me asombra la escasa memoria de nuestra gente – comentó Fergus. – El año pasado murieron muchos hombres luchando contra los pictos, pero aquí todos viven como si nada fuera a ocurrir. Ignoran el verdadero peligro que nos acecha.
— Es una reacción muy humana, Fergus – dijo Cuchulain. – Lo único que quieren es vivir en paz. Son campesinos y ganaderos, Fergus, a diferencia de nosotros, que solo somos guerreros. Tienes que comprender que su vida no es fácil. Viven con el constante temor de ver morir a sus maridos atravesados por una lanza enemiga, o de que sus hijos sean convertidos en esclavos, mientras ellas son violadas y obligadas a vivir como concubinas en las chozas de sus enemigos.
— Nosotros también tenemos mujeres e hijos – insistió Fergus, clavándole la mirada.
— Es diferente, Fergus. Nosotros podemos defendernos, pero ellos no pueden hacerlo. Nuestro deber como guerreros es protegerlos, así como el suyo es cultivar la tierra y hacer que el ganado engorde. Es una cadena, ¿comprendes?
— Creo que has pasado demasiado tiempo con Cathbad – dijo Fergus, mirándolo de reojo. – Tu abuelo te ha llenado la cabeza de pensamientos druídicos. A un guerrero no le hace falta pensar. Solo tiene que saber manejar la espada o la lanza.
— Hablas como mi padre – dijo Cuchulain.
— Entonces deberías hacerme caso – dijo Fergus, dándole una fuerte palmada en el hombro y riéndose.
Fergus invitó a Cuchulain a beber en su casa, donde Nessa les sirvió hidromiel en unos cuernos de plata y se retiró silenciosamente de la habitación. Nessa tenía poco más de cuarenta inviernos, pero seguía siendo una mujer bella y sensual, a pesar de las vetas plateadas que cubrían sus cabellos negros y de las pequeñas arrugas que ensombrecían el brillo de sus intrigantes ojos azules. No era de extrañar que Fergus se hubiera rendido a sus encantos años atrás, renunciando incluso al trono para poder casarse con ella. Pero las cualidades de Nessa superaban los atributos físicos que los dioses le habían concedido, pues la madre de Conchobar era una mujer que había destacado en su juventud por su valor guerrero y por su ambición, que la habían llevado a convertirse primero en una reina, al casarse con Fatchma, el hermano de Fergus, para dejar luego su dignidad real en manos de Conchobar, su hijo favorito, después de obligar a Fergus a que renunciara al trono de los ulates para que Conchobar pudiera hacerse con el poder en Emain Macha.
Fergus bebió de su cuerno y miró a Cuchulain.
— Tenemos que hacer algo, Cuchulain. No podemos permitir que Owen haga realidad sus deseos de venganza.
—¿Tienes alguna idea en mente? – le preguntó Cuchulain.
— Llevo varias semanas pensando en ello – dijo Fergus. – En cierto modo Owen dice la verdad. Los pictos son un problema. Si vuelven a derrotarnos Maev no dudará en aprovechar la oportunidad para atacarnos por el oeste como una corneja en busca de carroña. Conchobar lo sabe, y por eso no quiere arriesgarse a luchar contra los pictos.
— No me dices nada nuevo, Fergus.
— Todavía no he terminado – dijo Fergus. – He pensado que si el rey consigue perdonar a Naisi, éste y sus hermanos podrían actuar como intermediarios para que Dryst desista de atacarnos y decida concertar un tratado de paz con nosotros . ¿Qué te parece mi idea? – dijo Fergus, orgulloso de sí mismo.
— Eso es una locura, Fergus. El rey es demasiado orgulloso para aceptar una propuesta semejante – dijo Cuchulain negando con la cabeza.
— Puede que tarde en hacerlo, pero estoy seguro de que acabará aceptando. Le he pedido a Nessa que me ayude – confesó Fergus en un susurro. – Ella se encargará de convencer a su hijo.
— Espero que los dioses te escuchen – dijo Cuchulain. – De todas formas me habría gustado escuchar la opinión de Cathbad. El siempre sabe lo que hay que hacer.
—¿Le has visto últimamente?
— Hace cinco lunas que no le veo. Solo sé que a principios de la siembra se marchó hacia el sur para ir a visitar las tierras de los laigin.
—¿A Laigen? ¿Te dijo para qué? – le preguntó Fergus con el ceño fruncido.
— No me lo quiso decir, Fergus – repuso Cuchulain. – Mi abuelo está más misterioso que nunca.
— Entonces solo nos queda esperar. Ya nos lo dirá cuando regrese de su viaje – le aconsejó Fergus.
— Odio esperar, Fergus. Llevo haciéndolo todo el invierno.
Pero Cuchulain tuvo que seguir esperando. El verano finalizó sin que se produjera ningún disturbio en las fronteras. Dryst mantuvo a sus guerreros dentro de su propio territorio, dándoles tierras para que pudieran vivir en ellas. Conchobar no le dio importancia a la noticia y se dedicó a disfrutar de Delbchaen, su joven esposa, mientras Cuchulain se esforzaba en adiestrar a los jóvenes guerreros que le habían jurado obediencia aquel año.
Y Cathbad seguía sin aparecer.
25
Los años cayeron como gotas de lluvia sobre un estanque turbio. Parecía que los dioses se empeñaban en detener la rueda del tiempo, pues la marea de los acontecimientos no daba señales de querer ascender sobre la tierra verde de Eiréann. Una extraña tranquilidad se había apoderado de los corazones de los ulates, que vivían inmersos en un sueño de quehaceres cotidianos. La gente se había acostumbrado a la quebradiza paz que Conchobar había concertado con los reinos vecinos, pero también sabían que aquella situación no duraría mucho tiempo. Tarde o temprano las hostilidades de desatarían en uno u otro bando, como una tormenta de verano que cae inesperadamente sobre la tierra, y los jefes de los clanes llamarían en su ayuda a los señores de la guerra para defender sus tierras del ataque de sus enemigos.
En la frontera norte la situación apenas había cambiado. Los pictos no se atrevían a invadir territorio ulate, a pesar de que contaban con fuerzas suficientes para realizar incursiones, y los eráinn preferían mantener a sus guerreros dentro de su territorio, dada la debilidad de sus fuerzas. Su jefe Bolgios confiaba ciegamente en la alianza que había hecho con Dryst y creía que la ferocidad de los pictos, demostrada un año atrás, disuadiría a los ulates de un posible ataque.
Los mensajeros que el príncipe Owen enviaba a Emain Macha aseguraban que Dryst tenía problemas para imponer su autoridad entre los clanes vecinos, debido al espíritu arrogante e independiente de sus jefes, que no gustaban de acatar las órdenes de sus iguales de buen grado. Era éste un mal común que afectaba a todas las tribus celtas, cuyos líderes eran tan orgullosos que no soportaban que un hombre de su misma raza les dirigiera, lo cual llevaba a continuas guerras intestinas que desgastaban las fuerzas de la tribu y la debilitaban, permitiendo que otros pueblos – más organizados y mejor preparados – les atacaran y les robaran sus tierras.
Sin embargo aquella falta de unión entre los clanes pictos le había permitido al príncipe de Ferney tomar un respiro, ya que la mayoría de los guerreros de Owen no estaban contentos con él. Varios de ellos habían luchado contra los pictos y los eráinn al lado de Naisi, y que después de la huida de su señor con la joven Deirdre habían sido asignados por el rey al servicio de Owen. No obstante muchos guerreros rehusaron ponerse a las órdenes de un hombre a quien creían un cobarde que solo buscaba vengarse de Naisi, por lo que cruzaron la frontera y entraron al servicio de Dryst, donde tuvieron la oportunidad de encontrarse con su antiguo señor.
Delbchaen, la joven esposa de Conchobar, había dado a luz a un niño, a quien pusieron por nombre Forbay. El rey se alegró mucho cuando nació su hijo. Estaba convencido de que los dioses le resarcían así de la pérdida de Follamain, que había muerto guerreando contra los pictos de Dryst. Fergus creyó que aquel era el momento más oportuno para intentar convencer al rey de que perdonara a Naisi y a Deirdre y les permitiera volver a Emain Macha, pero el rey no quiso hablar del asunto. Sin embargo Conchobar no se opuso a que Fergus enviara mensajeros a Dryst para concertar una tregua con los pictos, lo que sirvió para que Fergus se enterase de cómo les iban las cosas a los hijos de Usna, quienes habían aprendido el oficio de guerrero luchando bajo sus órdenes. Dryst se negó a aceptar la paz que le ofrecía Conchobar, pero fue de este modo como Fergus supo que Naisi echaba de menos a sus amigos y parientes, y que le habría gustado regresar con su clan si el rey estuviera dispuesto a perdonarle. Cuando le fueron referidos estos hechos a Conchobar el rey no dijo ni una sola palabra, pero los que le conocían bien interpretaron su silencio como una prueba de que no tardaría mucho tiempo en consentir el regreso de Deirdre y sus sobrinos.
Una espiral de novedades sacudió la monotonía que reinaba en Dun Dealgan. En cinco años las cosas habían cambiado mucho. Se habían construido nuevos almacenes y casas para acoger a los nuevos guerreros y a sus familias, y Cuchulain dispuso que se erigiera una atalaya a pocos kilómetros de su fortaleza, cerca de la frontera con Midhe. La torre de madera se edificó en una posición estratégica, en un lugar privilegiado donde el vigía podía avistar la presencia de bandas guerreras procedentes del sur y del oeste que quisieran saquear la región de Murthemney. La mente del ulate trabajaba deprisa, como el campesino que quiere recoger la cosecha antes de que caigan las lluvias y se desate la tormenta. Cuchulain trataba no solo de poner en práctica las enseñanzas de Scáthách, sino de mejorarlas y perfeccionarlas. Se daba cuenta de que sus guerreros manejaban diferentes tipos de armas y que eran más expertos en el uso de unas que de otras, así que se le ocurrió que podían convertirse en una eficaz máquina de guerra si actuaban como un solo cuerpo, cuyos miembros tienen distintas habilidades y, sin embargo, se mueven de manera organizada, siguiendo un orden previamente establecido. Por lo tanto dividió a sus hombres en dos grupos. Primero puso aparte a los mejores lanzadores de jabalinas y después escogió a los mejores lanceros y espadachines. Cuchulain les ordenó que potenciaran al máximo aquellas habilidades que poseían, dándoles instrucciones para que las desarrollaran conforme a sus deseos. El ulate sabía que no le faltarían oportunidades para poner a prueba su experimento y confiaba en que la disciplina y la práctica le ayudarían a conseguir sus propósitos.
Sin embargo las únicas novedades no consistieron solamente en innovaciones de carácter militar. Laeg se casó con una mujer laigin que había conocido en Uisnech, durante la fiesta de Beltaine, aunque el matrimonio solo le duró un año, pues al cabo de dicho período la mujer no le dio ningún hijo, por lo que Laeg se divorció de ella y ambos quedaron libres de cualquier compromiso. Aquella situación era muy corriente entre las familias de sangre céltica, en las que había normalmente una sola matrona, pero el marido podía tener otras mujeres, ya fueran esclavas o concubinas. El matrimonio de la matrona suponía la compra, pero los ritos de la compra se simplificaban para aquellas mujeres de condición inferior. Y las concubinas – que carecían de dote – solían comprarse en las grandes ferias anuales por un año.
Fial, la hermana de Emer, también se casó. Su marido se llamaba Rónán y era uno de los mejores guerreros de Cuchulain. Fial pronto se quedó embarazada y dio a luz a una preciosa niña, a quien pusieron el nombre de Bécuma. Aquella criatura trajo mucha alegría a Dun Dealgan, pues Emer ayudó a su hermana a cuidarla, volcando en su sobrina todo el amor de madre que poseía, resarciéndose del cruel destino que le había impedido tener a sus propios hijos.
Cathbad y Bave visitaban a menudo el dun de Cuchulain. El druida le informaba de las últimas noticias que afectaban a los clanes reales de Eiréann, pero nunca le decía nada de los viajes que cada año realizaba con más frecuencia al sur y al oeste de la isla. Cathbad se había vuelto reservado y distante, como si estuviera inmerso en una misión que los dioses le habían encomendado y cuyo éxito o fracaso dependiera exclusivamente de él. En cambio Bave se mostraba más alegre y vivaz. La vidente aseguraba que Cathbad y ella no tardarían mucho tiempo en descubrir los poderes del caldero, pero Cathbad siempre le contradecía alegando que era demasiado pronto para hacer conjeturas y que las propiedades del caldero aparecerían a su debido tiempo, cuando la maldición de Macha cayera sobre los ulates.
Cuchulain estaba haciendo los preparativos para el inicio de la siembra cuando escuchó la noticia, que prendió como un fuego voraz sobre la hierba seca de un bosque. Fergus y Nessa habían conseguido convencer a Conchobar para que permitiera el regreso de Deirdre y los hijos de Usna a Ulaid. Incluso ya habían sido enviados unos mensajeros a las tierras de Dryst con el fin de comunicarle las nuevas a Naisi. Fergus se había encargado de que los mensajeros le dijeran a Naisi que no tendrían nada que temer del rey, pues él mismo se haría cargo de su protección y estaría esperándoles en la frontera con una escolta de veinte jinetes para acompañarles personalmente hasta Emain Macha.
— Prepara a Gris, Laeg. Mañana partiré hacia el norte. Quiero ver a mis primos – le dijo Cuchulain a su auriga.
—¿Cómo estás tan seguro de que aceptarán regresar?
— Lo harán – afirmó Cuchulain, totalmente convencido.
Al llegar a la frontera Cuchulain se encontró con Fergus y su escolta. Por la noche cenaron en un bosque de hayas, mientras los guerreros que componían el séquito de Fergus se ponían a contar viejas historias y bebían cerveza hasta emborracharse. Dos días después los centinelas de Fergus avistaron al séquito de Naisi, cuya llegada fue recibida con gran alegría y emoción. Los hijos de Usna veían acompañados por una docena de jinetes pictos, que exhibían fieros tatuajes de color azul en sus brazos y en sus piernas. Deirdre cabalgaba al lado de Naisi, vestida con una capa de piel de lobo sobre los hombros. La joven seguía conservando la belleza de antaño, pero sus caderas se habían ensanchado un poco, como consecuencia de los dos partos que había tenido. Sin embargo sus ojos seguían brillando con la misma intensidad que Cuchulain había visto en ellos cinco años atrás, un fuego verde que insinuaba que el espíritu de aquella mujer jamás podría ser dominado por la fuerza, como si se tratara de una yegua salvaje, destinada a cabalgar libremente por las praderas sin sufrir el acoso del hombre.
— Has vuelto – dijo Fergus, mirando a Naisi con fijeza. – Por un momento dudé que lo hicieras.
— Nadie puede negar la llamada de la sangre – le dijo Naisi. El hijo de Usna tenía la mirada cansada y los párpados enrojecidos, como si no hubiera dormido durante varias noches, pero sus ojos brillaban con luz propia. – Me alegro de verte, Cuchulain – le dijo. – No esperaba encontrarte aquí.
Ambos se abrazaron de manera cálida. Cuchulain sintió los brazos fuertes de Naisi en su espalda.
— Te debo un favor, ¿recuerdas? – le preguntó Cuchulain.
— No me debes nada, primo – le respondió Naisi. – Pero estoy contento de que hayas decidido acompañarme a Emain Macha.
Cuchulain abrazó también a sus otros primos y saludó a Deirdre. El ulate echó un vistazo a los jinetes pictos y observó que iban armados con arcos y espadas. Sus rostros eran tan inexpresivos como los tatuajes que llevaban impresos en la piel.
—¿Quiénes son los que te acompañan? – le preguntó a Naisi, lleno de curiosidad.
— Son guerreros pictos que no han querido abandonarme – dijo Naisi. – Hemos compartido muchas batallas juntos luchando contra los jefes rivales de Dryst.
—¿Qué piensa Dryst de tu partida? ¿Te ha dejado marchar sin pedirte nada a cambio? – quiso saber Fergus.
— Me ha liberado del juramento que le hice, Fergus. Ahora soy un hombre libre para ir a donde quiera y servir al señor que desee – dijo Naisi.
— No veo a tus hijos contigo – comentó Fergus, entornando los ojos.
— Dryst se ha quedado con ellos. Yo misma le pedí que lo hiciera – dijo Deirdre con el rostro serio.
—¿Por qué? – preguntó Fergus.
Esta vez fue Naisi quien le respondió.
— No vengo con las manos vacías, Fergus. Traigo la paz.
Naisi confesó que Dryst les había dejado marchar con una sola condición. Los hijos de Usna actuarían como portadores de la paz ante Conchobar y Dryst estaba dispuesto a respetarla mientras la vida de ellos y la de Deirdre no estuviera amenazada por el rey. Se veía claramente que Dryst no confiaba en las palabras de Conchobar y que el jefe picto solo se había rebajado a pedirle la paz a causa de Naisi y sus hermanos, pero Dryst había exigido que los hijos de Naisi y Deirdre se quedaran con él en calidad de rehenes en Duncrun, la fortaleza de los pictos, para garantizar que Conchobar cumpliría con lo acordado.
Al día siguiente el séquito emprendió la marcha hacia Emain Macha. Los jinetes pictos formaron dos columnas alrededor de Deirdre y los hijos de Usna. Este hecho no pasó desapercibido a los demás, que se dieron cuenta de que aquellos hombres estaban dispuestos a sacrificar su vida por Naisi y los suyos. Al caer la noche los guerreros acamparon en un bosquecillo de hayas, cerca de las orillas del lago Neagh. La luna mostraba su rostro de porcelana en el oscuro telón del cielo, iluminando con un brillo plateado el paisaje nocturno que se abría a los ojos de la comitiva.
Los guerreros de Fergus se mezclaron con los pictos, y al poco rato pictos y ulates bebían juntos y se narraban unos a otros sus pasadas hazañas alrededor de las hogueras. Ardan y Ainlé se unieron a ellos, satisfechos por formar parte de la camaradería de los guerreros ulates. Naisi los observaba con una sonrisa dibujada en sus labios. El hijo primogénito de Usna se había convertido en un guerrero imponente. Sus hombros se habían ensanchado, al igual que su pecho, y sus brazos – adornados con brazaletes de plata – eran fuertes y musculosos. Sus manos acariciaban los negros cabellos de Deirdre, que dormía en el regazo de Naisi como si fuera una pequeña criatura que buscara con ahínco el refugio y la seguridad que solo proporcionan los brazos de un padre.
— He oído que Dryst te tiene en gran estima – le dijo Fergus a Naisi.
— No fue fácil conseguir su amistad – dijo Naisi. – Era mi mayor enemigo cuando vigilaba con mis hermanos la frontera norte. Pero Dryst es un hombre que aprecia el valor y no tardé en ganarme su confianza luchando codo a codo con él.
Fergus miró a los guerreros pictos que charlaban con sus hombres.
— Tu escolta está formada solo por pictos. ¿Dónde están los ulates que se unieron a ti?
— No han querido acompañarme – le respondió Naisi.
— Temen la cólera del rey ¿verdad? No se fían de Conchobar – le dijo Fergus.
— No puedo culparles por ello, Fergus – le dijo Naisi. – Son hombres libres para escoger a quien quieren servir.
— Es cierto. Supongo que habrán salido ganando con el cambio. Al fin y al cabo es mejor servir a un jefe picto como Dryst que a un ulate como Owen.
— Estoy harto de vivir como un proscrito, Fergus, y mis hermanos también lo están. Prefiero morir en mi propia tierra antes que caer ensartado por una lanza enemiga en un país extraño, rodeado de gentes extrañas y luchando en batallas olvidadas que ningún bardo registrará en sus canciones. Esta es mi tierra y vosotros sois parte de mi clan. Que sean los dioses quienes decidan mi destino.
— No tienes nada que temer del rey, Naisi. Todos vosotros estáis bajo mi protección y puedo aseguraros de que nadie se atreverá a poneros las manos encima.
— Hago mío el juramento de Fergus. Cuenta conmigo, primo – le dijo Cuchulain.
— Agradezco vuestro gesto, amigos. Me ha costado mucho convencer a Deirdre para que pudiéramos regresar.
Deirdre seguía durmiendo en el regazo de su marido, ajena a la conversación. Incluso sin el fuego de sus ojos verdes, ciegos al mundo a causa del velo del sueño que había caído sobre ellos, Deirdre era la mujer más hermosa que Cuchulain había visto en su vida.
Naisi le contó a sus amigos que Deirdre se había negado a partir hasta que Dryst hubo accedido – eso sí, a regañadientes – a hacer la paz con Conchobar. El encanto de Deirdre había logrado vencer las reservas iniciales del picto, quien no se fiaba de las palabras del rey más de lo que una oveja se fiaría del discurso de un lobo. Y también había sido Deirdre quien había querido que sus propios hijos se quedaran con Dryst, reforzando así la paz que ellos se encargarían de defender ante el rey de los ulates.
— Esos temores no son más que humo en el viento – se apresuró a decir Fergus. – Bebamos por tu regreso, Naisi. Y por la belleza de Deirdre.
Cuchulain levantó su cuerno y bebió con los demás. Valía la pena morir por aquella mujer, pensó mientras el hidromiel corría por su garganta como una manada de caballos salvajes.
La escolta prosiguió su marcha hacia el este sin detenerse apenas en el camino. Parecía que todo el mundo tenía prisa por llegar a Emain Macha, aunque nadie sabía exactamente qué sucedería allí una vez que hubieran atravesado las puertas de la fortaleza.
Al día siguiente, mientras los guerreros se cubrían los ojos para protegerse de la luz del sol, Deirdre espoleó a su caballo y se puso a la altura del corcel de Cuchulain. Durante unos instantes ambos cabalgaron en silencio hasta que Deirdre se decidió a hablar.
— Me gustaría saber si ayer hablabas en serio, cuando prometiste ayudar a mi marido – dijo ella, escrutándole a través de sus enigmáticos ojos verdes.
—¿Por qué me lo preguntas, Deirdre? ¿Te ha dicho algo Naisi? – le preguntó Cuchulain con recelo.
— Os escuché ayer, mientras hablabais entre vosotros. Fingía dormir – le confesó ella. – Naisi nunca me cuenta nada. Cree que así podrá protegerme, pero siempre acabo enterándome de todo lo que pasa. Hombres – dijo ella, chasqueando la lengua.
— Esa es una opinión personal – le dijo Cuchulain.
Los ojos de Deirdre relampaguearon, como si el fuego verde que habitaba en ellos se avivara. El ulate percibió que había dejado de sonreír.
— Sé de lo que hablo – sentenció ella. – Conozco a Conchobar y sé que es un hombre celoso y vengativo. No nos perdonará que le hayamos traicionado.
— Si así fuera sería Owen quien os recibiría en la frontera, en vez de Fergus – dijo Cuchulain.
— Conchobar es más astuto de lo que crees – prosiguió Deirdre. – Ha utilizado a Fergus porque sabe que Naisi y él son grandes amigos, pero Fergus es el cebo que Conchobar emplea para atraparnos – afirmó ella con seguridad.
—¿Has hablado con Naisi de todo esto?
— Es inútil, Cuchulain. No me escucharía. Naisi solo piensa en volver a Emain Macha. Cree que todo le será perdonado. ¡Cómo si fuera tan fácil olvidar!
— Naisi piensa que los demás son como él. En el fondo es un soñador, un poeta. Cathbad siempre le decía que se había equivocado al seguir los pasos de Usna, su padre, y que debería haber estudiado con los druidas en los bosques.
— Espero que esta conversación se mantenga en secreto, Cuchulain – le suplicó Deirdre. – No quiero que Naisi sepa nada de lo que tú y yo hemos hablado.
Era imposible negarse a los deseos de aquella mujer. Deirdre ejercía en los hombres el mismo poder que Branwen, la diosa del amor, cuya belleza podía incluso hacer brotar lágrimas de una piedra.
Naisi apareció de improviso al lado de Cuchulain antes de que Deirdre diera media vuelta a su montura. Cuchulain se volvió hacia él y vio que su primo parecía intrigado.
—¿Alguna novedad, primo?
— Nada que tú no sepas, Naisi. Hablaba con Deirdre de mis experiencias con los pictos en la isla de la Bruma – mintió Cuchulain.
— Por un momento pensé que tratabas de robármela – dijo Naisi, riéndose y dándole una fuerte palmada en la espalda.
— No te preocupes, Naisi. Aunque hayáis vivido durante cinco años en Duncrun tu mujer no ha adquirido la costumbre picta de disponer de varios hombres a la vez.
Naisi se rió al escuchar el comentario de Cuchulain. El hijo de Usna había observado el extraño comportamiento de las mujeres pictas en el clan de Dryst, mujeres que se casaban con tantos esposos como quisieran, siguiendo una antigua costumbre.
Deirdre se despidió de Cuchulain con una mirada de sus ojos verdes. El ulate pudo ver la desesperada súplica que emanaba de ellos, como un mensaje que no tenía necesidad de palabras para ser transmitido. La mujer hizo retroceder a su montura, cabalgando al lado de su marido hacia la fila de jinetes pictos que encabezaban Ardan y Ainlé.
El sol se ocultaba detrás de las colinas cuando los hombres de Fergus avistaron a un grupo de jinetes que cabalgaba hacia ellos.
— Son los hijos de Fergus – dijo Ardan, que tenía una vista aguda.
Fergus espoleó a su caballo para salir al encuentro de sus hijos. Una escolta de seis guerreros acompañaba a Illán y Buino, exhibiendo en sus escudos la orgullosa insignia de la Rama Roja. Cuchulain también se adelantó para recibirlos y llegó a tiempo para escuchar las siguientes palabras. Al parecer Illán y Buino no eran portadores de buenas noticias.
— Nuestra madre está enferma – dijo Illán. – Un mensajero de Dun Ross nos ha dicho que contrajo unas fiebres poco después de tu marcha. Conchobar ha mandado a Fingen para que la atienda.
—¿Es grave? – les preguntó Fergus.
— El mensajero nos ha dicho que no deja de repetir tu nombre mientras delira en sueños – le dijo Buino.
—¿Habéis ido a verla?
— No hemos tenido tiempo, padre. Acabábamos de llegar de las tierras de Laery cuando nos enteramos de la noticia – le explicó Buino. – Y fue el mismo Conchobar quien nos ordenó que fuéramos nosotros quienes te comunicáramos la noticia.
Dun Ross era la fortaleza que antaño había pertenecido al rey de Ulaid del mismo nombre, y que también había sido el fundador de la Orden de la Rama Roja y de la dinastía que gobernaba sobre los clanes ulates.
— Tengo que irme. Mi esposa me necesita – dijo Fergus, con el rostro preocupado.
Fergus se volvió hacia Cuchulain.
— Tú y mis hijos os encargaréis de escoltar a Deirdre y a los hijos de Usna a Emain Macha. Yo intentaré regresar lo más pronto posible de Dun Ross.
— No te preocupes, Fergus – dijo Cuchulain. – Nosotros nos encargaremos de que no les suceda nada, ¿verdad, muchachos?
Illán y Buino asintieron con la cabeza. El rostro de Deirdre se ensombreció cuando escuchó las palabras de Fergus, pero sus labios no se abrieron para decir una sola palabra. En cambio Naisi le restó importancia al asunto, diciéndole a su protector que se verían de nuevo en Emain Macha.
Fergus partió de inmediato hacia el norte, dejando a todos sus hombres al mando de sus hijos. El número de la escolta – aumentado con la llegada de Illán y Buino – estaba ahora compuesta por cuarenta y cinco guerreros y una mujer. Los jinetes llegaron a Emain Macha con las primeras luces del amanecer del día siguiente. Los centinelas les abrieron las puertas de la fortaleza, pero no fue Conchobar quien se presentó para recibirles. En su lugar apareció su hijo Cormac, flanqueado por seis guerreros de la guardia personal del rey. Cormac era un hombre de anchos hombros y alta estatura, como su padre, aunque el príncipe no había heredado ni su ambición ni sus dotes de mando.
— Mi padre os envía sus saludos – dijo Cormac, mirando a Naisi. – Os recibirá mañana en su palacio. Mientras tanto es su deseo que paséis la noche en la Casa de la Rama Roja.
— Dile a Conchobar que agradezco su hospitalidad – le dijo Naisi. – Y dile también que traigo la paz de parte de Dryst. El rey ya no tendrá que temer las incursiones de los pictos en la frontera norte.
— Así se lo diré – dijo Cormac, que empezó a impartir órdenes a unos criados para que alojaran a los recién llegados en la Casa de la Orden.
Caía la noche sobre Emain Macha cuando Cuchulain salió por la puerta de la choza de sus padres. Dectera se había mostrado impaciente por conocer todas las novedades que habían afectado a los hijos de Usna durante su estancia entre los pictos, así que Cuchulain se vio obligado a satisfacer todas las preguntas de su madre. La conversación se había prolongado hasta la hora de la comida y había sido brevemente interrumpida por Sualtam, cuya presencia había ensombrecido de pronto la velada. Sualtam había saludado a su hijo con una sonrisa, pero Cuchulain, que estaba ocupado hablando con su madre, no se había percatado de la gélida conducta de su padre, quien comió con ellos en silencio y se despidió rápidamente de su mujer y su hijo, argumentando que aquella noche tendría que montar guardia en el palacio de Conchobar.
Cuchulain supo por su madre que en Emain Macha circulaban todo tipo de rumores acerca de los hijos de Usna, cuyo padre, un hombre afable y sencillo, había muerto hacía tres años a causa de una extraña enfermedad que había consumido su cuerpo por dentro. Casi todos creían que Naisi volvería a recuperar el favor de Conchobar, y lo demostraron saliendo de sus chozas cuando oyeron a los centinelas que anunciaban su inminente llegada. Aquellos que le habían conocido, hombres que habían luchado con él en múltiples batallas y que ahora formaban parte de la guarnición de Emain Macha, le habían saludado al pasar. Y Naisi les reconoció, a pesar de las cicatrices y las huellas que el tiempo moldea en los rostros de todos los hombres.
Una extraña tensión reinaba en el gran salón de la Casa de la Rama Roja, como si unas aves sombrías hubieran extendido sus negras alas sobre las cabezas de los que se habían reunido allí. Casi nadie sonreía. Tan solo unos pocos guerreros se atrevían a hablar entre ellos en voz baja, pero sus voces eran apenas unos susurros en la oscilante luz del salón. Cuchulain entró en la estancia después de haber saludado a los guerreros pictos que custodiaban la entrada del edificio y percibió de inmediato el tenso ambiente que se respiraba. Aquella escena se parecía más a la intranquila vigilia de los guerreros, antes de atacar por sorpresa a su enemigo en la hora que precede al alba, que a una alegre cena entre parientes. Solo Naisi y los hijos de Fergus se mostraban confiados, como si desecharan con su comportamiento la actitud que atenazaba las mentes de los demás.
Cuchulain se sentó en la mesa con sus primos. Su presencia contribuyó a aligerar la carga opresiva que reinaba en el salón, un gesto que Deirdre correspondió con una mirada de agradecimiento de sus intrigantes ojos verdes.
Los guerreros que habían venido con Illán y Buino fueron los primeros en retirarse a sus habitaciones para dormir. A medida que avanzaba la noche la presencia de hombres armados en el gran salón fue disminuyendo. Poco a poco la vigilancia se fue relajando hasta que los pictos, que se habían quedado en el salón como únicos guardias, cansados por el viaje y vencidos por el sueño, se echaron sobre el suelo de cañas e incluso se durmieron.
Sin embargo no todos fueron capaces de dormir. Naisi y Deirdre comenzaron a jugar al fidchell con el único fin de entretenerse y matar el tedio. Ambos jugaron varias partidas bajo la cansada mirada de Cuchulain, que observaba sin mucho interés los movimientos que Naisi y Deirdre realizaban sobre el tablero. A veces el sueño vencía al ulate, y sus párpados caían como las pesadas losas que el pueblo de los megalitos había erigido en eras antiguas, sumergiendo a Cuchulain en una breve marea de oscuridad. Cuchulain volvía a abrirlos de nuevo, luchando consigo mismo, mientras la inconsciencia pugnaba por hundirlo en la noche. En uno de aquellos momentos de debilidad Cuchulain creyó oír un fuerte ruido de pisadas en la puerta principal, donde los pictos montaban guardia, pero al abrir los ojos observó que se trataba de una pieza de fidchell, impulsada por la mano de Naisi, que había ejecutado con fuerza su movimiento sobre el pulido tablero de roble.
Pero Cuchulain se había equivocado al no prestar atención a sus primarios instintos de guerrero. No tardó en darse cuenta que se había producido un enorme alboroto en el exterior de la casa, un griterío que procedía de la puerta principal, como había creído en un principio. El sueño se desvaneció de sus ojos con una celeridad asombrosa, haciendo realidad una terrible situación.
Estaban atacando la Casa de la Rama Roja.
Un torrente de guerreros inundó la puerta del gran salón. Los pictos se habían desperezado y combatían con un valor frenético en la entrada, impidiendo con sus mandobles que los hombres de Conchobar forzaran el paso. Cuchulain se estremeció. En un principio la traición del rey le sorprendió, luego le irritó y finalmente le hizo palidecer de ira. El ulate se sentía invadido por una ciega cólera. Sin pérdida de tiempo desenvainó su espada y cargó contra el enemigo. Cuchulain le abrió el vientre al primer guerrero que le hizo frente y luego le cortó un brazo a otro que intentaba clavarle una lanza en los riñones. Con un rápido movimiento, digno de un gato salvaje, esquivó una estocada que iba dirigida contra su pecho y clavó su espada en el cuello del agresor. Apenas tuvo tiempo de echar un vistazo a lo que sucedía a su alrededor, pero pudo atisbar a los hijos de Fergus que se batían con gran valor en los pasillos, así como a Naisi y sus hermanos, que luchaban como fieras acorraladas a pocos pasos de él, peleando con una temeridad que solo la desesperación les proporcionaba.
Los hombres de Conchobar doblaban en número a los pictos y a los guerreros de Fergus que se habían quedado con sus hijos. Los defensores caían poco a poco, superados ante el empuje de sus enemigos, quienes se aprovecharon de la falta de sueño y del cansancio que pesaban sobre sus rivales. Uno a uno los pictos cayeron, después de haber luchado hasta la muerte por su señor, empapando con su sangre el suelo de juncos del salón. Illán y Buino también cayeron, el uno al lado del otro, atravesados por las lanzas de hombres que pertenecían a su mismo clan, y que no dudaron en clavar sus hojas en los cuerpos de los dos hermanos gemelos con cruel saña.
Aquella visión de muerte hizo enloquecer a Cuchulain. El ulate gritó como un loco furioso y se arrojó con su espada contra un muro de escudos y lanzas que le cerraban el paso. La guardia de élite de Conchobar le rodeó por ambos lados, haciendo inútiles sus embestidas y golpeándole con la contera de sus lanzas hasta que Cuchulain dejó de moverse.
Los guardias le quitaron sus armas y luego le ataron las manos con unas correas de cuero. Unos brazos fuertes le empujaron contra el muro de la pared, dejándolo casi inconsciente y a cargo de tres hombres, que le vigilaron con las hojas de las lanzas apuntando hacia su pecho.
En ese momento los guerreros de Conchobar abrieron sus líneas. El rey apareció en medio de sus hombres, como una horrible visión de venganza. Su rostro estaba satisfecho, ebrio de un placer salvaje. Owen le acompañaba, con una sonrisa macabra aflorando en sus labios.
Ardan y Ainlé yacían muertos en el suelo. Sus cuerpos estaban marcados por una multitud de heridas y la sangre manaba de ellas con generosidad. Naisi estaba al lado de sus hermanos, con la espada en la mano, mellada y ensangrentada, y el escudo hecho pedazos en la otra. Sus ojos ardían, llenos de odio, y ardieron todavía más cuando el rey hizo acto de presencia en el salón. Deirdre se ocultaba detrás de su marido, con una mirada de desafío brillando en sus ojos verdes.
Owen se adelantó y miró a Naisi con ferocidad.
— Me debes un dedo, Naisi. Y pienso cobrármelo con tu vida.
— Es un precio demasiado alto para un cobarde como tú – le dijo Naisi con desprecio.
— El rey lo ha decidido así – dijo Owen, dirigiéndose a Conchobar, como si esperase una orden suya para actuar.
— Entonces que sea el rey quien acabe conmigo – le dijo Naisi. –¿O acaso tiene miedo de mancharse las manos con la sangre de su sobrino?
Conchobar se acercó a Naisi, deteniéndose a pocos pasos de él. Sus botas resonaron en el salón como un eco de muerte.
— Arroja tu espada, Naisi. Tus amigos y tus hermanos están muertos – le dijo Conchobar, con un tono de voz amenazante.
— Eres un rey sin honor, Conchobar. Confié en tu palabra y me has traicionado – le dijo Naisi con una mirada de desprecio. – Dryst arrasará la frontera cuando se entere de lo que ha sucedido aquí.
— Los pictos no son rivales para los ulates. Y tú eres el menos adecuado para hablar de traición. Fuiste tú y esa ramera que se esconde detrás de ti quienes me habéis traicionado a mí, a vuestro rey. ¿Creías que olvidaría con tanta facilidad la humillación que me causasteis? Un rey nunca perdona una ofensa – dijo Conchobar. – Y ahora entrégame tu espada. Soy tu rey, Naisi. Hazlo y Deirdre vivirá.
— Para convertirse en vuestra segunda esposa ...
— Es un destino más agradable que la muerte. ¿O prefieres que la entregue a mis guerreros para que jueguen con ella? Porque eso es lo que haré, Naisi – dijo Conchobar con lentitud. – A menos que me entregues tu espada.
— No lo hagas, Naisi – dijo Deirdre, situándose al lado de su marido. – No se atreverá a hacerlo. Valora demasiado el tesoro que se oculta entre mis cálidos muslos – dijo ella, escupiendo en el suelo y fulminándole con sus ojos de diosa. – Nunca me poseerás, Conchobar. Solo eres un traidor y un cobarde. Tu alma es tan negra como los demonios que habitan en los abismos profundos de Annwn.
Cuchulain contemplaba con impotencia aquella escena. Hubiera deseado poder levantarse y acuchillar a Conchobar y a Owen, que esperaban como chacales a que el león se rindiera para abalanzarse sobre él y destrozarlo. Le dolía el hecho de no poder hacer nada por Naisi y Deirdre, y también se lamentaba por no haber podido impedir la muerte de sus primos y de los hijos de Fergus, cuyos espíritus habían partido hacia Tir Nan Og de manera infame, como bestias cercadas que solo pueden esperan la muerte bajo el afilado cuchillo del sacrificador.
Las súplicas de Deirdre fueron en vano. Naisi se aproximó al rey y le entregó su espada mellada por la empuñadura. El rey sonrió maliciosamente, y como si se tratara de una señal convenida por ambos, Owen se colocó en dos pasos enfrente de Naisi y con una rapidez asombrosa le cercenó la cabeza de un solo tajo. La sangre salpicó sus ropas e incluso alcanzó el rostro de Deirdre. Esta gritó como si fuera una banshee que augurara la muerte de algún ser humano, pero en realidad aquel horrible aullido no era más que la antesala de su propia destrucción. Deirdre sacó una daga que llevaba escondida en los pliegues de su capa y la hundió en su pecho. La joven cayó al suelo con un sordo gemido, cubriendo de sangre los juncos y la tierra que se hallaba debajo, pero sus ojos no se cerraron. Los dioses no estaban dispuestos a consentir que aquella mirada verde se extinguiera bajo el velo de los párpados. Deirdre estaba muerta, pero sus ojos seguían vivos. Su iris era una luz que hería en la muerte a aquellos hombres que habían regado con sangre el salón y que se atrevían a contemplar, no sin asombro, las puertas de su alma.
Un silencio profundo cayó sobre el salón. Conchobar se precipitó sobre el cadáver de Deirdre, en un inútil intento por reanimarlo. Pero era tarde, demasiado tarde. El rey había movido la caprichosa rueda del destino y ahora estaba obligado a esperar a que la rueda hubiera completado la última vuelta, hasta sus últimas consecuencias.
Entonces se oyó una voz que provenía de la entrada, una voz potente, llena de sabiduría, que sobrecogió los corazones de todos aquellos que la escuchaban. Era una voz que auguraba la caída de un reino, una voz metálica, cortante como el hielo en invierno, alejada como las frías estrellas lo están de la tierra. Cuchulain conocía demasiado bien aquel sonido.
Era la voz de Cathbad.
—¿Qué has hecho, Conchobar?¿Qué has hecho? Has atraído la ruina sobre tu propia gente y sobre tu propio clan. Has permitido que los celos y el deseo de venganza te consumieran, como una llama que no se puede apagar. Has manchado la tierra de sangre inocente. La Madre la ha bebido, pero no ha saciado todavía su sed. Illán y Buino están muertos. Era sangre inocente, hombres que pertenecían a tu linaje, cuyas vidas se gestaron en las entrañas de hielo de Nessa, tu madre. Eran medio hermanos tuyos y tú ordenaste su muerte vilmente. Has bebido la copa de tu propia destrucción y te aseguro que la apurarás hasta las heces. La sangre de Deirdre y de los hijos de Usna se volverá contra ti. Tu linaje morirá contigo, y tus hijos no poseerán la tierra a causa de tu traición. El caos romperá la unión de los clanes ulates y la diosa Macha se complacerá en aplastarnos como su fuéramos simples hormigas. La fortaleza de Emain Macha será destruida con fuego, sumergida en sangre y sometida por el poder de la espada. La tierra gemirá de dolor, incapaz de soportar los lamentos y los llantos de los moribundos, que volverán sus ojos hacia ti en busca de protección, aunque no la hallarán, porque eres un rey que no merece gobernar, un rey injusto y cruel. Los dioses te retirarán su apoyo y volverán sus ojos hacia otros clanes, otras tribus que se apoderarán de esta tierra y la harán suya por derecho propio.
Cathbad se abrió paso entre los guerreros que lo contemplaban, hombres cuyos rostros estaban atemorizados por las palabras que el druida acababa de pronunciar. Todos se percataron de que Cathbad había tenido acceso a una de las puertas del Otro Mundo, donde el futuro se había vislumbrado ante sus ojos a través de una poderosa visión.
El druida se agachó y liberó a Cuchulain de sus ataduras. Ningún guardia del rey se atrevió a decirle nada. Ni siquiera Conchobar trató de impedírselo, pues el rey se había quedado pálido como la cera, aunque su rostro exhibía una extraña mezcla de tozudez.
Cuchulain se levantó con gran esfuerzo. Le dolía todo el cuerpo, pero al final logró reunir fuerzas para ponerse en pie.
Y abandonó el salón detrás de Cathbad.
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