Capítulo 3
La armadura de Godric había sido reparada con ingenio; encontró los desgarrones en la cota y el yelmo soldados con tanta habilidad que no había muestras de brechas a la vista. La armadura del caballero era inusualmente resistente, de cualquier manera, y de un peso que pocos hombres habrían soportado. Las hojas que le habían herido en la batalla del desfiladero habían penetrado por viejas abolladuras. Ahora incluso esas habían sido arregladas, la armadura estaba como nueva. La pesada malla había sido reforzada con sólidas planchas de acero sobre el pecho, espalda y hombros, y al cinturón de la espada se le había añadido discos de acero de un palmo de anchura. El yelmo, en vez de ser un simple gorro de acero con un largo nasal, llevado sobre una capucha de cota, como era el caso de la mayoría de los cruzados, estaba hecho con un casco completo y fijado firmemente en las piezas de acero de los hombros. Toda la armadura mostraba la tendencia de que los tiempos de la cota daban paso gradualmente a la armadura de placas.
Godric experimentó un fiero resurgir de fuerza al sentir el familiar peso de su malla y rodeó con los dedos el gastado pomo de su larga espada de dos manos. La lánguida ilusión de las cómodas semanas anteriores se desvaneció; de nuevo era un conquistador de una raza de conquistadores. Se dirigió junto al viejo Roogla hasta las puertas principales, percibiendo por todas partes el terror que se había apoderado de la gente. Hombres y mujeres corrían sin sentido por las calles, gritando que los mongoles estaban sobre ellos; ataban sus pertenencias en fardos, y los cargaban en burros y los azuzaban mientras gritaban reproches a los soldados de las murallas que parecían tan asustados como la gente.
—¡Cobardes! —la barba del viejo Roogla se erizó—. Lo que necesitan es una guerra para refrescar su fortaleza. Bien, ahora tienen una guerra y tendrán que luchar.
—Un hombre siempre puede huir —respondió Godric con sorna.
Llegaron hasta las puertas exteriores y encontraron un grupo de soldados allí, sujetando sus picas y arcos con nerviosismo. Sus caras se animaron ligeramente cuando Roogla y Godric llegaron. La historia de la batalla del normando contra los bandidos de Hian no había perdido nada de fuerza. Pero Godric se sorprendió al darse cuenta de su escasez.
—¿Estos son todos tus soldados?
Roogla sacudió su cabeza.
—La mayoría de ellos están en el Paso de las Calaveras —gruñó—. Es el único camino por donde una gran fuerza puede aproximarse a Jahadur. En el pasado lo hemos defendido fácilmente ante cualquier intruso, pero estos mongoles son demonios. Dejé aquí suficientes hombres para defender la ciudad contra cualquier tropa perdida que pudiera bajar escalando los riscos.
Salieron cabalgando por las puertas y bajaron por el ventoso camino de montaña. En uno de los lados había una escarpada pared de unos mil pies de alto. En el otro el risco caía tres veces esa altura en una sima sin fondo. Cabalgaron por él durante una milla hasta el Paso de las Calaveras. Aquí el camino desembocaba en una especie de alta planicie, pasando entre dos muros de escarpada roca.
Unos mil guerreros acampaban aquí, vestidos con sus relucientes cotas, altas botas de cuero y armas con remates dorados. Con sus yelmos picudos con retazos de malla, sus largas lanzas y sus anchas cimitarras, parecían suficientemente aguerridos. Pero aun siendo hombres recios estaban evidentemente nerviosos e inseguros.
—Por la sangre del diablo, Roogla —chasqueó Godric—, ¿No tienes más que estos soldados?
—La mayor parte de las tropas están desperdigadas por el imperio —respondió Roogla—. Avisé a Chamu Khan de que reuniese todos los guerreros aquí, pero rehusó hacerlo. Solo Erlik sabe el motivo. Bueno, un hombre siempre puede morir.
Se izó sobre su silla y su gran vozarrón rugió entre las colinas:
—¡Hombres de la Negra Cathay, me conocéis hace mucho! Pero aquí junto a mí está uno al que sólo conocéis de oídas; un jefe del lejano oeste que luchará junto a vosotros hoy. ¡Ahora fortaleced vuestro corazón y cuando Genghis aparezca por el desfiladero, mostradle que los hombres de la Negra Cathay aún mueren como hombres!
—No tan rápido —gruñó Godric—. Este paso parece inexpugnable. ¿Puedo darte una idea sobre como posicionar las tropas?
Roogla abrió sus manos. —Naturalmente.
—Entonces haz que los hombres reconstruyan la barricada —gritó Godric, señalando las ondulantes barreras de piedra, medio derruidas, que cruzaban todo el paso.
—Hazlas altas y bloquea la puerta. Hoy no vendrán caravanas. Pensé que eras un soldado; pero debe haber sido hace mucho tiempo. Pon tus mejores arqueros tras la primera línea de piedra. Y después a los lanceros y los espadachines, y a los hacheros tras los lanceros.
El largo y cálido día se consumió. Al final desde lejos sonó el profundo retumbar de los tambores de piel, así como el estruendo de una miríada de cascos. Entonces sobre el profundo desfiladero y por la planicie avanzó una bizarra y terrible horda. Godric había esperado una salvaje y variada masa de bárbaros, como un enjambre de langostas sin orden ni sistema. Estos hombres cabalgaban en formación compacta, de una manera tal como jamás había visto antes; en bien ordenadas filas, divididas en tropas de a mil cada una.
Los “tugh”, estandartes de cola de yak, fueron desplegados sobre ellos. La visión de sus ordenadas formaciones y su apariencia curtida hicieron encogerse al corazón a Godric. Aquellos hombres eran guerreros feroces que sobrepasaban a sus propios soldados en siete veces. ¿Cómo podría esperar mantener el paso contra ellos siquiera por un corto período? Godric juró profunda y fervientemente y olvidó toda esperanza de supervivencia; sin embargo durante toda la salvaje lucha, su única idea fue la de hacer tanto daño al enemigo como pudiera antes de morir.
Así que permaneció en la primera línea de las fortificaciones y observó fijamente con curiosidad el avance de las huestes, viendo a los achaparrados y anchos de espalda hombres montados en enjutos caballos, hombres con caras achatadas, desprovistas de humor o misericordia, y cuya armadura estaba sencillamente elaborada de cuero endurecido, lacado o con discos de hierro cosidos a ella. Con gesto irónico descubrió los cortos y pesados arcos con largas flechas. A la vista de estos arcos supo que traspasaría las mallas ordinarias como si fuesen de papel. Sus otras armas consistían en lanzas, pequeñas hachas de mano, mazas y sables curvos, más ligeros y manejables que las pesadas cimitarras de dos manos de los de la Negra Cathay.
Roogla, que estaba junto a él, señaló un gigante que cabalgaba al frente del ejército.
—Subotai —gruñó—, un uriankhi de las heladas tundras, con el corazón tan frío como su tierra natal. Puede partir en dos el asta de una lanza con sus manos. El alto petimetre junto a él es Chepe Noyon; fíjate en su cota plateada y sus plumas de garza. Y por Erlik, allí esta Kassar el Fuerte, el porta espadas del khan. Bien, si el mismo Genghis no esta aquí ahora, pronto lo estará, nunca deja a Kassar apartarse demasiado de su vista: el Fuerte es un idiota, al que solo puede usarse en combate.
Los fríos ojos grises de Godric se fijaron en la gigantesca figura de Subotai; una creciente furia se apoderó de él, no un odio tangible hacia el uriankhi sino la cólera guerrera que el hombre poderoso siente cuando se encuentra con un enemigo que iguala su valor. Llegaron extendiéndose por la pedregosa llanura como un viento surgido del infierno, y un enjambre de arqueros les precedía.
—¡Abajo! —rugió Godric, cuando las flechas comenzaron a llover a su alrededor—. ¡Tras las rocas! ¡Lanceros y espadachines, tumbaos! ¡Arqueros, devolved el fuego!
Roogla repitió el grito y las flechas volaron desde las barricadas. Pero el esfuerzo fue medio inútil. La visión de esa horda en avalancha había entumecido a los hombres de Jahadur. Godric jamás había visto a nadie montar y disparar desde la silla como hacían estos mongoles. Eran invisibles tras el vuelo de las flechas, mientras los hombres caían tras las barreras de piedra. Sintió como los jahaduranios flaqueaban, dándose cuenta con ciega rabia de que se vendrían abajo ante la caballería pesada mogola si esta alcanzaba la barricada.
Un arquero que estaba junto a él rugió y cayó de espaldas con una flecha atravesada en su garganta, y un alarido surgió entre las vacilantes filas de la Negra Cathay.
—¡Idiotas! —bramó Godric, golpeando a derecha e izquierda con el puño cerrado—. ¡Unos jinetes jamás tomarán este paso si permanecéis en él! ¡Tensad vuestros arcos y poned toda vuestra fuerza en ello! ¡Luchad, malditos!
Los arqueros se habían abierto hacia ambos lados, y a través de la brecha penetraron los veloces espadachines. Si había un momento en el que detener la carga fue ahora, pero los arqueros jahaduranios escapaban frenéticamente y tras ellos los lanceros comenzaban a huir en desorden. El viejo Roogla gritaba y se tiraba del cabello, maldiciendo el día en que había nacido, mientras ningún hombre había caído de parte de los mongoles. Incluso a esa distancia Godric, que estaba erguido sobre la barricada, vio una abierta sonrisa en la cara de Subotai. Con una amarga maldición arrancó una lanza de la mano de un guerrero que estaba junto a él y puso cada onza de su musculosa figura en el lanzamiento.
Era demasiado lejos para el lanzamiento normal de un lancero, pero con un zumbido, la lanza siseó por el aire y el mongol que estaba junto a Subotai cayó de cabeza traspasado por ella. Desde el bando de los de la Negra Cathay surgió un súbito rugido. ¡Los jinetes podían morir a pesar de todo! Godric, destacando sobre todos en la barricada, como un hombre de hierro, adquirió proporciones sobrenaturales a los ojos de los hombres que había bajo él. ¿Cómo podían ser vencidos siendo liderados por un hombre como ese? El ardiente fuego de la fiebre de la batalla oriental brilló y un súbito coraje surgió en el corazón de los flanqueantes guerreros.
Con un grito arrojaron flechas a diestro y siniestro y el súbito saludo de la muerte golpeó la carga de los mongoles. Aquellas largas astas penetraban a través de protecciones y petos, atravesando a quienes los llevaban. Las entrañas y la sangre se desparramaban. No rompieron la carga exactamente, pero en el ojo de esa tormenta de hierro, los escuadrones giraron y huyeron del frente. Un salvaje aullido de triunfo surgió de los jahaduranios, y agitaron sus lanzas mofándose a gritos.
El viejo Roogla estaba en éxtasis, pero Godric gruñó con una sonrisa sin alegría alguna. Al final había insuflado el coraje en los corazones de los de la Negra Cathay. Pero sabía, que tanto él como Roogla y todos los suyos habían de dejar aquí sus cadáveres antes de que el día terminase. Y Yulita... no podía permitirse pensar en ella. Al final, juró, con una roja neblina agitándose sobre sus ojos, que Subotai no la tomaría.
Las colas de yak se agitaban, los timbales anunciaban otra carga. Esta vez los jinetes cabalgaron con más cautela, arrojando una perfecta lluvia de flechas. Tal como Godric ordenó, sus hombres no devolvieron el fuego, aunque se protegieron tras sus barricadas; él mismo permaneció despectivamente en pie, confiando en su armadura. Llegó a ser el objetivo de todo el fuego, pero las largas flechas resbalaban inofensivamente por su escudo o se partían en su coraza.
Los jinetes giraban muy cerca, tensando con fuerza sus pesados arcos, pero a una orden de Godric los jahaduranios les replicaron. En un corto y fiero intercambio los hombres en campo abierto se llevaron la peor parte. Galoparon fuera del frente con varias sillas vacías, pero Godric no dejó de prestar atención a la amenaza real: la caballería pesada. Éstos se habían aproximado con un veloz trote durante el intercambio de flechas, y ahora picaban espuelas y llegaban como la saeta de una ballesta.
De nuevo la dramática lluvia les encontró y abatió, pero esta vez su velocidad les llevó hasta escasos cien pies de las barricadas. Un jinete atravesó las líneas y Godric observó una salvaje figura, escupiendo sangre y golpeando salvajemente hacia él. Entonces cuando el mongol se aupó sobre sus estribos para alcanzar la cabeza del caballero, docenas de lanzas, surgidas tras las espaldas de los arqueros, le atravesaron y le arrojaron lejos.
Otra vez los mongoles se retiraron de la batalla, pero esta vez las pérdidas habían sido severas. Caballos sin jinete se extendían por la llanura, que estaba salpicada de formas que se retorcían o permanecían inmóviles.
Los jahaduranios habían infligido otra vez mas daño en las filas de Genghis Khan que los mongoles a ellos. Pero desde el bando de los nómadas se preparaba una tercera carga, y Godric sabía que esta vez el vuelo de las flechas no podría detenerlos. Se tomó un momento para admirar su coraje.
La reserva de flechas estaba descendiendo. La Negra Cathay, como en todo aquello relacionado con la guerra, había sido negligente en la fabricación de flechas. Un gran número de las astas que sobresalían de las aljabas eran flechas de caza, buenas solo en distancias cortas.
Esta vez no hubo un gran intercambio de flechas. Los arqueros de Subotai se mezclaron ellos mismos con las filas de espadachines, y cuando llegó la carga, una capa de flechas les precedió.
—¡Ahorrad vuestras flechas! —rugió Godric, empuñando el hacha que había elegido de la armería de Jahadur—. ¡Volved, arqueros... lanceros, sobre el muro!
Al momento la arrojada horda rompió contra la barricada como una roja ola. Evidentemente habían juzgado mal la fortaleza de aquellas barreras de piedra, no sabían que habían sido recientemente reforzadas; habían esperado atravesarlas por la fuerza de su peso y velocidad y cabalgar a través de las ruinas. Pero los fortalecidos muros aguantaron.
Los caballos golpearon la barricada con un crujir de huesos, y las mentes de los hombres se desvanecían por el golpe. Sin duda alguna habían esperado sacrificar la primera línea, pero la carnicería fue más grande de lo que habían calculado. La segunda línea, pegada a los talones de la primera, se zambulló contra la pared y sobre los vestigios que se retorcían, y la tercera se amontonó sobre ambas. Toda la línea de la barricada era una roja confusión de caballos caídos relinchando, pezuñas que azotaban y hombres retorciéndose mientras los jahaduranios enloquecidos por la sangre aullaban como lobos, tajando y apuñalando en la carmesí confusión.
Las líneas de retaguardia treparon implacablemente sobre sus camaradas caídos para atacar a los defensores, pero el suelo estaba abarrotado con muertos y heridos y los caballos desplomados se agitaban y golpeaban los cascos de los que avanzaban sobre ellos.
Todavía, algunos de los mongoles sobrepasaron las líneas e hicieron un desesperado esfuerzo por trepar sobre el muro. Murieron como ratas en una trampa bajo la embestida de las lanzas de los de la Negra Cathay.
Uno, un enorme gigante de embrutecido rostro, cabalgó sobre una estremecida confusión de carne retorcida, corcoveó junto a la barricada y la maza de hierro que había en su mano desparramó los sesos de un lancero. De ambas huestes surgió el grito de: «¡Kassar!»
—¿Así que Kassar, eh? —gruñó Godric, dando un paso adelante en la precaria cima de la barricada. El gigante se irguió sobre sus estribos, la ensangrentada maza osciló hacia atrás y en ese instante las veinte libras del hacha de batalla que Godric empuñaba en su mano derecha se estrellaron en el picudo yelmo. Hacha y yelmo se hicieron trizas y el corcel cayó sobre sus rodillas bajo el golpe. Entonces se encabritó y se precipitó frenéticamente, y el aplastado cuerpo de Kassar quedó colgando balanceándose sobre la silla, enganchado en los bajos estribos.
Godric arrojó el partido mango del hacha y cogió la maza que había caído sobre las piedras. Oyó al viejo Roogla gritando: —¡Bogda! ¡Bogda! ¡Bogda! ¡Gurgaslan!
Toda la hueste de Jahadur se sumó al grito, y así Godric consiguió su nuevo nombre, que significa león, y carmesí fue su bautizo.
Los mongoles estaban otra vez en lenta y terca retirada y Godric blandió la maza y gritó: —¡Sed hombres! ¡Conservad la valentía! ¡Habéis acabado con más de la mitad de vuestro propio número!
Pero sabía que ahora sería el verdadero ataque mortal. Los mongoles estaban desmontando. Jinetes por naturaleza y elección, sabían que una carga de caballería nunca tomaría esas sólidas murallas, defendidas por hombres enloquecidos. Portaban en sus antebrazos unos pequeños escudos redondos lacados para detener las flechas y avanzaban sin descanso en la misma formación que habrían mantenido a caballo.
Arrollaron como una marea negra sobre la planicie plagada de cadáveres y como una negra riada irrumpieron contra el muro erizado de lanzas. Pocas flechas fueron usadas por cada lado. Los de la Negra Cathay habían vaciado sus carcajs y los mongoles solamente querían llegar al cuerpo a cuerpo.
La línea de las barricadas llegó a convertirse en la roja línea del Infierno. Las lanzas pinchaban hacia abajo, las curvadas hojas se rompían sobre las picas. En el ojo del círculo de acero, los mongoles trataban de trepar por la muralla, acumulando montones de sus propios muertos como siniestras escaleras. La mayoría de ellos fueron atravesados por las lanzas de los defensores, y pocos fueron lo que ganaron la cima de la barricada, donde fueron rebanados por los espadachines que había tras los lanceros.
Los nómadas retrocedieron por necesidad unas pocas yardas, y se levantaron de nuevo. Los terroríficos golpes de sus impactos estremecieron por completo la barricada. Aquellos hombres no necesitaban gritos u órdenes para ser espoleados, pues estaban inflamados con una voluntad indomable que emanaba tanto con órdenes como sin ellas. Godric vio a Chepe Noyon luchar silenciosamente a pie con el resto de los guerreros. Subotai, sentado en su caballo unas pocas yardas atrás de la masa, dirigía los movimientos.
Carga tras carga se rompía contra las barreras. Los mongoles perdían sus vidas como el agua y Godric se maravillaba de su inquebrantable resolución para conquistar ese relativamente poco importante reino montañoso. Pero se dio cuenta que todo el futuro de Genghis Khan como conquistador dependía de aplastar toda oposición, sin importar cual fuera el coste.
Las murallas se estaban desmoronando. Los mongoles las estaban rompiendo en pedazos. No podían escalarlas, así que empujaban sus lanzas entre las piedras y las soltaban, desgajándolas con sus manos desnudas. Muchos murieron en ese duro trabajo, pero sus camaradas apartaban sus cuerpos y continuaban con su trabajo.
Subotai desmontó su caballo, desenfundando una pesada espada curva de su silla, y se unió a sus guerreros a pie. Llegó hasta el centro del muro y lo desgarró con sus manos desnudas, desdeñando las lanzas que apuntando hacia abajo se partían en su yelmo y armadura. Un boquete fue hecho y los mongoles se precipitaron por él.
Godric gritó fieramente y saltó a contener la súbita marea, pero la riada de la negra ola que cubrió el muro le rodeó de aullantes demonios. Los mongoles llegaban sobre las ruinas de las barreras y por la gran brecha que Subotai había provocado. Godric gritó a los jahaduranios para que se replegaran, e incluso cuando él lo hizo, vio a Roogla parando los silbantes golpes de la curva cimitarra de Chepe Noyon.
El viejo general ya estaba perdiendo sangre por una profunda herida en el muslo, e incluso cuando el normando se abalanzó en su ayuda, la hoja del mongol sajó a través de la malla de Roogla y la sangre brotó a raudales. Roogla se desplomó lentamente al suelo y Chepe Noyon giró para enfrentarse a la furiosa carga del caballero. Alzó su espada para detener la vibrante maza pero el gigantesco normando, en su furia berserker, propinó un golpe contra el que no cabía destreza o templado acero. La cimitarra despidió cantarinas chispas, el yelmo se partió y Chepe Noyon fue arrojado al suelo como un cabestro con el cráneo espachurrado.
—¡Aguanta Roogla! —rugió Godric, saltando hacia delante y balanceando su maza para golpear la cabeza del postrado mongol como quien mata una serpiente herida. Pero cuando la maza bajó, un achaparrado guerrero saltó como una pantera, con los brazos abiertos, protegiendo el caído cuerpo del jefe y recibiendo el golpe en su propia cabeza. Su destrozado cadáver cayó al otro lado de Chepe Noyon, y un repentino torrente de arrojados mongoles obligó a Godric a retroceder. Incluso cuando los jahaduranios lograron llevar desesperadamente al herido Roogla detrás de la siguiente línea de piedra, los mongoles alcanzaron al aturdido Chepe Noyon y lo sacaron fuera de la batalla.
Luchando tenazmente, Godric retrocedió, medio rodeado de achaparradas figuras que se batían con el mismo sigilo y luchaban con igual fiereza por su vida. Alcanzó el siguiente muro, sobre el que los jahaduranios ya se habían hecho fuertes, y por un momento estuvo acorralado con las piedras a su espalda, mientras las picas destellaban y los sables le atacaban. Su armadura ya le había salvado varias veces, sin embargo una certera estocada había penetrado profundamente en su pantorrilla y un duro golpe en su pectoral le había entumecido parcialmente bajo los hombros.
Ahora los de la Negra Cathay se inclinaron sobre el muro, limpiaron un espacio con sus lanzas, y asiendo a su campeón por las axilas, le izaron a pulso. La lucha continuó. La existencia se convirtió sobre los muros en una roja sarta de cuerpos precipitándose y espadas arremetiendo. Las lanzas de los defensores se combaban o astillaban. Las flechas se habían terminado. La mitad de los de la Negra Cathay estaban muertos. La mayor parte de los restantes estaban heridos. Pero poseídos por un fanático fervor lucharon, descargando sus melladas hachas y cimitarras embotadas con tanta fiereza como si la batalla acabara de de comenzar. Toda la furia guerrera de sus ancestros turcos había despertado y tan solo la muerte podría contenerla. Después de todo, había la misma sangre en aquellos inconquistables demonios del Gobi.
La segunda barricada se desmoronó y los jahaduranios comenzaron a retroceder hasta la última línea de barricadas. Pero esta vez los mongoles estuvieron sobre las piedras que se despeñaban y encima de ellos antes de que pudieran retirarse con éxito. Godric y cincuenta hombres, cubriendo la retirada del resto, fueron aislados. Entonces los otros tuvieron que volver a ayudarles, pero un sólido frente de mongoles que estaba entre ellos obstaculizó sus fieros esfuerzos.
Los hombres de Godric murieron a su alrededor como lobos cazados, asesinando y muriendo sin un gemido o queja. Sus últimas bocanadas eran gruñidos de mortal furia. Sus cimitarras de dos manos causaban una terrible destrucción entre sus achaparrados enemigos pero los mongoles se escurrían bajo el barrido de las hojas y acuchillaban hacia arriba con sus cortos sables.
La cota de placas de Godric le salvó de estocadas casuales y su enorme fortaleza e increíble rapidez le hicieron casi invencible. Hacía tiempo que había desechado su escudo. Empuñaba la pesada maza con ambas manos y golpeaba como un negro dios de la muerte que aniquilaba de un lado a otro de la batalla. Sangre y sesos salpicaban como agua en los escudos, yelmos y corseletes.
Mas allá de las cabezas de los guerreros que le atacaban, Godric divisó la gigantesca figura de Subotai, destacando por encima de la cabeza y hombros de sus hombres. Con una maldición el normando arrojó la maza, con sangre salpicando mientras zumbaba por el aire. Los hombres gritaron durante el largo vuelo, pero Subotai se agachó con rapidez. Godric desenfundó su espada de a dos manos por primera vez durante la lucha, y la larga hoja recta que había sido bendecida por el Papa hace años resplandeció como si tuviera vida, como las azuladas olas de los mares del oeste.
Era una pesada hoja, forjada para cortar a través de gruesas mallas y fuertes blindajes, armaduras mucho mas fuertes que las que vestían la mayoría de los orientales quienes usualmente preferían camisolas de ligera cota de malla. Godric la manejaba con una mano tan ligeramente como la mayoría de los hombres pudiera hacerla con ambas. En su mano izquierda blandía un dirk, apuntando hacia arriba, y aquellos que eludían el golpe de la espada, morían por la acción de la corta hoja. El normando dejó a su espalda un tropel de muerte, y en la roja neblina de la locura de la batalla, aplastó cráneos hasta reventarles los dientes, atravesó torsos hasta la espina, astilló huesos de hombros, decapitó de un mandoble, cercenó piernas por la cadera y brazos por el hombro hasta que retrocedieron en un súbito e inusual terror y se quedaron resollando y mirándole como un cazador mira a un tigre herido.
Y Godric se rió de ellos, insultándoles, escupiendo en sus caras. Siglos de la influencia de la cultura francesa se desvanecieron; era un vikingo berserker el que se encaraba a sus empalidecidos enemigos.
Estaba herido, ligeramente conmocionado, pero sin debilitarse. El fuego de su furia no dejaba espacio en su mente para ninguna otra sensación. Una forma gigantesca surgió de las filas, arrojando hombres a izquierda y derecha como la espuma una galera embistiendo. Subotai de las tundras heladas se presentó ante su enemigo al fin.
Godric admiró la altura del hombre, la amplitud de su pecho y hombros y los masivos brazos que empuñaban la espada que más de una vez durante la lucha había esquilado el torso cubierto de mallas de algún jahaduranio.
—¡Atrás! —rugió Subotai, con sus fieros ojos destellando; aquellos ojos eran azules, pudo ver Godric, y roja tenía la cabellera el mongol; seguramente en algún lugar de la helada tierra de las tundras un ario vagabundo había mezclado su sangre con la turania de la tribu de Subotai—. ¡Retroceded y dejadnos sitio! ¡Nadie que no sea Subotai matará a este jefe!
En alguna parte al fondo del desfiladero sonó una ráfaga de tambores y el atronar de cascos de caballo, pero Godric estaba demasiado concentrado para escucharlos. Vio a los mongoles retroceder, dejando un espacio despejado. Escuchó a Chepe Noyon, aún ligeramente aturdido, y con un nuevo yelmo, impartiendo órdenes a los hombres que se amontonaban en el muro. La lucha cesó del todo y todos los ojos se volvieron a los cabecillas, quienes balanceaban sus hojas y embestían a la vez como dos toros enloquecidos.
Godric sabía que su armadura nunca podría resistir un golpe de lleno de la pesada espada que Subotai balanceaba en su mano derecha. El normando esquivaba y golpeaba como si fuera un tigre, poniendo cada onza de su cuerpo en la estocada y confiando en su velocidad sobrehumana. Su pesada y recta hoja cortó a través del lacado escudo que Subotai ondeaba sobre su cabeza, y restalló de pleno sobre el picudo casco, mordiendo parte del cuero cabelludo que había debajo. Subotai se tambaleó, un chorro de sangre descendió por su oscuro rostro, pero casi al momento lanzó un golpe al cuello que zumbó sin peligro por el aire cuando Godric se dejó caer de rodillas rápidamente.
El franco embistió con fiereza, pero Subotai evadió la estocada con un giro de su enorme cuerpo y atacó salvajemente. Godric saltó lejos, pero no pudo esquivar por completo el golpe. La gran hoja se estrelló bajo su axila, penetrando entre la malla y hundiéndose profundamente en sus costillas. El golpe entumeció todo su lado izquierdo, y en un momento todo su pectoral estuvo rebosante de sangre.
Aguijoneado por una renovada locura, Godric saltó hacia delante, esquivando la cimitarra, entonces arrojó su espada y forcejeó con Subotai. El mongol le devolvió el fiero abrazo, empuñando una daga. Estrechamente agarrados lucharon y se retorcieron, tambaleándose al tratar de zancadillearse, buscando cada uno romper la espalda del otro o hacerle clavar su propia hoja. Ambas armas estaban enrojecidas, y en un instante encontraban hendiduras en las armaduras, o eran empujadas a través de la sólida malla, pero ninguno liberaba su mano lo suficiente para conseguir una puñalada mortal.
Godric trataba de tomar aliento; sentía que la presión de los enormes brazos del mongol le estaba partiendo. Pero Subotai no estaba mucho mejor. El normando vio como un abundante sudor perlaba la frente del mongol, oía su aliento recortado en pesadas bocanadas, y una feroz alegría le agitó.
Subotai alzó a su enemigo a pulso para lanzarlo por sorpresa, pero Godric le agarró con tanta firmeza como le fue posible. Con ambos pies se fijó de nuevo al suelo ensangrentado, de repente Godric dejó de tratar de liberar la mano en la que empuñaba su dirk del abrazo de hierro de Subotai, y apartando la mano armada del mongol, dirigió su puño izquierdo a la cara de Subotai.
Con toda la potencia de su poderoso brazo y anchos hombros tras él, el golpe fue como si lo hubiera dado con un garrote. La sangre salpicó y la cabeza de Subotai cayó hacia atrás como una bisagra, pero enseguida hincó su daga en los músculos del pecho de Godric.
El normando jadeó, se tambaleó, y en un último estallido de fuerza levantó al mongol sobre él. Subotai cayó todo lo largo que era, y se levantó muy lentamente, aturdido como un hombre que ha luchado hasta consumir la última roja onza de resistencia. Su gigantesca figura se desplomó hacia atrás sobre los brazos de los guerreros que los rodeaban y agitó su cabeza como un toro, esforzándose en volver al combate de nuevo.
Godric recuperó la espada que había arrojado y ahora encaraba a sus enemigos, apostado con las piernas abiertas para controlar su enfermizo mareo. Tanteó un momento hasta sentir las sólidas piedras a su espalda. La pelea le había llevado casi hasta las barricadas. Allí encaró a los mongoles como un león herido acorralado, su cabeza baja sobre su enorme y acorazado pecho, los terribles ojos reluciendo a través de los huecos de su visor, ambas manos agarrando su enrojecida espada.
—Venid —les desafió como si sintiera que su vida menguase en una densa oleada carmesí—. Puede que muera... pero me llevaré a siete de vosotros antes de caer. ¡Venid y busquemos un final, canallas paganos!
Unos hombres atestaron la planicie tras la andrajosa horda, miles de ellos. Un poderoso y barbudo jefe sobre un caballo blanco cabalgó hacia delante e inspeccionó a los mongoles silenciosos y cansados por la batalla, y también el bastión de piedra con sus escasas filas de ensangrentados defensores. Este, según supo Godric de manera fatigosa, era el gran Genghis Khan, y deseó haber tenido la suficiente vitalidad en él para cargar entre las filas y ensartar al khan en su propia silla; pero la debilidad se cernía sobre él.
—Hice bien en venir con la horda —dijo Genghis Khan con sorna—. Parece que estos Cathianos han bebido algún tipo de vino que les ha vuelto hombres. Han matado más mongoles de lo que hicieron los keraits y los hians. ¿Quién ha espoleado a estas perfumadas mujeres a la batalla?
—Él —Chepe Noyon señaló al ensangrentado caballero—. Por Erlik que han debido beber sangre en este día. El franco es un demonio; mi cabeza aún zumba por el golpe que me propinó; Kassar esta todavía recuperando el sentido del hachazo que el franco le dio en el casco; y ha estado luchando ahora con el mismo Subotai y permanece en pie.
Genghis incitó a su caballo hacia delante y Godric se puso en tensión. Si el khan se pusiera a su alcance... una súbita acometida, un último y desesperado golpe... si pudiera llevarse a este señor de los paganos con él al reino de los muertos, moriría feliz.
Los grandes y profundos ojos grises de Genghis se posaron sobre el caballero y sintió toda su fortaleza.
—Estás forjado en el mismo acero que mis caudillos —dijo Genghis—. Quisiera tenerte como amigo en lugar de cómo enemigo. No eres de la raza de estos hombres; ven y sírveme.
—Mis oídos están ensordecidos de tantos golpes sobre el yelmo —respondió Godric, intensificando la presa sobre su pomo y tensando su agotada musculatura—. No puedo entenderte. Acércate para que pueda oírte.
En lugar de eso Genghis hizo retroceder su corcel unos pocos pasos y sonrió con tolerante compresión.
—¿Me servirás? —insistió—. Haré de ti uno de mis jefes.
—¿Y que pasará con estos? —Godric señaló a los de la Negra Cathay.
Genghis se encogió de hombros. —¿Qué puedo hacer con ellos? Deben morir.
—Vete con tu hermano el Diablo —gruñó Godric—. Vengo de una raza que vende sus espadas por oro, pero no somos chacales para volvernos contra los hombres junto a los que hemos sangrado. Estos guerreros y yo ya hemos matado más de los que somos y herido a muchos más aún de tus guerreros. Todavía quedamos trescientos de nosotros y las más sólidas barricadas. Habremos acabado con más de mil de tus lobos; si entras en Jahadur lo harás cabalgando sobre nuestros cadáveres. Carga ahora y ve como pueden morir los hombres desesperados.
—Pero tú no le debes lealtad a Jahadur —razonó Genghis.
—Debo mi vida a Chamu Khan —chasqueó Godric—. Le debo mucho y le sirvo con tanta lealtad como su fuera el mismísimo Papa.
—Eres un tonto —dijo Genghis con franqueza—. Hace mucho tiempo que tengo mis espías entre los jahaduranios. Chamu planeaba sacrificar Jahadur y todo lo que hay allí para ocultar su propio escondite. Es por esto que rehusó el traer más soldados a la ciudad. Su fuerza principal está reunida en la frontera oeste. Planeaba huir por un camino secreto entre los riscos tan pronto como yo atacara el paso.
»Bien, lo hizo, pero algunos de mis guerreros le alcanzaron. Tan sólo le pidieron un recuerdo —Genghis rió entre dientes—. No harían ningún esfuerzo por entorpecerlo. Él podría ir donde quisiera. ¿Quieres ver el recuerdo que tomaron de Chamu Khan?
Y el mongol que estaba tras el khan alzó una horrorosa y sombría cabeza. Godric maldijo: —Mentiroso, traidor y cobarde, aunque después de todo también era un rey. Ven y terminemos. Te juro que antes de que cabalgues sobre estos muros, tus caballos pisotearán una mullida alfombra de vuestros cadáveres.
Genghis permaneció sentado en su caballo y reflexionó. Subotai se le acercó, y sonriendo sombríamente, le habló al oído. El khan asintió.
—Jura servirme y respetaré la vida de tus hombres; anexionaré la Negra Cathay a mi imperio sin dañarla.
Godric se volvió hacia sus hombres. —Lo habéis oído. Yo prefiero morir aquí sobre un montón de mongoles muertos, pero vosotros debéis decidir.
Contestaron a voces: —¡El emperador esta muerto! ¿Por qué debemos morir si Genghis Khan nos concederá la paz? Danos a Gurgaslan como gobernador y te serviremos.
Genghis alzó su mano. —¡Así sea!
Godric se sacudió la sangre y el sudor de sus ojos y gruñó con una amarga carcajada.
—¿Un rey títere en un trono de baratija, para bailar a tu son, mongol? ¡No! Elige a otro para eso.
Genghis frunció el ceño y súbitamente gritó. —¡Por el amarillo rostro de Erlik! ¡Ya he hecho más concesiones hoy de las que he hecho antes en toda mi vida! ¿Qué es lo que quieres, Gurgaslan? ¿Debo darte mi cetro como botín de guerra?
—Si así lo desea deberías dárselo —dijo Subotai sonriendo, puesto que no se sentía más intimidado por su khan que si Genghis fuera un simple caballerizo—. Estos francos están hechos de hierro por fuera y por dentro. ¡Razona con él, Genghis!
El khan observó fijamente a su general por un momento como si tuviera en mente reventarle la sesera, pero entonces sonrió. Estas gentes de las estepas eran de una raza franca y abierta muy diferente de las taimadas gentes de Asia Menor.
—Para tenerte a ti y a tus guerreros luchando junto a mí —dijo Genghis con calma—, haré lo que nunca esperaba hacer. Eres digno de seguir el carmesí camino del imperio. Toma la Negra Cathay y gobiérnala a tu gusto; sólo te pediré que me ayudes en mis guerras, como un igual aliado. Seremos dos reyes, reinando cada uno en su parte y ayudándose el uno al otro contra todos los enemigos.
Los finos labios de de Godric sonrieron.
—Eso es suficiente.
Los mongoles se alzaron en un ensordecedor rugido y los ensangrentados jahaduranios surgieron sobre las barricadas para besar las manos de su nuevo gobernante. No oyó a Genghis decir al guerrero que portaba la espeluznante cabeza arrancada de Chamu Khan: —Haz que esa calavera sea tratada y cubierta con plata, déjala con el resto de los que fueron señores de sus tribus; cuando yo caiga quisiera que mi cabeza fuera tratada con el mismo respeto.
Godric sintió una firme presa en su muñeca y miró los serios ojos de Subotai, sintiendo una oleada de amistad por el hombre que había igualado su furia primitiva.
—¡Por Erlik, todo un hombre! —gruñó el caudillo—. ¡Deberíamos ser buenos camaradas, Gurgaslan! ¡Oye, por los dioses, hombre, estás seriamente herido! Se desvanece... quitadle la armadura y examinad sus heridas, vamos cabezas de chorlito, ¿queréis que muera?
—Mala elección —gruñó Chepe Noyon, sintiendo cierto apego—. Este hombre no ha sido hecho para morir por el acero. Espera, gran búfalo, o lo matarás con tu torpeza. Traeré alguien más indicado para atenderlo, alguien que he encontrado siendo escoltada por la fuerza fuera de Jahadur por los eunucos del palacio. La vi hace tan solo cinco minutos y ya estoy dispuesto a cortarte la garganta por ella, Gurgaslan. ¿Genghis, puedes pedir que nos traigan a la chica?
De nuevo Godric vio, como en una cercana neblina, dos grandes ojos negros posarse sobre él; sintió suaves brazos rodear su cuello y escuchó un sollozo junto a su oído.
—Pues bien, Yulita —dijo él como en un sueño—, ¡me fui con Genghis Khan después de todo!
—Has salvado la Negra Cathay, mi rey —sollozó ella, apretando sus labios contra los suyos. Entonces mientras su embotada mente se refrescaba con aquellos dulces labios, fueron retirados y una copa tomó su lugar, rebosante de un vino picante que le devolvió a la consciencia.
Genghis estaba en pie junto a él.
—Ya has encontrado a tu reina, ¿eh? —dijo con una sonrisa—. Bien, descansa de tus heridas; no necesitaré tu ayuda por unos meses. Cásate con tu reina, organiza tu reino. Hay un gran ejército establecido en la frontera oeste listo para ti ahora que ya no habrá ninguna invasión de tu reino. Pudiera ser que en el oeste los turcos te disputaran el liderazgo. No tienes más que enviarme un mensaje y te enviaré tantos jinetes como necesites. Cuando la hierba del desierto crezca en la primavera, cabalgaremos hacia la Gran Cathay.
El khan volvió grupas y se alejó cabalgando, mientras Godric miraba fijamente la delgada figura de Yulita entre sus cansados brazos.
—Que Wang Yin espere sentado a su esposa —dijo él, y la risa de Yulita fue como el tintinear de las plateadas fuentes del jardín de los cerezos en Jahadur. Y así el sueño que había perseguido Godric de Villehard de un imperio en el este cobró vida.
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