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Mitos y Leyendas: Kalevala (III)
La fantástica saga mitológica finesa compilada en el s.XIX por Elias Lönnrot
Por Anónimo

Mitos y Leyendas - Kalevala (III) VIII
WAINAMOINEN Y EL GIGANTE WIPUNEN


El viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya inmortal, hallábase ocupado en construir un navío, un navío nuevo, en la punta del promontorio nebuloso, de la isla rica en umbrías. Y cantaba, cantaba un canto mágico a cada parte que construía.
Pero cuando llegó el momento de ensamblar las planchas, de tajar la proa y redondear la popa, tres palabras le faltaron de repente.
El viejo, el impasible Wainamoinen, el sabio sin edad, exclamó: "¡Ah, desdichado de mí! ¡Mi navío no podrá sostenerse a flote, mi nueva barca no podrá navegar en el agua!"
Se puso a reflexionar profundamente preguntándose dónde encontraría las palabras, las ocultas palabras mágicas.
Un pastor salió a su encuentro y le dijo: "Encontrarás cien palabras, mil sagradas runas, en la boca de Antero Wipunen, en el vientre del prodigioso gigante. A él debes dirigirte. El camino para llegar allá no es muy bueno, pero tampoco es de los peores. Hay que recorrer el primer tramo sobre la punta de las agujas de las mujeres; el segundo tramo sobre la punta de las espadas de los hombres; y en fin, el tercer tramo, sobre el filo de las hachas de los héroes".
El viejo, el impasible Wainamoinen, pese a las dificultades de la empresa, no vaciló en intentarla. Se dirigió a la fragua de Ilmarinen y le dijo: "Oh herrero Ilmarinen, hazme unas suelas de hierro, unos guanteletes de hierro, una cota de hierro; y fórjame además, por lo que pidas, un estoque de hierro con medula de acero. Parto a arrancar las mágicas palabras, las sagradas runas, del vientre del prodigioso gigante, de la boca de Antero Wipunen".
Ilmarinen contestó: "Wipunen ha muerto hace mucho tiempo; hace mucho que Antero ha dejado de armar sus trampas de caza, de tender sus redes de pesca. Ni una palabra sacarás de él, ni la mitad de una palabra".
El viejo, el impasible Wainamoinen, a pesar de tal advertencia, se puso en camino. El primer día cruzó sobre la punta de las agujas de las mujeres; el segundo día, sobre la punta de las espadas de los hombres; el tercer día, sobre el filo de las hachas de los héroes.
Wipunen, el poderoso runoya, el gigante de prodigiosas fuerzas, hallábase acostado bajo tierra con sus cantos; yacía tendido con sus mágicas palabras. Crecía el chopo sobre sus hombros, el abedul sobre sus sienes, el álamo sobre sus mejillas, el sauce sobre su barba, el abeto sobre su frente, y el pino silvestre entre sus dientes.
El viejo Wainamoinen llegó. Desenvainó su espada, su hoja de acero, de la vaina de cuero; y taló el chopo de los hombros de Wipunen, el abedul de sus sienes, los álamos tupidos de sus mejillas, el sauce de su barba, el abeto de su frente y el silvestre pino de entre sus dientes. Después hundió su estoque guarnecido de hierro en la garganta del gigante, entre sus anchas mandíbulas, entre sus mugientes encías, y dijo: "¡Levántate de tu subterráneo lecho, oh esclavo del hombre, despierta de tu largo sueño!"
Wipunen, el poderoso runoya, se despertó en el acto de su sueño. Sintió el duro golpe del estoque y un agudo dolor que le desgarraba. Mordió el estoque, pero su dentellada no alcanzó más que a la superficie; no logró hacer presa en el acero, en el tuétano de acero.
El viejo Wainamoinen se acercó más al gigante, y de repente saltó y se deslizó en su boca. Entonces Antero Wipunen, abrió las anchurosas fauces y se tragó al héroe y a su espada, diciendo: "Muchas cosas he comido: he devorado cabras y ovejas, y bueyes y jabalíes, pero nunca había probado un manjar semejante".
El viejo Wainamoinen dijo: "¡He aquí llegada mi hora fatal!"
Y se puso a pensar, a reflexionar profundamente, preguntándose cómo se las arreglaría ahora para existir, para poder seguir viviendo.
Wainamoinen llevaba colgado a la cintura su encantado cuchillo de mango de madera. Y se sirvió de él hábilmente para construir una pequeña barca, que lanzó bogando, intestino adelante, explorando todos los entresijos, todas las guaridas del vientre.
Wipunen, el viejo gigante, el poderoso runoya, no pareció desconcertarse por semejante prueba. Entonces Wainamoinen se transformó en herrero. De su cota de hierro se hizo una fragua; de sus mangas y su capote, un fuelle; de sus calzas, un cañón de chimenea; de su rodilla, un yunque; de su codo, un martillo. Y comenzó a martillar con redoblados golpes, haciendo resonar su yunque noche y día, sin tregua ni reposo, en el vientre del prodigioso gigante, en el seno del hombre fuerte.
Wipunen, el poderoso runoya, dijo: "¿Qué hombre eres tú, pues entre los hombres, qué héroe entre los héroes? ¡Cien hombres he devorado, mil héroes he matado, pero jamás he comido nada semejante a ti! ¡Los carbones encendidos suben hasta mi boca, los tizones queman mi lengua, las escorias del hierro desgarran mi garganta!"
"Si no te apresuras a salir de ahí, oh perro sin madre, yo pediré sus garras al águila, su lanceta a la sanguijuela, la uña corva al halcón, los espolones al buitre, para dar tormento al maldito, para castigar al sacrílego, hasta que su cabeza quede inerte y falte el aliento a su pecho. ¿No saldrás de ahí, oh monstruo? ¿no me veré libre de ti, oh perro vagabundo?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Me encuentro bien aquí; mis horas transcurren agradables.
Tu hígado reemplaza bien a mi pan, y tu grasa a mi carne. El pulmón cuece bien, la grasa no es mal alimento.
"Hundiré más todavía mi yunque en la carne de tu corazón, instalaré más profundamente mi fragua, de suerte que en todos tus días puedas escapárteme sin revelarme antes las mágicas palabras, sin enseñarme las ocultas runas que forman el canto universal. No pueden las palabras permanecer escondidas, las fórmulas mágicas no pueden quedar enterradas en las entrañas de las rocas, muertas para siempre en el hondón de la tierra. ¡Pueden desaparecer los poderosos, pero no el poder!"
Entonces Wipunen, el dueño de! canto, el héroe soberbio de los días antiguos, cuya boca está llena de sabiduría, cuyo pecho es la morada de la infinita fuerza, abrió el cofre lleno de palabras, el cofre lleno de cantos, para cantar las palabras eficaces, para dar rienda suelta a los mejores cantos. A esas palabras profundas de los orígenes, a esos mágicos cantos de la creación de los tiempos, que todas las criaturas juntas no serían capaces de repetir, que ningún héroe sería capaz de comprender en esta triste vida, en este mundo perecedero.
Cantó las palabras originales, las runas de la sabiduría.
Cantó sin cesar a la luz del día y en una larga sucesión de noches. El sol se detuvo a escucharle. La luna de oro se detuvo a escucharle. Las olas de los estrechos, las ondas de los golfos, las aguas de los ríos apagaron su tormentoso murmullo.
Entonces el viejo Wainamoinen, después de haber escuchado las palabras, después de haber aprendido los cantos mágicos tan ardientemente deseados, se dispuso a salir de la boca de Antero Wipunen, de las entrañas del hombre poderoso y fuerte. Y dijo: "Oh Antero Wipunen, abre ahora tu anchurosa boca, dilata tus vastas mandíbulas, para que yo salga de tu vientre y vuelva a mi casa".
Wipunen, el gran runoya, dijo: "Muchas cosas he comido y he bebido; mil diferentes materias. Pero jamás había comido ni bebido nada semejante al viejo Wainamoinen. Si bien has hecho en venir, mejor harás en irte".
Y Wipunen, el gran runoya, abrió su ancha boca, dilató sus mandíbulas, y el viejo Wainamoinen se lanzó fuera, desde el fondo de las entrañas del gigante. Saltó como una ardilla de oro, como una marta de dorado pecho.
Y regresó a la fragua del herrero. Ilmarinen le preguntó: "¿Has escuchado las palabras, has recogido los cantos mágicos, los cantos necesarios para terminar tu navío?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Cien palabras he aprendido, mil objetos de canto. He sacado a las runas de su fosa, he arrancado a los cantos mágicos de su caverna".
Y se dirigió hacia su navío, al lugar donde sabiamente trabajaba. Y pronto el navío fue terminado sin auxilio de la hacha. El barco fue "creado" sin que la hacha soltase una sola chispa.


IX
LOS DOS RIVALES


El viejo, el impasible Wainamoinen, se puso a pensar, a reflexionar profundamente. Y resolvió ir a solicitar la mano de la doncella, la de hermosos cabellos, la orgullosa prometida de Pohjola.
Revistió su navío de "vadmel", empurpuró sus bordas, tachonó de oro y plata las planchas. Y un día, una mañana, deslizó sobre los pulidos rodillos el esquife trabado con cien vigas, y lo botó al agua.
Plantó el mástil y enarboló las velas: una vela roja y una vela azul. Después se sentó al timón y se hizo a la mar.
Anniki, la del celebrado nombre, Anniki, la hija de la noche, la virgen del crepúsculo, que siempre se levantaba antes del alba, lavaba sus vestidos, tendía su ropa blanca en la extremidad del promontorio nebuloso, de la isla rica en umbrías.
Volvióse y miró en torno suyo en todas direcciones; levantó la mirada al cielo, la tendió a las orillas. Sobre su cabeza brillaba el sol; ante sus ojos chispeaban las olas.
Volvió sus ojos al lado del mediodía y divisó un resplandor, una estela azul en la superficie del mar.
Anniki, la celebrada virgen, conoció que era un barco, un barco formado por cien vigas bien labradas, que flotaba en el mar, y dijo: "Si eres el barco de mi hermano o la barca de mí padre, pon rumbo a nuestra casa. ¡Si eres un navío extraño, enfila la alta mar y vete a atracar a otras orillas!"
Pero aquel barco no era el de su familia ni tampoco el de un desconocido extranjero; era el barco de Wainamoinen, el barco del inmortal runoya. Se acercó al alcance de la voz.
Anniki, la hija de la noche, la virgen del crepúsculo, dijo: "¿A dónde te encaminas, Wainamoinen, a dónde vas, favorito de las ondas? ¿a dónde te diriges tan brillantemente vestido, gala de la tierra?"
El viejo Wainamoinen respondió desde la borda de su navío: "Me he propuesto ir a pescar el salmón; quiero ver cómo juegan los peces en el río de Tuoni, en el profundo abismo".
Anniki, la celebrada virgen, dijo: "Ahórrate inútiles mentiras. También yo conozco las artes de la pesca; mi viejo padre tenía costumbre en otro tiempo de salir a la pesca del salmón, pero iba equipado de muy distinta manera; su barco iba cargado de toda clase de aparejos: nasas, horcas, redes y arpones. ¿A dónde vas, Wainamoinen, a dónde te diriges?"
El viejo Wainamoinen, respondió: "Ven a mi barco, oh doncella. Aquí te diré toda la verdad".

Mitos y Leyendas - Kalevala (III) Anniki, la doncella adornada con una fíbula de estaño, dijo con acento burlón: "¡Que la tempestad se desate sobre tu barco, que los vientos se desencadenen contra él! Yo lo haré naufragar, yo lo echaré a pique si no pones fin a tus mentiras, si no me confiesas con franqueza y verdad hacia dónde te encaminas".
El viejo Wainamoinen, respondió: "Si hasta aquí he fingido, ahora te diré toda la verdad. Me he puesto en camino para ir a pretender la mano de una doncella a la sombría Pohjola, a ese país donde los hombres son devorados, donde se precipita a los héroes en el mar".
Anniki, la hija de la noche, la virgen del crepúsculo, comprendió que esta vez Wainamoinen había renunciado a la mentira, y que le había confesado la verdad. Entonces dejó a un lado las ropas que había venido a lavar, y levantando entre sus manos los pliegues del vestido, echó a correr a casa de Ilmarinen; llegó y entró en la fragua.
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, hallábase ocupado en fabricar un escabel de hierro; lo fabricaba con hierro y plata ligados. Su cabeza aparecía cubierta por una vara de escoria, sus hombros por una brasa de hollín.
Anniki, la celebrada virgen, le dijo: "Oh herrero Ilmarinen, hermano mío ¿sueñas todavía en tomar por esposa a aquella cuya mano pediste tiempo ha, aquella con quien contabas por compañera?
"Tú machacas el hierro, tú forjas sin cesar; has pasado todo el invierno y todo el estío herrando tu caballo; has consagrado tus días y tus noches a fabricarte un trineo, un magnífico trineo para ir a Pohjola a buscar a tu esposa. Y he aquí que uno más astuto y más ilustre que tú se te ha adelantado; va a robarte lo que es tuyo, va a apoderarse de tu amada, de aquella por quien has suspirado durante dos años, de aquella que hace tres años te fue prometida. Wainamoinen boga sobre el mar azul, en su barco de proa de oro, de timón de cobre. Y se dirige a la sombría Pohjola".
El herrero fue presa de una punzante angustia, el forjador quedó abrumado un largo espacio; las tenazas resbalaron de entre sus dedos, el martillo se le cayó de las manos.
Y dijo: "Anniki, mi querida hermana, yo te forjaré una lanzadera, yo te forjaré lindos anillos, dos o tres pares de arracadas, cinco o seis cinturones de metal. Pero, por tu parte, prepárame un baño dulce como la miel; hazme calentar una agradable lumbre con ramas menudas de árbol, con pequeñas astillas; procúrame además un poco de agua de lejía, un poco de jabón esponjoso, para lavar mi cabeza, para purificar mi cuerpo del hollín que lo cubre desde el otoño, de las escorias que lo manchan desde el invierno".
Anniki, la celebrada virgen, hizo calentar secretamente la lumbre. Después hizo agua de lejía con leche agria, preparó jabón con tuétano de huesos, un jabón espumoso para lavar la cabeza del prometido, para blanquear y purificar su cuerpo.
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, se dirigió al baño. Y se bañó cuidadosamente; lavó y embelleció su rostro, acicaló sus cejas, dejó su cuello tan blanco como un huevo de gallina, purificó todo su cuerpo. Después entró en su cámara completamente transformado, resplandeciente el rostro, y ligeramente rosadas las mejillas.
Y dijo: "Anniki, mi hermana querida, tráeme ahora una camisa de lino, tráeme hermosos vestidos, para que me vista y me engalane como conviene a un desposado".
Anniki, la celebrada virgen, trajo una camisa de lino para el cuerpo ungido de Ilmarinen, y vestiduras hechas por su propia madre, para sus caderas libres de hollín, para sus caderas donde no se acusaba ningún hueso.
Y el herrero se cubrió con aquellos vestidos, y cuando estuvo dispuesto llamó a su esclavo, diciendo: "Engancha mi fogoso caballo a mi trineo, pues ha llegado mi hora de partir, de trasladarme a Pohjola".
El esclavo enganchó el corcel, el hermoso corcel, al trineo. Y puso en él seis cuclillos cantores, siete pájaros azules, para cantar sobre las colleras, para gorjear en el pescante; y una piel de oso para el asiento de su señor, y una piel de nutria para cubrir el trineo.
Entonces Ilmarinen, el inmortal forjador, invocó a Ukko, rogó al dios del trueno: "¡Oh Ukko, haz caer una fina nevada, haz destilar una delgada lluvia de nieve para que el trineo pueda resbalar, para que el hermoso trineo pueda volar velozmente!"
Ukko hizo caer una fina nevada, una delgada lluvia de nieve, que cubrió los tallos del brezo y se elevó sobre los tallos de las bayas, en toda la extensión del campo.
Y el herrero Ilmarinen montó en el trineo de acero; tomó las riendas en una mano, empuñó el látigo con la otra, y azotó los flancos del caballo diciendo: "En marcha, mi corcel, mi bello corcel de crin de lino ¡al galope!"
Ilmarinen lanza su trineo a toda velocidad. Camina un día, camina dos días, camina casi tres días. Alcanza a Wainamoinen y le dice: "¡Oh viejo Wainamoinen, hagamos un pacto de paz, aunque sigamos como dos rivales el camino de bodas, aunque vayamos como rivales en busca de la misma esposa: juremos no apoderarnos de ella por la violencia, no conducirla contra su voluntad a la casa del hombre!"
El viejo Wainamoinen, respondió: "Consiento en hacer contigo el pacto de paz; yo me comprometo a no apoderarme de la doncella por la fuerza, a no conducirla contra su voluntad a la casa del hombre. La doncella debe ser para aquel a quien elija su corazón, sin que por ello guardemos uno contra el otro el largo odio, la eterna enemistad".
Y los dos héroes siguieron cada cual su camino: cuando la barca surca las olas, la orilla se estremece; cuando el caballo galopa, tiembla la tierra.
Poco tiempo transcurrió. En seguida el perro gris se puso a ladrar, el centinela lanzó el grito de alarma en la sombría Pohjola. Primero fue un débil murmullo, después un ladrido más fuerte, y entrecortando sus aullidos golpeaba sonoramente el suelo con su cola.
El padre de familia de Pohjola, dijo: "Nuestro perro gris no ladra en vano, no da la voz de alarma el viejo, no gruñe sin razón a los abetos del bosque".
Y salió en persona de la casa a ver lo que ocurría en el último límite del campo, hacia los lejanos caminos.
Un barco de púrpura se acercaba, bogando en el golfo; un soberbio trineo se deslizaba por el camino.
El ama de casa de Pohjola y la doncella de Pohjola se apresuran a asomarse al corral, volviendo los ojos hacia el golfo, bajo los rayos del sol; y ven avanzar al navío, al navío de cien planchas. Relumbra el barco de vadmel; brillan sus costados de púrpura; un hombre de arrogante presencia se yergue a popa manejando el timón de cobre, y ven también un caballo al galope y un rojo trineo, un trineo de mil colores, lanzado a toda velocidad por el camino: seis cucos de oro cantan en las colleras, siete pájaros azules cantan en el pescante; un hombre arrogante se yergue en el trineo, un verdadero héroe maneja las riendas.
El ama de casa de Pohjola, dijo: "¿A cuál de los dos preferirás entregarte, cuando vengan a pedirte por eterna compañera, por arrulladora paloma de su soledad?
"El que llega en el barco es el viejo Wainamoinen; trae un cargamento de grano, una carga de tesoros. El que conduce el trineo de mil colores es el herrero Ilmarinen; sólo trae engaños; su trineo viene cargado de mágicas runas.
"Cuando hayamos entrado en la casa toma una escudilla de hidromiel y ofrécela al que hayas elegido. Ofrécesela al viejo Wainamoinen, que trae cosas útiles en su navío, que trae el barco cargado de tesoros".
La doncella de Pohjola era discreta y respondió así: "Oh madre mía, tú que me has llevado en tu seno, tú que me has criado en mi niñez; no quiero entregarme al poderoso en riqueza y en sabiduría. Me entregaré al que es bello en su rostro y fuerte en todo su cuerpo. Ninguna doncella se ha vendido jamás por un cargamento de grano. Mejor será entregarla desinteresadamente al herrero Ilmarinen, al que ha forjado el Sampo, al que ha labrado a golpe de martillo las relucientes aspas".
La madre de Pohjola, dijo: "¡Ah, inocente y simple mozuela! ¿Vas a entregarte al herrero Ilmarinen para enjugar su frente espumante de sudor, para hacer la colada de sus miserables harapos, para lavar su cabeza?"
La doncella respondió: "No aceptaré en modo alguno a Wainamoinen, no seré el báculo del anciano decrépito. Incómoda y enojosa es la vejez".
El viejo Wainamoinen llegó el primero. Hizo atracar su rojo barco y lo sacó a tierra sobre rodillos de hierro, sobre troncos de cobre. Después se dirigió presurosamente a la casa, entró bajo su techo, y en el umbral, bajo la dintelada viga de la puerta, habló así: "¿Vendrás conmigo, oh doncella, para ser mi eterna compañera, para ser la esposa de mi vida, la paloma que arrullará mi soledad?"
La doncella respondió sin vacilar: "¿Has fabricado ya el barco prometido? ¿has construido el alto navío con las astillas de mi huso, con los trozos de mi lanzadera?"
El viejo Wainamoinen, dijo: "Sí, he construido el barco, he fabricado un navío sin par, firme en la tempestad; un navío que, bajo las ráfagas del huracán, surca serenamente las olas y franquea los estrechos; se eleva como una burbuja y nada como una hoja de nenúfar en el mar de Pohjola, entre las olas de borbollantes crestas".
La hermosa doncella de Pohjola, dijo: "No hay que hacer mucho caso de los hombres de mar, de los héroes que surcan las olas: el viento les trastorna la cabeza, la tempestad les nubla el cerebro. Por eso no puedo seguirte, no puedo entregarme a ti para ser tu eterna compañera, para ser el arrullo de tu soledad, para preparar tu lecho y mullir la almohada de tu cabeza".

Ilmarinen el herrero, el inmortal forjador, se apresuró a su vez a entrar en la casa, traspasando el umbral.
Una copa de hidromiel, una copa llena del azucarado jugo, fue presentada al héroe. Y cuando él la tuvo entre sus manos, dijo: "Jamás, mientras dure esta vida, mientras la luna espléndida brille, beberé este licor antes de haber contemplado a aquella que me pertenece. ¿Está dispuesta aquella por quien me he desvelado, aquella a quien he velado?"
El ama de casa de Pohjola, respondió: "No está dispuesta, graves impedimentos tiene aquella por quien te desvelaste, aquella a quien has velado. Uno de sus pies aun está descalzo y el otro sólo calzado a medias. Sólo estará dispuesta, aquella por quien te desvelaste, la que legalmente debías desposar, una vez que hayas labrado el campo lleno de víboras, roturado de arriba a abajo el campo lleno de serpientes, sin necesidad de yunta, sin que tu reja tiemble".
El herrero Ilmarinen se presentó en la cámara de la doncella y le dijo: "Oh virgen de la noche, hija de las tinieblas ¿te acuerdas de cuando yo construía el Sampo, cuando forjaba las brillantes aspas; y de cómo, entonces, juraste con juramento eterno, ante el Dios revelado, a la faz del Todopoderoso, prometiendo entregarte a mí, al bravo héroe, para ser la compañera de toda mi vida, la arrulladora paloma de mi soledad? Pues bien: tu madre se niega ahora a entregarme a su hija, mientras no haya labrado el campo lleno de víboras, roturado de arriba a abajo el campo colmado de serpientes".
La joven prometida acudió en su ayuda con este consejo: "Oh herrero Ilmarinen, oh inmortal forjador: fragua un arado de oro, un arado de plata. Con él labrarás el campo de víboras, roturarás de arriba a abajo el campo lleno de serpientes".
El herrero Ilmarinen arrojó oro en su fragua, llenó de plata la hornilla, y forjó un arado. Después se hizo unos zapatos de hierro, se ajustó brazales de acero a los muslos; se revistió con una cota de mallas metálicas, ciñó a su cuerpo un cinturón de acero, codal de hierro y manopla de piedra; y unció al arado su caballo flamígero, su buen corcel.
Así Ilmarinen labró el campo de víboras, llenó de surcos el campo de serpientes. Después regresó y dijo: "Ya he labrado el campo de víboras, ya he roturado de arriba a abajo el campo lleno de serpientes ¿me será entregada ahora la doncella, me llevaré conmigo a mi bien amada?"
El ama de casa de Pohjola, respondió: "La doncella te será entregada, el ánsar azul estará pronto a seguirte, cuando hayas pescado el sollo lleno de escamas, el pez de las rápidas aletas, en el río de Tuoni, en las profundidades del abismo de Manala, sin ayuda de una red, ni siquiera de una red de mano. Cien hombres han intentado esa pesca, pero ninguno ha logrado regresar".
Ilmarinen comenzó a sentirse inquieto; la prueba le parecía arriesgada. Acudió nuevamente a la cámara de la doncella y le dijo: "Una nueva empresa me ha sido impuesta; tengo que pescar el sollo cubierto de escamas, sin servirme de nasa ni red, ni de ningún otro utensilio".

Mitos y Leyendas - Kalevala (III) La joven prometida le prestó ayuda con este consejo: "No tengas ninguna inquietud, oh Ilmarinen: fórjate un halcón deslumbrante, un poderoso pájaro de blanco plumaje. Con él podrás pescar el sollo, el enorme pez de las rápidas aletas, en el negro río de Tuoni, en los abismos profundos de Manala".
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, se forjó un halcón poderoso, de deslumbrante plumaje blanco. Le hizo espolones de hierro, garras de acero; le labró las alas con las planchas de un navío. Después cabalgó a su lomo, entre las largas puntas de sus alas.
Y comenzó a guiar con sus consejos al poderoso pájaro: "Oh halcón mío, mi buen halcón: tiende tu vuelo y dirígete, te lo suplico, al río de Tuoni, a las profundidades de Manala. Y una vez allí, lánzate sobre el escamoso sollo, sobre el enorme pez de las rápidas aletas".
El halcón, el ave majestuosa, batiendo el aire con sus alas, tendió el vuelo y se dirigió en busca del sollo, del pez armado de terribles dientes, hacia el río de Tuoni, hacia los abismos de Manala. Con un ala roza el agua, con la otra acaricia el cielo; sus garras aran el mar, su pico golpea las rocas.
Ilmarinen sondea el río de Tuoni; el halcón vigila a su lado. Entonces aparece el sollo de Tuoni, el terrible perro de las aguas: su lengua es larga como dos mangos de hacha; sus dientes, como un mango de rastrillo; su boca es ancha como tres cataratas; su lomo, largo como siete barcas. Trata de atacar a Ilmarinen, de tragarse al herrero.
Pero el halcón de garras de hierro arrebató al sollo escamoso hasta la copa de una encina, hasta la frondosa copa de un pino. Y allí se puso a devorar la carne del pez; abriéndole el vientre, desgarrándole el pecho, separándole violentamente la cabeza del cuerpo.
Entonces el herrero Ilmarinen cogió la cabeza del sollo y se la llevó como presente a su suegra, diciéndole: "¿Está dispuesta al fin aquella por quien me desvelé, aquella por quien he velado?"
La madre dijo: "Sí, dispuesta está al fin aquella por quien te desvelaste, aquella a quien has velado. Mi hija, mi polluela, debe ser entregada al herrero Ilmarinen para ser la eterna compañera de su vida, la arrulladora paloma de su soledad".
Un niño acostado en la cocina, un pequeñuelo de dos semanas, habló y dijo: "Fácil es esconder un caballa, ocultar a ojos ajenos un corcel de bellas crines; pero es difícil guardar a una doncella, ocultar a ojos ajenos una virgen de hermosa cabellera. Inútilmente harías construir un castillo de piedra en medio de los escollos del mar, para guardar en él a tus hijas, para criar en él tus palomas; tus hijas no serían guardadas, no crecerían las vírgenes, sin que lograsen penetrar hasta su retiro los pretendientes del país, la muchedumbre de mancebos, y los hombres de soberbio casco en sus herrados caballos".
El viejo Wainamoinen, triste y con la cabeza gacha, emprendió el regreso a su país, diciendo: "¡Pobre y desdichado de mí, que no me ocupé de bodas en mi juventud, que no busqué esposa en los mejores días de mi vida! Todo debería ser motivo de angustia y arrepentimiento, para el que ha de lamentar no haberse casado a tiempo, no haber engendrado hijos en su juventud, no haberse hecho una familia en la flor de sus años".
Después el viejo Wainamoinen exhortó a los hombres viejos a no pretender doncellas, a no solicitar mano de moza. Les disuadió de nadar por bravata, de remar por apuesta, y de rivalizar con los jóvenes en el cortejo de una virgen.


X
LA TERRIBLE CÓLERA DE LEMMIKAINEN



Athi Lemmikainen, el habitante de la isla, el habitante del promontorio de Kauko, hallábase ocupado en labrar su campo, en trazar surcos en sus tierras; Athi el de la aguda oreja, el del oído fino y sutil.
Y oyó un gran ruido hacia la parte de la aldea, un rumor sordo del otro lado de los pantanos, fuertes pisadas en el hielo y un estruendo de trineos a través de las landas. Entonces una idea vino a su cabeza, un presentimiento se deslizó en su cerebro: Pohjola está hoy de bodas, Pohjola celebra un festín en secreto.
Torció la boca, meneó la cabeza, sacudió su negra cabellera; y la sangre desapareció de su rostro, y sus mejillas palidecieron. De repente suspendió su tarea, dejó el surco empezado, montó a caballo y llegó de una galopada a casa de su madre siempre querida, la que lo alimentó a sus pechos.
Tomó la palabra al llegar y dijo: "Oh madre, mi anciana madre; vete al aitta de la colina y tráeme mis finas camisas, mis mejores vestiduras, para vestirme de fiesta y engalanar mi cuerpo".
La anciana preguntó: "¿A dónde vas, pues, hijo mío? ¿vas a la caza de la nutria o de la ardilla?
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió: "No, madre mía, no voy a la caza de la nutria ni del alce ni de la ardilla; voy a las bodas de Pohjola, al festín que allá celebran en secreto. Tráeme mis camisas de lino, mis vestidos mejores; quiero vestir de fiesta para la boda, quiero engalanarme para el festín".
La madre se esfuerza en disuadir al hijo de su proyecto; la esposa trata de retener al esposo.
Dice la madre: "Guárdate, hijo mío, mi hijo muy amado, guárdate de asistir a las bodas de Pohjola puesto que no se te ha invitado; nadie te ha mandado a decir que eras esperado allí".
El jovial Lemmikainen, respondió: "¡Los pobres diablos son los que solamente acuden a las fiestas adonde han sido invitados; los audaces no necesitan invitación. Yo tengo una perpetua invitación, un mensaje siempre sonoro, en el acero de mi afilada espada, en la punta de su hoja fulgurante!"
Trajeron a Lemmikainen su cota de mallas, su vieja armadura de guerra; tomó en sus manos la inmortal espada, la compañera de combate de su viejo padre, y apoyó fuertemente la punta contra las vigas del suelo. La espada se cimbreó bajo su mano como la fresca corona del cerezo, como la rama del verde enebro; y con una voz henchida de amenazas, dijo el héroe: "¡No, no habrá nadie en toda Pohjola que se atreva a afrontar esta espada, que ose mirar fijamente esta resplandeciente hoja!"
Y descolgó su arco, su arco poderoso, del muro donde estaba suspendido, y levantó la voz diciendo: "Llamaría yo hombre y tendría por héroe a aquel de Pohjola que fuese capaz de tender este arco, de plegar este tallo de acero".
Después el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, se puso su cota de mallas, su vieja armadura de guerra, y llamando a su esclavo, le dijo: "Oh esclavo comprado, esclavo pagado a peso de plata, apresúrate a enjaezar mi caballo de batalla, y engancharlo al trineo, pues quiero acudir a las bodas de Pohjola". El humilde, el dócil esclavo, obedeció en el acto; enjaezó el caballo de guerra, el flamígero corcel, y lo enganchó al trineo; después volvió junto a su amo y dijo: "Ya está hecho lo que mandaste; el caballo está enjaezado, el relumbrante corcel está enganchado al trineo". Lemmikainen tomó asiento en su trineo, fustigó al caballo con su látigo guarnecido de perlas, y el caballo se lanzó al galope, devorando el espacio.
Pronto llegó a la mansión de Pohjola, ante una empalizada de acero, una barrera forjada de hierro, que se hundía en la tierra a una profundidad de cien brazas, que se elevaba al cielo hasta una altura de mil brazas. Las estacas estaban formadas de largas serpientes, ensortijadas de negras culebras, entrelazadas de lagartos. Colgaban las monstruosas colas, agitábanse sin tregua las chatas cabezas, silbaban las híspidas lenguas. Las colas caían hacia dentro, las cabezas hacia fuera.
Lemmikainen no se inquietó poco ni mucho ante tal obstáculo. Desenvainó su cuchillo, su cuchillo de terrible hoja, y comenzó a segar en el seto, hasta abrir una brecha en el cerco de hierro, en la empalizada de serpientes, entre seis postes, entre siete postes; después lanzó por ella su trineo y llegó a la puerta de Pohjola.
Una serpiente estaba tendida en el umbral; era larga como una viga del techo, gruesa como un pilar de la puerta; tenía cien ojos y mil dientes; ojos grandes como cedazos, dientes largos como un mango de chuzo, como un mango de rastrillo; y lomos anchos como siete barcas.
Lemmikainen se detuvo; no se atrevió a pasar sobre la serpiente de cien ojos, sobre el monstruo de mil lenguas.
Entonces recordó las antiguas palabras, las misteriosas fórmulas que antaño había aprendido de su madre, que la que le amamantó a sus pechos le había enseñado. Y el jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli dijo: "Oh negro reptil de las profundidades de la tierra, larva teñida con los colores de la muerte, tú que llevas en tu piel los colores de los brezales y de la tierra desnuda, los colores todos del arco iris ¡apártate del camino del viajero, deja libre el paso al héroe, deja a Lemmikainen seguir su marcha hasta las bodas de Pohjola, hasta el festín de la inmensa muchedumbre!"
Y a estas palabras la serpiente comenzó a desenrollar sus anillos, el monstruo de cien ojos, el gigantesco reptil, se deslizó fuera del umbral, dejando libre el paso al viajero, dejando a Lemmikainen continuar su camino hacia las bodas de Pohjola, hacia el misterioso festín de la inmensa muchedumbre.

Cuando el bullicioso Lemmikainen, el mancebo alborotado y jovial, hizo su aparición en el interior de la casa de Pohjola, el suelo de maderas de tilo tembló, las paredes de madera de abeto oscilaron.
Y alzó su voz y dijo: "¡Salud a todos vosotros a quienes visito, y salud al que os saluda! Dime, padre de familia: ¿tienes en casa cebada para mi caballo? ¿tienes cerveza para el héroe?"
El padre de familia de Pohjola, sentado a la cabecera de la larga mesa, respondió: "Tal vez haya alojamiento conveniente para tu caballo, y tal vez no rehusaríamos recibirte a ti mismo, si nos prometes permanecer tranquilo, si te conformas con quedar a la puerta, bajo la viga del umbral".
El bullicioso Lemmikainen sacudió su cabellera negra como un carbón, y dijo: "Ni mi padre ni mi abuelo han aceptado jamás semejante sitio. Siempre encontraron una buena ,cuadra para su caballo, una cámara limpia y cómoda para ellos, y muros guarnecidos de clavos para colgar sus guantes y manoplas, para suspender su espada. ¿Por qué no había de ser tratado yo como lo fue mi padre?"
Y Lemmikainen avanzó hasta el centro de la estancia, se dirigió a la cabecera de la mesa y se sentó en el extremo del escaño. El escaño tembló a su contacto, el asiento de abeto se estremeció.
El bullicioso Lemmikainen, dijo: "Bien veo que no soy un huésped grato ya que nadie ofrece cerveza al extraño. Esto quiere decir que la cena ha terminado, las bodas han sido celebradas, acabó el festín, la cerveza se ha consumido; el hidromiel se agotó, las copas y escudillas amontonadas ante los invitados están vacías.
"Oh madre de Pohjola, oh anciana de largos dientes: has invitado a los pobres y a los miserables, has invitado a los tullidos, a los vagabundos, a los rústicos, a los astrosos jornaleros; has invitado a todo el mundo. Sólo yo he sido excluido.
"No, no sería yo quien soy, ni me llamaría Lemmikainen, ni me consideraría digno de estimación, si no se me sirve cerveza, si no se pone la olla al fuego con una buena tajada de cerdo, para que yo coma y beba, ya que he llegado al término de mi viaje".
El ama de casa, llamó a la sirvienta y dijo: "Muchacha, pon la olla a la lumbre, echa la carne a cocer, y sirve cerveza a nuestro huésped".
La sirvienta echó en la olla espinas y cabezas de pescado, hojas secas de nabo, mendrugos de pan duro; después ofreció a Lemmikainen un cuenco de cerveza podrida para apagar su sed, diciéndole: "¿Serás capaz de beber esta cerveza, de vaciar este cuenco?"
Lemmikainen, el astuto mancebo, lo examinó atentamente: un gusano se arrastraba en el fondo, venenosos reptiles cubrían las paredes del vaso, hormigueaban serpientes por los bordes, bullían lagartos en la cerveza.

Mitos y Leyendas - Kalevala (III) Entonces buscó en sus bolsillos, registró en su bolsa. Sacó un anzuelo de hierro y lo metió en el vaso de cerveza paseándolo por el interior del líquido. Los reptiles venenosos se adhirieron al garfio, las serpientes se enredaron en sus dientes de hierro, y el héroe extrajo del fondo del vaso cien ranas, mil lagartos negros, que arrojó al suelo juntamente con los reptiles y las serpientes. Después empuñó su cuchillo de afilada hoja, de aguzada punta, y cortó la cabeza a todos los monstruos.
Hecho esto, bebió el negro líquido, vació con satisfacción el cuenco de cerveza, y dijo: "No me consideraría yo un huésped de buen grado acogido si no se me ofrece una cerveza mejor, si no se me ofrece con más generosa mano y en un vaso mayor; si no se mata en mi honor un carnero, un buey, un toro de poderosas ancas, por el buen nombre de esta casa".
El padre de familia, dijo: "¿A qué has venido aquí? ¿quién te ha invitado al banquete de bodas?"
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió: "Si orgulloso es el huésped invitado, más orgulloso lo es aún el que no lo ha sido. ¡Escucha, señor de esta casa: yo pagaré tu cerveza, yo compraré a peso de oro mi derecho a beber!"
El padre de familia de Pohjola al oír esto fue presa de una violenta cólera, de un sin igual furor, y con palabras mágicas invoco un río, un río que vino a desbordar sobre el suelo de la casa a los pies mismos de Lemmikainen. Entonces tomó la palabra y dijo: "¡Bébete ese río, trágate ese lago!"
Lemmikainen no se dejó desconcertar. Tomó la palabra y dijo: "No soy una vaca, yo no soy un buey de largo rabo, para beber este río, para tragar este lago". Y echando mano a su vez de sus encantamientos, hizo aparecer un buey, un enorme buey de cuernos de oro. Y el buey se tragó el lago, se bebió entero el río. El padre de familia de Pohjola, dijo: "No será agradable el festín si el número de invitados no disminuye. ¡Retírate, pues, de estos lugares, huye lejos de la muchedumbre de los hombres, miserable; vuélvete a tu país, huésped inmundo!"
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió: "Un hombre, aunque sea el último de los nacidos, no abandona el sitio que ha ocupado ante el temor de simples conjuros".
El padre de familia de Pohjola alcanzó su espada del muro donde estaba colgada, su espada de afilada hoja, de hoja fulgurante, y dijo: "¡Oh Athi, oh hermoso Kaukomieli, midamos nuestras espadas y veamos cuál de los dos es el mejor!"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "¿Para qué puede servir mi espada que ya ha sido rota contra los huesos, que ya se ha mellado contra los cráneos? Sin embargo, si no hay aquí fiesta más brillante, consiento en medirla con la tuya para ver cuál de nosotros es el mejor. Antaño mi padre no retrocedía ante los duelos de espada. ¿Por qué habría de ser menos su hijo? ¿por qué no habría yo de haber heredado su valor?"
Y Lemmikainen sacó su acero fulgurante, de la vaina de espeso cuero, y los dos héroes midieron sus espadas. La del padre de familia de Pohjola era un poco más larga que la de Lemmikainen, como el negro de una uña, como la mitad de una articulación del dedo. Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Tu espada es más larga ciertamente. A ti te corresponde, por lo tanto, el primer golpe!"
El padre de familia blandió su espada tratando de herir, pero sus golpes no alcanzaron a Lemmikainen; cayeron sobre la viga del umbral, sobre las jambas de la puerta, partiéndolas en dos, en tres pedazos.
Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Qué mal te ha hecho la viga del umbral, qué mala acción han cometido las jambas de la puerta, para que así las castigues, con toda la fuerza de tus golpes?
"Escucha, padre de familia de Pohjola, escucha: resulta poco agradable batirse en una habitación, es enojoso luchar en presencia de mujeres. Vamos a hacer trizas la casa, que está nueva; vamos a manchar de sangre el suelo. Salgamos, mejor, al corral a campo abierto. Más vale la sangre al aire libre, más bella es sobre la tierra desnuda, brillante sobre la arena".
Y los dos campeones salieron al cercado. Allí encontraron una piel de vaca y la tendieron en el suelo para marcar el campo de lucha.
Athi Lemmikainen tomó de nuevo la palabra y dijo: "Escucha, oh guerrero de Pohjola: tu espada es más larga, más temible que la mía. Pero sabe que sólo debemos retirarnos de aquí cuando haya caído la cabeza de uno de los dos. Tira, pues, oh guerrero de Pohjola!"
El guerrero de Pohjola atacó; atacó una vez, y dos veces y tres veces; pero no logró alcanzar su propósito; ni llegó a tocar la carne, ni siquiera a rozar la piel.
Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo alzando la voz: "Ahora me toca a mí ensayarlo. Ha llegado mi vez".
El guerrero de Pohjola no hizo caso de tales palabras; seguía golpeando, golpeando sin descanso, pero sin alcanzar a herir.
La espada chispeante, el terrible acero flameaba en la mano de Lemmikainen; pronto su resplandor se reflejó en el cuello de su adversario.
Entonces el hermoso Kaukomieli, dijo: "Pobre de ti, guerrero de Pohjola! Tu cuello está ya rojo como una salida de sol!"
El guerrero de Pohjola bajó los ojos al oírlo, pero en el mismo instante el alegre Lemmikainen lo alcanzó de un tajo: su espada brilló como un relámpago, y la cabeza del guerrero de Pohjola cayó de los hombros; cayó como una espiga desprendida del tallo, como una aleta arrancada al vientre de un pez. Y rodó sobre el suelo del cercado como un gallo silvestre alcanzado, en la cima de un árbol, por una flecha mortal.
Cien postes, mil postes coronados de cabezas humanas se alzaban en la colina. Sólo uno de ellos estaba todavía libre; entonces el bullicioso Lemmikainen cogió la cabeza de su enemigo y la clavó en la punta.
Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, regresó inmediatamente a la casa de Pohjola, y dijo: "Tráeme agua, mala mujer, para purificar mis manos de la sangre de tu bárbaro amo!"
La vieja de Pohjola, arrebatada de cólera, comenzó a ejercitar su mágico poder; e invocó hombres armados de cuchillas, héroes armados de lanzas: mil hombres, mil héroes, para matar a Lemmikainen, para exterminar al Kaukomieli.


XI
LEMMIKAINEN EN LA ISLA LEJANA


El bullicioso Lemmikainen, esquivando las miradas de todos, se apresuró a huir de la sombría Pohjola. Salió de la estancia como un huracán, se escapó como una nube de humo, tratando de disimular su crimen, de ocultar su maldad.
Y cuando estuvo en el corral, miró en torno suyo buscando su caballo, pero no lo halló; sólo vio en el lindero del campo un bloque de piedra, una rama de mimbre tronchada.
Un ruido empieza a oírse bramar por la aldea; un ruido sordo en las estancias más próximas, un murmullo siniestro en las más lejanas.
El bullicioso Lemmikainen hubo de revestir una forma distinta, y se lanzó al espacio transformado en águila. Pronto llegó a la casa materna; traía demudada la faz y el alma sombría.
La madre del héroe salió a su encuentro y se apresuró a preguntarle: "Oh tú, el más joven de mis hijos, el más fuerte de ellos, ¿por qué traes ese aire tan consternado al regresar de Pohjola? ¿Acaso te han insultado en el banquete ofreciéndote una copa indigna de ti? Si es así, aquí encontrarás una copa mejor; la que tu padre trajo de la guerra, la que conquistó en la hora sangrienta de las batallas".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Oh madre que me llevaste en tu entraña, si me hubieran insultado ofreciéndome una copa indigna de mí, yo a mí vez los hubiera insultado a ellos; a cien hombres habría provocado, habría desafiado a mil guerreros".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "¿Qué es lo que te ha sucedido, entonces, hijo mío? Si no has tenido ninguna funesta aventura mientras estuviste en Pohjola ¿no será que te hayas acostado después de comer demasiado, después de beber demasiado, y que los malos sueños hayan venido a turbar tu reposo?
El bullicioso Lemmikainen respondió: "¡Sólo las viejas se inquietan por lo que se les aparece en sueños! Recuerdo mis sueños de la noche, pero recuerdo aun mejor mis ensueños del día. Madre mía, mi venerable madre: prepárame mi zurrón de viaje, lléname de harina un saquillo de paño; lléname de sal un saquillo de lienzo. Tu hijo va a partir; va a abandonar ¡ay! este país, esta casa muy amada, este hermoso solar. ¡Porque los hombres aguzan sus cuchillas, los héroes afilan sus lanzas!"
La madre de Lemmikainen, la que con dolor lo parió, le interrogó ansiosamente: "¿Para qué aguzan esas cuchillas, para qué afilan esas lanzas?".

El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió: "¡Aguzan las cuchillas y afilan las lanzas para derribar mi pobre cabeza, para volverlas contra mi cuello! ¡Un suceso siniestro ha ocurrido en Pohjola: he matado al señor de la casa; y todo el pueblo se ha levantado dispuesto a una terrible guerra; todos se han levantado contra mí, desdichado, contra mí solo!" La madre, la anciana madre de Lemmikainen, dijo a su hijo: "Ya te había prevenido ya, ya te había prodigado mis consejos. Siempre he querido disuadirte de ese viaje a Pohjola. Si me hubieras escuchado, si hubieras permanecido en casa de tu madre, bajo mi dulce protección, ninguna guerra habría estallado, ni habría que temer ningún combate.
"¿Dónde vas a ir ahora, hijo mío, mi pobre hijo, para ocultar tu crimen, para esconder tu inicua acción? ¿dónde hallarás un refugio para salvar tu cabeza, para poner a resguardo tu tierno cuello, para evitar que tus cabellos, tus finos cabellos, sean arrancados y dispersados en el polvo?"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Ignoro dónde podré ir a refugiarme y ocultar mi crimen. Oh madre, tú que me llevaste en tu vientre, dime tú a dónde debo huir".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "Yo podría indicarte un lugar seguro, un impenetrable lugar dónde tu crimen permanecería ignorado, donde encontrarías un refugio contra el destino que te amenaza. Sí; yo recuerdo un pequeño rincón de la tierra cuyo suelo no ha sido jamás mordido, jamás herido, jamás hollado por las armas de los hombres. Pero antes has de prometerme, en juramento eterno, en juramento inviolable, que no irás a la guerra durante diez estíos, aun cuando sólo te impulsara a ella el deseo del oro, la sed de riquezas".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Yo te prometo, en juramento inviolable, que no acudiré ni en este estío ni en los estíos venideros, a las terribles batallas, a los bárbaros encuentros de las espadas. Mis heridas de los últimos combates están frescas aún, mi pecho está surcado de ellas todavía".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "Toma el viejo navío de tu padre, y apresúrate a huir más allá de nueve mares y de la mitad del décimo, hasta una isla situada en mitad de las olas. Allí se ocultó tu padre antaño, allí encontró un refugio durante los largos años de guerra, durante los años de ásperos combates. Allí vivió en una dulce tranquilidad, allí transcurrieron sus días gratamente. Permanece en esa isla un año, dos años. Y al año tercero tornarás bajo el techo bien amado de los tuyos, a casa de quienes te dieron la vida".

El jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, llenó de viandas su zurrón de viaje; puso manteca para el primer año y carne de cerdo para el segundo; y se apresuró a borrar su huella con la huida. Se puso precipitadamente en marcha, y dijo: "Parto para tres estíos, por cinco años cabales. Quédense estos campos para alimento de los gusanos; quédense estos bosques para reposo de los linces; quédense estas planicies para el galope de los renos, y los espacios recién talados para paseo de los gansos.
"¡Adiós, pues, madre mía! Cuando el pueblo de Pohjola se presente a exigir mi cabeza, diles que he partido, que he abandonado estos parajes después de haber talado el bosque fresco de siembras".
Y Lemmikainen hizo deslizar el navío sobre los rodillos de hierro, lo soltó de las argollas de cobre que lo ataban a la orilla, y lo botó al agua. Después izó la vela en el mástil, la desplegó en las jarcias, se sentó al timón, y empuñando la barra de madera de abedul, alzó la voz diciendo: "¡Sopla, oh viento, en las velas, empuja al navío, hazle galopar sobre las olas hasta la isla desconocida, hasta el promontorio sin nombre!"
El viento meció el navío, las olas lo empujaron, por espacio de dos meses, por espacio de casi tres meses, a través de los múltiples estrechos, de las anchas y profundas aguas.
Las muchachas de la isla, las doncellas de Saari, hallábanse a orillas del mar azul, lanzando a lo lejos sus miradas sobre la húmeda superficie. La una esperaba a su hermano, la otra a su padre; pero la más obstinada e impaciente era la que esperaba a su prometido.
Pronto el navío de Lemmikainen apareció en el horizonte, entre el cielo y el agua, como un leve copo de nubes. El viento henchía las velas, las olas aceleraban su carrera. Unos instantes más, y el bullicioso Lemmikainen tocaba los bordes de la isla, la punta extrema del, promontorio.
Entonces alzó la voz y dijo: "¿Hay lugar en esta isla para que yo pueda atracar y varar mi barco en la ribera?"
Las doncellas del promontorio, las vírgenes de la isla respondieron: "Sin duda hay lugar en esta isla para que puedas atracar y varar tu barco en la ribera. También lo habría si hubieras llegado con cien barcos, con mil barcos".
El jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "¿Y hay lugar en la isla para que yo pueda cantar mis canciones, desplegar aquí la larga cadena de mis cantos? Las palabras hormiguean en mi boca, germinan entre mis encías".
Las doncellas de la isla, las jóvenes vírgenes del promontorio, respondieron: "Sin duda hay lugar en esta isla para tus cantos, para que aquí modules tus cantos más bellos. Y también hallarás sotos para retozar, praderas en que danzar".
Entonces el joven Lemmikainen entonó sus cánticos; y de repente, por efecto de sus mágicas virtudes, surgieron encinas bordeando los caminos; y tupidos ramajes coronando las encinas; y en cada rama una poma; y sobre cada poma, una bola de oro; y sobre cada bola de oro, un cuco. Cuando el cuco canta, el oro mana de su lengua, el cobre de su pico, y la plata inunda las doradas colinas.
Las muchachas de Saari, las vírgenes del promontorio, escuchaban con admiración los cánticos de Lemmikainen, extasiadas ante el mágico poder del héroe.
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Todavía entonaría más seductores cánticos, cánticos más deslumbrantes, si me hallase bajo techado, sentado a la cabecera de una larga mesa. Pero si ninguna casa se abre para mí, si ningún piso de tabla acoge mis pasos, volcaré mi cantar entre las malezas, lo sembraré en los bosques".
Las doncellas de la isla, las jóvenes vírgenes del promontorio respondieron: "Casas sobradas tenemos para recibirte, amplios cercados para albergarte. Allí podrás guardar tu cantar al abrigo del frío, a resguardo de las inclemencias del aire".
Una vez que el joven Lemmikainen fue albergado bajo techumbre, hizo aparecer sobre la mesa una peregrina copa venida de lejanas regiones. Y por virtud de sus cantos llenó la copa de cerveza, colmó los cuencos de hidromiel, y los platos hasta los bordes. Después bebió cuanto quiso, apurando con delicia la cerveza.
Después el bullicioso Lemmikainen corrió de aldea en aldea, frecuentando los corrillos de las vírgenes de la isla, las alegres reuniones de las mozas. Donde quiera que volvía su cabeza recibía un beso; donde quiera que tendía su mano sentía un dulce apretón.
Durante la noche, a la hora de las tinieblas, salía a caza de aventuras. No había aldea en la isla donde no hubiera por lo menos diez casas; ni una casa donde no hubiera por lo menos diez doncellas. Y entre tantas doncellas no quedó una sola cuyo lecho no compartiese, cuyos brazos no fatigase.
Sedujo a mil desposadas, durmió con cien viudas. No podrían contarse dos de cada diez, tres de cada cien, a las que no hubiera gozado, a las que no hubiera hecho suyas.
Así pasó el bullicioso Lemmikainen tres años de su vida, voluptuosamente, en las aldeas de Saari. Cautivando a todas, solteras y viudas. Una sola fue olvidada; una pobre moza, ya madura, del más lejano rincón de la isla, de la última aldea.
Ya el héroe se disponía a partir, a regresar a su patria. La moza salió a su encuentro y le dijo: "Querido Lemmikainen, seductor galán, si no te dignas acordarte de mí, yo haré de suerte que, al hacerte a la mar, tu navío se estrelle contra las rocas".
Lemmikainen se entregó aquella noche a un profundo sueño, y no se despertó hasta el canto del gallo, cuando ya era demasiado tarde para acudir a casa de la moza, a dar satisfacción al ruego de la desdichada virgen. Entonces decidió esperar a la nueva noche, proponiéndose abandonar el lecho más temprano, antes que los demás hombres, antes del canto del gallo.
Y antes aún de la hora propuesta se puso en marcha, atravesando la isla, para ir a llevar alegría a la moza, placer a la pobre soltera.
Pero mientras caminaba a solas en la noche, a través de la isla, hacia la última aldea en el extremo del promontorio, no vio una sola casa donde no hubiera tres habitaciones, ni una sola habitación donde no hubiera tres guerreros, ni uno solo de aquellos guerreros que no afilase la espada y el hacha destinadas contra su cabeza.
Preciso era dejarse de mozas y abrazos. Lemmikainen se dirigió a su navío; el navío había sido incendiado, no quedaban de él sino tizones y cenizas.
Entonces comprendió que la desgracia le acechaba, que su último día había llegado. Y se puso a construir otro navío.
Pero para tal obra le faltaban vigas y tablas; no tenía más que una cantidad insignificante: cinco trozos de un viejo huso, seis astillas de una vieja rueca.
Hubo de construir el barco con el auxilio de fórmulas mágicas; y en un instante lo acabó de arriba a abajo.
Lemmikainen lo lanzó al mar, y alzó la voz diciéndole: "¡Navega, oh barco mío, sobre las ondas como una ligera hoja, boga sobre las olas como una hoja de nenúfar! ¡Y tú, águila, dame tres de tus plumas; y tú, cuervo, dame dos para servir de apoyo al débil esquife, para dotar de alas sus costados!".
Después subió a su navío y puso rumbo a alta mar. El viento sopló precipitando su marcha, las olas la arrastraron sobre la superficie azul, sobre el espacio inmenso y profundo.
Y entre tanto, las tristes doncellas, las desoladas vírgenes, permanecían deshechas en llanto y en súplicas, en la pedregosa playa.
Lloraron las doncellas de la isla, las vírgenes del promontorio se lamentaron mientras el mástil y el timón estuvieron al alcance de sus ojos. Pero no lloraban por el mástil, no lloraban por el timón; lloraban por aquél que se erguía en el navío, por el que a través de las olas lo conducía.
Lemmikainen lloraba a su vez; lloró y se lamentó tanto tiempo como la isla y sus montañas fueron visibles a sus ojos. Pero no lloraba por la isla, no lloraba por las montañas; lloraba por las gráciles palomas del promontorio, las vírgenes de Saari.

Al abordar las playas de su infancia, el travieso Lemmikainen, iba reconociendo uno a uno todos los parajes: reconoció las riberas, los islotes, el golfo, el puerto donde amarraba su barca, todos los lugares que había frecuentado. Reconoció las montañas de pinares, las colinas de abetos; pero no reconoció el lugar donde se hallaba su casa. Un bosquecillo de cerezos silvestres murmuraba donde antes se alzaban sus muros, un boscaje de pinos en la colina, un seto de enebros en el camino de los pozos.
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "He ahí el bosquecillo donde yo jugaba, he ahí las rocas donde yo trepaba, he ahí los campos y las praderas donde me solazaba. Pero entonces ¿quién ha arrebatado de aquí mi casa bien amada, quien ha destruido mi hermosa casa? ¡El fuego la ha devorado y el viento ha dispersado sus cenizas!".
Y el héroe rompió a llorar. Lloró un día, lloró dos días. Pero no lloraba por la casa, no lloraba por el aitta; lloraba por su madre, la que habitaba la casa, la que cuidaba el aitta.
Después fijó sus ojos por los alrededores y echó de ver ligeras huellas de pisadas sobre la yerba, vestigios a medio borrar entre las malezas. Trató de reconocerlos y los siguió; conducían al fondo de un bosque, de un bosque deshabitado.
Cuando hubo caminado cierto tiempo por aquellos incultos parajes, divisó en el fondo de un intrincado macizo, una guarida secreta, una humilde cabaña emparedada entre dos rocas, sombreada por tres pinos. Y allí descubrió a su madre, la dulce mujer que lo amamantó a sus pechos.
Lemmikainen se sintió arrebatado por una inmensa alegría; alzó la voz y dijo: "¡Oh madre mía, mi madre bien amada, la que me llevó en su vientre y me dio su leche! Te encuentro viva y salva; y sin embargo, había llegado a pensar que habías muerto, que habías sucumbido al golpe de la espada o degollada bajo el hacha. ¡Cansados de llorar están mis ojos y pálidos los colores de mi rostro!"
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "Sólo huyendo he podido salvar la vida, ocultándome en este salvaje desierto, en este sombrío refugio del bosque. El pueblo de Pohjola se había armado contra ti, pobre infortunado; y ha saqueado nuestra casa, reduciéndola a cenizas".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "¡Oh madre mía, tú que me trajiste al mundo, aparta de ti esa pena que te desgarra! Levantaremos una nueva casa mejor que la primera. Y presentaremos batalla al pueblo de Pohjola, hasta exterminar esa raza maldita".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "¡Mucho tiempo has tardado, hijo mío, mucho tiempo has vivido en tierra extraña, en esas apartadas regiones, en la isla desconocida, en el promontorio sin nombre!"
El jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Grata me ha sido allí la vida, dulcemente han transcurrido mis días. Los árboles brillan allá con esplendores de púrpura, los campos copian el azul del cielo, las ramas de los pinos son otras tantas guirnaldas de plata; las flores del brezo, otras tantas flores de oro; corren arroyos como la miel; los huevos de ave ruedan de las montañas; los abetos secos manan hidromiel; los otros, los que cubre el verdín, manan leche; la manteca se recoge en las junturas de las empalizadas, y las estacas de las empalizadas destilan cerveza.
"Sí, grata me era allí la vida, dulces han transcurrido mis días. Un solo obstáculo turbaba mis placeres. Los padres allá tienen mucho miedo por sus hijas, por esas estúpidas y feas criaturas; tenían miedo que yo se las pervirtiese, amándolas con exceso. Y por causa de las jóvenes vírgenes, por miedo a esas mujeres hijas de mujer, tenía yo que esconderme... ¡Como se esconde el lobo, por miedo a la liebre, como se esconde el buitre, por miedo a las gallinas del corral!"

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de enero del 2008