TERCERA PARTE
Naisi y Deirdre
18
La fortaleza de Dun Dealgan estaba de duelo.
El hijo de Emer y Cuchulain había nacido muerto.
Emer llevaba varios días postrada en su habitación, negándose a recibir cualquier clase de alimento a pesar de las repetidas súplicas de los sirvientes y de su hermana Fial. Emer se había negado incluso a que la vieran, pues no quería que nadie fuera testigo de su inmenso dolor. Dectera había tenido que encerrarse un día entero en su cuarto para convencerla de que saliera de su aislamiento y tomara algo de comer, pero cuatro días después Cuchulain llegó a Dun Dealgan y entró en la casa fortificada que, para sorpresa suya, estaba sumida en un pesado silencio, un silencio que pronto se llenó con sus gritos cuando los sirvientes le comunicaron las malas noticias.
Emer tardó varios días en recuperarse. La presencia de Cuchulain le infundió nuevos ánimos, pues al menos su marido había regresado con vida de la arriesgada misión que había partido en busca del caldero de Dagda. No había nada que pudiera resarcir la pérdida de su hijo, que había nacido prematuro y a quien los dioses no habían permitido contemplar la luz de este mundo. Aquella muerte era como una honda cicatriz que dejaría huella durante mucho tiempo en el espíritu de Emer. Su matriz se había dañado como consecuencia del parto y Dectera le había dicho que nunca podría dar a luz los hijos de Cuchulain.
Los días en Dun Dealgan se hicieron pesados y tristes para Cuchulain. La risa de su hijo no resonaría jamás en las habitaciones de la casa fortificada. No le vería crecer llamándole padre, ni le vería convertirse en un hombre para gobernar algún día sobre las tierras que serían suyas por derecho. Solo sentiría su recuerdo, como brasas ardientes sobre su cabeza, atormentándole en las negras noches de insomnio, cuando el dolor estaba tan presente en su memoria que podía sentirlo en el mismo aire que respiraba.
La vida seguía su curso en el mundo exterior. Cathbad ocultó el caldero de Dagda en el robledal sagrado que se extendía al sur de Emain Macha. El druida vivía en aquel vasto bosque con varios miembros de la Orden, y había sido allí donde su maestro le había iniciado en los secretos de su sabiduría. Bave se fue a vivir con él y se convirtió en la celosa guardiana del caldero mientras estudiaba con los demás druidas del fidnemid para completar su adiestramiento.
La presencia de Clíach en Dun Dealgan provocó una inesperada reacción en Emer. La hija de Forgall admiraba la música del bardo y la apreciaba mucho, de tal modo que podía pasarse horas escuchando las canciones de aquel hombre de cabellos negros y manos ágiles que ahora formaba parte del séquito de Cuchulain. Los celtas creían que los bardos eran sanadores, además de músicos, y que podían curar con sus cantos los males que aquejaban a los enfermos.
Cuchulain quiso olvidar la pérdida del niño en el campo de batalla, aunque a veces los dolorosos recuerdos le asaltaban durante los frecuentes periodos de inactividad. Al llegar la primavera abandonó Dun Dealgan y dejó a su amigo Laeg la tarea de defender la fortaleza y resolver los problemas que un propietario de tierras tenía que afrontar casi a diario. Los lugareños de Murthemney le vieron marchar en su carro de combate una semana después del comienzo de la siembra, con la mirada puesta en el norte.
En Emain Macha.
Emer contempló la partida de su marido con rostro impasible. Le conocía demasiado bien y sabía que habría sido imposible retenerlo, incluso con el argumento más sutil. Ella había sufrido en su propia carne la muerte de su hijo, pero ambos lo sentían con la misma intensidad; y Emer era consciente de que Cuchulain necesitaba evadirse en la guerra para amortiguar aquella sensación de dolor que ella había visto en sus ojos grises.
Aquel verano Cuchulain se entregó sin descanso a una febril actividad guerrera. Los meses de invierno se quedaba en Dun Dealgan, en compañía de Emer, sumido en la soñolienta oscuridad que envolvía a toda la tierra, pero cuando la estación convidaba a salir a guerrear su espíritu se sentía vivo otra vez. El rey Conchobar se veía obligado a servirse de las armas para expulsar a los lanceros connachta de las fronteras occidentales de Ulaid, pero Aillil y Maev no eran su único problema. A veces los clanes que le pagaban tributo se negaban a cumplir lo acordado y los jefes que habían jurado obedecer a Conchobar se rebelaban abiertamente contra él, lo cual exigía que el rey de Ulaid encabezara varias expediciones en persona para cobrar el tributo por la fuerza. Conchobar sabía que nunca podría ejercer verdadera autoridad entre los clanes vasallos, pero también era consciente que podía obligarles a cumplir los términos de los acuerdos si disponía de un buen ejército, y con el tiempo logró sofocar todas las revueltas gracias a la rapidez de sus decisiones y a la efectividad mortífera de sus lanceros.
Cuchulain realizó prodigios de valor delante de sus compañeros de armas, movido por la desesperación que nacía en él y que le convertía a los ojos del enemigo en un rival a quien todos querían vencer. Conchobar no tardó en darse cuenta de que tarde o temprano perdería a buena parte de los guerreros de la Orden en inútiles batallas contra los clanes rebeldes de Ulaid si seguía disponiendo continuamente de ellos. Era peligroso perder a hombres tan valiosos como sus sobrinos o los hijos de Fergus. Aquellos guerreros eran necesarios para los futuros combates que los ulates tendrían que librar contra sus ancestrales enemigos, los connachta, así que una vez que se hubieron pacificado todos los clanes rebeldes el rey dividió el mando de su ejército entre los guerreros de la Rama Roja que creía dignos de mayor confianza, distribuyéndolos en los lugares más estratégicos del reino. Los demás lanceros fueron asignados en unidades más pequeñas a otros guerreros de la Orden, excepto Fergus, que poseía una clientela muy grande y podía presumir de liderar una considerable fuerza de doscientos lanceros.
En realidad pocos guerreros de la Orden se vieron afectados por los planes de Conchobar. La mayoría de ellos siguió conservando sus antiguas responsabilidades como señores de la casta guerrera a la que pertenecían, pues la intención del rey era que los miembros de la Orden no se extinguieran en el campo de batalla, sino que utilizaran su experiencia y su valor para entrenar a las jóvenes generaciones de lanceros ulates, que querían imitar las hazañas de sus mayores.
A veces Cuchulain y Emer iban a visitar el dun de Conall, que estaba situado cerca de Sliab Fuait, en unas pequeñas montañas que vigilaban la frontera con el reino de Midhe. Conall tenía cuatro hijos de su esposa Niam, todos ellos varones, y tan parecidos a su padre que no se podía negar que fueran hijos suyos. Emer se sentía a gusto entre los pequeños y permanecía largas temporadas en la fortaleza de Conall, sobre todo en verano, cuando Cuchulain se iba a cosechar cabezas en la frontera. De ese modo la herida se fue cerrando poco a poco en el corazón de Emer, hasta que al final solo quedó un sombrío recuerdo, una oscura cicatriz que siempre quedaría impresa en el alma de Emer.
Aquel verano un mensajero del rey Conchobar se presentó en Dun Dealgan. Cuchulain esperaba oír noticias de guerra de labios del mensajero, pero el contenido del mensaje era muy diferente. Ni siquiera se trataba de una convocatoria para asistir a las reuniones que el rey celebraba una vez cada tres meses con los guerreros de la Rama Roja, en la casa de la Orden en Emain Macha. El mensajero le comunicó que se trataba de un asunto confidencial y que debía presentarse en la capital lo antes posible. Sin pérdida de tiempo Cuchulain partió en su carro hacia Emain Macha y dejó a Laeg al mando de sus guerreros en Dun Dealgan.
Al llegar a Emain Macha unos guardias le dijeron que el rey le estaba esperando en la casa de la Rama Roja. Cuando Cuchulain entró en el salón vio a Conchobar y a Cathbad que conversaban en voz baja. Ambos volvieron la cabeza y le miraron. Sus miradas eran serias, pero el druida sonrió de manera cálida al ver a su nieto.
— Me alegro de verte, Cuchulain. ¿Cómo se encuentra tu esposa? – le preguntó el rey.
— Bien, señor – le respondió él, tratando de evitar el tema. – Aunque supongo que no me habrás llamado para hablar de asuntos personales.
— Tienes razón – le dijo el rey. – Te he mandado llamar porque hay un asunto que requiere nuestra máxima atención.
Conchobar ocupó su asiento en la cabecera de la mesa y con un ademán le indicó a su sobrino que se sentara. Cathbad se situó a la derecha del rey, tal y como correspondía a su rango. Cuchulain se sentía extraño. Estaba acostumbrado a presenciar a los guerreros de la Orden ocupando sus asientos alrededor de la mesa, pero aquel día las sillas de juncos estaban vacías y el salón ofrecía un aspecto desolador.
— Hace cinco días un mensajero de Connacht llegó a Emain Macha – dijo el rey. – La reina Maev quiere concertar una tregua y poner fin a las continuas disputas fronterizas que nos enfrentan desde hace tantos años. Incluso me ha pedido que envíe a unos emisarios a Rathcroghan para concretar los términos del acuerdo.
— Me parece muy extraño que Maev desee la paz – dijo Cuchulain. – Pero ¿qué tiene que ver este asunto conmigo, señor?
— El mensajero me ha dicho que Maev solo llegará a un acuerdo si tú formas parte de esa delegación – le dijo Conchobar. – El hombre se ha negado a partir sin una respuesta y lo he alojado en el cuarto de huéspedes de palacio. Cathbad dice que podría ser una trampa, pero está dispuesto a viajar a Rathcroghan.
— Todo depende de ti – dijo el druida, mirando a su nieto.
Cuchulain veía cómo la responsabilidad de la decisión recaía sobre sus hombros. Era demasiado arriesgado confiar en la palabra de Maev. Cuchulain no había olvidado las palabras de Calatin en Tuadmuma, y sabía que la reina de Connacht había ordenado a sus lanceros que mataran a los ulates que se habían apoderado del caldero de Dagda.
El rostro de Conchobar reflejaba preocupación. El rey no podía obligarle a depositar su confianza en el mensaje de Maev, la peor enemiga del reino de Ulaid. Era casi como mandarlo a una muerte segura, pero a él no le importaba. Para Cuchulain el clan era mucho más importante que el individuo. Así lo decían los jueces, quienes interpretaban y enseñaban la ley. Y la ley estaba por encima de todo. Era lo que daba sentido a la existencia del celta.
— Haré lo que sea necesario para asegurar la supervivencia de nuestro clan – dijo Cuchulain.
El mensajero de Maev partió ese mismo día hacia Connacht. Conchobar estaba dispuesto a aceptar las condiciones que Maev le había impuesto, pero serían Cathbad y Cuchulain quienes cargarían con el peso de su decisión. Esta vez la misión no consistiría en abrirse paso con la espada en una tierra hostil para conquistar un caldero mágico. Gae Bolga tendría que esperar el momento apropiado si quería saciar su sed de sangre. Su amo iba a concluir un tratado de paz en las tierras de los ancestrales enemigos de Ulaid y no tendría necesidad de usarla. Al menos de momento.
Cuando Cuchulain le contó a su esposa que formaría parte de la embajada que viajaría hacia Rathcroghan para forjar la paz con los hostiles connachta Emer fue incapaz de ocultar su desagrado.
—¿Por qué tienes que arriesgarte tanto? Si Maev quiere hacer la paz con Ulaid que sea ella la que envíe a sus propios emisarios para llegar a un acuerdo. Todo esto es muy extraño – dijo ella con las manos apoyadas sobre sus caderas, en una actitud desafiante. – No quiero que vayas a Rathcroghan, Cuchulain. Soy tu esposa y no quiero perderte a ti también.
— Tengo que ir, Emer. No puedes impedírmelo – le dijo Cuchulain. – He hecho un juramento ante el rey y ahora debo cumplirlo.
—¿Y eso te exime de tus deberes como marido? ¿Crees que debería quedarme aquí sin hacer nada, como un ciervo acosado por los perros?
Cuchulain comprendía el enfado de su mujer, pero no tenía fuerzas para discutir con ella. No sabía qué decirle, agobiado ante la perspectiva de resolver todos los asuntos que le retenían en Dun Dealgan y por la peligrosa misión que debía llevar a cabo en Connacht. El ulate decidió que lo mejor sería dejar a Clíach a cargo de todos sus bienes en Dun Dealgan. El bardo había demostrado ser un excelente administrador en aquellos dos años, durante las frecuentes ausencias de Cuchulain, y el ulate confiaba totalmente en él, de tal modo que podía dejarle solo sin miedo a que le traicionara. Laeg se alegró mucho cuando su amo le dijo que no sería necesario que se quedara al mando de los hombres de la guarnición y le pidió que le acompañara en su viaje a Rathcroghan. Cuchulain también dispuso que su fiel Crínóg iría con ellos, pues la loba siempre le había traído suerte y le ayudaría a mantener alejados a los enemigos que quisieran causarle daño.
Antes de partir hacia Rathcroghan Cuchulain se quedó en Emain Macha durante dos días. Su madre Dectera le ayudó a convencer a Emer para que no cometiera la locura de seguirle en su viaje, lo que aligeró un poco la carga que oprimía el corazón del ulate, aunque Fergus y Cathbad se encargaron de disipar su carácter sombrío en una pequeña cena que tuvo lugar en el palacio del rey.
Los tres estaban sentados en el suelo de una de las habitaciones que servían para alojar a los huéspedes, bebiendo hidromiel y degustando unas costillas de buey. De vez en cuando una hermosa esclava de cabellos rojos y ojos verdes llenaba con una jarra los cuernos vacíos de los comensales, bajo la atenta mirada de su amo. Cuchulain detectó una especie de complicidad entre ambos, pero no le dio importancia al asunto. Entre los celtas el matrimonio nunca había sido un impedimento para disfrutar de los placeres del lecho con otras mujeres. O con otros hombres.
— El rey se ha ido a buscar una nueva esposa a las tierras del norte – dijo Fergus sin dejar de mirar a la esclava. – Dicen que la hija de Felim es la mujer más bella de Ulaid y que el rey ha sido incapaz de resistirse a sus encantos.
— A ti te ocurre lo mismo con las esclavas – le dijo Cathbad. – Conchobar está viudo y no tiene a nadie que le caliente el lecho por las noches.
Fergus bebió un trago de su cuerno de hidromiel y miró al druida. A pesar de sus cuarenta inviernos Fergus se conservaba fuerte y robusto como un toro. Las cicatrices que exhibía en todo su cuerpo eran un testimonio evidente de las muchas batallas que había librado en el pasado. Pocos enemigos se atrevían a enfrentarse a Caladcholg, la espada mágica que Fergus manejaba con ambas manos.
— El lecho de Conchobar nunca ha estado vacío, Cathbad – dijo Fergus con una sonrisa.
— Es cierto, pero la hija de Felim tiene que ser muy bella para que Conchobar quiera casarse con ella
—¿La has visto, Fergus? – preguntó Cuchulain.
— No – le respondió Fergus. – Solo sé que se llama Deirdre y que sus ojos son tan verdes como el mar.
— Si Conchobar está más preocupado por los asuntos del lecho que por la guerra contra Maev ... – dijo Cuchulain, sin acabar de terminar la frase.
—¿Qué es lo que quieres decir? – le preguntó Fergus.
— Conchobar es un hombre astuto – prosiguió el ulate. – Todo el mundo sabe que Maev se ha debilitado mucho combatiendo contra nosotros en estos últimos años, y por si fuera poco la reina ha tenido que reprimir en numerosas ocasiones las constantes revueltas de los clanes gaélicos que se han negado a aceptar su autoridad. Los connachta ya no representan una verdadera amenaza en nuestras fronteras, Fergus, y ese es un motivo más que suficiente para que Maev prefiera ganarse nuestra amistad antes que enfrentarse a nuestras espadas.
— Puede que tengas razón, Cuchulain – dijo Cathbad. – Pero Maev es una mujer que siempre ha ambicionado nuestras tierras y nuestro ganado, y te puedo asegurar que todavía no ha renunciado a ninguna de las dos cosas.
—¿Quieres decir que su oferta de paz se trataría solamente de una estratagema para impedir que arrasemos sus tierras? – preguntó Cuchulain.
— Es lo más probable – repuso el druida.
— Entonces, ¿por qué ha accedido Conchobar a negociar la paz con ella? – quiso saber Fergus.
— No lo sé – le respondió Cathbad. – Supongo que se habrá cansado de luchar, pero a mí la paz me permitirá ganar un poco de tiempo.
— ¿Tiempo para qué? – inquirió Fergus perplejo. –¿Acaso Conchobar esperará a que los connachta se hagan fuertes otra vez y asalten nuestras fronteras como una manada de lobos hambrientos?
— Nunca has sido sutil, Fergus – le recriminó el druida. – Si hubieras sido más astuto todavía seguirías sentándote en el trono de los ulates.
Las palabras de Cathbad habían desarmado por completo a Fergus, quien se encogió de hombros y bebió otro trago de su cuerno. El jefe guerrero no se había ofendido por lo que el druida acababa de decirle. Era un hombre honesto y sabía que Cathbad le había dicho la verdad. En otro tiempo Fergus había sido la cabeza visible de la tribu y había tenido su oportunidad para demostrar su habilidad como rey de los ulates, pero su falta de ambición y su matrimonio con Nessa habían provocado que Conchobar accediera al liderazgo de lo ulates.
— Necesito tiempo, Fergus – dijo Cathbad, volviendo a retomar el hilo de la conversación. – Tiempo para averiguar todos los secretos que pueda encerrar el caldero de Dagda, y más tiempo aún para aprender a utilizar su poder antes de que la maldición de Macha caiga sobre nosotros. No olvidéis que sin la ayuda del caldero jamás podremos vencer a los connachta ni a ningún otro enemigo que quiera destruirnos. Por esa misma razón persuadí a Conchobar para que aceptara el acuerdo de paz que Maev le ha propuesto. Es la mejor solución.
— Conchobar no cree en el poder del caldero – argumentó Cuchulain. – Incluso se negó a que partiéramos en su búsqueda.
— Sí, ya lo sé – dijo Cathbad. – El rey nunca ha depositado mucha confianza en los dioses, pero no le desagrada la idea de poner fin a la guerra. Ya tiene suficientes problemas con sofocar las revueltas de los clanes vasallos.
— Tienes razón. El año pasado dos jefes de clan se negaron a pagar el tributo a los enviados del rey. No nos vendría mal un pequeño descanso para dedicarnos a otros asuntos más placenteros – añadió Fergus, rascándose la barba y mirando de manera lasciva a la esclava.
— Será mejor que nos marchemos. Fergus estará muy ocupado esta noche y mañana nos espera un largo viaje. Vámonos, Cuchulain – le dijo Cathbad a su nieto.
Antes de cerrar la puerta del cuarto Cuchulain escuchó la fuerte risa de Fergus, que resonó en toda la habitación como si de un trueno se tratara.
19
El carro de Cuchulain corría velozmente a través de las verdes llanuras de Eiréann. Su fiel auriga Laeg manejaba las riendas con suavidad, permitiendo que Gris y Sainglend llevaran el ritmo de la marcha. Cathbad cabalgaba cerca del carro, montado en un caballo de color pardo. Sus vestiduras blancas brillaban a la luz del sol como si fuera una llama blanca en movimiento.
La brisa matinal acariciaba el rostro de Cuchulain. El ulate iba vestido con una sencilla camisa de color azafrán. En su cuerpo no exhibía joya alguna, salvo una torques de oro que rodeaba su poderoso cuello. El guerrero volvía la vista hacia atrás con frecuencia para comprobar la existencia de un pequeño puntito en el horizonte, apenas una mancha que le venía siguiendo desde Emain Macha. Se trataba de Crínóg, la enorme loba que siempre le acompañaba en todos sus viajes como una sombra muda y amenazante.
Cuchulain se había extrañado al ver que Cathbad cabalgaba solo. El ulate había pensado que Bave iría con ellos a Rathcroghan, pero el druida se rió cuando Cuchulain le preguntó por la ausencia de la vidente.
— Bave no desea encontrarse de nuevo con su padre – le dijo el druida. – Sería una situación demasiado desagradable para ella, ¿no crees? Además alguien tiene que custodiar el caldero y ella es la persona más idónea para hacerlo. El caldero debe permanecer oculto hasta que llegue el momento de revelar su poder.
El silencio del ulate sorprendió a Cathbad.
— No estarás interesado en Bave, ¿verdad? – le preguntó Cathbad con sarcasmo. – Podrías convertirla en tu segunda esposa, Cuchulain. Claro está, siempre que ella te aceptara, y aún así necesitarías primero el consentimiento de Emer.
— Estás equivocado, Cathbad – le dijo Cuchulain. – Emer es la única mujer que me importa.
— Es extraña esa fidelidad tuya por una sola mujer. Conozco a muchos jefes guerreros que tienen más de una esposa, pero supongo que tú eres diferente. Ni siquiera compartes tu lecho con las esclavas.
El camino que seguían les llevaba hacia el oeste. Al atardecer de un día lluvioso llegaron a las orillas de un lago de aguas oscuras, donde unas garzas alzaron el vuelo al oír el estruendo de las ruedas del carro. Aquel lago era un laberinto de islotes frondosos rodeados de juncos y los ulates se detuvieron a pasar la noche en sus boscosas riberas, protegiéndose de la lluvia bajo la densa sombra de los robles que allí crecían.
A medida que avanzaban eran conscientes de que en cualquier momento los piquetes de caballería de Maev podían aparecer en el camino y darles el alto. Lo que sucedería a continuación era una incógnita. Cathbad se mostraba seguro y tranquilo, pues en verdad no tenía nada que temer. Era un druida y ningún guerrero connachta se atrevería a ponerle las manos encima, pero Cuchulain dudaba de la sinceridad de Maev y pensaba que la reina les reservaba una desagradable sorpresa cuando llegaran a la frontera.
Al día siguiente vieron llegar a los jinetes connachta, antes de poder cruzar el Shannon.
— Detén a los caballos, amigo mío – le ordenó Cuchulain a su auriga. – Es mejor que sean ellos los que se acerquen.
Cathbad se situó al lado de su nieto, montado en su caballo pardo, mientras Crínóg desafiaba con la mirada a los recién llegados, apoyada sobre sus patas delanteras.
El jefe de la banda lucía en el cuello una torques de plata. En su escudo llevaba pintada la insignia de Aillil, un halcón que extendía sus garras en pleno vuelo. Los demás llevaban en sus escudos la enseña de Maev, dos serpientes aladas que se desafiaban mutuamente. Eran en total treinta hombres.
Cathbad se adelantó y saludó al caudillo de la banda.
— Somos los mensajeros del rey Conchobar. Mi nombre es Cathbad. Estos que me acompañan son Cuchulain y Laeg, su auriga.
— Hemos oído hablar de ti, perro de Ulaid – le dijo el jefe de forma despectiva, sin apartar los ojos de Cuchulain. – Con gusto te cortaría la cabeza para arrojársela a los cerdos de mi granja.
— Perderías la tuya antes de que pudieras tocarme – le respondió Cuchulain con el rostro impasible. Crínóg gruñó y el caballo del jefe connachta retrocedió, completamente asustado.
— No he viajado hasta aquí para soportar las bravatas de un sirviente – dijo Cathbad. – No tenemos tiempo que perder. Tu reina nos está esperando y no creo que le agrade saber que uno de sus jefes se comporta de manera tan estúpida.
El guerrero del torques asintió de mala gana y les indicó con un gesto seco que le siguieran. Cuchulain y Cathbad vadearon el Shannon, precedidos por una decena de jinetes connachta. El resto permaneció vigilando en la orilla opuesta hasta que perdieron de vista a sus compañeros.
Habían logrado cruzar la frontera, pero no era la primera vez que Cuchulain se adentraba en las tierras de Connacht. El ulate se había visto obligado a atravesarla a los quince años para iniciarse como guerrero y cosechar la cabeza de un connachta. Y Cuchulain también recordaba con bastante exactitud que dos años atrás el rey de Tuadmuma les había permitido el paso por sus tierras, por miedo a que Cathbad pudiera agostar sus cosechas o hacer que su ganado enfermara.
La capital de los reyes de Connacht era una concentración de grandes fuertes ordenados de manera militar, como si se tratara de un campamento. La fortaleza de Rathcroghan estaba situada sobre una pequeña altura, rodeada de una empalizada de madera y provista de fuertes torres, y desde aquella posición estratégica dominaba la fértil llanura de Mag nAí.
Era de noche cuando las puertas de Rathcroghan se abrieron para recibir a los enviados de Conchobar. Los centinelas que estaban apostados en las torres de vigilancia miraron a Cuchulain con ojos fríos, pero no se movieron de su sitio cuando el ulate entró en el fuerte escoltado por los jinetes de Maev. Las antorchas iluminaban con un resplandor sombrío el interior del fuerte. Un hombre se les acercó mientras los sirvientes se hacían cargo de los caballos y les dio la bienvenida. Su voz era agradable y conciliadora.
— Me llamo Mac Roth y soy el mayordomo principal de la reina. Podéis lavaros la cara y los pies en vuestras habitaciones. Mi señora os recibirá mañana en el gran salón.
Los sirvientes alojaron a los ulates en una cabaña que estaba reservada a los huéspedes, donde Cuchulain y sus compañeros tomaron un baño en los toneles llenos de agua caliente que unos sirvientes habían preparado para ellos. El contacto del agua les ayudó a quitarse de encima el cansancio acumulado durante el viaje, pero Cuchulain apenas pudo conciliar el sueño aquella noche.
A la mañana siguiente los emisarios ulates fueron conducidos al gran salón de los reyes de Connacht. Antes de avanzar hacia el estrado un guardia le indicó a Cuchulain que se despojara de sus armas. Cuchulain entregó a Gae Bolga al cuidado de Laeg, así como su espada y su daga. El auriga se quedó al fondo del gran salón, acompañado por Crínóg.
Cuchulain quedó impresionado cuando vio por primera vez a Maev, sentada en el estrado sobre su trono de madera. La reina era una mujer joven, y hermosa. Su largo cabello rojo le caía hasta la cintura y en su cuello llevaba una torques de oro, símbolo de su condición real. En sus brazos llevaba dos brazaletes de oro en los que el artífice había grabado su insignia, dos serpientes de ojos brillantes enfrentándose entre sí. Maev era una mujer de miembros fuertes y musculosos, dueña de unos ojos tan grises y fríos como las aguas de los lagos de su inhóspito país. En cambio Aillil era un hombre que superaba los cuarenta inviernos, de cabellos rubios y largos bigotes, y su frente estaba ceñida por una fina cinta de plata.
— Es un honor para nosotros recibir la visita de unos huéspedes tan ilustres. Espero que nuestra presencia sirva para poner fin a nuestra ancestral enemistad – dijo Maev.
— Eso depende de ti, reina Maev – dijo Cathbad, quien se extrañó al no ver a Calatin ocupando su lugar al lado del rey como jefe druida del reino.
— Tienes razón, Cathbad – dijo Aillil. – Ya ha corrido bastante sangre entre nuestros dos pueblos. La paz sería lo más beneficioso para todos.
— No lo dudo, Aillil. Pero sería mucho más beneficioso para vosotros – argumentó el druida con astucia. – La paz siempre exige un precio y no será Ulaid quien lo pague.
— No consentiré que me humilles en mi propio palacio, Cathbad – dijo Maev con el rostro encendido por la ira. – No pagaré ni un solo cumhal para conseguir la paz. – El cumhal era la unidad de más valor en la economía ganadera de la isla y equivalía al precio de tres vacas lecheras, a veces incluso más. – Lo único que pido de Conchobar es su promesa de que ninguno de sus hombres atravesará mis fronteras para atacarnos. A cambio tenéis mi promesa de que mis guerreros no volverán a cruzar la vuestra para robaros el ganado.
— Permíteme dudar de tu palabra, señora – se atrevió a decir Cuchulain. Las altivas palabras que Maev acababa de pronunciar le habían hecho perder la paciencia y no estaba dispuesto a seguir escuchándolas. No había arrostrado la muerte en Tuadmuma ante medio centenar de lanceros connachta para verse ahora obligado a ceder a las exigencias de su orgullosa reina. – Vuestros lanceros no solo roban ganado. Matan a nuestros campesinos, violan a sus mujeres y luego las esclavizan, a ellas y a sus hijos. Saquean e incendian nuestras granjas y roban el grano de nuestros almacenes. ¿Cómo puedes pretender que confíe en tu palabra?.
— Tu lengua es más afilada que la hoja de mi espada. ¿Quién te crees que eres para hablar así a la reina de Connacht? Te mataría con mis propias manos si no fuera porque eres mi huésped – dijo Aillil con los ojos llenos de odio.
— Me llamo Cuchulain Mac Sualtam, señor – le replicó el ulate. – Y estoy dispuesto a defender la veracidad de mis palabras con la punta de mi espada.
— No será necesario que lo hagas, Cuchulain de Muirthemne – dijo Maev, quien ordenó a sus guardias que envainaran sus espadas. La reina miró fijamente al ulate y sonrió, como si adivinara lo que Cuchulain estaba pensando en ese momento. – He oído hablar mucho de ti y hace tiempo que quería conocerte en persona. Por esa razón le pedí a Conchobar que te enviara como embajador a Rathcroghan. Una reina debe conocer a su enemigo antes de enfrentarse a él.
Con aquellas palabras Maev aclaraba el verdadero motivo de la presencia de Cuchulain en Rathcroghan. Era evidente el odio que la reina sentía hacia él, alimentado sin duda por Calatin, quien habría informado a Maev de lo que había sucedido en Tuadmuma.
— Te pido que no tengas en cuenta la ofensa de Cuchulain – dijo Cathbad. – Es un guerrero y sabe hablar mejor con la espada que con la lengua.
— No me considero ofendida – dijo Maev, sonriendo de nuevo. – Pero me temo que tendrás que confiar en mi palabra. No pienso comprar la paz, aunque sea yo quien la haya pedido. Dile a Conchobar que esa será mi única oferta para la paz.
— Así se lo haré saber – dijo el druida. – Te agradezco la hospitalidad que nos has brindado, Maev, pero no pienso abusar más de ella. Partiremos hoy mismo hacia Ulaid.
Cuando abandonaron el gran salón de los reyes de Connacht Cuchulain tuvo la sensación de que unos ojos inamistosos se clavaban en su espalda, como si quisieran vigilar todos sus movimientos.
— Te has ganado la enemistad de Maev – le dijo Cathbad, una vez que hubieron llegado a su alojamiento. El druida quería comer algo antes de marcharse y aprovechó la ocasión para hablar de lo ocurrido en el salón. – Maev sabe que estuviste conmigo en Tuadmuma y que protegiste con tu vida el caldero de Dagda. Quería satisfacer su curiosidad y ahora que lo ha conseguido te teme más que antes.
—¿Crees que Conchobar aceptará las condiciones que ella nos ha impuesto? – preguntó Cuchulain, mientras masticaba un trozo de carne de cerdo.
— No me cabe ninguna duda. Hace tiempo que Conchobar desea la paz – respondió el druida. – Si ella estuviera en nuestro lugar no desaprovecharía la ocasión para invadir nuestras tierras.
—¿Y qué pediría a cambio de la paz? – quiso saber Laeg, que estaba sentado en el suelo y bebía el hidromiel que un esclavo había traído.
— Tierras y ganado – respondió Cathbad. – Es lo único que Maev ambiciona. Los clanes de Connacht siempre han codiciado nuestras fértiles tierras. Las suyas son demasiado pobres y sus clanes se ven obligados a convivir en un espacio cada vez más estrecho.
— Me pregunto dónde se habrá escondido Calatin – dijo Cuchulain. – No estaba presente en el salón.
— Estará tramando alguna intriga en cualquier parte – dijo Laeg con desprecio.
— Es posible – añadió Cathbad. – Pero Calatin se siente a gusto en las sombras y no sale de los bosques si no es absolutamente necesario. Vive en lo más profundo del fidnemid, donde los robles son tan altos y sus ramas tan espesas que allí no entra jamás la luz del sol – dijo Cathbad, pensativo. – Recuerdo que Bave me dijo en una ocasión que su poder se hace más grande cuando cae la noche o surge la niebla.
— Es una coincidencia que Maev deseara hacer la paz con Conchobar después de que Calatin fracasara en su intento por conquistar el caldero. ¿No será que tiene miedo a que lo utilices en su contra?
— No te equivocas, Cuchulain – afirmó el druida. – Maev es una mujer inteligente y hará todo lo posible para conservar su poder. Es ella quien gobierna y toma las decisiones. Aillil es un hombre maduro, pero no cuenta para nada porque le debe su posición a Maev.
—¿Aillil es el consorte de Maev?
— Así es, querido nieto. Maev es la legítima heredera de una dinastía laigin que se estableció en Connacht hace varias generaciones. Aillil también es un laigin, aunque no de sangre real. Aillil se abrió camino hacia el poder gracias a sus dotes de mando como jefe guerrero, pero solo podía llegar a ser rey convirtiéndose en el tutor de Maev y casándose después con ella cuando la heredera tuviera suficiente edad para hacerlo. Sin embargo Aillil no sospechaba que por las venas de Maev corría la sangre guerrera de sus antepasados, que habían conquistado el país y sometido a las tribus nativas. Maev se hizo pronto con el poder y desplazó a su marido como gobernante de Connacht, e incluso se rumorea que ella le dio a beber una poción que mermó las fuerzas del rey, sometiéndolo de este modo a su entera voluntad.
En ese momento se oyó un ruido de voces en la puerta que alertó a los ulates. Crínóg se levantó del suelo y empezó a gruñir, preparándose para atacar. La puerta se abrió con violencia. Una figura corpulenta entró en la habitación. Era un hombre alto, de cabellos rojizos, y su barba trenzada le llegaba hasta la cintura. El intruso se detuvo en el umbral y observó con detenimiento a los forasteros. Sus ojos brillaron con un fulgor intenso cuando se clavaron en el rostro de Cuchulain.
—¿No me reconoces, viejo amigo? Soy Ferdia, tu hermano de sangre.
Y se echó a reír.
20
La llegada de Ferdia a Rathcroghan interrumpió de forma brusca, pero agradable, el regreso de Cuchulain a Emain Macha. Cuando Ferdia se enteró de que Cuchulain formaría parte de la delegación de emisarios ulates que negociarían la paz con Maev el guerrero domnán había fustigado sin descanso a sus caballos para salir al encuentro de su hermano de sangre.
Ferdia le dio un abrazo de oso. Se había convertido en un gigante de cabellos rojos y voz atronadora. Ferdia le suplicó a Cuchulain que se quedara y le dijo que se sentiría muy ofendido si el ulate rechazaba su hospitalidad. Cathbad instó a Ferdia a que se sentara y compartiera la comida con ellos, pues sentía curiosidad por saber cómo se había originado su amistad. El domnán le contó que ambos habían hecho un juramento de sangre en la isla de la Bruma y le mostró al druida la palma de su mano derecha para confirmar la veracidad de sus palabras.
— Esa cicatriz es un arma de doble filo. Algún día podría volverse contra vosotros – les advirtió el druida.
Ferdia restó importancia al comentario de Cathbad y se rió.
— Somos hermanos de sangre – dijo él. – Cuchulain no tiene nada que temer de mí.
— A veces los dioses juegan con nosotros, Ferdia. No lo olvides – dijo Cathbad, levantándose del suelo con gran esfuerzo. – Y ahora si no os importa os dejaré solos. Conchobar me espera en Emain Macha y tengo una misión que cumplir.
Cathbad se despidió de todos y abandonó la cabaña. Laeg se había quedado dormido en el suelo. El auriga había pasado la noche fuera, retozando con una joven esclava en un establo cercano, donde ella dormía con los perros y las ovejas. Crínóg descansaba a su lado, con las patas estiradas y los ojos medio abiertos. Cuchulain pensaba en la necesidad de buscarle una esposa a su auriga cuando Ferdia interrumpió sus meditaciones.
— Me han contado que has estado muy ocupado últimamente, hermano. Al parecer encabezaste una banda de guerreros que viajó hasta las islas de Arán y se apoderó del caldero de Dagda.
— Así es, Ferdia. No fue una empresa fácil, pero al final logramos sacarlo de la isla.
—¿Es cierto que en Tuadmuma te comportaste como un héroe? ¿Y que los lobos bajaron de las montañas para ayudarte? No sabes como te envidio, hermano. Yo no he hecho nada que pueda igualar tus hazañas – dijo él, apesadumbrado. – Estoy seguro de que Scáthách estaría orgullosa de ti.
— Me pregunto qué pensará Maev de nuestra amistad – dijo Cuchulain. – No creo que sea una buena idea que me quede aquí, Ferdia. Podría causarte problemas.
— No tienes por qué preocuparte – le dijo Ferdia – La paz entre Conchobar y Maev es casi un hecho. Además eres mi huésped y los huéspedes deben ser tratados con todos los honores.
— Siendo así no puedo negarme – dijo el ulate con una sonrisa.
—¿Qué tal se encuentra tu querida Emer? Te habrás casado con ella, ¿no? – dijo Ferdia, golpeándole en el hombro y sin dejar de sonreír.
— Sí, Ferdia – reconoció Cuchulain. – Me he casado con ella, pero las cosas no nos han ido como hubiéramos querido. Nuestro primogénito murió antes de nacer y los curanderos me han asegurado que Émer no volverá a concebir.
— Lo siento mucho, hermano. ¿Has pensado en tomar una segunda esposa?
Cuchulain no se sintió ofendido por el comentario de su amigo. En ese sentido Ferdia no había cambiado nada desde la última vez que se vieran. El domnán seguía viendo en las mujeres un instrumento útil que solo le procuraba placer, pero al mismo tiempo era incapaz de entregar su corazón a ninguna.
— No, Ferdia. Ya me conoces. No existe otra mujer para mí – dijo Cuchulain. De pronto su rostro se ensombreció, acuciado por un recuerdo que no podía desterrar de su mente. – A veces pienso en el hijo que abandoné en la isla de la Bruma, Ferdia, y cada vez que mi mente viaja hacia allí no puedo dejar de pensar que cometí un estúpido error.
—¿Y qué es lo que querías hacer, Cuchulain? ¿Abandonarlo todo para pudrirte en los sombríos páramos de aquella isla? No podías hacer nada, hermano. Aifa es una mujer muy astuta y sabía que la única manera de retenerte era utilizando al niño para obligarte a que te quedaras.
—¿Dio a luz a un niño? – preguntó Cuchulain, sumamente interesado.
— Tu hijo nació pocos meses antes de mi partida – le respondió Ferdia, con los ojos fijamente clavados en los de su amigo.
Cuchulain suspiró. Después de todo los vaticinios del druida Einion habían resultado ciertos. Aifa había engendrado un hijo varón, un hijo cuyo padre había llegado a la isla desde el otro lado del mar. Y según la profecía aquel niño estaba destinado a gobernar en la isla de la Bruma.
— No hablemos más de este asunto, hermano – le dijo Cuchulain. – A veces los recuerdos pesan demasiado, como una enorme losa de piedra cuya sombra no puedes abandonar.
— Como quieras, hermano – le dijo Ferdia.
Las tierras de Connacht eran las más pobres de toda Eiréann. Sus clanes vivían en lugares apartados y aislados, desgarrándose en continuas luchas internas para conseguir más poder, adaptándose a los rigores de un suelo que en muchas ocasiones se negaba a proporcionarles el sustento a quienes lo cultivaban. La belleza de aquella tierra residía en la naturaleza feroz de sus pantanos y bosques, que en tiempos primigenios habían albergado una infinidad de criaturas salvajes. Las aguas de los lagos, repletas de salmones y truchas, reflejaban el sombrío y plomizo rostro del cielo, cuyas nubes cargadas de lluvia se precipitaban hacia las montañas que se recortaban en la lejanía.
Los días que Cuchulain pasó con su amigo Ferdia transcurrieron en un constante flujo de hidromiel y paseos a caballo. El ulate liberó a Gris de la esclavitud del carro y montó sobre su grupa. Sus ojos grises contemplaron la exuberancia de aquella tierra, que estaba profundamente cubierta de húmedos pantanos y brezales de helechos que servían de refugio a una multitud de aves y bestias.
Ferdia vivía en una fortaleza que se alzaba sobre un pequeño promontorio del terreno. El gigante pelirrojo se había convertido en señor de todas las tierras que se extendían desde un lago rodeado de sombrías montañas hasta las frías costas que se recortaban contra el mar, al oeste de su dun. Cerca de las orillas del lago se levantaban unas toscas cabañas de adobe, que habían sido construidas por unos pescadores. Después que Ferdia le hubo enseñado a su hermano las propiedades que poseía ambos se pusieron a pasear a caballo por unas playas de fina arena, con el viento del norte agitando sus cabelleras. La luz del ocaso teñía de rojo las fieras olas del mar. Mientras cabalgaban por la orilla los cascos de los caballos dejaban a su paso una estela de húmedas huellas, un rastro arenoso que el flujo de la marea se encargaba de borrar con el constante movimiento de sus olas.
— Es una tierra hermosa, ¿verdad? – dijo Ferdia, casi para sí mismo. De súbito se volvió hacia Cuchulain y le sonrió de forma extraña. – Maev me la regaló como premio a mi arrojo y mi valor en el campo de batalla, después de haber vencido a los clanes de los gaélicos en varias batallas. Pagué con mi propia sangre hasta el último pedazo de tierra que me pertenece. Solo le pido a la vida que sea clemente conmigo y que me permita morir en combate, después de haber disfrutado con todas las mujeres que haya podido conocer. No me gustaría morir de viejo, hermano. Es una muerte indigna para un guerrero.
— A mí tampoco me gustaría terminar mis días postrado en un lecho, enfermo y decrépito. Espero que los dioses me concedan una muerte honrosa en el campo de batalla – dijo Cuchulain, que había desmontado del caballo y caminaba cerca de la orilla de la playa.
—¿Crees que los dioses existen? – le preguntó Ferdia, dubitativo.
— Por supuesto – le contestó Cuchulain. — ¿Acaso dudas de su existencia?
Le extrañaba que su amigo hablase de aquella manera, pero Ferdia movió la cabeza como si quisiera ahuyentar sus temores.
— Nunca he creído en los dioses, hermano – afirmó Ferdia seriamente. – He visto a muchos hombres agonizando en el campo de batalla, soportando el dolor de las heridas en sus cuerpos mutilados. Cuando mueren su cuerpo se enfría y sus ojos se vuelven vidriosos. No, Cuchulain. Para mí no existe Tir Nan Og. La única tierra que siento es la que yace bajo mis pies, la misma tierra que algún día abrirá sus fauces para recibirme.
Cuchulain no le respondió, sorprendido por la sinceridad de las palabras de Ferdia, pero el domnán levantó su mano derecha y le mostró la cicatriz que llevaba impresa en la palma.
— Solo creo en esto, hermano – afirmó Ferdia. Los rayos del sol de poniente iluminaron sus cabellos con un tono rojizo y sangriento, confiriéndole un aspecto sombrío y amenazador. Parecía un dios de la guerra. – Y en el brazo que maneja la espada – añadió, sonriendo y depositando su pesada mano en el hombro de Cuchulain.
Aquella noche Cuchulain tuvo un extraño sueño. Se vio a sí mismo lavando sus manos en un riachuelo de aguas turbias y estancadas . Se sentía culpable por algo que había hecho y que no podía recordar, pero al sacar las manos del agua vio de qué se trataba y ahogó un grito de terror. Sus manos estaban manchadas de sangre con tal intensidad que el agua no podía borrar el rastro rojizo que las impregnaba.
Sin embargo la angustia de aquel sueño no turbó los pensamientos de Cuchulain. No era el momento de pensar en asuntos sombríos, pues una sorprendente noticia disipó la bruma de su pesadilla cuando Ferdia le comunicó que el rey Conchobar había aceptado por fin las condiciones impuestas por Maev. La paz era una realidad entre Connacht y Ulaid. Los dos reyes habían concertado una tregua de tres años, durante los cuales ambos respetarían las fronteras del vecino y ninguna banda guerrera abandonaría su territorio para realizar incursiones en las tierras de sus antiguos enemigos.
—¿Lo has oído, hermano? – dijo Ferdia con entusiasmo. – Ahora no tendrás ninguna excusa para no venir a verme.
— Tú tampoco, Ferdia. Podrías acompañarme en mi viaje de regreso a Dun Dealgan. Hay muchas mujeres en Ulaid que sabrían apreciar tus atributos.
— No sería una mala idea. Queda poco tiempo para el festival de Samain.
— Nunca he estado en la colina de Tara – confesó Cuchulain – aunque Cathbad me ha hablado mucho de la fiesta.
— Entonces iremos los dos – dijo Ferdia. – Ya lo verás, Cuchulain. No hay en toda Eiréann un festival que se le pueda igualar.
Pero las sorpresas no terminaron con las nuevas de paz entre Maev y Conchobar. Cinco días antes de que Cuchulain partiera hacia Emain Macha un mensajero de la reina se presentó delante de las puertas del dun de Ferdia, anunciando la llegada de Maev, que deseaba que su vasallo Ferdia hiciera todos los preparativos necesarios para organizar una partida de caza en sus propias tierras.
Maev llegó con su séquito al día siguiente, acompañada por una hilera de cuatro jinetes. Cuchulain los vio llegar desde los muros de la empalizada, donde oteaba el horizonte en compañía de Ferdia. A medida que la comitiva se acercaba las siluetas de los jinetes se hicieron más reconocibles, pero Cuchulain solo pudo reconocer los rostros de Maev y Aillil.
—¿Quiénes son los otros guerreros que cabalgan con ellos? – preguntó Cuchulain.
— Son Natchrantal, campeón de Connacht, y Lewy, príncipe de Mumu – le dijo Ferdia. – Ten cuidado con Lewy, hermano. Es más peligroso que una serpiente.
— Creía que no había serpientes en Eiréann – comentó Cuchulain con una sonrisa en los labios.
— Lewy debe ser la única – dijo Ferdia. – No olvides lo que te he dicho, Cuchulain. Mantente alejado de él.
Ferdia dispuso para sus invitados una suntuosa cena en su salón de banquetes. Los sirvientes de su casa trajeron bandejas repletas de carne humeante y cuernos que rebosaban de fuerte hidromiel, un licor que se había elaborado con la última miel recogida a finales del verano.
Durante la cena Cuchulain se sentó al lado de Ferdia, quien reservó los asientos de honor en su mesa para los reyes de Connacht. Natchrantal y Lewy se sentaron enfrente de Cuchulain, pero el ulate, tal y como le había adelantado su hermano, tuvo que soportar las provocaciones del príncipe de Mumu, instigadas en su mayor parte por Maev. El ulate empezaba a arrepentirse de haber aceptado la invitación de Ferdia y deseaba haber tenido una buena excusa para no estar presente. Además sospechaba que la reina se había presentado en el dun de su amigo con la única intención de excitar sus ánimos.
Las lenguas se desataron poco después de que el hidromiel hubiera corrido con generosidad por las gargantas de los comensales, lo que sirvió para romper la frialdad que hasta ese momento había reinado en el salón de banquetes.
— Me sorprende que os hayáis hecho amigos. Es bien sabido el odio ancestral que los connachta sienten hacia los ulates – dijo Maev, recordando a los presentes los viejos odios tribales que separaban a ambos reinos desde hacía muchas generaciones.
— Cuchulain es mi hermano de sangre – dijo Ferdia con orgullo. Sus ojos estaban vidriosos a causa del hidromiel, pero era un guerrero corpulento y podía ingerir grandes cantidades de licor sin perder el conocimiento. – Hace años hicimos un juramento en la isla de la Bruma y no pienso romperlo porque él sea un ulate y yo un connachta.
— Los dioses han querido que nos encontráramos, hermano – dijo Cuchulain. – Solo espero que nuestra amistad fortalezca los vínculos entre nuestros pueblos, ahora que la paz ha enterrado nuestras disputas.
—¿Y también han querido los dioses que robaras el caldero de Dagda en las islas de Arán? – preguntó Maev con ironía.
— Esa cuestión no es asunto tuyo, señora – le respondió el ulate con el rostro serio.
— Por lo que a mí respecta me concierne – dijo Lewy con una mirada tan fría como la escarcha. – Esas islas siempre han estado bajo la autoridad de mi padre y nada puede salir de allí sin su permiso. El caldero que has robado me pertenece por derecho propio. Soy el único heredero del reino de Mumu y algún día sucederé a mi padre. Y mi padre no ha olvidado que has saqueado sus territorios y apoyado a Murdach, el jefe de los clanes rebeldes del norte.
— No me importa que me llames ladrón – dijo Cuchulain. – Te pido disculpas. La próxima vez que quiera pasar por las tierras de tu padre os pediré permiso antes de hacerlo. ¿Te parece bien?
— Hablas muy bien con la lengua, ulate. Me pregunto si eres tan bueno hablando con la espada.
— Te aseguro que mi espada habla mejor que mi lengua, pero no recuerdo haber oído lo mismo de ti – dijo Cuchulain, con sus ojos grises brillando fieramente.
Lewy se levantó de su siento y puso su mano en la empuñadura de su espada, pero antes de desenvainarla la voz poderosa de Ferdia le detuvo, obligándole a sentarse.
— No permitiré que se derrame sangre en mi propia casa. Siéntate, príncipe Lewy. Mi hermano no quería ofenderte, ¿verdad, Cuchulain?
El ulate asintió con la cabeza. Ferdia volvió a hablar, cambiando de tema para templar los ánimos.
— Mis sirvientes han visto un enorme jabalí rondando en los bosques que se extienden al norte de mi fortaleza. Se trata de una bestia peligrosa y vieja. Un macho, creo.
— Su pellejo servirá para adornar mis hombros – dijo Maev, que ya se veía a sí misma luciendo la hermosa piel del jabalí.
Cuchulain se dio cuenta de que Lewy le estaba observando y le devolvió la mirada, desafiándole. Lewy le sonrió, pero su sonrisa era fría y cruel. El príncipe de Mumu era alto, de ojos grises y cabellos rojos como la sangre. Llevaba una torques de oro alrededor de su cuello y dos gruesos brazaletes en los antebrazos que remarcaban sus poderosos músculos. Era esbelto y de constitución robusta, lo cual contrastaba con la figura de Natchrantal, el campeón de Connacht que estaba sentado a su lado. Natchrantal era un guerrero de apariencia feroz, dotado con la fuerza de un toro salvaje. Se decía de él que podía partir en dos a un buey con su espada a dos manos, un arma que blandía con una eficacia terrible. El paladín representaba la fuerza bruta, pues Natchrantal podía decidir la suerte de un combate con un solo golpe de su brazo. En cambio Lewy era un guerrero más sutil. Su habilidad residía en la astucia y en la rapidez de sus estocadas, deslizándose con la celeridad de una serpiente para asestar el golpe mortal a sus enemigos.
Laeg dormía cuando el ulate entró en el cuarto que compartía con su amigo. El auriga había estado bebiendo con los sirvientes de Ferdia y roncaba apaciblemente, tendido de lado en su jergón de paja. Crínóg levantó la cabeza y observó la llegada de su amo con ojos que brillaban como ascuas ardientes en la oscuridad.
— Duerme, Crínóg. Mañana será otro día.
21
Las luces del alba iluminaban débilmente las laderas de las montañas que se recortaban en el horizonte. Unas nubes grises cubrían el cielo, impidiendo que el sol mostrara su faz dorada y brillante sobre la tierra. El verano no había terminado aún, pero el viento anticipaba con sus fríos dedos la llegada de la estación marchita, dejando en el aire una impresión de extraña nostalgia.
Un ruido de cascos rompió la armonía que reinaba en los bosques que se extendían en la orilla norte del lago, al pie de las montañas que se elevaban como adustos centinelas en las riberas de sus frías aguas.
Con la mirada puesta en los veloces galgos que seguían jadeantes el rastro de su presa, Cuchulain azuzó a Gris con sus talones, incitándole a seguir adelante para no perder de vista a los perros, que ya se alejaban detrás de unos arbustos con una incesante algarabía de ladridos. El ulate blandía con mano firme el mango de Gae Bolga, dispuesto a ensartar con ella al viejo jabalí y poner fin a sus correrías como indiscutible señor del bosque. Los lugareños decían de él que era una bestia de poderosos músculos y afilados colmillos que siempre había logrado eludir a sus depredadores humanos y, en ocasiones, causado la muerte de alguno de ellos, después de haber cometido la imprudencia de menospreciarle y hacerle frente.
La cacería había comenzado a la salida del alba. Los jinetes se habían dividido en dos grupos. El primero estaba encabezado por Maev, Aillil, Lewy y Natchrantal, y el segundo lo componían Ferdia, Cuchulain y Laeg. Ambos grupos habían tomado direcciones opuestas una vez que los jinetes se habían adentrado en el interior del bosque, precedidos por sendas jaurías de galgos que seguían el rastro de la bestia. Unos sirvientes sujetaban a los perros con la ayuda de unas correas de cuero, esperando con ansiedad el momento oportuno de soltarlos y permitir que corrieran libremente por el húmedo sendero que se abría ante ellos. Los robles centenarios que crecían en aquellos bosques elevaban su oscuro ramaje cargado de hojas como si fueran ávidos brazos que buscaran con avaricia los rayos del sol que las nubes tapaban con su masa grisácea.
Asustados por el ruido de voces que brotaba desde las gargantas de los hombres y por los ladridos causados por los animales que emprendían una exaltada carrera delante de ellos, los pájaros abandonaron sus refugios en las ramas y extendieron sus alas hacia lugares más tranquilos. El caballo de Cuchulain demostró pronto que era la montura más rápida de su grupo y no tardó en dejar atrás a Ferdia y Laeg. Los flancos del poderoso corcel estaban cubiertos de sudor, pero Gris apenas notaba el cansancio. Llevaba varios cuerpos de ventaja a sus perseguidores, mientras las crines de su cabeza se agitaban como fieras llamas sacudidas por la brisa del amanecer.
A pesar del ritmo frenético que Gris imponía a sus fuertes patas, los ladridos de los galgos se fueron apagando, desvaneciéndose en el viento como un susurro en la noche. Cuchulain apenas podía oírles. Tenía la sensación de que los perros se hallaban muy lejos y que no podría darles alcance. Incluso le extrañaba que Crínóg le hubiera dejado solo. La loba siempre corría detrás de Gris y no abandonaba jamás a Cuchulain, pero el ulate no vislumbraba su pelaje negro detrás de él, siguiéndole. De súbito el caballo se detuvo, asustado. Cuchulain contempló a una mujer de largos cabellos negros, vestida completamente de blanco. Estaba sentada a un lado del camino, cerca del tronco de un viejo y nudoso roble.
Cuchulain tiró de las riendas y bajó de la grupa de Gris, acercándose a la mujer. Se preguntaba quién podría ser y qué estaría haciendo allí cuando ella levantó la cabeza y le miró, con unos ojos tan profundos y fríos como el hielo de los mares del norte. El ulate observó que tenía entre las manos una rueca y un huso. Aquella mujer estaba hilando lana, un trabajo monótono que todas las mujeres en Eiréann hacían desde tiempos inmemoriales.
—¿Quién eres? – le preguntó él, desconcertado. – No es muy común ver a una mujer hilando sola en el bosque. ¿No temes a los animales salvajes?
— No pueden hacerme daño, Cuchulain de Murthemney – le respondió la mujer.
El ulate abrió mucho los ojos, sorprendido de que ella conociera su nombre.
—¿Cómo sabes mi nombre? – le preguntó, con la mirada fija en el bello y siniestro rostro de la joven.
—¿Quién no ha oído hablar del podenco de Ulaid, el guerrero que conquistó el caldero de Dagda? – dijo ella con una sonrisa enigmática. – Su nombre está presente en todas las canciones de los bardos.
— No he oído ninguna de esas canciones en mi tierra.
— Existen más reinos en Eiréann, noble podenco, aunque tú no los puedas ver con tus ojos. A veces los hombres olvidan que otras razas han vivido aquí antes que sus antepasados vinieran desde el otro lado del mar en sus barcas de cuero.
Un viento frío sopló en las altas ramas de los árboles. El ambiente era opresivo. No se oía a ningún pájaro cantando por los alrededores, ningún susurro de hojas en la helada brisa. Incluso los robles parecían haberse sumido en una pesada atmósfera de silencio.
La mujer le miró con sus profundos ojos azules, de los que emanaba una sabiduría ancestral a pesar de la juventud de su rostro. La intensidad de su mirada era tan fuerte que Cuchulain sintió que ella podía leer a través de la bruma de sus pensamientos más ocultos y recónditos.
— Tus hazañas serán recordadas por todos los poetas y narradores de historias de Eiréann – le dijo ella – aunque tu estirpe se extinguirá contigo. Vive según los dictados de tu corazón, Cuchulain, favorito de Lugh, porque tu espíritu es tan indómito y salvaje como el de un lobo de las montañas. Pero recuerda que solo eres un hombre y que al final los juramentos y la amistad de aquellos a quienes amas se volverán contra ti.
En ese momento el poderoso sonido de unos cuernos de caza rompió el silencio del bosque, desviando la atención de Cuchulain. Aquella imperiosa llamada era producida por las gargantas de los siervos de Ferdia, que convocaban a su señor para avisarle de que la presa había sido encontrada. Entonces el ulate se volvió hacia la extraña mujer y ahogó un grito de sorpresa. La hilandera había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí, como si solo hubiera sido un espejismo en la mente de Cuchulain.
Con la cabeza llena de presentimientos sombríos Cuchulain montó sobre la grupa de Gris y se dirigió hacia un grupo de árboles, siguiendo el lejano sonido de los cuernos. Pero antes de abandonar el lugar una música distinta llegó hasta él. El ulate no se atrevió a mirar atrás. Sabía que aquella voz, sobrecogedora y sutil, pertenecía a la hilandera que había dejado atrás, la extraña mujer de cabellos negros y ojos fríos como la escarcha, que seguía recostada contra el tronco de un nudoso y viejo roble.
“Breve es la vida de los hombres.
Sus ojos se oscurecen
sus piernas se cansan
su espíritu se agota
en un nudo de ansias.
Mis hermanas me llaman la hilandera,
con mis manos trabajo todo el día,
interminable tarea que nunca se acaba
como el curso de un río
de vidas humanas.
Sí. Breve es la vida de los hombres,
como los hilos de lana,
pero el amor y la amistad
también se acaban.”
Los versos de la hilandera aún resonaban en los oídos de Cuchulain, como una ciega burla, cuando el ulate llegó a un pequeño claro que se abría a la luz gris de la mañana. El sol se alzaba alto en el cielo, pero su rostro era blanco y frío, y Cuchulain no se sintió animado por su presencia. Se preguntaba quién sería aquella joven que le había hablado de manera tan extraña. ¿Se trataría de una simple hilandera o de una mujer del shide?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por una incesante llamada. Más allá del claro los ladridos de los galgos de Ferdia llegaban hasta él, incitándole a apresurar la marcha y a unirse al resto de los cazadores. Con toda probabilidad alguno de ellos habría acorralado a la codiciada presa con la ayuda de los perros, acosándola e intentando clavarle la punta de su lanza. El ulate pensó que no llegaría a tiempo para participar en la cacería y maldijo en voz alta el tiempo que había perdido hablando con la hilandera. Taloneó a su caballo y aferró con fuerza el mango de Gae Bolga, asegurando las correas de su escudo en su mano izquierda y lanzándose al galope, como si quisiera romper con su embestida una imaginaria línea de guerreros enemigos.
Al otro lado del claro se abría un denso bosque de hayas y abetos. Cuchulain distinguió a lo lejos una lucha feroz e implacable. Los gritos de los hombres se elevaban por encima del tumulto que causaban los perros, lo que le confirmó que el jabalí estaba oponiendo una fiera resistencia a sus acosadores.
Cuchulain se acercó a la refriega y contempló la escena. Un enorme jabalí de colmillos amarillentos y afilados como cuchillas hacía frente a las lanzas de Ferdia, Laeg y Natchrantal. El animal gruñía, incapaz de abrirse camino entre el brillo de aquellas hojas mortíferas. Y tampoco podía darse la vuelta y echar a huir, pues los enormes perros de caza le cerraban el paso, contenidos por las correas de cuero de los sirvientes de Ferdia. El ulate vio a Crínóg entre la jauría, un cuerpo negro y enorme destacándose en una maraña de pelajes blancos y grises.
—¿Quién abatirá a la pieza, mi señora? – le preguntó Ferdia a Maev.
— Yo mismo lo haré – dijo Lewy.
Ferdia miró a Maev y esta asintió con un leve movimiento de su orgullosa cabeza. El príncipe de Mumu se bajó del caballo y observó al jabalí. De pronto se dio cuenta de que Cuchulain había llegado y le dedicó una sonrisa sardónica, como si fuera un halcón a punto de abalanzarse sobre su presa.
— Mantenedlo bien sujeto – le dijo Lewy a Ferdia. – Con un solo golpe bastará.
Lewy levantó su brazo y lo extendió hacia atrás, dispuesto a ensartar la lanza en la cabeza del jabalí. El príncipe respiró con fuerza, preparándose para ejecutar un golpe fuerte y mortífero, pero el jabalí, que vigilaba sus movimientos con ojos astutos, se echó a correr hacia él con una rapidez tan asombrosa que dejó sin aliento a todos los presentes. El animal no solo había evitado las lanzas que le cerraban el paso, como si fueran simples juncos que crecieran a la orilla de un lago, sino que había embestido con un chillido ensordecedor a su rival, arrojándolo violentamente al suelo.
Despojado de su lanza e incapaz de desenvainar su espada, el príncipe de Mumu se debatía furiosamente con su mortal enemigo. El jabalí había clavado sus curvos colmillos en el muslo derecho de Lewy. El príncipe golpeaba al monstruoso animal con su escudo, asestándole golpes tremendos sobre su cabeza, pero la bestia hundía cada vez más sus colmillos en la carne de Lewy, haciendo que este se retorciera en medio de gritos de dolor y rabia. Aquella escena había ocurrido en un intervalo tan corto de tiempo que nadie había tenido la oportunidad de socorrer al príncipe, que tenía su cuerpo echado en tierra, con aquella bestia encima de él, desesperado por no poder quitársela de encima.
Entonces una lanza hendió el aire y se alojó con un golpe brutal y preciso en la cabeza del jabalí, rompiéndole el cráneo y derramando sus sesos en la hierba verde del bosque. El jabalí se derrumbó como una montaña gigante que se desploma y dejó de moverse.
Con un gran esfuerzo el príncipe se deshizo de los colmillos que desgarraban su carne y se levantó, sudoroso y jadeante, tapándose la herida del muslo con ambas manos para evitar que la sangre siguiera derramándose por su pierna. Maev y Aillil desmontaron de sus caballos y se acercaron a él, preocupándose por su estado.
— Ha sido un tiro excelente – comentó Aillil con admiración, mientras Cuchulain trataba de desalojar la hoja de Gae Bolga, que se había quedado incrustada en el cráneo del jabalí.
Mientras los sirvientes de Ferdia atendía las heridas de Lewy en el mismo lugar donde éste había caído, el príncipe de Mumu se dirigió con el rostro lleno de rabia a Ferdia, recriminándole el hecho de haber dejado escapar a la bestia antes de que él le hubiera asestado el golpe de gracia.
— No esperábamos que fuese tan rápido – dijo Ferdia, con cara de pocos amigos.
—¿Por qué debería creerte, Ferdia? – preguntó Lewy con malicia. – Es indudable que no me tienes mucho aprecio.
— ¿Acaso dudas de mi palabra? – le desafió el gigante pelirrojo.
— No sé qué pensar – le respondió el príncipe.
— Ferdia dice la verdad, príncipe – se apresuró a decir Natchrantal. – Esa bestia se ha movido con más rapidez que los rayos de Taranis en una noche de invierno.
— No hay por qué pedir disculpas – dijo Maev. – Todos hemos visto lo que ha ocurrido. Ese jabalí podría haber destrozado a un caballo con su embestida.
La reina se giró hacia Cuchulain y le miró fijamente. En sus ojos azules había una mezcla de respeto y admiración.
— La pieza es tuya, Cuchulain – dijo ella. – Tienes todo el derecho a reclamarla.
— Solo me quedaré con los colmillos, señora. Si no te importa me gustaría ofrecerte la piel como presente, para que no pienses que los ulates tenemos la lengua más afilada que nuestras espadas.
— La acepto con gusto – dijo Maev, con un brillo de odio en sus feroces ojos azules.
Los sirvientes de Ferdia despellejaron y descuartizaron allí mismo al jabalí con sus grandes cuchillos de caza, arrojando las vísceras y los despojos a Crínóg y a los demás perros que pululaban alrededor de la bestia caída. Maev examinaba las heridas de Lewy con rostro preocupado, temiendo por la vida del príncipe.
— El odio le dará fuerzas para sobrevivir – susurró Laeg al oído de Cuchulain.
— No me cabe duda – dijo el ulate. – No me tiene ningún aprecio a pesar de haberle salvado la vida.
— Le has humillado, hermano, y eso no lo olvidará nunca –dijo Ferdia. – Tendrías que haber dejado que el jabalí acabara con él.
— Quizá tengas razón. –dijo Cuchulain pensativo.
— Por cierto, ¿dónde te habías metido? Tu caballo corría como si los perros de Cernunnos lo persiguieran.
El ulate no le dijo nada a Ferdia acerca de su encuentro con la hilandera, pues sabía que su hermano no creía en los dioses y trataría de encontrar una respuesta más razonable a las preguntas que surgían en la mente de Cuchulain, pero Laeg era más perspicaz y se acercó a su amo una vez que Ferdia se hubo alejado para interesarse por la salud de Lewy.
—¿Dónde has estado, señor? Tenías la cara pálida cuando te vi llegar.
— Me encontré con una mujer que estaba hilando en el bosque, Laeg. Fue algo muy extraño. Jamás la había visto, pero ella me conocía y me llamó por mi nombre.
— Has hablado con una mujer del shide – dijo Laeg. – No sé lo que te habrá dicho, pero prefiero que no me lo digas. Sin duda quería decirte algo que estaba destinado solamente a ti y a nadie más.
Al día siguiente Maev regresó con su séquito a Rathcroghan. El príncipe Lewy cojeaba un poco, como consecuencia de las heridas que había sufrido en su pierna, y su rostro se contrajo en una mueca de dolor cuando subió al caballo. Un druida se había encargado de restañarle las heridas, dándole de beber una poción de hierbas para calmarle el dolor y aplicándole un vendaje de tela que le llegaba hasta la rodilla.
Cuchulain los vio alejarse bajo la pálida luz del amanecer, hasta que sus figuras se convirtieron en pequeños puntos que se desvanecieron en los bosques que crecían a orillas del lago.
— Creo que no ha sido una buena idea aceptar tu invitación – le dijo a Ferdia en los establos, mientras Laeg le daba de comer a los caballos. – Estoy seguro de que Maev utilizará nuestra amistad para perjudicarte.
— No le tengo miedo a Maev, y mucho menos a su marido. Aillil es un títere en sus manos. Es tan estúpido que ni siquiera sabe que Lewy se acuesta con su mujer.
—¿Cómo lo sabes? – le preguntó Cuchulain.
— Es un secreto que todo el mundo sabe en Rathcroghan. Algunas lenguas me han dicho que Maev no encuentra mucho placer en el lecho de Aillil y por eso lo busca en otros hombres. ¿No notaste las miradas de complicidad que ambos se lanzaban después de que Lewy hubiera sido embestido por el jabalí?
— No tuve tiempo de hacerlo – le dijo Cuchulain. – Estaba intentando recuperar mi lanza de los despojos del jabalí.
— Sigo pensando que no debiste salvarle el pellejo – dijo Ferdia. – Le has herido en su orgullo y no lo olvidará con facilidad. Incluso se atrevió a insinuar que habíamos dejado escapar al jabalí. Si no fuera porque Maev le protege le habría hecho tragar sus palabras con mi espada.
— Por lo menos Maev debería agradecerte el gesto – dijo Laeg. – Así podrá seguir disfrutando de los encantos de Lewy.
Ferdia se rió de manera estruendosa, dando una fuerte palmada en el hombro del ulate.
— Tu auriga tiene razón, hermano. Pero ten cuidado con Maev. Quizá algún día se presente en Emain Macha para devolverte el favor, ahora que sabe que tu lanza es más larga que la de Lewy.
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