—¡Tú haces la historia!
La voz de barítono de Slash Foggertone, el animador de “Haciendo historia”, se propagó a través de las redes infinitas. Millones rugieron frente a las pantallas de televisión. El rating estallaba.
En las calles, las tropas se aprestaron tras los campos-escudo.
Las tres alternativas preseleccionadas fueron presentadas por los panelistas, en medio de orquestaciones emotivas. Comenzó Auguste Hönnerweiss, arrugando el entrecejo de su rostro anguloso, enmarcado por cabellos lacios y grises. Mientras hablaba, el ceñido moño rojo se balanceaba al compás de su laringe prominente, aunque apenas movía los labios finos y lívidos:
—La primera opción es salvar a Celine Kashba, la actriz de fama mundial, que luego de ser brutalmente vejada, fue arrojada a través de la ventana de su apartamento del nonagésimo cuarto piso… —Detrás de él, se reproducían en Holo3D algunas de las escenas más calientes que había filmado Kashba—. Aunque los violadores ya purgan su condena en el Limbo, muchos creen que Hollywood ya no será lo mismo sin Celine y sus grandes… —Hönnerweiss gesticuló abriendo sus manazas venosas. Slash se apresuró a completar la frase—. ¡Senos! ¡Sus grandes senos! ¿Eso querías decir, Auguste?
—Es lo mismo.
—¡Ja, ja! ¡Así es Auguste…! —y en todo el estudio resonaron las risotadas que siempre coreaban las ocurrencias de Foggertone.
—¡Tu turno, Madeleine!
Madeleine Sánchez habló meciendo sus bucles magenta frente a las cámaras, sonriendo todo el tiempo. Distraídamente, pellizcaba el falso lunar de su pómulo izquierdo: su chip anticronolepsia. El tic premonitorio hacía delirar al público.
—La segunda opción es alterar la premiación en los MTV Music Awards. Evidentemente, el público cree que Baby Flashwood no es la estrella más brillante en el cielo sobresaturado del pop…
En la ciudad, el rugido de la turba empezaba a retumbar. Era una avalancha de ondas subsónicas que aplastaba los oídos de los soldados, que les golpeaba en el pecho. En respuesta, el siseo de los campos-escudo recrudeció.
Madeleine seguía bamboleando sus rizos nacarados:
—…entonces, ¿quién debería haberse llevado las cuerdas vocales clonadas y bañadas en oro de 24 quilates de Janis Joplin? ¡Hoy lo sabremos, cuando el público decida!
—¡Tu turno, Iashira! —espetó Foggertone, manteniendo el ritmo precipitado del show farandulero.
El travesti cincuentón frunció los labios saturados de colágeno: los estiradísimos músculos faciales electrodepilados y entumecidos por el botox no le permitían una mejor sonrisa. La música se volvió sensiblera, mientras las imágenes en Holo3D mostraban la fatal explosión de un 767.
—Querido Slash, la tercera opción es impedir la trágica muerte de los médicos que volaban a Nueva Biafra para socorrer a las multitudes de indigentes…
Los manifestantes llenaron las calles. Enarbolaban los carteles de siempre. Con letras pintadas desmañadamente con aerosoles rojos y negros, rezaban: DEVUELVAN A LOS DESAPARECIDOS Y PRESOS POLÍTICOS. Otros pregonaban una interminable lista de nombres, a los cuales se los había intentado borrar de la historia vez tras vez.
—¡Ya tenemos sobre el tapete las tres posibilidades preseleccionadas, hacedores! Ahora ustedes decidirán cuál es el cambio que mejorará nuestra realidad… ¡Haremos una breve pausa comercial, y enseguida regresamos! ¡Hora de votar, hacedores de historia! —Foggertone casi gritaba frente a las cámaras, mientras el crescendo de la música aumentaba. Luego, las propagandas inundaron las pantallas, en tanto los televidentes colapsaban las redes con sus votos.
Durante los comerciales, Foggertone apostó:
—Quinientos dólares a que salvan a Kashba.
—Mis quinientos van para los chicos de Nueva Biafra —retrucó Iashira.
—La gente quiere tetas, no caridad —dijo Hönnerweiss.
—¡Ajá! ¡Quiere tetas de verdad! Al igual que tú, Iashira… —Madeleine seguía acariciando su lunar. El travesti la incineró con la mirada, mientras una voz gritaba en los auriculares de todos:
—¡Atención! Al aire en: cinco, cuatro, tres…
Y sonaron fanfarrias de sintetizador.
—¡Estamos de regreso, hacedores de historia! Y muy expectantes… —Foggertone escuchó la voz metálica dentro de su oído—. ¡Ya tenemos el resultado de la votación…! —exclamó, mirando a la cámara—. ¡Turbocronión encendido! ¡Estamos a punto de hacer historia! —Y esta vez los samplers desgranaron una cadencia apoteótica.
Quienes estaban en el estudio televisivo, y aún la mayoría de los espectadores detrás de las pantallas, activaron sus chips para evitar los vahídos cronolépticos, propios del reflujo temporal que generaba la máquina extraordinaria.
Apenas se percibió una leve trepidación…
Y entonces Nueva Biafra se quedó sin ayuda médica.
Y a pesar de no ser la favorita, las cuerdas vocales de la diosa blanca de blues continuaron en poder de Baby Flashwood.
Pero Hollywood recuperó su busto más taquillero.
Aún así, los violadores fueron perseguidos, arrestados y confinados en el Limbo nuevamente. Se había comprobado la concreción de su potencial acto delictivo en una línea temporal desechada por la mayoría. Y, aunque las consecuencias habían sido eliminadas, el germen que lo había consumado seguía infestando esas mentes criminales. La televisión se enorgullecía de fomentar el civismo y de consolidar la democracia, de brindar seguridad al pueblo y de entretenerlo. En fin, se ufanaba de ser el mejor gobierno de los últimos tiempos… El Primer Mandatario Slash Foggertone sonrió al pensar en la ironía de la frase. ¿Cuáles serían los últimos tiempos, si disponían del turbocronión para cambiar los eventos indeseados, para entretener a los ciudadanos? Borrón y cuenta nueva. Claro, aún estaba pendiente ese asunto de las manifestaciones masivas, un ítem más en una larga lista de usos secretos que el gobierno hacía del artefacto.
Las luces del estudio se apagaron. Ajenos a las cavilaciones del Primer Mandatario, los ministros del gabinete seguían apostando. Esta vez, sobre las alternativas preseleccionadas para el programa del día siguiente.
En las calles, los soldados reprimieron y arrestaron a los revoltosos violentamente, según se les había ordenado. Pronto los furgones estuvieron llenos. Mientras los reflujos temporales inducidos no acabaran con esos agitadores, seguirían recurriendo a los siempre efectivos centros de detención.
Y se preguntaron nuevamente cómo era posible que el turbocronión nunca lograra eliminar del todo a los manifestantes y sus malditas pancartas. Por el contrario, parecían multiplicarse cada vez.
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