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Relato Fantástico: Aquel que Perdía su Nombre
Él no lo sabe. Ni tan siquiera recuerda quien es. Pero, cuando el Equilibrio entre Sueños y Pesadillas se encuentra en peligro, Aquel que perdió su Nombre recobra el poder que antaño le fue otorgado para restablecer la paz en el Mundo de los Sueños, donde el Destino de los Hombres, sus anhelos y temores, sus miedos y esperanzas, luchan para hacerse Realidad.
Por Oscar Martínez

Relato Fantástico - Aquel que Perdía su Nombre Dolor…
Aquello era lo único capaz de sentir en aquellos momentos…
Un intenso y punzante dolor: febril, desconocido, ajeno y onírico en primera instancia; extrañamente consabido, placenteramente familiar a medida que iba tomando conciencia de él.
Y, a pesar de sentir sus músculos agarrotados, a pesar del resquemor que nacía de cada una de las heridas sufridas durante el combate, sabía que no se trataba de un dolor físico.
Pero tampoco de un estado anímico.
No…
Aquello era algo más…
Aquello era algo más que un mero desvarío del alma desatado por aquel sinsentido, por aquella carnicería que sus ojos se obstinaban en mostrarle con total impudicia.
¿De donde procedía, pues, si no pertenecía ni a cuerpo ni a alma?
No sabría decirlo.
Tan sólo sabía que estaba predestinado a él, que podía sentirlo en la boca de su estómago quemándole como un aguardiente mal digerido, como un suave puñal en los brazos de una amante abriéndose paso lenta, silenciosamente, por la carne adormecida.
Era… era… como un profundo desgarro en el alma.
Sí, exacto.
Podía sentir cómo se desangraba por dentro, cómo sus esperanzas, sus sueños y anhelos manaban de una herida que jamás cicatrizaría.
Y, con ellos, su propia Existencia.
Cabizbajo, deambuló sin rumbo por aquel desierto de hielo cubierto por un manto de cadáveres, cuya podredumbre había atraído ya el insano apetito de los buitres; arrastrando la espada tras de sí, como un arado sin rumbo, su mirada recogía horrorizada las semillas de una destrucción que había germinado tras una siembra que se veía incapaz de recordar.
El mundo daba vueltas a su alrededor.
El viento silbaba, airado, arrancando polvorientas nubes de nieve de los riscos de las Montañas Blancas, y allá donde fijara la vista, Sueños y Pesadillas yacían, inertes, exangües, como desbaratadas muñecas de trapo.
Hincó la rodilla en la nieve, acotando el rostro, y murmuró algo.
Quizá una oración.
No.
No se trataba de una oración.
¿Quizá una súplica?
No. Tampoco…
Puede que no fuera sino un llanto contenido, una blasfemia por la fatalidad de un pathos irremediablemente injusto.
Quién sabe…
Ni tan siquiera él sabía lo que rondaba por su mente en aquellos momentos.
Alzó nuevamente el rostro y, entre espasmos, volvió a mirar a su alrededor con la esperanza de que todo aquello no hubiera sido sino una febril alucinación, pero Sueños y Pesadillas continuaban yaciendo ante él, como si la peste hubiera arrasado aquel lugar que, desde aquel mismo instante, quedaría maldito en la memoria del Mundo de los Sueños.
Pero, ¿qué había ocurrido?
¿Se habían matado entre ellos, o era él el artífice de semejante carnicería?
¿En qué bando había luchado?
¿Cual había sido la Causa de la disputa?
No lograba recordarlo.

Relato Fantástico - Aquel que Perdía su Nombre Fragmentos segmentados de recuerdos taladraban su memoria, suficientes para perturbarle, aunque demasiado exiguos como para darle un sentido, una explicación, a todo aquello.
No había banderas, no había estandartes, no había armas en el suelo… Pero su espada estaba tiznada de muerte: roja y reseca muerte cuya hiel todavía podía degustar en sus labios.
Pero… ¿Cómo?
¿Qué demonios había ocurrido allí?
¿Había sido él, finalmente, el ángel exterminador?
Un lánguido murmullo comenzó a alzarse en lo más profundo de su ser.
Cayó de rodillas al suelo, llevándose las manos a los oídos.
- ¡Basta! –gritó-. ¡Ya basta!
Los muertos susurraban en su mente algo ininteligible, algo perturbador e incomprensible y al mismo tiempo ya conocido; para su propia sorpresa, blandió la espada con la recuperada habilidad de antaño, los dientes apretados rechinando por la ira, y avanzó, trastabillando, hacia el inabarcable muro de roca que se alzaba al norte.
- ¡No! –gritó desde lo más profundo de su ser, cortando furioso el aire con su espada-. ¡¡No!! –se desgañitó, las venas remarcadas en la piel violácea del cuello, el acero chisporroteando al impactar con la piedra-. ¡¡¡No!!!
Del filo de su arma emergió entonces un haz azulado, una débil neblina de primigenio poder que cegó por unos instantes sus ojos, abiertos ahora de par en par ante la súbita certeza de que aquello era, de manera irrefutable, lo que el Destino había deparado desde siempre para él.
Había nacido para ello.
De repente, sin saber el motivo, ya no albergaba duda alguna.
Debía hacerlo. Estaba escrito.
- ¡No! –gritó, haciendo estremecer la nieve en las cumbres de las Montañas Blancas-. ¡Salid de mi mente!
Y, entonces, atravesó la roca.
Nunca sabría el por qué; tan sólo que debía hacerlo.
No hacía falta nada más.
La espada cortó la piedra, abriendo una brecha en aquel muro natural, dejando ver un inmenso manto de nieve a través del polvo, una vasta planicie que iba descendiendo hasta fundirse con los árboles y la hierba de un adusto bosque.
Allá en el horizonte, un río surcaba un verde prado bañado por el sol.
De pronto, sintió de nuevo la Esperanza, cálida como una brisa de estío, protectora como el regazo de una madre, y el idílico sopor de la satisfacción embriagó por un glorioso instante sus sentidos.
Pues ante él nacía un nuevo día, un nuevo mundo, un nuevo despertar.
Si bien no para él, ni para los muertos cuyo plañir retumbaba en su cabeza en un aterrador y eterno eco de encono y rencor; aquellos muertos que, por algún oscuro motivo, supo en aquel mismo instante que jamás lo abandonarían, que jamás dejarían de instigarle, de bendecirle, de amarle y perturbarle hasta precipitarlo al negro abismo de una locura que el Destino, cruel e implacable, había elegido para él mucho tiempo atrás.
Pues nada de lo que hacemos es en vano.
Durante unos preciosos momentos, pudo ver el mundo sin prejuicios, sin ataduras, sin rencores, sin miedos ni dudas terrenales. Pudo sentir el mundo libre de la fatalidad humana, redimido de la vil abyección de la mortandad, exento de todo aquello que nos hace efímeros y perecederos. Vio entonces a los Hombres sin su mortaja de arrogancia, despojados de su armadura forjada en odio y pavor: títeres que se creen titiriteros, peones en un tablero de ajedrez cuyas reglas jamás comprenderán…
Y, tras ello, se cernió la oscuridad.
Pasaron las horas, los días… Quizá los años.
Quién sabe.
Abrió los ojos, apagados y empañados en unas lágrimas confusas, mezcla de pavor y bienestar, protegiéndolos del doloroso resplandor de los Tres Soles reflejándose sobre la nieve inmaculada.
Miró una vez más a su alrededor y, ésta vez, ya no sintió nada.
Ya no vio nada.

Relato Fantástico - Aquel que Perdía su Nombre Tan sólo la Brecha se cernía ante él.
La Brecha, y aquel hiriente manto de nieve.
Entreabrió los labios, confundido, depositando su mirada en el arma que por algún extraño motivo empuñaba: su filo era reluciente, puro y virgen, y se hundió en la nieve sin el más mínimo esfuerzo al dejarla caer.
Errante, dio unos pasos hasta cruzar la Brecha, atesorando en su memoria aquel lugar que parecía confundirle, extraño y conocido, idílico y maldito al mismo tiempo, como si una voz ajena a los muertos clamara que algo había desaparecido del escenario de aquel teatro; volvió la vista atrás, buscando en la nieve la empuñadura de una espada que ya no estaba, y negó con la cabeza, contrariado.
Sabía que se le escapaba algo, sabía que debía recordar alguna cosa trascendente, pero nada lograba rescatar de las profundas y turbias aguas de su memoria.
Algo terrible había ocurrido en aquel paraje extrañamente inmaculado.
Podía percibir su historia, palpar la tragedia acontecida en cada pisada que se hundía en la nieve en un débil crepitar.
Pero las voces de los muertos le tranquilizaron.
Todo ha acabado, decían.
Ya está hecho.
Un nuevo día, un nuevo mundo, un nuevo despertar empieza.
Pero, ¿qué hacía él allí?
¿Dónde estaba?
¿Quién era?
Giró sobre sí mismo hasta caer de rodillas, observando, aterrado, unas manos que le eran desconocidas, unas vestimentas que no lograba reconocer, unas joyas que no recordaba haber lucido.
Y entonces, gritó.
Gritó con toda su alma, como un animal moribundo, como un recién nacido al que le aterra el mundo que se le muestra por primera vez.
Pero las voces de los muertos, aquellas voces, volvieron a tranquilizarle.
Por fin, todo ha acabado, decían.
Ahora tan sólo debemos vagar.
Sin pesares, sin recuerdos, sin dudas, sin preguntas, sin dolor.
Sin Nombre…
Tan sólo nos queda vagar por toda la eternidad.
Sin Nombre, sin Destino.
Todo ha acabado.
Respiró hondo, poniendo los brazos en jarras y negando una y otra vez con el semblante acotado; se llevó las manos al rostro, enjuagando unas lágrimas aparentemente sin sentido, y perfiló con las yemas de sus dedos la cicatriz que surcaba su tez, desde la ceja hasta la mejilla.
Se dio por última vez la vuelta, observando con mirada adusta la extraña neblina azul que rodeaba ahora la Brecha, magnificente y ancestral, antes de proseguir nuevamente con su camino.
- Todo ha acabado –dijo para sí, mientras descendía con paso decidido la ladera en dirección al bosque-. Toda ha terminado, sea lo que sea.
Sí, dijeron las voces de los muertos.
Hasta que vuelvan a llamarnos.
Hasta que todo vuelva a empezar.

Oeperchshaun

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de enero del 2008