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Ciclo Robert E. Howard: El Señor de Samarcanda (VI)
“La abrasada gloria que ha brillado
Entre las joyas de mi trono,
¡Halo infernal! Y con dolor
Ningún infierno me hará tener miedo otra vez.”

Poe: Tamerlán
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (VI) Capitulo 6

El poder del Osmanli estaba roto, las cabezas de los emires se apilaban ante la tienda de Timur. Pero los tártaros avanzaron; tras los talones de los turcos en fuga asolaron Brusa, la capital de Bayazid, arrasando por las calles a espada y fuego. Como un torbellino llegaron y como un torbellino se fueron, cargados con los tesoros de palacio y con las mujeres del desaparecido sultán del serrallo.
Cabalgando de vuelta al campamento tártaro junto a Nur ad-Din y Ak Boga, Donald MacDeesa supo que Bayazid vivía. El golpe que le había echo caer solamente le había aturdido, y el turco fue capturado por el emir del que se había mofado. MacDeesa maldijo; el gaélico estaba polvoriento y sucio por la dura cabalgata y la aún más dura lucha; sangre reseca oscurecía su cota y se coagulaba en la boca de la vaina de su espada. Un enrojecido pañuelo rodeaba su muslo como rudimentario vendaje; sus ojos estaban inyectados en sangre, y sus finos labios estaban congelados en una mueca de furia guerrera.
«Por dios, hubiera pensado que ni un buey habría sobrevivido a ese golpe. ¿Ha sido crucificado, como había jurado hacer con Timur?»
«Timur le dio una buena bienvenida y no le causo herida alguna», respondió el cortesano que había llevado las noticias. «El sultán lo sentará en el banquete».
Ak Boga sacudió su cabeza, él era misericordioso excepto en el furos de la batalla, pero en los oídos de Donald resonaban los gritos de la carnicería de los cautivos de Nicópolis, y soltó una breve carcajada; una carcajada nada agradable de escuchar.
Para el fiero corazón del sultán, la muerte era más simple que sentarse como un cautivo en el banquete que siempre seguía a las victorias de los tártaros. Bayazid se sentó como una lúgubre imagen, sin hablar; no parecía oír el retumbar de los tambores, el rugido del bárbaro jolgorio. En su cabeza estaba el enjoyado turbante de soberano, en su mano el cetro engarzado de gemas de su desaparecido imperio.
No tocó la gran jarra dorada que estaba ante él. Muchas, muchas veces se había refocilado en la agonía de los conquistados, con mucha menos misericordia de la que le era mostrada en este momento; ahora el extraño sentimiento de derrota le tenía petrificado.

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (VI) Observó fijamente a las bellezas de su serrallo, quienes de acuerdo a la costumbre tártara, temerosamente servían a su nuevo señor: judías de negros cabellos con ensoñadores y profundos ojos; ágiles y pequeñas circasianas y rusas de pelos dorados; griegas de ojos negros y mujeres turcas con siluetas como Juno... todas desnudas como el día que vinieron al mundo, bajo los ardientes ojos de los señores tártaros.
Había jurado violar a las esposas de Timur, pero el sultán se retorció cuando vio a Despina, hermana de Peter Lazarus y su favorita, desnuda como el resto, arrodillada y temblando de miedo al ofrecer a Timur una jarra de vino. El tártaro ausentemente alargó sus dedos hasta sus dorados mechones y Bayazid sintió como si aquellos dedos hubieran apretado su propio corazón.
Y vio a Donald MacDeesa sentado junto a Timur, sus sucias y polvorientas prendas contrastando con el esplendor de oro y sedas de los señores tártaros; sus salvajes ojos ardían, su oscura faz era más salvaje y apasionada que nunca mientras comía como un lobo hambriento y vaciaba copa tras copa de vino. Y el control de hierro de Bayazid se quebró. Con un rugido que sobrepasó el clamor de los tambores, el Atronador sacudió verticalmente, rompiendo el pesado cetro como una cáscara entre sus manos y esparciendo sus fragmentos por el suelo.
Todos los ojos se volvieron hacia él y algunos de los tártaros se pusieron rápidamente entre él y su Emir, quien simplemente le miraba impasible.
«¡Perro y engendro de una perra!» rugió Bayazid. «¡Viniste a mi como alguien necesitado y yo te protegí! ¡La maldición de los traidores caerá sobre tu negro corazón!»
MacDeesa se levantó, desparramando copas y bandejas.
«¿Traidor?», gritó, «¿son seis años demasiados para que olvides los cadáveres sin cabeza que dejaste en Nicópolis? ¿Has olvidado los diez mil cautivos que asesinaste allí, desnudos y con las manos atadas? ¡Yo luché allí contra ti con el acero; pero desde entonces lo he hecho con la astucia! ¡Idiota, desde el momento en el que marchaste desde Brusa, estuviste maldito! Fue lo que les dije en voz baja a los kalmiquios, quienes te odiaban; así que se pusieron contentos y parecieron servirte. A través de ellos me comuniqué con Timur desde el momento en el que abandonamos por primera vez Angora, enviando jinetes sucesivamente en secreto o fingiendo salir a cazar antílopes».
«A través de mi, Timur te engañó. ¡Incluso introdujo en tu cabeza tu plan de batalla! ¡Te enredé en una red de verdades, sabiendo que tú sólo seguirías tu propio camino, sin tener en cuenta los que yo o cualquier otro dijera. Sólo te conté dos mentiras: cuando te dije que buscaba vengarme de Timur, y cuando te dije que el emir esperaría en las colinas y caería sobre nosotros. Antes de que comenzara la batalla, yo ya sabía lo que Timur deseaba, y tras mi aviso caíste en una trampa. Así que Timur, quien había elaborado el plan, conocía tus movimientos por mí, y sabía de antemano cada movimiento que ibas a hacer. Pero al final, dependía de mí, por eso fui yo quien volvió contra ti a los kalmiquios, y sus flechas en la espalda de tus jinetes inclinaron la balanza de la batalla en gran medida.

¡He pagado cara mi venganza, turco! Hice mi parte bajo los ojos de tus espías, en tu corte, en cada momento, incluso cuando mi cabeza se tambaleaba con el vino. Luché para ti contra los griegos y fui herido. El la salvaje travesía del Halys, sufrí como el resto. ¡Y hubiera ido a través del más profundo infiernos para hacerte morder el polvo!»
«Sirve a tu señor como me has servido a mi, traidor», le recriminó el sultán. «Al final, Timur de una sola pierna, lamentarás el día que tomaste entre tus manos desnudas a esta víbora. ¡Si, puede llevaros a cada uno de vosotros hasta la muerte!»
«Tranquilízate, Bayazid», dijo Timur impasiblemente. «Lo que está escrito, escrito está».
«¡Si!», respondió el turco con una terrible carcajada. «¡Y no está escrito que el Atronador viviría como un bufón para un perro mutilado! ¡Cojo, Bayazid te saluda y se despide!»
Y antes de que nadie pudiera sujetarle, el sultán agarró un tallado cuchillo de la mesa y se lo incrustó hasta la empuñadura en su garganta. En un instante se desplomó como un impresionante árbol, rezumando sangre, y entonces se derrumbó estrepitosamente. Todos los sonidos se acallaron entre la multitud aterrorizada. Una lastimera lágrima brotó de la joven Despina, quien se arrojó sobre sus rodillas, y cogió la leonina cabeza de su sombría señor y se la llevó a su desnudo pecho, sollozando convulsivamente. Pero Timur se acarició la barba mesuradamente y medio abstraído. Y Donald MacDeesa, sentándose de nuevo, tomó una gran copa que irradiaba reflejos a la luz de las antorchas, y bebió profundamente.

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (VI)

Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de marzo del 2007