ADVERTENCIA
Epáristus, el gran erudito del Mundo Conocido; dedico toda su vida a investigar las guerras antiguas sucedidas en
la segunda era del tiempo. Se le atribuye a Epáristus el encontrar los documentos perdidos que registraron las primeras invasiones de Canophulus a los países nacientes.
El erudito, con base a los descubrimientos hechos en los documentos antiguos, escribió cuatro pequeños libros que resumían las guerras primitivas que dieron origen al imperio de Ígneos, el más largo reinado del Mundo
Conocido: La Edad Oscura.
El libro de la conquista de los cuatro tronos fue escrito en la lengua común a mediados de la quinta era del tiempo. Epáristus, salvaguardo el libro por años en la ciudad de Zorazath hasta su muerte. Luego el libro pasó a
Ceraf, el rey de Zorazath quien lo declaro gran tesoro de su reino.
Pero después de las guerras de Zorazath contra el reino de Merzarazath, el gran texto fue robado y luego separados sus cuatro libros, los cuales se perdieron en manos de los comerciantes poderosos del Mundo
Conocido; hasta que 100 años después, el mago del Norte los logro reunir, conservando para él tan valioso tesoro.
LIBRO I
EL PRIMER TRONO
El libro de los manuscritos del anciano Lotvart.
“Del señor de Amorgorog-Sibat, la conquista de Arag-Utum y la caída del primer trono”
ADVERTENCIA
He aquí el único libro escrito basado en los documentos del anciano Lotvart, el último rey de la nueva Itita, la que surgiría después de la guerra de las tribus en contra de Ígneos y la que seria derrocada por los pueblos venidos del extremo Este. Han sido para mí muy útiles estos versos ya que con ellos he conocido los cuentos que se narraron acerca de la llegada de los hechiceros de Amorgorog-Sibat a las tierras fantásticas de Arag-Utum.
La ciudad de Arag-Utum surgió de las tribus de pescadores del Mar del Norte que encontraron en aquel lugar un buen sitio para desarrollar su comercio, en principio fue una aldea sencilla de casas de madera que después se convirtió en un pequeño pueblo. Con la unificación de las tribus en aquella zona, la ciudad paso a ser la capital del reino del Norte, entonces Farell primer rey de la unificación decidió convertirla en su capital forjando los cimientos del castillo en las colinas bajas que quedaban cercanas a la costa. Allí fue llamada por él la ciudad del viento y del mar, la hermosa joya de la costa, Arag-Utum, capital de uno de los reinos más ricos del Mundo
Conocido.
“…Y las tribus antiguas formaron reinos, y los reinos formaron países, y con la formación de los cuatro países llego el fin de la primera era del tiempo…”
Aquella mañana arreciaba el sol del verano en la ciudad de Arag-Utum. El cielo estaba despejado con el fondo azul profundo adornado delicadamente por los cuerpos amorfos de las nubes blancas. Pero aquello no era lo que llamaba la atención de los habitantes de la ciudad.
Era una columna densa de humo grisáceo que brotaba del horizonte como una serpiente en busca del cielo alto, lo que los mantenía mirando al vespertino firmamento.
Los pescadores del mar profundo habían visto en la mañana el volcán de la isla mayor de
Amorgorog vomitar humo y fuego, moviendo la tierra con furia. Los pobladores de la ciudad encumbrada en una pequeña colina, sufrían por la angustia que les había producido el terremoto que los levanto de sus camas en aquel día. Muchos se asomaban por las pequeñas aberturas de sus ventanas de madera de cedro para ver la serpenteante columna de humo que cada vez se hacia más grande y empezaba poco a poco a tomar la forma de un hongo. Otros, en cambio, permanecieron en la plaza de la ciudad temerosos, pues la tierra se seguía agitando como si estuviese viva. Pero en el fondo, no era aquello lo que les angustiaba, sino los rumores que durante años habían existido sobre aquella isla, rumores que aun conmovían los frágiles corazones invadiéndolos de un miedo frío y desesperante.
Años atrás al pequeño puerto de Arag-Utum, llego un barco de dos velas grandes hechas de una tela en apariencia gruesa que nadie en el Mundo Conocido había visto antes. La forma del barco llamo la atención, era de mediano tamaño, hecho de madera oscura y calafateado con brea. No tenía remos, ni tripulación, algo más que el viento parecía mover tal mole, algo tan oculto y misterioso como los símbolos que adornaban toda la cubierta como si fuese la runa protectora de algún reino perdido. Eran tres triángulos dorados entrelazados entre sí encerrados en un círculo. Tan bello, tan perfecto, que los ojos no se empalagaban de ver la perfección con la que habían sido hechos.
Los guardias del reino se acercaron, los pescadores se agolpaban curiosos esperando la tripulación del monumento. Pero no había nadie en cubierta. Habitaba solamente un vacío estremecedor en la barca gigantesca. No había capitán, ni marinos, ni animales. Todo permanecía envuelto por el silbido poderoso del viento que hinchaba las velas como el rosado buche de un sapo. El barco se anclaba en el puerto como si estuviese vivo. Los guardias retrocedieron, los marineros empezaban a temer de aquel acto. El misterio se hacia eterno a medida que las nubes cubrían la luz parda del sol de la tarde-noche. De pronto, unas sombras reptaron por la cubierta, unos hombres encapuchados de negro aparecieron sosteniendo largas varas de madera. Todos llevaban brocadas en sus ropas de talar, el mismo símbolo enigmático que adornaba el barco.
Sus rostros no se veían, era como si fuese sombras y no carne lo que envolvían aquellas capas.
Sostenían lámparas en cuyo interior destellaba refulgente una llama blanca y pálida como la estrella de la tarde. De pronto, una niebla espesa se apodero del aire, era fría y densa, se metía en los pulmones y los asfixiaba con su gélida presencia. Los pescadores se quedaron inmóviles al igual que los temerosos soldados que parecían las estatuas con la que estaba adornada la entrada al bello muelle del puerto.
Las sombras pasaban como llevadas por el aire frío que mecía la niebla que poco a poco empezaba a cubrirlo todo con el misterio de lo oculto. No había rostros que divisar en aquellas formas que pasaban sigilosas en una procesión perfecta, lúgubre. Sostenían sus largas varas de madera bermeja a la vez que cargaban las lámparas alargadas que llevaban en su interior la luz blanquecina. Sus pies no tocaban el suelo, flotaban a pocos centímetros como almas penando una condena en un mundo que no les pertenece. Los pocos que los observaron cerraban sus ojos mientras pasaban por las calles empedradas de la ciudad. Tomaron el camino del Sur que conduce al Gran Bosque y más allá a Kramicrogseum, la capital del país del Sur. Nadie preguntó nada, pues en el fondo sabían quienes eran aquellos hombres de misterio: los brujos de Amorgorog-Sibat.
Se decía que en la creación de todo lo visible, los grandes sabios encerraron a Ordorug, el señor de las sombras, en el interior del volcán de Sibat donde nunca más saldría su oscuridad a invadir la vida de los hombres.
Allí estaban, allí quizás han estado siempre. Nadie sabe de donde salieron ni como han vivido largos años en aquella isla maldita, la mayor de las tres de Amorgorog. Poco se escribió de ellos en las primeras exploraciones, pues los escasos hombres que regresaron de aquella gesta repitieron la misma historia como si la hubiesen puesto en sus mentes con las mismas palabras y el mismo temor.
Hablaban de ancianos vestidos con ropajes negros hechos de algo parecido a la seda, bailaban en la penumbra iluminados solo con la luz dorada que salía de sus largas varas, y algunos con bolas de fuego que no se consumían. Decían que el volcán de Sibat hablaba con voz horrible, como si una presencia profunda gritara con voz de trueno en su interior. Ellos la atendían, ellos la veneraban con las mismas palabras antiguas, gritaban como locos y a medida que gritaban las estrellas bailaban en el cielo, y el cielo se movía tan rápido, que en un solo instante amanecía y anochecía varias veces; porque allí no había tiempo, ni luz, ni oscuridad. Lo único cierto allí era esa voz que retumbaba desde el interior del volcán, esa presencia poderosa que hacía que el mundo se trasformase, y que le daba poder a los ancianos de ropas negras y varas largas, el señor de Amorgorog-Sibat, el mismo Ordorug, era quien hablaba desde lo más profundo de los abismos de la tierra.
Muchos de los exploradores no vivían más que un día después de contar la historia del señor de Amorgorog-Sibat. Amanecían frígidos en sus camas, como si el alma les hubiese sido robadas la noche anterior, como si una maldición rondara en sus cuerpos, tan extraña, tan oculta en su ser, como los mismos cuentos lúgubres que traían sus palabras. Si, morían y nadie supo más de aquella isla, solo que allí vivían unos brujos que adoraban a Ordorug, el señor de
Amorgorg-Sibat.
Todos temieron la presencia de los encapuchados aquella noche. Pocos salieron de sus casas y los que se aventuraron a ver por las ventanas no podían distinguir más allá de lo que la niebla les permitió ver.
Al día siguiente el barco no estaba en el puerto. La noche se lo había llevado junto con la niebla. Los brujos no estaban, nadie daba razón de su partida, pero si de su destino. Los rumores crecieron, los guardias les había visto pasar en la aldea de Olumenor cerca al gran bosque, pasaron como volando en el aire, impulsados por algo más que sus pies, arrastrando a su paso cantos y rezos que nadie entendía. Llevaban un bulto pequeño, un infante de pocos días de nacido, lo supieron por el llanto seco que retumbaba contra las montañas. Un llanto aturdidor, un llanto frío y pavoroso, más profundo y desconcertante que los rezos incomprensibles de los hombres encapuchados. De eso ya cuarenta inviernos. Desde aquellos hechos nadie supo nada que proviniese de aquella isla. Hasta el día en que el volcán Sibat erupcionó. Solo ese día la ciudad de Arag-Utum sembró sus ojos de nuevo en dirección al horizonte donde se encuentran las tres islas de Amorgorog.
La ciudad de Arag-Utum es la capital del país del Norte. Fue fundada sobre una colina cercana a la costa del frío mar del Norte. Allí, en lo más alto de la verde colina yace el castillo de blanca piedra y techos dorados. Tres torres tiene la ciudadela desde donde reina Ephiras, el señor del trono del Norte, soberano del país más grande y más rico del entonces Mundo Conocido. El reino de Ephiras se extendía desde la cordillera de Asoreth hasta los lindes del Gran Bosque.
Eran de su dominio también la gran montaña blanca en cuya cima se dice, se pueden ver en el verano las ciudades de los cuatro países, incluyendo a Itita, la más escondida. También las islas del Archipiélago de Verilett y las tres islas de Amorgorog. Y más allá nada, pues después de aquellas tierras en medio del mar, se extiende el gran abismo donde según se creía desembocaba el mar hacia la oscuridad eterna del vació. Pocos habían visto el abismo, pero cierto era que existía el fin del horizonte.
El país del Norte era el más poblado, las aldeas quedaban cercanas a la capital salvo Olumenor, la más sureña de todas. La economía del país venia del mar y de los tesoros de las minas que había en las altas montañas de la cordillera de Asoreth al Sureste de Arag-Utum, de la agricultura y la herrería que al igual que la de Itita, era famosa en el Mundo Conocido.
Famoso también era aquel país por tener a su servicio el ejército más grande de los cuatro países. Aunque tal poder no había sido creado para la guerra, sino para mantener el orden en la bastedad de su territorio. El Mundo Conocido no vería jamás hostilidad alguna, pues los soberanos reyes de los cuatro países firmaron al acuerdo de Sisergath, en el cual se preservaría la paz y la hermandad entre los territorios. Más aun el imponente ejército del Norte era visto con recelo por los otros países, su presencia era una amenaza permanente para los pueblos libres de aquel tiempo.
La fumarola del volcán había tomado forma de hogo deforme por el impulso del viento.
Pronto seria vista desde Sisergath la capital del país del Oeste. En las montañas de la cordillera de Asoreth, en las aldeas fundadas en la cuesta inclinada de las montañas, ya era visible la fumarola amorfa. Allí se había sentido el estruendo de la tierra con mayor fuerza. El rugido de la erupción fue llevada por el viento a sus oídos acostumbrados al silbido brioso del aire en las montañas, pero aquel estruendo fue horrible, era como si una enorme caña se hubiese desquebrajado, como si una voz poderosa emergiera del interior de la tierra y los hubiese amenazado. Ellos también temían a los brujos y creían, como todos en el país del Norte, que aquella era una señal de las cosas terribles que iban a venir. Era él, el señor de Amorgorog-Sibat y sus brujos negros los culpables de tal desastre. Eso decían aquellos que infundían el miedo en los demás, los más creyentes de las cosas que en aquella isla ocurría.
Pronto, la historia de la visita de los brujos tomaba fuerza de nuevo. El miedo irrumpía cada oído que la escuchaba. Muchos trataban de escapar de las palabras mortificantes de los especuladores, pero era imposible tratar de pensar en otra cuestión, y más aun, cuando los temblores continuaban con cierta regularidad, recordándoles en cada estrujón de la tierra sólida, la pesadilla humeante que se veía en lo alto de los cielos.
El rey ordeno a todos refugiarse en sus casas. Quería evitar que el pánico continuara desvariando a los ciudadanos de Arag-Utum, quería evitar que aquel miedo se convirtiera en un monstruo anárquico incontrolable. Aunque en el fondo él mismo sintiera una zozobra tan terrible como la que sentían todos su súbditos en aquellos momentos de misterios ocultos y preguntas a medio responder.
El cielo se nublaba cada vez más, el sol sucumbía eclipsado por el humo negrusco que brotaba de la isla y se esparcía en el cielo como un demonio gigante que se devoraba el cielo lentamente. La penumbra empezó a amenazar la ciudad. La gente veía llegar una noche anticipada. Pronto los gritos emergieron y las suplicas a las deidades se sintieron como un eco eterno que retumbaba en cada casa de la ciudadela. Las calles se vaciaron, solo el viento corría libremente llenando cada rincón con el perfume asfixiante de la madera quemada. Si, un olor azufrado e irritante vicio el aire limpio que provenía del mar. Era como si algo enorme se estuviese quemando sin medida, como si un fuego ciclópeo devorara el mundo dejando solo a su paso el olor penetrante de los consumido, de lo inerte, de lo muerto por las brasas.
Algo ocurrió, una voz rompió el corto silencio que reino sobre la ciudadela, unos gritos fuertes y roncos, una angustia invadía aquella voz masculina, una sequedad la atormentaba cada vez que salía de las profundidades tibias de su dueño. <>
La gente se asomó por las ventanas ensuciadas por los fragmentos de ceniza que empezaban a flotar en el aire, de la misma forma que el polen en verano invade los prados. Era un hombre, un pescador de la ciudad que corría como si algo lo persiguiese. Iba en dirección al castillo, y medida que avanzaba repetía las mismas frases: Ya vienen… Ya vienen.
Los guardias que flanqueaban las puertas del castillo lo detuvieron, pero él le secreteo en los oídos. Los dos hombres empalidecieron aun más, se quedaron inmóviles, ni siquiera notaron el momento en que el desesperado pescador atravesó las altas puertas rumbo al salón del trono donde estaba el buen rey tratando de meditar la situación.
El hombre irrumpió con fuerza. No hubo tiempo de reclamos, se hincó ante el rey y le narró su historia: Había sido llevado por el viento a la isla de Amorgorog, en la costa espero que la borrasca cesara, pero algo extraño sucedía. Unas voces de ancianos cantaban a lo lejos, y una hoguera irrumpía la oscuridad de la madrugada. La curiosidad lo arrastro hacia un bosque de troncos muertos, allí los vio, eran ellos, los brujos de la isla. Danzaban con sus varas largas alrededor de la alta hoguera. De pronto, un hombre maduro más joven que ellos se acerco a las llamas. La danza se calmo, los cantos se convirtieron en rezos cada vez más pronunciados y acelerados. El hombre caminaba hacia las flamas, una voz se sintió en el aire, una voz profunda que solo se escuchaba en el alma, tan dura y fría que paralizaba el latir del corazón. Los ancianos rezaban con delirio, el hombre se interno en las llamas, la voz profunda se aguzaba y crecía en poder. De pronto, una luz emergió de la hoguera, un espectro blanco de luz intensa salía asustado rumbo a lo alto de los cielos, un chillido lo acompañaba mientras se elevaba rumbo a las estrellas danzantes, hasta que el oscuro firmamento lo devoro. Los rezos cesaron, el hombre emergió del fuego intacto, no había llagas ni quemadura alguna en su cuerpo desnudo. No había marca ni cicatrices, era como si el fuego le obedeciera, como si fuese su señor y amo. Los ancianos se arrodillaron ante su presencia. En sus ojos no brillaba la luz, en su rostro ya no había angustia, en su voz no había miedo ni bondad, solo un eco horroroso que entonaba unas palabras incomprensibles. Los ancianos se levantaron y con las varas llenas de una luz dorada entonaban con éxtasis unos versos, unas frases tangibles, un nombre recuperado al tiempo: Canophulus.
Cuando se escuchó ese nombre, la montaña rugió con furia mientras el hombre era vestido con ropas más finas y tan negras como la de los ancianos, toda ella bordada con el símbolo de los triángulos. Una vara de metal le fue dada, y una vez esto ocurrió el hombre hablo de nuevo.
No se entendía nada en aquellos versos, pero hubo algo que si fue claro, algo que marco el destino del pescador: Arag-Utum, eso dijo varias veces con rabia y con odio señalando en dirección hacia la ciudad. El pescador concluyó su historia diciendo que había huido en el momento en que oyó tales designios. Tomo su barca y mientras navegaba por el brioso mar, el volcán erupcionó con furia cubriéndolo todo de negro.
En ese momento de dudas un guardia entro con la noticia, un barco había sido divisado desde la torre alta del castillo, venia rápido y en pocas horas llegaría a la ciudad. El rey vacilo, se sentó en el trono con la cara empalidecida y una expresión desalentadora. En el primitivo Mundo
Conocido no se sabía de magia, ni de magos, ni de nigromantes, maestros de las artes sobrenaturales, solo en el Norte habían magos1 pero el vierto no llevaría estas guerras a sus oídos hasta después de muchos años, cuando ya habría poco que hacer.
A las afueras de la ciudad las tropas se movían con rapidez rompiendo el sonido del viento. Se dirigían hacia el puerto, así lo había ordenado el rey. Todos los soldados que había en la ciudad corrían a formar una barrera en contra de los visitantes de la isla. El puerto fue blindado, las puertas de acceso a la ciudad eran flanqueadas por los jóvenes guardias. Los arqueros se acomodaron en las atalayas de la muralla baja que rodeaba la ciudadela, al igual que en las torres del castillo donde se enviaron a los mejores soldados ha proteger la fortaleza del rey.
El barco se acercaba con rapidez en medio de la penumbra que cubría los cielos como una manta tenebrosa. Las aves cesaron su vuelo ubicándose en los peñascos desnudos que había cerca de la costa, expectantes a lo que estaba a punto de acontecer. El mar se movía con suavidad a pesar que el viento mecía los estandartes del ejército con gran fortaleza. La sombra negra que surcaba a gran velocidad los mares, alcanzo con suavidad misteriosa el majestuoso puerto. La voz entrecortada, pero fuerte del capitán de las tropas cercanas al muelle les gritaba que bajasen de la nave en paz. Pero en cubierta nadie respondía, nadie se agitaba para alegar tales mandatos, nada más que el aire resoplando y el sonido del mar golpeando la nave negra se oía. Los arqueros templaron sus arcos ante las órdenes del capitán. La lluvia de flechas caería sobre el barco ante el más mínimo movimiento. Nada se oyó por un buen tiempo, el pulso temeroso de los soldados se hacia más evidente. De pronto, unas palabras emanaron de cubierta, unos versos incomprensibles que dejaron a todos los que cerca estaban sumidos en un mutismo aterrador. Un hombre de rostro lúgubre se asomo en la proa del barco, su piel dorada por el fuego y sus ojos refulgentes como el magma caliente de un volcán observaban al grupo de arqueros que rodeaban el barco. Su mirada era estremecedora, tan fría, tan llena de odio, aquella mirada atravesaba la piel y la carne y se internaba en el alma y la domaba a su antojo. Las flechas del puerto apuntaron en dirección hacia las torres. Algo había en los ojos jóvenes de los arqueros, una sombra los opacaba, como si una membrana verdosa los cubriera.
La lluvia de flechas se sintió, algunos soldados de las atalayas cayeron como bultos de harina hacia el duro suelo. Desde las torres silbaron más flechas y estas cayeron en el barco sombrío haciendo un gran bullicio, tan grande, que el sortilegio se rompió, y los arqueros del puerto despertaron de su sueño. Las flechas invadían la coraza negra y calafateada del barco. Los hechiceros salieron de su invisible protección. Las varas brillaron con luz dorada, fuerte y enceguecedora. Las flechas se devolvían hacia sus lanzadores, como si un viento rodeara la forma sombría de la barcaza. Los arqueros caían como si fuesen de muñecos de trapo tumbados por el aire frío del otoño. Los brujos flotaron al suelo ceniciento del muelle. Allí la infantería los atacaba con sus espadas, pero de sus varas salía una fuerza invisible que los lanzaba por el aire. El hierro de sus armas filosas se calentaban al rojo vivo, y sus escudos se hacían más pesados y gruesos. Su grito de guerra se perdía lentamente a medida que los veinte ancianos vestidos de negras ropas, y armados solo por sus varas de luz, se abrían paso en medio del tumulto de hombres acorazados que los desafiaban. Desde las atalayas y las altas torres empezaron a silbar las flechas en medio de lo imposible de aquel acto mágico. Alguno de los brujos alzaba la vara y estas se desviaban de su rumbo, algunas al mar, otras a los cuerpos de los valientes soldados.
Pronto la puerta que daba al puerto fue alcanzada. Los arqueros y los soldados que la custodiaban desde la muralla baja, hacían los imposible por detener la estampida de desolación que poco a poco creaban los brujos de Amorgorog-Sibat, pero inútil era su empresa. Los brujos llegaron al portón de madera y con rezos y palabras misteriosas lo tumbaron, tan fácil como si estuviese hecho de niebla y no de roble. La ciudadela fue alcanzada. Dentro, los esperaba la segunda defensa de las tropas. Las altas lanzas y los fuertes mazos los recibieron.
Los brujos se esforzaban en hacer sus sortilegios, pues aquellos hombres eran más fuertes y pesados. Las varas brillaron más, evitando la furia de aquello valientes. Pronto se vieron rodeados por las formas acorazadas e imponentes de aquel batallón. Entonces, cuando todo se veía ganado, cuatro encapuchados sacaron de la nada unas esferas de vidrio volcánico veteadas.
En el interior se movía lentamente unas formas como niebla, que se mecían con el movimiento de los astros. Los encapuchados hablaron y las esferas se rodearon de un fuego que no las consumía. Las lazaron al cielo, y estas volaron como el ave que se suelta de las manos de su captor; alto como las estrellas y rápido como la luz dorada del sol.
Un estruendo se oyó en lo alto, un rugido abrasador y paralizante. El cielo se rompía, pronto el sonido se convirtió en luz, y la luz en relámpagos azulados que caían sobre el bello castillo de Arag-Utum. Era una lluvia de rayos que destrozaban las torres, las murallas y las fachadas de la fortaleza del rey. Caían como látigos luminosos acabando con la piedra y el metal. Los protectores de tal obra caían de lo alto, gritando con formas horrorosas que estremecían hasta el corazón más duro.
Los soldados de la segunda defensa temieron tal mal. Se esparcieron con rapidez buscando salvar sus vidas de la furia incontenible de los cielos, huyendo de las serpientes de fuego como llamaría la historia a aquellos truenos que acabaron con el castillo de Arag-Utum y parte de la ciudadela.
Los hechiceros caminaban son seguridad, a ellos la furia no les afectaba. Marchaban en procesión marcándole el camino a alguien más poderoso que ellos, alguien que caminaba desde el puerto con lentitud atravesando los cuerpos inconscientes de los muchos que habían de vivir para ver el inicio de su muerte, de su propia miseria. Si, eran pocos los muertos y muchos los heridos, así lo había dispuesto Canophulus. Las fuerzas deberían permanecer para su servicio.
Aquello no era más que una muestra de terror, pues es eso, el miedo mismo, la mejor arma de dominio. Un pueblo que teme es un pueblo fácil de domar. Y más aun cuando tal obra sobrenatural era vista por primera vez en los lindes del Mundo Conocido.
El hombre sin alma caminaba entre las calles retumbantes de la ciudadela, observando a lo lejos la lluvia de relámpagos que caían desde lo alto de los cielos, llamados por esas esferas de fuego. El señor, el elegido, solo tenía una meta, un propósito: el rey. Los brujos le hacían corte a su entrada. Un movimiento de sus manos basto para acabar con el quebrar del cielo. La tormenta cesó, pero no el desconsuelo. El castillo fue semidestruido, pero lo poco que se salvó fue suficiente para sostenerlo en pie por unos días quizás. Canophulus entro con decisión. El rey seguía allí, sentado en el trono, el último lugar donde su cuerpo tibio vio la luz pálida de un trueno. Su piel estaba más que quemada, carbonizada. Sus ojos fijos en la puerta, y su corona derretida como si un enorme crisol lleno de magma hubiese sido derramado sobre su cuerpo.
Ninguno de los que permanecieron en el edificio sobrevivió, todos fueron muertos por los truenos, o por los escombros que caían por doquier. La reina murió en su fina cama abrazando al joven príncipe, aplastados ambos por las vigas de los techos altos. La poca guardia que acompañaba al rey, también fue calcinada por las serpientes de luz. Al igual que los altos consejeros y los maestres de la corte. Pero afuera la gente temerosa vivió, aunque la muerte hubiese sido lo mejor para ellos, pues lo que vendría no se compararía ni con el miedo humano hacia la muerte.
Canophulus retiró con desprecio el cuerpo carbonizado que usurpaba el lugar que había venido a ocupar. Se sentó con elegancia y triunfante sonrió mientras sus hechiceros se postraban rindiendo honor a su señor, el elegido, el soberano, el emperador.
El nombre de la ciudad fue olvidado, Arag-Utum, que en la primera lengua significa Mar y Viento; fue derrocada. Canophulus se apodero del país del Norte. El primer trono era suyo, y con él, todo lo que dominaba. El ejército fue sometido con las palabras del miedo. Los hombres guerreros le temieron al poder del nuevo rey, pero no solo fue temor lo que les hizo rendirse y ofrecerle su lealtad a Canophulus, también fue su voz hechizante que esclavizó sus mentes, robo sus almas y convirtió sus cuerpos en cascarones huecos donde retumbaban sus deseos de guerra, domo sus mentes transformándolas en un eco que repetía muerte, que repetía sangre, venganza. Ya no eran hombres, eran animales ansiosos por pelear todas las batallas que Canophulus, su nuevo señor, les impusiese.
El gran ejército fue armado con nuevas armaduras, negras y gruesas, todas marcadas con el mismo símbolo de los tres triángulos entrelazados entre si: El Trialde. Todo aquel que pudiese sostener una espada fue obligado a unirse a las tropas. Los demás a los campos a cultivar el alimento para el gran ejército del nuevo imperio, los rebeldes fueron castigados, mandados estos a trabajar en los hornos que rápidamente fueron levantados para fundir las armas y armaduras de la hueste. Y para aquellos su vida fue miserable y eterna como los fuegos abrazantes de los hornos.
Y es así como fue conquistado el primer trono. El único que cayó por el poder de la magia. El único que desaparecería de la faz del Mundo Conocido, pues de Arag-Utum y las comarcas del país del Norte no se sabrá nunca más.
|