Hace algún tiempo, mas de cinco años creo, me convidaron a una anunciada fiesta en la casa de la Pelirroja. Mis grandes amigos de aquel entonces: Pablo, Enrique y Marcelo me fueron a buscar a eso de las diez de la noche a mi departamento, y la verdad que les costó bastante sacarme de mis ocupaciones mundanas ya que me encontraba viendo de lo más entusiasmado un nuevo show con canciones y humoristas en la televisión; pero luego de tanta insistencia opté por apagar el aparato sin saber si me premiarían en el concurso telefónico al que había llamado desde el inicio del programa.
Llegamos a la casa de la Pelirroja luego de pasar a comprar algunos cigarrillos y algo de licor. El centro de reunión era el patio trasero de la casa, semejante a una caja de lápices de colores; casi todos los invitados tenían cabelleras de diferentes tonalidades y estaban apretados como una lata de sardinas. Fumaban, se drogaban, saltaban y reían chillonamente. La morena de ojos cafés me dio a beber una copa de un licor algo amargo el cual me hizo cosquillas en el paladar y rápidamente atacó mi cabeza.
Después de comer rábanos fuimos a bailar un poco de ópera (creo que era Carmina Burana o algo así) en lo que los padres de la Pelirroja (un tipo flaco, medio calvo y de nariz aguileña, y una mujer gorda de gruesos lentes llena de pecas) mataban al perro de la casa para asarlo a la parrilla. El gordo de la fiesta –infaltable- se arrojaba de vientre al piso mientras todos lo pateaban y le lanzaban serpentina. La pecosa y graciosa Pelirroja que vestía botas negras y suéter rojo se reía de buena gana mientras hacía streap-tease sobre el sofá azul con pintas verdes que estaba bajo el naranjo repleto de loros que gritaban sin parar.
En la cocina estaban los que no bailaban como Enrique, que junto a otros dos se cortaron las venas por sentirse totalmente rechazados por las damas, otros dos tipos que iban a hacer lo mismo se miraron de forma complaciente y se fueron al piso de arriba. Los que se cortaron las venas y mi malogrado amigo Enrique se lanzaron por el desagüe con un par de peones. La morena de ojos cafés me sacaba los calcetines y los pantalones mientras los padres de la Pelirroja copulaban tiernamente sobre la mesa del comedor rodeados de papas fritas, tomate y aceitunas sevillanas y los demás se comían al perro de la casa, un chow-chow bastante amistoso.
El flaco de la fiesta, que era el Marcelo, se dedicó a perseguir a los niños que se habían introducido a la fiesta con una tijera de cortar pasto. Logró cortarle la cabeza a tres, y sus cuerpos no los pudo encontrar durante casi toda la noche.
Y todo esto pasaba en la gran fiesta de la Pelirroja.
Cuando ya nos encontrábamos más o menos cansados llegó la hora de los juegos. Jugamos al rompecabezas, logramos destrozarles el cráneo a cinco invitados; y al gordo de la fiesta, que se había dedicado a manchar con grasa todo el suelo, le pulverizamos el cerebro. La exquisita Pelirroja tomó de las manos a un pelado chico y a mi morena de ojos cafés y los hizo hacer lagartijas hasta que a uno de los dos le diera un calambre. Ahí termino todo. Llegó la policía; que con lanzallamas comenzaron a quemar todo lo que se cruzara por su camino –hasta el naranjo–. La mamá de la Pelirroja tomó varias bombas Molotov del refrigerador y les lanzó dos a cada policía. Por su parte la Ley le dio “salsa de golpes” hasta dejarla lista para ir a bailar “cueca solo”.
Por otra parte el padre de la Pelirroja algo nervioso se puso a discutir con uno de los policías. Súbitamente el oficial le insinuó algo al oído y se dirigieron a la patrulla donde asomaban por la ventana graciosas cabelleras rubias y grandes senos.
Los otros policías se dedicaron a poner orden: uno pasó la aspiradora, otro lavó la loza, otro trató de reparar infructuosamente el daño causado y lloró bajo el ennegrecido naranjo y el último preparó refrescos naturales. Después de las clases de tránsito la policía se retiro y la Pelirroja a pesar de todos sus esfuerzos, ya no brillaba como antes.
A las cinco de la mañana se puso a llover. Varios se dedicaron a tapar las goteras con zapatos y sombreros. En el medio del alboroto la Pelirroja llamó a todo el mundo nuevamente al patio, ahí nos obligó a hacer gimnasia para combatir el frió y cantar bajo la lluvia. En poco tiempo me aburrí y me fui con la morena de ojos cafés a uno de los dormitorios, ahí leímos el diario.
Así la fiesta de la Pelirroja llegaba a su fin. Durante los últimos minutos ayudé a Marcelo y Pablo a buscar a los descabezados que andaban por el techo, cuando súbitamente me caí y fui a parar al rió espumoso. Ahí me encontré con Enrique y los otros infelices, dimos vueltas y vueltas y al final terminamos en una central hidroeléctrica. Nos hicieron añicos.
Mi último pensamiento se lo dediqué a mi morena de ojos cafés, espero que tenga siempre el periódico a su lado.
Ahora soy un pulso electromagnético y viajo de ampolleta en ampolleta. A veces cuando tengo suerte me tocan radios, video juegos y televisores con un buen programa (por ahí supe que todavía me buscan por el sorteo de aquella noche en que pasaron a buscarme mis amigos, había ganado). Una tarde de Octubre me encontré con Enrique en un refrigerador, recordamos con nostalgia la fiesta de la Pelirroja y nos fuimos rápidamente, estaba muy frío.
Si alguien desea contactarse con la Pelirroja llame al primer número que se le venga a la cabeza y pregunte por el Bacalao, el sabrá atenderlo.
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