5
RECUERDOS
—¿Qué tal te encuentras?
—Jodida—Paula intentó esbozar una sonrisa sin éxito—En el sentido más literal de la palabra.
Encima del lecho formado por aluminio y gomaespuma, una pintura de seda hilada mostraba la imagen de la diosa Deva del agua sentada entre colores ciruela, verdes claros y rosa amarillentos. Stark no pudo dejar de apreciar cierta similitud entre ambas:
—Te pareces a ella—estuvo tentado de acariciarle la mejilla, pero se contuvo.
—Si tú lo dices...
El alemán sonrió por primera vez en tres años sin la dosis habitual de amargura que acompañaba a aquel gesto:
—Intentaba animarte, Paula—rozó sus cabellos, indeciso—Me alegro de que estés bien.
—Gracias por tu preocupación—la joven no pudo evitar un pequeño matiz de ironía en su voz—Me equivoqué contigo.
—No lo creas—Dorian fue cínico—Recuerda que aún puedo matarte.
—Seguro que sí—Muller le agarró la diestra, buscando calor—Cuando me amenaces de nuevo, intenta ser un poco más convincente.
Suavemente, Stark se deshizo de su contacto, ella lo miró dolida por su rechazo:
—Lo siento—se disculpó el alemán—No estoy acostumbrado a que me toquen.
—¿Por qué te haces el duro?—le preguntó a la ofensiva—Sé que no eres tan frío, ni tan fuerte como pretendes demostrar.
—Cuando has perdido un cincuenta y dos por ciento de humanidad comienzas a replantearte las cosas de otra manera—contestó lacónicamente—No me puedo permitir el lujo de sentir nada, no quiero pagar el precio que esto implica.
—¿A que te refieres?
—Cuando pierdes esos sentimientos nunca más vuelves a recuperarlos—explicó titubeante—No deseo añorar todas las emociones que desaparecerán con el tiempo.
—¿Y eso que tiene que ver?
Dorian contestó con otra pregunta:
—¿No me has escuchado?
—Creo que sí—Paula lo miró fijamente, sin ninguna duda en sus ojos azules—¿No piensas que es mejor perder antes que renunciar de antemano?
—No—Stark se pasó una mano por el rostro ensangrentado—Odio el valor de la pérdida.
—¿Has sido feliz alguna vez, Dorian?
—Sólo una vez—contestó con la mirada perdida en el vacío—Dudo que pueda volver a conseguirlo.
—¿Por qué?
—He perdido todo lo que significaba algo para mí.
Con curiosidad, estudió la reproducción de hebras de metal que adornaba su estómago como una pintura viviente. Aquel tatuaje proporcionó una especie de languidez a los tensos músculos de su piel, mientras sumergía el cuerpo de la joven dentro de la ducha forrada con paredes de metacrilato. Era la primera vez que bañaba a alguien, así que se esforzó en tratar con delicadeza el cuerpo indefenso entre sus manos. Tuvo la impresión de que lavaba su anatomía con sus lágrimas, secaba su cuerpo con sus cabellos, quitando las espinas que sus agresores habían hundido en su frente con sus cuidados. Unas punzadas angustiosas recorrían su rodilla derecha, haciendo que sus dientes rechinaran de dolor. La superficie metalizada de la rótula era visible sobre la piel sintética desgarrada por la fricción. Abriendo el maletín de madera lacada, ingirió varias anfetaminas con ansia, atragantándose con el agua al hacerlas descender por su garganta. Sosteniendo el autoinyector militar que reposaba en un compartimiento interior de su equipaje, se inoculó una pequeña dosis de morfina que relajó sus maltratados nervios. No soportaba el dolor de los implantes cibernéticos, eran una sensación demasiado turbadora para enfrentarse a ella, necesitaba escudarse de las emociones que debilitaban sus fuerzas. La piel tardaría en cerrarse unos días, las huellas que sus garras habían marcado cicatrizaban velozmente. Esta vez no había perdido nada de su decreciente humanidad, esto siempre representaba un alivio, aunque si era sincero consigo mismo, tampoco le servía de mucho:
—¿Qué hacías en aquel apartamento?
—Trabajaba para ti, capullo—el alemán enarcó las cejas interrogativamente—Intentaba encontrar el paradero de esa cyborg que me mandaste a buscar.
—¿Conocías a Halld?
—Sí—la joven lo miró con tristeza—Gundrad fue quien me puso detrás de tus pasos.
—Creía que me habías localizado tú misma—el alemán se mostró suspicaz.
—Lo hice, Dorian—le explicó Muller con una mueca orgullosa—Pero nunca hubiera logrado acceder dentro de los archivos de la Schneider sin un cable, necesitaba a alguien que despistara a los bloques de defensa anti—intrusos mientras entraba en los bancos de datos de tu corporación. ¿Tenías que matarlo?
—Efectivamente—Stark encogió los hombros—Mis superiores me lo ordenaron nada más despedirnos.
—¿Te gusta ser un asesino contratado por la Schneider, Dorian?—le preguntó Paula sin ningún rastro de rencor—¿Cómo puedes llevar el peso de tantos crímenes sobre tu conciencia?
—Intento no pensar demasiado en ello—contestó Dorian con la mirada ausente en el biombo de seis hojas que decoraba el polo sur de la habitación—Es mi trabajo para bien o para mal, es lo único que me mantiene despierto.
—¿Nunca has intentado marcharte de tu corporación?
—Quise hacerlo una vez—admitió el alemán apretando los puños contra la colcha japonesa—Pero no tuve tiempo de poner la idea en practica.
Era cierto, intentó convencer a la cyborg para que huyera con él la última noche que pasaron juntos, pero ella había rechazado su plan, alegando que debía regresar a la Schneider. Al día siguiente, sólo quedó el aroma de sus recuerdos, no había vuelto a encontrarla a pesar de sus mejores deseos,
Nessa nunca quiso darle una explicación de despedida:
—¿Mataste a Gundrad?
—Yo no—admitió Stark—Fueron los Agentes Ejecutores de la Kesler.
—¿Cómo murió?—al terminar la pregunta, su voz se quebró.
—Le dispararon por la espalda—mintió el alemán—Fue rápido y sin sufrimiento.
No quería preocupar a Muller, bastantes problemas tenía en aquellos momentos, no era cuestión de agravarlos con la verdad:
—¿Cuántos años hace que eres un Agente Ejecutor, Dorian?
—Doce.
—¿A cuantas bioperaciones te has sometido?
—Cuatro.
—¿Qué partes humanas has perdido?
—¿Me estás interrogando o qué?—preguntó severamente.
Ella sonrió con sorna:
—Intento saber un poco más de ti—hizo un mohín encantador con los labios—Creo que me lo merezco.
—En mi primera operación cibernética, perdí las dos piernas y parte de mi costado, en la segunda, el brazo derecho, en la tercera, el páncreas, en la cuarta, una fracción del hemisferio oriental de mi cerebro.
—¿Tuvieron que transplantarte los ojos?
—Sí—el alemán la miró confuso—¿Cómo lo sabes?
—Tengo algún tipo de experiencia en ese sentido.
Paula no quiso comentar nada al respecto, Dorian respetó su silencio:
—¿Tienes hambre?—Stark se maldijo por su descortesía—¿Cuántas horas llevas sin comer?
—Ya ni lo recuerdo.
—Te traeré algo—rápidamente se puso en pie—Tardaré unos minutos.
—¿Por qué tienes prisa?—Paula se levantó bruscamente, mostrándole sus senos perfectos.
No puedo soportar que estés completamente desnuda—pensó el alemán.
—No quiero parecer un anfitrión desconsiderado.
En la cocina, Dorian controló las emociones contradictorias que luchaban en su interior. El deseo de poseer a Paula lo dominaba, pero él no podía permitirse sentir esa clase de sentimientos, no quería repetir el mismo error que había cometido al enamorarse de Nessa. Durante un momento, pensó que ella también se sentía físicamente atraída por él, había notado el brillo aprobador de sus ojos mientras la llevaba a la cama después de ducharla. Apartando aquel tipo de pensamientos, el alemán se adueño de la moderna cocina de vidriocerámica. Pulsando los botones del horno, le preparó una de sus comidas favoritas: Pilafi me garides de plato principal junto a un Biscotta lemoniou de postre. Cuando el aparato terminó de calentar la cena, tomó la bandeja humeante, añadiendo un zumo de naranja a los cubiertos. Estuvo tentado de prepararse un plato, pero desechó la idea, lo más probable es que el efecto de los estimulantes le arruinara la comida. Le resultaba imposible digerir algo cuando estaba dopado, menos aún después de la dosis de morfina que se había inyectado en el muslo. Mientras ascendía por las escaleras en dirección a la habitación, le llegó una carcajada de sorpresa. Con el rostro convertido en una máscara, apartó la puerta de corredera, antes de entrar en la habitación:
—¡Sabía que tenía razón!—exclamó la joven con el frasco de anfetaminas en la mano—¿Demasiado sorprendido para responder, Dorian?
Había dejado los estimulantes sobre la mesilla de noche, no estaba acostumbrado a visitas:
—¿Estarás contenta?—le preguntó enojado.
—Pues la verdad es que sí—Muller sonrió de oreja a oreja—Me harán animarme un poco.
El alemán se acercó a la cama, depositando la bandeja en su regazo con cierta brusquedad:
—¿Desde cuando tomas drogas?
—Desde siempre—curiosa, observó los platos humeantes—¿Comida griega?
—Espero que te guste.
—Es mi favorita—con ironía, añadió—Cada vez sé más cosas de ti, Dorian.
A Stark le resultaba chocante la facilidad con la que ella había logrado desembarazarse de los recuerdos de la noche anterior. En apariencia externa, parecía que nunca había pasado por aquella penosa experiencia, o a lo mejor ocultaba sus sentimientos de la misma manera en que lo hacía él, pero con un estilo completamente distinto.
—Te pareces a tu hermano.
Paula murmuró con la boca llena:
—Gracias.
—Lo digo en serio—el alemán arrastró una silla orgánica hasta los pies de la cama, tomando asiento sobre la superficie de policarbono.
—¿Por qué no te sientas a mi lado?—le preguntó la mujer—No voy a morderte.
—Prefiero evitarlo—Dorian sonrió con cinismo—No es nada personal, ¿sabes?
¿Te encanta hacerte el chulo, verdad?—dejó caer la sábana mostrándole su torso desnudo—¿O no me deseas?
—Una mezcla de ambas partes—una llamarada recorrió las fibras de Stark hasta resultarle dolorosa, pero su rostro impávido no demostró sus emociones—Te aconsejo que no juegues con fuego Paula, podrías quemarte cuando menos te lo imagines.
Ella sonrió malévolamente:
—No te preocupes por mí, cariño—se llevó el tenedor a la boca—Soy más dura de lo que imaginas.
—No lo pongo en duda, llevas bastante bien las últimas veinticuatro horas.
—Creo que ha sido el día más movido de toda mi vida—terminó el plato, dispuesta a atacar el postre—Espero que no vuelva a repetirse hasta dentro de bastante tiempo.
—Yo que tú, rezaría para que no volviese a repetirse nunca—respondió Dorian secamente—Por cierto te agradecería que te vistieras si no es mucho pedir.
Paula se echó a reír:
—La culpa ha sido tuya—el alemán abrió la boca asombrado—Si no te hubiera conocido, ahora mismo estaría en un Concorde rumbo a Suecia.
Stark enarcó las cejas:
—¿Qué se te ha perdido en Suecia?
—Tengo una bonita casa construida cerca del Océano Atlántico—Paula apartó sus cabellos del rostro—Un día tendrás que venir a visitarme.
—Lo haré—le prometió Dorian sin tomarse sus palabras en serio.
—¿Tienes hogar, Dorian?
—Un pequeño apartamento en Los Ángeles.
—¿Familia?
—No.
—¿Qué pasó con ella?
—Mi madre me internó en un orfanato público cuando tenía seis años.
—¿Por qué?
—Nunca tuve tiempo para preguntárselo.
Ella se sintió triste por el tono que irradió su voz:
—Tenemos eso en común, Dorian—Paula se congratuló con el alemán—Ambos hemos perdido a nuestra familia.
Stark estaba al corriente de aquella información, sabía que los padres de Hugo habían muerto masacrados por un escuadrón de androides terroristas, su propio compañero se lo había contado hacía muchos años:
—¿Ahora qué piensas hacer?
La joven apartó la bandeja de su regazo, depositándola encima del colchón de gomaespuma. Tomando un puñado de estimulantes, los tragó con el zumo de naranja:
—Primero quiero conseguir una consola—un músculo tembló incontroladamente en su mejilla cuando las anfetaminas hicieron efecto—Lo segundo terminar la parte del trato que acordamos—puso el vaso vacío al lado de los platos sucios—Y por último abandonar este asqueroso país.
—¿Por qué has tomado esas anfetaminas?—Dorian se mostró ofendido por su acción.
—No hace falta que te muestres paternal conmigo, colega—Paula rechazó su preocupación con un gesto—Sé cuidarme sola.
El alemán se sintió herido; ¿De qué le servía mostrarse auténtico con los demás?:
—Haz lo que quieras—sin darse cuenta, volvió a adquirir la actitud de siempre—Sólo intento protegerte.
El silencio llenó la habitación hasta resultar doloroso:
—¿Dónde está mi ropa?—Muller fue trivial, quitándole hierro al asunto—No quiero ofenderte con mi desnudez.
Levantándose del asiento, Dorian se dirigió al extremo este del dormitorio, sacando un mono de cuero sintético de un armario empotrado, lo depositó sobre la silla donde había estado sentado unos momentos antes:
—Espero haber acertado con tu talla—un matiz de amargura se deslizó por su aliento—No suelo comprarle ropa a nadie.
Inconscientemente, había pedido a través del disco selector de su apartamento, uno de los uniformes de combate que llevaban las máquinas del Programa de Asesinos de la Corporación. El tacto de la prenda le había traído una serie de recuerdos innombrables, era exactamente igual al que Nessa había vestido en el pasado. ¿Por qué se empeñaba en recuperar lo que no tenía remedio?
—Muchas gracias, Dorian—ella se dispuso a ponerse en pie—Nunca me imaginé que tuvieras sentimientos.
—Iré a darme una ducha—con movimientos tensos, recogió la bandeja un instante antes de que la joven se levantara—No es necesario que te marches. Puedes quedarte a pasar la noche si quieres.
Una serie de pensamientos demasiado evidentes cruzaron el rostro de la mujer:
—¿Dónde dormirás tú?—inquirió burlonamente.
—El sofá del salón es bastante cómodo—un desolado matiz de humor llenó la voz del alemán—Hasta mañana Paula, que duermas bien.
Abandonando el dormitorio con media sonrisa en los labios, descendió las escaleras en espiral, dirigiéndose a la cocina. Después de limpiar el desorden de la cena, se dispuso a darse una ducha ardiente que limpiaría la sangre de sus ejecuciones. Antes, se acercó al equipo estéreo Sony que descansaba en el arcón de cubos metálicos ensamblados que decoraba el salón. Después de pensarlo, introdujo un compacto (Oxigene de Jean Michel Jarre) en el aparato. El sistema de vitrinas con iluminación interior brilló cuando el equipo de puso en marcha, sumiendo el salón con distintos tonos que abarcaban todos los espectros del arco iris. Por suerte, había guardado una muda de repuesto en el baño, no deseaba regresar a la habitación donde descansaba la joven, la tentación era demasiado fuerte para evitarla.
¿En qué estabas pensando cuando le salvaste el pellejo?—pensó malhumoradamente, mientras se desvestía absorto en las notas musicales que revoloteaban por las paredes del apartamento—¿Por qué has sido tan sincero con ella?
Los perezosos sintetizadores llenaron sus pensamientos, aportándole la serenidad que deseaba encontrar. Una especie de tranquila resignación se apoderó de sus nervios prendidos por las anfetaminas, trasladándolo a un lugar situado más allá del dolor que llenaba sus noches vacías. Se situó dentro de las paredes del cilindro de cristal, el equipo pasó al segundo movimiento de la obra con un zumbido estremecedor. El tiempo se suspendió: el agua caliente limpiaba el rostro blanquecino, los músculos de su espalda se aflojaron durante unos segundos, las palmas abiertas sobre las baldosas de mármol perdieron parte de su tirantez, los tristes ojos grises recuperaron una pequeña chispa de ilusión...
Desearía tanto sentirme de esta manera—pensó el alemán saboreando aquel relámpago de paz—Quizá así podría ser feliz de nuevo.
La melodía de los viejos sintetizadores analógicos cambió de sentido, aumentado gradualmente el nivel de disfrute de Stark. Una serie de acordes meticulosamente ejecutados lo hicieron estremecer: ¿Sería posible que Muller encontrara a la cyborg? Las manos acariciantes de Paula abrazaron su pecho desde atrás. No la escuchó entrar en la cabina. El alemán sintió sus labios sobre su cuello, el cuerpo desnudo de la mujer se aproximó, las emociones que creía muertas regresaron, con una mareada de pesar que inundó los resquicios de su personalidad. Volviéndose, abrazó a la joven, entrelazando sus lenguas con fuerza, sin encontrar el consuelo que le estaba negado de antemano. Los brazos jaspeados envolvieron su nuca dulcemente, empujándolo contra la pared, la ducha los empapó a ambos con su masa. Su diestra acarició el pene erecto, Dorian lanzó un suspiro de placer, tomando sus testículos. Paula rodeó sus caderas con una pierna musculosa, mordiendo el hombro de Stark, una mano errática busco su sexo, introduciéndolo dentro de los labios húmedos. La mujer lanzó un gemido al sentirse penetrada, las paredes de su vagina se cerraron herméticamente sobre el miembro del Agente Ejecutor, un estallido de luces fragmentadas llenó su corteza craneal. Lentamente, comenzaron a moverse en el interior de la ducha, intentando no perder el equilibrio bajo el agua candente, las uñas de la mujer arañaron sus nalgas. Dorian sintió el orgasmo de Paula en su propia piel, la joven lanzó un grito con los ojos en blanco, aferrándose a él, antes de relajarse, con una sonrisa satisfecha. El alemán la apartó de su lado, arrojándola brutalmente contra las paredes de cristal. Aturdida, Muller lo contempló con odio:
—¡Eres un mierda!—le espetó rabiosamente.
—Lo siento—Stark se sintió avergonzado—No quise hacerlo.
Sin molestarse a responderle, Paula salió rápidamente de la cabina. Dorian estuvo tentado en seguirla, pero no pudo hacerlo, una oscura depresión se apoderó de su alma. La música se desvaneció, alcanzó a escuchar el ruido de unos pasos irritados, recorrían el apartamento, subiendo al piso superior. Después, la joven recorrió el camino a la inversa, la puerta de la entrada se cerró estruendosamente. Con el corazón encogido, el alemán enterró la cabeza entre los hombros, la ducha automática seguía bañando su cuerpo como una alucinación, antes de romper en sollozos...
6
CENIZAS DE CIERZO
—¿Qué estás haciendo?
Paula lo miró desde el otro lado de la consola Yamaha con desprecio. Sus rasgos estaban contraídos por una mueca de repugnancia, las dos manos cubiertas por guantes de neopreno asieron el cable de fibra óptica entre los esbeltos dedos, apunto de quebrarlo en dos:
—¿Qué cojones crees que hago?—con un chasquido la clavija de conexión saltó de su mejilla—¿Irme de compras o qué?
El alemán no pudo responder a su ácida pregunta. Estaban en la habitación del zoco donde habían conversado por segunda vez. Al día siguiente de la desagradable escena, Muller lo había llamado a su apartamento a primeras horas de la mañana. Stark no logró conciliar el sueño durante la noche. A las tres de la mañana, entró en contacto con el comandante Aries, relatando los pormenores de la misión:
—Perfecto, Stark—sus ojos brillaron con un fulgor espectral—¿Estaríais preparado para cumplir otra operación?
—¿Cuándo debería efectuarla, señor?
—La próxima semana—Aries sonrió malicioso—¿Os encontráis con energías suficientes para acometerla?
—Claro, señor—el Agente Ejecutor quería abandonar Nueva York—Contáis con mis servicios.
Se encontraba demasiado mal por lo que había sucedido, estuvo toda la noche en el salón del hogar con los ojos posados en los rincones en sombras, atiborrándose de estimulantes, deseando ardientemente cambiar el pasado más reciente.
—Intentaba ser amable, siento lo que ha pasado.
—No quiero disculpas—cortante, la mujer no quiso escuchar sus palabras—Limítate a cumplir la mitad de nuestro trato.
—¿Qué quieres saber exactamente?
—¿Cómo murió mi hermano?
Dorian se mostró extrañado:
—¿No lo sabes?
—Si lo supiera no lo preguntaría, tu corporación es parca con los detalles, ¿sabes?
El alemán inhaló una profunda bocanada de aire:
—Hugo y yo cumplíamos una misión en Moscú. Teníamos que exterminar a una banda de neotecnos que robaban información a la Schneider. Tu hermano sucumbió en la catedral industrial que debíamos hacer saltar por los aires. Un misil lo destrozó en pedazos.
Paula tembló ligeramente al escuchar el final de la historia, sus hombros se convulsionaron con un llanto silencioso, después de tantos años, la verdad no le proporcionaba ningún alivio:
—Gracias por tu sinceridad, Dorian.
—¿Has encontrado lo que te pedí?—intentó no mostrarse demasiado desesperado—Una cosa por otra... ¿Recuerdas?
Muller llevaba el mono de cuero sintético que el alemán le proporcionó el día anterior. El anhelo por la cyborg volvió con renovadas fuerzas, apresando los intersticios de su alma como una presa metálica.
—No he encontrado gran cosa—admitió la joven—Parece que tu amiga no aparece por ninguna parte.
Dorian inclinó la cabeza, derrotado:
—¿Estas segura?—las ilusiones insensatas desaparecieron—¿No has conseguido encontrar nada?
—Nada—Muller se levantó de los cojines—Si existía algún tipo de información, debe haber sido borrada por tus superiores.
Encendiendo un cigarrillo, la mujer se quedó mirándolo con cierta preocupación no disimulada. Orgullosa, no comentó al respecto, concebía rencor hacía el alemán por haberla rechazado:
—No has terminado con tu parte del trato, Dorian—lo acusó Paula con dureza—Creía que eras un hombre de palabra.
—¿Qué quieres que te cuente?—Stark deseaba huir de aquel lugar, necesitaba imperiosamente estar a solas.
—Todo lo que recuerdes—Muller volvió a tomar asiento entre los cojines—No será pedir demasiado, ¿verdad?
—De acuerdo—el alemán asintió con la cabeza, se sentía demasiado deprimido como para negarse.
Un impacto en la columna vertebral lo levantó del suelo, derribándolo sobre la mesa de madera. La consola Yamaha chocó contra su espalda. A través de los ojos nublados por la sangre, Dorian intentó desenfundar una W—PPK, manos de acero se lo impidieron. Dos cibersamuráis ataviados con kimonos de guerra lo sujetaron con una red, aprisionando su cuerpo entre los cables cortantes:
—¡Sujetadlo!—la joven habló con una entonación que Stark nunca había escuchado antes—No quiero que este cabrón se escape.
Sorprendido, el alemán se retorció luchando por liberar uno de sus brazos. La condenada red se apretó más, cortando su circulación sanguínea.
Me ha traicionado—pensó incapaz de creerlo—Todo ha sido una farsa desde el principio...
A horcajadas encima del Agente Ejecutor, Paula sonrió lobunamente:
—Cuanto más te muevas, más se clavará en tu piel, Dorian...
—¿Por qué...?—sobreponiéndose al dolor, intentó conseguir una respuesta—¿Por qué lo has hecho?
—Ayer por la noche, después de salir de tu apartamento, recibí una llamada de mis presidentes. ¿A que no adivinas que fue lo que me ordenaron?
—Ni idea, Paula—pese a su estado, Dorian se mostró irónico—Sorpréndeme.
—La Corporación Fujifujih ha puesto precio a tu cabeza—la mujer apretó su entrepierna contra el sexo del alemán—Una suma bastante considerable, por cierto.
—¿Cuánto?—por el rabillo del ojo, Stark situó las posiciones de los cyborgs sin que ella se percatara de ello—Simple curiosidad, ya me conoces.
—Un millón de yendólares—al notar la excitación del alemán, prosiguió—Podré tomarme unas vacaciones con toda esta pasta, no necesitaré los servicios de tu patética casa.
—Confié en ti—irritado por la reacción de su cuerpo, intentó ganar tiempo—Creía que no me traicionarías—los cables se apretaron, amenazando con traspasar la carne—Veo que me he equivocado.
—Nunca es tarde para aprender—hizo una seña a los Agentes Ejecutores de la Fujifujih—Te presento a Iemi y a Ienori—los cibersamuráis asintieron hoscamente sin decir palabra—Son profesionales, te lo aseguro.
Un cyborg desenvainó una brillante katana de un metro de longitud, los haces moribundos del sol que penetraban por la claraboya centellearon sobre la hoja, emitiendo reflejos sangrientos:
—¿Me has mentido, verdad?—el Agente Ejecutor rodeó la mesa con el arma en alto, dispuesto a cortarle la cabeza—Nunca buscaste la información que te pedí, ¿me equivoco?
La mujer mordió sus labios, parecía que estaba apunto de llegar al éxtasis, un siseo de placer escapó de su garganta:
—Es una pena que las cosas no salieran como queríamos, Dorian—lamentó—Hubiéramos formado un equipo increíble.
—Una lástima—Stark apretó los dientes, resistiendo la presión de la red—Tú te lo pierdes...
Levantando la diestra, las garras cibernéticas cortaron los cables con un estallido de cólera. De un codazo, derribó a la mujer, deteniendo la katana, librándose de una muerte cierta. Sacando una W—PPK del arnés, disparó la mitad del cargador al cibersamurái situado detrás de su espalda. Las balas cosieron el cuerpo desde la boca del estómago hasta el cuello, creando una línea ascendente que atravesó a su contrincante de parte a parte. De un brinco se puso en pie, esquivando la arremetida de la segunda máquina, que se abalanzaba sobre él en aquel instante. La hoja se deslizó por un lateral de su gabardina, arrancando las placas de blindaje ocultas dentro de la prenda. Saltando por encima de su adversario, el alemán hizo una pirueta en el aire, descargando la pistola antes de tocar el suelo. Los seis impactos destrozaron el cráneo del cibersamurái en un millón de fragmentos, diseminando trozos de cerebro, placas de plástico y circuitos electrónicos por toda la habitación. Antes de darse cuenta de lo que hacía, Dorian estuvo encima de Paula como una maldición vestida de negro, dejando caer sus cuchillas sobre el brazo de la joven:
—¡Arrggh!—Muller lanzó un espantoso alarido de dolor, su mano cayó al suelo, chisporroteando.
Aturdido, Stark contempló el miembro cibernético que yacía sobre las baldosas manchadas de sangre artificial:
—¡Eres una máquina!—exclamó enfurecido, sosteniéndola por los cabellos.
La mujer no pudo contestar, se aferraba la mano herida con los ojos dilatados por el sufrimiento, estaba apunto de desvanecerse. Sin piedad, el alemán la arrojó contra la pared, su hermosa cabeza rebotó por la fuerza del impacto. Paula se quedó quieta, llorando sin lágrimas. Arrastrándose sobre los cojines, intentó apartarse del asesino que la apuntaba con el arma en alto. Los ojos grises brillaron por encima del cañón, ominosamente, la sombra de la W—PPK se posó sobre su rostro:
—¿Eres una cyborg?
—No—contestó con un murmullo—Soy una humanoide.
El Agente Ejecutor estaba enfadado. ¿Cómo podía haberle engañado tan fácilmente?
—¿Dónde está la verdadera Paula Muller?
La humanoide guardó silencio:
—¡Contesta!—la voz del alemán restalló como un látigo.
—Murió hace seis meses.
—¿Cómo ocurrió?
—Quedó atrapada dentro de los sistemas de defensa de la Schneider.
Sin saber el porque, Dorian sintió que le faltaba aire:
—¿Cómo es posible que te hayan construido?—amartillando el arma, continuó—Dudo que quedaran trozos de su mente para activar tu memoria sintética.
—Los presidentes de la Enterprise guardaban un biochip con todo su pasado—Paula apenas era capaz de hablar—Es el procedimiento habitual que emplea con sus agentes.
—¿Por qué te han enviado ha buscarme?
—Te he dicho la verdad.
—A mí no me lo parece.
—Cuando la Fujifujih ofreció la recompensa cambiaron de opinión. ¡Cumplía órdenes, Dorian!
—Debería matarte—escupió Stark fríamente—Me has utilizado sin remordimientos.
—No puedes hacerlo, cariño—ella sonrió seductoramente—¿No significa nada para ti lo que hemos compartido?
Dorian cerró los párpados, amargamente. Durante aquellos días se había sentido lejanamente cercano a lo que había sido hacía muchos años. Aquel ser le había devuelto las esperanzas sin proponérselo, lo había ayudado a aislarse parcialmente de sus remordimientos, le había dado un instante de felicidad que nunca podría recuperar: ¿Sería capaz de matarla?, ¿su semblante no asediaría sus peores pesadillas?, ¿podría resistir otro impedimento sobre su conciencia? Sin poder evitarlo, bajó la pistola. Muller quiso levantarse:
—Siento profundamente lo que ha pasado—su vieja actitud aterciopelada regresó—Supongo que tendrás motivos para odiarme.
El alemán no contestó. Deseaba dejarla con vida. Nunca había querido hacerle daño, a pesar de saber que era una humanoide, aquel sentimiento no había cambiado. Todo había sido una mentira, una actuación de primera categoría desde el principio.
—Tienes razón—comentó vacilante.
La máquina extendió la mano izquierda humildemente. Una serie de imágenes se deslizaron por la mente de Dorian, brillantes shurikens de cromo candente, aislando la parte humana que tanto le costaba mantener despierta.
—Ya no tengo nada por lo que luchar, ¿crees que algo cambiará si me abandonas?
Ella ignoró su pregunta:
—Mis recuerdos y tú sois lo único que me queda—le reprochó con amargura—¿Nunca has sentido nada por mí?
—No debes amarme, estarías condenado a morir, yo también estoy condenada, tanto o más que tú...
—¿Piensas que me importa morir?, ¡ya no soy capaz de sentir nada!
La mujer se acercó, rozándole:
—Sigues siendo humano Dorian, a pesar de todos los implantes cibernéticos que moldeen tu cuerpo, nunca olvides eso.
—¿Qué me queda por perder?—pensó tristemente—No puedo sentir nada.
Con frialdad, apretó el gatillo. Una mancha roja llenó la frente de la mujer, su cerebro sintético manchó la pared, antes de desplomarse con una mueca de estupor dibujada en el rostro.
—Te lo advertí, Paula—murmuró Stark, dándose la vuelta con los hombros derrotados por la agonía...
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