Capítulo 5
En esa aún veraniega mañana las líneas de batalla estaban preparadas para el abrazo de la muerte. Los turcos estaban colocados en forma de una inmensa media luna, cuyas puntas sobrepasaban las alas tártaras, una de las cuales estaba junto al río y la otra se afianzaba junto a una colina quince millas más allá, atravesando la planicie.
«Nunca en toda mi vida había pedido un consejo en la guerra», dijo Bayazid, «pero tu cabalgaste con Timur durante seis años. ¿Vendrá a por mí?»
Donald sacudió su cabeza. «Sobrepasas su hueste. Él nunca lanzará sus jinetes contra las sólidas filas de tus jenízaros. Permanecerá lejos y te abrumará con lluvias de flechas. Debes ir por él».
«¿Puedo cargar con mi infantería contra su caballería?», gruñó Bayazid. «Aún dices sabias palabras. Debo arrojar mi caballería contra la suya, y Alá sabe que la suya es la mejor caballería».
«Su flanco derecho es el más débil», dijo Donald, y una siniestra luz ardió en sus ojos. «Congrega a tus jinetes más fuertes en tu ala izquierda, carga y haz añicos esa parte de la hueste tártara; entonces deja que tu ala izquierda dé un rodeo, asediando la tropa principal del emir por el flanco, mientras tus jenízaros avanzan desde el frente. Antes de la carga, los spahis de tu ala derecha pueden hacer un amago hasta las líneas, para atraer la atención de Timur».
Bayazid miró silenciosamente al gaélico. Donald había sufrido tanto como el resto en aquella temerosa marcha. Su cota estaba blanca de polvo, sus labios ennegrecidos, su garganta abrasada por la sed.
«Así sea», dijo Bayazid. «El príncipe Suleiman mandará el ala izquierda, con los caballos serbios y mi propia caballería pesada, apoyada por los kalmiquios. ¡Nos lo jugaremos todo a una carga!»
Y así tomaron sus posiciones, y nadie notó como un kalmiquio de cara achatada abandonaba las líneas turcas y cabalgaba hasta el campamento de Timur, azotando su achaparrado caballo como un loco. En el ala izquierda estaba concentrada la poderosa caballería serbia y la caballería pesada turca, con los kalmiquios armados con arcos detrás. A la cabeza de aquellos estaba Donald, ya que habían clamado para que el franco los dirigiera contra sus parientes. Bayazid no trataba de combatir a los tártaros con arcos, pero sí mandar una carga que hiciera añicos las líneas de de Timur antes de que el emir pudiera mejorar su estrategia. El ala derecha turca estaba formada por los spahis; el centro por los jenízaros y los serbios a pie con Peter Lazarus, bajo el mando personal del sultán.
Timur no tenía infantería. Él se sentó junto a su guardia personal sobre una colina tras las líneas. Nur ad-Din comandaba el flanco derecho de los jinetes de la Asia profunda, Ak Boga la izquierda, el príncipe Muhammad el centro. En el centro estaban los elefantes con sus correajes de cuero, con sus torres de batalla y sus arqueros. Sus impresionantes trompeteos eran el único sonido a lo largo de las extensas líneas de los tártaros vestidos de acero cuando los turcos comenzaron a atronar con sus címbalos y sus tambores de piel.
Como un relámpago, Suleiman lanzó sus escuadrones contra el ala derecha de los tártaros. Ellos corrieron bajo una terrible tormenta de flechas, pero avanzaron siniestramente, y las filas de los tártaros se tambalearon por el golpe. Suleiman, rajando a un jefe con plumas de garza sobre su silla, gritaba exultante, pero incluso cuando hizo eso, tras él se alzó un rugido gutural: «¡Ghar, ghar, ghar! ¡Golpead, hermanos, por el señor Timur!»
Con un sollozo de furia se volvió y vio a sus jinetes caer como hojas al viento bajo las flechas de los kalmiquios. Y hasta sus oídos llegó la risa de loco de Donald MacDeesa.
«¡Traidor!» gritó el turco. «¡Esto es obra tuya!»
La claymore relampagueó bajo el sol y el decapitado príncipe Suleiman cayó de su silla de montar.
«¡Un golpe por Nicópolis!», vociferó el enloquecido montañés. «¡Tirad hacia atrás vuestras flechas, hermanos perros!»
Los achaparrados kalmiquios gritaron como lobos en respuesta, revoloteando para evitar las cimitarras de los desesperados turcos, y dirigiendo sus mortíferas flechas a las revueltas filas que más cerca tenían. Habían soportado mucho de sus señores; ahora era el momento del juicio. Y ahora el flanco derecho de los tártaros avanzó con un rugido; y cogidos por delante y por detrás; la caballería turca se combó y se estrujó, todas las tropas se desparramaron en una precipitada huida. De un solo golpe había sido eliminada la posibilidad de que Bayazid destruyera la formación de su enemigo.
Cuando había comenzado la carga, el ala derecha de los turcos había avanzado con una gran estruendo de trompetas y sonido de tambotes, y en medio de su amago, habían sido alcanzados por la repentina e inesperada carga del ala izquierda tártara. Ak Boga había avanzado hasta los ligeros spahis, y perdiendo momentáneamente su cabeza por la excitación de la lucha, los llevó tras ellos hasta que perseguidores y perseguidos se desvanecieron las distantes pendientes.
Timur envió al príncipe Muhammad con un escuadrón de reserva para apoyar su ala izquierda y traerla de vuelta, mientras Nur ad-Din, penetró por otra parte contra los vestigios de la caballería de Bayazid, se sacudió en un movimiento pivotante y golpeó contra las cerradas filas de los jenízaros. Éstos se apretaban como un muro de hierro, y Ak Boga, galopando de vuelta de su persecución de los spahis, les atacó desde el otro flanco. Y ahora el mismo Timur montado en su semental de guerra, y todo su centro avanzó como una ola de hierro contra los tambaleantes turcos. Y ahora el verdadero abrazo de la muerte tenía que llegar.
Carga tras carga golpeaban en aquellas formaciones apelotonadas, rompiendo y retrocediendo como olas golpeando y alejándose. Bajo nubes de ardientes flechazos los jenízaros permanecieron tranquilos, confiando en sus enrojecidas lanzas, golpeando con hachas chorreantes y afiladas cimitarras. Los salvajes jinetes les azotaron como un explosivo torbellino, barriendo las formaciones con las tormentas de sus flechas, apuntando y disparando tan rápido que el ojo no podía seguirles, precipitándose como un torrente en una presa, gritando y aullando como enloquecidos cuando sus cimitarras tajaban a través de los escudos, yelmos y cráneos. Y los turcos les devolvían los golpes, traspasando caballos y jinetes; tirándolos y haciéndoles caer debajo, pisoteando sus propios muertos bajo los pies de sus filas, hasta que ambas huestes pasaban sobre una alfombra de muertos y los cascos de los corceles de los tártaros salpicaban sangre en cada brinco.
Repetidas cargas destrozaron las huestes turcas hasta que al final, y sobre toda la explanada, la lucha se enrabietó, y grupos de lanceros quedaron espalda contra espalda, sajando y cayendo bajo las flechas y las cimitarras de los jinetes de las estepas. A través de la polvareda acechaban las trompas de los elefantes como una condenación, mientras los arqueros sobre sus lomos hacían llover oleadas de flechas incendiarias que abrasaban a los hombres dentro de sus mallas como grano tostado.
Durante todo el día, Bayazid había luchado sombríamente a pie a la cabeza de sus hombres. A su lado cayó el rey Peter, asaetado por una veintena de flechas. Con un millar de sus jenízaros el sultán llegó hasta la más alta colina sobre la planicie, y a pesar del ardiente infierno de esa larga tarde todavía resistió, mientras sus hombres morían junto a él. En un huracán de astilladas lanzas, gastadas hachas y melladas cimitarras, los guerreros del sultán llevaron a los victoriosos tártaros a un sofocante punto muerto. Y entonces Donald MacDeesa, a pie, con los ojos brillando como los de un perro loco, se precipitó entre la melé y golpeó al sultán con tanta furia y odio que el empenachado yelmo se destrozó bajo el silbante filo de la claymore y Bayazid cayó muerto. Y el cansado grupo de ensangrentados defensores fue inundado por la oscura marea, y los tambores de piel de los tártaros anunciaron la victoria.
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