“Varias hadas jugueteaban en el jardín del olvido, un jardín único en el mundo. Tan sólo se encontraba donde los sueños de los mortales daban vida a estos seres mágicos.
Flores púrpuras, plateadas y violetas rociaban con su aroma el jardín del olvido. Siempre había sido así, bello e inalcanzable. No todas las hadas tenían el privilegio de danzar entre aquellos parajes exóticos.
En el mundo de las hadas los méritos tenían un valor, así pues cada una de ellas tenía un cometido, un destino y unos privilegios. Aquello determinaba el lugar donde podían entrar, y en los que no lo harían nunca.
Tres hermanas vivían allí desde siempre.
Hechizo, Alivio y sueño habían sido tres hadas con privilegios desde que nacieron. Ninguna de ellas había obtenido el derecho de permanecer en aquel jardín, simplemente se aprovechaban de una bendición no merecida. Esta situación había creado ciertos recelos entre el resto de sus compañeras, aquellas que habían luchado por obtener los privilegios del jardín”
En un café de Londres dos amigas esperaban a que la camarera les atendiese, una de ellas sostenía un cigarrillo en la mano, mientras conversaba con soltura al tiempo que lanzaba virutas de humo. Su compañera agitaba la mano para deshacerse de humo pues le molestaba. El café londinense estaba abarrotado, y tan sólo había una camarera en servicio. Las dos jóvenes comenzaban a impacientarse.
Aún con el cigarrillo en la mano, Sortilegio alzó la mano para llamar la atención de la camarera. Llevaba el cabello recogido con un extraño pasador plateado, sus ojos eran de un verde esmeralda y sus ademanes señoriales hablaban por sí solos. La otra joven le hizo bajar la mano, y frunció el ceño en señal de desagrado. A la joven pelirroja no le agradaba dar la nota, prefería pasar desapercibida, su nombre Quimera.
—Ya sabes que no me gusta lo más mínimo que hagas eso —le advirtió Sortilegio aporreando el cigarrillo contra el cenicero.
—Y a mi no me gusta que la gente nos mire… —musitó la joven de ojos almendrados con una sonrisa complaciente.
—Deja de soñar, ya es bastante deprimente tu nombre para que le hagas honor, si no llamamos la atención de la camarera desayunaremos dentro de unos cuantos siglos, no se tú pero yo pretendo desayunar hoy –dicho esto volvió a alzar la mano, agitándola con ímpetu — lo ves, ahora viene —dijo con satisfacción.
—Lo que tu digas, siempre lo que tu digas —dijo resignada Quimera.
La camarera vestía un uniforme de color celeste a rayas blancas, en el bolsillo de la camisa llevaba una tarjeta de identificación con su nombre, Consuelo. Llevaba el pelo recogido en una trenza larga, su cabello oscuro contrastaba con su piel clara, extremadamente clara, casi albina.
—¿Qué van a tomar? —preguntó la camarera.
—Dos te con leche, y tarta de chocolate —se adelanto Sortilegio sin dejar a su compañera pronunciar ninguna palabra.
—Bien, enseguida vuelvo —mientras apuntaba el pedido en un bloc de notas.
—Eso espero, quisiera desayunar hoy. Mañana puede ser tarde, Consuelo, ¿es así como se llama?
—Si, ese es mi nombre.
Paso mucho rato y no volvió la camarera para llevarles el desayuno. De pronto se dieron cuenta de que no quedaba nadie en aquel lugar. La camarera había desaparecido, no había clientes. Quimera miro su reloj y se había parado.
—No se porqué pero mi reloj ha dejado de funcionar, hace tan sólo una semana que le puse la pila nueva. No puede ser que se me haya roto —comentaba extrañada la joven.
—Mira, el reloj de la pared también se ha parado. Voy a buscar a la camarera, vuelvo enseguida. Cuida de mi bolso —ordeno Sortilegio.
—Como tú mandes, pero date prisa. No quiero quedarme sola, no me gusta.
Sortilegio comenzó a pasear por el café, se dirigió a una de las cristaleras que daban a la calle, se había hecho de noche. Las farolas estaban encendidas, y la calle estaba desierta. No había coches, ni transeúntes, no se podía divisar a nada, ni a nadie. No quería alarmarse así que se dirigió a la cocina, tenía que encontrar a la camarera.
—Consuelo, ¿está por ahí? Conteste. ¡Consuelo! —grito la joven con rabia.
—Si, ya voy. Ahora les llevaba el desayuno. Siéntese tranquila que ahora mismo se lo llevo —contestó la joven con la bandeja en la mano.
Sortilegio se sentó junto a Quimera, al instante apareció Consuelo con los tes y la tarta. Quimera sacó un billete de cinco euros para pagar, pero la camarera rechazó el dinero.
—Es un regalo de la casa, están invitadas. Son nuestras clientas especiales, y debemos tratarlas como tal —se apresuró a explicar Consuelo.
—Perdona —dijo Sortilegio sujetándola del brazo —no entiendo qué está pasando, de repente los clientes han desaparecido, los relojes se han parado, y bien podríamos decir que esto es la cena, fuera ha anochecido. ¿no tendrá una explicación racional para todo esto? —preguntó la joven un poco alterada.
—Pues no –contestó la camarera.
Sortilegio se giro para conocer la reacción de su amiga, cuando quiso darse cuenta la camarera había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. Un simple parpadeo y se había volatilizado de nuevo… Cada una tomó una taza de té pero cuando quisieron darse cuenta el té ya no estaba, en la taza había restos, como si alguien se lo hubiera bebido. Con la tarta ocurría lo mismo, tan sólo quedaban migajas desperdigadas por los platos.
—¿quieren algo más? – dijo la camarera que ahora estaba sentada frente a ellas, en la misma mesa.
—¿De dónde diablos has salido? —exclamó Quimera con los ojos como platos.
—Espero que no les importe que me siente junto a vosotras, total no hay nadie a quien atender.
—A mí si me importa —dijo Sortilegio —además, ¿dónde están nuestro tes? ¿y la tarta? Nosotras no hemos comido nada, ¿quién se lo ha comido entonces?
—A mi esto no me gusta, vamonos de aquí. Todo esto es demasiado extraño –dijo Quimera cogiendo su bolso.
—Bien, marchad. No entiendo como no recordáis lo que habéis comido, si es la tercera vez que pedís lo mismo en el mismo día. Es más, van tres veces que entráis, os sentáis, hacéis las mismas preguntas y yo os contesto de la misma manera.
—¿quién eres? —preguntó Quimera aterrorizada.
—Consuelo, ¡que preguntas! —contestó con pasmosa tranquilidad.
“En el jardín del olvido cada una de las hadas tenía un columpio. Cada uno de ellos era especial porque representaba con flores las virtudes de sus dueñas. Unos estaban engalanados con flores de plata, otros con rosas rojas, con enredaderas de mimosa. Cada tarde las hadas se columpiaban hasta tocar el cielo con sus delicadas manos, sus cabellos flotaban como aureolas de luz. Lo más placentero de este momento era sentir el aire acariciar sus rostros de porcelana. Era la embriaguez de lo inesperado, el aire nunca dibujaba los mismos secretos, nunca acariciaba del mismo modo. Cada aire era diferente y único. Un amante diferente, una caricia distinta, una emoción guardada que no volvería a repetirse al día siguiente.
—¿qué harán aquellas tres? ¿Dónde se habrán metido? No es que las eche de menos pero sus columpios de plata siguen intactos —preguntaba una de las hadas hechiceras.
—No tengo ni idea, sigamos columpiándonos —contestó su compañera de columpio.
Siguieron columpiándose, sin preguntarse por la ausencia de Hechizo, Alivio y Sueño. Nadie se preocupaba por aquellas a quien todo les había sido regalado”
Las dos jóvenes habían pedido dos tes con un trozo de tarta de chocolate y esperaban ansiosas a que la camarera les sirviera el desayuno. El cigarrillo que sostenía Sortilegio se había consumido, y ella estaba cansada de esperar. De pronto se levanto, impulsada por algo que no podía explicar.
—¿Dónde vas? —preguntó Quimera mientras le daba golpecitos a su reloj pues se había parado.
—Voy a hablar con Consuelo —dijo.
—¿Quién es Consuelo? —preguntó atónita.
—La camarera, es la camarera —respondió con voz cansada.
Se encontró la camarera que venía hacia ella con la bandeja, con los tes y la tarta. Consuelo sonrió a la joven con complicidad, con confianza.
—¿Cómo se llama este café? Necesito saber cómo se llama —exigió Sortilegio.
—El café del olvido, ¿es que no lo recuerda? Pues es extraño porque con el tiempo que lleva aquí tendría que haberle cogido cariño.
—¿y siempre está usted aquí? No entiendo que nos pasa… —dijo Sortilegio desplomándose en cualquier silla.
— Si, siempre estoy aquí. Y siempre seguiremos aquí hasta que los recuerdos maten al olvido… —confesó la muchacha de tez pálida.
—¿y cómo se hace eso? —preguntó Sortilegio.
—Pruebe a servirme a mí el té con tarta, Hechizo —contesto la camarera.
La joven tomó la bandeja y sonrió, mientras la camarera se sentaba junto a Quimera que se extrañaba de aquel cambio, Hechizo servía los tes y la tarta de chocolate. Alivio tomó su te con leche, y comió un buen trozo de tarta. Sueño encontró su taza vacía y tan sólo migajas de la tarta. No comprendía nada, tan sólo recordaba que el servicio en aquella cafetería era pésimo.

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