CAMISETAS AURORA AURORA BITZINE FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN ¡Publica con nosotros, envíanos tus relatos!
Relato Fantástico: Amigo Imaginario
¿Soy una bestia?
¿O soy humano?
¿Sólo soy como tú?
Realmente torcido
Alejándome de ti

¿Soy un demonio?
¿Necesitas saberlo?

(Am I Demon? de Glenn Danzig)
Por MC Carper

Relato Fantástico - Amigo Imaginario La lluvia golpeaba el empedrado, tras calles desfiguradas por el uso y la falta de mantenimiento. Los charcos oscuros eran esquivados con escasa habilidad por la mujer y los niños. Ningún lugar en la calle lograba cobijarlos. Arriba, látigos de plata tajaban las densas montañas de nubes negras abatiéndose sobre el mundo. Con un tironeo impiadoso, la mujer azuzó a los dos chicos tratando de ignorar la insistencia del agua que amenazaba con colarse por su cuello. Tomó aire bajo un diminuto balcón. Hacia delante, sólo se distinguían los arrebatos del agua: Agujas líquidas como una pared gris ante un enloquecido farol. Ella recordó los árboles. La vereda de pinos con troncos casi negros. Pero fue el estruendo de la boca de tormentas, la enorme alcantarilla tragándose el improvisado arroyo, lo que la orientó. Los tacos en punta no facilitaron el cruce de la avenida empedrada. Volvió a irritarse y como era su costumbre descargó sus tensiones increpando a los pequeños.
Se detuvo un momento apoyando el peso del cuerpo en el alto muro que rodeaban. Sintió los ojos del mayor de los chicos perforando su nuca. Un ligero temblor la estremeció y se preguntó, como tantas veces, por qué lo hacía. Esos chicos no le gustaban pero… no pudo pensar nada. Siempre que algo le molestaba con respecto a ellos los pensamientos se le nublaban y se hallaba pensando en algo reconfortante.
El dinero, se dijo
El dinero me ayudará.
Muchas veces había padecido aquella sutil amnesia. Un molesto presentimiento le advertía que era cosa de los niños. Pero duraba menos de un minuto y nunca recordaba que había ocupado su cabeza antes.
Llegaron a la puerta de rejas. Tras un intercambio de palabras, el portero eléctrico les permitió el paso. Un patio de lajas gastadas antecedía a una alta puerta de madera vieja, con varias capas descascarilladas de pintura verde.
La memoria acongojó el corazón de la mujer. Nunca había querido aquel lugar, hasta llegaba a odiarlo. No obstante, muchas veces lo extrañaba, como una irrefrenable adicción.
La puerta se abrió
—¡Pasa! ¡Pasa! —le dijo una anciana de gafas baratas de plástico negro—¡Estás empapada Cristina! —la miró con los ojos de alguien que conocía todos sus secretos—. Aún te niegas a usar paraguas.
—Los odio, Doña Leticia. Como odio la lluvia y la noche —replicó la mujer quitándose el abrigo y tomando la toalla que le alargaba la vieja—. Como odio al invierno —las dos parecían ignorar abiertamente a los chicos, la anciana los miró y dijo sin emoción: —Así que estos son. Pasemos a mi despacho.
Entraron a una oficina y cerraron la puerta dejando a los niños sobre un solitario banco del pasillo. La vieja se sentó en el que obviamente era su escritorio. Cristina no se atrevió a tomar asiento hasta que se lo indicasen.
—Siéntate y habla. Acepté que los trajeras por lo que me dijiste por teléfono. Pero no mencionaste todo, te escucho.
—Son ideales Doña Leticia. Hace cuatro años que los conozco, no tienen padres. No están registrados y son ciento por ciento sanos, no han tenido una sola enfermedad.
—¿Cómo es eso? Cualquiera se enferma.
—Cualquiera si, pero estos no. En el laboratorio los cuidaban como porcelana.
—Si eran valiosos alguien los buscará. No me traigas problemas, Cristina.
—No, ningún problema. Allá no los quieren. Muchos deseaban que desaparezcan, nadie del personal entiende por qué había que tener tanta condescendencia con ellos. Son unos mesticitos…
—¡Como tú, Cristina! ¿O ya te olvidaste de donde vienes?
La otra hizo un mohín de disgusto.
—Te criaste aquí al igual que tantos. Muchos logran ser buenas personas al salir. A las almas descarriadas que no logramos doblegar estoy segura de que nadie puede.
—Entonces sólo importan sus órganos. —bufó Cristina.
—¡Insolente! —dijo Doña Leticia golpeando la superficie castigada de su escritorio—. Podrías agradecerme el que no hayas terminado en un banco de órganos, fueron muchas las veces que necesité corregirte.
—Ya no vivo aquí, Doña Leticia, vine para cerrar un trato. Algo beneficioso para ambas. Otros pagarían sin pestañar por esos dos chicos.
Ambas se sostuvieron la mirada sin mover un músculo.
—Así están las cosas —dijo al cabo la vieja. Sacó un fajo de bonos multiuso de un libro y se lo entregó—. Es más de lo que acordamos, ahora te sugiero que desaparezcas y no regreses nunca.
—Está bien.
Salió del despacho con prisa, deteniéndose un momento para mirar a los chicos. Le faltó fuerza para despedirse. Ambos la observaban. El más pequeño estaba con la cara descompuesta por el llanto. Se alejó sin mirar atrás.
Doña Leticia los estudió por encima de sus lentes. Una mujer muy obesa, con los ojos legañosos por un abrupto despertar, apareció en el fondo del pasillo. Murmuró un momento con la vieja y después se acercó a los chicos.
—¡Vamos! —les indicó el camino—. Delante mío y sin chistar.
La obedecieron hasta llegar a un amplio baño colectivo, los mingitorios aparecían en hilera ante los privados de gruesas puertas grises.
Las paredes llenas de humedad lucían con un desteñido color verde. Todo estaba frío, helaba al tacto. De cuatro palanganas llenas de agua subía vapor. La gorda los empujó hacia ellas. Oyeron el desagote de un inodoro para luego ver salir de un reservado a un tipo flacucho con una mata negra de cabellos ensortijados.
—¡Ya están los nuevos! —dijo. Su voz era desagradable y ominosa.
—Dos negritos. —comentó la obesa. Los despreció desde un primer momento. Sus cabellos castaños, casi rubios, le causaron una enfermiza envidia y los grandes ojos cafés le irritaron más pues la miraban con desafío.
—¡Deja de mirarme así, mono!
—Nunca te educaron ¿No? —se burló el hombre acuclillándose ante los chicos—. ¿Cómo te llamas?
El mayor frunció la boca y se miró la punta de los pies, sin emitir un sonido.
—¿Sabes que aquí se castiga la desobediencia?
Sin permitir una réplica, el flaco retorció una oreja del chico. Este lanzó un alarido de dolor. Fue un grito para liberar angustia y miedo. Todo el terror del niño se amplificó en ese baño vacío. La gorda bajó una pesada mano abierta sobre él para callarlo, los cinco dedos quedaron marcados en el lado izquierdo de la cara. Ambos se ensañaron con el jovencito. Su hermano, presa del pánico, lloraba caído sobre las frías baldosas.

Relato Fantástico - Amigo Imaginario Entonces los recipientes con agua chocaron entre sí derramando su contenido por todo el piso. El ataque al niño cesó y los adultos se miraron preguntándose que había ocurrido.
—¡Qué extraño! —dijo el de cabeza de Raspaolla—. ¿Cómo se volcó el agua?
—¡Ustedes dos limpien todo! —gritó la Gorda Grasosa—. Era la última agua caliente. Tendré que meterlos bajo el agua helada de las duchas.
Así lo hizo, casi congelándolos. Les dio otras ropas y los condujo hasta un dormitorio gigantesco. Muchos niños dormían pero dos o tres cabezas se asomaron por entre las sábanas para ver a los recién llegados.
La gorda los metió en unas camas lanzándoles una furiosa mirada antes de irse. Ni la calidez ni el olor a limpio de las sábanas les brindó confort. Se sentían solos en un mundo enemigo.

La mañana siguiente les enseñaron higiene, los horarios del comedor y los recreos. Las edades de los niños oscilaban entre los cuatro y catorce años. Pocas veces juntaban a los mayores con los pequeños. Allí las reglas eran estrictas. Un lugar donde los sentimientos existentes eran la camaradería entre los internos y el odio a los celadores.
Los recién llegados hermanos debieron ganarse un lugar con los puños desde el principio. Transcurrido un mes, dejaron de ser novedad para convertirse en parte del orfanato. Demostraron ser taciturnos y poco sociables, especialmente el mayor. La única persona que había conseguido averiguar sus nombres era la hermana Amelia, la psicóloga del instituto.
Apagó su cigarrillo aplastando repetidas veces la colilla contra el cenicero de Doña Leticia.
—Y bien ¿Qué opinas de los estudios clínicos, Amy?
—Son sanos, Leticia —contestó la otra escueta con un nuevo cigarrillo entre los labios—. No es nada anormal. Si tienen alguna mutación no es perceptible.
—¿Mutación imperceptible? ¿Qué importan ese tipo de mutaciones?
La psicóloga la miró con cansancio. Exhaló el humo hacia el ventilador de techo y dijo:
—Hay muchas cosas que no comprendemos de nuestro decadente mundo. La peste arrasó a la humanidad y la contaminación devastó el planeta. Vivimos en un continente desértico rodeado de mares envenenados. Yo no creo en la esperanza pero si existe esta en la manos de la próxima generación.
—¡Tonterías! El destino del hombre esta sellado por las mutaciones. La especie sucumbirá si no corregimos nuestro genoma. No existe la esperanza. No hay futuro. Nosotros somos los últimos vestigios de nuestra raza. Cada vez nacen menos humanos y más animales. Los dominan sus instintos básicos.
—Si —suspiró Amelia—. Nacimos en las ruinas de la anterior civilización. Sé que en las junglas y desiertos del sur hay ciudades en estado de semi barbarie y no muy lejos, al norte, tenemos a esos tecnócratas de Progreña con ese extorsionador de Dynektrom.
—No te desvíes del tema, Amy. La política, me importa un cuerno. ¿Qué es lo que te pasa con esos chicos?
—Sólo es el mayor, el de nueve, Sálvat. Ese niño esta aterrado, nuestras reacciones al temor pueden ser diferentes. En un lugar como este, la única respuesta que puede comprender es la de la violencia.
—El chico perturba y es motivo de conversación en los pasillos pero es eso y nada más. Los celadores darán cuenta de él si se propasa. Si se torna un caso difícil me ganaré una buena suma vendiendo sus órganos a los seiyones.
—Ese chico necesita tratamiento. Esta viviendo bajo una tensión terrible. Si lo hostiga solo provocará un desorden más agudo en su psique. Sospecho que manifiesta algún tipo de P.E.S. Me han comentado cosas. La mayoría de los celadores siente rechazo y pocos niños se meten con él. ¿Ha oído sobre los incidentes en el dormitorio y en el lavado?
—¿Los ruidos? —indagó perpleja la anciana—. Descontaminamos todos los techos y no volvieron a oírse. No descarto este tipo de fenómenos pero tiene que estar segura de lo que dice.
—No lo estoy. Déme tiempo con el chico y se lo demostraré. Conozco a gente que se mostraría interesada en estudiarlo.
—Deberán pagar para hacerlo. —amenazó la anciana y la psicóloga suspiró. Apagó el cigarrillo y se marchó deprisa.

—¡Buen día!
El saludo no tuvo respuesta. La mirada del chico estaba perdida en algún punto entre el cesto de basura y el paragüero. Ante él, separado por el enorme escritorio que olía a madera estaba la Hermana Amy.
—Sálvat —dijo ella consiguiendo que la mirase—. Tu nombre es Sálvat.
—Si. —respondió en un silbido. En los anteriores encuentros la única reacción había sido el mutismo. Aquel “si” podía considerarse toda una victoria. Amelia se animó a dar otro paso.
—Tienes nueve años y tú hermano Dlanki, siete.
—Si.
—¿Puedes decir algo más sobre ti?
—No. ¿Usted qué es?
Aquello era imprevisto y fue bien recibido. Se establecía un diálogo.
—Soy doctora. Psicóloga.
—Y monja.
—Si.
—¿Va usted a estudiarme?
—Me gustaría conocerte y ayudarte en lo que pueda.
—Usted busca cierto tipo de gente. Investiga, yo no le importo.
—No niego que mi interés sea personal pero sólo quiero tu bien.
—No puedo confiar en usted. No puedo confiar en nadie.
—¿Por qué?
—Porque todos odian, envidian y mienten. Los pensamientos de la gente me atraviesan. Siento su maldad.
Amelia anotó dos palabras en su borrador. El caso parecía más grave de lo que había creído.
—¿Esquizofrenia? —gruñó el chico—. ¿Alopidol para niños?
La mujer releyó su anotación.
—¿Cómo...?
—Ahora ya lo sabe. No puedo confiar en usted. Es igual a todos. —el joven bajó de la silla y se retiró.

Los chicos corrían persiguiendo la pelota. Unos metros atrás de los arcos, observaban la doctora y el preparador físico. Estaban conversando sobre Sálvat. El niño se mantenía cabizbajo caminando sobre las líneas laterales, eludiendo lo más posible a la pelota.
—¿Le teme? —dijo Amelia.
—Supongo —contestó el hombre con un silbato colgando del cuello—. No vi que se golpeara. Pero le aseguro que ese chico es una fiera. Se transforma. Un día tuve usar toda mi fuerza para quitárselo de encima a Rossiter.
—¿Tienes amigos?
—Un par. Néstor, el pequeño y Juanca. El hermanito nunca se le separa. Me enteré que hubo un incidente en los baños. Ya sabe, los mayores de catorce, molestan a los chiquitos. Se rompieron dos puertas y un inodoro. Hubo cuatro muchachos lastimados.
—¿Un niño de nueve años puede ser tan violento?
—Nadie quiso esclarecer el asunto. Trabajo aquí hace seis años y yo que usted haría menos preguntas, pocos de estos chicos conocerán la sociedad. No vale la pena interesarse en ellos.
La mujer se despidió e ignorando el consejo se acercó a Sálvat.
—Hola. —le dijo, mientras el juego se desarrollaba en otro extremo del gimnasio.
—¿En serio quiere ayudarme? —dijo el chico alzando los ojos
—¿Te da miedo jugar a la pelota?
—Me dan miedo los que juegan con la gente.
La hermana Amelia se acuclilló ante él.
—¿Quiénes juegan con…?
—Usted debe cuidar que no jueguen con usted. El otro día ellos la mandaron. Hoy esta libre. Debe mantenerse libre.
—No entiendo ¿Quiénes son ellos?
—Descubrí una forma para no oírlos ¿Le gusta la música?
—Si, el Folk Y algo de los hippies.

Relato Fantástico - Amigo Imaginario —Eso no funciona —los ojos oscuros del chico negaron el comentario de ella—. Me gusta el Heavy Metal. Creo que a ellos también. Bueno… —el pequeño dudó unos segundos—. En verdad…todos ellos son sólo uno. ¿Le digo un secreto? —el rostro se esforzó para dibujar una sonrisa—. ¿Me creerá?
—Si. —asintiendo con la cabeza.
—Él adquiere la forma que se le antoja. La mayoría de las veces es una sombra escondida en las sombras. Cuando pongo la música bien fuerte no puede alcanzarme. Sólo queda la música. Lo he visto balancearse de un lado a otro siguiendo el ritmo. El Heavy Metal es lo mejor.
—¿Lo ha visto Dlanki?
—No logra verlo pero siente su presencia. Es el único aquí, muchas veces le susurra a las mentes con los que juega. Un simple susurro y actúan como títeres. Hacen todo lo que le susurra. Creo que puede obligarlos a hacerse daño.
El silbato del profesor de gimnasio llamó, Sálvat salió corriendo hacia el grupo.

Caía la tarde plomiza. El café seguía frío y abandonado en un rincón del escritorio. Los dibujos la impresionaron. Horrendos, rayones histéricos de crayón negro con algunas raspaduras rojas. Como una cara sin rasgos con brillantes ojos. Los interrogantes no tenían respuestas. Cuando sonó el timbre se alegró. Su colega de la universidad había llegado y Amy estaba ansiosa por hablar con él.
—Pasa, Fredek.
Fredek Glasco era de mediana edad. Su pelo comenzaba a aclararse pero su cuerpo lucia fuerte y atlético. Se sentó ante ella después de un fuerte apretón de manos. Cargó su pipa y tras degustar el humo lanzó dos bocanadas al techo.
—Tu oficina es acogedora, Amy. Mucho espacio, algo atípico en estos tiempos.
—Es el precio que exijo por mi silencio. Es un trabajo, Fredek, si no es esto son las interminables colas con bidones para agua y cajas de alimentos reciclados. Soportaré todo antes de vivir en un nicho, o en una vivienda colectiva. Pero deja ya de criticar mi manera de vivir. ¿Ya leíste mis notas sobre Sálvat?
—No es tan impresionante como crees. Es un niño índigo, un resultado de esta sociedad enferma —su mirada se perdió un momento en las cambiantes formas del humo—. Demuestra actividades ritualistas con inclinaciones al autismo. Posee una gran imaginación, sólo eso. Medícalo y listo.
—Prefiero no hacerlo. Algunas drogas perjudican al corazón o a los riñones. Los órganos se venden mejor si están sanos.
—Respecto a los dibujos te diré que sufre delirios de persecución. Es tan paranoico que hasta comienza a temerle a su amigo imaginario. En este mundo no hay lugar para un chico así.
—¿Y la música estridente? ¿Ese “Heavy Metal”que usa para no oír a…su amigo imaginario?
—Un mecanismo de auto defensa. El ritmo acompasa la actividad cerebral. Lo extraño es que haya escogido esa música que hoy es tan difícil de conseguir. Es de otra época, del preholocausto. Claro que las letras evocan a supersticiones, al diablo, vida desenfrenada, drogas y alcohol. Ese niño esta desquiciado.
—Supongo que tienes razón. Odia a todo el personal y a nadie llama por su nombre. Raspaolla, Gorda Grasosa, Vieja Buitre; a si se refiere a todos.
—Me imagino quien es la Vieja Buitre. ¿Y a ti? ¿Como te dice?
—Chismosa o La Chupa tinta.
—Já, Já. Ese chico es retorcido.
La carcajada de Fredek fue cortada por un golpeteo insistente en la puerta.
Era Haydee, La Gorda Grasosa, los ojos se le salían de las órbitas. Todo en ella eran nervios. Estaba a punto del colapso.
—¡Doctora! —dijo al fin—. ¡Venga!
Toda una muchedumbre se había reunido en el comedor. Retorciéndose en el suelo estaba uno de los celadores. Los ojos dados vuelta. El pelo negro ensortijado se mecía desordenado. Amelia intentó sacarle la lengua pues se la había tragado. Los miró a todos con una mezcla de desprecio y desesperación. Nadie la ayudaba, el hombre se debatía consciente de su muerte. Amelia golpeó entre sus omoplatos sin ningún resultado; impotente al ver la cara del desdichado amoratarse. Entonces sintió unos ojos perforándole la nuca. Se giró para ver a Sálvat escondiéndose detrás de una puerta. En ese momento el celador agonizó.
—Pobre tipo —comentó Fredek—. Esto es macabro. ¿Quién era?
Ella lo miró anhelando ayuda.
—Raspaolla. —respondió cortante. Se abrió paso a empujones tras el niño. Traspuso dos puertas con violencia hasta un pasillo del viejo edificio donde las ventanas de vidrio permitían ver el patio frontal. El chico se arrobó estrujándose los dedos, podía notar que murmuraba y cerraba con fuerza los ojos. En un primer momento le pareció que hablaba con alguien pero de repente, al sentir su proximidad, se tapó los oídos y gritó:
—¡Yo no fui! ¡Le juro que yo no fui!
—Nadie dijo eso —replicó Amelia suavemente—. ¿Por qué lo dices?
—¡Porqué es lo que piensas! —el aullido le erizó los cabellos de la nuca. Aquellos pequeños pulmones tenían una potencia estremecedora. Los horribles ojos marrones no le ofrecían el pedido de auxilio de antes. Eran de decepción mezclada con desafío. Deseo verlo muerto. Era un engendro, un anormal. Una bestia que no merecía vivir. Sin embargo su curiosidad profesional podía hacer soportable la presencia del monstruo. Si ganaba su confianza y descubría que clase de capacidad extrasensoria manifestaba, obtendría un gran éxito en su carrera.
—No soy un monstruo —sollozó apretando los dientes—. Usted me odia, no lo haga… por su bien.
—¿Me amenazas?
—No. Pero él… Él me protegerá de cualquiera. Yo no puedo detenerlo. Se mete dentro de uno y sabe todo. Va a matarlos uno por uno.
—¿Qué dices? —se acercó. Luchando contra el rechazo que sentía, lo acarició—. No todo lo que pensamos es como aparenta. Tal vez no existe ese… ente. Es posible que puedas hacerlo desaparecer. Te ayuda…
—No me cree. Ya mató a Raspaolla y a la Gorda Grasosa.
—Haydee está bien.
—¡Ohh! —dijo Sálvat y se tapó la boca—. Aún no...
Amelia frunció el ceño apartándose del niño; queriendo huir al lavado para quitarse la sensación de asco en sus manos por haberlo tocado. Corrió hasta el baño común, tomó la pastilla de jabón y se la refregó con insistencia bajo el chorro abundante de la canilla. Después de secarse en la pollera oyó un sonido apagado en uno de los reservados. Con resquemor se dirigió hacia el origen del ruido. Derrumbada sobre el inodoro yacía Haydee, la Gorda Grasosa, las manos comenzaron a temblarle cuando intentó examinarla.
Un maldito derrame, descubrió
—Ahora me cree.
La voz del niño le congeló la sangre y no pudo reprimir un grito.
—Tú lo haces. —declaró en un gruñido
—Yo no —negó Sálvat—. Yo no. Ayúdeme. Aléjelo de mí, por favor, tengo miedo.
—¿A qué? Con tu poder no puedes temerle a nada.
—¿Poder? Yo no soy, Yo no soy ¡Yo no soooy! —el chico huyó y casi derrumba a Fredek cuando se asomaba al baño.
—¿Qué pasa aquí? —dijo el psiquiatra.
—Haydee está aquí. Muerta. Es ese chico, Fredek. No usaré píldoras, pasaré directo al electroshock; hasta la lobotomía. Es… Él es… un monstruo.
—Cálmate —dijo Fredek con suavidad—. Debes relajarte. Has sufrido una gran tensión. Han muerto dos personas, ahora no resulta aceptable pero ha sido así y nada me hace pensar que haya algún responsable.
La hermana Amy miró con seriedad al cadáver. Su cabeza bullía intentando recuperar el control.
—Necesito un cigarrillo.
—Volvamos a tu oficina.

Relato Fantástico - Amigo Imaginario Fueron varios cigarrillos, y dos vasos de agua. La voz de Fredek era relajante, tan profesional como podía serlo para inspirar confianza.
—¿Cuál es la relación del niño con esas muertes? —dijo ella al vacío por tercera vez.
—Ese chico te ha pasado sus miedos, o quizás despertó alguno dormido. Esa gente no tiene signos de haber sido asesinados. Un ataque y un derrame… es una horrible casualidad, nada más.
—¿Qué me sugieres? ¿Qué haga terapia? ¿Qué vea a un especialista?
Entre ellos se alzó un largo silencio apenas interrumpido por las pitadas en la pipa. Fredek volcó el tabaco y desarmó el objeto de madera para limpiarlo. Se aclaró la garganta para decir:
—Somos muy pocos los que estudiamos la mente en este mundo. Casi todo lo basamos en nuestras lecturas de libros antiguos. No existe hoy la investigación de campo pura. Sólo recopilamos datos y comparamos los estudios de un viejo profesor con los de otro. Queremos creer que lo inexplicable es nada más un enigma oculto que podemos revelar armando rompecabezas lógicos o hallando la pieza faltante que acomoda todo para sostener nuestro concepto del mundo. Esa es la mecánica de pensamiento del escéptico y, vaya ironía, la del fanático. Pocas veces logré hacerlo en mi experiencia, mas conozco un grupo de especialistas que podrían ofrecerte respuestas.
—¿Qué clase de especialistas?
—No he tratado con ellos directamente. He presenciado un par de seminarios, supongo que están organizados. Aquí tengo una tarjeta. Llámalos; y si no obtienes nada, tómate unas vacaciones.
—¿Me lo dice el psiquiatra o el amigo?
Fredek suspiró.
—Para serte honesto, ambos.

El especialista era joven. Cabellos castaños, muy cortos. Vestía un gran pulóver gris, tal vez dos tallas mayor a la suya y pantalones colorados de corderoy. Sus ojos almendrados se le antojaron muy tristes a Amy. Había entrevistado a Sálvat y a Dlanki durante cuatro horas y salió riendo con ambos. Se presentó sólo como Angus. Esperó pacientemente que Amy terminara su conversación telefónica, sentado con las piernas cruzadas ante el escritorio. Con un gesto suave rechazó el ofrecimiento de un cigarrillo para quitarse una pelusa de su pulcro pulóver.
Amy colgó y le dedicó su mejor sonrisa.
—Ante todo, muchas gracias por venir.
—No hay porqué. A decir verdad, el agradecido soy yo. Esos niños son hermosos.
—Hm. —frunció los labios ella—. Es la primera persona a la que oigo referirse sobre ellos de esa forma.
—Es una pena oírlo. A veces dependiendo de nuestro conocimiento, reaccionamos con temor ante lo que no se rige por las reglas de la mayoría. El temor predispone al sistema nervioso para entrar en acción. A eso le llamamos, ira.
—¿Me esta diciendo que todos aquí los odian por ser diferentes?
—Es obvio, pero más los rechazan por no esforzarse para cambiar ¿Usted les teme?
—Presencié dos muertes y todo indica que Sálvat es el responsable, igual que de muchos otros accidentes. Lo que no logro descubrir es como lo hace. Que clase de capacidad síquica…
—¿No hay ninguna posibilidad de que no sea él? —fue un eufemismo pero era evidente que eso creía.
—Él me anunció que morirían y así fue.
—Está bien, pero eso no lo hace culpable, sólo sospechoso. La mente de ese niño recibe información que crea un conflicto con su entorno. Busca descubrir un código, una fórmula para que su mundo sea coherente. Se encuentra en el dilema de explicarle los colores a un ciego, en un mundo donde los ciegos ponen las reglas. ¿Se da cuenta?
—¿Usted lo ve como una especie de salvador? ¿A qué organización pertenece realmente?
—En realidad prefiero prescindir del titulo de especialista. Soy un estudioso. Mi grupo trata de hallar una respuesta a los interrogantes de nuestro mundo. En ciertos campos somos eruditos en esos enigmas. Este chico, Sálvat, tiene la capacidad de percibir a otros seres del cosmos. Quizás el termino “ser” es demasiado pretencioso, cosa es más acertado.
—¿Sabe lo que es un mito?
—Comprendo su punto de vista. En realidad no he venido a convencerla sobre mi parecer. Me llamó porque quería mi opinión, si usted tiene ya una formulada, sólo desea que otro se la corrobore. En eso no puedo ayudarla.
—¡No! No, está bien. Quiero oírlo. Soy una persona que creo en lo que veo, no es mi costumbre confiar en lo que no se puede probar.
—Tenemos muchos sentidos, la vista es sólo uno de ellos.
—Hm. —Replicó Amy encogiéndose de hombros. En la primera impresión, Angus le había parecido un tipo educado e interesante pero ahora lo veía petulante y fanático. Por supuesto, ella creía en el Señor y la Santa Iglesia de la Resurrección. En esas mismas escrituras se nombraba a los demonios nacidos de la depravación. Criaturas inhumanas que eran identificadas por poseer poderes infernales. La posibilidad de un ente rondando a Sálvat podía significar que poco a poco tomaría el control de la vida del muchacho. Entonces estaría perdido para siempre. Nunca antes les había dado crédito. Pero, si estaban en los libros sagrados eran reales.
—Hermana —dijo Angus—. No se precipite a sacar ninguna conclusión. Permita que me lleve a los niños. Le prometo que la mantendré al tanto de todo lo que descubramos.
—Eso sería costoso. La directora querrá cobrarle por los gastos que ocasiona mantenerlos. ¿Puedes pagar dos millones de bonos alimenticios?
—Esa cifra es astronómica. Yo creí que…
—Es lo que le representan a estas paredes.
—Claro. Son N.N., no existen. No vale la pena que me quede. Esos chicos, como usted y yo, cumplimos un propósito. Nada evitará que así sea. Interponerse es buscarse problemas. Esta claro como el agua, que la energía de este lugar se esta corrompiendo. Aquí no está en juego el bien o el mal, en ciertas esferas, esos conceptos no se diferencian. No desafíe a algo que la supera y es muy antiguo.
—¿Quiere asustarme? ¿Me esta hablando del Demonio?
—Ese nombre es sólo religioso. Yo no lo soy. Me refiero a eso que usted sospecha, si las muertes tienen relación con el chico, solamente los profesores del “Conjunto” pueden asistir a Sálvat. Así como murieron esos dos celadores puede morir usted.
—Lo que sea —dijo ella terminante—, necesita de la mente de Sálvat para hacerlo. Anulando esa mente. Anularé el mal.
—Me gustaría que este en lo cierto —le alcanzó una tarjeta—. Llámeme sin dudarlo, cuando guste. Esperaré su llamado.
Amy la tomó, guardándola sin ninguna atención. Sin decir una palabra lo acompañó a la salida. Apenas Angus traspuso la entrada, las dos hojas se unieron de golpe con gran estruendo. A ella le extrañó pues no había la más leve brisa en el aire.

Pasada la medianoche la despertó el rumor de pisadas. Pies descalzos en los pasillos. Presa del mal humor hurgó en la oscuridad para localizar la perilla del velador.
—¡Maldición!
No había luz eléctrica. Tras las ventanas, afuera, el viento retorcía los pinos. El golpeteo seco de piecitos volvió a oírse. De aquí para allá, y de vuelta al otro extremo. Las manos comenzaron a temblarle incómodas. Vistiéndose con premura abrió el cajón donde guardaba la linterna.
Pla, pla, pla, pla, pla, pla, pla, sonaba sobre las baldosas del pasillo. Se preguntó como sería posible que ningún celador estuviera poniendo orden.
¿Y los de la guardia nocturna?
Sintiendo sus pies muy pesados abrió los dedos temblorosos hacia el picaporte. El corazón casi le estalló al ver la puerta azotada por golpes desde el otro lado.
—¡Hermana Amy! ¡Hermana Amy!
Tardó un tiempo en reconocer la voz de Sálvat. Cuando abrió cayó sobre ella apretujándose a su cuerpo con fuerza.
—¡Está llegando! ¡Está pasando!
Se lo quitó de encima llena de odio y asco.
—¡No vuelvas a tocarme engendro piojoso!
—¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! ¡Por favor! ¡Por favor!
—¡Cállate! —los gritos denotaban su miedo. Al mismo tiempo se dio cuenta que nadie había despertado. Nadie llegaba corriendo a su dormitorio
—¿Qué hiciste, diablo?
—Por favor…
—Eres la Bestia. Pondrás tu número a aquellos que corrompas. No me tendrás, maldito, no me tendrás.

Relato Fantástico - Amigo Imaginario —Hermana… —musitó él, pero ella ya echaba a correr hacia la salida. En el pasillo se cruzó con cuatro celadores, tan muertos como un témpano. A su alrededor, detrás de las puertas, sintió las miradas malignas de los niños internados. Los dientes le rechinaron de pavor y un sudor espeso le empapó el cuerpo.
Enloquecida, corrió por las escaleras. En el patio había otros cadáveres. Detrás de las columnas y escabulléndose entre las galerías percibía la presencia de niños de ojos rojos divirtiéndose con su miedo.
El corazón golpeaba dentro de su pecho tratando de salírsele. Cobró ánimo y se arrojó ciegamente en dirección a la recepción. Resbaló golpeando duro contra el piso. Delante, vio a Sálvat cortándole el paso. El nudo en la garganta no le dejaba articular una silaba. Los ojos intensamente marrones le parecieron fosas. Ella se vio cayendo en esos pozos sin fondo. La desesperación hacía estallar las arterias de su cabeza con la lengua soldada al paladar. No podía respirar. Se desplomó de costado sin poder contener los esfínteres. En ese momento recordó la tarjeta de Angus. Tal vez eso hizo que aquello abatiéndose sobre ella, aflojase levemente su empeñada tarea. El niño seguía allí, petrificado, clavándole la insensible mirada. Creyó que movía la cabeza negando, entonces saltó desde más allá de su espalda una forma nebulosa, oscura. La imagen se solidificó en una criatura alta y delgada, el rostro oculto por las sombras. Se inclinó sobre Amelia con movimientos burlones. No emitió ningún sonido pero las palabras llegaron directo a la mente de la doctora.
— El niño y yo somos algo parecido a hermanos siameses. Fuimos concebidos para habitar en el mismo cuerpo. Él ya no puede conservar su independencia, me necesita para sobrevivir. Así que hicimos un pacto, cuando corra peligro, asumiré el control y me haré cargo. Me instalaré en lo profundo de su subconsciente, donde ni él mismo podrá encontrarme. Mereces saber eso, antes de entrar en el olvido.
Desde el piso superior llegaba música Heavy Metal a máximo volumen. La negrura la comprimió contra el polvoroso piso. Podía oír una confusión de voces. Hablaban de ella, de divertirse con ella. Lo último que percibió su conciencia fueron ojos rojos sobre una amplia sonrisa desfigurada.

La mañana se arrastraba bajo la presión de un techo espeso de nubarrones rasgados. El aire cálido cortaba la respiración y teñía todo de ocres y tierras. Dar los primeros pasos hacia la entrada provocó una molestia incómoda a Fredek. Hacía solo quince días había charlado ahí con su amiga, ahora todo se le aparecía diferente.
Doña Leticia, La Vieja Buitre, lo recibió con su sonrisa de reptil y apretón de manos imperceptible. Una mano llena de arrugas y fría; como un guante de goma.
—Bienvenido. —le dijo
—Gracias —replicó él—. No se oye un solo rumor aquí. ¡Tan calmo!
—Nadie diría que viven casi cien chicos —masticó la anciana—. En ese tarro hay unas gomas, tome una y siéntese, Doctor.
—¿Ha vuelto todo a la normalidad?
—Fue más rápido de lo que imaginé. Por supuesto lo que pasó con Amelia perjudicará nuestra imagen. Y ha sido una fortuna que los intoxicados fueran sólo celadores. ¡Imagínese si uno de los niños hubiera muerto! Es increíble lo que el stress puede causarle a una persona.
—Ella me habló de Sálvat.
—¡Ese chiquillo! Es uno de los líderes. No sé desde cuando. Todo el grupito de los nenes de diez años lo sigue, creo que hasta los grandes lo respetan.
—¿No es retraído? —Fredek aun tenía presente la última conversación con su amiga. Había una incongruencia ahí.
—Amelia estaba enferma. Imaginaba todo. No quiero suponer que habría pensado con la muerte de Cristina…
—¿Cristina? ¿Quién era?
—Era la enfermera que encontró a los dos hermanos y me los trajo. La misma noche que los dejó aquí, resbaló por una boca de tormenta y se ahogó en las cloacas. Hallaron su cadáver hace un par de meses.
—Tantas muertes…
—La vida es así. Hoy estamos y mañana quién sabe. El puesto de psicólogo está vacante si le interesa.
— No —sonrió—. Le pediré un único favor ¿Podría hablar con Sálvat?
—No es lo usual. —dijo la vieja arrastrando las palabras e interrogándolo con la mirada. Fredek comprendió y le dio dos bonos multiuso.
—En la sala Seis, el cuarto Quince.


La música sonaba fuerte en toda la sala. Ningún niño parecía molesto, al contrario, varios seguían el ritmo con sus cabezas. El cuarto tenía seis camas en dos hileras de tres. En la más alta de la izquierda, estaba Sálvat. Bajó el volumen del reproductor cuando vio a Fredek. Sus grandes ojos marrones lo observaron expectantes. No había interrogación en su mirada.
—Hola, Sálvat.
—Hola.
—Pasé a saludarte. Soy amigo, era, de la Hermana Amelia.
—Si, lo sé. Lo vi. En los baños.
—Ella me habló mucho de ti. Me confió tu secreto. —no supo porqué le decía aquello. Lo cierto era que la actitud del niño, su presencia, le resultó de súbito; ominosa, hasta siniestra.
La expresión del chico apenas se alteró. No había aprehensión.
—Le hablaste de un ser. Alguien que mató a Raspaolla y a la Gorda Grasosa. —lo azuzó. Comenzaba a sospechar de las palabras de la psicóloga.
El niño negó rotundamente con su cabeza.
—¿No le dijiste nada de esto a Amelia?
Sálvat volvió a negar moviendo su rostro. En su profesión se había entrevistado con internos de muchos institutos, incluso asesinos seriales. Los gestos del niño recordaban a esas personas. De improviso, el pequeño cuarto se llenó de chicos. Todos los rostros mostraban animosidad hacia él. Fredek se apartó para dejarlos pasar. Varios pedían a Sálvat que reiniciara los mp7 del reproductor. El chico no se mostró taciturno sino que sonrió apartando a empujones a lo otros mocosos y salió corriendo al patio con el grabador bajo el brazo, Fredek se retiró confuso.
Quiso seguirlo pero se sintió pesado. Abrumado por un punzante dolor de cabeza. El sol en lo alto calcinaba el patio. Los niños elevaban el polvo con sus pasos. Continuar allí era simplemente insoportable. Una voluntad insistente lo empujaba a retirarse. Intentaba razonarlo pero sus instintos le gritaban que sólo estaría a salvo fuera, lejos. Caminó sin darse cuenta que lo hacia. Dirigiéndose directamente hacia la salida.
Un sobresalto casi paralizó su corazón cuando puso los pies en la vereda. Tras él, la puerta de rejas se cerró con la violenta ira de unas manos invisibles. Un sudor frío lo recorrió. Las fantasías de Amelia podían ser contagiosas. Reconoció interiormente que sentía un terror incontrolable por causa del niño. Tragó saliva y se juró no regresar jamás a ese lugar ni volver a oír sobre un niño llamado Sálvat.

Continuaremos con el ciclo de Sálvat
subir
Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de febrero del 2007