El venerable maestro Salik Mandal se paseaba insomne por los desiertos pasillos de lo que era la construcción más imponente que el mundo hubiera conocido. A decir de sus alumnos, sus muchos años le habían proveído de suficiente mala conciencia como para no permitirle conciliar el sueño ni un minuto en todo su segundo milenio de vida. Por supuesto, estaba al tanto de la broma; se trataba de un asunto menor, para nada merecedor de tomar medidas disciplinarias; que no era eso lo que le quitaba el sueño, vaya. También él había sido joven y estudiante. No hacía tantos años como pregonaban las malas lenguas, pero lo suficiente como para poder ser el bisabuelo de todos ellos (bueno, menos lobos; contando sus tres “deslices” juveniles, podía ser como mucho bisabuelo de una docena, y eso habiendo acertado un pleno, lo cual, dado su lamentable estado etílico en dos de los susodichos deslices, se le antojaba cuanto menos discutible).
Cerró los ojos y le pareció ver, con la claridad diáfana de quien aún no ha intentado descifrar a lo largo de sus veintiocho tomos los garabatos de Vergulihntakbar en su “Historia natural de los páramos de Lentria”, el edificio tal y como lo contempló por primera vez. Había aparecido tras una loma, aunque quizás “aparecer” no fuera el verbo más adecuado ya que, debido al zarandeo al que le sometía su puto camello —así lo había bautizado de forma oficial y con todo el cariño—, creyó por un momento que crecía en la misma cima, elevándose poco a poco, como brotando del suelo. Su altura le impresionó, y eso que no alcanzaba siquiera la décima parte de la distancia que acabó interponiéndose entre el pináculo de la Torre de la Luz y su basamento. En su dilatada experiencia previa, la definición de “edificio alto” había venido a ser: toda cabaña donde no hiciera falta agachar la cabeza para evitar partirse la crisma con las vigas del techo.
Cuatro arquitectos habían sido necesarios para culminar la labor por la que aquella época sería recordada por todos los siglos venideros. Al menos con un poco de suerte los siglos venideros se acordarían de la época, porque lo que era de los nombres de los arquitectos... De un modo u otro Salik Mandal vería su nombre unido de forma indisoluble a la culminación de todos los anhelos, y a él le bastaba con que la fama le durara un par de añitos. Llegado a este punto se detuvo preocupado por el giro que habían tomado sus pensamientos. ¿Realmente albergaba en su interior tanta jactancia? ¿Dónde habían quedado los años de estudio y meditación? ¿Adónde había huido la modestia que predicaba a sus jóvenes estudiantes, la primera generación de los sabios que construirían el Destino Dorado, verdadero fin espiritual de aquella entidad material?
La preocupación no pudo sin embargo arraigar profundamente en su corazón. Él no ansiaba la fama por sí misma, ni tampoco por vanidad ciega, sino porque quizás le diera la última oportunidad de achisparse un poquito. Aquél era pues un día de júbilo y anticipación. Nada más lógico que los recuerdos borrosos de sus anteriores experiencias con el alcohol le impidieran buscar el magro consuelo de su duro jergón. Además, el mismo hecho de apercibirse de su pecado era una buena señal. No bastaba, por supuesto, pero bien podía dejar la enmienda para después de la cogorza. La primera y última resaca del resto de su monacal vida.
Su errático andar le condujo hasta las dependencias de los estudiantes. Allí, en aquellos modestos cubículos, se gestaban los embriones del siguiente paso hacia la Sabiduría. Cualquier pequeño paso que él hubiera podido hacer avanzar la ciencia quedaría minimizado por los logros de la nueva generación. A largo plazo, si iba a ser recordado sería por su mediación, como el maestro que los puso en el camino de la revelación. Tan abrumadora resultó aquella intuición que lo que descubrió al doblar una esquina no suscitó en él la cólera que sin duda le hubiera inflamado el corazón en cualquier otro momento. Su estado de beatífica tolerancia resultó ser, a corto plazo, muy beneficiosa para Elimequieb quien, contraviniendo las estrictas normas de la curia, escrutaba fascinado los misterios del universo a la oscilante luz de un candil.
—¡Elimequieb! ¿Cuál es la tarea de las sombras?
Dando un respingo, el interpelado casi dejó caer el volumen sobre el que se inclinaba, aunque en el último momento, por puro instinto, logró hacerse de nuevo con su control sin que los daños pasaran a mayores.
—Reposar, Venerable— contestó con semblante avergonzado, sin atreverse a alzar la vista.
—¿Para qué?
—Para que nuestra mente pueda renovarse y nuestro cuerpo recupere la energía que ha prestado durante el día —fue la respuesta, idéntica palabra por palabra al apartado correspondiente del Acta Fundacional.
—¿Por qué no estás cumpliendo pues con una regla tan sabia?
—Yo... —Elimequieb titubeó, mordisqueándose el labio inferior.
—La verdad es como un roble, puedes ocultar la bellota pero sólo si deseas acabar colgado del árbol —le recordó Salik Mandal con paciencia.
—Lo siento maestro. Es todo tan... asombroso.
—No puedes desvelar el secreto de la creación si tu mismo permaneces desvelado —le reprendió con una sonrisa en los labios, haciendo uso de uno de sus infames retruécanos.
—No se preocupe, Maestro. No volverá a suceder —le aseguró el estudiante mientras devolvía el tomo al armario, donde se encontraba apenas acompañado por los útiles de escritura y a la áspera túnica del noviciado.
—Eso espero, Elimequieb, eso espero. A propósito ¿Qué sed de sabiduría era tan acuciante que no podía esperar a la mañana para ser saciada?
—Nada importante en realidad, sólo una curiosidad pasajera.
—A buen seguro que no compartes tu misma opinión, pues te dedicas a robar horas a tu descanso para invertirlas en su estudio. Déjame ver lo que leías.
Reluctante, Elimequieb se vio obligado a sacar de nuevo el libro para someterlo a la inspección de Salik. Su alegría por haber salido tan bien parado del encuentro se disolvió como un terrón de azúcar en el aguachirle que les daban como desayuno. Ahora sí que nada podría salvarlo del justo castigo al que se había hecho acreedor.
—De modo que ésta era la razón por la que te mostrabas tan sumiso. Ah, Elimequieb, ¿cómo esperabas que no notara un cambio tan radical en tu actitud? Investigando a los Antiguos; creo recordar que esta materia no forma parte de tus planes de estudio.
—¡No forma parte de los planes de estudio de nadie! —se quejó el discípulo para, tras una corta pausa, añadir—: Maestro.
—¿Y no crees que hay una buena razón para ello? Toma asiento en esa esquina del camastro, que yo lo haré en tu taburete y discutiremos ese punto.
Creyendo que debía haberse quedado dormido, pues no podía concebir que el gran Salik Mandal, el Maestro de Maestros, se dispusiera a concederle en exclusiva el regalo de su sabiduría, Elimequieb se apresuró a obedecer.
—¿Por qué te interesa estudiar a los Antiguos?
—Bueno, indudablemente alcanzaron a comprender secretos que han sido olvidados con el transcurso de los años.
—Yo no considero ese aserto tan indudable. ¿En qué te basas para expresar tal opinión?
—Basta con ver las construcciones suyas que han sobrevivido hasta nuestros días. ¿Qué me decís de los anfiteatros? ¿No son acaso monumentales? Todos los habitantes de cualquiera de nuestras ciudades encontrarían acomodo en el más pequeño de ellos. ¿Y los templos? Sólo nos quedan los cimientos, pero hay quienes aseguran que en su época de esplendor les faltaría bien poco para tocar las estrellas.
—No esperaba tener que rebatir esos engañosos argumentos precisamente aquí. Mira a tu alrededor. ¿Dónde te encuentras?
—En la Fortaleza de la Sabiduría, Maestro.
—¿Y contra qué nos defiende la fortaleza?
—Contra la Ignorancia y la Superstición.
—Exacto. Ahora, contéstame. ¿No ocupa acaso la Fortaleza de la Sabiduría más superficie que el mayor anfiteatro? ¿No es acaso la Torre de la Luz el doble de alta que el más elevado de los templos? No debemos fijar nuestra vista en el pasado, sino dirigirnos esperanzados hacia el futuro. Somos como jóvenes reacios a abandonar la casa paterna, pensando erróneamente que es un palacio sin atrevernos a enfrentarnos a la claridad que se filtra por las rendijas de la puerta. Demasiados siglos llevamos encerrados en las cómodas posiciones del inmovilismo. Ya iba siendo hora de que nos pusiéramos de nuevo en camino, antes de que se nos atrofiaran demasiado los músculos como para poder andar. Esta edificación es un símbolo, nada más que eso. Indica que nos hemos puesto en pie, que estamos dispuestos a alcanzar las más lejanas metas. Yo y el resto de los maestros estamos aquí para indicaros el camino, para daros el empujón inicial que vosotros transmitiréis al resto de la humanidad, hasta que todos avancen hacia un nuevo y glorioso destino. ¿Me sigues, Elimequieb?
—Sí, Maestro.
—Sólo hay una forma de recorrer el camino. Con los ojos bien abiertos enfocados hacia el horizonte al que nos dirigen nuestros pasos. Si miras hacia atrás, hacia un hipotético pasado esplendoroso, lo más que lograrás será tropezar con el primer obstáculo que se cruce en tu ruta. Te aseguro que tras la caída sería difícil, muy difícil reemprender la marcha.
—Comprendo lo que me decís, Maestro, pero ¿no consideráis que nos convendría partir tan bien equipados como fuera posible? En mi interior estoy convencido de que estudiar los logros de nuestros antepasados nos ayudaría a estar mejor preparados para eludir las trampas que tratarán de impedir nuestro avance.
—Todo conocimiento es importante —confirmó Salik Mandal—, pero en algún momento debes de cortar el cordón umbilical para permitir que el niño viva su propia vida. No puedes aspirar a recolectar todo el saber de los que te han precedido, sino que debes avanzar por ti mismo. Déjame que te ponga un ejemplo. ¿Cuántos años crees que tengo?
—Debéis rondar los sesenta, Maestro.
—Si algo apreciaba de ti era la ausencia de falsedad. Di lo que piensas de verdad.
—¿Próximo a los setenta y cinco? —aventuró Elimequieb sonrojándose.
—Si dijeras próximo a los ochenta estarías más cerca, pero con eso me conformo. Pues bien, he dedicado casi toda mi vida al estudio. Ingresé en la orden más o menos a tu edad y desde entonces no ha pasado un día sin que ahondara en las distintas ramas del conocimiento. ¿Debería mostrarte paso a paso todo lo que yo he estudiado? ¿Debería conducirte a los pozos secos de los que traté infructuosamente de sacar el más leve atisbo de humedad? De hacerlo así debería emplear en tu instrucción sesenta años, y al acabar sabrías tanto como yo sé ahora, pero no habríamos avanzado un paso en la dirección correcta. Debes de aprender del pasado, no emularlo.
—Pero vos seleccionáis la información que será más útil transmitirme y, por tanto, recortáis notablemente el periodo de aprendizaje.
—En efecto, esa es mi función ahora.
—Los Antiguos no tienen la misma oportunidad que vos de elegir qué quieren transmitirnos, por lo que deberemos aprender del modo más difícil. Creo que yo estaría dispuesto a consagrar mi vida a la recuperación de tanto conocimiento como sea posible. Yendo a parar a tantos callejones sin salida como sea necesario para completar mi misión.
—¡Deja ya de empecinarte en seguir la supuesta sabiduría de unos hombres que ya no son sino polvo! ¡No has prestado la menor atención a todo cuanto te he revelado! Vivir en el pasado no resulta demasiado diferente de estar muerto. No importa tanto el saber como el modo de lograrlo. ¡Tu método es propio de gandules que desean cosechar sin antes haber sembrado!
—¿Creéis que es fácil desenterrar los secretos de los Antiguos? ¿Os habéis parado en alguna ocasión, en vuestra incesante búsqueda personal, para tratar de descifrar la compleja simbología arcaica?
—Malinterpretas mis objeciones —bufó Salik Mandal, enrojeciendo de exasperación—. No trato de decirte que alcanzar el objetivo que te has marcado no entrañe dificultades, sino que una vez superadas no serás ni un ápice más sabio. Sólo tendrás la cabeza más llena de inútiles datos sin sentido.
—¡Pero si lo que pretendo es darles sentido! Mirad. ¿Veis estos símbolos? He llegado a la conclusión de que se refieren a sustancias. Este de aquí tan repetido tengo la casi absoluta certeza de que se refiere al agua y este otro debe de representar el carbón— replicó Elimequieb, mientras iba señalando en el libro los símbolos aludidos.
—¡Basta ya! ¡No se puede razonar contigo! Te prohíbo terminantemente volver a dedicarte a alquimias estúpidas. Los antiguos no sabían nada que no sepamos ya o que no podamos adquirir con nuestro propio esfuerzo. No existe el conocimiento perdido. No desperdiciamos ninguna gran oportunidad cerrando de una vez por todas la cripta del pasado.
—¡Lo único que pasa es que sentís envidia por una sabiduría que vos jamás lograréis!
Salik Mandal se quedó mudo por la indignación. Elimequieb, por su parte, pasado el momento de enajenación, comprendió la gravedad de la acusación que había proferido. Él, un simple estudiante, y no demasiado aventajado, se había atrevido a dudar de la equidad del Venerable Maestro y había llegado a poner en duda la valía de toda una vida de investigación. Comenzó a balbucear incoherencias, implorando el perdón.
—¡Tú...! —acertó por fin a pronunciar Salik Mandal—. ¡Tú, ignorante crío, te crees poseedor de la verdad suprema! —espetó entre gotitas de saliva—. ¡No eres nadie y nunca lo serás! Desde este mismo instante te degrado a simple peón. No volverás a posar tu vista sobre un escrito hasta que no demuestres con tus actos que has recobrado la razón. Y te aseguro que va a costarte mucho.
Y diciendo esto, salió del cubículo dejando tras de sí a un tembloroso Elimequieb.
—¡Y todos vosotros a dormir! —ordenó a las cabezas curiosas, asomadas al pasillo, pertenecientes a estudiantes que no habían tenido tiempo de retirarse a sus camastros ante su inopinada salida.
Encolerizado, Salik Mandal se dirigió hacia sus aposentos para tratar de hacer algo útil hasta la campanada del despertar. Ahora seguro que no iba a poder conciliar el sueño aquella noche.
Transcurrió el día entre habladurías de los estudiantes y cuchicheos de los maestros. La noticia pronto se había extendido por todo el recinto y ya la conocía desde el pinche de cocina hasta el tesorero principal. Nadie se atrevía a interpelar al Maestro sobre la cuestión, temerosos de su cólera, tan pocas veces exhibida. Esta circunstancia le permitió recapacitar sobre todo lo acontecido sin molestas interrupciones, que quizás le hubieran impedido mantener la cabeza fría.
La acusación había sido grave, sí, pero la había proferido un chicuelo sin experiencia acalorado por una discusión. Elimequieb, era irritante pero también una de las mentes más despiertas que habían pasado por sus manos. En ocasiones se imaginaba a sí mismo como un escultor que trataba de extraer de la piedra bruta una delicada estatua. Y Elimequieb era una materia prima complicada de la que se podría sacar, con un poco de paciencia, una maravillosa obra de arte.
Temeroso de haber echado a perder al muchacho, pasó el último tercio del día acosado por los remordimientos, lo cual hizo que se mostrara irritable con todo el mundo. Este comportamiento no hizo sino reafirmar la creencia general de que el Venerable Maestro se había enojado de forma irreconciliable con Elimequieb, cuyos días dentro de la orden debían estar contados. Ajeno a todas estas especulaciones, Salik Mandal había decidido remediar la situación, y se disponía a pasar otra noche en vela. Acudiría, en cuanto fuera factible hacerlo sin molestos testigos, al cuarto de Elimequieb, y le invitaría a dar un paseo por el atrio para poner un dialogante fin a sus diferencias.
Las horas gotearon poco a poco en la clepsidra de su habitación mientras Salik pugnaba por concentrarse en los problemas administrativos de una institución de la magnitud e importancia de la que gobernaba. Cuando no pudo seguir fingiendo que trabajaba, dejó los útiles de escritura y comenzó a repasar mentalmente la conversación que iba a mantener con su descarriado discípulo. Por último, cuando llegó el momento que había considerado como el más idóneo para cumplir su cometido, se levantó y se dirigió hacia los dormitorios de los estudiantes.
La luz de la luna, atravesando los grandes ventanales, le permitía avanzar con total seguridad por estancias que conocía de memoria, después de años recorriéndolas, primero sobre el plano, luego entre los andamios y a la postre, cuando ya casi había perdido la esperanza, por las salas terminadas. Siendo la fortaleza inexpugnable, no era necesario mantener vigilancia en el interior, por lo que pudo llegar hasta su destino sin mayores complicaciones. Con sumo cuidado para no despertar a ningún metomentodo, entró en el cubículo de Elimequieb y lo llamó suavemente por el nombre.
Tras no recibir respuesta, se adentró más en la habitación y, frunciendo el entrecejo, llamó de nuevo, alzando un poco más la voz. La absoluta irresponsabilidad de Elimequieb comenzaba a irritarle. ¡Durmiendo a pierna suelta en momentos tan delicados para su futuro! Se aproximó todavía más para zarandearlo. No esperaba encontrarlo despierto después de un día que debía de haber sido aún más pesado que el suyo, pero qué menos que encontrarlo en un duermevela intranquilo.
No fue hasta que no hubo palpado todo el camastro cuando empezó a considerar que el díscolo estudiante podía no estar en la habitación. Temiendo que en su desesperación Elimequieb se hubiera fugado aprovechando la oscuridad de la noche, se dispuso a realizar una pequeña comprobación antes de dar la voz de alarma. A tientas, ya que no sabía dónde dejaba el candil el dueño de la habitación al acostarse, bordeó el catre y abrió el armario. Un rápido registro le permitió comprobar con alivio que aún estaba colgada la muda que había visto el día anterior. Por muy afligido que estuviera, no se imaginaba a su discípulo huyendo con lo puesto. Esta sensación vino a reafirmarse cuando sus manos palparon plumas, secantes y otros útiles de escritura. Elimequieb podía marcharse sin más ropa que una simple túnica, pero jamás dejaría atrás aquellos instrumentos que tanto amaba.
El apresurado registro no reveló nada más. Salik se disponía ya a cerrar la puerta del armario cuando se apercibió de la incongruencia. Pese a su edad, conservaba una memoria casi perfecta, y no recordaba haberse llevado el libro motivo de la discusión la noche anterior. Dudaba asimismo que Elimequieb se hubiera atrevido a sacarlo de su escondrijo en medio del estado de curiosidad malsana que dominaba a todos sus compañeros, ansiosos, como lo estaría él en su lugar, de echar un vistazo al volumen prohibido. Sólo quedaba una conclusión lógica: contraviniendo sus ordenes, Elimequieb había decido seguir con sus investigaciones al abrigo de la noche.
Esta vez su furor no pudo ser atemperado por ninguna circunstancia atenuante que pudiera pasársele por la cabeza. Ya no se trataba de un impulso pasajero e incontrolable, sino que se trataba de la premeditada trasgresión de una orden directa. Reprimió los deseos de despertar a todos los alumnos y mandarlos a la búsqueda del infractor y se obligó a pensar fríamente en la cuestión.
La noche anterior Elimequieb había mencionado algo sobre sustancias como el agua y el carbón, y cuando lo había acusado de maquinar alquimias sin sentido no había negado tal cargo. Posiblemente, estaría deseando tomarse revancha por la pública humillación sufrida y qué mejor modo que demostrando que tenía razón desde el principio. Según esta línea de pensamiento, estaría intentando poner en práctica las presuntas enseñanzas sacadas del libro. Y sólo había dos laboratorios habilitados para experimentos similares en todo el edificio.
Descartó de inmediato el laboratorio del sótano. Para llegar hasta él se hubiera visto obligado a pasar muy cerca de sus aposentos y no creía que, incluso en medio de su locura, se hubiera atrevido a hacerlo. Por tanto, sólo quedaba una opción: el laboratorio de la Torre de la Luz. Apresurándose tanto como podía, se dirigió hacia allá, dispuesto a arreglar el asunto de una vez por todas.
El camino era largo y las escaleras empinadas. Salik hacía ya mucho que no era joven, y el esfuerzo había sido considerable. Se detuvo, jadeando, a la entrada del laboratorio. Ya no cabía duda alguna sobre la exactitud de sus especulaciones. Por debajo de la puerta se filtraba una franja de luz y, desde donde estaba, podía escuchar cómo alguien trajinaba con los diversos instrumentos del oficio a tan intempestivas horas.
No aguardó a haber recuperado por completo las fuerzas. ¿Para qué perder tiempo calmándose si en breves instantes volvería a estar acalorado? Asió con fuerza y decisión el pomo de la puerta y abrió de golpe.
—¡Pero como te atreves a!...
No pudo terminar su imprecación. Asustado por la súbita interrupción, Elimequieb, pues de él se trataba, dejó caer el recipiente que había estado manipulando encima de un pequeño hornillo. Bien sea por el golpe, bien sea por la acción del fuego, bien sea por la combinación de ambos, lo cierto es que una terrible explosión tuvo lugar, arrasando el laboratorio, causando graves daños a la torre, que tuvo que ser demolida casi por completo algunos días después, y provocando, de paso, la muerte instantánea de los dos frágiles humanos.
Tan espantoso suceso sembró una consternación sin precedentes en la historia de la institución. Máxime cuando lo ocurrido quedó envuelto en un velo de misterio que dio pie a habladurías por espacio de muchos años, cuando ya los verdaderos acontecimientos habían sido dejados de lado a favor de historias más fantásticas e imaginativas. Fue una verdadera pena que no pudieran contar con la colaboración de algún investigador de... digamos que un par de milenios atrás. Un personaje de tal época hubiera sido de inestimable ayuda para dilucidar la cuestión ya que no hubiera encontrado mayor dificultad en interpretar una maltrecha hoja que fue a parar a las ramas de un pino del patio central. Pese a estar ennegrecida en los bordes, aún resultaba legible la siguiente leyenda, en arcaico por supuesto:
Manual Hobbson de combustibles y explosivos para uso industrial y demoliciones
Editorial Taberner Hermanos
2ª edición - octubre 2006
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