3
PAULA
—Buenas tardes—la voz del alemán destiló ironía cuando se acercó a la joven.
Paula lo miró sin ocultar su desagrado:
—Has llegado tarde—comprobó los dígitos numinosos de su Swatch de pulsera—¿No querías que fuera puntual?
—He estado ocupado—mintió Stark, reprimiendo la sonrisa sardónica que empezaba a dibujarse en sus labios—¿Llevas mucho tiempo esperándome?
—Da igual—pasando por alto el tema le dijo—Conozco un sitio donde podremos hablar sin problemas.
—De acuerdo—Dorian fue condescendiente—Llévame allí.
Mientras caminaban en dirección este, el Agente Ejecutor estudió a la joven con curiosidad. Esta vestía un ajustado mono de polipiel, a través de la camiseta con forma de triángulo isósceles invertido, percibió una reproducción de Eva de Lévy Dhurmmer tatuada en su vientre musculoso, botas de caña alta de cuero hasta las rodillas, guantes de espuma sintética, gafas espejo de cristales reflectantes.
—¿Qué coño estás mirando?
Stark ignoró su pregunta:
—Ese tatuaje... ¿Dónde te lo hiciste?
—En Francia—escupió una goma de mascar—¿Tiene alguna importancia en especial?
—Ninguna.
El estrecho sendero de alquitrán se adentraba bajo la bóveda que prendía encima de sus cabezas. Las copas abiertas ensombrecían el cielo cubierto por la polución industrial, una helada ventisca invernal soplaba entre las ramas de los sauces derribados, arrancando lamentos a los troncos cubiertos de graffitis. Los desvaídos colores de los árboles criados mediante la reproducción genética hirieron sus pupilas cansadas ocultas detrás de unas gafas de sol negras. El parque parecía haber sobrevivido a los estragos que el clima entenebrecido había desatado contra su superficie. Ahora, sólo quedaba una impresión de amargura flotando sobre las hojas desgarradas, una sensación de tristeza que le recordó la pesadilla que lo había despertado aquella mañana.
Que lugar tan desagradable—pensó Dorian con el cuerpo aterido—Deberían quemar este parque hasta convertirlo en cenizas.
Después de salir de su apartamento, se había introducido entre los carriles de tráfico aéreo con la intención de dirigirse al punto acordado. Mientras su deslizador surcaba los cielos de Greenwich Village, sorteando los inmensos rascacielos de acero y cristal, no pudo evitar sentirse deprimido. La terrible pesadilla le había arruinado el día, la melancolía que llenaba su alma se había incrementado, el peso de su miseria era peor, los dilemas de conciencia amenazaban con ahogarlo sin remisión. Los bloques de apartamentos coronados por letreros publicitarios de tres dimensiones encendieron sus rasgos contraídos por la angustia. Atravesando La Avenida de las Américas, un kilómetro abajo millones de transeúntes, una mezcolanza de americanos, negros, latinos y orientales, eran incapaces de caldear el ambiente hermético donde se producía una manifestación juvenil. La ternura que un día había llenado su interior lo abrumaba, odiaba aquellos sentimientos, le proporcionaban infelicidad. En aquel momento, dobló a la derecha, sin prestar atención a las sirenas de la policía megapolitana, introduciéndose por la calle catorce. Los numerosos magnetotrenes inducidos por el efecto Messner parpadeaban sobre el vehículo, llevando a los numerosos pasajeros dentro del circuito de barrios que formaban Manhattan, transmitiéndole una sensación de pesadumbre que hizo que las lágrimas se helaran contra sus mejillas. Pudo apartar su melancolía después de aparcar la BMW—350 en una de las plataformas de hormigón especialmente diseñadas para los vehículos aéreos situadas en el exterior. Mientras la mujer lo esperaba, se dedicó a recorrer la superficie del parque buscando agentes ocultos, con un pequeño rastreador Toshiba que tranquilizó sus temores, no parecía que Muller intentara tenderle una trampa. Oculto detrás de un espeso seto, se dedicó a observar a la joven, saboreando su impaciencia. Durante una hora larga, sus remordimientos desaparecieron. Sabía que ella era una Ícaro, los datos que el hogar le había proporcionado podían estar manipulados, no se fiaba de sus buenas intenciones.
—Hace un frío espantoso—comentó Paula, mientras encendía un cigarro con un tubo de fósforo—¿Quieres uno?
—No gracias—el alemán rechazó el Marlboro con un gesto.
—¿No fumas?—ella pareció extrañada.
—Odio el sabor de la nicotina.
Desde su primera operación cibernética, había detestado la amarga sensación que dejaban los cigarrillos tras su paso, le recordaba demasiado al tacto de los tranquilizantes que le recetaban los neuroingenieros de la Schneider:
—Te imaginaba diferente.
—¿Y eso por qué?
—No esperaba que fueras una Ícaro.
Inconscientemente, la joven acarició el implante injertado en su mejilla:
—¿Ahora te has dado cuenta?—le preguntó burlonamente.
—La primera vez que te vi estaba demasiado sorprendido para apreciarlo.
—¿Demasiado sorprendido?—Muller sonrió maliciosamente—Yo diría que estabas demasiado colocado.
Él no reaccionó ante su perspicacia:
—¿Qué deseas de mí?
—Todo llegará en su momento—soltando una bocanada de humo en su dirección continuó—¿Tienes prisa?
—Eres tú quien me ha llamado—le dijo con frialdad—Procura no incordiarme con tus sarcasmos.
Ella apretó los labios, irritada, sin molestarse en replicarle. Sin proponérselo, la mente imaginativa de Stark la asoció con la Madonna de Munch. A pesar de su desagradable actitud, se sentía protector con aquella mujer: ¿Acaso no era la hermana de su mejor amigo?
Te has vuelto un sentimental—pensó cínicamente, barriendo aquellas emociones de su interior—Apenas la conoces.
En la distancia, sobre las copas caóticas de los árboles, comenzó a vislumbrarse una cúpula carmesí de cerámica troceada. Lentamente, se aproximaron al zoco con forma rectangular hábilmente oculto en la espesura. Pasando los dinteles abocinados de las puertas, el cálido aroma del interior calmó los sentidos narcotizados del alemán. A diferencia del exterior, el lugar estaba lleno de vida, turcos vestidos con vistosas túnicas charlaban, bebían, reían, trapicheaban y cantaban. Paula lo condujo a través de las brillantes salas alfombradas con lino, saludando a quienes le dirigían la palabra, en dirección descendente, hacía los sótanos del edificio. Primero, bajaron hacia la izquierda, esquivando a una manada de ganado manufacturado, el acre olor de las bestias llenó las fosas nasales del Agente Ejecutor. Luego, circularon un corto trecho circundado por vidrieras multicolores, pasando cerca de una sala de baños termales, los usuarios nadaban en su interior. Finalmente, recorrieron un enorme pasillo bordeado por columnas de piedra, llegando a una estancia circular con las paredes cubiertas de tapices. Tomando asiento sobre los cojines desparramados por el suelo, ambos quedaron separados por una mesa rectangular de madera artificial cubierta por incrustaciones florales de nácar:
—¿Te apetece tomar algo?
La joven se quitó las gafas, su mirada franca desarmó las dudas de Stark, estaba seguro que ningún neurotransmisor grabaría su conversación:
—Preferiría dejar las cortesías a un lado—contestó el alemán con brusquedad—¿Para qué me has llamado?
—No sé como Hugo era capaz de soportarte, ¿siempre te comportas así?
—Siempre.
Con las piernas cruzadas, Muller se reclinó sensualmente, encendiendo un cigarrillo. Dorian percibió el excitante olor de su cuerpo, sin embargo, sus ojos no demostraron sus emociones. ¿Qué podía significar su belleza para él?:
—Te lo repetiré por última vez, ¿qué quieres de mí?
—Necesito tu auxilio.
—Eso me lo has comentado antes.
—Hace un año que busco tu paradero—le explicó la joven, malhumoradamente—He seguido tus últimas operaciones: Londres, Barcelona, Shangai, Milán y Nueva York—soltando una bocanada de humo, le espetó—¿No tomáis vacaciones en la Schneider?
—Me gusta mi trabajo—respondió secamente Stark.
—Me ha sido difícil localizarte, parece que tus superiores no desean que nadie pueda comprarte, ¿verdad?
—Es posible.
—Represento a la Enterprise S.A.—el alemán asintió con la cabeza—Mis presidentes quieren una alianza con tu casa.
—¿Una coalición?—Dorian se mostró receloso—¿Para qué?
—Mi multinacional es una pequeña empresa en expansión...
—¿Eso que tiene que ver conmigo?—la interrumpió Stark, sin dignarse a escucharla.
Paula lo observó enmudecida, sus ojos azules chispearon coléricamente, deseando atravesarle:
—Como te iba diciendo, la Enterprise es una pequeña casa que quiere ampliar sus horizontes—continuó su explicación con la voz estrangulada—Sabemos que la Schneider busca todo tipo de agentes que puedan unirse a sus filas.
—¿Y?
—La Enterprise ha intentado conseguir una alianza con tus superiores, nosotros contamos con todos los contactos e informaciones que tu corporación pueda desear, sólo que han rechazado nuestras ofertas.
—¿A que te refieres exactamente?
—No quieren contratar por un sueldo de mierda—Muller se mostraba enojada—Nosotros somos buenos. Por difícil que sea encontrar la información, la conseguimos—lo señaló con el dedo—¿Como crees que he localizado tus archivos dentro de los bancos de datos de la Schneider sin ser atrapada por sus bloques de defensa anti—intrusos?
—Todo esto me parece muy interesante—el alemán se mostró irónico—¿Qué puedo hacer yo para ayudarte?
—Hemos rastreado las emisiones de tu corporación durante las últimas semanas—la joven sonrió triunfante—Gracias a ello, pude averiguar que ibas a venir a Nueva York. Sabía que debías eliminar a los agentes de la Fujifujih y la Kesler incluso antes de que lo hicieras.
—Tantos conocimientos podrían causarte problemas—Stark habló suavemente, arrastrando las palabras—Antes de lo te que imaginas, unos cuantos Agentes Ejecutores te volaran la tapa de los sesos.
Ella empalideció ligeramente al escuchar la fría amenaza del alemán. Con un gesto despreocupado, aparentó mucha más seguridad de la que sentía:
—Tengo información de primera mano acerca de tu última misión—Paula prendió otro Marlboro, intentando tranquilizar sus temores—Ahora debemos llegar a un acuerdo.
—Dime lo que sabes—le pidió Stark sin tomarse demasiado en serio su explicación—Sacaré mis propias conclusiones.
La mujer pareció confusa, estaba claro que no se fiaba de sus palabras:
—¿Para que te pires sin haberme dado una respuesta?—lanzó una risa sin humor—¿Crees que soy gilipollas o qué?
—Podría matarte—el alemán continuó conversando con el mismo tono vacío de expresión, mientras desenfundaba un arma—Es mejor que hables.
Muller se revolvió incómoda sobre los cojines:
—No creo que seas capaz de hacerlo—titubeó sin apartar la vista de la W—PPK que la apuntaba—¿Matarías a la hermana de tu mejor amigo?
—Sí.
—¿Cómo puedo saber que no abrirás fuego cuando termine de hablar?
—Eres la hermana de Hugo, Paula, ¿recuerdas?—Dorian sonrió glacialmente—Debería significar alguna diferencia; ¿o me equivoco?
—Si lo hicieras, morirías.
—Pero tú serías un cadáver—Stark amartilló el arma—¿Dónde estaría tu victoria?
—No estas hablando en serio...
—¿Crees que me importa morir?
La joven quedó desarmada ante su pregunta, podía leer en los gestos de aquel asesino que sería capaz de hacerlo, lazos familiares aparte:
—¿Qué clase de hombre eres?—le preguntó rabiosa—¿Dónde esta tu conciencia?
—No me puedo permitir este tipo de sentimientos—contestó Dorian, impaciente—¿Vas a hablar o no?
—De acuerdo, tú ganas—levantó las manos en señal de derrota—No me mates...
—¡Empieza!—gruñó sordamente el alemán.
—Hace dos noches logré introducirme dentro de los bancos de datos de la Kesler—repuso temblorosamente con un hilo de voz—Mañana un escuadrón de Agentes Ejecutores irán en tu búsqueda.
—¿Dónde intentarán matarme?
—En tu apartamento de Greenwich Village.
—¿A qué hora?
—Durante la madrugada.
—¿Cuántos hombres?
—Doce.
Dorian volvió a sonreír sangrientamente:
—¿Cómo han logrado averiguar mi paradero?
—Llevas un audiotransmisor injertado en el tímpano, no les ha sido difícil rastrearte.
Stark apretó los labios, odiaba cometer errores, no eran propios de él:
—Supongo que he de darte las gracias—con soltura, enfundó la W—PPK—¿Qué quieres a cambio?
—Mis presidentes desean que pongas al corriente a tus superiores sobre la eficiencia de nuestros técnicos de información—Paula se relajó al perder de vista el arma—Queremos llegar a un acuerdo económico que satisfaga a ambas partes.
Durante un instante, Dorian se sintió culpable por haberla atemorizado de aquella manera, la parte de máquina que dominaba su interior lo había absorbido por completo. La joven tenía razón, no era capaz de matarla.
No soy un cyborg—meditó desconsolado—Espero no perder nunca esa parte de mi humanidad.
—Intentaré hacer todo lo posible para que mi corporación sepa de la Enterprise S.A.—se incorporó—Gracias por tu ayuda.
—¡Espera!—ella movió las manos implorantes—Quiero que me hables de mi hermano.
—¿Por qué?
—Tú eras su mejor amigo...—incomoda continuó—Yo nunca llegué a conocerlo tan bien como tú.
—¿Cómo sabes que estábamos tan unidos?—acercándose a la puerta de salida, el alemán estudió fijamente los ojos azules—Hugo nunca me comentó nada.
—Cuando estudiaba en Austria manteníamos una fluida correspondencia, siempre me hablaba de ti: de lo buen amigo que eras, de lo unidos que estabais, de las misiones que compartíais, de tu perfeccionismo como agente...
—¿Y qué más?—Stark sabía que faltaba un punto importante, le ocultaba un secreto, los movimientos nerviosos de sus manos la delataban.
—En su ultimo mensaje me contó que habías sido herido—ella no lo miró directamente—¿Qué porcentaje perdiste, Dorian?
—Eso no es asunto tuyo—el alemán levantó sus defensas al máximo.
—Siento haberte molestado... Hugo estaba preocupado por ti cuando salía de Camboya.
Lo sabe—pensó Dorian con los músculos del cráneo tirantes por la tensión—Sabe que soy un bioconstruido...
Sin saber porqué, tomó una decisión, interrumpiéndola:
—Haremos un trato: tú me conseguirás cierta información, y yo te diré lo que recuerde de tu hermano. ¿De acuerdo?
—¿Qué tipo de información quieres?—ella pareció levemente esperanzada.
—Quiero que encuentres el paradero de una cyborg.
—¿Una cyborg?
—Su nombre es Nessa—la voz de Stark tembló durante unos instantes—Modelo Beta—3 del Programa de Asesinos de la Schneider, Número de Serie 754.793. ¿Entendido?
—Perfectamente.
—Cuando lo consigas ponte en contacto conmigo, estaré en mi apartamento hasta el fin de semana.
—Vale.
¿Qué hago?—se preguntó el Agente Ejecutor—¿Qué quiero conseguir después de tantos años?
Ausente, Dorian examinó el cuerpo de la joven arrellanado contra los cojines que cubrían las coloridas baldosas del suelo. La deseaba, pese a todos sus esfuerzos se sentía atraído por ella, pero le desagradaba la sensación, no podía permitirse el lujo de amar a nadie. Sólo se había sentido sexualmente fascinado por la cyborg en toda su vida, el despertar de esa emoción hizo que su corazón se contrajera de dolor, no le proporcionó ningún respiro.
¿Por qué no soy capaz de olvidar el pasado?—pensó amargamente, apretando los puños dentro de los bolsillos de la trinchera—¿Por qué tengo que vivir de mis cenizas?
Quizá era incapaz de aceptar sus sentimientos, ello lo había hecho débil, sus emociones desbordadas siempre terminaban por ahogarle, no era cuestión de cometer los mismos errores por segunda vez:
—Adiós—sin mirar atrás, Stark atravesó las cortinas teñidas de rojo, violentamente, un montón de seda osciló cubriendo su retirada.
—Hasta pronto, Dorian—susurró la mujer con cierta tristeza mientras lo veía marchar—Nos veremos antes de lo que imaginas.
4
GUNDRAD HALLD
Desde lo alto del edificio, las luces de la ciudad brillaban dolorosamente contra el rostro sumido en sombras. A su alrededor, los rascacielos se alzaban ominosamente entre los claroscuros de la madrugada, encendidos por rótulos publicitarios de modelos orientales estampadas en estática, prendidos por los reflejos de los carriles del aeroautopista. La gélida temperatura que dominaba las calles hacía que Stark contrajera el cuerpo tembloroso bajo la gabardina, intentando concentrarse en el presente, sin ser capaz de olvidar las imágenes del pasado que lo asediaban...
—Yo te cubro—lo tranquilizó Muller, disparando contra los enemigos que los amenazaban. Stark se afanó en colocar la cápsula adherente debajo de la superficie metálica. Calculando el tiempo que les restaba, puso el contador a seis minutos. Inmediatamente, las esferas parpadeantes del cronómetro temporizador se pusieron marcha atrás:
—Tenemos seis minutos para salir de aquí—Hugo asintió con la atención puesta en un neotecno situado en una de las rampas superiores. En ese instante, un grupo de adversarios apareció al otro lado de la nave, portando potentes escopetas de retroceso:
—¡Mierda!
—¡Ayuda!—el alemán se dirigió a los cyborgs que estaban en el extremo oeste del almacén. Sin esperar a ver si obedecían su orden, asomó medio cuerpo por encima de su refugio, las dos armas cruzadas sobre el pecho, protegiendo a su compañero. Uno de los disparos del Agente Ejecutor acertó a un neotecno en la cara, otro le dio a uno en el estómago, el tercero se hundió en una entrepierna. Dorian sintió el roce de una detonación lamerle el cuello, otra chocó contra su gabardina blindaba, rasgando las costillas inferiores, arrojándolo hacia atrás con una expresión angustiada. Eso fue lo que le salvó la vida. Desde las plataformas, uno de sus oponentes hizo girar un lanzacohetes ruso de pantalla circular, con una mueca de locura impresa en la faz atravesada de piercings celulares, cadenas y empalmes metálicos:
—¡No!...
El pequeño misil de cabeza buscadora activa se dirigió hacia Muller, una sucesión de planos fragmentados a cámara lenta, con un siseo humeante. Desde el suelo, Stark vio como el proyectil chocó contra su amigo, destrozando su esternón en fragmentos que estallaron empapándolo de sangre. Inmerso en una ilusión irreal, el alemán observó como las piernas sostenidas por las caderas temblaban, desplomándose en el suelo…
Al llegar a su apartamento, el sistema computerizado del hogar le comunicó:
—Tiene un mensaje, señor.
—Muéstramelo—ordenó el fríamente.
El rostro del comandante Aries lleno la consola, Dorian se quedó prendado por sus ojos, el derecho azul y el izquierdo gris, tan fríos como destellos de cromo líquido:
—Buenas noches, Stark—como siempre su superior quedaba enmarcado por las familiares paredes de su despacho—Me alegro de que terminarais la operación sin contratiempos.
—Gracias—murmuró el alemán con sarcasmo.
—Tengo otra misión para vos, sargento.
—Genial.
—Uno de nuestros Ícaros ha desertado de la Corporación—le explicó su superior—Debe ser eliminado antes de que pueda vender cualquier tipo de información a nuestros enemigos.
Tengo mejores cosas que hacer que recoger la basura, señor.
—Vuestro objetivo se llama Gundrad Halld. Su dirección es: Sector Cuarto, Brooklyn, Calle 5.517, Piso 2.026. Actuad rápidamente, Stark, llamadme al terminar la operación.
Después de pasar por una clínica coreana de mercado negro, un neurocirujano le había extraído el audioreceptor Amena injertado en su tímpano izquierdo. Más tarde, se dirigió al lugar que Aries le había ordenado. No le resultó complicado sintonizar la onda de emisión hacia el complejo donde vivía su objetivo. Con una tarjeta universal, había llegado a la habitación 2.026, instalando una bomba en las escaleras de emergencia situadas en el exterior. Esperaba que los Agentes Ejecutores de la Kesler cometieran el error de entrar en la casa en su búsqueda, el explosivo plástico de trinitrotolueno que había traído desde Milán los quitaría a todos de en medio. La onda expansiva volaría la planta con una descarga cerrada, no deseaba que ardiera el rascacielos, serían demasiados problemas engorrosos que justificar ante sus superiores.
¿Paula me habrá dicho la verdad?—pensó Dorian, mientras apuntaba a las ventanas panorámicas del apartamento de su víctima—¿O sólo trataba de impresionarme?
Interiormente, admiraba la inteligencia de aquella mujer. Stark sabía que había utilizado sus lazos afectivos con su hermano para acercarse a él, si hubiera sido de otra forma lo más probable es que la hubiese matado, no le agradaba que alguien tuviera acceso a sus archivos personales. A pesar de haber transcurrido una década desde la muerte de Hugo, aún se encontraba fatal consigo mismo cuando recordaba la manera en la que el misil lo había aniquilado. Esa cicatriz, junto a otras, parecía que nunca terminarían de cerrarse, le fascinaban la cantidad de ruinas que era capaz de acumular en su corazón, parecía que realmente disfrutaba con ellas:
No seas morboso—se exhortó apretando los labios—No es el momento de revivir lo que deseas borrar de tu cabeza.
Desde el otro lado de la manzana, a través de una ventana cubierta por persianas de aluminio anodizado, el alemán veía a su enemigo perfectamente gracias a los cincuenta aumentos del teleobjetivo. Halld era un enorme noruego de dos metros de altura que vestía las clásicas ropas doradas de los de su profesión. Un cable de toma de datos injertado en la parte posterior de su oreja lo conectaba a una consola Hitachi ultimo modelo. Los guantes de retroalimentación se movían encima del teclado imaginario, accediendo dentro de las barreras insustanciales de hardware, cruzando los caminos inmateriales que ofrecía Internet a sus usuarios. Dorian centró sus pensamientos en Paula, sin proponérselo lo había obligado a olvidar sus temores, tal como la cyborg había hecho antes. Rememoró el olor que emanaba de su persona, las rotundas curvas de su cuerpo, la palidez de su piel finamente cincelada, el tatuaje que llenaba su vientre… Para el Agente Ejecutor era una especie de hada que había accedido del pasado, dispuesta a proporcionarle una segunda oportunidad.
Quizá sea capaz de descubrir donde esta Nessa—pensó con un anhelo imposible de reprimir—Quisiera encontrarla antes de que esto termine.
Tarde o temprano acabaría convirtiéndose en una máquina, no tenía esperanzas de recuperar la humanidad que perdía después de ser herido en sus misiones de exterminio, por ello deseaba alcanzar la paz antes de morir. En aquel instante, la puerta del apartamento de su objetivo saltó por los aires. Soldados armados entraron en tromba, cosiendo las paredes a balazos. Halld se levantó sobresaltado, uno de los hombres de la Kesler lo derribó de un culatazo en la sien, haciendo que la consola se estallara en mil pedazos contra el suelo. Stark lamentó no disponer de un sistema que le permitiera escuchar a los Agentes Ejecutores que se inclinaban sobre su adversario. Aterrorizado, Halld intentó contestar a sus preguntas, cinco hombres registraban el pequeño apartamento, buscando al alemán sin éxito. Uno emergió de una habitación posterior con una joven del brazo. Esta parecía tan aturdida como Halld, forcejando contra la presa que la arrastraba sobre la moqueta de poliéster con brutalidad.
—¡Demonios!
Dorian aferró los bordes del arma con un grito de sorpresa anclado en su garganta.
La mujer era Paula. Stark intentó disipar los efectos de las anfetaminas que había tomado antes de dirigirse a aquel lugar. Estuvo cerca de abrir fuego contra los hombres, pero la parte de máquina que dominaba su interior reprimió aquel impulso irracional. Tenía que cumplir su trabajo, todo lo demás era insustancial a sus deseos. Impotente, observó como los agentes de la Corporación Kesler tendían a la joven, desgarrando sus ropas de polipiel sádicamente. Uno de ellos le propinó una patada en la cabeza dejándola inconsciente, otro se bajaba los pantalones mostrando su miembro en erección, dispuesto a violarla. Apretando el Máuser, el alemán controló sus sentimientos, el dispositivo que activaría la bomba quedaba a unos centímetros de su zurda, le bastaría con volar el apartamento por los aires. El hombre se inclinó sobre la mujer dispuesto a penetrarla, sus compañeros lanzaban vítores, animándole a continuar con su siniestra tarea. Soltando el arma, el Agente Ejecutor se montó en el aerodeslizador, girando el acelerador a fondo. Con un rugido, la BMW—350 ascendió hacia el cielo entre un chorro de humo. Girando el manillar, Stark se lanzó en picado contra la acera con los motores al máximo. La eternidad pasó durante unos instantes delante de sus ojos, mientras caía en dirección a la calle. Las luces de neón brillaron sobre sus retinas, intentando atrapar su ira antes de estallarse contra el suelo en una mezcla de metal aplastado, huesos rotos, y carne sintética abrasada. De golpe, Dorian logró controlar el vehículo, esquivando un transporte de residuos que venía por su derecha. Pasando en vuelo rasante, la carrocería del Nissan soltó una lluvia de chispas iridiscentes al rozar la superficie blindada del aerodeslizador. Ignorando la rodilla herida, Stark realizó un amplio semicírculo de ciento ochenta grados, rodeando el bloque, llegando a las escaleras de emergencia situadas en la fachada de cemento. Antes de que la BMW—350 chocara contra la barandilla, el alemán descendió de un salto, corriendo hacia una puerta metálica. Con un chasquido, tres cuchillas de veinticinco centímetros emergieron de su diestra, arrancando la cerradura de cuajo. Cojeando, se lanzó en una endemoniada carrera, cruzando los estrechos pasillos, hacia la vivienda de Halld. Sus garras retráctiles desaparecieron en las fundas ocultables, Dorian llegó a su objetivo, empuñando las W—PPK con ambas manos. Los hombres estaban de espaldas a la puerta, aquel que había violado a Paula se subía los pantalones, satisfecho:
—Es vuestro turno muchachos—dijo en alemán—Esta putita tiene el chochito más caliente que he probado en...
El impacto lo lanzó contra la pared con los genitales destrozados. Sobresaltados, los Agentes Ejecutores de la Kesler se volvieron, intentando empuñar las armas. No les dio tiempo de reaccionar. El alemán había agotado los cargadores, derribando a cuatro de ellos con una tormenta de plomo. Sólo tardó unos instantes en ponerse a la altura de uno de los hombres, arrancándole la cabeza con sus cuchillas cibernéticas. Mientras el cadáver decapitado se desplomaba entre un surtidor de sangre, el alemán le arrebató el fusil de asalto. El resto de los agentes volvieron sus ametralladoras, lanzando maldiciones de sorpresa. Stark disparó, convirtiendo sus cuerpos en una mareada carmesí, atravesándolos con crueldad. Cuando todos los hombres estuvieron muertos en grotescas posturas, Dorian escupió a los cadáveres apilados ante sus pies. Aquellos agentes no eran profesionales, únicamente merecían su desprecio, le alegraba haberlos masacrado como a perros.
No se mezcla el trabajo con el placer—pensó acercándose a la joven con una expresión de odio llenando su rostro. Aparte de lo sucedido, Paula no había sufrido ningún daño. Yacía desmadejada en el suelo, con los brazos alrededor del rostro, buscando protección ante los golpes que la habían dejado fuera de combate.
¿Qué hacías aquí?—pensó el alemán furioso, mientras le comprobaba el pulso.
Desviando su atención, Dorian observó a Gundrad Halld. Este estaba muerto junto a uno de los cuerpos mutilados, lo habían ahorcado con el cable de fibra óptica que lo ataba a la consola destrozada. La mujer no tenía nada roto, sólo una contusión menor a la altura del pómulo que lentamente iba tornándose púrpura, unos cuantos hematomas en el vientre, unos arañazos en el brazo derecho... Ahogando la preocupación, Stark la envolvió con la gabardina, ocultando el cuerpo semidesnudo. Llevándola en los brazos, caminó hacia la salida de la habitación. Un gemido de sufrimiento hizo que se volviera como un relámpago. El primer hombre al que había disparado se retorcía en el suelo, con las manos cubiertas de sangre rodeando su pelvis. Sonriendo torvamente, el Agente Ejecutor se dirigió hacia su víctima, aplastándole la rótula izquierda de una patada. El soldado lanzó un grito al sentir sus huesos partirse. Dorian silenció sus aullidos de un talonazo en la mandíbula, comentándole con fría indiferencia:
—La habitación va salir volando por los aires—sus ojos grises brillaron hoscamente—Espero que lo disfrutes.
Mientras el aerodeslizador surcaba los cielos murmurantes cubiertos por la bruma aceitosa producida por las grandes refinerías, la horrísona explosión le pareció una pesadilla abandonada a su espalda. El rascacielos se tambaleó de un lado a otro con una llamara roja, arrojando muebles, trozos de piedra y cadáveres calcinados contra las calles situadas a mil metros de distancia. Nada de ello pareció preocuparle, volaba en dirección noroeste, apretando el cuerpo de Paula con una ternura que nadie, ni siquiera él mismo, le hubiera creído capaz de ofrecer.
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