Entré excitado en la librería de mi amiga.
—¿Tu crees en los viajes astrales? —le espeté sin esperar a ver que libro me tenía reservado.
Zoe me miró con la sonrisa torcida, ladeando la cabeza. Era la pose que utilizaba para aguantarse la risa. Sentí cómo se me encendían las mejillas.
—Bueno, es que ayer tuve una experiencia increíble —logré articular casi tartamudeando.
Sin perder la sonrisa irónica, Zoe escondió el libro que tenía sobre el mostrador, no me dio tiempo a ver cual era, y repasó los anaqueles durante un rato. Hurgó y rebuscó hasta que me enseñó una portada... como definirla... curiosa... más propia, quizá, de un tebeo de Ibañez que de una novela de ciencia ficción.
—No, no creo en los viajes astrales y tú tampoco creerás después de leer esto —me dijo Zoe, sin perder la sonrisa.
La miré intrigado.
—En cuanto a experiencias... también tuve alguna, aunque quizá algo diferente a la tuya. Durante una temporada también me dio por los viajes astrales... fue durante unas Navidades.
Estaba en la sección de ciencias ocultas de una gran librería cuando les vi pasar, puros y radiantes como un amanecer de invierno. Cogidos de la mano, proclamando a los cuatro vientos su amor.
—¡Qué desperdicio! —exclamó una chica a mí lado, con la mirada fija en los dos pares de nalgas bien marcadas por unos tejanos elásticos.
—¡No te irás a colar por esos dos maricones! ¡Qué vergüenza!—replicó su acompañante, algo picado, lo suficientemente alto como para que se le oyera en toda la librería.
Los dos muchachos aflojaron el paso y se disponían a responder, pero me adelanté poniéndole una mano en el culo a la chica.
—¡Es verdad! ¡Qué vergüenza! En cambio, ¿a qué te encantaría mirar como nos lo montamos tu novia y yo?
Los dos guapetones soltaron una carcajada que pronto secundaron todos los presentes y que obligó a la pareja a desaparecer con la cabeza gacha y murmurando. Los chicos me dieron las gracias con un guiño y cada uno volvió a lo suyo.
No eran mis mejores Navidades, atravesaba una época difícil y bastante solitaria e intentaba mantener a raya la depresión a base de misticismo. Los chicos me abordaron mientras pagaba en caja una tonelada de libros sobre viajes astrales. Eran altos y atléticos, con músculos esculpidos en el gimnasio. Imágenes de lo que yo podría hacer con aquel par de cuerpos pasaron por mi mente y me relamí los labios. Me di cuenta de que el gesto no les había pasado desapercibido.
—Has estado muy rápida con aquella pareja —dijo el más fornido. Sus ojos azules me miraban debajo de una preciosa melena rubia.
—Nos gustaría hacerte un pequeño regalo —agregó su amigo, más esbelto y ligero, con un algo de exótico en los rasgos finos, ligeramente oscuros, rematados por una mata de pelo negro y ensortijado. Me entregó un libro envuelto en papel de regalo.
Lo desenvolví con alegría infantil.
—«Forastero en cuerpo extraño» —leí, algo desconcertada—. ¿Es de viajes astrales?
La librería se iluminó con sus sonrisas.
—En cierto modo sí —apuntó el rubio.
—Pero no de la forma que te imaginas, después de leerlo, creo que tirarás a la basura todo eso que te has llevado.
—O saldrás corriendo a comprar un billete astral en «La Cuerda de Plata S.L.»
Salimos los tres juntos y al despedirnos en la puerta, el moreno miró con una sonrisa amable y comprensiva.
—Mañana es Nochebuena —su voz era afectuosa— y todos esos libros me hacen pensar que no tienes a nadie con quién pasarla. ¿Quieres cenar con nosotros?
—Con la condición de que hallas leído «Forastero en cuerpo extraño» —exigió su amigo con un guiño.
Después de las corteses negativas de rigor acabé aceptando.
—Yo soy Zoe... ¿y vosotros?
Saltó una carcajada a dúo.
—Nuestros amigos nos llaman Zipi y Zape —dijo Zape, el moreno.
Al día siguiente me presenté en su casa con los deberes hechos: el libro leído y ropa interior de estreno y la depresión en retirada. Me invadía una enorme curiosidad. Había participado en muchos tríos pero nunca con dos chicos que fueran pareja. Curiosidad y excitación, debo reconocerlo. Además, no todos los días tiene una la oportunidad de tirarse a Zipi y Zape.
—El libro me ha encantado —dije mientras cenábamos—, es divertidisimo. Tenías razón, es imposible leerse después nada sobre viajes astrales sin que te salte la risa.
—Estoy seguro de que es lo mejor que se ha escrito de ciencia ficción humorística en español —apuntó Zipi.
—No sé si diría tanto, no puedes olvidar las «Aventuras de Marsuf», de Tomás Salvador o «Trafalgar» de Angélica Gorodischer —respondí.
—Incluso las novelas de Gallego y Sánchez —apostilló Zape—, lo de ser el mejor de todos es cosa de gustos, pero desde luego es el más salido de madre y el que mejor se burla de todos los tópicos de la space opera.
—Es cierto —admití—, no deja títere con cabeza: emperadores galácticos enredados en conspiraciones retorcidas, armas devastadoras, razas alienígenas extravagantes, colonizaciones, religiones...
—¡Calla! ¡Calla! —bufó Zape—, lo de los adoradores del Triciclo Todopoderoso como Artífice de la Armonía entre Razas y Protector de Suspuagh es para morirse y la revista que publican...
—¡Pedales del Señor! —apenas pudo pronunciar Zipi, al que le caían lagrimas de risa.
—Pero lo bueno es que la novela no es una simple acumulación de desvaríos —comenté—, tiene ritmo e intriga y la trama de engancha con facilidad, me recuerda mucho a las películas de los hermanos Marx.
—Sí, es verdad, con Clomch haciendo el papel de Groucho, soltando una frase lapidaria tras otra —los rizos rubios de Zipi se movían asintiendo las palabras de Zape.
—Bueno, frases memorables hay un carro —me perdí un instante en los ojos azules de Zipi—... muchas dignas de Groucho Marx, desde luego, como esa de «Si tu y yo hacemos exactamente lo mismo ¿por qué existimos los dos?»
—Eso es del episodio de la guerra entre los bikulos y los bananos fucsia —recordó Zape—... ¡es que es la leche!, ¡una guerra vegetal!... con los árboles aplicando tácticas de guerrilla y guerra psicológica. Es para morirse.
—Esos episodios que intercala de cosas que aparentemente no vienen a cuento me recuerda mucho a lo que hace Neal Stephenson en «El criptonomicón».
—¡Esta chica ha leído lo suyo! —me halagó Zipi—. Tienes razón, pero es que saquea sin compasión todas obras del género. El sociólogo Alejo Dentón, por ejemplo, es calcado al Chad Mulligan de «Todos sobre Zanzíbar»
—Eso está claro —asentí—, hasta incluye trozos de sus libros igual que hace Brunner.
—Y vaya libros: «Observación participante de la gran juerga autóctona gonadinesa» y «Menos sociología y más whisky».
—Hasta de Julio Verne ha cogido cosas —agregó Zape.
—¿Si? —me sorprendí—, eso no lo había pillado.
—Pues los viajes interplanetarios entre Gonadín, Pelotudo y Rijoso, beben directamente de «Hector Servadac».
—Ahora que lo dices... tienes razón. De todas formas, a mí con lo que ya me mató es con las sabandijas «tfnmvl».
—Sí, que transmiten todo lo que se oye en diez centímetros a su alrededor gracias a una capacidad extrasensorial llamada cbrtr# —Zipi estaba enardecido—. ¡Puro humor absurdo al estilo de los hermanos Marx!
—Absurdo pero tira con bala... Viniendo, en el autobús había una mujer hablando por el móvil a grito pelado y yo ya no sabía como aguantarme la risa, imaginándomela con una sabandija en la oreja. Con los móviles es que es una perla detrás de otra.
—Más que a los teléfonos, a la estupidez de sus usuarios —argumentó Zape, mucho más sereno que su amigo—. Lo de la cola para llegar al nulificador y los chafandineses llamando cada uno al siguiente en la cola para pasarle el recado es demencial.
—¡Pues anda con la música electrónica! ¡Se pasa lo que nadie sabe!
—«Sus habitantes son el más palpable fracaso de las arcaicas civilizaciones olvidadas que en el pasado abogaban por el uso libre y sin restricciones de la telefonía móvil y consideraban la música dance como una forma respetable de expresión cultural» —recitó Zape de memoria—, pero mis preferidos son esos supuestos extractos de los libros de Alejo Dentón. Ahí es donde lanza las cargas de profundidad, por ejemplo el descubrimiento de la utopía, la sociedad perfecta.
—O las reflexiones sobre etnocentrismo —recordé yo— y también la facilidad con la que la space opera, en general, se pasa por el arco del triunfo los problemas de comunicación entre especies.
—¡Por supuesto! —ironizó Zipi— ¡Lo explica perfectamente a pie de página! Tres minutos de inmersión cultural son más que suficientes para dominar cualquier idioma de la galaxia.
—Me hizo mucha gracia que al poco tiempo leí un relato de Harry Harrison, «Ratas espaciales del CCC», una parodia cruel de la space-opera, de la que el autor dice «...aún continuo leyendo historias de ciencia ficción moderna llenas de entramados absurdos, rayos desintegradores, luces mortíferas, armaduras espaciales y todos los viejos tópicos momificados» —la memoria de Zape no parecía tener límite—, pues el relato de Harrison tiene mucho en común con «Forastero en cuerpo extraño», por ejemplo, parece que todas las razas alienígenas tienen una dificultad genética para descubrir las vocales.
—Cierto —respondí—, los habitantes de Gonadín se llaman «gzrhjblhmñqd», de todas formas yo aprecio una buena parodia por lo que me río y por el efecto higiénico que tiene, pero no estoy de acuerdo con que halla que dejar de escribir space-opera.
—Es que no hay por qué, las parodias como la de Harrison o esta tienen la virtud de poner en evidencia a las malas novelas, resaltan los clichés repetidos mil y una veces, la falta de originalidad, la pobreza del lenguaje y el desprecio sistemático por cualquier cosa que huela a ciencia, pero si te coges una space-opera de calidad...
—¡Como «Mundos y demonios»!
—Efectivamente... y alucinas en colores.
Seguimos enfrascados en la conversación hasta que muy entrada la madrugada me di cuenta de que todas mis libidinosas intenciones habían caído en el olvido. Posiblemente me había sentido algo cohibida y no había sacado mis habituales tácticas de seducción o simplemente, que a veces hace más falta una charla que un polvo... bueno, solo a veces.
—Bueno chicos... os agradezco la cena y la conversación, me habéis librado de una Nochebuena llorona, eso os lo debo.
Zipi y Zape me miraron como si acabara de materializarme ante ellos por magia de algún tecnochisme de los que tanto abundan en las novelas que criticábamos.
—¡No pensarás irte ya! —exclamó Zipi mientras acariciaba cariñosamente la mano de su compañero.
—Sois encantadores y me quedaría toda la noche, pero ya es hora de que me marche.
—¡De eso nada! Además, todavía no te hemos dado tu regalo.
—¡Eso! —saltó Zipi—, nos lo dejó Papa Noel un rato antes de que llegaras —se levantó rápidamente y volvió al poco tiempo con una cajita alargada envuelta en un papel rojo llameante.
Lo desenvolví entre protestas corteses que se me desplomaron cuando levanté la tapa de una caja dorada y me encontré un precioso consolador con arnés, negro y turgente. Levanté la cabeza asombrada y tropecé con los ojos azules de Zipi.
—Yo creía que yo... bueno, que las mujeres... esto que no es interesaban...
—Hemos pensado que quizá te gustara hacer de Ondina Pérez... la Agente Especial Metamórfica...
—«En Practicas»... —recordó Zape.
—¿En practicas? —exclamé mientras me desvestía y me sujetaba el instrumento a la cintura— ¡Esta noche me gradúo!
|