¿Quién soy?
Es la pregunta imborrable que nutre mis sueños, errante entre campos de estática, buscando los motivos que me han encadenado a una eternidad sin posibilidades...
¿Quién soy?
Incapaz de recuperar los sentimientos que lentamente escapan de mis sentidos, flotando sin rumbo en un alabastro de colores aleatorios, más allá de cualquier noción real...
¿Quién soy?
Mi cuerpo esta formado por átomos de luz, no puedo permanecer consciente, el abismo de información donde oscilo me lo impide, encadenándome a mis ilusiones titilantes...
¿Quién soy?
Preguntas custodian mis peores pesadillas, tengo miedo a perderme entre los resquicios de mí imaginación, estoy apunto de perder el control...
¿Quién soy?
Añorando el pasado, cuando era capaz de encontrarme a mí misma, necesito un instante de paz, sino terminaré enloqueciendo...
¿Quién soy?
Desde el momento en que lo he olvidado todo, mis párpados inmateriales se cierran extenuados, el tiempo de espera es eterno, debo conseguir las respuestas que demando...
Nessa
Creo que he llegado a un punto en mi vida en el que nada puede cambiar por mucho que lo intente. Aún no he conseguido liberarme de las cadenas que me atan al pasado, vivo de ellas a diario sin que pueda evitar su carga, como si realmente pudieran ofrecerme las respuestas que busco. Durante las últimas semanas he sido incapaz de dormir, los remordimientos de conciencia parecen acosarme todas las noches, obligándome a permanecer despierto, recordando el peso de mis pecados. Me pregunto que es lo que habrá sido de ella... Han pasado tres años desde que huyó de mi apartamento en mitad de la noche, pero parece que fue ayer la ultima vez que hicimos el amor. Desde entonces, he sido incapaz de trabajar con cyborgs pese al disgusto que esto le produce al comandante Aries. Me siento demasiado mal conmigo mismo cuando comparto mi trabajo con maquinas, los recuerdos de aquellos años que compartimos son demasiado dolorosos. Ahora sólo desearía alcanzar la paz antes de morir, recuperar la humanidad que mis implantes cibernéticos me han ido arrebatando durante los últimos diez años, el pesar de vivir sin respuestas es desgarrador para mis deseos anhelantes. Tengo miedo de mí mismo, no quiero llegar a un punto donde nada tenga sentido, no soportaría convertirme en una máquina. Pese a ser un bioconstruido, aun queda un cuarenta y ocho por ciento de humanidad en mi interior, eso es mucho mejor que la hibridación definitiva; pero aún puedo sentir...
Dorian Stark
1.- NUEVA YORK
Cerrando la puerta de la habitación, Dorian Stark penetró en la suite japonesa, dirigiéndose inmediatamente hacia el dormitorio. Como siempre, el alemán vestía de luto de pies a cabeza: pesadas botas de combate, pantalones militares, camiseta de kevlar, trinchera de cuero auténtico rusa... Con movimientos mecánicos, puso el rectángulo laqueado en negro sobre el lecho de látex. Colgando la gabardina en un perchero automático, metió una tarjeta codificada en uno de los costados del maletín. El arnés de nylon que rodeaba su tórax mostraba dos W—PPK provistas de silenciadores, que centellearon intentando absorber la mayor cantidad de luz posible en la lujosa estancia a oscuras. La tapa se abrió verticalmente, mostrando el interior guarnecido de espuma plástica: dentro había un fusil francotirador Máuser 750 de visión nocturna dividido en tres piezas. En el rostro pálido del Agente Ejecutor, dos tristes ojos grises brillaban con amargura en la eternidad que parecía consumirlo, perdido dentro de las dimensiones de su memoria. Rápidamente, Dorian montó el arma sin percatarse de lo que hacía. Sus miembros se movían profesionalmente, ensamblando las distintas partes con la pericia condicionada por largos años de experiencia. Los hombros aplastados por el cansancio temblaron antes de ponerse en movimiento. Apartando las cortinas de bambú, analizó el enorme rascacielos situado enfrente del apartamento que había alquilado. Los haces numinosos de un anuncio publicitario de Coca—Cola incidían parcialmente sobre la fachada del edificio, impidiendo que alguien pudiera localizar su posición. Las luces dificultarían la calidad de los disparos, pero no le importaba, Stark era el mejor, no necesitaba ventajas en sus operaciones:
—Buenas tardes, señor Marsch—la voz que llegaba a través del sistema de audiorecepción injertado en su tímpano izquierdo revelaba un nítido acento japonés—Vuestra visita es un honor para nosotros.
—Gracias—el aludido mostró respeto en la inflexión de sus palabras—Hablo también en el nombre de mi compañero, herr Kohlberg.
Colocando el cargador en la recámara, la culata forrada de neopreno se amoldó perfectamente a la curva del deltoides izquierdo. Dorian ajustó la transmisión, perfilando la calidad del sonido, eliminando la interferencia de la megápolis. Sus manos cubiertas por guantes de carbono tomaron el arma, trazando una línea mortal hacia el otro lado de la manzana, calculando los ángulos de tiro:
—Queremos solucionar un asunto problemático, camaradas—Shideo hablaba lentamente—Es una amarga espina clavada en nuestro costado.
El comandante Aries lo había mandado a Nueva York hacía unos días. Durante las últimas semanas, la memoria asaltó su conciencia, obligándolo a aceptar aquella misión, debía distraer sus remordimientos, últimamente no le permitían el descanso. Las pesadillas aumentaban insidiosamente, no soportaba sus madrugadas desveladas, inquiriéndose los motivos que lo impulsaban a continuar despierto. No tenía muchas opciones para olvidar, bastantes inconvenientes le causaban sus dilemas, no necesitaba más remordimientos de los que acumulaba:
—¿Qué debemos hacer exactamente?
—Tenemos problemas con Hitsukaza—explicó el oriental—Ha conseguido entrar en nuestros archivos, arrebatándonos unos datos que deseamos recuperar.
Una sonrisa macabra llenó los rasgos del alemán. Estaba al corriente del asunto, Aries se encargó de contarle los pormenores necesarios:
—Buenos días, sargento—el rostro de su superior lo observó desde el monitor—¿Habéis decidido aceptar la misión?
—Sí, señor—el alemán descansaba sobre el mullido asiento tapizado con poliuretano, mientras el moderno Heinkel AB 1000 surcaba los aires a diez mil metros de altura.
Soltando una bocanada de humo, Aries declaró:
—Como sabéis, es común que nuestra corporación reclute agentes de casas enemigas a la nuestra...
¿Reclutar?—Dorian sonrió interiormente con sarcasmo—Creía que se llamaba extorsión...
—Tenemos que proteger a un contacto que es esencial para terminar una operación que los Técnicos de Información del departamento empezaron hace meses.
—¿Quién es nuestro hombre, señor?
—Su nombre es Miyoshi Hitsukaza. Hace un año trabajaba en la Corporación Kesler. La Fujifujih decidió conseguir sus servicios. Lo sobornaron, Stark. Vendió a sus compatriotas alemanes por los japoneses.
—Un hombre de fiar—dijo el Agente Ejecutor con ironía.
—Le hemos hecho una oferta, sargento—su superior ignoró su comentario— Ahora trabaja para nosotros.
—Estupendo.
—¡Menos bromas, Stark!—exclamó Aries enfadado—Debemos proteger a ese hombre. Hitsukaza es imprescindible. Sin él el dinero que hemos invertido se iría al carajo.
Sería una lástima—pensó con desprecio—No quisiera que la Schneider perdiera pasta…
Al contrario de sus ideas, sus palabras fueron pragmáticas:
—Decidme lo que he de hacer.
—Nuestros Técnicos han conseguido la fecha de la reunión de los representantes de las casas que han admitido a nuestro hombre. Tenéis que eliminar a los miembros que han accedido a secundar esa alianza.
—De acuerdo, señor—asintió el alemán deseando terminar aquella absurda conversación—¿Dónde será la reunión?
—Nueva York—Aries apagó el cigarrillo en un cenicero fuera de su campo de visión—Os mandaré el resto de los detalles a vuestro apartamento cuando estén confirmados.
Alquilar la habitación situada delante del punto de reunión fue sencillo, bajo una identidad falsa nadie lo descubriría, cuantas más precauciones mejor. El audioreceptor Amena continuaba transmitiéndole la transacción de sus futuras victimas:
—Hitsukaza ha vendido sus conocimientos a la Schneider—el japonés hizo una pausa—Necesitamos vuestra colaboración para acabar con él.
La segunda voz sonó burlona:
—Estáis en la misma situación que nosotros cuando desertó—Kohlberg lanzó una ronca carcajada cargada de cinismo—¿Por qué tendríamos que auxiliaros?
Desde su posición, Dorian distinguía perfectamente a sus enemigos. Sus ojos biomecánicos taladraron las sombras omnipresentes que envolvían el exterior, transformándolas en retículas centelleantes sobre la niebla producida por la contaminación:
—... esto no es cuestión de dinero—ahora era Marsch quien llevaba las riendas—Es cuestión de respeto. Vuestro hombre es un traidor en general. Los alemanes nos caracterizamos por ser una raza vengativa. Hemos buscado a ese desertor desde el momento que abandonó nuestras filas, ahora después de tanto tiempo lo hemos localizado, debe morir para que el honor de nuestra casa quede restaurado.
El despacho quedó enmarcado por los cincuenta aumentos del teleobjetivo de visión infrarroja. En el extremo opuesto de la mesa de titanio, los dos emisarios de la Kesler estaban de pie, sin dignarse a tomar asiento delante de los nipones. Los alemanes vestían uniformes de estilo militar cortados en diagonal, típicos de su corporación, con el cuchillo guarnecido en plata sobre el hombro. En cambio, los japoneses llevaban kimonos de seda con figuras mitológicas estampadas en hilos de oro. Apretando las formas del fusil, Stark se preparó para abrir fuego. Había calculado los límites de acción de sus oponentes hasta el más mínimo detalle, estaba seguro que ninguno lograría salir del despacho insonorizado.
Os queda poco de vida, bastardos—pensó con malignidad, situando la cruz del teleobjetivo sobre el rostro de uno de los alemanes.
Ajeno al peligro, Tokoritsu abrió la boca por primera vez desde la llegada de los emisarios:
—Queremos llegar a un acuerdo que sea satisfactorio para ambas partes—su voz gangosa delataba cierto escepticismo.
—Si necesitáis algún tipo de financiación económica sólo tenéis que pedirla—el tono de Imomasai era conciliador—Pero existen condiciones...
—¿Cuáles?—la desconfianza de Kohlberg fue tan nítida que el alemán no pudo evitar sonreír, consciente de la ironía de la situación, en breve serían cadáveres.
—Queremos recuperar los biochips que Hitsukaza nos ha robado—Shideo retomó el mando de la charla—Sino todo esto no habrá servido de nada.
Tienes razón—pensó Dorian maliciosamente—Dentro de unos minutos estaréis muertos.
—Nadie había mencionado esos biochips—Marsch puso las manos sobre la mesa—¿Qué tipo de información contienen?
—Eso no es asunto vuestro, señor Marsch.
—No quiero parecer desagradable, pero debo insistir—añadió Kohlberg amenazador, respaldando a su compañero.
Tokoritsu intentó quitarle importancia al tema:
—¿Qué importa la información que contengan los biochips?—sus brazos cruzados de tatuajes luminosos se agitaron con nerviosismo—¿O nos hemos equivocado con la Kesler?
—No lo comprendo—Kohlberg se acarició el mentón con actitud reflexiva—¿Por qué nos habéis hecho llamar?, ¿no contáis con suficientes Agentes Ejecutores en vuestras filas para matar a Hitsukaza?
—Necesitamos una alianza—Shideo puso todo el autocontrol que pudo en sus palabras—La Schneider es una corporación demasiado poderosa. No queremos que descargue su ira contra nosotros, nos sería imposible hacer frente a sus asesinos sin socios.
—Comprendido el mensaje—Marsch mostró una sonrisa fría—Tenéis miedo de las represalias que los presidentes de la Schneider puedan tomar.
—Es una buena manera de decirlo—el orgullo quedó apartado en la flemática actitud de Imomasai—Una alianza entre nuestras fuerzas es el recurso perfecto para solucionar nuestros problemas.
Stark frunció los labios, le aburría el discurso, creía que iba a encontrar más información de la que Aries le había proporcionado si escuchaba el trato de sus objetivos. Como sus superiores, aquellos cretinos andaban por las ramas sin ofrecerle datos sustanciosos:
—Creo que no sería una mala idea—Kohlberg retomó el hilo de la conversación conciliador—Ahora sólo es cuestión de...
El impacto del cartucho de punta endurecida seccionó la arenga del alemán. La parte superior de su cráneo saltó por los aires, manchando de sangre el rostro de su compañero:
—¿Pero que coño...?
Tokoritsu no tuvo tiempo de terminar la frase. El alemán giró el Máuser, el olor a pólvora llenaba sus fosas nasales, arrancándole la mandíbula de un balazo.
—¡A cubierto!—Shideo intentó controlar la caótica situación—¡Es un francotirador!
La detonación lo empotró contra la pared, tenía el corazón perforado, su figura trazó un reguero escarlata mientras se desplomaba sobre la moqueta:
—¡Mierda!—Marsch sacó una HK 500 de la funda sobaquera—¿Quién a podido localizarnos?—el oriental aterrorizado no pudo contestarle—¡Nos han traicionado, hijo de pu...!
Un disparo convirtió su garganta en un amasijo de carne sanguinolenta. Cambiando su posición unos centímetros, Dorian terminó con Imomasai cuando estaba apunto de llegar a la puerta, una bala se alojó en su nuca desde atrás, destrozándole la cabeza de parte a parte. Inmediatamente, Stark corrió las persianas con una mirada impasible, no experimentaba ningún remordimiento por haber aniquilado a los cinco hombres. Cruzando el dormitorio, se inclinó delante de la cama, desmontó el arma, introduciéndola en el maletín, disfrutando con la sensación de fuerza que le proporcionaba el cañón sobrecalentado.
Debo largarme de aquí—pensó el alemán—Los hombres de estos imbéciles podrían encontrar mi señal con un escáner rastreador.
Había decidido correr el riesgo para averiguar datos más concretos sobre aquella misión, aún sabiendo que gracias al órgano Amena podría ser localizado. Enfundándose la trinchera, caminó hacia la salida con una hirviente serie de pensamientos embistiendo su mente:
¿Cuál será la operación que Aries quiere mantener en la sombra?—reflexionó desconfiado—¿Qué clase de información contienen los biochips?
No debía darle importancia a los detalles que nada tenían que ver con su trabajo, pero después de los últimos años, no podía permitirse el lujo de confiar en sus superiores, menos aún después de la huida de la cyborg...
No pienses en Nessa—una punzada de dolor recorrió su corazón—Aún no has terminado la misión...
Mientras el ascensor descendía hacia las entrañas del edificio, el Agente Ejecutor combatió por aislarse de sus propias dudas. Los últimos años habían sido un auténtico infierno, no soportaba el peso que su vida implicaba, sabía que estaba condenado a una soledad definitiva. Después de la última operación cibernética, volvió a tomar de nuevo los estimulantes que tanto detestaba, su insensibilidad era una pantalla borrosa que aleteaba dentro de su conciencia, atormentándolo. Al llegar abajo, las paredes metálicas del cilindro acolchado se abrieron, mostrándole un corredor sin adornos, que se perdía hacia su derecha. Fluorescentes halógenos alumbraban el aparcamiento, recorriendo los trazados aerodinámicos de los deslizadores aparcados en perfectas hileras por los androides de servicio. Sorteando los vehículos pulcramente ordenados, Stark se acercó a su aerodeslizador, ansioso por salir del hotel. La BMW—350 de combustión gaseosa lo esperaba, la carrocería blindaba brillaba, flanqueada por dos Isuzu de última generación. Sacando una tarjeta magnética del bolsillo interior de la gabardina, el alemán estaba apunto de subir al vehículo, cuando una detonación le rozó la cabeza. Arrojándose detrás de un deslizador, soltó el maletín, sacando una W—PPK del arnés:
—¡Se ha escondido detrás del Isuzu!—exclamó un agente de la Corporación Fujifujih alertando a sus compañeros—¡Sólo es uno...!
Asomándose por un lateral del vehículo, Dorian traspasó su boca abierta, silenciando sus gritos. Protegido, giró sobre su eje sacando el arma restante, calculando por el fragor de los disparos el número de antagonistas con los que se enfrentaba. El Isuzu quedó cosido a balazos, una tormenta de cristales rotos llovió sobre la tranquila figura del Agente Ejecutor.
¡Estos estúpidos no saben con quien están jugando!—pensó con frialdad, antes de emerger como una sombra, abriendo fuego contra los fluorescentes—Lo van a pagar caro.
Stark oscureció el parking hasta donde su vista era capaz de alcanzar. No necesitaba luz, sus retinas fotoeléctricas evitarían las tinieblas sin problemas, para algo le servían los odiosos injertos que llenaban su cuerpo. Los orientales lanzaron maldiciones apagadas, luchando por localizarlo en la negrura, los agudos sentidos del alemán terminaron de establecer sus posiciones.
No son profesionales—pensó decepcionado, reemplazando los dos cargadores vacíos—Siempre creí que los Agentes Ejecutores de la Fujifujih eran buenos, parece que una vez más, la realidad es inferior a la ficción.
Si sus cálculos eran correctos, seis hombres intentaban matarle. Abandonado su escondite, corrió silenciosamente al otro extremo del parking, encontrando un nuevo refugio detrás de un transporte de desperdicios:
—¡Tiene que estar por aquí!—gritó uno de los nipones antes de caer al suelo con la cabeza abierta. Sobrecogidos, el resto de los Agentes Ejecutores intentaron huir de aquella zona donde la lobreguez parecía querer devorarlos. Sólo uno de ellos logró salir con vida con la rotula destrozada, los otros perecieron debido a los disparos efectuados por aquel demonio vestido de negro:
—¡Me rindo!—el japonés arrojó su arma aferrándose la pierna izquierda con un gesto de dolor—¡No me mates, gaijing!
Dorian estuvo tentado en rematarlo, pero una parte cruel en su interior aplacó aquel deseo, sin molestarse en contestar, volvió a dirigirse a su vehículo.
Seguramente sabrá a lo que se está exponiendo—pensó con las mandíbulas encajadas—Sus superiores lo torturarán sin piedad por su fracaso.
Después de recuperar el maletín, introdujo la tarjeta dentro del mecanismo de encendido de la BMW—350. Metiendo la primera marcha, el vehículo ascendió unos centímetros sobre el suelo cubierto de sangre, pasando encima del olor a muerte, hacia la salida situada en dirección norte, lejos de las sombras susurrantes manchadas de pólvora.
2.- PESADILLAS
—¿Qué piensas?—la figura vestida de negro se dibujaba en la puerta del baño—Tienes cara de preocupado.
Dorian la miró extrañado:
—Creía que ibas a quedarte esta noche—un pánico cerval se apoderó de su garganta—No tienes porque volver a la Schneider.
—Es mejor que me marche, Dorian—Nessa se balanceó sobre la punta de sus botas—Creo que sospechan algo.
—¡Tonterías!—Stark se levantó de la cama—Quería hablar contigo, tengo una proposición que hacerte.
—¿No puedes esperar?—la mujer se mostró disgustada, como si estuviera ocultando secretos—No tengo tiempo ahora, debo volver a la Corporación.
—¿Por qué?—con el corazón dolorido, el alemán intentó extirparle respuestas—¿Quién sabe cuando volveremos a vernos?
—He estado pensando acerca de nuestra relación—al ver la mirada desolada del Agente Ejecutor, Nessa se obligó a continuar—Creo que lo mejor para ambos sería tomar nuestro propio camino.
Dorian fue incapaz de respirar, cuando se recuperó de la revelación, le espetó furiosamente:
—¿Por qué has tomado esta decisión?—atragantándose con sus propias palabras, continuó hablando con un hilo de voz—Creía que me amabas...
—Te quiero, Dorian—la cyborg se esforzó por avanzar en su dirección—¿Cómo puedes dudar de ello?
Stark no pudo responder:
—Ya no tengo nada por lo que luchar, ¿crees que algo cambiará si me abandonas?
Ella ignoró su pregunta:
—Mis recuerdos y tú sois lo único que me queda—le reprochó con amargura—¿Nunca has sentido nada por mí?
—No debes amarme, estarías condenado a morir, yo también estoy condenada, tanto o más que tú...
—¿Piensas que me importa morir?, ¡ya no soy capaz de sentir nada!
La mujer se acercó, rozándole:
—Sigues siendo humano Dorian, a pesar de todos los implantes cibernéticos que moldeen tu cuerpo, nunca olvides eso.
Sollozando, intentó resistir su abrazo, revolviéndose como un niño, pero ella lo aguantó firmemente contra su pecho, limpiando las lágrimas del alemán con sus labios, ciñendo su corazón con el aroma a flores que emanaba de su piel. Lánguidamente besó su frente, los tristes ojos grises, las mejillas, hasta llegar a su boca. Sin percibirlo, se desnudaron, buscando el consuelo que tanto necesitaban.
—Te quiero—musitó Dorian con tristeza—Eres lo único que me queda...
—Lo sé—Nessa acarició su rostro con manos frías.
Lentamente se tumbaron sobre el lecho de poliestireno, conscientes de lo especial del momento de despedida. Dorian descendió por su cuello, recorriendo sus senos de la base hasta el pezón, que tomó entre sus labios, mordisqueando la punta endurecida por la pasión, mientras su mano se introducía en su entrepierna, moviendo el dedo el corazón con lentos círculos. Lamiendo el otro pecho, bordeó su forma, trazando un arabesco que bajó hasta la altura de su sexo, donde recorrió sus curvas con infinita ternura, llenándose del olor y del sabor de su piel, hasta que los suspiros subieron de intensidad, y la mujer llegó al clímax arqueando su cuerpo hacia atrás. Luego, ella tendió su cuerpo bajo el suyo. Envolviéndolo con sus blancas piernas, le pasó los brazos por la espalda, su miembro se introdujo dentro de su feminidad. Pausadamente, sus cuerpos se unieron en un sueño, encendiendo pasiones ocultas, fundiéndose el uno con el otro. Así continuaron la danza apasionada que los cubrió de sudor, entregando todo lo que eran capaces de ofrecer, la última noche que estuvieron juntos…
Aterrorizado, Dorian abrió los ojos. Las formas oscilantes de la habitación se abalanzaron contra su figura, haciendo que se hundiera entre las sábanas. Atormentado, estalló en sollozos, aferrando los bordes de la colcha de terciopelo con las manos crispadas, mientras una parte de su alma ardía, consumida por los recuerdos recientes. Cuando se sintió recuperado, quiso ponerse en pie, no soportaba estar dentro de la estancia, parecía que las paredes decoradas con lotos deseaban aplastarlo. Derrumbándose por un lado del colchón, se llevó ambas manos a la cabeza, atrapado dentro de su angustia. Su anatomía empapada de sudor brillaba con luz propia, las luces de la calle incidieron sobre su piel, iluminando los músculos rígidos por la tensión. Stark se incorporó, tomando el cilindro de anfetaminas situado sobre la mesilla de noche, ingiriendo un puñado de pastillas. Temblando, se puso en pie, tambaleándose. No se fiaba de la estabilidad de sus piernas, tuvo que esperar a que el efecto de los estimulantes funcionara. Los latidos de su corazón llegaron a un nivel que le cortaron la respiración. Resbaló sobre la alfombra, en el último instante pudo mantener la estabilidad sosteniéndose en una de las paredes. Las lágrimas ardientes mancharon sus mejillas, produciéndole una desagradable sensación de malestar. Durante un momento, aspiró aislar su dolor, olvidar los remordimientos, pero sabía que era una pérdida de tiempo. Estaba habituado a la impresión de fracaso que embargaba sus actos desde el día en que sus ojos se abrieron dentro del bioquirófano, sus transplantes daban constancia de ello mejor que las explicaciones que fuera capaz de pronunciar para consolarse.
¿Por qué me abandonaste?—se preguntó por enésima vez—¿Por qué me hiciste tanto daño?
Desde los rincones en sombras, el rostro de la mujer se desvaneció en el aire, difuminándose entre las tinieblas que retorcían su alma, haciendo que el silencio que cubría el apartamento adquiriera un matiz desolador.
¿A dónde huiste?—el alemán hablaba consigo mismo tal como venía haciendo desde siempre—¿Qué es lo que ha sido de ti?
Se atormentaba innecesariamente con las preguntas sin respuestas que lo habían conducido a aquella locura. No podía olvidar a la cyborg a pesar de sus intentos, los años compartidos pesaban sobre su conciencia, impidiéndole saborear el presente inmediato. Sus pupilas desorientadas por las anfetaminas vagaron de un lado a otro, recorriendo los límites de la habitación, posándose sobre la W—PPK que descansaba junto a la almohada. Estuvo tentado en vaciar el cargador contra su pómulo, suicidarse, arrebatándose la vida. Ello representaría un alivio, evitaría las pesadillas que lo consumían.
No pienso hacerlo—pensó obstinadamente con los brazos crispados—No quiero perder el cuarenta y ocho por ciento de humanidad que me resta.
Le asustaba el afán de autodestrucción que dominaba sus miembros. Él nunca fue así, amaba la vida demasiado para desperdiciarla en vano. Pero desde que había despertado en su lecho sin la huella de la mujer, sólo deseaba morir, quería escapar de los fantasmas que le impedían conciliar el sueño, olvidar el pasado que lo humillaba con su peso. Sabía que estaba muriéndose, la hibridación definitiva iba apoderándose, poco a poco, de las partes humanas que le quedaban. ¿Por qué tenía que vivir de las cenizas del ayer?, ¿por qué soportaba el peso de sus pecados?, ¿por qué no era capaz de ser feliz? Abandonando la habitación, cruzó el amplio salón decorado con muebles japoneses en dirección al baño, con la intención de darse una ducha caliente. Sabía que de esa manera no conseguiría aliviar su pesar, pero el desagradable olor de sus fluidos corporales desaparecería, podría volver a sentirse limpio otra vez. Sus pies descalzos asimilaron el frío de las planchas de nogal, transmitiéndolo a través de los circuitos biosensitivos de su columna. Con la piel erizada, ignoró el gélido ambiente que llenaba el apartamento, aún era capaz de sentir dolor, no se había convertido en una máquina.
Tiempo al tiempo—reflexionó tristemente—En diez años he perdido un cincuenta y dos por ciento, dentro de otros diez no me quedará nada...
—Tiene una llamada, señor—la voz del hogar lo arrancó de sus tétricos pensamientos.
Su musculatura se sacudió, mientras avanzaba hacia el videófono sin molestarse en cubrir su anatomía desnuda. En aquel momento, no deseaba mantener una charla con el comandante Aries, la subida de las anfetaminas le secaba la boca. La pantalla líquida se iluminó cuando entró dentro de su campo de acción, mostrándole el rostro desconocido de una mujer. Confundido, Stark pensó que se encontraba alucinando bajo el efecto de los estimulantes, ella no se sorprendió al verlo sin ropa:
—¿Dorian Stark?—su hermosa voz reveló cierta inseguridad al dirigirse a él.
—¿Quién eres?—el alemán se mostró brusco—¿Cómo has conseguido mi número?
—Me llamo Paula Muller—contestó con cierta irritación—Creo que sabes quien soy, aunque nunca nos han presentado personalmente.
Asombrado, Dorian se quedó unos instantes sin ser capaz de hablar. Imágenes llenaron la parte consciente de su cerebro, ¿qué diablos estaba pasando allí?:
—Hugo me habló mucho de ti—Paula no mostró ningún tipo de emoción al mencionar a su antiguo compañero—antes de morir.
Stark estudió las facciones de la joven: tendría unos treinta años de edad, largos cabellos negros cortados a la moda, piel pálida, sinceros ojos azules, labios sensuales. Un implante dermatológico de toma de datos brillaba en su mejilla derecha, realzando el rostro con forma de corazón, aportándole una seguridad que había visto pocas veces antes en una mujer:
—No has contestado a mi segunda pregunta—el alemán pasó por alto la frase que la joven acababa de pronunciar.
Paula lo estudió con aspereza, señalándose el implante cibernético con un dedo:
—¿Necesitas más explicaciones, colega?
—¿Qué quieres?
Herida por la desagradable actitud del Agente Ejecutor, no se molestó en ocultar su cólera:
—Necesito tu ayuda—dijo—Aunque pensándolo bien no sabría si aceptarla, me pareces tan gilipollas como todos los Agentes Ejecutores de la Schneider.
—¿Conoces alguno más aparte de tu hermano?—las palabras de Dorian rezumaron crueldad.
Ahora estaba seguro que aquella mujer no le mentía, sus ojos eran demasiado parecidos a los de su compañero, eso avivó los lóbregos recuerdos que tanto se había esforzado en enterrar desde hacía una década:
—Te aseguro que sí—apretando los dientes, continuó—Tengo entendido que erais buenos amigos.
—Efectivamente—receloso, evitó el tema—Murió justo delante de mis narices.
Muller empadileció:
—Eres un hijo de puta, ¿lo sabías?
—Creo que sí—una cínica media sonrisa llenó los labios de Stark—De todas formas me han llamado cosas peores.
—No lo dudo—Paula le mostró una fotografía enmarcada en un molde de plastiacero—¿Los reconoces?
Con dificultad, Dorian enfocó a los dos jóvenes vestidos con uniformes de carbono, enfrentándose al objetivo en el interior de los departamentos de la OC. El primero era indudablemente Hugo; su enorme figura era inconfundible, en cambio el segundo le resultó un poco más complicado de identificar, su mente divagó sobre el rostro familiar hasta que se dio cuenta de que era él:
—He quedado favorecido—una lágrima solitaria descendió por su mejilla—¿Cómo ha llegado a tus manos?
—Hugo me la envió cuando yo estaba en la universidad—anhelante, ella intentó averiguar más cosas sobre ellos—¿Mi hermano nunca te hablaba de mí?
—No—el alemán se pasó la zurda por el rostro, limpiando el irritante cosquilleo—Pero sabía quien eras, tu hermano te mencionó un par de veces en nuestras conversaciones, creo que Hugo te mandaba dinero para que pudieras estudiar.
—Tienes buena memoria, Dorian—Muller guardó la fotografía levemente desilusionada—Me gustaría hablar contigo.
—¿No lo estas haciendo?
La joven sonrió mostrando sus blancos dientes:
—¿No te parece demasiado impersonal de esta manera?
—Quizá—el alemán tomo una decisión—¿Prometes dejarme en paz si accedo a reunirme contigo?
—De acuerdo—sin proponérselo, la mujer volvió a levantar sus defensas—Union Sg Park dentro de tres horas.
—Mejor que sean cuatro.
—Por mi perfecto—Paula se dispuso a cortar la conexión—Me encontrarás en la zona oeste de los aparcamientos.
—Procura ser puntual—Stark fue deliberadamente desabrido.
—No te preocupes—la joven lo miró con las cejas fruncidas por el disgusto—Adiós.
Cuando el monitor quedo a oscuras, Dorian se dirigió al sistema computerizado del hogar:
—Rastrea esta llamada—ordenó secamente—Encuentra toda la información posible relacionada con esa mujer.
—De acuerdo, señor.
Apretándose las sienes, el alemán pasó por alto el dolor de cabeza que le producían los estimulantes. Ahora, después de tantos años desde que su amigo muriera, parecía que los espectros del pasado nacían de la nada, trayéndole recuerdos que no deseaba rememorar.
¿Qué querrá de mí?—meditó—¿Será una estratagema urdida por mis enemigos para eliminarme?
Aquella joven había despertado su curiosidad. Al contrario de lo que le había demostrado, su hermano significaba mucho para él. Hugo fue su único amigo durante sus duros inicios en la Orden de los Centinelas, cuando ambos se preparaban para ser Agentes Ejecutores de la Schneider, antes de que aquella explosión en Moscú lo transformara todo. La noche anterior le había mandado los resultados de la última misión al Comandante Aries, no esperaba que se pusiera en contacto con él hasta la tarde, tenía todo el día por delante para hacer lo que quisiera. Sin perdida de tiempo, tomo un baño, después se vistió con sus negras vestiduras. Cuando se colocaba el arnés, el hogar comenzó a hablar:
—NOMBRE: Paula Muller. EDAD: Veintinueve años. PROFESIÓN: No especificada. ESTUDIOS: Titulo de Técnico de Información expedido por la Universidad de Viena. UNIDAD DOMICILIARIA: Ninguna en concreto. ESTADO CIVIL: No especificado. NOMBRE DE PARIENTES CONOCIDOS: Charles, Simone y Hugo Muller. Todos fallecidos en el momento actual. HISTORIA: Es miembro de la Enterprise S.A. Ha vivido en todos los países de la U. E. Ha pasado tres veces por el bioquirófano: la primera para un implante cibernético en la parte posterior del bulbo raquídeo, la segunda para una toma de datos en la mejilla derecha, la tercera para...
—Suficiente—Stark cortó la transmisión del hogar—¿De donde ha llamado?
—Desde un videófono publico situado en East Village, numero de serie 5.465.746, instalado por...
—Muchas gracias—molesto, ignoró el resto de la información, dirigiéndose hacia la puerta de salida.
En cierta forma, agradecía que la mujer hubiera aparecido en su vida, arrancándolo de sus demonios habituales. Sólo esperaba que la reunión no avivara las ruinas que anhelaba olvidar. Por los menos no tendría que preocuparse de sus problemas personales en aquellos momentos, no deseaba plantearse las cuestiones que acosaban sus sueños...
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