El viento aullaba golpeando con intensidad la contraventana provocando un estruendo descorazonador. Las sombras deambulaban a su antojo por la estancia proyectando formas tenebrosas y amenazantes que asustaron a Lily. Sobrecogida se ocultó bajo las sábanas mientras no dejaba de rezar para que todo cesara, el viento amainara y su habitación dejara de estar cubierta en penumbras. Desde hacía noches su ventana era vigilada por dos sombras negras escondidas bajo capas que no dejaban de mirarla. Le inquietaban hasta tal punto que había confesado sus temores a su hermano mayor, que para salvaguardar la seguridad de su familia, vagaba todas las noches por los alrededores, ya hiciera frío o lloviera, pero a pesar de que ambos habían visto a la extraña pareja que custodiaba su ventana noche sí y noche también, cuando él llegaba no había ni rastro, ni si quiera huellas en el barro.
De pronto el fuerte golpe de las contraventanas la sobresaltó. De una patada retiró las sábanas hacia atrás y corrió hacia la ventana. Ante ella se encontraba un árbol centenario. Su tronco era ancho e inmenso, con un hueco vacío en su zona más baja. Sus ramas eran anchas y largas, algunas incluso rozaban su ventana. Durante un instante su mirada inquieta vagó en la penumbra, en busca de su hermano o sus acechores, aunque lo único que atisbó fue un candil que bailaba rítmicamente en la noche y cuya luz desaparecía en la espesura del bosque; su hermano Raymond seguía vigilando. Sintió una punzada de arrepentimiento por inquietar su sueño y hacerle vagar durante las noches, aunque lo que más le angustiaba era pensar que esos encapuchados sólo vivían en su imaginación. Con un fuerte gruñido levantó la ventana, se asomó tímidamente y la fría llovizna humedeció su pálido rostro y su cabello castaño. Respiró con fuerza disfrutando del olor a lluvia que por un instante consiguió que olvidara sus inquietudes aunque éstas reaparecieron cuando el resquebrajar de una rama captó su atención. Su mirada se dirigió al árbol. Una persona agachada acechaba inquietante. Cerró rápidamente las contraventanas y la ventana. Se ocultó bajo la cama donde trató de permanecer en silencio aunque sus jadeos resonaban por toda la habitación. De repente un golpe seco en las contraventanas le hizo soltar un pequeño grito y se mordió su puño con fuerza para no despertar a su madre y hermanos menores. Se arrastró bajo el pequeño espacio situándose de lado y quedando ligeramente encorvada pero con la mirada fija en la ventana; de repente otro ruido la alarmó y temerosa levantó la mano y tiró de la colcha de su cama que cayó unos centímetros, dándole cierta protección.
Sus dientes ya estaban marcados en su mano y se incrustaron con más fuerza cuando el fuerte estruendo de madera estrellándose con madera le dio a entender que las contraventanas habían sido abiertas. De repente el gélido aire ocupó su habitación y lo único que escuchó fueron unas uñas arañando el suelo, como las de un animal. Muy despacio comenzó a removerse bajo la cama, sin hacer ruido, ni dejar al descubierto ninguna parte de su cuerpo intentando ver algo más hasta que encontró una posición más adecuada. Entonces contempló cuatro patas peludas y negras. El animal no parecía percatarse de su presencia, caminaba de un lado a otro de la cama, aguardando algo mientras Lily seguía todos sus movimientos. De repente, el ruido de unas bisagras al abrirse la alarmaron. A su derecha quedaba su armario y desde donde estaba sólo podía ver parte de él y como poco a poco se iba abriendo la puerta. Volvió a removerse un poco más quedando frente al mueble, contemplando las sombras que invocaba, atenta a lo que salía de allí. Entonces algo se cerró sobre sus tobillos tirando de ella con fuerza y ningún grito salió de su garganta.
La luz mortecina del amanecer se filtraba a través de la ventana precediendo a la neblina que acompañaba el día y probablemente a las nevadas que no tardarían en llegar a la pequeña aldea situada cerca de Pennsylvania.
Lily despertó en su cama sorprendida y sin saber que había pasado. Lo último que recordaba era que algo o alguien tiró de ella con fuerza y el pánico la invadió con tal fuerza que ni siquiera pudo gritar. Pero ahora estaba bien, en su cama, la puerta del armario estaba cerrada y todo indicaba que lo ocurrido durante la noche había sido un mal sueño.
Mucho más relajada se puso en pie asustándose por ver su propio reflejo en el espejo de pie que tenía en un rincón. Su camisón blanco estaba lleno de sangre y barro, al igual que su rostro y hasta ese mismo instante no se había dado cuenta del terrible dolor que recorría cada centímetro de su cuerpo.
Nerviosa arrojó su camisón al suelo y tras echar agua en una vasija se limpió lo más rápido que pudo apreciando moratones, marcas y..., ¿extrañas mordeduras? Ansiaba examinarse con más cuidado, pero voces en el piso de abajo la alarmaron y tras ponerse un gastado vestido color crema bajó en silencio las escaleras, aguardando en el rellano, escuchando con interés la conversación que mantenía su hermano con James. Ambos jóvenes eran apuestos, vestían pantalones grises y botas altas negras ligeramente llenas de barro. Sus camisas blancas mostraban los estragos de una noche de vigilancia y sobre sus hombros colgaban rifles. James era rubio con oscuros ojos negros y una preciosa sonrisa que siempre brillaba en sus labios. Su camisa iba ligeramente enrollada dejando al descubierto unos antebrazos fuertes con los que Lily ansiaba sentirse protegida y fue su inquietante pensamiento lo que hizo que un ligero rubor cubriera sus mejillas.
Al contrario que James, Raymond lucía una oscura cabellera y su pelo, al igual que el de Lily, era ondulado. Sus cejas eran espesas llegando a ensombrecer sus oscuros ojos grises.
Lily pensó salir y darle los buenos días a James pero su conversación resultó inquietante.
—Los tres miembros de la familia mutilados. Están llenos de mordeduras por todo el cuerpo de diferentes formas, algunas casi inapreciables mientras que otras han llegado a desgarrarlos hasta el hueso —añadió Raymond preocupado—. La propiedad de los Blackwood se encuentra únicamente a tres kilómetros de mi casa y sólo nos protege una rudimentaria valla.
—Has debido oír los aullidos que todas las noches rompen el silencio; hay lobos cercanos, no desde hace mucho pero ese gutural sonido proviene del Valle de la Niebla. Ahora estamos armados y decididos, deberíamos marchar a ese condenado valle y matar lo que allí habita. Esas bestias salvajes volverán a atacar esta noche y la próxima vez no serán nuestros vecinos quienes sean despedazados sino nuestros familiares.
Raymond asintió y ambos jóvenes abandonaron la casa.
Lily preocupada y desconsolada volvió a su habitación donde se examinó con una larga mirada. Se sentía diferente, lo sabía, lo notaba y el sueño de la noche anterior había sido tan real como la luz mortecina que ocupaba su habitación. Decidida a saber que estaba pasando abandonó la seguridad de su hogar para seguir a su hermano y James.
Corrió a toda prisa por una empinada cuesta. La niebla dificultaba su camino pero conocía el sendero mejor que nadie y sobre todo el lugar donde comenzaba el Valle de la Niebla. En ese oscuro y frío lugar, por extraño que pareciera, crecían durante todo el año preciosas amapolas rojas y, a pesar de no contar con el consentimiento de su hermano, no había tarde que no se adentrara en esa región para poder disfrutar de esa maravillosa imagen.
No tardó en alcanzar a James y Raymond. Caminaban unos metros por delante de ella aunque pronto la niebla los engulló al adentrarse en el valle. Enormes montañas nevadas cerraban aquel lugar dándole un aire sombrío y triste. Había repartidos centenares de pinos con sus troncos cortados para aprovechar su madera.
De repente fuertes aullidos rompieron la calma y al instante un disparo.
Lily recogió las faldas de su vestido y corrió llegando a tiempo para ver cómo un lobo se lanzaba contra su hermano. Otro disparo rompió el silencio.
—Maldita sea, Lily. ¿Qué haces aquí? —Preguntó Raymond disgustado a la vez que se despojaba del cuerpo del lobo.
—Estaba preocupada, yo sólo quería asegurarme que no os pasaba nada —añadió y avanzó hacia ellos.
De pronto otro lobo apareció entre la niebla dispuesto a atacarlos. James cargó con su arma, apuntó al animal pero cuando únicamente les separaban unos centímetros el lobo se detuvo de lleno, con la mirada fija en Lily y al instante huyó asustadizo.
—Voy a por él. James llévatela, por favor.
—Pero Raymond, yo quiero ir contigo, creo que anoche un lobo entró en mi dormitorio.
La única respuesta que recibió de su hermano fue un amargo suspiro y su espalda. James la tomó del brazo y comenzó a arrastrarla dejando atrás el valle e internándose en la seguridad de la propiedad de la familia.
—Tu hermano sólo se preocupa por ti. No deberías actuar de esa manera, pondrás en peligro tu vida y sabes que no debes ir al Valle. Sé que Ray no sabe nada pero yo te he visto muchas veces horas y horas contemplar las amapolas... Me inquieta que te adentres en un lugar tan peligroso.
—¿Te preocupas por mí?
—Por supuesto —respondió y la hizo girar dejándola frente a él—. Eres como mi hermana pequeña y me dolería que te ocurriera algo —confesó, le dio un beso en la frente y comenzó a caminar de vuelta al Valle.
¡Un beso en la frente! Lily aún estaba sorprendida, la trataba con el mismo fraternalismo que su hermano y algo, hasta ahora muerto, renació en ella, una rabia incontrolable. Con grandes zancadas se cruzó en su camino.
—No quiero que me trates como una hermana, sino como algo más; sabes muy bien a qué me refiero.
—No digas estupideces, Lily. Nosotros no llegaremos a nada y ahora aprisa, te acompañaré a casa.
James, haciendo oídos sordos de sus réplicas la arrastró por el largo sendero hasta que llegaron a su casa donde dos chicas jóvenes sacudían las mantas, una de ellas, especial para él, Caroline. Sin deparar en ello le dedicó una bonita sonrisa y el pálido rostro de la chica se iluminó, sus mejillas se sonrojaron y sus ojos azules brillaron de felicidad pero de pronto aquella imagen angelical fue contemplada por Lily. Estaba furiosa, irreconocible, nunca la había visto de esa manera y no pudo evitar que se lanzara sobre él y le besara con ímpetu arrancando exclamaciones de sorpresa a Caroline y su compañera. Le costó un gran esfuerzo apartar a la chica y lo hizo con un fuerte grito pues la muy condenada le había mordido el labio. El de ella estaba cubierto del líquido rojo y caliente y deslizó su lengua, saboreándolo.
—¡No vuelvas a hacer eso! No te acerques a mí ni a Caroline.
—¿Cómo puedes quererla a ella y no a mí? ¿Por qué me haces esto?
—Lily, no te quiero, entiéndelo.
—Te arrepentirás, tú y todos los demás —amenazó y salió corriendo.
Lily no miró atrás, siguió corriendo, sedienta pero no de agua, sino de algo que le inquietaba. Le había gustado probar la sangre de James, era sabrosa, caliente y daría lo que fuera por volver a degustarla, fue simplemente ese hecho lo que había provocado cambios en ella. Extrañas imágenes acudían a su mente, sucesos bloqueados en su memoria, los provocados la noche anterior pero que ahora revivía lucidamente.
Fue un hombre quien la arrastró bajo la cama, fuerte, vestido con pantalones oscuros y una camisa blanca que dejaba al descubierto parte de un torso musculoso y de vello oscuro. Tenía el cabello castaño que caía sobre sus hombros desordenado, sus ojos marrones estaban fijos en ella y su fuerte mentón se encontraba ensombrecido por la barba, pero no estaba solo. Al mirar por encima de su hombro deparó en otro hombre, cerca del armario. Vestía de manera similar salvo que su camisa era roja y sus ojos fríos y grises. Su cabello era tan negro como la más cerrada de las noches y caía liso hasta su espalda. Su rostro era perfecto, pálido y mortecino de rasgos angulosos y sus labios sonrosados dibujaron una fría sonrisa. Entonces ambos hombres se lanzaron sobre ella y todo volvió a la realidad. Jadeaba, se había caído al suelo y volvía a encontrarse en el valle, justo frente a las amapolas tan rojas como la sangre pero los recuerdos seguían acudiendo a su mente; querían salir a flote, dar a conocer lo ocurrido la noche anterior y no pudo evitar proferir un grito cuando vio sus manos teñidas de sangre.
De nuevo volvió a ser engullida por los recuerdos y ya no ocupaba su habitación sino que caminaba bajo la gélida fría lluvia, descalza, acompañada de los dos hombres y parecía ausente. Al instante reconoció el lugar en el que se encontraba, la casa de los Blackwood y asombrada contempló la trasformación de los dos hombres. El del pelo castaño se postró sobre sus cuatro extremidades y todo su cuerpo comenzó a llenarse de vello; su cabeza se trasformó en la de un lobo y allanó el interior de la casa. Su otro compañero no se quedó atrás salvo que su trasformación no fue tan sorprendente; únicamente sus ojos cambiaron del gris mortecino al brillante rojo y dos pronunciados colmillos rompieron sus encías. Después todo fueron gritos, dolor e incertidumbre hasta que cesaron y los hombres salieron, aunque no solos. Con ellos llevaban a Anne, una joven de su edad con la que había jugado cientos de veces; no dudó en lanzarse a su garganta. Lo que sucedió al instante no lo recordaba, sus recuerdos eran una nebulosa oscura, ante las amapolas profirió un desgarrador grito y perdió el conocimiento.
Cuando despertó se encontró en una oscura cueva, húmeda y lúgubre, el baile de las llamas la iluminaba débilmente y también a sus acompañantes, los dos hombres de la noche anterior.
—No vamos a hacerte ningún daño, Lily —añadió el hombre de pelo castaño—. Me llamo Kean y el hombre que espera en las sombras es Ranulf.
—Sois... sois...
—Un vampiro y un hombre lobo —respondió Ranulf con voz fría y serena.
Lily al oír su respuesta se reincorporó y corrió pero Ranulf se cruzó en su camino impidiendo su huida.
—Escúchanos, Lily —añadió dulcemente Kean tendiéndole la mano. La joven sin comprenderlo la tomó llegando a sentarse ante él—. Tú, con tu inocencia y encanto has creado esta situación que en parte nos beneficiará a todos.
—Has sido la única en conseguir que la guerra entre los vampiros y hombres lobos que se prolonga desde hace siglos cese—aclaró Ranulf—. Este valle ha sido centro de batalla desde tiempos antiguos; las batallas siempre se libraban durante las noches aunque en los últimos meses algunos percances han hecho que ambos líderes no tengamos fuerzas para enfrentarnos.
—Encontramos un objeto en común, algo que a ambos nos interesaba y esa eras tú, la que en ocasiones te quedabas hasta después del atardecer con la mirada fija en las amapolas, impidiendo que nuestras guerras se llevaran a cabo, pues hace siglos pactamos no dañar a humanos salvo en algunas excepciones.
—Anoche matasteis una familia, me mordisteis, me habéis convertido en algo peor que vosotros e hicisteis que matara a una persona inocente.
—Tu conversión no es completa, pequeña —aclaró Ranulf—. Si en verdad quieres resistirte para lo que has nacido te dejaremos ir, sólo tu fuerza de voluntad te revelará quién eres en verdad.
—Lily, hay una leyenda que cuenta que cuando ambas criaturas se encuentren amenazadas por la humanidad, por su armamento, desconocimiento y odio, ella nacerá capaz de calmar la rabia de vampiros y hombres lobos y liderarlos contra la humanidad. Esa persona atraerá a ambos líderes de manera irrefrenable y sobrevivirá a la mordedura de ambas criaturas convirtiéndose en un ser diferente hasta los que ahora existen—cuando terminó su explicación se apoyó contra la pared del fondo—. Anoche te mordí en el tobillo izquierdo, no es una mordedura grave pero sí lo suficiente para que, en parte, te afecte mi trasformación.
—Yo te mordí en la muñeca derecha —respondió Ranulf—. Ahora eres libre para hacer lo que quieras, puede que la leyenda sólo sea eso, una leyenda sin más. Si no es así vendrás por propia voluntad, concluiremos la trasformación y convivirás con ambos líderes, o sea, nosotros.
Lily estaba demasiado escandalizada para hablar y ya que ninguno de ellos taponaba la salida corrió. La noche ya se le había echado encima, su familia estaría preocupada y se negaba a creer que ella era un ser extraño mitad vampiro mitad lobo, pero sus instintos y la rabia eran demasiado intensos y no tardaron en bullir cuando llegó a su casa. Unas pequeñas carcajadas la alarmaron por lo que bordeó toda la casa encontrándose con James y Caroline enzarzados en un pasional beso.
—¡Zorra, aléjate de él!
Sus envenenadas palabras lograron separar a la pareja que contempló asombrada su trasformación. De sus encías irrumpieron pronunciados colmillos y se postró sobre sus cuatro extremidades que cambiaron ligeramente aportándole grandes garras y una tremenda fuerza. Entonces saltó hacia Caroline embistiéndola con fuerza; incrustó sus garras en su pecho destrozándolo y cubriéndose con su sangre. Ésta borboteaba caliente y pegajosa, ansiosa incrustó sus colmillos en su garganta bebiendo el sabroso líquido hasta que James le apartó al golpearla con la culata del arma. Rodó por el suelo, todo le daba vueltas, un palpitante dolor la martirizaba y su propia sangre nubló su mirada pero no lo suficiente para deparar en lo que pensaba hacer James: la estaba apuntando.
Lily profirió un grito de dolor y se dejó llevar por sus impulsos dando un gran salto y cayendo encima del joven. El arma rodó y totalmente descontrolada pagó su frustración con él. Incrustó sus afiladas garras en su cuerpo incontables veces hasta calmarse cuando fue consciente de lo que estaba haciendo las lágrimas cubrieron sus mejillas. James estaba muerto, ella lo había matado pero no pudo llorar su muerte pues un disparo le rozó ligeramente su mejilla izquierda. Cuando se giró el dolor afligió su corazón al ver a su hermano apuntándola y la cordura volvió a aparecer en ella.
—¡Ray... yo... no quería!
Pero su hermano no parecía el mismo y sin dudarlo volvió a apretar el gatillo. Esta vez no le rozó sino que la bala atravesó su hombro derecho provocando un sordo dolor. El impacto fue tan intenso que cayó al suelo. Se removió inquieta, dolorida pero se puso en pie y corrió cuando su hermano comenzó a seguirla. Le lanzaron varios disparos más, ninguno de ellos llegó a herirla pero al mirar por encima de su hombro deparó en las luces de varios candiles y de pronto una rama le golpeó en el pecho tirándola al suelo. Cuando quiso alzar la vista recibió un fuerte puñetazo que la dejó atontada. Escuchó hoscas voces que no tardó en reconocer, eran sus vecinos que no dudaron en atar sus muñecas. Un grito de dolor rasgó el silencio cuando una estaca atravesó una de sus palmas.
—¡Es realmente bella! —exclamó un joven robusto a su compañero que permanecía en las sombras—. Lily, siempre me has hecho perder la cabeza—gruñó y de su bota extrajo un puñal con el que comenzó a cortar los botones de su vestido.
De repente el compañero que quedaba a su espalda profirió un pequeño quejido que casi pasó inadvertido, Kaen ya aguardaba a su derecha. Le propinó una fuerte patada lanzándolo hacia Ranulf que le partió el cuello y se agachó junto a Lily, la liberó de sus ataduras y la tomó en sus brazos.
—Ya ha pasado, Lily, ninguno de estos indeseables te causará ningún daño. Ranulf y yo te protegeremos.
De entre sombras apareció Ranulf con la mandíbula cubierta de sangre y profirió un fuerte grito, seguido de un aullido de Kean. Al instante fueron rodeados por un centenar de hombres y lobos. Todos ellos aguardaron y cuando Lily al fin apartó la cabeza del pecho de Kean contempló una muchedumbre furiosa liderada por su hermano.
—Kean —susurró—, quiero irme de aquí. Por favor, vayámonos... yo lo he perdido todo, todo, mi familia quiere matarme y... he matado a James—confesó, sólo un sollozo entrecortado salió de sus labios.
Ranulf deslizó sus fríos dedos bajo el cálido mentón de la joven obligando a que sus preciosos ojos verdes se fijaran en los suyos.
—Contesta con sinceridad, pequeña... ¿Lo sientes o te encuentras liberada?— Ambos hombres aguardaron pues aunque hubiera sobrevivido a las mordeduras quizá no fuera la joven de la leyenda.
—Yo... me gustó la sensación que recorrió todo mi ser.
La satisfacción colmó a los dos hombres; Kean lanzó un agudo aullido y los lobos obedecieron sus órdenes. Corrieron camino abajo y con una sola mirada de Ranulf los restantes hombres obedecieron y comenzaron a enfrentarse a los vampiros y lobos mientras Ranulf y Kean con Lily en brazos se dirigían al Valle de la Niebla. Más tarde ocupaban la cueva; estaba iluminada y caldeada mientras la joven descansaba sobre unas pieles, aguardando estupefacta que los hombres curaran sus heridas. No tardaron en aparecer y eso hizo que la inquietud creciera en ella. ¿Qué ocurriría a partir de ese momento? ¿Qué es lo que le harían? Aunque pronto sus dudas fueron borradas al sentir el cariño con el que la trataban. Kean vendaba su mano mientras que Ranulf mojaba su frente y limpiaba la herida.
—Lily... —interrumpió Ranulf—, llevaremos a cabo la trasformación. Sólo intenta relajarte, te haremos el menor daño posible.
—Hemos podido matarte en cientos de ocasiones antes de descubrir quién eras —añadió Kean—. Confía en nosotros, todo ocurrirá muy rápido.
Lily no pudo oponerse pues al instante sentía los labios de Kean sobre los suyos. Eran tan cálidos que no se resistió a ellos ni si quiera cuando su lengua irrumpió en su boca profundizando en el beso. Mientras, Ranulf había dejado de limpiar la herida de su frente y lamió la sangre que manaba de ella y ambos obligaron a la chica a tumbarse, fue entonces cuando la mordedura de Ranulf le hizo lanzar un débil quejido pero al instante cesó, pues los besos de Kean sobre su mano la tranquilizaron. Con los ojos vidriosos lanzó una última mirada a cuanto la rodeaba antes de que las sombras la engulleran.
El invierno dio paso a la primavera y después llegó el verano sin que ningún hecho extraño sucediera en los alrededores. De nuevo llegó el invierno, con él las nieves y también los aullidos que asustaron a los habitantes del poblado. Todos eran conocedores de la masacre que el invierno anterior sacudió su población, muchos murieron, otros desaparecieron y ahora no eran conscientes del peligro que les acechaba.
En el Valle de la Niebla todo seguía igual, tranquilo salvo que algo había cambiado en la cueva. Ranulf y Kaen salieron bajo la luna nueva y tendieron su mano al interior siendo tomada por la cambiada Lily. Lucía ceñidos pantalones rojos acompañados de un corsé del mismo color y una camisa blanca. Su cabello caía rizado sobre sus hombros y sus ojos mostraban tanta frialdad que muchos temerían mirarla. Ahora lideraba a los vampiros y hombres lobo que con su fuerte aullido salieron de sus escondites resguardándose tras ellos.
—Es hora de cumplir la leyenda —añadió Ranulf.
—Se acabó el ocultarse —dijo Kaen y su mirada, al igual que la del vampiro fue hacia la chica que les sonrió complacientes.
—Es hora de aniquilar la especie humana —auguró la chica.
Con sus palabras todos profirieron gritos y aullidos de guerra dando paso al comienzo del fin de la humanidad.
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