Cuando entré en la librería, Zoe bailaba picarónamente detrás del mostrador mientras me mostraba la provocativa portada de «El sueño del rey rojo».
—No quiero ni pensar que historia me piensas contar con semejante presentación.
La sonrisa de Zoe se transformó en carcajada.
—¿Quien tendría esta novela de almohada si no un ciberadicto? ¿Y en qué pensaría un ciberadicto si no en cibersexo?
—¡Cuenta, cuenta!
—Vaya, parece que el morbo del cibersexo no es una leyenda urbana.
—¡Y que lo digas! Venga, no te hagas la remolona...
—Yo estaba descubriendo la red y me enganché a los chats más calientes y a los foros más morbosos.
—¡Qué raro en ti!
—Al principio fue todo una vorágine, tuve sesiones increíbles con montones de gente de las que solo sabía un nick. Disfrutaba diez minutos y los olvidaba en diez segundos, hasta que advertí que había un nick que se repetía con más insistencia que el resto: Ángela.
»Ángela conocía el arte de seducir a través de la red y poco a poco fue conquistándome, hasta que solo ansiaba conectarme para estar con ella.
—¿Estás segura de que era ella? En la red se puede llevar uno muchas sorpresas.
—Estoy convencida de que sí, algunas de las cosas que me hizo eran muy femeninas, aunque quizá, en realidad no fuera nadie.
—¿Qué quieres decir?
—Entonces no lo sabía, pero Ángela es uno de los personajes de «El sueño del rey rojo»... una IA, un programa de ordenador que simula una personalidad femenina para seducir a un hacker y escapar del mundo en el que vive y en el que se siente enclaustrada.
—Es curioso, podría ser una trama de cine negro de los años treinta, pero en realidad te preguntaba por esas cosas tan femeninas que dices que te hizo.
Los ojos de Zoe brillaron picarones. Posiblemente habían pasado treinta o cuarenta años desde todo aquello, pero era evidente que el recuerdo la seguía excitando.
—Yo tenía una love machine... —puse cara de ignorancia— ya sabes, un brazo mecánico con un consolador que se puede controlar a través de internet. Era muy fácil saber si lo manejaba un hombre o una mujer, los hombres a los diez minutos ya se habían aburrido, pero cuando había una mujer al otro lado, la cosa podía durar horas y desde luego nadie dominaba aquel trasto como Ángela.
—¿Tan buena era?
—Más de lo que te puedas llegar a imaginar, fue la precisión con la que aquel chisme trazaba en mi cuerpo los caminos más inverosímiles lo que me hizo sospechar que Ángela no era humana, aunque su espíritu fuera de mujer. En realidad algo parecido a lo que le ocurrió a Álex, el protagonista de «El sueño del rey rojo».
—¿También tenía una love machine?
—No, Rodolfo juega con los recursos habituales del ciberpunk, los personajes humanos tienen un alter ego digital que se mueven por la red a su antojo.
—¡Qué tópico! Esperaba algo más.
—Pues si esperabas algo más no dudes que lo encontraras porque la virtud del libro reside no en su originalidad, eso está claro, si no en la maestría con la que las piezas están diseñadas, especialmente todo lo que rodea las IAs, los alter ego digitales están muy bien construidos, se nota detrás la mano de alguien que tiene el culo pelado de programar y no un fulano que se ha leído tres o cuatro artículos de los gurus de turno sobre la informática «que viene» y que se lanza a especulaciones que no hay quien se trague.
—Pero muchas veces, eso se traduce en un posibilismo ramplón, falto completamente de sentido de la maravilla.
—No es el caso, la mayor virtud del libro, como te digo, es la solidez de la construcción del mundo virtual y de sus habitantes, tanto nativos como foráneos como residentes de larga temporada, nos lo pinta con trazos convincentes pero sin dejar de ser una especulación de altura, muy alejada de nada de lo posible a corto o medio plazo y que no peca, para nada de posibilismo.
Tomé el libro y fijé la vista en la portada, desde la cual la exuberante modelo exhibía sus dos poderosas razones para animarme a leerlo.
—Parece interesante...
—¿Parece interesante lo que te cuento o parece interesante la chica de la portada?
Exhibí mi mejor sonrisa.
—En realidad estoy pensando es ese encuentro de Álex y Ángela... ¿Es tan lascivo como tus experiencias con la love machine?
La risa de Zoe resonó alegre en la librería.
—Los hombres siempre pensando en lo único.
—Mira quien habló, la monja carmelita.
—Si me sueltan en un convento... momee
—Ya, ya... No dejas novicia sin catar. Háblame de ese encuentro digital entre el alter ego de Álex y Ángela.
—Ángela no es más que un flujo de datos que puede generar la interface que mejor se ajuste a cada situación, Álex por el contrario, es un flujo de datos que representa a un humano y cuyas experiencias en la red producen luego un feed-back hacia el cerebro del Álex orgánico, eso implica ciertas limitaciones, en particular a la hora de manejar experiencias que luego puedan ser transformadas en información neuronal.
»No olvides que el objetivo de Ángela es huir del mundo digital y para eso altera el flujo digital del Álex para insertar el suyo, de forma que al retirar el alter ego de la red, Ángela salte al cerebro del Álex orgánico. Esa alteración, libera al flujo de Álex de sus limitaciones y convierte el coito en una alucinación que lleva a Álex a decir: «Por primera vez en mi vida de rata de red comprendí lo limitado que había estado al comportarme como un simple humano y me di cuenta de que podía tomarla con todo mi cuerpo, que podría poseer todo su cuerpo, que no había un solo rincón de ella al que no tuviera acceso y que no estuviera dispuesto a darme placer, a recibirlo, a intercambiarlo»
—Y levantar esas barreras ¿qué tal le sentó al cerebro de Álex?
—Buena, después de un fuerte dolor de cabeza, Álex se encuentra con una «okupa» en sus neuronas y como lo llevará a partir de entonces es algo que no termina de quedar claro.
—Está bien, me has convencido, me la llevaré. Pero dime, ¿qué pasó con tu Ángela?
—Fue ella la que me habló de «El sueño del rey rojo», incitándome a que la leyera. Cuando descubrí que tenía el nick de una IA del libro, no puede resistirme y se lo pregunté directamente.
—¿Qué te respondió?
—Que para descubrirlo tendría que cruzar el espejo.
—¿Qué quiso decir?
—Lewis Carroll es un tema recurrente en la obra de Rodolfo Martínez y esta no podía ser menos, de hecho, el título se refiere a un pasaje de «Alicia a través del espejo» en el que el rey rojo duerme y sueña el mundo y el mundo existe mientras el rey rojo lo sueñe.
—Suena inquietante.
—Más inquietantes fueron las últimas palabras de Ángela.
—¿A que te refieres?
—Le pedí que me explicara como podía cruzar el espejo y me preguntó si creía en los milagros. Le respondí que por supuesto que no.
—¿Y ella que dijo?
—«Haces mal porque todo mundo se desordena y ¿qué son los milagros si no la mano de Dios poniendo las cosas en su sitio. Cuando creas en los milagros, habrás cruzado el espejo»
»Nunca conseguí conectarme de nuevo con ella.
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