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Relato Fantástico: Prognosis Desfavorable (yIII)
El Dador de Vida se ha liberado del implante que le unía a la Colmena y vaga sangrante por las calles de Londres; la historia culmina y acaba con la revelación de un último misterio.
Por Javier Navarro Costa

Relato Fantástico - Prognosis Desfavorable (yIII)
12.
El Loo, el Dador de vida, sangra por el cuello un humor negro y viciado, acaso un reflejo de la oscuridad que alumbra su espíritu en esta hora amarga de renuncia y de liberación.
El Loo, el Dador de Vida, ha encontrado tirado el suelo su disfraz de ser humano y sus vestiduras de caballero. Se ha encogido una vez más para acoger en aquel falso esqueleto de apenas metro sesenta sus más de dos metros de altura y, delante del espejo, termina de colocarse su bigote y sus cabellos castaño oscuro. Se viste con cuidado, sin prisas. Nadie le espera ya en ninguna parte.
Maldice. La máscara está incompleta. Parte de la nariz y del pómulo han desaparecido, y su rostro, que a Mary Jane le pareciera horas atrás tan varonil y atractivo, aparece ahora manchado por dos horribles quemaduras. Al menos, eso le parecerá a un observador externo, piensa el Loo.
Da igual. Está claro que no puede regresar a la nave a por un nuevo disfraz. De hecho, jamás regresará a la nave. Ha quebrantado la ley más sagrada de la Colmena. Se ha quitado su implante, su yugo, las cadenas que le convertían en esclavo. Ahora es un ser realmente libre, no sólo de palabra o de obra, y nadie puede ser libre y a la vez parte de la Colmena.
Abandona el piso de Mary Jane, aquella planta baja miserable donde la muchacha había enterrado su vida, y según avanza por el pasillo, escucha cómo los gemelos cierran el cerrojo a su espalda. Nadie irá tras él. El Dador de Vida ya no es parte de ellos ni de su trastornada cofradía. De hecho, el Dador de Vida nunca ha formado parte de ella. La Colmena siempre ha sido en secreto su enemigo.
Sale a la calle. Son las cuatro de la mañana pero en la tierra de los humanos el bullicio nunca cesa. De todas partes germinan vertiginosos movimientos, gritos, apresuramientos, individualidad. Sí, ahora que se ha emancipado de su madre y Colmena puede ser él mismo en todo momento y lugar, compartir con los humanos su independencia, su libre albedrío de acción y de pensamiento. El precio que tendrá que pagar sólo es la impostura, evitar que nadie averigüe jamás que no es en verdad un ser humano, y ese es un precio que al Dador de Vida le parece razonable. ¿Acaso no lleva medio siglo aparentando lo que no era, aparentando obedecer a la Colmena y sus locos designios?
—Está usted sangrando, señor.
El Loo se vuelve. A sus pies, a la altura de las rodillas, contempla a un pequeño niño humano de no más de nueve años. Rostro tiznado, cabello rubio, flequillo rebelde. No tiene piernas y se arrastra sobre una plataforma con ruedas. Un hermoso ser vivo que respira, vive, sueña y traquetea. El Loo siente hacia aquel pequeño ser una simpatía instantánea. Ambos son seres incompletos buscando un sitio donde encajar y convertirse en una versión mejorada de sí mismos.
—¿Sangrando, muchacho?
—Sí, por el cuello. Su abrigo se ha manchado. Es un abrigo muy bueno, muy caro. Es una pena.
—Ah, sí. Claro, una pena.
—¿Le atacaron algunos rufianes?
—¿Atacarme?
—La herida del cuello.
El Loo asiente sin saber porqué lo hace. Mira en derredor. Aún no sabe a dónde ir. Tiene todo un mundo para explorar pero ahora mismo ni siquiera sabría salir del suburbio donde se halla. Mientras investigaba el mundo de los humanos contempló todo aquel universo desde el prisma de la comunión con la Colmena, y todo parecía entonces mucho menos vívido, menos colorido, menos ruidoso, menos real. Ahora todo le estalla en la cara con una luz cegadora y apenas puede tenerse en pie mientras su cerebro procesa todo aquel nuevo caudal de información.
—¿Tienes una moneda? —dice el niño, de pronto, tirando de su chaqueta, reclamando un poco de atención.
Pero el Loo calla, tratando de concentrarse. En su cerebro percuten mil visiones que danzan frenéticas tratando de discriminar y de autocorregirse. Luces de nafta, ruidos inclasificables, chillidos a su izquierda, lamentos a su derecha, una asamblea de vecinos gruñendo al final de la calle, con los brazos levantados y los ánimos crispados; un bebé, un recién nacido, tirado en el suelo de un pasaje vacío, exhausto de llorar y de patalear, levantando sus manos diminutas a un cielo preñado de inmóviles estrellas.
—¿Esto es siempre así, muchacho?
El niño, feliz de haber rebañado un mínimo interés de su interlocutor, sonríe con toda la candidez de un infante criado en el dolor y las privaciones.
—Esto es Miller’s Court, señor. No puede ser de otra manera.
—Entiendo, muchacho.
Sin apenas darse cuenta, el Dador de Vida se echa a caminar alejándose sin rumbo, atravesando el pasaje donde el bebé abandonado berrea su rabia y su soledad, y emprendiendo una huida hacia delante, entre calles oscuras ensortijadas, a menudo desérticas, a menudo abarrotadas, donde en cada esquina brota un nuevo espectáculo que martillea sus sentidos, recién descubiertos, recién encontrados. El muchacho se arrastra a su espalda y el traqueteo de su carrito le acompaña en su odisea.
—¿Sabe qué tiempo hará estas próximas semanas, señor? ¿No tendrá uno de esos almanaques de bolsillo donde dicen el tiempo que va a hacer todo el año? Mi madre dice que todos los señores tienen uno.

Relato Fantástico - Prognosis Desfavorable (yIII)
Una nueva callejuela se abre ante sus ojos. Otra calle opresivamente oscura, donde sólo un poco de luz surge de los escaparates de las tiendas; hombres que ríen delante de esos escaparates mal iluminados y fumando en pipa; mujeres con niños entre los brazos cotilleando en grupo.
—¿Por qué quieres saberlo?
En la calle siguiente, continúa esa atmósfera opresiva, esa tiniebla perlada por alguna luz lejana o demasiado tenue para iluminar mucho más allá de su portador. Al pasar frente a un portal, escucha una riña escaleras arriba, un matrimonio que lanza sus enseres por la ventana y se insulta a voz en grito; el Loo se vuelve al oír alguna otra cosa a su espalda y contempla una pelea a puñetazo limpio entre dos hombres semidesnudos. No muy lejos, un anciano encorvado toca una dulzaina y la gente se apiña a su alrededor; un grupo de jovenzuelos arrastra una carretón de cuatro ruedas; una mujer borracha está caída en el suelo junto a un gran charco de sangre, balbuciendo frases confusas y apestando a alcohol
—Mi hermano está en América, ¿sabe, señor? Gana mucho dinero. Hace tres años nos escribió una carta. ¡Porque mi hermano sabe escribir! Es muy listo. La carta nos la leyó el Párroco de la Iglesia de Cristo, esa de aquí al lado. Y pues eso, que en la carta decía mi hermano que pasaría a visitarnos en navidad si hacía bueno. Pero esa navidad no vino, ni tampoco las navidades pasadas. Yo pensé que tal vez no había hecho bastante buen tiempo y por eso que… Vaya, no ha vuelto a escribir pero yo espero que este año sí haga bueno y… por eso querría saber el tiempo que hará, señor.
Llegan a una escuela. Al menos eso dice en la inscripción de la entrada, pero a través de las puerta y de las ventanas, abiertas de par en par, el Loo descubre al menos a una veintena de niños durmiendo en el suelo, cubiertos por mantas raídas, tiritando de frío. Acierta a comprender, aterrado, que aquel edifico es escuela durante el día y dormitorio comunitario durante la noche, y se pregunta cuál es el precio que deben pagar los humanos por ser así de libres, por no existir en el seno de una entidad absorbente y tirana como la Colmena.
—Por desgracia, no conozco la prognosis para los próximos días, muchacho.
Y sigue avanzando el Dador de Vida entre calles desoladas y desérticas, un largo corredor de oscuridad completa, sin una mísera tienda, pasajes lóbregos como las mismísimas puertas del infierno que terminan en una plaza abarrotada de niños alborozados y adultos sonrientes. Y allí encuentra el Loo a un charlatán, un feriante rodeado de extraños productos (tónicos, artefactos, cachivaches…) que entrega al gentío para que éste los inspeccione y dé su beneplácito entre un clamor de sorpresa y admiración.
—¿Prognosis, señor?
Más allá, una joyería, una tienda de comida, un club, dos capillas y un asociación política con la puerta empapelada de pasquines.
—Ah, bueno. Vuestra lengua es muy rica, llena de hermosas palabras que nadie utiliza. Cuando la estudié me di cuenta que la gente prefiere valerse de circunloquios y… en fin, prognosis es el conocimiento anticipado de un hecho, o sea, antes de que suceda. Se utiliza casi exclusivamente referida al tiempo, por lo que con preguntar “¿cuál es la prognosis para este mes?”, con eso ya tienes suficiente para que te digan el tiempo que hará.
Al final de la plaza, un orador está subido a una tarima improvisada sobre un armario bajo de madera y habla a una audiencia de al menos cuarenta devotos del amor de Dios y de cierta píldora milagrosa cuya patente posee, discursos ambos que alterna con cuidada maestría. Tras él, un comerciante ofrece un interminable muestrario de pinturas de esqueletos, demonios y fantasmas dantescos, siempre a un módico precio, todos “absolutamente” originales.
—Vaya, señor, nunca había oído esa palabra. “¿Cuál es la prognosis?” —el niño se echa a reír y repite de nuevo aquella frase como si fuera un juego—. Me gusta, señor. Gracias. Tal vez si encuentro un caballero que posea uno de esos almanaques le guste que se lo pregunte de forma fina y me de la información que necesito. Y así volveré a ver a mi hermano mayor. ¿No es verdad?
—Seguramente, muchacho.
El Loo arriba a un lugar conocido. Los hurras del gentío, las canciones subidas de tono, la música de un piano en la oscuridad. ¿Qué lugar es aquel? Se asoma, espera un instante a que sus ojos se acostumbren a la penumbra dentro de la penumbra. Al fin, horrorizado, descubre porqué aquel tugurio le resultaba familiar.
—Me llamo Henry, señor. Henry Lamb. Encantado de conocerle —el niño ha detenido su traqueteo y vuelve a asirle de la chaqueta.
Aquel lugar es la taberna de… ni siquiera sabe su nombre, pero es el lugar donde eligió a Mary Jane, la última víctima sacrificada en el altar de la simbiosis y la dualidad. El Loo se libera del abrazo del niño y penetra en aquellas cuatro paredes dejando tras de sí al joven lisiado que le ha venido siguiendo desde Miller’s Court.
—Yo me llamo Richard, muchacho —tartamudea entonces el Loo, a modo de despedida, recordando la farsa de horas atrás cuando atrajo a Mary jane con sus mentiras.
—¿Recordaré lo de la prognosis, señor! —grita el joven Henry, desde el umbral, desapareciendo de su vista en un mar de piernas que se mueven en la negrura como autómatas de feria.

Relato Fantástico - Prognosis Desfavorable (yIII)
El Loo toma asiento. Mira sin ver a la multitud. Mujeres ligeras de ropa van y vienen en la oscuridad, se contonean provocativas, pero el Dador de Vida sólo tiene ojos para el sentimiento de culpa, para la náusea, para el desamparo. Pasa una hora, tal vez dos. El tiempo corre a una velocidad imposible de mesurar mientras el Loo encaja las piezas que conforman su existencia como en un puzzle imposible, con demasiadas y demasiadas pocas piezas. Tal vez se queda dormido.
—Perdone, señor, pero voy a tener que pedirle que abandone mi local.
El Loo abre los ojos, sin entender. Ve a un hombre fornido con un palo en la mano. Viste una camisa y un delantal viejos y unos pantalones de trabajo. Se cubre la cabeza con un sombrero hongo muy desgastado. Tiene cara de pocos amigos. Su mente, aún aturdida, procesa esta información lentamente. Al fin, comprende que es el dueño de la taberna.
—¿Me habla a mí?
—Sí, amigo, le hablo a usted. Tengo que pedirle que se marche. ¿Qué demonios le ha pasado? Me espanta a la clientela con esa cara que trae. Y créame si le digo que pocas cosas espantan a mi clientela.
El Loo no discute. Se levanta, se trastabilla, alcanza la puerta de entrada y vuelve la cabeza. El dueño sigue con el tablón en la mano, comprobando que realmente se marcha.
¿De verdad es tan terrible su aspecto?
Unos metros más allá, un charco iluminado por una de aquellas lámparas de nafta, le revela la terrible verdad. Su magnífico abrigo con puños y cuello de astracán está manchado de sangre casi hasta el medio de la espalda; su chaqueta ha corrido la misma suerte. El Loo se libera de ambas prendas y rasgando un pedazo de tela de la chaqueta se hace un trapo con el que comprime la herida de su cuello, taponando la sangre lo mejor que puede. Al poco, ésta deja de sangrar.
Entonces es cuando ve su rostro reflejado en las aguas.
Su rostro (aquellas facciones que enamoraron a Mary Jane) se está cayendo a pedazos. Ahora le falta carne de la parte inferior de la mandíbula, toda la nariz y la mejilla derecha. Parece alguien que acabara de escapar por lo pelos de morir carbonizado en un incendio. Necesita piel, piel artificial nueva. Tal vez podría regresar a la Nave y… ¡No! Eso es completamente imposible. La Colmena no le perdonaría y él no quiere ser perdonado. Tal vez, si pudiera… No y no. No hay nada que hacer. Ausente su pantalla branquio-táctil, ni siquiera sabría encontrar la Nave y los Gemelos deben haber sido transportados hace ya rato, luego de que eliminaran todas las pruebas de la intervención de la Colmena en la inmolación de la pobre Mary Jane.
Está sólo.
Violenta, terrible, inmensamente solo.
“Esto debe ser la libertad”, piensa, y le parece una broma absurda, una chanza grotesca, como grotesco es pretender que un Loo pase por un ser humano durante el resto de sus días, en un planeta extraño, rodeado de alienígenas potencialmente peligrosos que no tardarían ni cinco minutos en lincharle si conociesen su verdadera naturaleza.
El Dador de Vida comprende que no es más que un pobre imbécil y que la Colmena, aún en su locura y su paranoia, tenía razón en una cosa. Su mundo, el mundo de ambos, está allá arriba, entre las estrellas.
Pero ahora ya es tarde para el Dador de Vida.
—¿Sabe cual es la prognosis para este mes, caballero?
Henry Lamb, su compañero de viaje por los suburbios, avanza traqueteando calle abajo, girando en la confluencia de Dorset y Crispin Street. Sonríe, esperanzado con el reencuentro. El Loo supone que aquel muchacho debe tener pocos amigos, y que cualquier persona (por mucho que el Loo no sea en absoluto una persona) que le brinde algo de conversación sin alternar su discurso con algún exabrupto o una frase de desprecio, se convierte automáticamente en amigo del pequeño Henry.
Una idea sombría, repugnante como la misma realidad, asalta la mente del Dador de Vida.
DOLOR. DUALIDAD.

Relato Fantástico - Prognosis Desfavorable (yIII)
Un joven pasa corriendo con un carrito de periódicos. La gente se arremolina a su alrededor. Gritos, expectación, murmullos.
—¡Edición especial! —chilla el joven con toda la fuerza de sus pulmones.
—Hoy es el cumpleaños del príncipe Eduardo, ¿verdad? —grita una mujer desde la otra acera, apresurándose, con un mocoso dormido en su regazo.
—Calle, señora —dice el joven—. Hoy hay una noticia mucho más importante.
Henry Lamb debe esquivar a la multitud para ir al encuentro de su nuevo amigo. Le saluda con una mano y el Loo le devuelve el saludo.
DOLOR. DUALIDAD. SIMBIOSIS.
—¡Edición especial! —grita el muchacho de los periódicos—. Jack el Destripador ha vuelto a atacar. ¡Y ha sido aquí mismo, en el trece de Miller’s Court! La Víctima es nuestra vecina, Mary Jane Kelly, la que tiene una causa de huéspedes.
Jack el Destripador. El Loo recuerda de pronto que es así como le vienen llamando los diarios desde que comenzaron los sacrificios de prostitutas, apenas dos meses atrás. Cinco muertes para nada. Cinco mujeres hermosas, cinco ángeles a los que el Dador de Vida ha arrancado las alas para finalmente darse cuenta que es incapaz de volar solo. Cinco asesinatos sobre su conciencia.
DOLOR. DUALIDAD. SIMBIOSIS. CULPA.
—¿Ha muerto Mary Kelly? —gime alguien entre la multitud, alguien fuera del área de visión del Loo.
—La puta de Mary —dice la mujer que inició el coloquio, alargando una moneda hacia el repartidor de periódicos.
—Venga, no sea usted así —le reconviene un hombre de larga barba que fuma en pipa y lanza continuas espirales de humo.
—Es la verdad. Lo del Destripador es terrible, no digo que no, pero las mujeres decentes estamos a salvo, eso es tan cierto como que está a punto de salir el sol.
Y estalla una discusión. Todo el mundo compra su diario e intercambia su opinión con la del vecino, y éste con la del siguiente, y todos con la de todos. Muy pronto, Crispin Street es un hervidero y las voces se convierten en gruñidos escandalosos. La gente se horroriza pero a la vez disfruta con todo aquello. Es la naturaleza humana.
Es la naturaleza universal.
DOLOR. DUALIDAD. SIMBIOSIS. CULPA. INDIFERENCIA.
—¿Sabe cual es la prognosis para este mes, señor Richard? —dice una voz, muy cerca, a la altura de sus rodillas.
El Loo baja la vista y sonríe a su nuevo amigo.
—No, no lo sé, mi buen Henry.
DOLOR. DUALIDAD. SIMBIOSIS. CULPA. INDIFERENCIA. SACRIFICIO.
Caminan de nuevo los dos monstruos por las calles de Whitechapel, del más famoso de los suburbios del viejo Londres. El Loo, desfigurado, castrado por la Colmena; el niño, tullido, castrado por la madre naturaleza. Ambas, unas putas celosas y sádicas que nunca tienen bastante, que nunca dan terminada su obra y siempre les queda algún desgraciado al que sacrificar, alguna destello de belleza y de ternura que segar para transformarlo en angustia y perversidad.
El Loo, el Dador de Vida, se inclina hacia su joven y rubio novicio y retira con una caricia el hollín que mancha su pómulo redondeado y risueño. Entran en una calleja oscura y estrecha, tan angosta que no caben dos hombres de lado, aún menos un Loo y un niño sobre un carrito con dos ruedas. Se cogen de la mano.
DOLOR. DUALIDAD. SIMBIOSIS. CULPA. INDIFERENCIA. SACRIFICIO. NECESIDAD.
—¿Ni siquiera sabe la prognosis para el día de hoy, caballero? —ríe entonces Henry Lamb, el pobre e indefenso lisiado, siguiendo la broma privada que ahora es burla de los dos y constituye acaso el primer peldaño de una amistad que en la imaginación del muchacho florece eterna más allá de los años y de las vidas que en adelante puedan llevar ambos.

Relato Fantástico - Prognosis Desfavorable (yIII)
En menos de una hora, el Dador de Vida necesita conseguir un poco de piel fresca o su disfraz se descompondrá del todo y la turba le colgará del primer árbol que encuentren. No hay más salida. Hace rato que lo ha comprendido. Esos pobre necios humanos ven a un pobre hombre cuyo rostro se cae en pedazos, un hombre que se torna monstruo por momentos, pero el Loo sabe que es todo lo contrario, que es un monstruo solamente, y que aquellos pedazos de piel enmascaran su bestialidad y le proporcionan una máscara de humanidad, un embozo necesario para seguir matando y para seguir sufriendo su culpa. Ahora ya conoce cuál es su simbionte soñado: la oscuridad, la muerte; el Loo debe unirse a la parte más oscura de sí mismo si quiere seguir viviendo.
Y, maldita sea, el Loo quiere seguir viviendo para poder seguir pecando, para seguir maldiciendo lo que es, lo que pudo haber sido y lo que nunca será hasta el fin de sus días.
Así que el monstruo saca su daga ceremonial del bolsillo de su pantalón, la empuña con su mano izquierda y la levanta sobre su cabeza. En la hoja ve reflejado a un maníaco homicida, un terrible psicópata maníaco-depresivo que ha fracasado a propósito en todos los intentos de simbiosis que le ordenaba su Colmena para poder seguir, de planeta en planeta, matando y matando, que es lo único que sabe hacer y lo único con lo que disfruta en esta puta y jodida vida de mierda. Pero llegó un momento que la Colmena comenzó a desconfiar de él, de su cordura, y envió a sus esbirros, a esos Gemelos entrometidos, a vigilar sus actos, a obligarle a completar una simbiosis o a enfrentarse definitivamente a la Colmena y a todo su pueblo. Porque el Dador de Vida hubiese querido tomar el lugar de su amo y navegar por la galaxia asesinando a centenares, ¡miles!, de estúpidos alienígenas, pero la Colmena se dio cuenta de que algo no encajaba en ese pequeño Loo y Dador de Vida, y finalmente se ha visto forzado a abandonar su hogar y continuar su obra de destrucción entre los estúpidos humanos. ¿Quien sabe a cuántos matará antes de que le capturen o antes de morir de viejo? ¿Quién sabe? Mujeres, niños, jóvenes, viejos, ricos, menesterosos, burgueses, reyes, bandidos… ¡Hay tantas posibilidades! ¡Tantos retos, tantos desafíos aún por formularse! ¡Toda una vida de goce y de maravillas! Sólo de pensar en ello tiembla de emoción.
DOLOR. DUALIDAD. SIMBIOSIS. CULPA. INDIFERENCIA. SACRIFICIO. NECESIDAD. “PLACER”.
—¿Prognosis, dices, Henry?
—Sí, señor, preguntaba por la prognosis para hoy, precisamente —responde el muchacho, intentando imitar las maneras de un hombre culto y refinado, con una gran sonrisa en sus labios, sintiéndose seguro y protegido al lado de su nuevo amigo.
Y su asesino, con un rostro de júbilo y de de euforia infinitas, al tiempo que baja su mano y le asesta una terrible puñalada en la garganta, murmura, emocionado:
—Me temo que para hoy, mi querido niño, la prognosis es muy desfavorable.

Fín
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de enero del 2007