Capítulo 3
El tiempo pasó mientras las gentes vivían o morían. Los cuerpos se pudrieron en las llanuras de Nicópolis, y Bayazid, ebrio de poder, pisoteó los cetros del mundo. Los griegos, los serbios y los húngaros fueron hechos picadillo por sus legiones de hierro, y dentro de su creciente imperio modeló las razas cautivas. Ungió su cuerpo en un salvaje desenfreno, cuya locura asombró inclusos a sus duros vasallos. Mujeres de todo el mundo cayeron gimoteando entre sus garras de hierro y martilleó las doradas coronas de los reyes para herrar su corcel de guerra. Constantinopla se tambaleó bajo sus acometidas, y Europa lamía sus heridas como un lobo lisiado, manteniéndose acorralada a la defensiva. En alguna parte del misterioso laberinto del este se asentaba su archienemigo Timur, y a éste Bayazid le enviaba mensajes de amenaza y burla. Ninguna respuesta fue comunicada, pero el rumor se propagó con las caravanas, sobre una poderosa avanzada y una gran guerra en el sur; de los emplumados cascos de la India dispersándose y huyendo ante las lanzas tártaras. Poca atención prestó Bayazid; la India era poco más real para él que lo era el Papa de Roma. Sus ojos se habían vuelto hacia el oeste a través de las ciudades de Caphar. «Saquearé la tierra de los francos con acero y fuego», dijo. «Sus sultanes caerán bajo mis carros y los murciélagos poblaran los palacios de los infieles».
Entonces a principio de la primavera de 1402, en lo más íntimo de la corte de su palacio del placer en Brusa, donde se deleitaba engullendo el vino prohibido y disfrutando de espectáculos con bailarinas desnudas, protegido por sus emires, le llevaron un alto franco cuyo sombrío rostro estaba cruzado por una cicatriz oscurecida por los soles de lejanos desiertos.
«Éste perro Caphar cabalgó hasta el campamento de los jenízaros montando como un loco sobre un corcel que soltaba espumarajos», le dijeron, «diciendo que buscaba a Bayazid. ¿Debemos despellejarle ante vos, o desgarrarle entre caballos salvajes?»
«Perro», dijo el sultán, dando un profundo trago y dejando su jarra con una mirada de satisfacción, «has encontrado a Bayazid. Habla, antes de que te haga aullar sobre una estaca».
«¿Es ésta una bienvenida digna para alguien ha venido desde lejos para servirte?», replicó el franco con voz áspera y sin titubeos. «Soy Donald MacDeesa y aparte de tus jenízaros no hay hombre alguno que puede permanecer en pie contra mi espada, y además de tus luchadores de barrigas como toneles no hay ningún hombre cuya espalda no pueda partir».
El sultán tiró de su negra barba y sonrió abiertamente.
«Lástima que no seas más que un infiel», dijo, «porque me gustan los hombres con la lengua audaz. ¡Continua, oh Rustum! ¿Qué otros talentos tenéis, espejo de modestia?
El highlander sonrió como un lobo.
«Puedo quebrar la columna de un tártaro y hacer rodar la cabeza de un khan por el polvo».
Bayazid se puso en tensión, cambiando sutilmente, su enorme estructura cargada con dinámico poder y peligro; más allá de todos sus pavoneos y berridos vanidosos era la mente más aguda al oeste del río Oxus».
« ¿Qué disparate es éste?, rugió. ¿Qué significa este acertijo?»
«No es ninguna adivinanza», chasqueó el gaélico. «No siento más aprecio por ti que tú por mí. Pero odio aún más a Timur, el de una sola pierna, que me ha arrojado estiércol a la cara».
«¿Has venido a mí desde ese perro medio pagano?»
«Si. Yo era uno de sus hombres. Cabalgué a su lado y maté a sus enemigos. Escalé los muros de ciudades bajo el mordisco de las flechas y rompí las filas de los lanceros acorazados. Y cuando los honores y los premios fueron repartidos entre los emires, ¿Qué me dieron? La humillación de la burla y la amargura del insulto. “Pregunta éste franco, perro del sultán, por regalos, caphar”, me dijo Timur -puedan los gusanos devorarle- y los emires rugieron de risa. ¡Que dios sea mi testigo, que ahogaré esa risa en el estrépito de sus murallas al caer y el rugido de las llamas!»
La amenazadora voz de Donald retumbó por toda la cámara y sus ojos eran fríos y crueles. Bayazid tiro de su barba por un momento y dijo, «¿Y vienes hasta mí por venganza? ¿Debo hacer la guerra contra “el cojo” por el rencor de un errante caphar vagabundo?»
«Guerrearás contra él, o él contra ti», respondió MacDeesa. «Cuando Timur te escriba pidiéndote que prestes ayuda a sus enemigos, Kara Yussef el turcomano, y Ahmed, el sultán de Bagdad, no debes responderle con palabras que no sean de rencor, y has de enviar jinetes para fortalecer las filas contra él. Ahora el turcomano esta destrozado, Bagdad ha sido saqueada y Damasco yace bajo humeantes ruinas. Timur ha destrozado a tus aliados y no te perdonará aunque vayas junto a él.»
«Has debido estar muy cerca del “cojo” para saber todo esto», murmuró Bayazid, sus brillantes ojos se estrecharon con suspicacia. «¿Por qué debo confiar en un franco? ¡Por Alá, les he combatido con la espada! ¡Cuando acabé con esos idiotas en Nicópolis!»
Una llamarada de fiereza incontrolable ardió por un leve instante en los ojos del montañés, pero su oscuro rostro no mostró signos de emoción.
«Que sepas, turco», respondió con un juramento, «que yo puedo mostrarte como quebrar el espinazo de Timur».
«¡Perro!» rugió el sultán, sus grises ojos resplandecieron, «¿Crees que necesito la ayuda de un granuja sin nombre para conquistar al tártaro?»
Donald se rió en su cara, una dura carcajada sin júbilo que no mostraba ningún placer.
«Timur te aplastará como a una nuez», dijo deliberadamente. «¿Has visto al tártaro en formación de guerra? ¿Has visto sus arcos oscureciendo el cielo cuando ellos disparan cientos de miles de flechas como si fueran uno solo? ¿Has visto a sus jinetes cabalgar como el viento cuando ellos cargan y al desierto estremecerse bajo los cascos de sus caballos? ¿Has visto la formación de sus elefantes, con torres sobre sus espaldas, desde donde arqueros envían flechas en negras nubes cuyo fuego quema la carne y el cuero de todo el que se acerca?»
«Ya había oído esto», respondió el Sultán, no particularmente impresionado.
«Pero no lo has visto», replicó el Highlander; se echó hacia atrás la manga de su túnica y mostró un cicatriz en su brazo de músculos de hierro. «Un tulwar indio me besó aquí, junto a Delhi. Cabalgué junto a los emires cuando el mundo entero parecía agitarse con el estruendo del combate. Vi a Timur engañar al sultán del Hindustán y arrojarle desde las majestuosas murallas como una serpiente sería arrojada de su guarida. ¡Por dios, los emplumados Rajputs cayeron como grano maduro ante nosotros!»
«De Delhi, Timur solo dejó una pila de desiertas ruinas, y en lugar de sus derruidas murallas, él construyó una pirámide con cientos de miles de calaveras. Podrías decir que miento cuando te cuento cuantos días fue atestado el paso Khyber con las relucientes huestes de guerreros y sus cautivos que volvían a lo largo del camino a Samarcanda. Las montañas se estremecieron con sus pisadas y los salvajes afganos bajaron en hordas a agachar sus cabezas bajo el talón de Timur, ¡como él pisoteará vuestra cabeza bajo su pie, Bayazid!»
«¿Cómo osas, perro?» gritó el sultán. “¡Te freiré en aceite!»
«Si, demuestra tu poder sobre Timur, acabando con el perro que es», respondió MacDeesa amargamente. «Sobre los que reinas parecen todos enloquecidos por el miedo».
Bayazid jadeó junto a él. «¡Por Alá» dijo, «estáis loco por hablarle así al Señor del Trueno. Aguarda en mi corte hasta que sepa si sois un granuja, un idiota o un loco. Si espías, ni en un día ni en tres te haré matar, sino que durante toda una semana aullarás hasta la muerte».
Así que Donald permaneció en la corte del “Atronador”, bajo vigilancia, y pronto allí llegó una breve pero premonitoria nota de Timur, pidiendo que “al cristiano ladrón que había pedido refugio en la corte de los otomanos” le fuera dado justo castigo. Con lo cual, Bayazid, oliendo la oportunidad de lanzar un insulto a su rival, revolvió su negra barba alegremente entre sus dedos y gruñó como una hiena mientras dictaba la respuesta, “Sabed vos, perro mutilado, que el osmanli no tiene el hábito de plegarse ante las insolentes demandas de sus enemigos paganos. Permaneced a gusto mientras podáis, oh perro cojo, pero pronto haré de vuestro reino una casquería y de vuestras esposas favoritas mis concubinas».
Ninguna otra misiva llegó de Timur. Bayazid atrajo a Donald a salvajes placeres, ofreciéndole fuertes bebidas, pero aún cuando rugía y se pavoneaba miraba fijamente al montañés. Pero incluso sus suspicacias se volvían más afiladas cuando un borracho Donald no decía ni una palabra que pudiera mostrarle que no era otro mas que el que parecía ser. Susurraban el nombre de Timur sólo junto a maldiciones. Bayazid no apreció el valor de su ayuda contra los tártaros, pero contemplaba usarle, como los sultanes otomanos siempre empleaban a los extranjeros para confidentes y guardaespaldas, conociendo demasiado bien a los de su propia raza. Bajo cercano y perspicaz escrutinio el gaélico se movía indiferente, emborrachándose hasta caer al suelo con el sultán en las salvajes peleas de borrachos y comportándose con un valor temerario que le hizo ganarse el respeto de los mordaces turcos en incursiones contra los bizantinos.
Enfrentando genoveses contra venecianos, Bayazid sitió los muros de Constantinopla. Sus preparativos estaba hechos: Constantinopla, y después de eso, Europa; el destino de la cristiandad se inclinaba en la balanza, allí ante las murallas de la antigua ciudad del este. Y los desdichados griegos, agotados y hambrientos, ya habían preparado una capitulación cuando la noticia vino volando del este con un polvoriento mensajero manchado de sangre sobre un asombroso caballo. Más al este, tan repentinos como una tormenta del desierto, los tártaros habían avanzado, y Sivas, la ciudad fronteriza de Bayazid, había caído. Aquella noche la temblorosa gente de las murallas de Constantinopla vio antorchas y lámparas moviéndose por todo el campamento de los turcos, reflejándose en sus oscuras caras de halcón y pulidas armaduras, pero el esperado ataque no llegó, aunque revelaron una gran flotilla de barcos moviéndose en una continua doble corriente, yendo y viniendo a través del Bósforo, llevando los acorazados guerreros hasta Asia. Los ojos del Atronador se habían vuelto hacia el este.
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