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Relato Ciencia Ficción: El Otro Extremo
Ella sabía que había encontrado el dato que le daba sentido a todo, sabía que existía algo más allá de ese mundo conocido, algo que la uniría a su otro extremo. También sabía que por algún motivo era justo ese dato el que no podía recordar.
Por Paula Salmoiraghi

Relato Ciencia Ficción - El Otro Extremo "Por aquel entonces tenía yo quince años
y vivía con un chico bastante mayor.
Técnicamente estaba
huida del orfanato."
Era su canción favorita, la había compuesto hacía mucho tiempo, cuando aún no le gustaba nombrar a su padre ni a su madre y fantaseaba con ser huérfana. Comenzó a sonar en su cabeza como lo hacía cada vez que ella programaba con horario fijo el sistema despertador que tenía instalado sobre la sien.
Miró la línea difusa que solía llamar horizonte y no supo dónde se hallaba. No vio a nadie que le explicara por qué, ni para qué. Sentía su cuerpo desmembrado, astillado. No era solamente que sus implantes estuvieran fallando, había algo antes en ella que ahora le habían quitado. Sentía aún la sensación de desgarro, de conexiones arrancadas de cuajo, de engarces metálicos y uniones de carne que habían dejado de acoplarse, que estaban ahora desencajados. Se apoyó sobre el codo y sintió algo que la tironeaba. No era un lazo físico, pero tenía su fuerza, creyó que era el recuerdo de aquello que le habían quitado. Supo que existía en algún lado el otro extremo de algo que ella había tenido. Era confuso sí, pero se sentía como la punta de un cable que alguien ha extendido a lo largo de kilómetros y kilómetros. Pensó que había algo para ella más allá de ese valle blanco: el otro extremo de su lazo, su cable o lo que fuese, se alargaba, se transparentaba sobre el horizonte pálido pero no deja de succionarla, de atraerla.
Caminó sobre el hielo. No se quebraba. No sabía por qué había esperado que se quebrase, si ella sabía desde siempre que el hielo no se quebraría. El hielo era muy sólido. Lo había oído miles de veces en los carteles audioperceptibles de las avenidas: "Planeta Tierra: sin mares acuosos, móviles e imprevisibles que puedan formar oleajes o desatar tempestades, sin continentes a la deriva ni tierra de contornos irregulares propensa a terremotos e indefensa ante de la erosión." Y los viejos decían: "Demos gracias por vivir en el hielo que es lo más parecido al metal y nos provee de las más deseables seguridades." Así decían.
Logró levantarse. Unos puntos negros se acercaban velozmente hacia ella. Directamente hacia ella. "Patinadores, la puta madre", pensó y volvió a tirarse al piso. La pandilla formó un círculo a su alrededor y ella pudo ver sus caras sonrientes y burlonas, sus ropas apenas simuladas sobre sus cuerpos totalmente metálicos. Usaban tiras de tela oscura sobre las prótesis brillantes sólo para distinguirse de otros grupos, sólo para identificarse estéticamente dentro de las miles de tribus que rivalizaban en originalidad de propuestas y vacío de ideologías: todos tenían algo en común: no tenían la más remota idea de qué carajo hacer con sus vidas. Pasaban años tratando de conseguir el nuevo modelo de implante, para darse cuenta, al conseguirlo, de que su vecino tenía uno aún mejor y debían también poseerlo. Los patinadores no escapaban a esta constante, sólo que además se dedicaban a mejorar sus técnicas de deslizamiento sobre el hielo y su puntería contra "blancos fáciles". Ella era, ahora, un blanco fácil. Quieta sobre el hielo podían arrojársele encima, tironear de su ropa, saltar sobre su cabeza, apostar para ver cuál de ellos lograba arrastrarla durante mayor distancia.
Ella no tenía ganas de jugar. "A ver si conocen esto, nenes de mamá de lata", se dijo a sí misma y conectó el dispositivo que volvía incandescente su superficie. El patinador más cercano no atinó a retroceder a tiempo: la tenía agarrada de un hombro cuando su mano derecha comenzó a chamuscarse. El tipo dio un alarido y se miró el metal fundido en que se deshacían sus dedos. Salió disparado como un rayo mientras hundía la mano en el hielo que apagó la quemazón. Sus amigos lo siguieron mientras se daban vuelta hacia ella y le gritaban "Blandita de mierda" y "Metete el calor en el culo", pero ninguno volvió a acercarse.

Relato Ciencia Ficción - El Otro Extremo Siempre se había preguntado si la raza humana con sus ápodos y accesorios sería indestructible. Le parecían idiotas los que decían que nada quiebra el hielo y el metal. Se olvidaban de todo lo que los derrite porque les convenía olvidárselo. Ella recordaba lo que le decían de niña: que no tenía que estar pensando en esas cosas, que tenía que disfrutar de las seguridades que le ofrecía la era en la que había nacido. El ingenuo de su padre se descorporizó sin haberle nunca querido explicar qué era el calor. Creía que, si no era nombrado, no existía. Y se decía tan nuevo, tan progresista, si hubiese sabido algo de historia se hubiera sorprendido al descubrir que la palabra mágica, el pensamiento mágico, ése que cree que la cosa es igual al nombre de la cosa, es bien antiguo. Qué imbécil le había parecido el día en que se enojó tanto al descubrirla leyendo aquel libro. Los padres, las madres, los progenitores físicos o espirituales de primer, segundo o tercer orden son todos iguales: creen que con negar información al discípulo, los datos "prohibidos" no pasarán a la nueva generación. Al contrario, es la mejor forma de asegurarse de que un novato curioso llegue a ellos y quede deslumbrado. La rebeldía, qué cosa imposible de extirpar del ser humano.
Rememoró con placer el momento en que llegó a sus manos el libro de aquel hombre que los Patrulladores se habían llevado para entregarlo a los Conservadores Del Hielo. Ella había visto la escena escondida en el callejón: el navegante arrancado de la nave que dejaron un instante abierta y luego sellaron. A él lo arrastraron hasta la patrulla transparente que ella venía deslizarse por el hielo delante de su edificio cada tres minutos. Pudo ver que el hombre era todo de carne y que los Conservadores se burlaban mucho de él y aprovechaban sus botas niqueladas para patear a alguien mucho más expuesto que los vulgares delincuentes llenos de metal.
Ella tenía apenas diez años, apenas algunas placas preventivas en la cara y en las extremidades. Sus ojos estaban todavía llenos de color, eran iguales a los del hombre todo de carne y él los pudo mirar directamente mientras lo pateaban. Ella se escondió detrás de una columna. El tipo sacó algo del bolsillo y lo hizo resbalar por el hielo hasta ella sin que los Patrulladores lo notasen. La cosa chocó contra su pie derecho y se quedó allí. Le pareció que el hombre hacía enfurecer a sus atacantes para que lo golpearan con mayor dedicación y no le prestaran atención a ella. Los ojos del hombre seguían colgados de su mirada, no los bajó hasta que no la vio levantar el objeto y correr hacia donde nadie la viera.
Durante un tiempo leyó aquel manuscrito a escondidas y no supo qué hacer con esa información tan vieja y tan novedosa. Cuando su padre quiso quitárselo sí supo qué hacer: se fue de su casa. No era original, en las calles todos los chicos y chicas de su edad andaban solos, algunos volvían a algún edificio en particular donde vivía algún pariente, pero la mayoría iba probando grupos hasta que elegía el que iba a transformarse en su tribu y allí se quedaba, yendo de un lado a otro en manadas, buscando trabajo o dinero, negocios o supervivencia, molestando a los otros grupos, inventando cosas nuevas para no aburrirse.
Su problema fue que no encontró grupo que la aceptase. Lo que la obsesionaba era rechazado por todos los líderes. Ella no traía nada nuevo, ella hablaba boludeces del siglo XX y leía un libro de papel. Ni siquiera cuando, gracias a ese libro de papel, logró generar y manejar a voluntad el fuego y sus derivados fue aceptada. Los que sabían su secreto le tenían miedo, los que no lo sabían la consideraban una estúpida con poco metal en la cabeza.
Así era la cosa. Decidió caminar hacia el horizonte a través del blanco. Lo detestaba: Blanco hielo. Cielo blanco. Sabía que muchos ya no veían los colores naturales sino los que les fabricaban los implantes. Se preguntaba si sería una forma de mutación, de adaptación al medio de hielo que hería la vista natural hasta enceguecerla o una consecuencia de los dispositivos oculares que eran lo más común en el planeta. Nadie miraba ya con nada que no fuera tecnología de la más avanzada, no había motivos para privarse de las fuentes de registro de imágenes incorporadas a los glóbulos oculares, de las enormes posibilidades de reproyección, almacenamiento y recreación que proveían. Estaba casi segura de que, sin proyectar nada desde los archivos, una persona común sólo podía ver el blanco, a lo sumo los grises, o diferenciar sombras.
Desde niña había aprendido a no decir a nadie lo que ella sí veía, se había hartado de que le dijeran que sus sistemas estaban fallando y que mandarían una solicitud de recambio al Centro de Metalurgia Mayor. Así había sido su vida: esconderse, escapar, investigar en secreto, descubrir que lo estable es inestable, que la red tiene fisuras, muchas fisuras, y que lo verdaderamente interesante está en otro lado.

Relato Ciencia Ficción - El Otro Extremo Sintió otra vez el llamado de su otro extremo. Había leído tantas viejas historias: el tesoro al final del arco iris, el amor eterno, la leyenda de El dorado, la tierra prometida, el paraíso, el infierno, el nirvana, la conquista del espacio. El viejo libro del navegante molido a patadas era una guía, una lista de lugares donde buscar datos, direcciones virtuales y físicas, nombres de personas muertas o semi vivas: muertas definitivamente porque vivieron en tiempos anteriores a la supervivencia de la conciencia humana en medios mecánicos o vivas en sistemas de acceso negado a gente como ella. No se detuvo nunca a filosofar sobre quiénes o qué negaba o permitía el acceso a todo aquel conocimiento y a todas aquellas personas ávidas de comunicar su sabiduría a alguien que los encontrara flotando en los rincones del sistema que ya sólo se usaba para encargar patines más afilados, ojos con más memoria o dedos erotizantes descartables.
Ella había seguido todas las pistas anotadas en el libro de papel, sabía que había encontrado la gran respuesta, sabía que había sido muy feliz durante un instante y que los que la alzaron en vilo y la metieron en el Endulzador de la memoria le prometieron que recordaría "todo" menos "eso" y se rieron, se rieron mucho y le repitieron que ellos iban a ser buenos aunque ella había sido una chica muy mala. Era su peor pesadilla cumplida, si algo detestaba, dentro de todas las porquerías que detestaba, era ese Endulzador del carajo. Ni siquiera alguien se había preocupado por darle un nombre menos pedorro. "Andá a endulzarle la concha de tu abuela", gritó mientras la arrastraban y la ataban a la silla mullidita que cualquier ciudadano elegía para olvidar "malos momentos" y recordar sólo cosas dulces.
No pudo evitar lo que vino después y ahora estaba allí, sin poder recordar aquello por lo que había vivido tantos años. Lo peor era que sabía que lo había encontrado.

Se hizo mediodía y ella todavía caminaba sin rumbo. El mediodía: sólo su antebrazo-reloj podía decírselo, la claridad era la misma que hacía ocho horas y sería la misma dentro de otras diez. Era difícil contar los días, los meses y los años en el Nuevo Mundo Civilizado, todo era una pálida y perpetua claridad. ¿El sol? Sólo un disco blanco opaco que, mirando hacia arriba con fijeza, podía distinguirse apenas, recortado contra el vacío. Ya casi nadie podía diferenciarlo de la luna, los matices de blanco eran tan parecidos. ¿Cómo mierda habían hecho para hacer desaparecer la noche? No era posible que no lo recordara, sabía que era una explicación muy sencilla. Si no podía recordarla era porque debía tener relación directa con lo que le habían hecho olvidar. Tenía que forzarse a recordar, había descubierto muchas teorías sobre el funcionamiento del cerebro humano y los Endulzadores se basaban en principios muy básicos de psicología: simplemente ayudaban a fijar lo que la persona "deseaba" que fuera verdad. Y ella no deseaba olvidarse de lo que había aprendido, no deseaba recordar solamente su canción preferida, no deseaba jugar a la chica mala y repetir la vida de cuanta pendeja anda por ahí al pedo.
Mientras caminaba hacia adelante por el hielo, trató de hacer un inventario de sus experimentos. Primero fue lo de la sangre. Había querido ver qué había debajo del metal. La mano derecha trabajando sobre la izquierda hasta que había visto surgir un líquido entre las uniones. Fue su voluntad llenándose con algo que distorsionaba su conciencia, fue el blanco cotidiano empañándose ante ella, su mano invadida por algo desconocido. Alguien la vio tirada en la calle y acudieron en su auxilio; no explicaron ni preguntaron, se limitaron a reforzar la cubierta de su brazo y anotar el episodio en su Historia Vital. El puto archivero en que estaba registrada la vida de cada quien, seguramente eso la había deschavado. Años y años de "pequeños episodios" anormales habían logrado que los Conservadores cayeran sobre ella.

Relato Ciencia Ficción - El Otro Extremo Cada descubrimiento la acercaba a lo desconocido. A partir del día en que vio su sangre por primera vez saltar desde su muñeca empezó a buscar más cosas que invadieran así y golpearan y trastocaran el sentido de las incrustaciones hielo-metálicas de su cuerpo. Encontró el sexo y el amor. En ese orden. En varios hombres y mujeres, el primero, y en el tipo mayor del que hablaba su canción, el segundo. ¿Era él quién le decía que ambos eran parte un una misma cosa, que ambos eran las puntas del mismo hilo? ¿Era él su otro extremo? ¿Se había ido un día sin avisarle, nunca había sabido nada más de él? ¿Habría sido real o un recuerdo incrustado por el Endulzador? ¿Qué tan Endulzante podía ser el hecho de ser abandonada? ¿Era real que había vivido con él o su imagen era el resultado del recuerdo deformado del navegante que le dio el libro y de tantos otros grandes filósofos que habían conocido después?
También recordaba el tiempo en que había empezado a tener visiones. Primero habían sido muy distanciadas, confusas y tenues, como aquella que la asaltó sentada junto a lo que, más tarde supo, había sido un caudaloso río. Las imágenes de agua en movimiento, mucho movimiento, agua saltando y arrastrando piedras y plantas y peces que ya no existían, le ocuparon la conciencia y la hicieron transtabillar como si el suelo se moviera bajo sus pies. Tuvo que investigar mucho para ponerle nombre a las cosas que había visto: "río", "corriente", "cascada", "inundación", "barro", "pejerrey", "surubí". Y cuanto más sabía, más imágenes le aparecían.
Luego habían empezado a llegar periódicamente, las sensaciones la inundaban cada vez con más intensidad, cada vez con más energía. Recordaba haber previsto que el desenlace estaba próximo, había presentido que algo pronto se revelaría ante ella, y lo esperaba.
No tenía previsto ser pescada en un Endulzador, pelotudos de mierda. ¿Dónde habrían tirado su libreta de papel? Era ridícula, el reciclado no le había salido muy bien pero estaba orgullosa de haberlo logrado. Era un lujo que se había dado, por ser fiel a su inspirador, a su navegante perdido entre patadas. Él había tenido tiempo de pasarle su libro, ella no tenía la menor idea de dónde le habían escondido el suyo. ¿Lo habrían quemado? Hubiera sido gracioso: Conservadores del hielo quemando papel. Imposible, pero ¿de qué otra forma podía destruirse un libro por completo? ¿Y si la hubieran quemado a ella? Como a las brujas hacía siglos, hubiera sido paradójico. No había ni siquiera violencia en los Conservadores, ni siquiera la habían pateado o golpeado como solía ver que hacían los Patrulladores, simplemente le habían quitado de la cabeza lo que ella había estado años para poner. Una chica como ella ni siquiera podía elegir sus registros mentales.
Tendría, finalmente, que prestarle atención a esa sensación física peculiar que le quedaba. Algún tipo de lazo con algo que desconocía latía impaciente.
De repente, al traspasar una zona que parecía ser el límite de la planicie helada, sus tirones lograron sumergirla en una marea que la agitó, la sacudió, golpeó su metal contra el hilo e hizo surgir otra vez la invasión de calor que había experimentado muchas veces. Eran miles de manos aferrándola. No sintió miedo. Había algo parecido al dolor, pero no sufría. Una gran cortina blanca como el hilo, como la nieve, se desplegó ante sus ojos. Creció, creció en tamaño y en claridad y cuando su vista no soportaba más, la cortina empezó a quebrase, a fundirse, a ser decorada por cuerpos muy ágiles y delgados, cuerpos que no eran claros pero irradiaban luz, cuerpos que primero creyó no haber visto nunca en su vida pero a cada movimiento renovaban en ella la sensación de ser invadida. Recordó. ¡Por fin! ¡Por fin su mente se aclaraba! Parecía que la acción del Endulzador se derretía y dejaba paso a la verdad, las mentiras implantadas se ablandaban y caían como hielo en una caldera o como metal en una fragua. Allí estaba lo que había empañado el blanco en aquella ocasión. También estaba lo de la sangre y el deseo que la movía a buscar otros cuerpos humanos. Y a la luz de todo aquello la cortina ya no era blanca. El horizonte ya no era sólo un cambio densidad, ahora era un límite, era el fin del hielo. El fin.
Corrió con el suelo resquebrajándose bajo sus pies, corrió hacia aquellos cuerpos que se comían el hielo. Aquellos cuerpos que logró nombrar con cabal comprensión: eran llamas, era fuego real, natural, permanente, fuego distribuido a lo largo de todo el horizonte, fuego inabarcable, inacabable, indestructible, fuego que quemaba las almas y los cuerpos, los de metal y los de carne, los de plástico y alambres, los humanos y los electrónicos, fuego destructor y purificante, fuego del infierno.

Relato Ciencia Ficción - El Otro Extremo Y la invasión crecía, avanzaba dentro de ella. Su metal no resistiría mucho tiempo. Ella sabía que correría la misma suerte que el hielo. Sus ojos giraban enloquecidos, se miró las piernas: sus uniones se aflojaban: aquellos cuerpos inquietos habían alcanzado su metal, su mano derecha fue la última en ser devorada y sus ojos ya no vieron más.

Parpadeó, parpadeó y se puso de pie. Era la segunda vez en la jornada en que se despertaba sin saber dónde estaba ni por qué. ¿Otra vez lo había olvidado todo? ¿Había soñado lo del fuego? ¿Había imaginado que al final del hielo y de los edificios, de los Patinadores y los Progenitores, los Conservadores y los Patrulladores, había una cortina blanca que caía en un abismo de fuego? Volvió a parpadear. ¿Por qué le costaba tanto fijar la vista? Tanteó su cuerpo: ¿y el metal? Lo había sentido derretirse pero no creyó sobrevivir. Dio un paso, no estaba nada mal, si pudiera distinguir alguna forma estaría mejor. Adaptarse, lo hacía rápidamente, sus ojos se adaptaban. Miró hacia el lugar que había recorrido y vio apenas unos hilitos de humo y detrás, ya lejos, muy lejos y muy empequeñecida, una cúpula de vidrio cubierta de conexiones electrónicas que se reconstituían alrededor de un hueco que ya se estaba cerrando. "Ese mundo de mierda cicatriza rápido", se dijo a sí misma, "Nadie va a extrañarme." ¿Habría sido eso el infierno? ¿Una pequeña muestra? ¿Una pequeña advertencia para niños y niñas descarriados? ¿Se podría volver? ¿Volver a dónde? ¿Volver para qué?
Ahora su vista empezaba a percibir algo delante suyo, algo que emergía de la bruma en que se hallaba sumida. Se elevaron ante ella formas fantasmales, siluetas imprecisas, contornos sinuosos, imágenes desconocidas. Se sintió presa de un embrujo, sintió crecer ese escenario mágico a su alrededor. Su cuerpo vibró como nunca. Vibraba desprotegido, confuso, despojado de todo su metal. Fue entonces que recordó su lazo, el otro extremo volvía a succionarla, a empujar su cuerpo un paso más allá.
Pisó algo viviente, sus pies temblaron al contacto. Algo golpeó delicadamente su cara y descubrió que su cuerpo entero se hamacaba al ritmo del golpe. Sintió que la rodeaban otras fuerzas latiendo igual que su cuerpo. Recordó haber recordado, dijo "pasto", "viento", "insectos", "aves", "Ávile, mi amor". Recordó lo último que había leído encerrada con aquella conciencia que perduraba en una máquina obsoleta desde hacía años, aquella voz que fue humana, que tuvo deseos de inmortalidad y que sólo deseaba desintegrarse luego de pasar su legado, su frase magistral, su gran descubrimiento. Y ahí había estado ella, Númele Te, para escucharla y luego ayudarla a dejar de existir. La voz encapsulada había dicho: "Otra vida es posible. El infierno no es el fin del mundo. Lo que te han quitado y es tuyo está del otro lado."
Supo que sólo le faltaba un poco más. Movió hacia adelante un pie y luego el otro y nuevamente el primero. Su lazo ya no la dejaba detenerse. Corrió sobre aquello viviente, entre aquel dulce golpe mientras su lazo se iba ensanchando, afirmado, dejando de ser recuerdo para volver a ser unión física.
Extendió los brazos y se sumergió en un mundo distinto al que le habían hecho conocer como real. Ahora la noche, ella y su otro extremo eran uno solo. Ahora se sintió feliz y con la misión de su vida cumplida, ahora los Técnicos del Endulzador podrían jactarse de haber logrado domar a una de las rebeldes más inconformables.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de diciembre del 2006