3.
—Yo soy tú —dijo la Colmena.
—Tú eres yo —respondió el Loo.
—¿Qué haces, hijo?
—Nada, madre.
—¿Nada? Pusiste en funcionamientos el generador de islas hercianas. La habitación está ya insonorizada. Todo está listo pero tú te detienes sin dar una explicación. Y el tiempo apremia.
—Siempre apremia.
—Siempre. Nuestra tarea es ardua, sí, pero aún no me dijiste qué te detuvo.
—Miraba al espécimen. Es un ser perfecto, sublime, una maravilla de la creación. Tal vez sea un pecado modificarlo, subsumirlo, aunque sea para el bien mayor.
—¿Pecado? ¿Quién te enseñó ese concepto? No sé lo que significa.
—Lo aprendí de los humanos. Llevo ya muchos meses estudiándolos e intentando comprenderlos. Ellos creen en el pecado.
—Es un término que me es ajeno. Háblame de él.
—Creía que tú estabas en todas partes y lo sabías todo. Creía que existías siempre en nosotros y monitorizabas nuestra existencia en aras de una completa unidad.
—Sé que sabes que debo discriminar, que lo veo todo pero que pongo mi atención en lo primordial y desecho lo superfluo. A veces me equivoco, no soy omnisciente ni infalible, aunque me acuses de ello. Mas percibo lo que dices como una forma de ironía, incluso algo burda si he de serte sincera. Supongo asimismo que también la aprendiste, o más bien la sublimaste, durante tu investigación entre los humanos. Cada vez es más difícil controlar la contaminación cultural. Y, sin embargo, es necesaria si queremos enriquecernos y completarnos a través de estas especies inferiores.
—Inferiores, dices.
—Inferiores.
—Tal vez sea ése nuestro pecado.
—Aún no me explicaste nada de “ese” pecado que parece impedirte obrar según mis mandatos.
—No significa nada, nada que nuestro pueblo pueda absorber en aras de la unidad, y no me impide obrar, sólo me causa dolor y náusea, vergüenza incluso. Odio lo que voy a hacer y acaso por ello lo haré mejor y con mayor maestría, pues el dolor nos hace mejores. Eso me enseñaste.
—Cierto. Si el sentimiento de pecado, sea lo que sea, te causa padecimiento también te hará más fuerte, e infiero que a través de la contemplación de la humana crece ese dolor en ti; así que admírala y reflexiona, pero cumple al cabo con mi mandato.
—Así se hará.
—He enviado a dos parejas de gemelos Loo-Cutt a supervisar el proceso. Espero que no te molesten.
—Si es tu voluntad, no pueden molestarme.
—Sabes bien a qué me refiero.
—Lo sé y no lo sé. No quiero saberlo.
—Ojalá tu misión acabe pronto y puedas regresar a la nave. Siento que te estoy perdiendo.
—No me pierdes. Cada vez soy más yo, es tan sólo eso.
—Yo soy tú, hijo. Recuérdalo —dijo la Colmena, tras una pausa.
—Tú eres yo, madre —respondió el Loo.
4.
El Loo, el Dador de Vida, se inclinó sobre su víctima; ésta, con ojos vidriosos, le devolvió una mirada distante, como si ambos ya no habitaran la misma porción del universo y les separaran enormes distancias, urdimbres concebidas más allá de la frontera de lo posible y de lo imaginable para una pobre e indefensa viuda de apenas veinticinco años.
Ella, en el fondo, una niña, una pequeña hembra humana de delicadas formas y cabello rubio, ondulado, que caía en cascada por su espalda formando un tapiz ensortijado sobre el lecho.
Él, un Dador de Vida, por fin liberado de su máscara carnavalesca, que le confería facciones humanas; un ser de más de dos metros, ojos negros, diminutos, sin párpados, y un enorme caparazón redondeado que escondía una constitución nervuda, untuosa, sibilante…
—¿Ya le hace efecto la droga? —quisieron saber los gemelos Gamma y Beta, aparecidos de la nada, hablando a la misma vez, aturullándose, disculpándose y mirándose al cabo el uno al otro con suficiencia y resignación.
—No —dijo el Dador de Vida—. Aún no le inyecté la primera solución. Creo que sigue en estado de shock.
—Leímos tu informe sobre ese asunto —cantaron a coro Alpha y Épsilon, mucho más compenetrados—. Es una curiosa reacción. Una raza cuyo más remarcable mecanismo de defensa es quedar a nuestra merced. Despreciable. No me extraña que no consigas absorberlos y hacer que su esencia sea útil a la Colmena.
—La Colmena lo es todo —salmodiaron Gamma y Beta, entre barboteos.
—Todo es la Colmena —completó el Loo, a regañadientes, arrastrando a la muchacha fuera del jergón e inyectando la solución en su brazo izquierdo casi con mimo, con una delicadeza que iba mucho más allá del celo profesional.
Se hizo el silencio, un largo silencio; un silencio incómodo en el que los tres se removieron inquietos en sus espacios privados y consultaron sus implantes, como si la Colmena les estuviera escuchando y en la pantalla branquio-táctil que manaba de sus pescuezos fuera aparecer algún mensaje, alguna reconvención. Pero todo era en vano: la Colmena estaba en ellos, estaba en cada fibra de su ser y, en consecuencia, siempre escuchaba, existía en todas las cosas que les rodeaban y en la forma que las percibían. La Colmena era el principio y el final, la medida de su universo sensible. La Colmena no necesitaba mandarles ningún mensaje; de alguna manera, con su presencia en aquel lugar, ellos eran el mensaje.
—Fracasarás de nuevo —sentenciaron Alpha y Épsilon.
—Fracasarás —convinieron serviles Gamma y Beta.
Un nuevo silencio. Esta vez breve, punzante.
—Y sin embargo —dijo el Loo, dando la vuelta a la muchacha y degollándola con un movimiento seco—, yo, como Dador de Vida, tengo la obligación de buscar la dualidad, la perfección, y dar su forma final a este cuerpo incompleto.
La sangre comenzó a manar escandalosa sobre el suelo; la vida de la mujer se escapaba entre estertores, entre débiles espasmos, dócil, casi sin resistencia. La hembra humana parecía una muñeca rota, un títere al que un demiurgo insolente hubiese cortado los hilos. El Loo esperó a que las sacudidas terminasen y dio la vuelta al cadáver, disponiéndolo decúbito supino; esperó un poco más, saboreó el momento, inspiró con violencia cuando sintió el alma de la joven levantar el vuelo y ahuyentó al viajero con un tañido de su caparazón, que removió con fuerza arañando sonidos etéreos, luctuosos, venidos de la noche de los tiempos, conminándole a regresar a aquella carcasa frágil que terminaba de abandonar. Sólo entonces tomó su daga ceremonial y su platillo. El momento había llegado.
5.
—Yo soy tú —dijo la Colmena.
—Tú eres yo —respondió el Loo.
—¿La hembra se ha ido y ha vuelto al mundo de los vivos? ¿Detuviste el gran viaje? ¿Capturaste su alma?
—¿Qué alma, madre? Es sólo un ritual. No la he dejado morir y la he dispuesto para el sacrificio. El resto es sólo parafernalia para tu disfrute y para saciar la necedad de tus acólitos.
—Una vez más, no te entiendo.
—No quieres entender. A veces me pregunto si todo esto es necesario.
—Lo es y lo sabes. No debería recordarte que somos los últimos de una raza milenaria. Desde que la estrella que daba vida a nuestro mundo se convirtió en nova vagamos por la galaxia buscando la diversidad genética que a nosotros nos niega el número. Somos pocos y pocos es casi lo mismo que nada. Si no interactuamos con otras razas y tomamos de ellas lo que necesitamos, pereceremos sin remisión.
—No somos los últimos; estamos perdidos a cien años luz de nuestro pueblo, sencillamente. Calculaste mal la erupción de magnitud de nuestra estrella mientras aún era prenova y colisionamos con una parte de la materia expulsada en la explosión. Dijiste que aún había tiempo y fuimos los últimos en partir. A veces me pregunto si no lo hiciste a propósito.
—¿Por qué habría de hacer algo semejante?
—Según siempre nos has dicho, el impacto provocó una avería en los motores de salto que nos impide reunirnos con el resto de nuestra raza. Esa avería nos ha transformado de nave de rescate a nave generacional al tener que trabajar con velocidades sublumínicas.
—¿Y bien?
—Tú siempre aspiraste al Uno. Cuando eras un Loo como yo, como todos fuimos una vez, ya soñabas con abandonar nuestro mundo y buscar nuevos caminos, caminos nunca trillados, caminos proscritos que los Ancianos te prohibieron seguir y te hubieran seguido prohibiendo de haber alcanzado las Nubes Magallánicas con el resto de nuestro pueblo. Ese accidente te dio la excusa perfecta para fusionarte a la Nave y hacerte “uno” con ella. Nuestro proceso de simbiosis y de búsqueda de material genético no empieza con tus acólitos sino contigo. Tú fuiste el primer simbionte y nos fuerzas a imitarte hasta la consunción o la muerte. Te crees un Dios, o una Diosa.
—No soy un Dios, no soy una Diosa; soy la Colmena.
—¿No es la misma cosa?
—Tal vez, pero el caso es que ahora estamos condenados a ser lo que somos y a no abandonar nuestro sino. Ya no somos Loo, somos otra cosa. Ni siquiera seríamos bienvenidos entre los nuestros. Hemos evolucionado y nuestra forma actual les repugnaría y nos apartarían a una luna perdida en ninguna parte, probablemente nos harían asesinar. Ellos son una sociedad de castas, una oligarquía casi feudal y nosotros una biosociedad basada en la terapia génica y los xenotransplantes. Ya no tenemos nada en común. Hemos sobrevivido a costa de aquello que nos hacía Loo; si fuésemos humanos diríamos que hemos sobrevivido a costa de nuestra humanidad. Tal vez si lo digo así te guste más, ya que ahora eres más humano que Loo.
—No te burles de mí. Yo sigo siendo Loo, sólo cuatro de nosotros todavía no hemos iniciado la primera fusión con alguna otra especie. Tal vez deberíamos habernos inclinado por la clonación y no por la simbiosis. No deberíamos haberte escuchado.
—¿Cómo no escucharme cuando hablo desde vuestro interior?
—Arrancándonos el yugo, ese maldito implante tuyo y haciendo lo que debía hacerse.
—¿Lo que debía hacerse? ¿Insistes en lo de la clonación? Sabes bien que la clonación es un sueño; ninguna raza conocida ha podido superar la barrera de las cromosopatías. El mapa genético está escrito en la lengua de los Primeros Hacedores, aquellos que nadie conoce y han creado toda vida. El secreto nació y murió con ellos. El resultado de desafiarles y clonar la sagrada forma de un Loo sería el nacimiento de unos descendientes frágiles, con una esperanza de vida diez veces menor a la nuestra. ¿Quieres tener unos hijos con tu mismo rostro, cubiertos de enfermedades y de tumoraciones? ¿Ese es el destino que sueñas para nuestra pequeña comunidad? ¿La enfermedad y la muerte prematura? ¿Piensas que una grupo de tullidos y de monstruos de feria serían bien recibidos por los nuestros al final de un viaje de reencuentro?
—Yo soy un Loo genuino, no un monstruo. Yo no sería rechazado ni repudiado por los nuestros.
—Si pudieras alcanzar en esta vida las Nubes Magallánicas. Tal vez si hallásemos una nave abandonada… Yo no impediría que te marchases.
—Tú controlas los sensores de la Nave. Si se cruzase una nave que pudiese servir a uno sólo de nosotros para marchar de la Colmena, jamás trazarías un rumbo de intercepción. Estimas demasiado nuestra singularidad genética.
—Si me conoces tan bien, deberías dejar de hablar y concentrarte en tu tarea.
—Por supuesto.
—Pues hazlo.
—Perdona por haber pensado por mí mismo, aunque fuera por un breve instante. Ya sé que eso está mal visto en tu universo de permutaciones mínimas.
—Eres un insolente.
—¿Tú eres yo, madre? —dijo el Loo.
—Claro que soy tú, maldita sea —respondió la Colmena.
6.
Mary Jane creyó despertar de una larga y terrible pesadilla. Recordó que, en su fantasía (¿o era en la realidad?) estaba en su habitación, vestida ya con su camisa de dormir, leyendo la Biblia, entre bostezos, a punto de dejarse ganar por el sueño. De pronto, le invadió las fosas nasales un olor como a azufre, un olor rancio, polvoroso, que le hizo levantar la vista de su libro. ¿O no fue así?; no, así había sido en su sueño. En el mundo real, ella se había traído un cliente de la taberna, un caballero muy apuesto y entonces…, entonces… Richard se llamaba. ¡Un momento! ¿Richard se había transformado en un monstruo?, ¿en una bestia enorme que le había cogido de la garganta y…? No, no, esa era sin duda la verdadera pesadilla. Claro, no podía ser de otra manera.
—No debes temerme —dijo el Loo, esa misma bestia enorme nacida de sus pesadillas, una suerte de lagarto inverosímil con caparazón de tortuga. Su voz sonaba distante, nasal, como si no partiera de sí mismo sino de un pequeño artefacto cilíndrico que manaba de su cerviz y pendía hasta su pecho de un largo cordón destellante—. No tengas miedo —repitió.
Pero Mary Jane estaba demasiado aterrada para sentir terror. Abrió la boca, la cerró, incapaz de dar crédito a lo que veían sus ojos; luego se persignó, miró al monstruo como si mirase al fondo de un abismo y alargó una mano hacia aquella bestia venida desde el mismísimo infierno, acaso en la creencia que un contacto real podría arrastrarla lejos de aquella fantasía.
—Es un ser débil. No servirá a nuestros fines como no sirvieron los cuatro especimenes humanos anteriores —dijo una segunda bestia a la izquierda de la primera, una segunda bestia que era en verdad dos bestias, uno de esos lagartos imposibles unido por la cabeza, como si fueran siameses, a un ave fabulosa y magnífica, de plumaje iridiscente como escamas de reptil, color pardo pajizo, pico ganchudo y cola blanca veteada con puntitos color crema. Mary Jane apuntó todos estos detalles en su cerebro, como si se resistiese a creerlos, como sorprendida de aquel sueño tan vívido, tan tétricamente detallado.
—Ella luchará por la dualidad —dijo el Loo, emitiendo un sonido afilado que a Mary Jane le recordó al chasquido de una lengua.
—¿Ya le hace efecto la droga? —quisieron saber una segunda pareja de siameses, aparecidos a su izquierda.
—No –dijo el Loo—. Aún no le inyecté la solución. Creo que está en estado de shock.
Y siguieron hablando las tres criaturas durante un rato más, pero Mary Jane dejó de escucharles y sintió que un vértigo la aturdía, que una náusea la desbordaba; alguien, seguramente el lagarto que no era siamés sino sólo lagarto, le pinchó en un brazo. Quiso gritar pero no fue capaz. Quiso luchar pero no tuvo fuerzas. Quiso huir pero no sabía a dónde. Suspiró, inmensamente cansada.
Y entonces, le ganó la oscuridad.
7.
—Yo soy tú —dijo la Colmena.
—Si tú lo dices… —respondió el Loo.
—Brrrrrrrr.
—No te he entendido, madre.
—No me llames madre si no lo sientes.
—Yo no he dicho tal cosa.
—Bien. Dime, Dador de Vida, ¿mejoraste la solución? ¿Qué le inyectarás esta vez?
—¿Acaso no lo hice bien las veces anteriores?
—Fracasaste.
—Tal vez no tuve un buen maestro.
—Brrrrrrrr. Prosigue.
—En primer lugar, le inyecté un fármaco hipnótico y suspendí sus funciones vitales. Ahora duerme.
—¿Y cuando se despierte?
—Para entonces ya habré terminado mi liturgia de Gran Sacerdote Carnicero.
—Sé que eres hábil con tu daga ceremonial Eso no me preocupa. Me inquieta mucho más la segunda solución que has de administrarle. Las otras veces no conseguiste que el dolor fuese lo bastante agudo y los NeM no pudieron con el trabajo de regeneración que les había sido encomendado.
—He mejorado la solución, si es eso lo que te preocupa.
—¿Cómo?
—¿Acaso no estás dentro de mí? Míralo y dime si he obrado con la diligencia necesaria.
—Dador de Vida, estás sobrepasando mi paciencia. Nadie nunca ha sido tan cínico e impertinente conmigo. Sigue por ese camino y…
—¿Y qué? ¿Ordenarás a los gemelos que me reduzcan?, ¿que me maten?
—No puede haber asesinato en la Colmena, sólo vida. Te confinaré en un calabozo hasta que reflexiones sobre tu desobediencia y comprendas tu error.
—¿No puede haber asesinato, dices? ¿Me confinarás? Hemos viajado en una nave Colmena, en una prisión errante, durante décadas interminables sacrificando a individuos de mil razas para encontrar Dios sabe qué. Tú eres el heraldo de la muerte y yo otro de tus prisioneros. No puedes hacerme nada que no me hayas hecho ya.
—Todo ese tiempo investigando a los humanos te ha afectado más de lo que yo pensaba. Has perdido la razón.
—O tal vez la he recuperado.
—Ya no obedeces mis mandatos.
—Por desgracia, sí lo hago. Mejoré la solución y ahora el dolor de la hembra humana será tan terrible como tú y tus acólitos deseáis.
—Aún no me explicaste cómo.
—Ha sido fácil. No sé cómo no lo descubrí antes. Mi estupidez ha causado terribles padecimientos a cuatro especimenes humanos, y les ha costado al cabo la vida. Soy culpable.
—Sólo cuenta el éxito. Los humanos son prescindibles.
—Por supuesto, madre.
—Continúa, Dador de Vida.
—Los NeM, como es bien sabido, son unos demonios muy eficientes, cinceladores de carne a escala nanométrica y molecular, pequeñas máquinas capaces de hacer picadillo, desmembrar, sustituir, recomponer, xenotransplantar… Una maravilla.
—Así es, hijo.
—Tú, madre, en tu infinita sabiduría, diseñaste a esas hermosas nanomáquinas sanguinarias para que se alimentasen de la señal eléctrica que se origina a partir del estímulo nocivo periférico. Es decir, un NeM corta carne, causa un dolor extremo y ese dolor se transforma en electricidad que permite a un segundo NeM activarse y cortar otro pedacito de carne. Un círculo perfecto de tortura y aniquilación.
—Sin dolor no hay unidad.
—Claro, claro. El caso es que para transformar al huésped, para convertirlo en un gemelo compatible para uno de nosotros, para un Loo, hay que hacerle tantas modificaciones, implantarle ese maravilloso apéndice que mana de nuestro cuello y nos une a la Colmena, y tantas otras cosas fabulosas y apasionantes, que el huésped suele caer rendido, el dolor sobrepasa su límite, se agota, o bien los procesos naturales para frenar el dolor ganan alguna pequeña batalla… y los NeM, estúpidos y obedientes, faltos de la energía que les sustenta, se detienen en un punto, y luego en otro, y en otro, el círculo perfecto se invierte, cae como un mal castillo de naipes, y la fiesta de linfa y carne troceada se acaba sin haber llegado a ningún puerto.
—Eso pasó las otras veces, sí.
—Hoy no pasará, madre. Hoy tendrás festín hasta quedar ahíta.
—¿De verdad? Me emocionas, hijo. ¿Cómo lo harás?
—He descubierto que pueden desactivarse esos procesos naturales que frenan el dolor activando una y otra vez los nociceptores, una especie de receptores sensitivos especializados, lo que ocasionará un incremento de la sustancia P, que autoperpetuará a voluntad el estímulo doloroso. Para ello me valdré de una inyección de histamina en el lugar y momento adecuados.
—Creo que comprendo lo que dices. Supongo que habrás estudiado bien el asunto y que esta vez la teoría y la práctica irán de la mano.
—Estoy seguro de ello, por desgracia. Hoy el dolor manará sin freno.
—Ello me place, hijo. Prosigue, pues, con tu tarea. No te entretengo más.
—Gracias, madre. Sin embargo, ¿nunca has tomado en consideración la posibilidad de que los NeM, que tan hábilmente roban el impulso eléctrico y de pasada la respuesta motora, dejando indefensas a nuestras víctimas al cercenar su respuesta refleja, podrían abstenerse de devolverlo en último término a los neurotransmisores y, por extensión, al cerebro, que produce la sensación emocional del dolor, de tal forma que todo este proceso o carnicería se desarrollase sin que el espécimen sintiese siquiera el menor de los padecimientos?
—Eso es imposible, lo sabes bien. Los NeM son dadores de dolor como tú lo eres de vida. Fueron diseñados para ese fin. Sin dolor no hay dualidad, sin dualidad no hay unidad.
—Qué tonto soy, lo había olvidado. Ellos dan dolor y yo ni siquiera tengo un nombre, sólo una categoría social, la de Dador de Vida, como todos los Loo que no hemos conseguido aún completar una simbiosis. Al cabo, me darás un nombre que más que nombre es número, instrumento de ordenación, parte de alguna de tus enumeraciones de esclavos. Y entonces, supones, seré de lo más feliz.
—Tienes demasiada rabia en tu interior.
—Tal vez sea una rabia justificada.
—Sólo en tu imaginación, hijo.
—Un día deberíamos hablar de los NeM; hay algunas cosas sobre ellos que no termino de entender.
—En otro momento, Dador de Vida. Ahora debo marchar.
—Como gustes.
—Yo soy tú, hijo —dijo la Colmena.
—Tú eres mi amo y señor —respondió el Loo.
8.
Mary Jane despertó por fin. Seguía en su habitación, de eso estaba segura. Tumbada sobre la alfombra, con las extremidades en cruz, podía ver la lámpara que presidía la estancia. Tal vez, después de todo, aquellas visiones habían sido en verdad una pesadilla y nada más. Se había resbalado. Eso era. Se había resbalado luego de levantarse a por un vaso de agua y había perdido el conocimiento.
Rió de aquella situación. Volvió a reír, casi en una carcajada.
Pero le abandonó la risa cuando intentó levantarse y descubrió que no podía. Algo, alguien, la había atornillado al suelo.
—¿Es normal que haga ese ruido tan molesto?, ¿ese cacareo? —quiso saber el primer siamés, el que parecía llevar la voz cantante. Mary Jane había visto siendo muy niña a los hermanos Chang y Eng Bunker, dos famosos siameses unidos por el tórax que hacían una gira por Europa. Entonces le habían parecido unos señores muy serviciales y muy cultos, sacudidos sin razón alguna por una extraña burla de la naturaleza. Sintió pena por ellos. Pero aquellos dos seres no daban pena en absoluto. Parecían seguros de sí mismos, flemáticos casi hasta la presunción.
—En absoluto —dijo el Loo—. Tal vez esta hembra humana sea diferente a las otras.
—No creo —dijo el primer siamés.
—Tal vez debimos escoger el macho de la especie —terció el segundo engendro, murmurando su letanía a destiempo, como si le costase hablar.
—No, en absoluto —opinó el Loo—. Estudié a esta raza durante mucho tiempo, casi media traslación de su mundo. El macho entre los humanos es engreído y poco tolerante. Domina esta sociedad con mano de hierro y es un ser competitivo y violento por naturaleza. La mujer, en cambio, es mucho más afectuosa y flexible; acepta los cambios con naturalidad y se adapta a ellos a través de la cooperación y no de la agresión. Sin embargo, nos enfrentamos siempre con el escollo de la tolerancia al dolor, que entre los humanos, y especialmente entre las mujeres, es muy baja.
—Y sin dolor no hay dualidad —dijo el primer siamés, zanjando la cuestión.
Mary Jane intentó prestar atención a la conversación de aquellos seres diabólicos y entendió poca cosa, mas cuando terminaron, ella misma pensó en el dolor, en la comezón que le atenazaba el vientre y levanto un poco la cabeza del suelo para ver el resto de su cuerpo.
Sólo entonces gritó.
—Ya es conciente del proceso. Nos oye y nos entiende. El implante funciona al fin y ella es temporalmente uno más en la Colmena. Deja la daga y usa el platillo —dijo el primer siamés.
Mary Jane gritó por segunda vez, incapaz de creer lo que veía. Le habían arrancado el vestido, que yacía roto a ambos lados de su cuerpo, pero la desnudez (que en otras circunstancias la hubiese hecho hervir las mejillas de humillación) no significaba nada comparado con lo que le habían hecho después. Desde donde estaba, aún maniatada, podía ver que le habían rajado el abdomen y extraído diversos órganos y vísceras que estaban desperdigadas en el sueño, como si ella no fuese sino un cerdo en el matadero.
Pero, ¿cómo demonios estaba viva? Un líquido caliente le manaba por la garganta y le teñía los pechos de linfa, al menos lo que quedaba de ellos. A su izquierda pendía aquel largo cordón resplandeciente acabado en un cilindro, el mismo artefacto que colgaba del cuello de sus torturadores. Mary Jane, luego de un segundo instante de estupor, comprendió que la habían degollado para implantarle aquella máquina diabólica. Degollada y abierta en canal como un cerdo… y ¿seguía allí, consciente, escuchando las conversaciones enloquecidas de aquellos monstruos enloquecidos?
No era posible. Aquello tenía (por fuerza) que ser (seguro) una pesadilla.
—No temas —dijo el Loo, acercándose a ella con una bandeja plateada—. Ya llegan los NeM. Ellos te ayudarán a encontrar el camino.
Mary Jane se incorporó cuanto que pudo y escupió a su asesino.
—¡Maldito seas un millón de veces!
El Loo, que comprendió que aquel gesto, entre los humanos, debía ser sin duda una forma suprema de desprecio, asintió levemente, como reconociéndose merecedor de aquel desprecio, y sopló sobre su platillo, del que se desprendió un polvo blanquecino que cubrió el estómago de la muchacha y, en menor medida, su garganta y su rostro.
—Los NeM te guiarán por el doble camino. De no ser así, te imploro que me perdones, hembra humana. Cuatro de tus congéneres están ya en mi conciencia…, y allí se quedarán, debatiéndose y atormentándome hasta el fin de mis días.
Mary Jane tardó un instante en comprender que el dolor no había hecho sino empezar. De pronto, en cada fibra de su ser, en cada milímetro de su piel y de sus entrañas, nació una punción, una picadura incisiva y dolorosísima, como si un aguijón invisible se abriese camino en su carne desde cualquier punto y en todos a la vez, horadando con saña feroz, derribando todas las fronteras del padecimiento para solaz de sus quiméricos captores (por fuerza debían serlo, no cesaba de repetirse aún entre la agonía), que la observaban a unos pasos de distancia, desapasionados, mientras entonaban plegarias ahora de nuevo ininteligibles.
Mary Jane gritó por segunda vez, se removió en sus ligaduras, silbó de rabia y angustia, maldijo a aquellos monstruos, se mordió los labios…
El Loo tomó una Biblia de un anaquel y se recogió en un extremo de la habitación, junto a la ventana, arrodillándose a rezar como había visto que hacían los humanos, leyendo pasajes de aquel libro sagrado sin entenderlos demasiado bien en realidad, a pesar de que llevaba más de medio año terrestre estudiando la cultura de la tierra y conocía las diez o doce lenguas mayoritarias. Sin embargo, la religión escapaba a su comprensión. Él podía sentir a Dios, a su Dios (la Colmena) en cada cosa, forma, lugar, pensamiento… Los humanos tenían que lidiar con palabras, fe y abstracciones. Una porción diminuta del mundo sensible. Por eso se sentían siempre tan solos. Pero ella, Mary Jane, tendría la oportunidad de ser una dualidad con él, de ser su hermana gemela, y asimismo de ser unidad con la Colmena. Dos en uno. Uno que lo es todo. Si Mary Jane lo conseguía, ya nunca más estaría sola. Eso se decía el Loo, y en verdad quería creerlo.
Pero entonces Mary Jane soltó un último alarido y perdió el conocimiento.
—Despiértala, rápido.
Alpha y Épsilon estaban a su lado, reclamando su atención. No veía sus rostros, pero podía sentir su decepción, su ira, y como en el fondo se congratulaban de ser los únicos que habían conseguido una unión completa. Sólo ellos en un viaje que duraba ya medio siglo. Un centenar de triunfos parciales como los tardos Gamma y Beta y una única fusión sin fallos, sin efectos secundarios, sin incompatibilidad en las sinapsis cerebrales. Tal vez no era una cuestión de afinidad entre razas sino de similitud entre personalidades; porque Alpha y Épsilon eran igual de engreídos, de arrogantes, de maniqueos, de fatuos aún en su inteligencia, de déspotas, de absurdamente belicosos contra toda forma de innovación, de insensibles, de infelices aún en el bienestar de ser uno con la Colmena. Los menos solidarios y menos empáticos hacia el sufrimiento de las otras razas eran los que más fácilmente habían asumido la dualidad y su disolución en el conjunto. Esa era la paradoja… o tal vez no lo era en absoluto, temía el Loo desde el fondo de su alma.
—Despiértala, maldita sea. Sin dolor no hay estímulo eléctrico y los NeM morirán y no podrá completarse el proceso. Los NeM son muy valiosos, no lo olvides; no deben desperdiciarse —graznaron Alpha y Épsilon.
El Loo se incorporó sin ni siquiera mirar a la cara a sus interlocutores y espetó con voz repugnada:
—La humana es importante. Piensa y siente, ama y nos odia. Los NeM son sólo máquinas… máquinas a nuestro servicio.
9.
—Yo soy tú —dijo la Colmena.
—No sé quién soy, ni quién eres, ni quién somos —respondió el Loo.
—Antes me llamaste, hijo.
—Sí. Y no acudiste.
—Era un momento crítico. La mujer había perdido el conocimiento, casi se contamina el proceso antes siquiera de comenzar. Pero reaccionaste y has obrado con habilidad y determinación. Los NeM trabajan a buen ritmo. En menos de una hora la hembra humana estará preparada para la unión. Pronto seréis dos y siendo dos serás uno conmigo. Entonces… entenderás. Entonces… tus dudas desaparecerán.
—No estoy tan seguro como tú, Colmena. Pero no es por eso por lo que te llamaba.
—Dime, pues, lo que te preocupa.
—Antes te expresé mi dilema con los NeM, por así decirlo. ¿Tienes tiempo ahora para mí?
—Dime.
—Mientras investigaba, días atrás, para mejorar la solución que debía inyectar a mi próxima víctima, me encontré con algunas facetas de los NeM, de lo que hacen los NeM, que no termino de entender.
—Pregunta, pues.
—Me refiero a la terapia génica que, según tus propias palabras, es uno de los pilares de nuestra biosociedad.
—Bueno, programé a los NeM hace ya mucho. Ahora es un proceso automático, hace años que no pienso en ello; tal vez debiera revisarlos, mejorar sus prestaciones. ¿A eso te refieres?
—En realidad, no. Creo haber dejado bien claro que estaba interesado en la terapia génica.
—No seas susceptible. No hay misterio alguno en torno a los NeM, ni en torno a la terapia génica, ni en torno a nada.
—Pues dime, Colmena.
—¿Ya no soy tu madre?
—Eres la Colmena, que es casi lo mismo.
—¿Pero no lo mismo?
—Háblame de la terapia génica, madre.
—Eso está mejor. A ver… hay poco que explicar. Los NeM, a parte de mutilar la carne de los especimenes, como me acusas y les acusas, a parte también de hacer todas las modificaciones exteriores e interiores necesarias para la simbiosis con un cuerpo Loo, transforman los genes del espécimen elegido, tanto para curar algunas enfermedades del mismo que pudieran heredarse, tanto para adecuar genéticamente al huésped a esa simbiosis que es el objetivo último de todo el proceso. El límite, por supuesto, es nuestra ignorancia de grandes regiones del mapa genético, cuyo conocimiento último pertenece a los Primeros Hacedores, aquellos que nadie conoce y han creado toda vida.
—Quiero saber cómo realizan esas modificaciones.
—El gen terapéutico, el gen que debe realizar las transformaciones, es llevado a la célula hospedadora a través de vectores.
—¿Cómo los retrovirus?
—Exacto. Los retrovirus se hacen simbiontes de la célula hospedadora y su genoma; desde allí realizan su tarea. Supongo que todo este proceso es una simbiosis dentro de una simbiosis dentro de otra simbiosis.
—Precioso. Háblame de las nanopartículas.
—Son vectores aún más pequeños que los retrovirus, una versión mejorada, por así decirlo, e inhiben la angiogénesis, la creación de nuevos vasos sanguíneos.
—Entiendo, queremos que la hembra humana sufra pero no que se desangre. Muy caritativo.
—Cierto. Los humanos son animales con una tendencia terrible a las hemorragias internas. Pasa con muchas otras razas. La sangre es vida, y la vida se escapa tan fácilmente…
—¿Eso es todo?
—Poca cosa me queda por explicarte. Los problemas derivados de un posible rechazo inmunológico se evitan con una técnica ex vivo, es decir, extrayendo células del huésped (incluso células madre) e integrando el gen terapéutico en ellas para devolverlas luego, ya modificadas y listas para entrar en funcionamiento. Es una tarea que siempre te encomiendo en un primer momento, cuando sedas al espécimen. Así luego todo está listo cuando llegan los NeM.
—¿Nada más?
—No, nada que recuerde.
—Háblame de los adenoasociados.
—No sé a qué te refieres.
—Sí lo sabes.
—No deberías haber metido el hocico en eso.
—Pero lo hice. Los encontré cuando investigaba qué había fallado en la tercera víctima y no consigo entender cuál es su función.
—Igual no tienen ninguna.
—No me hagas reír.
—Los vectores adenoasociados, hijo, son vectores como los otros dos y nada más; modifican los genes del espécimen. Punto.
—Eso no es verdad, Colmena. Esos vectores quedan latentes. En realidad no hacen nada sino dormir, esperando por si algo o alguien quiere ponerlos en marcha a través de un adenovirus.
—Si tú lo dices, así será.
—Quiero que me digas para qué los incluiste, qué proceso debe desencadenarse no ahora sino en el tiempo, en el futuro, dentro de uno o de mil años, qué horrores nos tienes preparados para entonces. Para algo debiste crear esos malditos adenoasociados.
—No lo sé. Tal vez sea un error de diseño.
—Mientes.
—Yo nunca miento.
—Mientes de nuevo.
—Estás loco, Dador de Vida.
—No lo creo, Colmena. ¿Quieres saber lo que pienso de todo esto?
—Me lo vas a decir igualmente, presumo.
—Claro que sí. Yo, un simple Loo, sospecho que nuestra todopoderosa Colmena no sólo me miente ahora sino que siempre nos ha mentido, que nos viene mintiendo desde el primer día, desde el día que provocó un accidente en nuestra Nave para que quedásemos a la deriva y nos convenció de que debíamos combinar nuestro ADN con el de otras razas para poder sobrevivir.
—¡No te estoy mintiendo! Eres tú el que falsea los datos, el que los interpreta a su antojo, el que estás enfermo de humanidad, el que se deja llevar por sus alucinaciones, el que desconfía y reexamina procedimientos que llevamos empleando desde la primera simbiosis; eres tú el que lucubra, el que ve fantasmas donde sólo hay nuestra lucha diaria por sobrevivir.
—Ya no me engañas con tus palabras, Colmena. La clave de todo me la han dado esos vectores adenoasociados. Nos prometiste, nos juraste, que cuando nos uniéramos a otro cuerpo, a un cuerpo extraterrestre, las limitaciones de nuestro caudal genético se verían compensadas. Nos convenciste de que no debíamos reproducirnos, de que debíamos esperar a evolucionar, a encontrar el camino en la dualidad. Pero yo siempre dudé. Tú eres, o eras, antes de fusionarte a la Nave, uno de los mejores genetistas de nuestro mundo. Yo sólo era uno de tus alumnos entonces, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo bien.
—Siempre me pregunté si tus conocimientos en genética no serían suficientes, tal vez no para clonarnos pero sí para evitar que las enfermedades se adueñasen de nuestra descendencia. En trece o catorce generaciones hubiésemos alcanzado las Nubes Magallánicas siendo todavía genuinos Loo. Tendríamos un hogar, un lugar de destino. Pero regresar nunca estuvo entre tus planes.
—¿Y cuales son mis planes, hijo?
—El dolor, Colmena. Sólo el dolor.
—Lo que dices no tiene el menor sentido.
—Oh, sí lo tiene. Eres una figura mesiánica, un dios del dolor, un paranoico expansivo sadomasoquista.
—No utilices esa jerga conmigo. Yo te la enseñé, maldita sea.
—¿Ahora también eres psicólogo? Pues entonces sabrás que los delirios paranoicos se basan en los temores del enfermo, y uno de los más comunes es el de la grandeza.
—La grandeza no es un temor, es un don.
—Tu anhelo de poder no tiene su origen en tu fortaleza, ese don que los Primeros Hacedores pusieron graciosamente en tu ADN, según dices. Tu anhelo nace del miedo, de la debilidad. Tienes la necesidad patológica de someternos, de subyugar a las masas hambrientas de la Nave con tus mentiras y tus excesos. Sin nosotros como espejo de tu impotencia no eres nada. Por eso los Ancianos de nuestro mundo te tenían tan controlado y apenas te dejaban espacio de maniobra. Me pregunto a quién sobornaste para conseguir el mando de nuestra nave.
—Desvarías. Yo soy vuestro salvador, yo soy todo amor hacia mis hijos extraviados.
—Extraviados, tienes razón. Tus acólitos, perdidos en el espacio, temerosos, diminutos, buscan certidumbres en la disolución del yo; al entregarse por completo a esa nueva gran entidad, a nuestra Colmena, comparten contigo tus laureles y tu poder. Por desgracia, en el proceso deben compartir también tu paranoia, tu satisfacción por todo lo relacionado con el dolor, tu sadismo y su masoquismo. Delirio inducido, ¿recuerdas el término?
—Se me ha olvidado.
—Naturalmente, porque de no ser así recordarías que el delirio inducido se extingue rápidamente cuando la masa se aleja de su inductor, de su Colmena. Por eso nos tienes uncidos a todos con tu pantalla branquio-táctil, con tu localizador de adeptos, donde desgranas a cada minuto lecciones magistrales de pulsión sádica y de paranoia.
—Nadie dará crédito a tus elucubraciones.
—Por supuesto, eres un demagogo. Yo tengo la verdad de mi parte. Nada más. Tú has creado una comunidad donde sólo tienen cabida los dóciles y los creyentes, todos esos locos que te admiran irracionalmente. No en vano se han arrancado partes del cuerpo, se han automutilado para satisfacer tu carrera suicida hacia la simbiosis y la unidad con otras especies. Una locura en sí misma.
—Tú eres el loco.
—Y tú el Dador de la psicosis colectiva. Pero ni siquiera la locura presente te basta. La locura no tiene fin.
—¿No?
—Nos prometiste que con la unión simbiótica con otras especies de otros mundos, la diversidad genética y nuestra supervivencia quedaría asegurada. Una afirmación más que discutible.
—Viviremos por siempre en la Colmena. Lo prometí y lo cumpliré. No sucumbiremos a los estragos del tiempo o de la enfermedad. Viviremos por siempre.
—Hablas como un Mesías.
—Hablo como lo que soy: la Colmena. Tu madre.
—Veremos que opinan los otros cuando les hable de los adenoasociados.
—No te creerán.
—La mayoría somos científicos. ¿Recuerdas que éramos una nave científica? Podrán detectarlos con una sencilla prueba. Entonces se preguntarán por qué les has introducido en sus cuerpo simbióticos unos bichitos durmientes que en cualquier momento pueden despertar e iniciar unos procesos que sólo tú sabes cuáles son.
—Les diré que trato de adelantarme a situaciones futuras y les protejo, como siempre hago.
—Una explicación demasiado vaga.
—Les complacerá. Creyeron que debían convertirse en simbiontes para sobrevivir. Creerán cualquier cosa. Los paranoicos expansivos tenemos una capacidad enorme de convicción, ya lo sabes.
—Te burlas de mí.
—Sólo de tu ingenuidad. Es demasiado tarde para una revolución; deberías haberte dado cuenta, mi pequeño y rebelde Loo. Sólo tú dudas todavía, el resto se entregaron hace tiempo. Muchos erais hostiles al principio, ¿no es verdad? Pero os organicé en jerarquías, y coloqué a los más reluctantes en posiciones intermedias dentro de la escala de mando. Así someten y a la vez son sometidos. Ahora todos tienen un adecuado equilibrio psíquico. Cuando algo no va bien, hago algunos cambios, aquí y allá. Nada escapa a mi control. Incluso reconozco mi pequeñez para someterme a los Primeros Hacedores, al menos de palabra; así mis hijos comprenden que hasta yo mismo someto pero soy sometido. Y todos contentos. Psicología básica, a decir verdad.
—No hay nada más peligroso que un psicópata ilustrado.
—Debe ser eso.
—Te odio.
—Tal vez necesites que te ascienda a líder intermedio de la Colmena.
—Tus chanzas me dan arcadas.
—Reflexiona, Dador de Vida. Ya sólo quedas tú entre los cuerdos; eso te convierte en el más tonto entre los tontos y en el más loco entre los locos. Tu causa existe en tu cabeza y en tus ensoñaciones, nada más.
—Dime al menos lo que hacen los vectores adenoasociados.
—Os dejan aún más a mi merced. ¿Pensabas en algo más complejo? Puedo hacer enfermar a voluntad, cubrir de tumefacciones o asesinar a cualquier simbionte. Cualquier rebelde futuro como tú mismo, hijo mío, caerá de su pedestal de barro con sólo señalarle con el dedo. ¡La ira de Dios le fulminó!
—La ira de la Colmena, querrás decir.
—Eso es lo que digo.
—Pero no podrás conmigo y con Mary Jane. Entre ambos alcanzaremos la dualidad, luego la unidad y finalmente te denunciaremos, inmunes a tus manejos y tus amenazas. Hoy va a ponerse la primera piedra de tu perdición.
—¿Cómo lo harás, si se puede saber?
—Diseñé un ARN de interferencia.
—¿Que hiciste qué?
—Ya lo has oído. Aunque no sabía la función exacta de tus armas genéticas, de tus adenoasociados, diseñé una forma de desactivarlos. Cuando tu bomba latente se ponga en funcionamiento, mi ARN de interferencia atacará el proceso de metamorfosis en transgen, alguna proteína básica, por ejemplo, y la ira de Dios fracasará. Cuando me señales con tu dedo temblón yo seguiré de pie, desafiándote.
—Eres un iluso, Dador de Vida. ¿Piensas que permitiré algo semejante?
—¿Cómo le evitarás?
—Dime, Colmena, ¿cómo lo harás?
—¡Responde!
—¿Colmena?
—¿Madre?
—¿Madre?
—¿Dónde estás?
10.
El Dador de Vida se desconectó de la pantalla branquio-táctil y volvió los ojos hacia el mundo real. Mary Jane ya no estaba en el suelo de la habitación. Los dos gemelos se la llevaban en volandas, sus cuerpos informes y abotargados avanzando de puntillas sobre el pavimento, obedeciendo las órdenes de la Colmena sin un titubeo. Esclavo y señor.
—¿Dónde vais? —la voz del Dador de Vida sonó hueca, estrangulada.
—Dice la Colmena que la desafiaste, que no estás preparado para la simbiosis. El proceso debe detenerse y la humana debe morir —Alpha y Épsilon, Gamma y Beta habían hablado a cuatro voces, con todo el desdén que sus mentes obcecadas eran capaces de concebir; y era en verdad un desdén casi infinito, un desdén fruto del sacrificio, del autoengaño, de la mutilación. Todo el odio que aquellos necios deberían dirigir hacia la Colmena, lo derivaban ahora hacia aquel Loo pecador, culpable del mayor de los crímenes, el de no doblegarse ante la suprema divinidad, el de atreverse a pensar por sí mismo en una biosociedad donde la individualidad había sido sacrificada en aras del bien colectivo, de la visión mesiánica de un dictador y un loco.
—Dejad libre a la mujer —dijo el Dador de Vida—. Yo soy el criminal. Ella es inocente.
—No puede ser —sentenciaron Alpha y Épsilon, lacónicos.
—¡Obedecedme! —chilló el Dador de Vida.
Pero antes de que pudiera hacer nada, todo había terminado. Los gemelos dejaron a la mujer en su lecho y le miraron con desprecio. Alpha alargó entonces una de sus zarpas y la introdujo en las entrañas de Mary Jane. La muchacha vaciló, suspiró, soltó un barboteo y en sus labios se dibujó una sonrisa. Había dejado de sufrir. Al cabo, Alpha, extrajo alguna cosa del interior de la muchacha, esparciendo con su gesto diversos órganos amputados en varias direcciones. El dador de Vida pudo ver, estremecido, que los intestinos y el hígado caían a sus pies. Impasible, Alpha descargó el músculo sobrante sobre la mesilla de noche.
—Ni siquiera un humano puede vivir sin corazón —dijo Alpha, esta vez sin la compañía de la voz de su alter ego Épsilon. El Loo miró a su izquierda y descubrió la zarpa ensangrentada de su enemigo, de la que comía el propio Épsilon con su pico ganchudo.
—Os estáis comiendo su corazón —dijo el Dador de Vida—. Sois unos monstruos.
—La Colmena sabe lo que hay que hacerse. Tenemos que sobrevivir —terciaron Gamma y Beta.
—No a este precio —dijo el Dador de Vida, removiendo la cabeza.
—A cualquier precio —sentenció Alpha.
El Dador de Vida permaneció inmóvil. No fue capaz de acudir en auxilio de la muchacha. De nada hubiera servido tampoco; ellos eran dos, en realidad cuatro, y mucho más fuertes, mejorados por la terapia génica y la simbiosis. La dejó morir consciente de su propia miseria y su cobardía, pero también de la ajena, mientras la parte Cutt de cada simbionte picoteaba el corazón de Mary Jane y la parte Loo rechinaba los dientes, como si fuese a abalanzarse sobre él y devorarle a su vez con un feroz mordisco.
—Me acuerdo bien del mundo Cutt —dijo de pronto el Dador de Vida, demudado, dejando que su mente vagara libremente. No tardó en darse cuenta de a dónde conducían sus pensamientos.
—¿Si? —dijeron a coro Épsilon y Beta, saltándose el protocolo de la simbiosis y hablando como lo que eran, como dos hermanos nacidos en la misma tierra. Del pico de Épsilon colgaban todavía dos jugosos pedazos de carne bañados en linfa. Alpha, su pareja Loo, hizo rechinar aún más los dientes en su enorme boca.
—Era un mundo ambarino oscuro, extrañamente hermoso —dijo el Dador de Vida.
—Sí, sí… —dijeron los Cutt, batiendo sus alas iridiscentes.
—Y todo aquel viento.
—El viento, sí…
—La superficie del planeta era completamente inhabitable, vestigio de antiguas guerras y desastres naturales que asolaron su faz. Corría una ventisca terrible, de más de quinientos kilómetros a la hora, soplando en todas las latitudes, desde el ecuador a los polos. Volcanes muy activos, grandes corrientes de lava solidificada y todas aquellas grandes fallas tajando su corteza.
—Terrible, sí… Hermoso, sí. Naturaleza agreste y hermosa, sí.
—Por eso vuestro pueblo huyó a la primera capa de la atmósfera, donde los vientos se estancaban, y construyeron allí vuestras ciudades-nido.
—Ciudades-nido… hermosas. Céfiro, Aura, Éter… Antiguas y hermosas capitales, sí.
—Cuando llegamos vuestra civilización estaba en decadencia. Las ciudades-nido en ruinas. Los Cutt aprendisteis a sobrevivir de cualquier forma, hicisteis una regresión al salvajismo.
—Sangre, canibalismo, muertes, sí. Gloria pasada, sí.
—Y, sin embargo, casi la mitad de las simbiosis que se han culminado de forma digamos exitosa, aunque imperfecta, más de sesenta en realidad, son entre Loo y Cutt. La civilización más atrasada y bárbara que hemos hallado desde el principio de nuestro viaje es la más afín. Eso debería haceros una idea del tipo de sociedad en la que nos estamos convirtiendo, del tipo de sociedad a la que aspira la Colmena. ¡Maldita puta desequilibrada!
—¡No digas su nombre en vano! —bramó Alpha, dando un paso al frente y arrastrando a Épsilon con él, todavía soñando el Cutt con su mundo natal, perdido en figuraciones teñidas de violentas corrientes de aire y llamas incandescentes.
—Yo soy libre, Alpha —dijo el Dador de Vida—. Hago lo que me viene en gana y sólo respondo ante mi conciencia.
Pero Alpha se detuvo. No añadió nada más. No se abalanzó sobre él para aprehenderle o hacerle callar. Incluso dio un paso atrás, desandando sus anteriores intenciones. Sin duda la Colmena le estaba susurrando calma en su pantalla, le estaba diciendo hasta qué extremo llegaba la locura del Dador de Vida. No debían ofenderle, no debían contrariarle. Sólo debían esperar. Todo acabaría pronto.
—Esa mujer, ese espécimen humano era mi pareja simbionte soñada —dijo el Dador de Vida, casi en un sollozo—. Así como vosotros, los Loo, os habéis convertido en monstruos, en adeptos sectarios, devotos que sólo actúan a través de clichés desgajados de la paranoia doctrinal que os regurgita la Colmena, y por eso los Cutt encajaron tan bien con vuestra nueva naturaleza bestial, yo aspiro a ser libre, a escapar, a soñar al menos con que puede hacerse, maldita sea. Ella me hubiese completado y ya nunca estaría sólo. Por eso escogí a los humanos, y de entre los humanos a la mujer, y de entre las mujeres a las prostitutas, porque ellas no sólo entenderían el dolor al que nos condena la Colmena sino mi propio dolor y la soledad terrible a la que he condenado a mi alma por no poder entregarme a la necedad y anularme como hacéis todos. Las elegí porque ellas, las prostitutas, saben soñar; a ellas, en este mundo, sólo les dejan la ensoñación pues la sociedad la usa y las desprecia, las necesita pero las estigmatiza. Mary Jane me hubiese comprendido con el tiempo. Mary Jane me hubiese completado.
El dador de Vida rompió por fin a llorar, y dos gruesas lágrimas cayeron por su cráneo alargado y escamoso. Dos lagrimas imposibles para un Loo pero no para un humano.
—Pero pequé, pequé de soberbia y me creí mejor que todos vosotros, tan débiles, tan aterrorizados; mejor que la Colmena, tan enferma, tan suficiente, tan necesitada de amor que nos obliga a adorarla hasta la perversión. Y no supe ver mi propia debilidad, mi propio terror, mi enfermedad, mi suficiencia y mi inextinguible necesidad de amor. Ahora entiendo de verdad el pecado del que hablan los humanos. Ahora veo que me he convertido en un monstruo, no en el monstruo que trata de “nanofacturar” nuestro amo y señor sino en otro tipo de monstruo. Y un monstruo no es mejor que otro monstruo, una aberración no es mejor ni peor que otra. Es pura y simplemente aberración.
Los gemelos, obedeciendo órdenes, seguían en silencio. Tal vez ni siquiera escuchaban ya. Mary Jane, obscenamente apedazada sobre el lecho, recordaba al Dador de Vida su error, su rebeldía mal encaminada, el sacrificio de otro inocente que había tenido lugar a su costa y sin razón alguna que lo justificase.
—Perdóname, mi joven amiga.
Mary Jane yacía semidesnuda sobre el jergón, el cuerpo y la cabeza inclinados hacia la izquierda. Las piernas estaban separadas, el muslo izquierdo en ángulo recto con el tronco y el derecho formando un ángulo obtuso sobre el pubis. Toda la superficie del vientre y los muslos había sido levantada, y la cavidad abdominal, vaciada de vísceras por Alpha. Los pechos habían sido arrancados, los brazos mutilados por diversas heridas incisas y los tejidos del cuello partidos integralmente hasta el hueso por donde habían sido introducidos los nuevos órganos respiratorios y la pantalla branquio-táctil que la habría unido a la Colmena para siempre.
—Oh, mi dulce niña —el Dador de vida pasó una mano por su rostro, una vez tan hermoso, al que los NeM habían cuarteado con saña por mejorar las prestaciones de sus órganos, vista y oído fundamentalmente, tal vez acaso para modificar su forma y sus estructura con algún implante facial, para lo que habían eliminado parcialmente nariz, mejillas, cejas y orejas.
—Mira lo que te han hecho esos malditos NeM, amada mía. Mira lo que te he hecho yo al escogerte en esa sucia taberna.
Y entonces el último Loo genuino, un Dador de Vida, cogió su implante, su nexo con la Colmena y con todo cuanto había sido en los últimos cincuenta años, y tiró de él con todas sus fuerzas.
11.
—¡No, hijo mío! ¡No lo hagas!
—Es tarde, Colmena. Me has engañado demasiadas veces. Mi corazón ya no sabría escucharte aunque mi mente se lo ordenase.
—Pero hijo, podemos llegar a un entendimiento. Entra en razón y todas tus faltas, todos tus errores serán olvidados.
—¿Mis faltas? ¿Mis errores? ¿Y los tuyos?
—Dador de Vida, yo puedo perdonar si tú me perdonas, pero no esperes que el mundo cambie por ti.
—¿El mundo? ¿Qué mundo?
—La Colmena es tu mundo. Regresa a ella, regresa a mí y yo te daré la bienvenida de nuevo con los brazos abiertos.
—¡Oh, cállate de una vez, zorra mentirosa!
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