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Relato Ciencia Ficción: Sugar Town
La verdad es una agonía ya interminable.
La verdad de este mundo es la muerte.
Hay que escoger: morir o mentir.
Louis Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche
Por Carlos Sáez Pla

Relato Ciencia Ficción - Sugar Town El humo de mi último cigarrillo subía por el aire viciado de mi despacho. Parecía una de esas bailarinas de strip-tease que bailan en los garitos de la parte baja de la ciudad, cerca de los muelles. Luces de neón inauguraban la noche con sus sorprendidos parpadeos de colores brillantes.
El resultado de mi ataque de frustración se encontraba diseminado sobre la moqueta en forma de papeles arrugados, cristales rotos y otras baratijas sin valor. Una botella de bourbon, un vaso sucio y una pistola era lo único que quedaba sobre mi mesa. Miré aquel pequeño holocausto laboral y sólo pude pensar que tenía sucios los cristales de las gafas.
Al otro lado de la puerta mi secretaria, Patty, corría de un lado a otro seguida del ruido de sus largos tacones golpeando el suelo forrado de madera. Simulaba hablar con mi madre por teléfono. La buena de Patty, en voz alta, preocupándose de que yo me enterara bien. Repitiendo las supuestas frases desconsoladas de mi madre al otro lado de la línea. Si supiera, la buena de Patty, que mi vieja debía estar haciendo la calle en los callejones del centro, con los brazos llenos de marcas de agujas y más productos químicos que sangre corriendo por sus venas....
El hecho de que sólo hubiera podido descargar mi ira sobre cuatro mamarrachadas ridículas y baratas resultaba ser el mejor reflejo de mi decadencia. Casi podía ver cómo la inmensa avalancha de fracaso que se cernía sobre mi vida aumentaba su velocidad en mi dirección.
Mi vaso mientras tanto reclamaba otro trago de bourbon, y como soy un tipo sensible no podía decepcionarlo.
Me había tomado el reciente aumento de mis dosis diarias de alcohol como una cuestión de supervivencia: hacía tres semanas que habían cortado la calefacción por falta de pago, así que la única opción de calentar el cuerpo era ésta.
En fin, otra miseria que enterraba bajo litros bourbon. No estaría sola, desde luego. La vida no había tardado en enseñarme la receta para tocar fondo: lo único que tienes que hacer es perseguir un sueño. Eso te asegura el fracaso. Los sueños son como apostar en las carreras de caballos; sólo aquellos que tienen suerte o un buen soplo las ganan. El resto tiene que conformarse con romper el billete — uno de tantos en un suelo lleno de billetes rotos — y tomarse una copa de lo que sea junto a otros perdedores apoyados en la barra de un mugriento bar lleno de humo y olor a meado.
Patty seguía hablando. Tardé un instante en darme cuenta de que no continuaba con su farsa telefónica, sino que se dirigía a mí.
—Cariño, ¿estás bien? —Patty debía ser la única mujer que alguna vez me había llamado cariño sin ser una puta—. Te estás comportando como un tonto. Todo se arreglará. Abre la puerta. Invítame a un trago de ese maravilloso bourbon que tienes escondido en el fichero.
No pude evitar una sonora carcajada. Llevaba más de tres meses pensando que la engañaba, bebiendo a escondidas, asegurándole que lo había dejado... y ella sabía perfectamente dónde tenía escondido mi bar privado.
La silla crujió ruidosamente cuando me levanté. Las sirenas sonaban en la calle. Había que pegarle un par de patadas a la puerta para que el cerrojo se animara a volver a su posición inicial. Patty soltó un gritito al otro lado.
—¿Qué hay, Patricia? —dije, volviendo a la mesa con paso cansino. Mi garganta estaba seca, y la pregunta salió de la misma manera. Ella se limitó a quedarse en la entrada de la oficina, apartando con su mano el humo que escapaba manoseando su vestido. Echó una rápida mirada al interior de la oficina.
—¿Has empezado la fiesta si mí? —me preguntó al fin, echando a andar. Su intento de guardar las formas era realmente loable. Sólo su mirada, fija en el arma que había sobre la mesa, denunciaba su preocupación—. Veo que sólo hay un vaso en tu mesa.

Relato Ciencia Ficción - Sugar Town —Sí, así es —acaricié las cachas de la pistola — Un solo vaso, una sola pistola, y una sola bala. Tengo más vasos, y más balas si quieres…
—Me conformaré con otro vaso, gracias —dijo mientras se acercaba felinamente a mi mesa.
Saqué otro vaso del fichero y lo puse junto al mío. Patty aprovechó mi ausencia para ocupar mi asiento, buscando alguna manera de echarle mano a la pistola. Llené ambos vasos y le tendí el suyo a Patty. Por un instante, su mano acarició la mía. Bajo la grasienta luz de la lámpara de mi oficina el alcohol parecía aún más oscuro y deprimente. Ambos apuramos el trago de un solo golpe.
—Maldita sea, jefe —gruñó, limpiándose unas gotas de bourbon que caían por su barbilla— ¿Qué matarratas has comprado?
—Fuerte, ¿eh? — me serví otra copa, y acabé con ella al instante—. El más barato y el más fuerte. Prefiero una muerte lenta con tragos rápidos... —los ojos de Patty pasaban a la velocidad de un rayo de la botella a la pistola—. Deja de mirar a la pistola, Patricia. Sabes que nunca lo haría. Incluso la opción de la muerte es demasiado jodida para un perdedor como yo.
Pareció cobrar vida . Cogió la pistola y miró el tambor. Vacío. Siempre lo había estado.
Fuera, el teléfono sonó con ganas.
—Anda, ve a contestar. Tal vez tengamos suerte y sea un cliente. Tal vez pueda pagarte el sueldo este mes—. Patty se levantó elegantemente. Al pasar por mi lado me dio un beso.
—Un beso rápido para un bebedor rápido—. Limpió el carmín de mi cara con un dedo y salió de la oficina con la pistola en su mano.
La desvencijada puerta no cerró a la primera y Patty tuvo que dar un portazo.
Me quedé solo.
Arruinado y sin chica.
En la calle, la vida continuaba sin prestarme atención.
Los oídos empezaron a zumbarme; siempre empezaba de aquella manera. Me senté con cuidado de nuevo en la silla, esperando que la vuelta fuera lo más suave posible. Si aprendes a disfrutarlos, los momentos previos al traslado son para recordar. Poco a poco, la habitación empezó a disolverse ante mis ojos. Las formas se alargaron, como si estuviera ante un cuadro cuya pintura se deslizara lentamente hacia el suelo. La voz de Patty al teléfono se distorsionó gradualmente y murió en una letanía ininteligible en un mundo de crecientes tinieblas.

I got some troubles but they won't last
I'm gonna lay right down here in the grass
And pretty soon all my troubles will pass
'cause I'm in shoo—shoo—shoo, shoo—shoo—shoo
Shoo—shoo, shoo—shoo, shoo—shoo Sugar Town
I never had a dog that liked me some
Never had a friend or wanted one
So I just lay back and laugh at the sun
'cause I'm in shoo—shoo—shoo, shoo—shoo—shoo
Shoo—shoo, shoo—shoo, shoo—shoo Sugar Town
Yesterday it rained in Tennessee
I heard it also rained in Tallahassee
But not a drop fell on little old me
'cause I was in shoo—shoo—shoo, shoo—shoo—shoo
Shoo—shoo, shoo—shoo, shoo—shoo Sugar Town
If I had a million dollars or ten
I'd give to ya, world, and then
You'd go away and let me spend
My life in shoo—shoo—shoo, shoo—shoo—shoo
Shoo—shoo, shoo—shoo, shoo—shoo Sugar Town
la—la—la—la
Sugar Town, Nancy Sinatra

La realidad aparece ante mis ojos con suavidad, acunada en el tranquilizador zumbido del Centro de Reinserción. Alguien me ha puesto un filtro oscuro sobre los ojos y me susurra "cuidado con la luz, puede cegarle". A mi alrededor una docena de técnicos deben de estar apresurándose a ayudar a los demás en sus traslados.
Respiro profundamente y trato de relajarme.
La mente debe regresar antes que el cuerpo.

Relato Ciencia Ficción - Sugar Town Recuerdo las palabras del instructor. A muchos de nosotros la preparación para los traslados nos sorprendió en la adolescencia y todavía nos resulta difícil controlar sus efectos. Afortunadamente esto ha cambiado, y los Cursos de Introducción a los Traslados son una de las asignaturas fundamentales para poder obtener un Permiso de Vida Básico.
Yo no recuerdo a nadie que no haya conseguido superar el curso básico.
Somos doce en esta habitación, pero en el edificio hay miles iguales a la que nos acoge. Cuadrados perfectos dentro del enorme cubo acristalado del Centro de Reinserción, la construcción más grande de cada una de las ciudades de Europa.
Consciente plenamente de nuevo, retiro el filtro de mis ojos y trato de incorporarme. Una aguda punzada de dolor cruza todo mi cuerpo desde el cuello. Siempre olvido la aguja, aquella aguja de unos diez centímetros que se introduce en la carótida bajo mi mandíbula.
Las sustancias que se les administran estimulan, mediante una combinación de drogas que sólo la Fed conoce, el lóbulo frontal de su cerebro.
Mi asistente personal hace su trabajo con una eficacia realmente asombrosa. Sus dedos masajean la zona durante unos segundos, haciendo que el dolor se disipe, convirtiéndolo en un ligero hormigueo que resulta agradable. De eso se trata, al fin y al cabo. De estimular nuestros miedos. De experimentar esos miedos durante unos minutos como si fueran reales. Los universos personales de sufrimiento a los que regularmente nos tenemos que enfrentar son más efectivos que cualquiera de las drogas que nuestros antepasados consumían para olvidar la realidad. Se trata de despertar al mundo y darse cuenta de lo terrible que sería nuestra vida si la Fed no estuviera con nosotros; guiándonos, cuidándonos.
Días antes del traslado había tenido una discusión con mi mujer por cualquier estupidez, ahora ni siquiera puedo recordar el motivo. Durante ese tiempo mi utilidad laboral y mi compromiso social se redujeron casi al mínimo. Yo mismo pude comprobarlo en las gráficas de rendimiento que me mostraron en las dependencias de la Corporación Social, durante el examen previo a la adjudicación de una fecha para el traslado.
Ya no existe el dolor ni la pena, porque el dolor y la pena sólo existen en los traslados.
No tener al lado a nadie, no tener dinero para pagar la calefacción... Un escalofrío recorre mi espalda. Benditos traslados. Despiertas como un hombre nuevo, como un hombre mejor. Sí, benditos traslados.
Sólo el rítmico pinchazo de los nanobots que cauterizan el orificio de tres milímetros que la aguja deja tras de sí hace que me dé cuenta de que ya puedo irme a casa. Salto de la camilla y empiezo a vestirme con calma, disfrutando otra vez de aquella atmósfera limpia, estéril, segura. Antes de abandonar la sala, mi asistente se encarga diligentemente de implantar bajo mi párpado un nuevo chip de identificación y de reprogramar mi tarjeta de Servicio Público de la Corporación Social.
El compromiso con La Fed va más allá de la vida y la muerte. Es lo mínimo que podemos hacer.
Salgo de la habitación. Todo el edificio zumba levemente. Hace frío. Grupos de niños y niñas avanzan en orden por los pasillos. Se empiezan a formar filas frente a las consolas; gente que ha vuelto de sus traslados y quiere consultar sus tarjetas de Servicio Público. Espero mi turno pacientemente hasta que uno de los terminales queda libre: la notificación del Depósito de Selección Germinal aparece en rojo en la pantalla.
Deseo ver a mi mujer y explicarle que cualquiera que hubiera sido el motivo por el que discutimos no tiene sentido. Mejor olvidarlo. Nos tenemos el uno al otro, y una bonita casa con calefacción.
Pero antes tengo que donar esperma.
La selección natural es chapucera e ineficaz

Relato Ciencia Ficción - Sugar Town El DSG está en el piso treinta y cinco. Los ascensores se agrupan en torno a una enorme columna central a la que se accede por una delgada pasarela de acero y cristal. Cuatro hombres salen de uno de ellos con sus tarros ya llenos. Me saludan con alegría, sin preocuparse de que su preciosa carga se bambolee de un lado a otro.
A nuestra espalda, uno de los niños hace un comentario obsceno con relación a los recipientes que podría tragarse la madre de uno de sus compañeros. Inmediatamente aparecen varios miembros del Cuerpo de Información Oficial y se apresuran a tomar todos sus datos y hacerle una foto. Mañana aparecerá en el listado de delincuentes en todos los periódicos junto a violadores, asesinos, estafadores y ladrones.
La prevención es uno de los pilares básicos de la Fed.
De camino al DSG paso por el Centro de Maternidad. Descubro que hay dos cunas con mi código de ciudadano desfilando por la pantalla. Probablemente este año tengamos suerte, mi mujer y yo. De momento, esas asignaciones de mi esperma serán para alguna pareja que pueda garantizar al niño un entorno económico y moral sin fisuras. Nosotros no pudimos superar el test de idoneidad.
Una vez en mi destino, me entrego a la tarea de derramar todo lo que pueda dentro del bote de plástico que han dejado para mí en la estantería.
La selección deliberada hecha por el hombre puede basarse en criterios de salud, inteligencia y felicidad
El vestíbulo del Centro de Reinserción está siempre lleno de gente que entra y sale. El enorme espacio de la entrada está dividido por una gran línea blanca: los que entran tienen asignada la parte izquierda, los que salimos andamos sobre la derecha. Miradas de esperanza y tristeza cruzan de un lado a otro. Las veinticuatro horas del día. Miles de tarjetas de asignación de Traslado se deslizan con un susurro en las Consolas de Bienvenida. Sólo hay que esperar unos segundos para que una ficha de plástico con un número te indique qué Sala de Traslado te espera varios pisos por encima.
Mi mujer está sentada en uno de los sillones situados frente al ascensor. Sostiene su cabeza entre las manos, ocultando el rostro. Una lágrima se desliza por su brazo, brillante bajo la luz de los focos. Sus hombros se sacuden ligeramente. Una joven rubia vestida con el uniforme de los Corps se acerca a ella con un vaso de plástico y se lo ofrece con una amable sonrisa. Las manos de mi mujer tiemblan, y parte del líquido que contiene el recipiente se derrama.
Me acerco a ella.
No tenemos que hablar. Ya no es necesario.
Salimos cogidos de la mano hacia nuestra vida real. Todo volverá a ir bien a partir de ahora. Seremos ciudadanos modelo, orgullosos de la Fed.
Y si no, siempre nos quedan los traslados. Benditos traslados.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2006