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Librería de Zoe: Consecuencias Naturales
El teniente Andrade va a tener un bebé.
Por Juan Carlos Pereletegui

Librería de Zoe - Consecuencias Naturales —¡Ya salió la feminista! —exclamé al ver el libro que Zoe había preparado para mí en aquella ocasión.
—¡Ya salió el machito que solo sabe pensar con las pelotas! —contraataco Zoe— ¿Lo has leído?
—Eh... no, en realidad no, pero me han hablado de él y sé que los hombres no salimos demasiado bien parados.
—Ciertos hombres no salen demasiado bien parados —puntualizó Zoe—, es cierto, pero Elia es demasiado inteligente como para confundir la parte con el todo y si tienes amigos que se hayan sentido ofendidos por este libro... mejor cambia de amigos, no sea que se te pegue algo.
»Todo arranca de una situación que ha servido de argumento para tantas historias que resulta manido —explicó Zoe—: el don Juan, la muchacha, algunas mentiras, una noche de pasión y un embarazo no deseado.
»Sólo que la muchacha es extraterrestre y su sistema reproductor hace que quien se quede embarazado sea el don Juan, el teniente Nico Andrade en nuestro caso, cuyas mentiras acaban volviéndose en su contra.
Ojeé el libro fijando la vista en las páginas, para disimular mi confusión. Los que me habían hablado mal del libro era personas, hombres, cuya actitud hacia las mujeres me incomodaba. Conquistadores impenitentes con mano para llevarse a la cama a la mujer sobre la que pusieran el ojo y absolutamente indiferentes a las consecuencias.
Me fijé en un párrafo que alguien había subrayado, Zoe probablemente: «Era muy agradable tener compañía en la cama cuando uno estaba despierto, pero una vez zanjada la cuestión primordial, lo correcto era que la chica tuviera el buen gusto de marcharse a su propia cama y lo dejara descansar a sus anchas.»
«Y si no la volvía a ver, mejor», no puede evitar el pensamiento, para ese tipo de hombres, una vez logrado su objetivo la mujer pierde todo su interés, se convierte en un trofeo del que alardear en el bar. «Yo no soy así» me dije.
—Pero aplaudes a los que sí lo son y en el fondo, secretamente, les envidias, te gustaría ser como ellos —dijo Zoe.
—¿Cómo? —pregunte descolocado.
Ella sonrió con cinismo.
—Tus pensamientos son tan claros como si estuvieran apareciendo en subtítulos. En realidad es que son poco originales, todos los machos pensáis parecido: con la cabeza reprobáis al galán conquistador que va sembrando el mundo de hijos olvidados pero os recome la envidia... algo que nace de vuestras pelotas os dice que sois inferiores a ese semental y no hay superioridad en ningún terreno que pueda compensar eso.
—¿Y eso es motivo para reprobarnos en grupo? —pregunté mosqueado, al tiempo que sacudía el libro en el aire.
—No, por supuesto que no, tampoco todos los hombres de la novela salen mal parados, en realidad el único con el que Elia se ensaña es con Nico Andrade...
—¿El Don Juan preñado?
—Ese mismo, Andrade es «una especie de homo erectus que, por un capricho del destino, ha nacido en el siglo XXIII, con cierto valor de reliquia, pero poco más. [...] Un hombre que no ama ni respeta nada salvo quizás a sí mismo y eso sólo va por lo del amor, no por el respeto. Un hombre que está acostumbrado a ganar pero sólo porque juega con cartas marcadas. Y una vez que le salen las cosas al revés cree tener derecho a la conmiseración de todo un planeta, si no de dos, y que todo el mundo le dé palmaditas en el hombro y le prometa arreglarle las cosas sin que su ego tenga que sufrir por ello».
»Es cierto que Elia lo vapulea sin compasión —continuo Zoe— y que sólo se apiada de él cuando el propio proceso fisiológico del embarazo, con sus alteraciones químicas y hormonales, le acercan a lo que experimenta una mujer durante ese periodo: aprensión, incertidumbre, dependencia...
—Lo que pasa es que esa situación de partida de la que hablas, tan manida, al invertirse se convierte en grotesca y por mucho que digas que solo carga la tinta contra Andrade, hay tanto potencial para el chiste fácil que al final todo el genero masculino tiene que quedar ridiculizado.
—Te equivocas, Elia no tiene nada contra los hombres ni busca poneros en ridículo, además tiene demasiadas cosas que decir como para perder el tiempo en naderías, sus intenciones son otras.
—¡Ya! Una novela «con mensaje», o sea, un tostón.
—Pues no, o bueno sí, mensaje hay, eso es cierto, pero de tostón nada, la prosa de Elia es tan depurada que lees sin darte cuenta de que estas leyendo, convierte las palabras en herramienta y lo hace con tanta eficacia que su mensaje te cala sin que te des cuenta.
—Suena casi subliminal —no puede evitar parecer sarcástico— ¿Y cual es el objetivo? ¿La Castración Global?
—¡Que brutos que sois! En el fondo no podéis evitarlo, pero no por eso resulta menos patético ver como lo reducís todo al paquete que lleváis entre las piernas.
»La cuestión que «Consecuencias naturales» pone encima de la mesa es qué, por mucho lenguaje políticamente correcto que nos impongamos y por mucha igualdad funcional que logremos, el hecho de la maternidad, el saber que se acarrea con la responsabilidad de la procreación y del mantenimiento de la especie, condiciona el punto de vista femenino sobre nuestro lugar en el orden de las cosas, igual que el saberse libre de esta carga condiciona el masculino.
—¡Claro! Y ahora me dirás que no habrá igualdad hasta que los hombres den a luz.
—Andrade se queda embarazado —replicó Zoe— y no hay ni una sola referencia en toda la novela a que eso suponga una diferencia sustancial en términos de igualdad.
»En la sociedad de Andrade se ha desarrollado la tecnología médica que permite a un hombre quedarse embarazado, si lo desea, y eso tampoco parece aportar nada en términos de acercar los puntos de vista entre hombres y mujeres en lo realmente importante: cómo nos vemos a nosotros mismos y como vemos nuestro papel y nuestra responsabilidad en la conservación de la especie.
—¡Es que nuestros papeles son diferentes! —protesté—. La naturaleza nos dio a nosotros una función y a vosotras otra y eso no se puede ignorar ni cambiar, no sin dejar de ser lo que somos.
—¿Qué no se puede cambiar? ¡Claro que se puede! ¡Se debe cambiar! Para empezar, tenéis que superar la soberbia y el orgullo que os produce ser vosotros quienes penetráis a la mujer. Ese detalle funcional, casi ingenieril, os llena de vanidad y arrogancia, hasta el extremo de que consideráis vuestro pene como un arma destinada a humillar a la mujer.
—Ahora te estás pasando tres pueblos... parece mentira que seas tu quien dice esas cosas... sabiendo lo que te gusta esa parte de nosotros, precisamente esa...
—Claro que me gusta, pero no es esa la cuestión.
—¿Cuál es entonces?

—La cuestión es que en el fondo más recóndito de todo hombre existe la seguridad de que él puede violar a una mujer pero que ninguna mujer puede violarle a él. Ninguna mujer puede abrirse paso en su carne, contra su voluntad, para depositar dentro de él una semilla que cambie su vida para siempre.
»Si perdierais esa seguridad, si os sintierais tan vulnerables como nos sentimos las mujeres, eso sí que acercaría vuestro punto de vista al nuestro.
—¿Eso es lo que les pasa a los hombres? En la novela quiero decir...
—Bueno, algo de eso hay, creo recordar una frase... sí, escucha: «Y además, gracias a nuestro héroe aquí presente, el teniente Nicodemo Andrade, los xhroll han aprendido que es posible preñar a un hombre, quiera o no quiera; que es posible violar.»
Sentí una especie de ahogo momentáneo... a cuantos de aquellos amigotes míos no habría oído yo decir «a mi lo que me gustaría es que me violara un batallón mujeres ninfómanas»... si supieran que podían quedarse preñados, que muy probablemente quedarían preñados a poco que coincidieran un par de factores, la idea les parecería mucho menos atractiva.
—Ahí ilusiones que pierde brillo ¿eh? —apuntó Zoe, leyéndome el pensamiento una vez más ¿de verdad somos tan transparentes?
»Hay un párrafo realmente lúcido —continuó mi amiga—. Los xhroll tienen un grave problema de natalidad y al descubrir que pueden preñar a los machos humanos, deciden violar a todos los que se encuentran en una estación espacial. Al enterarse de sus planes, la protagonista reflexiona con una claridad estremecedora: «Deja que suceda ¿A ti que te importa? Por una vez estás a salvo precisamente por ser mujer. Deja que violen a los machos. Es un pago mínimo por los milenios de dolor y humillación que hemos sufrido nosotras. Eso puede hacer más por la igualdad de lo sexos que todas las buenas palabras que han sido pronunciadas en los últimos tres siglos. Deja que sufran en carne propia lo que nosotras hemos sufrido a lo largo de la historia, que por una vez sean ellos los que lloren, los que se vuelvan locos de asco y terror, los que tengan que bajar los ojos para pedir justicia.»
—Los que tengan que bajar los ojos para pedir justicia— repetí, sinceramente conmovido.
—¿Duele verdad? Pues aun hay más: «Era dudoso que el Gobierno Central tomara represalias por la violación de setenta oficiales femeninos pero si se trataba de la abominable humillación de doscientos miembros masculinos de la Flota Mundial Terrestre, la cosa podía ser muy distinta».
»Sabes que es cierto... la violación de las mujeres provocaría protestas, amenazas y palabras grandilocuentes, pero en el fondo se consideraría un acto de guerra demasiado habitual como para considerarlo fuera de lo normal, incluso aunque hubiera mujeres participando en la toma de decisiones... pero ¡ay! La violación de doscientos hombres... ¡Qué atrocidad! ¡Qué monstruosidad! Eso es un «causus belli» con todas las de la ley.
Volví a pasar las páginas del libro.
—Está bien, lo leeré con la mente libre de prejuicios... quizá haga cambiar mi “punto de vista masculino”
Zoe se rió divertida.
—Harían falta cien mil libros para lograr eso, pero léelo... no te hará daño y quién sabe...
—Por cierto, ¿no has tenido ninguna historia relacionada con este libro?
Esta vez la sonrisa de Zoe fue luminosa.
—La verdad es que sí, era un tipejo muy machito, a lo Andrade, que estaba todo el día dándome la vara... al final le dije que se leyera el libro y le di buenas esperanzas de lograr sus propósitos si lo hacía.
—¿Y se lo leyó?
—Lo hizo, lo hizo... cuando le volví a ver parecía un tanto confuso y cuando le dije que en realidad yo era un ari-arkhj xrohll, en misión de incógnito en la Tierra... puso ídem por medio y hasta hoy.
—¡No me irás a decir que se lo creyó!
—Supongo que no, pero me temo que el resquemor de que hubiera una remotisima posibilidad, por inexplicable que fuera, le hizo pensárselo mejor.
»Ya te digo que vuestro punto de vista no soporta fácilmente esa idea.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2006