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Ciclo Robert E. Howard: El Señor de Samarcanda (II)
“Hemos estado ambos sobre la hierba,
Y nunca un ojo vio,
Que he arracimado para ti, cadáveres y caídos;
Pero tu espada me traspasará”

Balada de Otterbourne
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (II) Capitulo 2
De nuevo el sol estaba brillando, esta vez sobre un desierto, reflejándose en las agujas y minaretes de la ciudad azul. Ak Boga hizo cabalgar su montura hasta la cima de una cuesta y se sentó inmóvil por un momento, suspirando profundamente absorto ante esa vista tan familiar, aquella maravilla que nunca decaía.
«Samarcanda», dijo Ak Boga.
«Nosotros nunca hemos cabalgado tan lejos», respondió su compañero. Ak Boga sonrió. Las ropas del tártaro estaban polvorientas, su malla estaba deslustrada, su cara un tanto demacrada, aunque sus ojos aún brillaban. Los reciamente cincelados rasgos del escocés no se habían alterado.
«Estás hecho de acero, bogatyr», dijo Ak Boga. «El camino que hemos seguido podría haber desgastado a un mensajero de Genghis Khan. ¡Y por Erlik, Yo, que me he criado sobre una silla de montar, soy el más cansado de los dos!».
El escocés, sin hablar, miró fijamente las distantes agujas, recordando los días y noches de aparente cabalgar sin final, cuando se había dormido con el balanceo de la silla, y todos los sonidos del universo habían muerto bajo el tronar de los cascos. Había seguido a Ak Boga sin preguntar: a través de hostiles colinas donde evitaron caminos y acortaron a ciegas a través de las tierras salvajes, sobre montañas donde gélidos vientos cortaban como el filo de una espada, sobre extensas estepas y desiertos. Él no había preguntado cuando Ak Boga había relajado la vigilancia, diciendo que estaban fuera de un terreno hostil, ni cuando el tártaro empezó a parar en las postas de la cuneta del camino donde altos hombres oscuros con yelmos de hierro les dieron monturas frescas. Incluso entonces no hubo decaimiento en su precipitado ritmo: una rápido trago de vino y pequeño refrigerio, ocasionalmente un ligero interludio de sueño, sobre un montón de pieles y capas, y entonces otra vez el golpeteo de los cascos a la carrera. El franco sabía que Ak Boga estaba llevando las noticias de la batalla a su misterioso señor, y se preguntaba por la distancia que habían recorrido entre la primera posta donde caballos ensillados les esperaban y las azules agujas que marcaron el final de su trayecto. Grande era la distancia desde la frontera del señor llamado Timur el cojo hasta el corazón de su reino.
Habían cubierto la vasta extensión del país en un tiempo que el franco habría jurado imposible. Se sentía ahora molido por esa terrible cabalgata, pero no dio señales externas. La ciudad brillaba bajo su mirada atenta, mezclándose con el azul de la distancia, de tal manera que parecía parte del horizonte, una ciudad de ilusión y encantamiento. Azul: los tártaros vivían en una ancha y magnífica tierra, pródiga en contraste de colores, y el que prevalecía sobre ellos era el azul. En las agujas y cúpulas de Samarcanda se reflejaban los tonos de los cielos, las lejanas montañas y los lagos de ensueño.
«Has visto tierras y mares que ningún franco ha contemplado», dijo Ak Boga, «y ríos y aldeas y caminos de caravanas. Ahora te sorprenderás bajo la gloria de Samarcanda, que el señor Timur encontró como un pueblucho de ladrillo seco y ha convertido en una metrópolis de piedra azul y marfil y mármol y filigrana de plata».
Ambos descendieron a la planicie y se mezclaron en su camino con caravanas de camellos y recuas de mulas cuyos guías vestidos con sayos gritaban incesantemente; todos se dirigían a las puertas turquesas, cargados de especias, sedas, joyas y esclavos, mercancías y extravagantes ornamentos de la India y Cathay, de Persia y Arabia y Egipto.

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (II) «Todos los caminos del este conducen a Samarcanda», dijo Ak Boga.
Pasaron a través de las enormes puertas con incrustaciones de oro donde altos lanceros gritaron bulliciosos saludos a Ak Boga, quien les respondió en voz alta, girándose en su silla y golpeando la malla de su muslo con la alegría de la vuelta a casa. Cabalgaron atravesando las anchas y sinuosas calles, pasaron palacios, mercados y mezquitas, bazares atestados con la gente de cientos de tribus y razas, haciendo trueques, discutiendo, gritando. El escocés vio árabes con cara de halcón, saltarines y aprensivos sirios, gordos y pálidos judíos, indios con turbante, lánguidos persas, andrajosos aunque pavoneantes y suspicaces afganos, y más razas desconocidas; figuras del norte y el este; achaparrados mongoles con anchos e inescrutables rostros y con un balanceo al andar debido a una vida sobre las sillas de montar; cathianos de ojos rasgados con túnicas de ondulante seda; altos y pendenciaros viguros; kipchakos de caras redondas; kirghizs de ojos estrechos; un montón de razas de cuya existencia en el oeste no tenían conocimiento. Todo oriente flotaba como una corriente impetuosa a través de las puertas de Samarcanda.
El franco estaba cada vez más maravillado; las ciudades del oeste eran cobertizos comparadas con esto. Pasó escuelas, bibliotecas y pabellones del placer, y Ak Boga giró por una ancha puerta, guardada por leones de plata. Allí dejaron sus monturas en manos de unos mozos con fajines de seda, y caminaron a lo largo de una sinuosa avenida pavimentada de mármol, con delgados y verdes árboles a los lados. El escocés, mirando entre los esbeltos troncos, vio brillantes extensiones de rosales, cerezos y ondulantes frutales exóticos desconocidos para él, entre los que las fuentes surgían en brillantes chorros plateados. Así llegaron al palacio, de reluciente azul y dorado bajo la luz del sol, pasaron entre altas columnas de mármol y entraron en una cámara con sus marcos trabajados en oro y paredes decoradas con delicadas pinturas de artistas cathianos y persas, y estambres de oro y plata trabajados por artistas indios.
Ak Boga no se paró en el enorme recibidor con sus esbeltas columnas de piedra y frisos trabajados en oro y turquesas, sino que continuó hasta llegar al inquietante arco de una puerta que se abría a una pequeña cámara con una cúpula azulada, desde la que se veían tras unas ventanas de barrotes dorados una serie de extensas y sombrías galerías pavimentadas en mármol. Allí, cortesanos vestidos de seda tomaron sus armas, y llevándoles de los brazos les dejaron dentro de la cámara, entre las filas de unos mudos gigantes negros con fajas de seda, que sostenían cimitarras de dos manos sobre sus hombros, donde los cortesanos les soltaron los brazos y se volvieron, despidiéndose con voz profunda. Ak Boga se arrodilló ante la figura que estaba en el diván de seda, pero el escocés permaneció sombríamente erguido; ningún homenaje le había sido pedido. Algunas de las simplezas de la corte de Genghis Khan todavía perduraban en la corte de estos descendientes de los nómadas.
El escocés miró fijamente al hombre del diván; éste, entonces, era el misterioso Tamerlán, que había llegado a ser una figura mítica en los señoríos del oeste. Vio un hombre tan alto como él mismo, estrecho pero de huesos fuertes, con unos amplios hombros y el robusto pecho característico de los tártaros. Su cara no era tan oscura como la de Ak Boga, ni esos magnéticos y negros ojos rasgados; y no se sentaba con las piernas cruzadas como hacían los mongoles. Había poder en cada línea de su cuerpo, en su bien marcadas facciones, en el lustroso y oscuro pelo y barba, sin rastro de hebras grises a pesar de sus sesenta y un años. Había algo de turco en su aspecto, pensó el escocés, pero la nota dominante era la dura delgadez lobuna que insinuaba el nómada. Estaba más cerca de sus raíces básicas turanias que de las turcas; mas cerca de los lobunos y viajeros mongoles, que eran sus ancestros.
«Habla, Ak Boga», dijo el emir con su poderosa y profunda voz. «Los cuervos han volado hacia el este, pero no nos ha llegado ninguna noticia».
«Hemos viajado más rápidos que las palabras, mi señor», respondió el guerrero. «Las noticias vienen con nosotros, viajando rápido por las rutas de las caravanas. Pronto los mensajeros, y después los mercaderes y comerciantes te traerán la noticia de que una gran batalla ha sido librada en el oeste, en la que Bayazid ha destrozado las huestes de los cristianos, y los lobos aullaron sobre los cadáveres de los reyes de occidente».

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (II) «¿Y quién es ese que está junto a ti?», preguntó Timur, descansando su barbilla sobre sus manos y fijando sus sombríos y profundos ojos sobre el escocés.
«Un jefe de los francos que escapó a la matanza», respondió Ak Boga. «Sin ayuda alguna el atravesó la batalla, y en su huida se paró a machacar a un señor de los francos que le había estado avergonzando desde hace tiempo. No tiene miedo y sus músculos son de acero. Por Alá, atravesamos el país compitiendo con el viento para traeros las noticias de la guerra, y este franco esta menos exhausto que yo, que aprendí a montar antes que a caminar».
«¿Por qué lo traes a mí?»
«Pensé que podría ser un poderoso guerrero para vos, mi señor».
«En todo el mundo», meditó Timur, «hay escasamente media docena de hombres en cuyo juicio yo confió. Tú eres uno de ellos», añadió brevemente, y Ak Boga, que se había sonrojado, sonrió con deleite.
«¿Puedes entenderme?» preguntó Timur.
«Habla turco, mi señor».
« ¿Cuál es tu nombre, franco?» inquirió el Emir. «¿Y cual es tu rango?»
«Me llamo Donald MacDeesa», respondió el escocés. «Vengo del país de Escocia, mas allá de la tierra de los francos. No tengo rango, ni en mi propia tierra ni en el ejército al que seguí. Vivo de mi ingenio y del filo de mi claymore».
«¿Por qué has venido a mí?»
«Ak Boga me dijo que era el camino a la venganza».
«¿Contra quien?»
«Bayazid, el sultán de los turcos, cuyos hombres llaman el Iluminado».
Timur inclinó su cabeza sobre su poderoso pecho por un momento y durante este silencio MacDeesa escuchó el fresco sonido de una fuente en un patio exterior y la musical voz de un poeta persa cantando con un laúd.
Entonces el Gran Tártaro agitó su cabeza de león.
«Siéntate aquí con Ak Boga sobre este diván junto a mi mano», dijo él. «Te enseñaré como atrapar un lobo gris».
Cuando Donald lo hizo, inconscientemente llevó su mano hasta la cara, y la sintió como si tuviera once años. Irremediablemente su mente voló hasta otro rey y otra corte más ruda, y en el rápido instante que pasó mientras tomaba asiento cerca del Emir, de un vistazo recorrió el amargo camino de su vida.
El joven Lord Douglas, el más poderoso de todos los barones escoceses, era cabezota e impetuoso, y como la mayor parte de los señores normandos, colérico cuando se creía contravenido. Pero no debería haber golpeado al delgado joven montañés que había bajado hasta las tierras de la frontera buscando fama y botín en la tierra de los señores de las marcas. Douglas estaba acostumbrado a usar tanto la fusta de montar como los puños, libremente entre sus pajes y subalternos, y rápidamente olvidaba tanto el golpe como la causa; y ellos, siendo también normandos y acostumbrados al temperamento de sus señores, también lo olvidaban. Pero Donald MacDeesa no era normando, él era gaélico, y las ideas gaélicas de honor e insulto eran tan distintas de las ideas normandas como las salvajes tierras altas se diferenciaban de las fértiles planicies de las tierras bajas. El jefe del clan de Donald no podía golpearle impunemente, así que tal afrenta por parte de un sureño hizo que el odio se apoderara de la sangre del joven highlander como un oscuro río y poblara sus sueños con pesadillas carmesí.
Douglas olvidó el golpe tan rápidamente que no le dio tiempo a arrepentirse. Pero Donald tenía en corazón vengativo de esos tipos salvajes que mantienen los fuegos de la venganza durante siglos y se llevan el rencor a la tumba. Donald era tan completamente celta como sus ancestros dairdarianos que se hicieron con el reino de Alba con sus espadas.
Pero él ocultó su odio y esperó su momento, y éste llegó como el huracán con una guerra fronteriza. Robert Bruce yacía en su tumba, y su corazón, tranquilo para siempre, estaba en algún sitio de España bajo el cuerpo de Douglas el Negro, quien había caído durante el peregrinaje que había de llevar el corazón de su rey ante el Santo Sepulcro. Al nieto del gran rey, Robert II, le gustaba poco el revuelo y la tensión; deseaba paz con Inglaterra y temía la gran familia de Douglas.
Pero a pesar de sus protestas, la guerra extendió sus flamígeras alas a lo largo de toda la frontera y los señores escoceses cabalgaron alegremente en sus incursiones; pero antes de que Douglas marchara, un silencioso y perspicaz personaje fue a la tienda de Donald MacDeesa y le habló brevemente y yendo al grano.
«Sabiendo que el susodicho señor había lanzado escarnios sobre vos, susurré vuestro nombre a aquél que me envía, y en verdad, que es bien sabido que este mismo maldito señor es el que continuamente embrolla los reinos y levanta la cólera y la tragedia entre los soberanos» —dijo en parte, y claramente mencionó la palabra “protección”.
Donald no dio respuesta y la sigilosa persona sonrió y dejó al joven montañés sentado con su barbilla sobre el puño, con la sombría mirada fija en el suelo de su tienda.

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (II) En ese momento Lord Douglas marchó alegremente con sus sirvientes hasta la frontera del país y “arrasó los valles de Tyne, y parte del Bambroughshire, y tres buenas torres en Reidswire cayeron, y él las dejó completamente abrasadas”, y extendió la cólera y la tragedia por toda la frontera inglesa, así que el rey Ricardo envió mensajes de amargo reproche al rey Robert, quien hincó sus uñas con furia, pero aguardó pacientemente las noticias que esperaba escuchar.
Entonces después de una pequeña escaramuza en Newcastle, Douglas acampó en un lugar llamado Otterbourne, y allí Lord Percy, ciego de ira, cayó repentinamente sobre él por la noche, y en la confusión de la refriega que siguió, llamada por los escoceses la Batalla de Otterbourne y por los ingleses la Persecución y Caza, Lord Douglas cayó. Los ingleses juraron que fue muerto por Lord Percy, que ni lo confirmaba ni lo negaba, ya que ni él mismo sabía qué hombres había abatido con la confusión y en la oscuridad.
Pero un herido murmuró acerca de un tartán de las tierras altas, antes de morir, y de un hacha empuñada por una mano no inglesa. La gente fue a Donald y le interrogaron duramente, pero el les gruñó como un lobo, y el rey, tras prender muchas velas en publico por el alma de Douglas, y agradecer a Dios por el fallecimiento del barón en la privacidad de sus aposentos, anunció que “hemos oído de este acoso a un súbdito leal y resultando evidente a nuestros ojos que este joven es tan inocente como nosotros en este caso, advertimos aquí a todas las gentes contra cualquier oprobio sobre su persona bajo pena de muerte”.
De esta forma la protección del rey salvó la vida de Donald, pero las gentes murmuraron entre dientes y le hicieron de lado. Permaneció hosco y amargado en una casucha apartada, hasta que una noche le llegaron noticias de la súbita abdicación del rey y su retiro a un monasterio. La tensión de la vida de un monarca en aquellos tiempos tumultuosos fueron demasiado para el monacal soberano. Bajo la estela de las nuevas, fueron hasta la choza de Donald con dagas asesinas, pero encontraron la guarida vacía. El halcón había volado, y decidieron seguir su pista picando espuelas, pero solo encontraron un caballo reventado en la orilla del mar, y vieron simplemente un bote blanco menguando a la caída del anochecer.
Donald fue hasta el continente porque, con las Lowlands prohibidas para él; no había otro sitio donde ir; en las Highlands tenía demasiados enemigos de sangre; y a lo largo de toda la frontera inglesa le habían preparado el lazo. Esto fue en 1389, y pasaron siete años más de luchas e intrigas en las guerras europeas. Y cuando Constantinopla clamó ante la irresistible avalancha de Bayazid, y las gentes empeñaron sus tierras para lanzar una nueva cruzada, el espadachín montañés había unido la marea que inundaba hacia el este a su destino. Siete años y una huida lejana desde la frontera hasta los palacios de cúpulas azuladas de la fabulosa Samarcanda, reclinado sobre un diván de seda hasta que escuchó las acompasadas palabras que surgían en una tranquila monotonía de los labios del señor de Tartaria.

Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
Continuará…
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2006