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Relato Fantástico: Prognosis Desfavorable (I)
Un misterioso caballero camina por las calles de Londres hacia los barrios bajos. ¿Cuál es su destino? ¿Cuáles sus objetivos? Una historia de suspense y terror, cercana al gore pero también a la fantasía sobre tema científico.
Por Javier Navarro Costa

Relato Fantástico - Prognosis Desfavorable (I)
1.
El Dador de Vida no tenía prisa. Caminaba, alejándose de la Torre de Londres, hacia los arrabales de la gran ciudad, hacia aquella tierra de nadie y de todos (de los humildes y los necesitados) que era el East End. Caminaba, pues, el Dador de Vida, evitando la opulencia de los palacios de inspiración normanda, de la Cámara de los Comunes, de Trafalgar Square y la estatua de Nelson que la presidía, de los nobles y sus casas con jardines de estilo georgiano, y acaso también, o muy particularmente, de los caballeros con chaqué y corbata de seda, que le miran a uno por encima del hombro y pueden ver fácilmente detrás de las máscaras, porque ellos mismo viven agazapados tras de ellas, condenados a perpetuidad a llevar un embozo fatuo y pomposo de hinchados carrillos llamado indiferencia. Ah, el Dador de Vida odiaba aquella actitud flemática, aquel distanciamiento de las clases acomodadas, pero, sobre todo, odiaba la innegable penetración psicológica de éstas, aquel recelo innato del aristócrata hacia cualquier desconocido, que ponía al recién llegado a prueba en todo lugar y en toda situación. Porque el Dador de Vida necesitaba que la máscara que cubría su rostro y que le ocultaba (literal y metafóricamente) no fuese puesta a prueba más de lo necesario. En ello le iba la vida y el éxito de su misión, naturalmente.
Por tanto, aquel hombre que avanzaba sin prisas por el East End londinense y se hacía llamar Richard (que no Dador de Vida), prefería las gentes del arrabal, los inmigrantes pobres llegados de todas partes y muy especialmente de Irlanda, los vientres vacíos que no hacen más preguntas que las necesarias, las miradas ávidas, no las miradas inquisitivas, las gentes que buscaban aprobación y no las que se creen con el derecho de darla o de negarla a su antojo.
Y es que el Dador de Vida tenía mucho que ocultar y de lo que ocultarse, y no necesitaba sino una audiencia cómplice de borrachos y mujeres de mala vida donde bucear a la caza de un poco de rabia, de desazón, de la más tangible de las náuseas… todas esas emociones maravillosas que había venido a buscar. No cabía duda, si lo que necesitaba era algo de miseria, del genuino “dolor” de los desarraigados, hacía muy bien encaminándose hacia los barrios pobres de Londres, pasando de largo la vieja muralla de la ciudad y siguiendo camino más allá de los muelles, para luego atravesar Spitalfields y, finalmente, luego de una caminata de varias horas, alcanzar su destino: Whitechapel, el suburbio por excelencia, el laberinto de callejuelas, de podredumbre, de hambre y de pobreza más grande de la ciudad. Sí, el Dador de Vida había elegido bien su destino. En Whitechapel nadie le miraría por encima del hombro ni pondría en tela de juicio su máscara de Richard, el joven propietario de un par de prósperos talleres que había venido a buscar un poco de diversión lejos de la mano protectora de sus padres. No, allí, a nadie le importaba quién fuese ese Richard mientras sus monedas tintinearan sobre la barra de la taberna y la próxima ronda tuviese en él a un inesperado pagador. Todos lo celebrarían con la jarra en alto y brindarían por Richard, y le darían palmaditas en el hombro y le llamarían por ese nombre inventado como si le conociesen de toda la vida.

Relato Fantástico - Prognosis Desfavorable (I)
Porque el caso era que Richard no existía. No había tal propietario de un par de talleres en el West End, en la otra parte de la ciudad, no había padres vigilantes de los que huir refugiándose en las célebres juergas de Whitechapel, no había un joven díscolo que huía de las normas encorsetadas de las clases medias londinenses, de todas esas falsas inclinaciones y reverencias. No, allí sólo había un Loo, un Dador de Vida, un ser con una misión, un investigador a la búsqueda de dolor, dualidad, simbiosis, culpa, sacrificio…
A decir verdad, aquellas era las palabras que mejor podían definir las motivaciones secretas del Dador de Vida, pero eso no lo sabía ni podía imaginárselo siquiera la buena de Mary Jane. Ella sólo veía a un hombre distinguido (al menos distinguido para Whitechapel) gastando una fuerte suma de dinero y mostrándose agradable, casi encantador diría ella, con todo el mundo. Ahora estaba explicando a una risueña y entregada concurrencia el argumento de la última opereta de Gilbert y Sullivan. Richard hablaba sin parar y todos reían, aunque pocos de los allí reunidos tendrían la oportunidad de ir a verla, pues allí, en Whitechapel, no podían pagarse más que el teatro de variedades, ese nido de actores en decadencia, repleto de canciones picantes y subidas de tono. Las operetas de Gilbert y Sullivan eran para la gente de clase media, pero todos deseaban saber algo más de todo aquel mundo que les estaba vedado, y comenzaban a amar a aquel hombre de clase superior que no tenía reparos en tratarles como a iguales, en compartir con ellos sus experiencias y, de forma muy especial, su dinero.
Y Richard les trataba a todos con la misma franca verbosidad, a todos con la misma sonrisa y el mismo apretón de manos, y para todos tenía una anécdota, unas palabras de apoyo pero nunca un gesto de lástima o de falsa conmiseración. Oh, Richard sabía como ganarse a la gente, como metérsela en el bolsillo. Y eso encantaba a Mary Jane, a la que le gustaban los hombres simpáticos, apacibles, lisonjeros… mucho más que los guapos. Los hombres demasiado atractivos eran asimismo demasiado pagados de sí mismos y se creían con derecho a menospreciarte y hasta a levantarte la mano. Ella había conocido a varios de “esos” que te giraban la cara de una bofetada por una nimiedad y te miraban luego como fueses basura, aún menos que una de esas cucarachas que deambulaban por su cocina y a las que no había manera de convencer para que se marchasen ni a base de venenos. No, ahora Mary Jane era más cuidadosa y sabía que los hombres amables valían su peso en oro. Y aquel caballero, al que todos llamaban Richard y que parecía ser bien conocido en la “Ten Bells”, la taberna donde ahora se hallaban, aunque ella no lo había visto en la vida… bueno, que aquel caballero era el más espléndido y encantador que se había echado a la cara en mucho tiempo.
Tenía Mary Jane apenas veinticinco años, era joven y bonita, tal vez demasiado romántica en un momento de su vida y en un lugar nada apropiados, y sí, no demasiado lista.

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Así que no es de extrañar que cuando Richard descubrió la mirada de Mary y se sentó solícito a su mesa, ella aceptara con una leve inclinación de cabeza. Tampoco es extraño, por supuesto, que no tardaran ambos en enfrascarse en una más que agradable conversación y que Mary le permitiese cogerla de la mano al cabo de un rato, porque aunque ella era una mujer (en teoría) respetable tampoco quería que pensase que era una mojigata. Mary nada tenía de mojigata; en realidad, Mary era, técnicamente (lo cual es un eufemismo para no decir “ciertamente”), una prostituta. Acaso no uno de esas prostitutas que se pasan el día en la esquina de una calle enseñando las enaguas, pero, al fin y al cabo, y muy a pesar suyo, tan puta como cualquiera de ellas. La única diferencia estribaba en que ella, Mary, escogía a sus clientes, era aún lo bastante joven y atractiva para poder mostrarse selectiva y no tan desesperada como para tener que ejercer a diario aquella profesión que muchos tildaban de “la más vieja del mundo”.
Luego de otra media hora de conversación, Mary Jane ya había conseguido hacer entender a su “amigo” que ella era una buena mujer, no una profesional, a la que circunstancias “terribles y excepcionales” habían empujado tener que vender su cuerpo, que no su alma, y que luego de que ambos pasaran un buen rato juntos en la habitación de Mary, ella esperaba que un caballero como él supiera darle un “regalo” o un “recuerdo” acorde con los servicios que pronto iba a prestarle. Para entonces, a Mary ya no le parecía que aquel hombre fuera sólo un caballero agradable y divertido como pocos, sino el más apuesto y atractivo de los hombres. Lo cierto es que Mary, por muy puta que fuese, no dejaba de ser una niña ingenua e impresionable, tan necesitada de amor como enamoradiza, tan frágil como fácil de engañar y propicia a autoengañarse ella sola a poco que las circunstancias fueran favorables a fantasear y a dejar volar libre la imaginación.
No tardaron en levantarse de sus asientos y en abandonar “Ten Bells”, dejando atrás el bullicio sin final de los asiduos a la taberna, para internarse juntos en las angostas callejuelas de Whitechapel. Mary dijo que tenía frío y su acompañante, servicial, le entregó un largo pañuelo rojo que ella anudó a su cuello a modo de bufanda. Rieron, y el rumor de sus risas les fue precediendo en su camino, como el heraldo ante un cortejo de celebrantes.
Poco después, diversos testigos les vieron cogidos de la mano avanzando por Thrawl Street, y al poco besándose ya en las inmediaciones de Dorset Street. Allí, en la esquina de un patio, se quedaron los dos tortolitos hablando y arrullándose un buen rato. Es de suponer que, finalmente, se encaminaran al el trece de Miller’s Court, donde Mary tenía su habitación, pero nadie les vio entrar en la vivienda; tampoco salir.
Afuera, en las callejuelas de Whitechapel, se había levantado la niebla y, entre sombras que se derramaban más allá de su reflejo argentino, rostros anónimos se encaminaban en cien direcciones, hombres y ratas grandes como gatos, prostitutas, borrachos, delincuentes y estafadores, porque el trasiego y la jarana nunca descendían en aquel lugar, porque la noche era el dominio de las gentes de aquel barrio, y sólo en la noche se sentían seguros, bien lejos del universo de luz y de la abundancia en la que vivían los hombres pudientes al otro lado de la ciudad. No, allí el reloj comenzaba a marcar las horas tras la puesta de sol y, hasta que amaneciese y el universo de los hombres pudientes regresase, Whitechapel y sus hordas de harapientos y descastados reinarían sobre Londres.

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2.
—Mi vida no ha sido fácil, ¿sabes? —dijo Mary Jane, poniendo un énfasis extraño en “fácil” y arqueando los hombros como si aquello, en el fondo, fuese una historia demasiado vieja para interesar a nadie—. Nací en la pobreza; mi familia se fue de Irlanda huyendo precisamente de todo eso, hartos de no tener ni qué echarse a la boca, y a los dieciséis años me hicieron casar con un minero de Gales. No hubo amor, por supuesto. Mi padre me dijo que no había espacio en la mesa para otro plato y que John, bueno, que yo le gustaba a John y eso bastaba. John es mi esposo… era mi esposo. Murió en accidente en la mina no mucho después. Nunca he tenido mucha suerte. Nunca.
Su interlocutor asintió apenas, comprensivo, y se atusó el bigote con la mano derecha, como si comprendiera los límites exactos de su dolor y no fuese necesario reformularlos o añadir una frase hecha que nada añadiría en verdad. Eso decía con su silencio. O todo lo contrario. Mary Jane, aunque en vano, trataba de entender el lenguaje gestual de aquel hombre tan apuesto que se había traído aquella noche a casa. Tal vez se equivocara del todo. Sus miradas y sus gestos eran guiños sin sentido, ademanes aprendidos y repetidos fuera de contexto. Aquel hombre parecía un mal imitador de sí mismo. Ahora que llevaba ya un rato a su lado, se daba cuenta que había algo extraño en él, cierto matiz ingenuo y tan decididamente seductor… Era como un niño que trataba de parecer un adulto. ¡Sí, eso era! Como un niño tratando de comportarse en la mesa. Decidido y a la vez dubitativo, dispuesto a demostrar qué mayor era e incapaz de parecerlo del todo; imitando a sus mayores en su esfuerzo por merecer un sitio entre ellos.
—Hace no mucho —prosiguió entonces Mary Jane—, tuve un breve relación con un hombre de por aquí y… vaya, que todo salió mal, como siempre, y lo dejamos este Viernes Santo, hace unos pocos días. Yo, bueno, vivo aquí, en esta planta baja, pero lo cierto es que con los pagos y todo eso… tú me entiendes, a veces no llego a final de mes y si un señor educado, un caballero como tú, se interesa en alguien como yo, yo… yo procuro encontrar tiempo para satisfacer sus deseos… y eso es… eso es lo que yo soy. ¡Oh, por Dios! No entiendo porqué quieres saber todas estas cosas… todas estas cosas sobre mí, que no he vivido nada interesante, que no valgo n…
—No diga que no vale nada —la interrumpió Richard, vehemente, tal vez demasiado vehemente, sacudiendo la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha—. Eso no es verdad. Le elegí entre otras muchas damiselas en esa taberna, ¿no es cierto? Usted es especial. Usted ha sufrido mucho y ha crecido con el dolor; ha sabido superarlo y convertirlo en su aliado a fin de que Mary Jane sobreviviese. El dolor es importante, vital para mi gente y aquello que somos. El dolor nos une, nos hace compartir una visión del mundo menos uniforme, desesperanzada pero a la vez mucho más sintiente. Usted ama, como yo y los míos, el dolor: el verdadero dolor.

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—¿El dolor, dices? ¿Tu gente? —tartamudeó Mary Jane, incapaz de seguir el rumbo que tomaba aquella conversación, conversación que hasta ese momento venía siendo más propia confesión y monólogo que cualquier otra cosa.
Richard se levantó de su asiento y caminó un paso hacia ella. Mary Jane no tuvo miedo. O sí, un poco, pero le ganó la fascinación por un hombre tan diferente a cuantos había conocido en este mundo. Si hubiese sido capaz aún de amar, su corazón se habría abierto de par en par hacia aquel desconocido.
—Sí, el dolor, amiga mía.
Otro paso más hacia ella. Aquel hombre, cada vez más cerca, la miraba como si nada existiese aparte de la pequeña Mary Jane. Con un gesto brusco lanzó al suelo su sombrero negro de fieltro y al cabo se desabotonó su largo y oscuro abrigo adornado con cuello y puños de astracán, quedando al descubierto una chaqueta de la mejor calidad y un chaleco claro, de color crema. ¡Era un hombre tan varonil y tan hermoso a la vez!
—No entiendo eso del dolor—dijo Mary Jane, aunque poco le importaba ya.
—Yo le explicaré, mi querida amiga. El dolor convierte en uno lo que antes era dos. El dolor proporciona la unidad, pues su asunción, el acto de doblegar el dolor sin doblegarse uno mismo, sin ceder a la desesperación, otorga al transmutado la fuerza para evolucionar al siguiente estadio: la unidad. ¿Lo entiende por fin? Renunciar a la unidad para ser dualidad y renunciar a la dualidad para retornar a la unidad, al Uno, a la entelequia de lo sentidos.
Ahora estaba frente a ella. Mary Jane había seguido con avidez las evoluciones de su conquista de aquella noche y el sonido musical de sus palabras, crípticas y sin ningún sentido, por supuesto, pero a la vez tan bellas… Mary Jane estaba preparada para él y se le ponía el vello de punta con sólo pensar en el roce embriagador de sus labios.
—¿Cómo has dicho que te llamas? Lo he olvidado y no quisiera que me besaras sin saber tu nombre —balbuceó Mary Jane, obnubilada, casi sin saber qué demonios estaba diciendo, entregándose por completo al momento que, imaginaba, estaba a punto de desencadenarse. Un instante de pasión, algo que recordar, aunque por fuerza fuese efímero, en la larga soledad de las noches de invierno.
—En la taberna le dije que me llamaba Richard, pero no es la verdad.
—¿No? —dijo Mary Jane, pensando que se iniciaba un juego de enamorados, tal vez una broma privada. ¡Oh, Dios, cuánto desearía poder volver a enamorarse!
Richard, que no tenía al parecer mucho más de treinta años, poseía un cutis pálido y un bigote ligero curvado hacia arriba. Mary Jane podría amar a un hombre con aquel rostro, aquellos modales refinados y cultos, y aquella ingenuidad que le hacía parecer un niño a la vez que un adulto atractivo y deseable.
—Yo soy un Loo, querida amiga. Un Dador de Vida.
Y entonces el rostro de su hombre comenzó a temblar, a convulsionarse. No tardó en caer parte de la frente y la punta de la nariz, dejando al descubierto una superficie rugosa y grasienta de un color castaño oscuro.
—¿Qué…? —acertó tan sólo a decir Mary Jane.
El Loo, con otro gesto brusco y decidido, liberándose de su disfraz, se arrancó toda la piel de ambas mejillas y alargó una zarpa con la que asió la garganta de su víctima, ahogando el alarido que estaba a punto de nacer de su garganta.
—Prepárate para la unidad, mi querida amiga.

Continuará...
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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de noviembre del 2006