CAMISETAS AURORA AURORA BITZINE FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN ¡Publica con nosotros, envíanos tus relatos!
Ciclo Robert E. Howard: El Señor de Samarcanda (I)
Donald MacDeesa, un renegado escocés, se ve envuelto en un juego de poder y venganza entre cristianos, turcos y tártaros. Su ferocidad le llevará a lugares donde ningún otro de su raza había soñado jamás.
Por Robert E. Howard

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (I) Capitulo 1

El rugido de la batalla había expirado; el sol colgaba sobre las colinas del oeste como una bola de oro carmesí. A través del hollado campo de batalla ningún escuadrón resonaba, ningún grito de guerra reverberaba. Sólo los alaridos de los heridos y los quejidos de los moribundos se alzaban hasta los círculos de buitres cuyas negras alas se acercaban más y más hasta que rozaban sus pálidas cabezas en su vuelo.
En su enorme semental, sobre la ladera de una colina repleta de matorrales, Ak Boga el tártaro oteaba atentamente, como ya lo había hecho desde abajo, cuando las huestes acorazadas de los francos, con su bosque de lanzas y pendones flameantes, había avanzado sobre la planicie de Nicópolis para enfrentarse con las siniestras hordas de Bayazid.
Ak Boga, observando la formación de batalla, había chascado sus dientes con sorpresa cuando vio que los relucientes escuadrones de caballeros montados se estiraron en un frente compacto como si fueran la infantería. Estaba la flor y nata de Europa: caballeros de Austria, Alemania, Francia e Italia; pero Ak Boga había sacudido su cabeza con desaprobación.
Había visto a los caballeros cargar con un atronador rugido que agitó incluso los cielos, les había visto embestir a la avanzada de Bayazid como una ráfaga fulminante y barrer la larga pendiente bajo el fuego de los arqueros turcos de la cima. Les había visto cosechar a los arqueros como maíz maduro, y lanzar todo su poder contra los spahis que se les acercaban, la caballería ligera turca. Y había visto a los spahis doblarse, romperse y esparcirse como espuma en una tormenta; los jinetes provistos de armaduras ligeras arrojaron a un lado sus lanzas y espolearon fuera de la refriega como perros locos. Pero Ak Boga había mirado atrás, donde, algo más lejos, los robustos piqueros húngaros se apostaban, buscando mantener cierta distancia de la avanzada de los caballeros.
Había visto a la caballería franca arrasar, a despecho de las fuerzas de sus monturas e incluso de sus propias vidas, hasta rebasar la cima. Desde su punto de observación Ak Boga podía ver ambos lados de esa cresta y sabía que allí estaba la fuerza principal del ejército turco -sesenta y cinco mil poderosos guerreros-: los jenízaros, la terrible infantería otomana, apoyados por la caballería pesada, hombres enormes defendidos con fuertes armaduras, portando lanzas y poderosos arcos.
Y ahora a los francos les sucedería lo que Ak Boga ya había supuesto: la batalla real estaba ante ellos, y sus caballos estaban exhaustos, sus lanzas rotas, sus gargantas sedientas y resecas por el polvo.
Ak Boga los había visto flaquear y mirar atrás esperando ver a la infantería húngara; pero estaban fuera de su vista sobre la cresta, y desesperadamente los caballeros se lanzaron sobre el enorme enemigo, luchado por romper sus líneas por pura ferocidad. Esa carga nunca alcanzó las sombrías líneas. En vez de eso, una tormenta de flechas rompió el frente cristiano, y esa esta vez, sobre caballos exhaustos, no hubo carga. Toda la primera fila se vino abajo, caballos y hombres fueron asaeteados, y en esa roja confusión los camaradas que iban tras ellos tropezaron y cayeron precipitadamente. Y entonces los jenízaros cargaron con u profundo rugido de «¡Por Alá!», que era como el estruendo de una enorme ola.

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (I) Todo esto fue visto por Ak Boga, como vio también la oprobiosa huida de algunos de los caballeros y la feroz resistencia de otros. A pie, asediados y sobrepasados en número, lucharon con espadas y hachas, cayendo uno a uno, mientras la oleada de la batalla discurría a su alrededor y por todas partes los turcos sedientos de sangre caían sobre la infantería que con gran dificultad había llegado sobre la cima.
Allí, también fue un desastre. Los caballeros en desbandada penetraron entre las filas de los valaquianos, que se descompusieron y estos huyeron en desorden. Los húngaros y los bávaros recibieron lo peor de la avalancha turca, se tambalearon y retrocedieron tenazmente, luchando por cada pie de terreno, pero incapaces de contener la victoriosa marea de la furia musulmana.
Y ahora, cuando Ak Boga oteaba el campo, no volvió a ver las apretadas líneas de piqueros y hacheros. Ellos habían luchado por su retirada sobre la cima y estaban en fuga, aunque ordenados, y los turcos se habían vuelto a saquear a los muertos y a mutilar a los caídos. Aquellos caballeros que no habían caído o escapado a la fuga, habían arrojado su espada y se habían rendido. Entre los árboles en el lado más alejado del valle, la principal hueste de los turcos estaba agrupada, e incluso Ak Boga tembló con un poco de pavor al observar donde los espadachines de Bayazid estaban descuartizando a los cautivos. Más cerca, corrían figuras fantasmales, veloces y furtivas, parando brevemente sobre cada pila de cadáveres; aquí y allá, demacrados derviches con espumarajos sobre las barbas y locura en sus ojos aplicaban sus cuchillos sobre las victimas que se retorcían y temían por su muerte.
« ¡Erlik!», murmuró Ak Boga. « ¡Se jactaban de que podrían descolgar el cielo con sus lanzas, haciéndolo caer, y sea, el cielo ha caído y sus huestes son alimento para los cuervos!»
Azuzó su caballo entre los matorrales; allí podría conseguir un buen botín entre los despojos y las armaduras, pero Ak Boga había venido aquí con una misión, que aún tenía que completar. Pero cuando salió de entre los arbustos, encontró un premio que ningún tártaro podía obviar: un estilizado corcel turco con una ornamentada silla de montar con picudos adornos pasó corriendo. Ak Boga espoleó rápidamente hacia delante y lo capturó tomándolo de las plateadas riendas. Entonces, guiando su inquieta carga, trotó rápidamente bajando la pendiente y alejándose del campo de batalla.
Mientras trotaba entre un grupo de atrofiados árboles de dio cuenta de que el huracán de la lucha, matanza y persecución había llegado a este lado de la colina. Ante él Ak Boga vio un alto y ricamente vestido caballero, gruñendo y maldiciendo cuando cojeaba usando su rota lanza como muleta. Había perdido el yelmo, y mostraba una cabellera rubia y una cara roja de cólera. No muy lejos, yacía un caballo muerto con una flecha sobresaliendo entre sus costillas.
Mientras Ak Boga observaba, el gran caballero tropezó y cayó soltando una terrible palabrota. Entonces de entre los arbustos salió un hombre como Ak Boga no había visto antes entre los francos. Este hombre era más alto que Ak Boga, quien ya era un tipo alto, y su caminar era como el de un demacrado lobo gris. No llevaba casco, una leonada mata de pelo coronaba una siniestra cara llena de cicatrices, el rostro curtido por el sol, y sus ojos eran fríos como el gris acero helado. La gran espada que llevaba estaba enrojecida hasta la empuñadura, su herrumbrosa cota de malla rota y desgarrada, el faldellín bajo ella destrozado y rajado. Su brazo derecho estaba manchado hasta el codo, y la sangre manaba espesamente de una profunda herida en su antebrazo izquierdo.

Ciclo Robert E. Howard - El Señor de Samarcanda (I) «¡El diablo se os lleve a todos!», gruñó el caballero mutilado en francés normando, el cual podía comprender Ak Boga: «¡Este es el fin del mundo!»
«Sólo el final de una banda de estúpidos». La voz del alto franco sonó dura y fría, como el roce de una espada al ser envainada.
El hombre cojo increpó de nuevo. «¡No te quedes ahí como un botarate, idiota! ¡Consígueme un caballo! Mi maldito corcel fue alcanzado por una flecha en su maldito pellejo, y aunque le fustigué hasta que la sangre me cubrió las piernas, cayó al final, y creo que me he roto el tobillo».
El alto clavó la punta de espada en tierra y permaneció mirando al otro sombríamente.
«¡Me das órdenes como si pensaras que estas sentado en tu señorío de Sajonia, Señor Barón Federico! Pero por ti y algunos otros estúpidos, nos hemos roto ante Bayazid como una nuez, en el día de hoy».
«¡Perro!», rugió el barón, y su rígida cara se tornó púrpura; ¿A mí con esas insolencias? ¡Te despellejaré vivo!»
«¿Quién si no tú desacredita al elegido en consejo?», gruñó el otro con sus ojos brillando peligrosamente. «¿Quien llamó tonto a Segismundo de Hungría porque instó a su señor para que le permitiera guiar el asalto con su infantería? ¿Y Quien si no tú hizo que el idiota del joven Alto Condestable de Francia, Philip de Artois, dirigiera al final la carga que nos ha traído la ruina a todos nosotros, por no esperar en la cima el apoyo de los húngaros? ¡Y ahora tú, el que se volvió con el rabo entre las piernas más rápido que ninguno cuando viste la tremenda estupidez que habías hecho, me pides que te traiga un caballo!»
«¡Si, y rápidamente, perro escocés!», gritó el barón, convulsionado por la furia. «Responderás por esto».
«Responderé aquí», gruñó el escocés, y sus modos parecían asesinos. «Has estado acumulando insultos sobre mí desde la primera vez que nos vimos en el Danubio. ¡Si yo he de morir, me llevaré a alguien por delante primero!»
«¡Traidor!», bramó el barón, palideciendo, tambaleándose por su tobillo y buscando su espada. Pero aún así lo hizo, y el escocés golpeó con un juramento, y el rugido del barón fue cortado en seco por un espantoso gorgojeo cuando la gran hoja atravesó el esternón, las costillas y la columna vertebral, desparramando el destrozando cadáver fláccidamente sobre el suelo encharcado de sangre.
«¡Buen golpe, guerrero!». Al sonido de la gutural voz el asesino se giró como un gran lobo, tirando de la espada para liberarla. Durante un tenso momento ambos se miraron a los ojos, el espachín permaneció junto a su victima, una lúgubre y terrible figura con apariencia sanguinaria y asesina, el tártaro sentado en su silla de alto porte como una imagen de piedra.
«No soy un turco», dijo Ak Boga. «No tienes ninguna disputa conmigo. Mira, mi cimitarra esta en su vaina. Necesito un hombre como tú: fuerte como un oso, rápido como un lobo, cruel como un halcón. Puedo darte lo que desees».
«Lo único que deseo es la venganza caiga sobre la cabeza de Bayazid», gritó el escocés.
Los oscuros ojos del tártaro brillaron.
«Entonces ven conmigo. Mi señor es el más jurado enemigo de los turcos».
«¿Quién es tu señor?» preguntó el escocés con suspicacia.
«La gente le llama el “cojo”», respondió Ak Boga. «Timur, el sirviente de Dios, Emir de Tartaria, por el favor de Alá».
El escocés giró su cabeza en dirección a las distantes colinas en la que la masacre aún continuaba, y permaneció inmóvil por un instante como una gigantesca estatua de bronce. Entonces envainó su espada con un salvaje golpe del acero.
«Iré», dijo brevemente.
El tártaro sonrió con placer, y se inclinó hacia delante, poniendo en sus manos las riendas del corcel turco. El franco saltó a la silla y miró inquisitivamente a Ak Boga. El tártaro hizo un gesto con su cabeza cubierta por un yelmo y avanzó descendiendo la pendiente. Picaron espuelas y trotaron avanzando bajo el creciente crepúsculo, mientras tras ellos los aullidos de tortuosa agonía aún se elevaban hasta las brillantes estrellas que trataban de salir, pálidas, como si estuvieran asustadas por el hombre, asesino del hombre.

Traducción y adaptación por Manuel Burón y Francisco Calderón
subir
Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de octubre del 2006