El atrevido guerrero tribal descargó su enorme hacha mellada contra la sierpe de dorados lomos. Mas el filo del arma, rechinó y echó chispas al chocar con las escamas coriáceas del reptil. Este se revolvió y lanzó al humano una vaharada de su venenoso aliento. El joven bárbaro logró zafarse a tiempo con una intrincada voltereta. La ponzoña corroyó todas las cosas que había encontrado a su paso, rocas y tierra, plantas y arbustos, justo a unos metros de donde había estado Flaegon parado un par de segundos atrás.
El intrépido luchador se rehizo, lanzó un gruñido, más para infundirse valor que para intimidar a su rival. Avanzó con una mano sobre la frente a modo de visera, debido a que la refulgente piel verde-azulada del monstruo le cegaba. La otra mano portaba el pesado filo, listo para un nuevo embate. Entonces, Flaegon…
—Richard —llamó una voz femenina y suave—. Richard —repitió, sintética, amplificándose por todo el cuarto—. Richard, es la hora —insistió la dulce voz. Mientras, los mamparos se levantaron con lentitud. Y la luz del sol comenzó a penetrar, perezosa, en la habitación, mostrando un minúsculo dormitorio con los muebles imprescindibles.
—Odio que hagas eso —replicó un hombre en la treintena, de cabello oscuro revuelto, ojos hinchados y sombra de barba de un día, que parpadeaba disgustado. Estaba en forma, aunque no se cuidaba, las mujeres dirían de él que era un hombre bien parecido.
—Lo siento, Richard. No puedo cambiar mi programación —se disculpó la voz artificial.
—Sí, algún día me gastaré mis ahorros en reprogramarte —contestó al aire, a la vez que se desperezaba. Bostezó, tirando hacia atrás del cobertor, que quedó arrebujado, y puso los pies en el suelo.
—No lo harás, Richard. Porque estás satisfecho con mi rendimiento.
—Como odio que seas una máquina y que tengas razón, Mel. Sube la temperatura del suelo a veinte.
—Ya está. Date prisa, tu desayuno se enfría.
Descalzo, se encaminó hacia la cocina, vestido con unos calzones bombachos de un matiz indefinido entre el beige y el gris. La cocina era un apartado de la casa sin llegar a ser una habitación. A pesar de su sencillez, contaba con una mesa, un par de sillas y un refrigerador. No había sitio para nada más. Se sentó en una de las sillas. Delante de él había una taza de café humeante.
—Gracias, Nanny —una mole cuadrada situada unos metros por delante de la mesa, se había acercado. Sonó un timbre.
—Cuidado no se queme, amo Richard —resonó una distorsionada y metálica voz—. Están recién hechas.
—Gracias de nuevo —replicó, sacando del interior del androide una bandeja de galletas horneadas. Tomó una de ellas, sumergiéndola en la espesa infusión y llevándosela a la boca—. Exquisitas, como siempre, Nanny.
—¡Oh, por favor, Richard! —se escuchó el fastidio de Mel.
—Mel, eres mi favorita. Si fueras humana, te amaría con locura, te haría el amor y tendríamos hermosos y fuertes cachorritos.
—No seas ordinario, Richard.
—¿Noto desdén en tu voz, Mel? Nanny es la única pertenencia que conservo de mis padres. Siento aprecio por este cachivache.
—No merezco tanta atención, amo Richard —respondió el androide doméstico con una humildad que no había sido programada en sus anticuados circuitos.
—Mel, últimas noticias, por favor —pidió, mientras daba cuenta de otra galleta y tomaba pequeños sorbos de la taza.
—Sí, Richard —tono neutro—. Plabocorp ha hecho público el despido inminente de treinta mil laboradores…
—¡Multinacionales! —exclamó enfadado.
—…Industrias Novotech, líder en el sector del ocio, ha anunciado el lanzamiento al mercado de un nuevo producto dentro de su gama estrella: Sueño.5. Se trata de una versión actualizada del conocido programa de entretenimiento…
—Descárgate esa, Mel, por favor —reclamó, ansioso, emocionado.
—Sí, Richard. Te la paso a tu asistente.
—Gracias —farfulló, con la boca llena, terminando el desayuno.
—Llamada entrante de Patricia Soren.
—¡Maldición! No quiero hablar con Tricia, Mel. Demasiado pronto. No estoy de humor para soportar su parloteo. Dile que estoy en la ducha.
—¡Richard! No puedo mentir, lo sabes. Está esperando…
—Bueno, no tienes que mentirle si estoy en la ducha de verdad, ¿no?
—¡Oh, Richard!
—Voy a remojarme un poco —la puerta del baño se cerró de un portazo, más tarde el ruido del agua al caer.
Las diminutas piezas de gres que cubrían el exterior del cubículo, relucieron con los rayos del astro rey, reflejando desde el rojo al violeta y mostrando un mosaico multicolor. Las placas acumuladoras que Richard había instalado en la parte superior, estaban funcionando a pleno rendimiento. Posó la mano sobre el lector, activando los sistemas de seguridad, se dio la vuelta y caminó por el sendero de piedras encastradas hasta la calle.
Allí enfrente, su vecino, del que nunca recordaba el nombre, abría la puerta a dos hombres altos, con atuendos oscuros. Uno de ellos se giró, bajó sus protectores solares sobre la nariz y le dirigió una mirada a Richard. Comprendiendo que fuera cual fuese el motivo, no era asunto suyo, siguió con sus ocupaciones, que consistían en meterse por la primera boca del trasbordador subterráneo sin ser pisado. Unos días lo conseguía, la mayoría, llegaba a la oficina con los pies magullados. En eso ocupaba su mente cuando sintió el flujo de los filtros de aire, bufando, perezosos, realizando su cometido con eficiencia y sin pausa. Aquellos enormes paneles rectangulares debían ser sustituidos por unos nuevos, porque las partículas en suspensión se quedaban en las bocas aspiradoras, obturando los orificios que limpiaban el ambiente de impurezas, metales pesados y gramíneas.
Richard se coló por la abertura que bajaba hacia la estación del subterráneo. A aquella hora, estaba atestada de empleados en dirección a las oficinas. Apartó de su lado a dos mujeres gemelas que simulaban estar unidas por el costado. Tal vez habían estado unidas y no conseguían separarse.
Después de un breve descenso montado sobre la cinta, arribó a la cabina tubular del subterráneo y se sentó. Sacó de un bolsillo de su chaqueta una tarjeta rectangular, pequeña y oscura, la introdujo en un lateral del asiento. Un haz de luz se enfocó hacia él. Otros usuarios del transbordador le imitaron, conectando los asistentes.
—Mirkin, Richard —una voz átona anunció el nombre del usuario—. Bienvenido a su asistente personal.
—Buenos días, Mel.
—Buenos días, Richard —el tono sin matices comenzó a modularse—. ¿Reproduzco las noticias que tienes guardadas para hoy? —la impersonal voz fue relevada por otra afinada y melodiosa.
—Sólo una, por favor. Sueño.5.
—Reproduciendo. Listo. Industrias Novotech, líder en el sector del ocio, ha anunciado el lanzamiento al mercado un nuevo producto dentro de su gama estrella: Sueño.5. Se trata de una versión actualizada del conocido programa de entretenimiento, tan popular entre nuestros ciudadanos. Puede adquirirse descargándolo por un poco más, con descuentos para los clientes habituales y para las cinco mil primeras descargas. Potencie sus simulaciones hasta cotas jamás experimentadas por ningún otro usuario de un paquete dedicado al entretenimiento.
—Lo quiero, Mel. Consíguelo —expresó ansioso.
—Claro, Richard.
—Quiero probarlo esta noche.
—Sí, Richard. Ya había entablado los protocolos de comunicación con Novotech. Supongo que la forma de pago será como acostumbras.
—Por supuesto. Gracias, Mel —se repantigó en el asiento del subterráneo y se relajó.
—Llamada entrante de Patricia Soren.
—No me libro de ella, pásamela, Mel —dijo, incorporándose con resignación.
El haz de luz se transformó en la imagen de una mujer pelirroja, maquillada en exceso, muy atractiva y con un gesto de malhumor en su rostro.
—¡Richard! —exclamó, clavándole su pareja de ojos esmeralda.
—Tricia, cariño. Buenos días —sonrió de una forma, tan poco convincente, que cualquiera podía darse cuenta de su fastidio.
—Lo has vuelto a hacer. Tu inteligencia ha vuelto a desviarme con la excusa de que estabas en la ducha.
—Me llamas todos los días a la misma hora, Tricia. ¿No crees que es normal que una persona se asee por las mañanas? —inclinó una ceja de un modo entre misterioso y seductor.
—No me lo creo, Richard. Me esquivas —la mujer de la imagen cruzaba los brazos y frunció los labios.
—No te esquivo, tesoro. Estoy hablando contigo, ¿no? —sonrisa apaciguadora y tono mimoso.
—Deja de hacer eso.
—¿El qué? —preguntó con falsa inocencia aduladora.
—Lo sabes, Richard —los labios se fruncieron más, asemejándose a los de un niño enfurruñado.
—No lo sé. ¿Quieres comer hoy conmigo?
—Sí —contestó sin pensar, los labios recuperaron su posición normal, transformándose en una amplia y bonita sonrisa que mostraba dos filas de blancos, simétricos y alineados dientes.
—¿A la hora del descanso? ¿En el restaurante de la planta cincuenta y dos?
—¡Oh, Richard…! Eres un hombre malo, sabes que me encanta ese sitio.
—De acuerdo, hasta entonces. Corta, Mel —interrumpió raudo a su novia. El asistente se cerró, y Richard pensó lo astuto que había sido invitando a su prometida a comer, pues había conseguido evitarla hasta la hora de la comida. Por lo menos. Cualquier otro día habría comunicado con él unas cinco veces mínimo. Así, se entretendría toda la mañana salivando por los sabrosos tubérculos, cocinados a la manera tradicional, al calor de fósiles vegetales.
Richard llegó a su parada rodeado por una maraña de gente. Entró en el elevador de su sección y pronunció en alto cuarenta y una. La planta donde estaba situada su oficina.
Richard pasó la jornada introduciendo y rectificando registros de memoria en las redes internas de la corporación para la que trabajaba. Su labor consistía en manejar una consola de almacenamiento, ya que su oficina guardaba la información que no cabía en espacios físicos y virtuales de otras empresas, que no querían perder su tiempo en gestionarla.
El coordinador de su sección, el señor Hiram, había pasado la vista por el tablero de mandos de Richard, en busca de posibles errores. Pero Richard, era eficiente en extremo: no había código de encriptación que se le resistiera ni registro de memoria que no pudiera guardar. El mejor en su labor, ese era Richard Mirkin. Su superior desistió de merodear en torno a Richard, viendo que no cometía ni un sólo fallo en los nuevos registros que introducía en la consola, y fue a supervisar a otros empleados menos brillantes.
El tablero donde se reflejaban las luces que representaban los registros guardados, no paraba de fluir. Richard movía la mano izquierda de un lado a otro y la derecha de arriba hacia abajo. Los movimientos interferían con las ondas de la máquina que, aparte de trasladar los registros de una esquina hasta la contraria del cuadrante, emitía una extraña melodía. Frecuencia y tono, decían los pocos empleados que perdían el tiempo de labor ensayando imposibles piezas musicales, en lugar de colocar los registros.
Varios destellos, correspondientes a registros recién llegados, evolucionaron, rascando sin descanso en las entrañas de la consola.
—Richard, tómate un respiro. Hora de comer —la voz de su compañero y amigo Dean le llegó por la espalda.
—¡Vaya! Me he enredado con estos difíciles y…
—Veo que te han asignado registros de una planta entera. Hiram no ha dejado de pasearse por la oficina en todo el día.
—Sí, por eso voy un poco justo hoy. Ya sabes que los entrantes tardan más en fluir que los viejos. Ahora me han asignado la planta cien.
—Claro, hasta que les coges el truco. ¿La planta cien? Venga —dijo tomándole por el brazo—, vámonos a comer.
—Espera, debo dejar funcionando a mis nuevos pequeñines. Además, tengo cita con Tricia para comer —se disculpó, mientras cambiaba de sitio un grupo de intensos destellos, que fueron situándose en intrincadas líneas y marañas, junto a otros que parpadeaban con debilidad.
—Conociéndote, creo que llegarás tarde, Richard —le indicó un panel horario. Richard miró en la dirección que señalaba Dean, se llevó la mano a la boca.
—Hablamos luego, quiero comentarte una cosa —se despidió y cogió la chaqueta. Salió de la oficina a buen paso, camino del elevador.
La hoja de la puerta del elevador se abatió, permitiendo el acceso a uno de los diez restaurantes repartidos por el edificio.
Grandes láminas de materiales transparentes hacían que reinara la luminosidad, a la vez que descargaban a los comensales del habitual agobio que producía la pequeñez de las oficinas y la luz artificial. En cambio, el restaurante difería de los centros de labor en que su superficie era un espacio diáfano, un lugar apropiado para relajarse del ajetreo diario.
Las mesas formaban junto a los miradores exteriores, que otorgaban, a los afortunados cuyos bolsillos podían permitírselo, unas espectaculares vistas de la ciudad. A Richard no le importaba el desembolso, no le sobraba el dinero, pero a Tricia le encantaba la comida y por agasajar a su novia haría lo que estuviera en su mano. A su lado, pululaban frenéticos, un enjambre de camareros con librea. Otros empleados aprovechaban su descanso saboreando la comida.
Al fondo, junto al mirador que daba al oeste, estaba sentada Tricia, bebiendo despreocupada un cóctel con una guinda pinchada en un palito. Seguro que había llamado en varias ocasiones durante la mañana al restaurante para reservar aquella mesa. No en vano, había sido el escenario de su primera cita. A través de los paneles observó los otros rascacielos, que surgían en una progresión infinita, extendiéndose hasta el horizonte. Miles de cubículos se apiñaban a los pies de los gigantes, como si de raíces o malas hierbas se tratara. Diminutos puntos, que parecían hormigas desde aquella distancia, se movían desde las raíces hasta los árboles para alimentar al acristalado bosque metálico que se llamaba ciudad.
Con unos ajustados pantalones cortos, una pierna cruzada sobre la otra, mostrando gran parte de los pálidos muslos, que zigzagueaban, recorriendo un largo trecho, caprichosos por las piernas, hasta la punta de los pies, delgados, níveos y rematados por dos quintetos de graciosos y bonitos dedos. El poncho disimulaba sus sensuales formas, pero acentuaba su esbelto y deseable cuello. La ingobernable melena cobriza, caía en cascadas de rizos sobre los hombros. Los ojos verdes, remarcaban la discreta y respingona nariz y los altivos pómulos, repletos de pecas, que disimulaba con altas dosis de maquillaje. Perfecta, arrolladora, atractiva, seductora, una diosa. Se había descalzado, dejando a un lado el par de sandalias bermejas de medio tacón.
Practicó la mejor de sus sonrisas mientras trataba de apaciguar las arrugas de su atuendo. Se acercó a Tricia por detrás y le acarició la nuca, con el dorso de una mano. Un gesto que la excitaba y que a la vez la relajaba.
—Mmm, Richard… —acertó a decir, víctima de un placentero escalofrío.
—Bingo. Yo mismo, ¿cómo estás, preciosa? —saludó, apresurándose a plantarle un cálido beso en los perfilados y jugosos labios.
—Con mi paciencia a punto de acabarse por tu tardanza…
—Lo siento, cariño. Unos nuevos registros que han entrado hoy —se sentó enfrente de su prometida.
—¿Más registros nuevos? —preguntó, un tanto sorprendida.
—Sí, ¿qué tiene de curioso?
—En nuestra sección no recibimos registros nuevos desde hace un par de meses. En cambio, tú no paras de contar que cada semana tienes que…
—¿En serio? ¡Qué extraño! —más para sí aunque en voz alta—. Pero dejemos de hablar de labor y pidamos esos suculentos platos por los que me pirro.
El camarero les trajo la carta. Comieron y bebieron, con la voz de Tricia, una octava más alta que una persona normal, martilleándole en los oídos. Hablaron, o más bien lo hizo Tricia y Richard fingió que la escuchaba, asintiendo o negando con la cabeza, a la vez que masticaba y respondía mediante monosílabos. Estaba enamorado de ella, sin embargo si se le dejaba un resquicio en la conversación, Patricia Soren era capaz de charlar sobre cualquier tema banal y que solía tener como protagonista a la propia Tricia. Yo, yo, yo…
Esta vertiente de la personalidad de su novia, desalentaba a Richard. Le causaba dolor de cabeza con su incesante cotorreo. ¿A él qué le importaba lo que les depararía el futuro? No le preocupaba si dentro de cinco años continuaba laborando en el mismo puesto, con el mismo cometido y el mismo salario. Tricia había organizado su vida en común con meticulosidad hasta dentro de diez o quince años. Se casarían en una sencilla ceremonia, con los padres de Tricia y amigos más íntimos. Adquirirían un cubículo mayor y tendrían los dos hijos permitidos por el gobierno. Un niño, Joel, y una niña, Sarah, ambos generados por el procedimiento biogenético, para evitar inconvenientes y desaprovechar sus respectivas carreras laborales.
No había planificado más porque no se había puesto a ello.
A Richard se le había revuelto el estómago, necesitaba salir de allí y dejar a Tricia con sus fantasías vitales.
—Perdona que te interrumpa, cielo —expresó, conciliador y con prudencia—, pero tengo que volver cuanto antes.
—Ah, sí. Esos nuevos registros…
—Eso es, cariño. Compréndelo —le obsequió con un beso sobre las pálidas mejillas—. Te llamaré esta noche —dijo mientras se dirigía hacia el elevador.
—De acuerdo, pero hazlo —se despidió, intentando ver la figura de Richard, que se perdía entre la multitud que regresaba del descanso.
Tras caminar por los atestados corredores sin adornos e iluminados por luz artificial, Richard regresó a su sección. La oficina en la planta cuarenta y una, era una réplica de tantas otras distribuidas en las tripas del rascacielos, monótonas, grises, sin ninguna alegría con la que distraerse, ya que sólo los directivos poseían vistas al exterior y luz natural.
Echó una ojeada a su panel, los registros que pertenecían a la planta cien seguían iluminando el cuadrante con mayor intensidad de lo que deberían. No era normal. En media jornada, tendrían que haber perdido brillo y definición. Pero estos no. Había una anomalía en ellos que no lograba averiguar. ¿Por qué…?
—¡Richard! Pero hombre, ¿tan rápido has comido con ese bombón de novia que tienes? —Dean regresaba de la pausa para comer.
—Sí, justo cuando comenzó a hablar de nuestro matrimonio, del nombre de nuestros hijos…
—resopló con resignación.
—¡Ja, ja! ¡Chico, quién lo diría…! —se acercó a Richard y bajó el tono—. ¿Qué era eso tan secreto que querías decirme?
Richard se apartó un poco de su consola, sin quitar la vista de los destellos.
—¿Utilizas el programa Sueño de Novotech?
—Sí, claro, ¿quién no lo hace? —se encogió de hombros.
—¿Estás familiarizado con la simulación llamada Flaegon? —continuó.
—Por supuesto, la he descargado varias veces, es de las que más me gustan.
—Por favor, cuéntame cómo termina —rogó con angustia.
—¿Cómo termina? —frunció el ceño—. Flaegon vence al dragón, lo sabe todo el mundo
—afirmó con contundencia.
—¿Estás seguro? —Richard le agarró por los hombros.
—¡Richard! Creo que sí… ¡Suéltame! —Richard aflojó la presa sobre Dean—. No sabía que una maldita simulación recreativa fuese tan importante para ti.
—Lo siento, me he excitado. No termino ese programa. Mel siempre me despierta antes.
—Prueba a descargarte la última versión, yo ya lo he pedido.
—Sí, yo también. Ya te contaré mañana. Y perdón —se retiró a su puesto con el rostro compungido. Dean le echó una mirada que quería decir tranquilo, hombre, pero que en realidad significaba tanto laborar te está trastornando.
—Dean —llamó, cuando su amigo iba camino de su puesto.
—¿Sí? —se giró complaciente.
—Oye, ¿has visto en alguna ocasión a dos tipos con indumentaria oscura cerca de tu cubículo?
—No, ¿por qué? No tengo ni idea de lo que me hablas.
—Ya, bueno. Nada, déjalo.
El resto de la tarde, Richard se afanó en almacenar y gestionar sus registros. Movió y cambió de cuadrantes celdillas comunes, sin dificultad, aparentando estar más atareado de lo que en realidad estaba. Fingía que sus movimientos de brazos se correspondían con lo que ocurría en el panel de la consola.
Sus compañeros comenzaron a abandonar sus respectivos cometidos, ya que se había producido el primer aviso del cambio de luces. Muchos de ellos pasaron a su lado, despidiéndose con una sonrisa o un gesto amable. Coincidiendo con el segundo aviso, la intensidad de la iluminación había descendido a una suave penumbra, Dean le pasó una mano por el hombro y le animó a dejar los nuevos registros para el día siguiente. Richard desistió, argumentando que tenía el deber de terminar con las tareas que le habían asignado.
En pocos minutos, no quedaron empleados en su sector. Antes de desgranar los secretos que ocultaban las luminarias de los misteriosos registros, se cercioró de que no tenía compañía. Estaba solo en toda la planta.
Entonces y sólo entonces, se enfrentó a su panel, que zumbaba de forma queda, indicando que estaba a punto de sobrepasar las horas que tenía programadas para aquel día. Richard sabía cómo forzar la consola hasta el límite. En aquello había consistido la mayor parte de su pantomima vespertina. Richard Mirkin, eres el mejor de mi planta manejando esa máquina. Habían sido las palabras del supervisor unos meses atrás. ¡Por supuesto que era el mejor! Conocía el complejo flujo de energía con el que interferían los gestos del cuerpo humano, y cómo hacer que el mecanismo interpretara en otro sentido órdenes de carácter ambiguo. En pocas palabras, cómo engañar a la consola.
Nadie se daría cuenta de la triquiñuela, porque sería él mismo el encargado de deshacerla, cuando la consola avisara de un funcionamiento anómalo. Los nuevos registros, aquellas piezas de plástico negro con incontables celdillas en su interior, tenían una encriptación, un código que los hacía impenetrables. Alguien no quería que se supiera qué era lo que contenían. Sin embargo, él abriría y accedería a los expedientes que se parapetaban ocultos.
¿Cómo habrían llegado a parar los registros hasta él? Un laborador común, al igual que cualquier otro, exceptuando el hecho que destacaba en la manipulación de una vetusta consola de almacenaje. ¿Sería una prueba de la empresa para comprobar cómo gestionaba el problema? ¿O más bien una simple casualidad?
Agitó manos y brazos en una dirección y en su opuesta, adelante y atrás, al frente y al costado. El tablero chisporroteaba, quejándose con una lúgubre y grave melodía, ante el maltrato que sufría por su operario. Richard trataba de crear una conexión con uno de los archivos rebeldes. Sus extremidades superiores se movían en una suerte de baile de apareamiento o de figuras de danza, arrastrando aquellas luces que no querían doblegarse, rebajar su intensidad, permitir abrir su contenido y unirse a las otras en un rincón del cuadrante. Su sombra creaba siluetas gigantes y distorsionadas por toda la oficina, que se asemejaban a grotescos engendros, pero Richard no se fijó en ellas.
Tras muchos esfuerzos, agotado, y planteándose aquel desafío como una cuestión personal, consiguió reducir a la mitad la intensidad del registro. Pero sólo eso, además de una serie de cantarinas notas de la máquina. Intentó relajarse y pensar, buscando nuevas ideas o detalles que se le hubieran pasado por alto. Un nuevo enfoque, un plan novedoso en su estrategia. Con los brazos en jarras, sudando, contemplando su figura desdibujada sobre las paredes y el techo. Se rascó los antebrazos, ya que sentía el picor provocado por la energía.
Un momento, se dijo. Alzó los brazos de nuevo y trasladó registros ya guardados hasta el centro de su panel y los abrió. Las débiles e intermitentes luces, fueron dejando paso a números de archivo, sistemas de codificación y fechas de almacenaje. Chequeó las fechas en las que habían sido guardados la mayoría de los registros. Seis, diez, doce, veinte, treinta, hasta cuarenta años los más antiguos. En ese intervalo los protocolos de almacenaje de la información habían evolucionado mucho, por lo que él sabía, no había sido así con los códigos de encriptación de archivos. Luego, si no abría ni hacía funcionar los registros, tenían una antigüedad superior a los cincuenta o sesenta años, incluso más.
Una vez, recién llegado a la empresa, un muchacho apuesto e imberbe, loco por aprender, se encontró con un fichero muy viejo. Un tipo, anciano casi, a punto de la edad del retiro, Thomas, se encargaba de adiestrarle y le mostró como dominar uno de aquellos. Entre los dos, abrieron el registro, que no contenía nada, ni un archivo. Pronto, se olvidó de aquel protocolo y del bueno de Thomas.
Quizá desde esta nueva perspectiva alcanzara su fin. Olvidó lo que sabía sobre registros, e intentó concentrarse en lo más básico. En lo más sencillo. Si él fuera un archivero, con el cometido de preservar información importante en un registro y no contara con una consola de almacenaje, ¿cómo lo haría?
Una intuición, un chispazo fue emergiendo hasta la superficie de su mente. ¿Y si…?
Empujó con una mano en el aire hacia delante, sobre la luz del registro, muy cerca del panel, pero sin llegar a tocarlo. Retrocedió todo el espacio que había avanzado con la diestra y acercó la mano de nuevo.
La luz parpadeó con ligereza. De pronto, todo el cuadrante desapareció y ante él, surgió una infinita sucesión de líneas de archivo.
Cuando el panel se estabilizó, comprobó asombrado que podía acceder al contenido de los archivos de aquel registro. Richard abrió uno de ellos por el procedimiento habitual, le embargaba la euforia.
El panel titiló un instante. Después un ruido ensordecedor inundó la sala, la superficie del tablero cobró vida, desapareciendo y difuminándose los caracteres. El registro se estaba cerrando de forma automática. El panel y la consola estaban rodeados por un resplandor azulado que, poco a poco, iba ganado en intensidad, obligando a Richard a cerrar los ojos.
La luz se fue concentrando, formándose un haz de energía que recorrió en menos de un segundo el espacio que separaba la máquina de Richard, alcanzando en primer lugar sus manos y después extendiéndose por el tronco, la cabeza y las extremidades inferiores.
El estruendo cesó, Richard, rodeado por un halo refulgente, cayó a plomo sobre el piso y sufrió una convulsión que agitó todo su cuerpo.
Una gran mesa de madera oscura con sillones confortables en sus extremos.
—Se abre acta de la sesión —dice una voz—. ¿Está grabando?
Un hombre se acerca y su figura se agranda. Asiente al que parece su superior, el que ha hecho la pregunta, que entra dentro del plano por la derecha.
Varias personas más, cinco en total, se sientan en la mesa grande, enfrentados, tres a un lado, el resto del otro. Visten atuendos sobrios y abren a la vez portafolios de cuero. Leen su contenido con detenimiento y alzan la vista. Después, se intercambian los portafolios y escriben en ellos. Sonríen y estrechan sus manos.
Otro lugar, ya no es la habitación cubierta de maderas nobles, se trata de una sala menos acogedora, luminosa, fondo de color azul chillón. Los mismos hombres, detrás de una mesa en la que no cabe ni un micrófono ni una grabadora más. Miles de flashes centellean y descargan sobre ellos. Son el centro de un acontecimiento importante.
—Ciudadanos, ciudadanas, miembros de los medios de comunicación aquí presentes —se aclara la voz, bebe un sorbo de un vaso de agua cercano—… Tengo el placer de comunicarles una revolución, un cambio en nuestras vidas. El gobierno que presido ha cerrado para bien las negociaciones abiertas con los dirigentes de Industrias Novotech, referidas al desarrollo de proyectos para la mejora del estado del bienestar y el aprovechamiento del tiempo de producción.
»Por este mutuo acuerdo, Novotech se convierte en el primer proveedor de maquinaria y soporte electrónico para el gobierno y sus delegaciones federadas. En unos pocos meses —continúa—, Industrias Novotech ofertará soluciones personalizadas para cada hombre y para cada mujer que ambicionen un rendimiento óptimo, tanto en su vida laboral como personal. Pueden hacer preguntas. Sí, usted —señala a un hombre de la primera fila.
—Parece todo muy bonito y muy sencillo pero, ¿cuánto costará?
—Me alegro de que me haga esa pregunta —dice con una sonrisa—. Por el momento, los técnicos de Novotech están desarrollando una tecnología que se encuentra en una fase embrionaria y que…
—Sí, ¿pero cuánto costará? —insiste el periodista, cuyas sienes empiezan a platearse, frunciendo una panoplia de arrugas en su frente.
Antes de responder a la directa pregunta, el hombre tras la mesa objeto de los destellos de los focos de las cámaras, dirige una mirada a sus colaboradores, quienes se la devuelven con talante aprobatorio.
—El módico precio de... nada.
El escenario desaparece, cambia a otro emplazamiento. Vemos al mismo hombre sonriente.
—Voy a demostrarles en qué consiste la cirugía que les proponemos de manera conjunta el gobierno e Industrias Novotech con el fin de aumentar su capacidad.
Se sienta en un sillón que alguien reclina. Un hombre, que se protege con una bata blanca, le afeita por completo la cabeza y con un rotulador, a mano alzada, traza un círculo del tamaño de una nuez sobre el cráneo lampiño.
—¿Se encuentra bien? —pregunta una voz fuera del plano.
—Nunca había estado mejor —responde el presidente.
Otro hombre, con bata blanca también, acerca una máquina montada en un carrito con ruedas. Un artefacto de forma rectangular repleto de luces, con una especie de manguera o trompa, rematada en su extremo por una forma bulbosa. El operario manipula los controles en el tablero de mandos, la manguera avanza, situando el bulbo, ancho y chato sobre el círculo marcado.
Con un chasquido, surgen seis agujas huecas del interior de la cabeza de la máquina. El operario pulsa otro mecanismo y, emite un crujido, las agujas se introducen en el cuero cabelludo.
Unos minutos después, la cara del presidente no muestra signos de dolor ni de molestia. Permanece con su imperturbable sonrisa. Un líquido, procedente del interior de su cráneo, comienza a manar a través de las agujas. El fluido, viscoso, de un gris lechoso, con grumos, continúa su perezoso camino por los conductos de la manga transparente de la máquina.
El político, recostado en el sillón, saluda con una mano. El símbolo de la victoria con la otra, gesticula y hace carantoñas.
Cuando el líquido cesa de manar, uno de los operarios acciona un mando. Las agujas se retraen y la manguera se retira.
—Ya está, señor presidente —le tiende una gasa empapada con un líquido yodado, oscuro—. Sujételo así un momento.
—Gracias —se gira al frente y se levanta del sillón, da unos pasos—. Como han podido comprobar, una intervención limpia y sencilla. ¡Ah! Aquí lo traen.
Sujeta un frasco entre los dedos que contiene una sustancia densa, partículas sólidas se han decantado en el fondo.
—Les animo a que acudan a su centro Novotech más cercano, en unos pocos minutos se habrán librado de esta lacra —muestra el bote—, y se convertirán en eficientes empleados.
Las imágenes se funden con el negro. Ahora observamos una mujer atractiva, vestida de manera elegante, sin joyas.
—Fiebre ciudadana por la cirugía de Industrias Novotech. Una mayoría de la población, alrededor del ochenta por ciento, se ha sometido a la intervención quirúrgica que extrae una pequeña porción del cerebro. Directivos de Novotech han afirmado que la operación es inocua para el cuerpo humano. Las diez mayores empresas del país, han hecho público un estudio, en el que se demuestra la efectividad de la técnica de Novotech. Asegurando que la productividad de los trabajadores sometidos a la cirugía ha aumentado en un cien por cien.
»Por el contrario, filósofos, intelectuales y ciertas corrientes contraculturales, han expresado su desacuerdo, tachando de inmoral a Novotech y acusando al gobierno y a la empresa de alta tecnología de un descarado intento para controlar al pueblo. Plantean la siguiente cuestión, ¿qué obtiene Novotech de beneficio si la intervención es gratuita? Además apuntan una nueva modalidad de discriminación entre los intervenidos y los no intervenidos.
»En otros países, reputados científicos han señalado que la operación es muy agresiva, pudiendo dañar de gravedad centros neurálgicos del cerebro, que afectarían a la imaginación, la memoria, la creatividad y la capacidad de soñar. Añadiendo, que cabe la posibilidad que no se regenere en las generaciones futuras. Novotech está en plena expansión y ya cuenta con filiales por todo el planeta, ofreciendo su cirugía en veinte naciones.
Se difumina. Aparece una sala blanca y el logotipo de Novotech en grandes letras al fondo, un hombre con una bata blanca y una máquina con un extraño y alargado apéndice terminado en una cabeza esférica.
—¡No quiero, mamá! —gruñe un niño de seis o siete años.
—No seas tonto, Bobby —dice su madre, regañándole—. Verás que no duele nada. Yo me lo hice cuando tenía tu edad, cariño, y tampoco quería. Te convertirás en un chico mucho más listo y sacarás las mejores notas en la escuela.
—¡Pero yo no quiero ser más listo, ni sacar buenas notas! Yo quiero jugar… —protesta, unos lagrimones le corren por la cara.
—¡A callar! ¡Harás lo que te diga tu madre! Es por tu bien, mi amor —se dirige al técnico—. Continúe, por favor.
El ingenio se aproxima a la cabecita del zagal que llora en silencio. La madre y el operario de Novotech, salen de la habitación y observan al crío desde una ventana gigante contigua.
—¿Listo, hijo? —pregunta su madre a través del altavoz.
—No —balbucea, aunque no se le entiende nada. El tipo mira un instante a la mujer, que asiente, y acciona un pulsador.
Dentro de la sala, la esfera en la punta del brazo vibra, produciendo un sonido muy leve. Bobby nota un calor intenso dentro de su sien que va en aumento, pero no le quema. La sensación es casi agradable, placentera, le entran ganas de echarse a dormir allí mismo, ya que el sonido le da sueño. Bobby cierra los ojos.
—Llamada entrante de Patricia Soren.
Richard estaba tendido sobre el frío suelo. Con lentitud se frotó la cabeza, quejándose de dolor y abriendo los ojos. Presentaba una quemadura en el centro de la palma de la mano.
Parpadeó, confuso, respiró hondo.
—Llamada entrante de Patricia Soren —repitió su asistente.
Se incorporó espirando con fuerza el aire que había inhalado. ¿Qué había ocurrido? No consiguió recordarlo.
—Llamada entrante de Patricia Soren.
—Está bien, pásamela.
—¡Richard! —la imagen tridimensional de la cara de su novia se hizo presente. Tenía la melena pelirroja recogida en una cola de caballo y la cara recubierta por una pasta verde.
—Tricia, ahora no, por favor.
—¡Richard Mirkin! ¡Prometiste llamarme!
—Lo siento, Tricia. Todavía estoy en la oficina. No sé ni qué hora es.
—No eres capaz de mantener una promesa —estaba a punto de sollozar.
—Tricia, creo que estoy metido en un buen lío —miró a su alrededor topándose con la estropeada consola.
—¿De qué hablas? Prometiste llamarme y no lo has hecho. Eres un hombre muy malo, Richard Mirkin —dijo y se escuchó el sonido que finalizaba la comunicación.
—¡Tricia!¡Tricia! —chilló, pronto se dio cuenta que estaba gritando y, un segundo después, que no había nadie más que le recriminara sus voces.
Su novia le había dejado con la palabra en la boca. Se encontraba en el medio de un enorme desastre. Por mucho que fuese el laborador preferido de su coordinador y de aquella planta, dañar la maquinaria era sinónimo de expulsión de la empresa.
Sin mucha fe, adelantó las manos por delante de él e intentó poner en funcionamiento el ingenio, sólo para ver que en la otra mano también le dolía una quemadura similar.
—Richard, ¿qué hace aquí a estas horas? —desde el umbral le invadió la silueta de una figura conocida.
—No había acabado de trasladar los últimos registros y almacenarlos, así que… —se excusó con convicción.
—Trató de finalizar su tarea —terminó el señor Hiram con media sonrisa en la cara—, porque siempre cumple. Y lo que le ha ocurrido es que ha sobrepasado las horas de uso de su consola.
—Bueno… —repuso, avergonzado. El supervisor dio unos pasos al frente. Richard miró su semblante, no le dio la impresión de que estuviera enfurecido por el destrozo.
—Tranquilo, Richard. No le amonestaré ni tampoco propondré su despido a la dirección.
—¿No? —dijo estupefacto.
—Por supuesto que no. Durante el tiempo que lleva aquí, usted ha aportado más beneficios a mi planta que el resto de empleados juntos. El valor de esa máquina obsoleta es una nimiedad, tecnología antigua que ya debería haber sido cambiada. Le podía haber ocurrido a cualquiera. No volverá a pasar, mañana mismo iniciaremos una renovación de la maquinaria de almacenamiento, será el primero en estrenarla.
—¿De verdad?
—Pues claro. Supondrá un nuevo impulso para este sector, más capacidad, mucha mayor rapidez, podrá laborar sentado…
—Increíble, pero todo esto, ¿por qué?
—Richard, estoy considerando la posibilidad de enviar un informe a la planta noble para que sea promocionado a jefe de sección.
—No sé qué decir, ¿en serio? —entre incrédulo e ilusionado.
—Sí, en serio —bajó la vista y advirtió las manos heridas de Richard—. ¡Qué quemaduras más feas! Sígame. Debemos curar esas manos.
Richard le obedeció sin chistar y el señor Hiram le condujo a una pequeña sala. De un armario sacó un par de sobres de papel. Rompió uno, era un apósito adhesivo impregnado con una solución cicatrizante, lo aplicó a la palma izquierda de Richard. Repitió el proceso con la diestra. Richard notó el alivio al instante.
—Manténgalos hasta que se despeguen por sí mismos.
—Gracias, me lo hice…
—Me lo imagino —cortó—. Es tarde, debería irse a casa.
—Sí, es cierto. Gracias de nuevo señor Hiram.
Richard recorrió el laberinto de pasillos desiertos del edificio, iluminados por una tenue luz. ¿Se quedaría alguien a laborar hasta tan tarde? ¿Por qué su supervisor estaba allí? Se hizo todas aquellas preguntas a la par que su sombra se doblaba y avanzaba por delante de él. De repente, no supo cómo resolver sus dudas, miró a su espalda y, por un extraño presentimiento, se sintió observado. Le faltaba el aire, abrió la boca para respirar y se desabrochó un botón de la camisa. Hacía calor. Mucho calor. Entró en el elevador.
—Cero —dijo en voz alta.
¿No era extraño que no hubiera dispositivos de seguridad? Demasiado silencio.
El elevador llegó a la planta baja. Desde el cilindro acristalado a la salida más cercana no había más de un minuto. Sin embargo, los escasos sesenta segundos hasta que salió al exterior, se le antojaron incómodos, no se sentía seguro. Una vez fuera, respiró el aire puro y no la mezcla de oxígeno reciclada de continuo.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se apresuró, el trasbordador estaba cerrado y le aguardaba un largo trecho hasta su cubículo. Sus pasos resonaban sobre el pavimento sintético, ¿por qué tenía la impresión de que le seguía alguien?
Escuchó otros pasos. Se paró, el perseguidor detuvo su caminar. Richard anduvo más deprisa, el sonido redobló al mismo ritmo. A medida que aumentaba su cadencia, los pasos crecían en intensidad a su retaguardia. No se atrevió a mirar, sólo vio su propia sombra, reflejada por la iluminación pública, pegada a sus pies.
Frenó en seco y se giró, el corazón desbocado, la respiración agitada, grandes gotas de sudor recorrían su cara.
Nadie. No había nadie en toda la avenida. Respiró hondo y se secó la frente con la manga de la chaqueta. No era posible que una persona se hubiera escondido, la amplia calle estaba bien iluminada.
Corrió desaforado por las calles, sin parar hasta que su cubículo apareció ante sus narices. Pasó de largo los filtros que por la mañana se le habían antojado gastados y que habían sido cambiados por unos nuevos, relucientes, purificando el aire a pleno rendimiento con su típico bufido monocorde.
Asustado y exhausto por la carrera, echó una ojeada de nuevo hacia la calle, cuando atravesaba el sendero de piedras de su propiedad. La gravilla crujía bajo sus pies, sobresaltándose a cada nuevo sonido que provocaba su calzado. Richard alcanzó con alivio el umbral de su cubículo. Apoyó la mano derecha sobre el lector de vidrio oscuro junto a la puerta, pero esta no se abrió. Richard temió un sabotaje en su sistema de seguridad. Se serenó un poco y advirtió los apósitos adheridos a sus palmas. Unió dos ideas y se arrancó uno de ellos. Aulló de dolor, ya que se había a formado una fina película sobre la herida, tenía la piel en carne viva.
Esta vez, el lector no mostró señales de error, advirtió el calor y la luz se escapó entre los dedos sobre impresionando su mano de arriba hacia abajo. La puerta se entornó. Richard entró y la cerró tras de sí, asegurándose que quedaba bloqueada.
—Buenas noches, Richard. Ya he activado el programa de seguridad. ¿No es muy tarde hoy?
—Sí, Mel. Gracias. No he tenido un buen día. ¿Nanny? —preguntó mientras dejaba el recibidor y se adentraba en su habitación.
—Disfrutando el descanso de los androides domésticos.
—Bien, siento no haber estado para desconectarlo yo mismo —pasó al cuarto de baño, buscaba algo que no encontraba.
—Debajo de las toallas.
—Gracias, Mel —sacó unos sobres sellados de papel—. ¿Cómo podías saber lo que estaba buscando?
—Piensa un poco, Richard. ¿No has puesto la mano sobre el lector?
—Claro —asintió, desprecintó uno de los sobres y se colocó un nuevo apósito donde se había arrancado el anterior.
—Patricia ha llamado ocho veces. Derivé las comunicaciones a tu asistente.
—Sí, pero no estaba de ánimo como para aguantar su bronca ególatra.
—Llamada de Patricia Soren.
—¿Por qué no se irá a dormir? —se quejó disgustado, mientras se desvestía—. Pásamela.
La imagen de la mujer iluminó el cuarto con un matiz azulado.
—Richard, estoy muy decepcionada contigo.
—No me digas. Seguro que tu noche ha sido mucho peor que la mía… —espetó, irónico.
—Mira Richard, creo que no eres la clase de hombre que me conviene.
—La única clase de hombre que te conviene, Tricia, es aquel que te da la razón siempre —escupió, enojado.
—¡No es cierto! Yo quiero un hombre atento, que esté pendiente de mí, que sea detallista, que me colme con regalos, que haga planes conmigo…
—Y que te adore, y que te responda que sí a todo lo que tú le digas. A eso se le llama ser un esclavo, y yo no estoy dispuesto a ello. Tricia, desde que llevamos hablando, ni siquiera me has preguntado qué me ha ocurrido, ni por qué he salido tan tarde de la oficina, ni qué hago a estas horas en casa cuando debería estar durmiendo…
»Sólo has hablado de ti y de tus necesidades.
—¡Richard...! —balbuceaba abochornada ante el descaro de su prometido.
—¡Cállate! Estoy harto de tu egocentrismo, de que no me preguntes mi opinión sobre asuntos que nos conciernen a los dos, de tus fantasías vitales, de tu superficialidad, de tu prepotencia. Me encuentro cansado, Tricia. Por lo que a mí respecta, hemos terminado. ¡Buenas noches!.
—Pero Richard…
—He tenido un día muy duro y estoy agotado. Adiós, Patricia Soren. Corta, Mel.
La comunicación finalizó. Richard había terminado de quitarse la ropa. Se metió en la cama en calzoncillos.
—Mel, ejecuta el nuevo programa —ordenó desde debajo de las sábanas, notando como el alivio, la relajación y el sopor iban ganado terreno a su consciencia.
—Lo siento, Richard. No he recibido Sueño.5 de Novotech.
—¡Qué contrariedad! ¿Por qué? —se incorporó, disgustado.
—La empresa ha aducido problemas en la descarga del programa, debido a una demanda tan extraordinaria que las líneas se han saturado. Han prometido solucionarlo y servir el programa a lo largo del día de mañana.
—¡Uf! Así que va a ser un desastre de día de principio a fin —regresó al resguardo de las sábanas que ya acumulaban calor—. Luces, Mel —la iluminación fue desvaneciéndose.
—Buenas noches, Richard —aunque Richard fue incapaz de responderle, porque en cuanto apoyó la cabeza sobre la almohada, había caído rendido ante el ataque del cansancio.
Flaegon era un guerrero de las regiones áridas, aunque su pueblo natal quedaba ya lejano en el tiempo y en la distancia. Durante años había viajado de una nación a otra como aventurero de fortuna, se había labrado una merecida fama de asesino de bestias malignas. Las diferentes regiones alquilaban sus servicios para deshacerse del dragón de turno. Mas, el honrado Flaegon aceptaba sólo lo justo para sobrevivir en los caminos y a la intemperie, siempre tras cumplir con su encargo.
El barón de la pedanía de Vals le había explicado cómo un dragón se había instalado en sus montañas, pidiéndoles el tributo de una doncella virgen, so pena de arrasar la población con su aliento ígneo. Flaegon había aceptado el trabajo de acabar con el dragón, después de rechazar con modestia la mano de la hija del noble a modo de pago.
El escenario del palacio del barón ha desparecido y se ha tornado en un paisaje menos agradable. Los colores se han evaporado, las formas se han emborronado, las texturas se han endurecido. La humedad y la oscuridad nos indican que el guerrero se encuentra en las entrañas de la tierra, se ha internado en la gruta de la bestia asesina. Avanza cauteloso, apenas ve sus manos a unos centímetros de su cara. Escuchamos un rugido. Flaegon se detiene. Un acre olor se extiende, seguido de un súbito resplandor que ilumina la enorme cueva abovedada, tan alta como las almenas del más enhiesto castillo. El bárbaro echa mano de su hacha, recién afilada y engrasada. Agarra el arma con las dos manos, preparándose para lo peor.
La criatura, el gusano repleto de escamas acorazadas, armado con garras afiladas, el temible ser con espinas ponzoñosas, hace su presencia, caminando con pereza hacia Flaegon.
—SÍ QUE HAS TARDADO, AMIGO.
—Cada vez te escondes más profundo, compañero.
—LA LUZ HIERE MIS DÉBILES OJOS, FLAEGON. ¿CUÁNTO ESTA VEZ?
—Lo acostumbrado, no conviene abusar. Más la mano de la hija del barón.
—QUE, POR SUPUESTO, NO HAS ACEPTADO.
—No. Anda vamos a dormir un poco, la caminata me ha destrozado. Mañana regresaré al pueblo con una de esas espinas que se te caen, como prueba de la muerte de la bestia.
—LA BESTIA SE HACE VIEJA.
—Y yo ya no soy un jovencito para ir persiguiéndote por los bosques.
—ES UNA FORMA HONRADA DE GANARSE LA VIDA.
—Así es, tan digna como cualquier otra.
La húmeda gruta se disolvió, a la vez que el olor a azufre y el guerrero y el dragón.
—Richard, despierta.
—Richard, despierta.
—¿Ya es la hora? —se quejó con la boca abierta sobre la almohada.
—Sí —los mamparos subieron, permitiendo el paso de los primeros rayos de sol.
Richard se incorporó, se rascó la barba e hizo un gesto con un dedo, uniendo dos puntos imaginarios en el aire.
—Un momento.
—¿Sí, Richard?
—¿Recibiste durante la noche el programa que no se descargó ayer?
—No, Richard. Te dije que subsanarían el problema a lo largo del día de hoy. ¿Por qué?
—Por nada —se frotó la frente, los apósitos se habían perdido entre el revoltijo de sábanas, tenía las palmas enrojecidas, pero no sentía dolor—. Debo estar volviéndome loco.
—Tienes el desayuno listo.
—Necesito un par de minutos, Mel —se quedó pensativo—. No puede ser…
—Llamada entrante de Patricia Soren.
—Restringe esa comunicación para siempre. No quiero volver a hablar con ella.
—Hecho.
Richard se movió hacia el minúsculo baño. Dejó correr el agua, o lo que fuera que fluía por el grifo, se lavó la cara, se mojó la nuca y se miró en la hoja sucia del espejo. Vio una cara cansada, ojerosa, con sombra de barba de un día. Fatigado, pero ilusionado, aquella imagen le devolvía el espejo. Ilusionado ante un nuevo día que comenzaba. El día de hoy era un hombre lleno de expectativas y se sonrió a sí mismo.
—Richard, hay dos hombres en la puerta que quieren verte.
—¿Quiénes serán? Muéstramelos —pidió, a la vez que se había enfundado en unos pantalones, poniéndose una camiseta y calzándose unas deportivas.
—Lo lamento, Richard. No me está permitido reproducir imágenes suyas.
—¡Qué raro! —recorrió la escasa distancia que separaba su habitación de la entrada en unos pocos segundos. Richard desbloqueó el sistema de seguridad.
La puerta se abrió.
—Buenos días —saludó a dos hombres altos y fuertes, vestidos con impecables trajes negros y protectores solares, negros también.
—¿Richard Mirkin? —le preguntó el más alto de los dos.
—Sí, soy yo —respondió mirando a ambos, estupefacto. De repente, recordó el nombre de su vecino de enfrente. El encantador señor Laurisen, aunque no sabía a cuento de qué le había venido aquel pensamiento a la cabeza.
—Mi colega y yo trabajamos para Industrias Novotech —le enseñaron las correspondientes identificaciones. Justo cuando Richard estaba esbozando una sonrisa, creyendo que le venían a hacer entrega a domicilio de su programa Sueño.5, el otro, el acompañante le cortó.
—Usted posee algo que nos pertenece.
—¿Cómo? No entiendo nada —sonrisa nerviosa—. Perdonen, pero creo que están equivocados.
—Me temo que no, señor Mirkin.
La señora Moy, la vecina de al lado, se acercó con su perrita Candy, pues era su hora del paseo. Entró por el caminito de piedras en dirección al umbral de Richard, para asegurarse de que todo marchaba bien.
El más alto de los hombres se volvió hacia ella, bajó sus protectores solares sobre la nariz, le dirigió una mirada a Augusta Moy, quien se giró, retornando con Candy por donde había venido.
El que se encontraba más cerca de Richard, se deshizo también de las lentes oscuras mirándole a los ojos.
—Acompáñenos, señor Mirkin.
Dos personas en los laterales del plano. Aunque sólo se percibe una parte de sus cuerpos que caminan, empujando un carro o camilla sobre el que descansa un hombre tendido, tapado por una ligera sábana azul. Una puerta se abre por delante de ellos. Luz artificial intensa.
—A la sala 3.
—¿Cómo ha podido darse otro caso en un espacio tan corto de tiempo? —pregunta su compañero.
—No lo sé.
—¡Pues no quiero más fallos! ¿Entendido? —vocifera.
—No se preocupe, erradicaremos su rebeldía desde la raíz.
—Pediré que se destine una partida importante del presupuesto para investigar la razón por la que ese maldito pedazo de cerebro se reactive de nuevo en ciertos individuos. Es un riesgo que debemos atajar. No podemos permitirnos dejar que miles de estúpidas ideas campen a sus anchas en las mentes de los trabajadores. Quién sabe de lo que serían capaces...
—Cuente con ello.
Traspasan una puerta de doble batiente. Llegan a una estancia aséptica. Al fondo se puede leer en unos desgastados caracteres rojos de gran tamaño: Novotech.
Varios hombres les aguardan dentro. Uno de ellos parece el de más autoridad, vestido al modo de los cirujanos. Le pasa al tipo de la camilla un aparato alargado alrededor de la cabeza y mira unos parámetros en su consola. Luz artificial muy intensa.
—El cerebro del paciente se ha desarrollado mucho. Más de lo que esperaba. Me veo obligado a emplear un alto grado de radiación, podría resultar arriesgado para la vida de este hombre.
—¡Hágalo! —exige uno de los portadores de la camilla.
—Si usted acepta la responsabilidad, lo haré.
—¡Hágalo bajo mi responsabilidad! —dice gritando.
—De acuerdo. Las ondas cerebrales del individuo muestran una inusual actividad en el área creativa. El paciente presenta signos de haber soñado de forma autónoma.
—Eso ya lo sabíamos. Su inteligencia doméstica nos lo comunicó esta mañana. Proceda sin más dilación.
—Salgan todos de la sala —ordena el doctor.
Se difumina. La escena se traslada a un habitáculo contiguo. Iluminación tenue.
El doctor dirige la operación a través de un monitor. Mediante unas palancas, manipula el ingenio. Un artilugio a modo de casco se sitúa en torno al cráneo del hombre tendido, sin llegar a tocarle.
—Listo —afirma un auxiliar.
—Bien, comencemos —presiona una tecla enmarcada en un cuadro de mandos con el rojo de peligro. Un crac, crac, repetitivo y machacón producido por la máquina. Se miran unos a otros, nerviosos.
—Se terminó —anuncia el especialista.
—¿Seguro? —interpela el hombre gritón.
—Mire —se sincera—, si un tejido cerebral inutilizado de carácter congénito, se pone en marcha y trabaja a pleno rendimiento, quiere decir que en esta vida no hay nada seguro.
—Usted, asegúrese que no puede volver a utilizarlo. Y extráigale de una puñetera vez la información corporativa que nadie es capaz de explicarme cómo ha llegado hasta su cabeza.
—Así se hará.
El cónclave es disuelto. Conducen al paciente hacia otra dependencia. Se apagan las luces.
Se funde en negro.
—Despierta Richard —entonó una suave voz femenina.
—¿Ya es de día?
—Sí. Venga Richard, desperézate —los mamparos se alzaron, permitiendo que los primeros rayos del sol entraran poco a poco en el cuarto.
Richard puso los pies en el suelo. Está vestido, la ropa arrugada de haber dormido con ella puesta.
—Llamada entrante de Patricia Soren —anunció la cantarina voz sintética.
—¡Pues se va a quedar con las ganas! —exclama, levantándose de la cama camina hacia el aseo—. Voy al baño , Mel.
—¿Te la paso o le digo que te encuentras en la ducha?
De repente, se quedó paralizado a medio camino entre el dormitorio y el cuarto de baño.
—¿Alguna vez te he dado una orden de restricción sobre esa comunicación? —preguntó, desconcertado al aire.
—No, lo tendría en mis directrices. ¿Quieres hablar con ella?
—Creo que puedo pasar sin su parloteo a estas horas. Dile que me llame más tarde.
—De acuerdo. Casi tienes listo el desayuno. Date prisa Richard.
Richard cerró la puerta del baño y abrió los grifos al máximo. Juntó las manos, formando un cuenco y lo llenó de agua, se lo llevó hasta la cara, refrescándose, el agua se escurría por todo su rostro. Levantó la cabeza de la pila y se miró en el espejo.
Enormes cercos amoratados rodeaban sus ojos, la piel estaba pálida, macilenta, y amarilleaba en la frente y las mejillas. ¿Qué ocurría? Entonces, recordó. Recordó una sala con una luz potente. Recordó unas personas hablando por encima de él. Recordó que había soñado. Y recordó que por eso le temían, y porque había conocido secretos que no querían que nadie supiera. Fue recordando retazos que se dispararon en su cabeza, tan rápidos que pidió que pararan, tan potentes que le dolieron las sienes, tan vívidos que pensó que se desarrollaban delante de él. Mas su mente se había puesto en marcha y nada lograría acallarla. Richard Mirkin, el soñador.
De pie, en el aseo, soñó que las personas debían experimentar aquella misma sensación, como él. Richard decidió mostrar lo que sabía al mundo.
—Mel, ejecuta el protocolo de desconexión.
—¿Desconexión? ¿Estás seguro? Si...
—Ejecútalo o lo haré yo de forma manual —advirtió.
—Ejecutando desconexión... Iniciando...
Richard se dirigió a la calle. La puerta se destrabó con un clic. Hacía un estupendo día, el cielo tenía una preciosa tonalidad azul.
—Su inteligencia de gestión domótica, se encuentra averiada o fuera de servicio. Por favor, compruebe que su programa no está dañado. Si no consigue reiniciar el asistente, un par de técnicos de Industrias Novotech se personarán en su domicilio para repararlo.
Escuchó Richard a su espalda cuando puso un pie en la calle. Debía darse prisa o le cogerían.
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