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Relato Fantástico: Las Piedras de Ninurta
«Erigí un pilar a las puertas de su ciudad, y desollé a todos los jefes que se habían levantado contra mí; cubrí el pilar con sus pieles; a otros los emparedé en su interior; a otros los empalé en estacas sobre el pilar; y a otros los dispuse empalados sobre estacas en torno al pilar. A muchos otros los desollé; con sus pieles cubrí las murallas. Y a los jefes y funcionarios reales que se habían rebelado, los desmembré»
Assurnasírpal, Anales de los Reyes
Por Manuel Burón

Relato Fantástico - Las Piedras de Ninurta El contraído rostro del anciano se estremecía en el lecho, denotando un sueño agitado, que no era debido al sofocante calor del verano. Ni la caída de la noche, ni el frescor que emanaba de lento discurrir del Tigris podían mitigar su sufrimiento. Sus oídos no percibían el rítmico martillar de los esclavos, que a marchas forzadas trabajaban en la construcción de Kalhu, la nueva capital del reino. Gotas de sudor perlaban la frente del sacerdote de Ninurta; pues Shamshiad era visitado en sueños por su dios guerrero desde que accediera al trono el joven y fogoso Assurnasírpal.
Sueños repletos de un horror insondable, unas pesadillas que ni un ser tan acostumbrado a ahondar en los profundos misterios del saber oculto como Shamshiad, era capaz de soportar sin estremecerse. Delirios de sangre, promesas de poder, augurios de triunfo, ritos tan abominables y abyectos que ni él, al que llamaban en secreto “el carnicero del templo” era capaz de concebir. Pero el terrible dios de la guerra ansiaba extender su poder, y la herramienta elegida era su nuevo señor, y él, un viejo y taimado sacerdote, el medio señalado para que ambos alcanzaran la gloria.
En aquellos tiempos la grandeza de Asiria había decaído, rey tras rey había ido perdiendo tierras y prestigio, y los vecinos se negaban a pagar el debido tributo a la nación de los guerreros. Sus carros ya no eran temidos más allá del curso medio de los perezosos Tigris y Eufrates, e incluso los perros arameos osaban atacar sus fronteras y rebelarse contra su señor. Ya no llegaba la lana, ni el oro, ni el grano, ni los esclavos, ni las otras ofrendas que se les eran debidas a los descendientes de Ashur. Pero la llegada al trono del joven príncipe había despertado a los primitivos dioses de sus ancestros, que hartos de la pompa y el boato a la que sus antecesores se habían dedicado, reclamaban ahora sangre y almas para saciar su sed. Ver doblar la rodilla a los seguidores de sus enemigos, a cambio, el poder que a los hombres les estaba velado.
«Busca en el interior de tu enemigos» — decía la voz de Ninurta en los sueños que martirizaban a Shamshiad y el eco infernal de sus palabras resonaba en los rincones más recónditos de su cerebro. Con el paso del tiempo, sentía como su poder crecía, pero su desquiciado instinto no lograba desentrañar el enigma, hasta que llegó el sangriento día de la rebelión de Nishtun.

No hacía mucho tiempo que habían comenzado los trabajos de construcción de la nueva capital de su señor Assurnasírpal. Los templos de Ninurta e Ishtar todavía no se elevaban como grandiosos zigurats y el palacio real aún no hacía bajar la vista a los humillados siervos que lo visitaban cargados de tributos o de cadenas. Aún sus coloridas murallas no se reflejaban en las tranquilas aguas del rió, aún sus anchas avenidas no estaban pobladas con las imágenes de los guardianes y los dioses de los hijos de Ashur.
Tenía el rey desde muy joven la afición de practicar la caza del león. Subido en un veloz carro, demostraba su tremenda valentía acercándose a las fieras, que abatía de certeros flechazos, mientras un auriga dominaba los veloces caballos y grupos de guerreros enfurecían a las bestias y las dirigían contra su amo. Las musculosas fieras se acercaban rugientes y amenazantes, dispuestas a despedazar a cuantos se encontraran a su paso. Nadie más que el rey tenía derecho a abatir al indomable depredador, así combatía el rey con su igual, los dos seres más feroces de la estepa cara a cara. Un disparo fallido y la vida de los ocupantes del carro podía terminar entre las fauces de los poderosos leones.
Una clara mañana en la que se encontraba practicando tan peligrosa hazaña, al otro lado del río, llegó hasta el lugar un extenuado mensajero, que venía de la frontera norte. Sus noticias eran aciagas, y provocaron la cólera del fogoso rey — Un insignificante pueblo llamado Nishtun había degollado a la guarnición asiria declarándose en rebeldía.
No había asomado aún el dorado sol del siguiente día cuando el joven monarca partió seguido por un ejército tan impresionante, como no había reunido otro igual desde hace decenios ninguno de sus antecesores. Los puntiagudos cascos de hierro y las resistentes corazas de escamas de la infantería refulgieron al asomarse el sol, sus pesadas botas de cuero levantaron inmensas nubes de polvo, el retumbar de los carros hizo vibrar las montañas y a la cabeza de todos el gran señor de Kalhu, con su orgullosa barba rizada y su mirada fiera e implacable. Y junto a él, un anciano y marchito sacerdote de ojos hundidos y rostro apergaminado.
Tras algunos días de marcha se apostaron frente a la aldea, que se encontraba al pie del escarpado monte Eqi. Tan terrible fue su presencia, que los sublevados escaparon despavoridos, ocultándose en la enriscada cima del monte, donde se hicieron fuertes, y ni los carros podían acceder, ni las flechas llegar.
El cielo nocturno resplandecía con el brillo de las constelaciones, mientras las hogueras ardían en el campamento real, que con su luz huidiza formaba terribles sombras en los aledaños de la aldea. El ejército estaba apostado en las afueras de la desguarnecida aldea para evitar traiciones. La tienda del rey, que destacaba sobre el resto por su suntuosidad, se encontraba vigilada por cuatro enormes guerreros acorazados, con hermosos cascos cónicos de elaborada factura y temibles y afiladas picas. En su interior, el rey retorcía las manos con inquietud, hasta que no pudo controlar su ira e hizo llamar al sacerdote.
—A ti, que te habla el dios Ninurta. Ofrécele cualquier cosa. Quiero ver sometidos a esos perros con la primera luz del alba.
—Se hará como deseas, mi señor. El dios tan solo quiere que mi amo doblegue a sus enemigos. Déjame a tu guardia personal. — La siniestra sonrisa que sesgó el cetrino rostro del sacerdote hubiera sobrecogido a cualquier ser humano, pero Assurnasírpal no era un ser normal. La sed de poder del señor de los asirios no conocía límites.
—Sea, viejo. Que el poderoso cazador de Anzu haga lo que considere pertinente con mis hombres.
Los cuatro guardianes siguieron al enjuto clérigo hasta donde la luz de las hogueras perdía fuerza. Los hizo postrarse en el suelo y entonó cantos y rezos en una lengua tan antigua que sólo los iniciados recordaban y cuyo sonido recordaba los gruñidos ancestrales de los homínidos primordiales. Sus figuras se retorcieron, sus facciones humanas dejaron paso a unas figuras demoníacas de bestial aspecto. Los rugidos de esos seres se elevaron hacia las estrellas.

Relato Fantástico - Las Piedras de Ninurta Así, cuando la luna estaba ya en su cenit, figuras aladas se recortaron contra su luz plateada; y gritos y aullidos llegaron desde el inaccesible pico de la montaña. Incluso los soldados del rey temieron mirar hacia arriba para tratar de vislumbrar lo que allí acontecía. Aquella noche ni un alma quedó con vida en la cima del monte Eqi, tan solo al líder de los rebeldes se le permitió vivir.
Bubu, pues así se llamaba el pobre infeliz, fue cargado de cadenas. Aunque no mostraba grandes heridas, su cordura parecía haberse disipado. Su mente parecía abrasada por un febril delirio y entre balbuceos inconexos no paraba de mencionar como hombres alados con cuerpo de león destripaban a todo aquello que respirase. En su locura describió una orgía de sangre y vísceras, una matanza cruel y despiadada en la que los cuerpos de sus hombres eran mutilados por los bestiales demonios que bajaron rugiendo del cielo.

«Busca en el interior de tus enemigos» —la voz del dios reverberaba en los sueños de su oscuro sacerdote haciendo de su descanso nocturno la peor de las torturas. Las terribles visiones de los tenebrosos secretos velados a los hombres amenazaban con eliminar el raciocinio de su mente.
Cuando las estrellas ya habían corrido a ocultarse del cegador asesino celestial, el sacerdote se presentó ante el rey, mientras éste se encontraba desayunando en una terraza de su palacio en construcción, desde la que se podían divisarse las ligeras naves que surcaban las verdes orillas del Tigris, y le pidió permiso para interrogar al prisionero.
—Tuyo es, mago. Dispón de él en el nombre de Ninurta, y agradécele su ayuda en mi nombre. Y dile que tendrá tantos prisioneros como quiera, si me ayuda. —Un fulgor demencial brilló en los oscuros ojos del soberano, y su sonrisa anunciaba a aquel ser implacable que devolvería la grandeza a su gente.

«Busca en el interior de tus enemigos» —el recuerdo de la voz que visitaba sus pesadillas, retumbaba una y otra vez en la desquiciada mente del sacerdote mientras interrogaba al prisionero que se encontraba atado a un poste.
El cuerpo desnudo y sangrante se agitaba entre grandes espasmos. Ante él y cubierto por la sangre de Bubu, se encontraba Shamshiad que con un afilado punzón iba torturando de manera atroz al preso, mientras le interrogaba con insistencia.
— ¿De donde sacaste el valor para rebelarte, perro?
—Arrrghh. ¡Los seres alados devoraron a mis hermanos! — Gemía el infeliz— Ishtar nos proteja. Llegaron desde el cielo para masacrar a mis hombres. ¡Malditos demonios impíos!
«Busca en el interior de tus enemigos»
—Dime como unas sabandijas como vosotros osasteis atacar a los soldados del rey —insistió Shamshiad con voz susurrante, mientras amenazaba ahora al condenado con un afilado cuchillo de desollar.
— ¡Las piedras! ¡Las piedras! —clamaba el enloquecido aldeano mientras el sacerdote le iba arrancando la piel a tiras.
«Busca en el interior de tus enemigos»
— ¿Qué piedras? ¿De que me hablas, escoria? —La voz del mago parecía desquiciada mientras el recuerdo de sus pesadillas le seguía atormentando. Sus brazos teñidos de carmesí, goteaban con la sangre vertida por su prisionero. Las tiras de piel arrancadas al condenado, se amontonaban en el viscoso suelo enrojecido de sangre como extraños reptiles de pálidas escamas surgidos de una pesadilla enfermiza.
La locura llegó a su cenit cuando, sin poder resistirse más, el sacerdote hundió el cuchillo hasta la empuñadura en el vientre del marchito espantajo que había sido Bubu, el rebelde de Nishtun. Lo apuñaló con saña, como si estuviera poseído por una extraña cólera infernal. La punta del afilado cuchillo se abría paso una y otra vez en las entrañas del encadenado ser que había perdido la vida de manera atroz y cuya forma recordaba vagamente a la de un ser humano. Una de aquellas puñaladas chocó con algo que hizo que la delgada hoja se partiera. Incrédulo, el mago introdujo su mano en la sanguinolenta masa que era ahora el abdomen de su cautivo y rebuscando en el interior halló un objeto.
«Busca en el interior de tus enemigos»
Con un aullido de satisfacción Shamshiad observó como su mano, chorreante del púrpura fluido de la vida, agarraba una deslumbrante piedra. Entre restos de sangre y tejido, se percibía un fulgor palpitante, como si la gema estuviera insuflada de vida propia. «Las piedras de Ninurta», pensó y la idea se abrió paso en su cerebro como la cegadora luz de un rayo en una noche oscura. Y un nuevo alarido, esta vez de frenética alegría, brotó de su garganta.
Pocas horas más tarde, la piel del desgraciado Bubu adornaba la puerta de entrada a la sagrada Kalhu. Su cabeza, clavada en una pica, con los ojos desencajados por un sufrimiento más allá de toda conciencia y con una mueca de mudo dolor, advertía en silencio a todos los visitantes del peligro de traicionar al rey Assurnasírpal, el favorito de Ninurta.

Relato Fantástico - Las Piedras de Ninurta Los años fueron pasando frenéticamente. El esplendor de la ciudad de Kalhu, borró de la mente de los hombres la pasada gloria de Assur y Nínive. Un dorado zigurat en honor del dios de la guerra comenzaba a despuntar sobre las coloridas y fuertes murallas, tomando la luz del sol y multiplicándola infinitamente en un cegador brillo celestial; junto a él, el templo subterráneo donde se seguían los ritos en honor a Ninurta. Una hermosa avenida los unía. Cientos de relieves adornaban sus lienzos mostrando el sometimiento de los vasallos del rey de aquella ciudad al dios guerrero. Ante la imponente figura del dios, desfilaban figuras de sibilinos babilonios, bárbaros amorreos, avaros arameos, y un sinfín de razas que se postraban ante el divino conquistador, ofreciéndole presentes y suplicando por sus vidas y las de sus tribus. Pero lo más hermoso de la nueva ciudad, aún en construcción, era el palacio del señor Assurnasírpal. Sus paredes forradas con alabastro de distintas tonalidades, brillaba al sol rivalizando con el astro en brillo y esplendor, lanzando etéreos destellos que parecían provenir del más allá. Pétreas figuras de genios y bestias protegían el perímetro del recinto, con una factura tal que, daba la impresión de poder despojarse su piel de piedra y lanzarse contra cualquiera que osase atacar a su amo. Tanto en las puertas de la ciudad como en las del templo y el palacio, monstruosas figuras de guardianes con cuerpo de león y alas de águila, vigilaban constantemente con sus humanos rostros de rizadas barbas y melenas.
Poco a poco la fortaleza del joven Assurnasírpal iba minando la voluntad de aquellos que otrora fueron súbditos y que habían pretendido dejar de rendir tributo a su gente. La lana, el bronce, el vino y cuantas riquezas pueda la mente del hombre imaginar volvían a llegar a manos del rey de Asiria. Sus vecinos menos poderosos ofrecían a sus más hermosas hijas como concubinas del rey. Todos temían al que no mostraba piedad ninguna frente al enemigo. Su cuerpo había abandonado las delgadas líneas de la juventud y se había adornado de férreos músculos. A la vez que su rizaba barba crecía, sus ojos reflejaban cada vez más la fiereza olvidada de sus ancestros, y los sueños de conquistas que en algún momento le llevarían hasta el distante y azul Mediterráneo, endurecían su altiva faz señorial.
Rebelión tras rebelión era aplastada por la fuerza de su cada vez más numeroso ejército, y las pieles de sus enemigos adornaron en numerosas ocasiones las murallas de Kalhu. Las naciones guerreras que antaño consiguieran subyugar a los de su raza, eran ahora abatidas bajo las flechas de sus arcos y la punta de sus lanzas. Los caminos temblaban bajo el peso de las temibles máquinas de guerra que derribaban las murallas y las torres tras las cuales se escondían sus acongojados rivales. Su imperio comenzaba a tomar forma a costa de la vida de aquellos que se revelaron contra sus antepasados.

Pero el dios Ninurta seguía acosando los sueños de Shamshiad, el sacerdote, al que ahora llamaban “el buitre de Ninurta”. Su delgadez se había extremado. La apergaminada piel del rostro se adhería a los huesos de su calavera, dándole un aspecto vagamente humano, que ni si quiera trataba de simular con los nobles rizos de sus paisanos, si no que rapaba su barba y su cabello, dándole el aspecto del enorme carroñero del aire. Sus manos, delgadas como las garras de una rapaz, sobresalían de las mangas de su negra y fantasmal túnica.
Desde lo más profundo de su templo los agónicos aullidos de aquellos que caían en sus manos emergían como si un pozo lo conectara directamente con el averno. En el nombre de su dios, pedía como tributo a sus favores los cuerpos aún vivos de los jefes de los enemigos de rey, quien se los cedía con placer, sabiendo que pronto sus restos descuartizados sembrarían el terror en los corazones hostiles.
«Busca en el interior de tus enemigos» —la machacona premisa continuaba poblando los sueños del sacerdote, cuyo juicio se iba perdiendo poco a poco debido a la desesperación, la falta de sueño y las continuas orgías de sangre. O quizás fuera la pulsante piedra que ahora alojaba en sus entrañas. La idea de encontrar la otra piedra era su única obsesión. Una idea no satisfecha que le torturaba día y noche, y cuyo tormento sólo paliaba dedicándose a su búsqueda, por lo que cada vez más a menudo, sus manos recorrían los viscosos restos de algún desgraciado.
No obstante, seguía sin encontrar la otra piedra.
Los vientos de rebelión soplaban de nuevo en el naciente imperio de Assurnasírpal. La red de espías del rey trajo la noticia de una nueva insurrección en la región de Suru, que se había aliado con el reino rival de Bit Adani. Las noticias decían que un tal Ahia-Baba, al que llamaban “el hijo de nadie”, se había hecho con el poder, asesinando al gobernador asirio y proclamándose él mismo como rey.
El joven y fogoso rey montó en cólera al escuchar la noticia. Su ambicioso ojo hacía tiempo que se había posado en ese reino, por lo que al disiparse la furia, un escalofrío de satisfacción recorrió su fornido cuerpo y los poderosos músculos de sus miembros se tensaron. Sin perder tiempo, dio las órdenes pertinentes para disponer al ejército para la partida. En esta ocasión volvería a marchar al frente de sus hombres.
El alma de Shamshiad se llenó de gozo al escuchar que acompañaría a su señor en esta expedición. En su torturada mente se fraguó la idea de que esta nueva muestra de arrojo, no podía estar causada por otra cosa que por la ciega confianza en las gemas de Ninurta. Aquellas cuyo corazón anhelaba, aquellas que el dios le exhortaba a recuperar para mayor gloria del reino de los hijos de Ashur.
Durante más de una semana la tropa avanzó firmemente al encuentro de sus enemigos, remontando la orilla del río Harbur. Por todo el camino recibieron el tributo y homenaje de todas las ciudades que atravesaban. Sus carros de guerra oscurecían el aire con nubes de polvo y su recién creada caballería era el asombro de cuantos la contemplaban. Miles de hombres armados componían la vengativa fuerza, capaz de someter al más pertinaz de sus enemigos. El metálico entrechocar de las cotas resonaba como una tormenta de desierto, los destellos que el sol arrancaba de los bruñidos metales se asemejaban a rayos que surgían de entre las nubes. Las fieras salvajes huían despavoridas al paso de los guerreros, mientras que desde abismos insondables, los dioses de sus ancestros observaban anhelantes el progreso de sus siervos.

Relato Fantástico - Las Piedras de Ninurta La ciudad de Suru se encontraba en una enorme explanada, flanqueada por un río y amurallada en todo su perímetro. Apenas unas pocas construcciones sobresalían sobre los ciclópeos muros. Una enorme torre protegía la única puerta de acceso, que se encontraba cerrada, con verduzcos refuerzos de bronce y hierro.
Tal y como había sucedido años atrás, durante la primera expedición de Assurnasírpal, el ejército acampó alrededor de la ciudad, sitiándola por completo. La victoria era segura, puesto que la superioridad de sus tropas era aplastante, pero no estaba dispuesto a perder demasiado tiempo en esta remota región. A pesar de contar con múltiples máquinas de asedio, la batalla sería encarnizada y les llevaría varios días rendir la guarnición. Una malévola sonrisa sesgó su rostro al recordar los hechos acaecidos unos años atrás en la mísera aldea de Nishtun. Sin dudar un solo instante, hizo llamar a Shamshiad.
—Sacerdote. No tengo tiempo que perder aquí. Habla con el dios y pídele ayuda. Podrá tomar cuanto desee de esa ciudad condenada.
El sacerdote se retiró silencioso, haciendo una reverencia con la que trataba de ocultar la exultante alegría que corría por sus venas.
Al caer la noche, la guardia del rey se presentó en la tienda del sacerdote, que los instó a seguirle hasta las afueras del campamento. Los cuatro fornidos escoltas caminaron tras él con paso dubitativo. El signo de la desgracia y pesar acompañaba siempre al carroñero adorador de Ninurta. Cuando se detuvo e hizo postrarse a los guerreros en el suelo, sus rostros se encontraban ya desencajados. Los ritos comenzaron de inmediato y enseguida, las bestias aladas volvieron a surcar el estrellado cielo.
Los gritos de pánico poblaron la noche, saliendo de la ciudad sitiada e inundando la límpida atmósfera sin luna. Una orgía de gruñidos y alaridos resonaba en el interior de los muros. El sonido de la matanza encogió el corazón todos aquellos que lo escucharon. Hasta que un titánico rugido hizo de aquellos un mero murmullo. Un desgarrador silencio se apoderó de la noche.
«La segunda piedra» pensó Shamshiad, sintiendo que su poder se desvanecía, mientras perdía del todo la conciencia.
Una fuerte patada en los riñones le sacó de su insano sueño. Un guardia del rey le instó a reunirse con el monarca en la explanada que había frente a la puerta principal de Suru.
Una vez allí pudo observar el extraordinario despliegue de fuerzas. La enorme columna estaba lista para atacar la pequeña ciudad y al frente su señor Assurnasírpal, subido en su dorado carro desde donde impartía órdenes a sus generales, que a su vez, las distribuían por la tropa.
—Aunque me fallaras la noche anterior, sacerdote, dile al dios que si por su gracia hoy salgo vencedor, podrá tomar cuantos cautivos quiera. — El rostro exultante del monarca reflejaba el ansia guerrera que se había apoderado de su ser.
Una sonrisa de buitre iluminó la cara del sacerdote al hacer la reverencia.
En un instante, los cuernos sonaron y un enorme clamor resonó en el valle cuando el ejército avanzó a la carga dejando tras de sí una espesa polvareda.
Las escalas poblaron los lienzos, las balistas crujieron y los arietes retumbaron al estrellarse contra el grueso portón. Los defensores de la muralla eran barridos por lluvias de flechas arrojadas desde los veloces carros o desde las protegidas torretas de ataque. La furia del ataque fue estremecedora. Un ansia homicida parecía anidar en cada unos de los guerreros de Assurnasírpal.
La batalla fue breve, y antes de que el sol alcanzara su cenit, de la ciudad salían los carros cargados de riquezas. Todo su oro y su plata, y todas sus mercancías. Hierro y plomo, y utensilios de cobre y bronce. Caballos y ganado. Ricas prendas de lino y avíos para las monturas. Hermosas tallas de piedra. Y sus mujeres e hijas. Todo fue saqueado, incluidos los templos y sus posesiones.
Encabezando la columna de prisioneros estaban los líderes de la revuelta. Al llegar a la altura del rey, que los esperaba orgullosamente subido en su carro, se postraron ante él y le pidieron clemencia.
—Si os place que vivamos, viviremos; y si os place que muramos, moriremos.
El rey y su sacerdote se miraron siniestramente. Al día siguiente las pieles de los rebeldes adornaban los arruinados muros de la ciudad, los cuerpos empalados vigilaban la entrada y montones de miembros cercenados señalaban el camino de retorno a Kalhu.
Tan solo uno de ellos fue llevado de vuelta, Ahia-Baba. El sacerdote, tras revisar los cuerpos de los otros líderes, decidió llevarse al usurpador para interrogarlo con más detenimiento en el templo. Su figura no impresionaba. Era bajo y regordete. El pelo le caía lacio sobre los hombros, enmarcando una cara en la que sobresalía una nariz semejante al pico de un halcón. Pero si se le miraba con atención a los ojos, en lo más profundo de sus sombríos irises se advertía un oscuro fuego de orgullo. La sombra que le hizo elevarse por encima de aquellos que le acogieron y les hizo seguirle en su loco desafío al cruel emperador de Asiria.

De nuevo la misma escena, repetida una y otra vez en los últimos años en la oscuridad del subterráneo del templo de Ninurta. El prisionero semiinconsciente y desnudo se encontraba atado a un poste ennegrecido por la sangre reseca de sus predecesores. Shamshiad, con su daga ritual, le interrogaba fuera de sí, mientras llenaba su cuerpo de dolorosas heridas. La ansiedad hacía que la adrenalina fluyese por su cuerpo con una intensidad inusitada. La convicción de que estaba ante su momento de gloria y la voz machacona que continuaba retumbando con insistencia en su cerebro acrecentaron su rabia y su sed de sangre.
—Dime perro, ¿quién te envió a esa ciudad?— Le gritó acercando su rostro a la ensangrentada faz del prisionero.
«Busca en el interior de tus enemigos»
— ¿Quién es el portador de la gema? —insistió viendo que su prisionero se resistía a hablar.
«Busca en el interior de tus enemigos»
— ¿Cómo invocasteis al dios? —continuó insistiendo, cada vez más fuera de sí.
«Busca en el interior de tus enemigos»
— ¡Maldito seas, perro! ¡Maldito seas tú y toda tu raza! —exclamó en un ataque de suma locura, en el que tomó una espada con sus escuálidas manos y la hendió en la cabeza del prisionero hasta la mandíbula.
«Busca en el interior de tus enemigos»
Un poco más tranquilo, pero con la voz de Ninurta resonándole en la cabeza, se dedicó minuciosamente a explorar las entrañas del cadáver, en un ritual largamente ensayado en los últimos años, pero sin resultado alguno. Allí no había ninguna gema como la que él portaba en su interior.
En un ataque de desesperación, arrancó la espada del cráneo, dejando escapar los sesos por la hendidura, y le propinó otro golpe de través, arrancando parte del hueso. Otro golpe y otro golpe, hicieron de la cabeza una ruina, hasta que un certero golpe en el cuello, la separó de tronco, haciéndola caer como una vasija inservible. Al rodar por el suelo, un fulgor extraño se expandió entre la masa sanguinolenta que había brotado de ella.

Relato Fantástico - Las Piedras de Ninurta — ¡La piedra! —exclamó Shamshiad ente aullidos de triunfo.
Aquella fue la primera noche en muchos años que pudo descansar tranquilo, y su sueño no fue perturbado. En su interior se hallaban las gemas que le darían el poder suficiente para ayudar a su señor a hacer caer de rodillas al mundo ante su dios Ninurta.

Durmió hasta bien entrado el día, cuando se le avisó que el rey reclamaba su presencia. Tras asearse y desechar la túnica salpicada de sangre reseca, acudió a la llamada del monarca, quien le esperaba en el salón del trono, situado en la terraza superior de su fastuoso palacio.
Cuando llegó, estaba rodeado de los contables que le relacionaban el botín obtenido, leyéndolo de unas tablillas de arcilla. Una límpida y radiante luz iluminaba la estancia, entrando por los enormes ventanales que daban al río. Tupidas alfombras cubrían en suelo, dibujando un multicolor camino desde la entrada, junto al ventanal, hasta el altillo donde se encontraba el sillón real. Allí se sentaba Assurnasírpal, vestido con una fina túnica. Junto al sitial se encontraban sus armas predilectas, símbolos de su poder marcial. Al ver aparecer al sacerdote despidió a los funcionarios con un simple gesto para que los dejasen solos.
—Y bien, mi querido sacerdote ¿qué nuevas me traes? —inquirió el monarca mientras miraba al postrado brujo.
—Lo conseguimos, mi señor. Los deseos de Ninurta ya se han cumplido.
— ¿Qué conseguimos, sacerdote? —preguntó con la voz tensa Assurnasírpal, mientras jugueteaba con un arco que había descolgado de la pared.
—Las piedras de Ninurta, mi señor —respondió Shamshiad levantándose de suelo y mirando al soberano —, con ellas podremos invocar su poder cuando queramos. Ningún enemigo podrá resistirse a nosotros ahora, mi señor.
— ¿Y dónde están esas fabulosas piedras? Si puede saberse —inquirió con voz tensa.
—Aquí, en mi interior —respondió el mago señalándose el vientre —Yo seré el instrumento que nos permita prevalecer frente a nuestros enemigos.
Y los ojos del sacerdote se abrieron desorbitados cuando sintió que una flecha le traspasó la frente quedando incrustada en su cráneo. En el último hálito de su vida pudo escuchar como Assurnasírpal arrojaba el arco al suelo y sacaba una daga de su cinturón.

Tras sofocar la rebelión de Suru, el poder de Assurnasírpal no paró de acrecentarse, llevando sus fronteras por todo el norte hasta ocupar las ciudades fenicias de Tiro, Biblos y Sidón. Las aguas del Tigris y el Eufrates bajaron teñidas de la sangre de sus enemigos sirios y arameos a los que sometió a tributo. Sus descendientes llevaron sus conquistas aún más allá, apoderándose de los antiguos reinos de Egipto y Babilonia, y borrando de la faz de la tierra los reinos de Urartu y Bit Adani, hasta su colapso final, unas cuantas centurias más tarde.

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Aurora Bitzine revista de fantasía y ciencia ficción a 1 de septiembre del 2006